Obras de Feijoo Teatro crítico universal Tomo tercero

Benito Jerónimo Feijoo • Teatro crítico universal • Tomo tercero • Discurso quinto

Vara Divinatoria, y Zahoríes

§. I

1. El uso de la Vara Divinatoria parece ser invención reciente, porque sólo en Autores muy modernos se halla noticia de ella. El Padre Lebrun, Presbítero del Oratorio, en su Historia Crítica de las Prácticas supersticiosas, dice que los primeros que intentaron descubrir con el uso de una Vara aguas, y metales subterráneos, fueron un Caballero llamado el Barón de Bello Sol, y su mujer Madama de Berteró, que vinieron de Hungría a Francia el año de 1636 con el título de buscar minas en aquel Reino: y parece que quien hacía el primer papel era la Madama, de la cual el Padre Lebrun dice que era una gran enredadora, y que escribió un libro sobre esta materia, dedicándosele al Cardenal de Richelieu, con el [88] título de la Restitución de Plutón. En él señalaba las minas que había descubierto en Francia; pero parece que ni el Rey, ni el Ministerio hicieron caso de aquellas noticias.

2. Los que se complacen en derivar todas las prácticas supersticiones de la antigüedad, para mostrar su erudición, puede ser hallen el modelo de la Vara Divinatoria en el Caduceo de Mercurio, en el Cetro de Minerva, en la Vara de Circe; pero sin razón, porque el uso de aquellos instrumentos era muy diferente del que ahora tiene la Vara Divinatoria. Con más verosimilitud (atiendo precisamente a la letra del Texto) se podría creer indicada esta Vara en aquellas palabras de Oseas: Populus meus in ligno suo interrogavit, & baculus eius annunciavit ei. (cap. 4.) Mi pueblo preguntó a su báculo, y su báculo le respondió. Sin embargo, la superstición de los Hebreos, de que Dios se queja en este lugar, según la interpretación que le dan los Expositores, no tenía que ver con la práctica de que tratamos, aunque así aquélla, como ésta, se ejercitase en un báculo, y una, y otra tuviesen por fin la revelación de alguna cosa oculta.

3. Digamos ya, qué cosa es la Vara Divinatoria, cómo, y a qué fin se usa de ella. Es ésta un báculo de Avellano, dividido por la parte superior en dos astas, en forma de horquilla, o Y griega. Sírvense de él para descubrir las minas de los metales, los tesoros escondidos debajo de tierra, y también los cauces de agua. El uso es el siguiente: Toma un hombre con las dos manos las dos astas del báculo, y caminando de este modo con él, va tentando todo el terreno que quiere examinar. Dícese que en llegando a algún sitio donde hay, o mina, o cualquier metal sepultado, o cauce de agua, las dos astas del báculo padecen una contorsión violenta, que es índice de que allí está lo que se busca.

§. II

4. Entre los Autores que tocan esta materia, unos niegan el hecho, otros le afirman, y otros dudan. [89] Los que admiten como verdadero el fenómeno, se dividen en cuanto a la asignación de la causa, queriendo unos señalarse causa física, y otros atribuirle a pacto diabólico. A la verdad, según la rancia filosofía de simpatías, y antipatías, es fácil hallar causa natural a éste, y aun a más admirables fenómenos; porque de cualquiera modo que se mueva un cuerpo en la presencia de otro, con decir que se mueve por simpatía, o por antipatía está compuesto todo.

5. En la filosofía corpuscular no es tan fácil la explicación. Sin embargo, como los Filósofos modernos tuvieron la valentía de reducir a puro mecanismo las admirables propiedades del imán, no desconfiaron de hallar por el mismo camino la causa del movimiento de la Vara Divinatoria, que al parecer es menor empresa. Dicen, pues, que los hálitos, o efluvios de corpúsculos que despiden hacia arriba los metales, y aguas subterráneas, penetrando por los poros de la Vara, e impeliendo sus fibras, la fuerzan a aquel género de movimiento.

