Obras de Feijoo Teatro crítico universal Tomo tercero

Benito Jerónimo Feijoo • Teatro crítico universal • Tomo tercero

Aprobación

De los RR. PP. Maestros, Regente, y Lectores de Teología
del Colegio de San Vicente de la Ciudad de Oviedo

De orden, y mandato de nuestro Rmo. P. M. Fr. Joseph de Barnuevo, General de la Congregación de San Benito de España, e Inglaterra, &c. leímos el Tomo tercero del Teatro Crítico, que da a luz el muy Reverendo P. M. Fr. Benito Feijoo, Maestro General de la misma Congregación, Abad que fue de este Real Colegio de San Vicente de Oviedo, Doctor Teólogo de esta Universidad, Catedrático de Santo Tomás, de Escritura, y actualmente de Vísperas de Sagrada Teología: y el juicio que nos parece debemos proferir acerca de la Obra, y su Autor, es el que de San Cipriano, y sus escritos expresa Lactancio Firmiano en el libro quinto de Justitia, capítulo primero. Hace en este lugar Lactancio cotejo de algunos Escritores, y sus obras: y después que a San Cipriano le da entre todos la antelación, y primacía (que también sin nota de apasionados podíamos dar al Autor del Teatro Crítico) prosigue así: Et admodum multa conscripsit in suo genere miranda. Erat enim ingenio facili, copioso, suavi, & (quae sermonis maxima est virtus) aperto, ut discernere nequeas, utrum ne ornatior in eloquendo, an facilior in explicando, an potentior in persuadendo. Muchos, y dignos de toda admiración son sin duda los escritos del Autor: muchos, porque cada Tomo, y aun cada capítulo es una Biblioteca completa. No hay capítulo a quien con vistosa, y uniforme variedad no hermoseen varias facultades. En todas ofreció Discursos el Autor, y en cada Discurso se halla cumplida la promesa, y desempeñado el asunto. De cada uno en particular podemos sin hipérbole decir lo que expresa Vitruvio {(a) In Architect.}: Corpus ex omnibus scientiarum membris compositum: que es un cuerpo [XII] a quien con la más perfecta simetría componen como miembros las Ciencias todas. Con notable primor, y propiedad las enlaza todas en cada capítulo, según lo pide su materia; y esto es lo que hace sus escritos, sobre muchos, a todas luces maravillosos.

Pero aun es mucho más digno de admiración el breve tiempo que gasta el Autor en formar, y perficionar estos maravillosos escritos: Erat enim ingenio facili. Estamos persuadidos a que en la prontitud de ingenio no tiene igual el Autor. En grado heróico goza un conjunto grande de prendas naturales, y adquiridas; pero en ésta se descuella con eminencia. Las muchas, y sublimes prendas del Autor las han reconocido, y publicado muchos, y las manifiestan sus escritos; pero de la prontitud de su ingenio, sólo podemos hablar los que logramos la dicha de gozar de su apreciable compañía; y así podemos ahora decir lo que Cicerón expresa hablando de Lúculo: Nos autem illa exteriora cum multis, haec interiora cum paucis ex ipso saepe cognovimus. Bien podemos deponer, que en el breve tiempo de seis meses formó, y perficionó el Autor el primer Tomo de su Teatro. En virtud de éste (para nosotros irrefragable testimonio) sentencie el menos apasionado, si en la prontitud, y facilidad de ingenio tiene semejante el Autor. Sin duda que su ingenio es de aquellos que pinta el Crisóstomo en la Homilía veinte y dos ad Hebraeos: Aves pernicissimae, & montes, & saltus, & maria, & scopulos brevi momento temporis illessae praetervolant: talis est etiam mens cum fuerit alata. Dice que hay aves en tan supremo grado veloces, o de vuelo tan veloz, y rápido, que atraviesan volando en un breve instante de tiempo montes, bosques, mares, y rocas; y de esta calidad es el entendimiento, que por la prontitud en el discurrir tiene alas para entender. Entendimiento con alas es el del Autor del Teatro Crítico; porque tan prontamente discurre, que parece se mueve en rapidísimos vuelos su discurso. Montes, bosques, mares, y rocas atraviesa volando en brevísimo tiempo su pluma; porque ni puntos tan [XIII] eminentes, y sublimes como toca, ni dificultades tan intrincadas, y enmarañadas como desenreda, y aclara; ni las muchas, y dilatadas materias en que se entra, ni los argumentos tan fuertes como contra su propios asertos opone, y disuelve, retardan un punto el rapidísimo curso de su ingenio, y pluma. La falta de salud le precisa muchas veces (con harto dolor nuestro) a suspender los vuelos de su discurso; y así no se extrañe no dé a luz algunas de sus obras tan prontamente como el público desea; y decimos tan prontamente como el público desea: porque ansioso en extremo de los escritos del Autor, con impaciencia los espera, condenando por tardanza cualquier tiempo; que a la verdad el que el Autor gasta en medio de los muchos frangentes de salud (que son tan frecuentes que casi llegan a ser continuos), y otras ocupaciones precisas, no puede ser más breve; y así siempre debe ser admirada en el Autor la prontitud de ingenio.