6. Es cierto que no hay sistema alguno filosófico a quien sus Sectarios no tengan por una Botica universal donde hay remedios para curar todas las dudas; y así cualquiera consulta que se les haga, se encuentra en ellos pronta la receta. Unos a lo Galénico aplican las cualidades elementales; otros que son curadores por ensalmo, las ocultas; otros recetan por escrúpulos los átomos; otros a buen ojo, y sin determinar la dosis, porque no tiene peso, la materia sutil. Pero me temo mucho que todos nos dan quid pro quo; esto es, la opinión en vez de la verdad, y todas las curas que hacen de las ignorancias de los hombres, son puramente paliativas. Lo que no tiene duda es, que apenas se encuentra explicación de algún fenómeno, ni en este, ni aquel sistema, en que no se vea que son más fuertes las objeciones que padece, que las pruebas que exhibe.

7. Fácil es aplicar, y comprobar la aplicación de esta máxima general a la materia presente: porque [90] suponiendo que los efluvios metálicos tengan el ímpetu que es menester para forzar las fibras de un leño, dándole otra dirección; ¿quién no ve que no hay razón para que esto lo hagan sólo con un báculo de Avellano, y no con el de otro algún árbol? Pues, o ya esto se atribuya a la flexibilidad de las fibras, ya a la estrechez, o por el contrario (porque uno, y otro puede decirse) a la laxidad de los conductos; es claro que otros árboles igualan, y exceden al Avellano en cualquiera de estas cosas. Fuera de que siendo los efluvios de diferentes metales entre sí, y la copia de ellos mayor, o menor en distintas mineras de un mismo metal, estas dos diferencias los proporcionarán para hacer aquella impresión en leños de textura diferente.

8. Sé que algunos dicen que también se logra el suceso con la Vara de Sauce, y de otro tal cual árbol; pero sobre que esto acaso se inventó para ocurrir a la réplica, pregunto más: ¿Por qué la Vara no se mueve sobre las corrientes de agua descubierta, ni sobre los metales que están a la vista, o metidos en una arca? ¿Por ventura las aguas, y los metales que están sobre la superficie de la tierra, no tienen efluvios, y simpatías?

9. A la verdad, estos argumentos, aunque prueben que aquel modo de filosofar no es bueno, no infieren que lo que se dice del movimiento de la Vara Divinatoria sea falso, pues bien podría ser verdadero el fenómeno, aunque errasen los Filósofos en la asignación de su causa física. Así, no es esto lo que me determina a condenar por fabulosa esta invención; sí el ver que no está apoyada por alguna bien justificada experiencia; antes, si en esta materia hay alguna experiencia bien justificada, da testimonio contra lo que se dice de la Vara Divinatoria.

§. III

10. Quien más puso en crédito este embeleco, o acaso el único que le puso en crédito, fue un paisano del Delfinado, llamado Jacobo Aimar, hombre [91] basto, y al parecer sencillo. Fue tanto lo que se dijo de este hombre, que voló en breve su fama, no sólo por toda la Francia, mas por Italia, Flandes, Inglaterra, y Alemania. Era voz común que no sólo descubría los metales, o cauces de agua escondidos, mas apenas había cosa oculta que con la Vara no hiciese manifiesta. Si se habían obscurecido los términos de algún territorio, por haber trasladado a otra parte los mojones, señalaba con la Vara sus antiguos límites. Si se había cometido algún hurto, u homicidio, cuyos autores se ignoraban, la Vara con su movimiento le dirigía adonde estaban, y descubría. Contábase como hecho de notoriedad pública, que en León de Francia, después de haber hecho inútilmente varias pesquisas la Justicia para averiguar el autor de un asesinato, se recurrió a Jacobo Aimar, quien descubrió dónde estaba escondido el agresor; y siendo éste aprehendido, confesó el delito, y fue ahorcado. Asimismo se decía, y aun se imprimió en el Mercurio Histórico, que en Orange se valieron de él para descubrir quién era el padre de un niño expósito, y lo logró felizmente, siguiendo desde el sitio donde estaba el niño el camino que la Vara le señalaba con su movimiento. A este modo se referían otras cosas.

11. Siendo las adivinaciones de Jacobo Aimar tan autorizadas con la voz pública, pocos osaban contradecirlas; y éstos, como hombres de obstinada incredulidad, eran rebatidos con desprecio. Entre los que daban asenso, los más, esto es, los vulgares, no se metían en el examen de la causa; creían buenamente, como sucede siempre, lo que oían, sin pasar adelante. Los muy picados de filosofía, para todo hallaban causa natural en los efluvios de los cuerpos, de cuya investigación se trataba; y éstos me parecen los menos razonables de todos, pues por mucho que se extienda la Física, es claro que están fuera de su alcance los prodigios referidos. En fin, otros, o lo atribuían a pacto diabólico, o a milagro: y aquel rústico parece que quería se creyese esto último, porque sobre [92] mostrarse en todo su exterior muy devoto, decía que si no hubiese conservado con gran cuidado intacta su virginidad, no pudiera descubrir nada con la Vara.

12. Hallándose las cosas en este estado, aquel famoso Héroe que tuvo la Francia en el pasado siglo, y a quien con tanta justicia dio el renombre de Grande, Luis de Borbón, Príncipe de Condé, hombre de superiores talentos, y de ninguna deferencia a los rumores populares, quiso examinar por sí mismo la materia. Para este efecto hizo venir de León de Francia a París a Jacobo Aimar, donde haciéndose con él varios experimentos, en ninguno correspondió el suceso. En algunas partes escondieron debajo de tierra, de orden del Príncipe de Condé, cantidades considerables de moneda de varias especies, y tanteando Aimar con la Vara los sitios donde estaban, en ninguno de ellos atinó con el metal oculto. Uno de aquellos días que estuvo Aimar en París se cometió un homicidio; lleváronle de noche al sitio donde estaba el cadáver escondido, pero la Vara no hizo algún movimiento. Condujéronle después por el camino por donde había huído el homicida, hasta la casa donde se había refugiado, estando siempre inmóvil la Vara a todas estas pruebas. En fin, apretado el hombrecillo por el Príncipe de Condé, le confesó que cuanto se había dicho de él era impostura, en que había tenido menos parte su sagacidad propia, que la credulidad ajena. Ya quería alguno de los Magistrados de París cogerle, y hacerle causa para enviarle a galeras; pero el de Condé, por haberle traído debajo de la fe de su palabra, le hizo escapar, dándole treinta doblones para el camino. Así este hombre, que contra la regla común era profeta en su tierra, no pudo serlo en la ajena.

§. IV

13. Disputóse entre los que habían asistido al examen de Aimar, si convenía hacer manifiesta al público la impostura, o dejarle en la creencia en que estaba. Muchos se inclinaban a esta segunda parte, sobre el [93] fundamento, de que se excusarían muchos delitos, reinando la persuasión de que la Vara era medio infalible para descubrir los delincuentes. Prevaleció, no obstante la sentencia opuesta, esforzándola mucho el Príncipe de Condé, quien hizo que en el Diario de los Sabios de París se estampase el hecho; y fuera de esto Mr. Buisiere, Boticario del mismo Príncipe, de orden de su Alteza, dio al público escrito particular sobre la materia, que cita Pedro Baile en su Diccionario Crítico, verbo Abaris, juntamente con una carta al asunto, escrita por Buisiere al mismo Baile.

14. Este proceder fue tan justo, como el fundamento de la sentencia opuesta, en vano. Lo primero, porque todo embuste se debe perseguir a sangre, y fuego. Dios quiere que siempre reine la verdad, aun cuando por accidente haya de resultar alguna utilidad de la mentira. Lo segundo, porque, o la Justicia había de usar de la Vara en la pesquisa de los malhechores, o no. Si lo segundo, ¿de qué servía dejar al público en su engaño, sabiendo los facinerosos que no habían de ser descubiertos por ese medio? Si lo primero, se seguiría un inconveniente gravísimo, esto es, que pasarían por culpados infinitos inocentes; pues suponiendo que Aimar, o cualquier otro embustero que manejase la Vara, no podía descubrir con ella el delincuente verdadero, señalaría por tal a otro que no lo fuese. Conque véase aquí al malhechor puesto en seguro, y el inocente en el riesgo.