Es igualmente copioso: sus escritos lo demuestran. Colmados están de especiales, y sólidas razones, conque prueba sus asertos: de varias, y agudas reflexiones, conque eleva lo que otros dijeron al mismo intento: de claras, y oportunas soluciones, conque disuelve los argumentos opuestos: de propias, y enérgicas expresiones, conque explica vivamente sus conceptos. Pues todo esto manifiesta claramente ser su ingenio tan fecundo, y copioso, que llega a ser fertilísimo.

Es también suave; y tanto, que nadie se sacia de leer sus escritos. Ninguno los toma en las manos, que no experimente lo que expresa Séneca le sucedió con el libro de su amigo, y amado Lucilo {(a) Epist. 46.}: Tanta autem dulcedine me tenuit, & traxit, ut illum sine ulla dilatione perlegerem. Sol me invitabat, fames admonebat, nubes minabantur; tamen exhausi totum. Después que expresa este gran Filósofo escribiendo al mismo Lucilo, que abrió su libro con ánimo sólo de empezar a leerle, o (como comúnmente se dice) de gustarle, y que el libro mismo le alhagó, y [XIV] embelesó de suerte que pasó muy adelante en su lectura; que la elocuencia de su libro la puede colegir de que le pareció muy breve, concluye diciendo: le atrajo, y arrebató con tal dulzura, que lo leyó sin dilación alguna: que el Sol le convidaba, el hambre le avisaba, las nubes le amenazaban; y que no obstante estos diversos incentivos de conveniencias, y descomodidades, leyó todo su libro.

¿Quién no experimenta lo mismo con los escritos del Autor? Muchos los abrieron con el motivo de pura curiosidad, y no acertaron a dejarlos de las manos sin leerlos todos: ni conveniencias, ni descomodidades son poderosos para que suspenda su lectura el que empezó a leer estos escritos. Con tan harmonioso artificio están dispuestos, que a todos parecen breves. Tal suavidad, y dulzura tienen, que a todos atraen, mueven, y deleitan: tan poderoso es su atractivo, que manifiestan llega a ser hechizo la suavidad de ingenio del Autor.

Últimamente, la claridad de ingenio, que según Lactancio es la virtud más brillante de la Oratoria, y en nuestro dictamen es la alma de todo, la goza el Autor del Teatro en muy sublime grado. Altísimamente concibe su ingenio, con notable delicadeza discurre en todas materias, y en todos sus conceptos, y discursos brilla igual la claridad. Con especificación podemos decir, que muchos puntos filosóficos, que éste, y el precedente Tomo contienen, los hallamos confusos, obscuros, y aun imperceptibles en otros Autores: pero lo mismo fue registrarlos en este Teatro, que hacérsenos patentes, y manifiestos. Por eso podíamos llamarle a este Teatro, Teatro de luces, y de luces tan claras, que destierran toda obscuridad, y sombra. Epíteto es de los Doctores el ser luz; y los escritos del Autor con tal claridad resplandecen, que parece los ilustra su entendimiento con clarísimas luces del Sol.