15. ¡Oh cuántos errores populares hay, que, a semejanza de éste, en la superficie son inocentes, y en el fondo traen consecuencias perniciosísimas! Clamen contra mí cuantos quisieren, que no se debe sacar de sus preocupaciones al vulgo. Yo nunca seguiré el partido de aquellos que neutrales entre la verdad, y la mentira, igualmente dan pasaporte a una, y otra. Pretéxtase la conveniencia, y es, que por estar más distante no se advierte el daño. [94]

§. V

16. He propuesto con alguna extensión la historia de Jacobo Aimar, por ser éste un ejemplar eficacísimo para retraernos de dar asenso a los rumores populares. Ninguna fábula se vio más bien establecida en la voz común, y con todo se vio al fin que era fábula. Hervían en Francia las atestiguaciones de los prodigios de este hombre: Unos decían, yo lo ví: otros, yo lo oí a tales, y tales personas fidedignas que lo vieron: otros exhibían testimonios por escrito. ¿Y qué se halló llegando a la prueba? No más que un engañador astuto, debajo del velo de un rústico simple. Así le caracteriza Mr. Buisiere, de quien se habló arriba.

17. En este ejemplar se ve también cuánto crecen las mentiras puestas en manos del Pueblo, y cuánto son creídas, aunque crezcan a una estatura monstruosa. Al principio nadie atribuía a la Vara de Avellano otra virtud que la de descubrir metales, y fuentes. Después se extendió a manifestar los términos de los campos, y los autores de homicidios, robos, y otros delitos. Finalmente, ya no había cosa oculta que no creyesen los vulgares podía ser revelada por medio de la Vara Divinatoria. Mr. Buisiere dice que cuando Aimar entró en París uno llegó a preguntarle si el verdadero cuerpo de un Santo era el que se veneraba en tal Iglesia: que otros le mostraban las reliquias que tenían para que los desengañase si eran verdaderas. Que él mismo conoció a un Oficial mentecato que le dio dos escudos porque le dijese si una mujer, con quien trataba casarse, era doncella.

§. VI

18. Conozco que muchos hallarán notable dificultad en que un rústico pudiese engañar a un Pueblo como el de Francia, que ciertamente nada tiene de bárbaro. Para cuya satisfacción diré que no hay Pueblo alguno en el Mundo, en quien el número de hombres veraces, [95] y de juicio sano no sea cortísimo. La multitud se compone por la mayor parte de los que son, o mentirosos, o muy crédulos. Conque siendo grande el partido que da aire a las fábulas, y corto el que las resiste, no se debe extrañar que en cualquiera Provincia tome vuelo la más enorme patraña. El rústico era un grande hipócrita, y muy ladino: todos los días oía Misa, rezaba mucho, y comulgaba con frecuencia. A tales hombres suele creer el vulgo, aun contra su propia experiencia. No quería salir de día a parte alguna, porque decía que le matarían los ladrones, y otros malhechores, porque no los descubriese. Este era el pretexto para hacer sus experiencias de noche, cuando las sombras favorecen todo género de engaños. Mr. Buisiere añade que había una multitud de hombres, que interesándose de concierto con Aimar en los presentes que recibía, procuraban con arte adquirir noticias, y ocultamente se las ministraban; y es de creer, que por esta vía supiese quién era, y adónde estaba el autor del asesinato de León, si ya ésta no fue especie supuesta. Observaba con cuidado las señas del terreno, y donde, o por ellas, o por el aviso que le había dado algún confidente, creía que estaba escondido lo que buscaba: jugaba con arte la muñeca para mover la Vara, de modo que parecía que no era él quien la movía, sino otra causa oculta. Entre las experiencias que se hicieron en París, una fue esconder un costal de piedras debajo de tierra, dejando algo removido el terreno en la superficie; y no habiendo tenido la Vara movimiento alguno donde estaban los metales, se movió donde estaban las piedras. Sin duda observó el terreno movido, y allí impelió la Vara, creyendo se había escondido en aquella parte alguna porción de moneda, o vajilla de oro, o plata. En fin, cuando eran visibles los yerros, así él, como otros que estaban preocupados, lo atribuían a que faltaban entonces algunas disposiciones, sin las cuales la Vara no hacía su efecto. Y aún hoy hay en las Provincias extranjeras algunos que a la sombra de esta [96] trampa quieren mantener la Vara Divinatoria, contra innumerables experiencias que prueban la impostura.