A esta claridad grande, nativa de su ingenio, se junta una notable concisión, que hace brillen más sus escritos; porque unir lo claro, y lo conciso es el esplendor sumo de un escrito. De la claridad concisa, conque el Autor explica, [XV] y desentraña las verdades más escondidas, y que sólo penetra la sutileza de su ingenio, podemos decir lo que expresa Séneca en el libro primero de Beneficiis, capítulo tercero: Penes quem subtile illud acumen est, & intimam penetrans veritatem, qui rei agendae causa loquitur, & verbis non ultra, quam ad intellectum, satis est, utitur.

En virtud de estas, y otras calidades, que gozan los escritos del Autor, no es fácil decidir, si a su elocuencia, o a su claridad, y prontitud de ingenio, o a la eficacia que tiene en persuadir, se debe la precedencia, y primacía: Ut discernere nequeas utrum ne ornatior in eloquendo, an facilior in explicando, an potentior in persuadendo? No obstante, a nosotros nos parece, que la definición propia del Autor, es la que, hablando de él mismo, expresó un discreto: dijo, que las cualidades elementales de que constaba su espíritu, eran ingenio in summo, y elocuencia prope summum. Y no se extrañe no se coloque igual a su ingenio, y en lo sumo su elocuencia: porque ni Quintiliano elevó la elocuencia de Cicerón más que al grado prope summum.

Esta es la censura correspondiente al Autor, y sus escritos; y calificamos por censura lo que parece Panegírico del Autor; porque elogiar los Censores a los Escritores, cuyos libros aprueban, es una práctica común fundada en la recta razón. El Panegírico, que se introduce en la censura, siendo el mérito del Autor sobresaliente, es deuda: siendo mediano, urbanidad; y sólo siendo ninguno, será adulación. Muy de temer es, que entre tantos elogiantes algunos incurran en este vicio. Pero también es de temer, que alguno deje de elogiar por otro vicio peor: pues nadie negará que es más fea la envidia que la adulación. Poco há que cierto Teólogo, a quien se cometió la revisión de un libro, no contento con la censura que le tocaba, se introdujo a Censor de todos los Censores, reprehendiendo como damnable la costumbre de alabar a los Autores, y poniéndola en grado de error común. Acaso hubiera persuadido a algunos, que la sequedad de su [XVI] censura era una justa integridad, si los elogios que escaseó al Autor de la Obra no se los hubiese reservado para sí. Bien puede ser que el elogiar al Autor en la censura de un libro sea error común; pero no puede negarse, que elogiarse en ella el Censor a sí mismo, es un error muy particular.

Nosotros estamos muy lejos de imaginar pueda padecer la nota de error elogiar al Autor del Teatro Crítico; porque es muy elevado su mérito, y de tanto viro numquam satis. Concluyendo, pues, no hallamos en este libro cosa alguna, que desdiga de la pureza de nuestra Santa Fe, y buenas costumbres; sí muchas que promueven las virtudes, y extirpan los vicios: porque es un Teatro, en que no sólo se convencen los errores del entendimiento, sino que también se persuade el destierro de los de la voluntad. En virtud de esto somos de este dictamen, que no sólo se le puede dar la licencia que pide, sino que se le debe precisar a que continúe la Obra, para lustre de la República Literaria, de la Nación, y Religión: para cuyo logro pedimos:

De nostris annis tibi Jupiter augeat annos.

Así lo sentimos, salvo meliori. En este Real Colegio de San Vicente de Oviedo a 20 de Diciembre del año de 1728.

Fr. Joseph Pérez,
Regente de los Estudios,
y Lector de Prima.
 

Fr. Baltasar Díaz,
Lector de Vísperas.

Fr. Plácido Blanco,
Lector de Tercia.

Fr. Pedro Otero,
Maestro de Estudiantes.

 

{Benito Jerónimo Feijoo, Teatro crítico universal, tomo tercero (1729). Texto tomado de la edición de Madrid 1777 (por Pantaleón Aznar, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo tercero (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas XI-XVI.}


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