19. Ciertamente no son menester tantas, y tales circunstancias como las expresadas para engañar a un Pueblo, y mantenerle en el engaño; es muy corto el impulso de que necesita el vulgo para ser movido hacia el error. Un Pueblo grande es como aquellas grandes máquinas, a quienes, por la disposición que tienen, pequeña fuerza da mucho movimiento. Conozco un Médico sumamente infeliz en pronosticar el progreso, y éxito de las enfermedades. Es rarísima la vez que acierta; con todo, en el común del Pueblo es oído como oráculo. En vano se le representan las experiencias contrarias. Milagros hace en esta facultad un poco de maña, y osadía; pero son milagros al revés de los de Cristo, porque ciegan a los que tienen vista, en vez de dar vista a los ciegos.

20. Por conclusión digo, que si alguno, usando de la Vara Divinatoria, lograre los aciertos que le atribuyen sus partidarios, se debe hacer juicio que interviene pacto diabólico explícito, o implícito. Este es el sentir del doctísimo Dominicano Natal Alejandro en el primer Apéndice del segundo Tomo de su Teología Moral, epístola 56, donde trata dignamente esta materia como Filósofo, y como Teólogo; y refiere parte de lo que hemos dicho arriba de Jacobo Aimar, a quien el Padre Natal fue contemporáneo.

§. VII

21. La fábula de los que llamamos Zahoríes está en primer grado de parentesco con la de la Vara Divinatoria. Entrambas miran a lisonjear la codicia, pretendiendo descubrir las minas, y tesoros que cubre la tierra. Dase el nombre de Zahoríes a una especie de hombres, de quienes se dice que con la perspicacia de su vista penetran los cuerpos opacos; haciéndose de este modo patente cuanto a algunas brazas debajo de la tierra está oculto. Este es embuste endémico de España (pues en [97] los Autores Extranjeros no se halla noticia de semejante gente, o si alguno los nombra, es con la circunstancia de adscribirlos a nuestra Nación, citando nuestros propios Autores), y acaso le hemos heredado de los Moros, pues la voz Zahorí parece Arábiga.

{(a) La patraña de los Zahoríes, estando escrita como verdad en algunos de nuestros libros que se esparcen por Europa, no podía menos de pasar a otros Reinos. En efecto pasó, y fue creída, no sólo del ignorante vulgo, mas aun de muchos Filósofos. Luego que el siglo pasado (dice el Marqués de San Aubin, Tom. 3, lib. 4, cap. 2.) sonó que había en España unos hombres que veían lo que estaba debajo de tierra hasta veinte picas de profundidad, muchos Filósofos no dejaron de hallar (a su parecer) razones para persuadir que podía esto suceder naturalmente. Refiere luego que el Mercurio Francés del año de 1728 daba noticia de una señora Portuguesa (que nombraba Pedegascha), que veía cuanto estaba dentro de tierra hasta treinta, o cuarenta brazas de profundidad; mas por lo que mira al cuerpo humano no le penetraba estando vestido. La ropa la impedía. Pero estando desnudo, todas las partes interiores registraba, los abscesos asimismo, u otros cualesquiera vicios que hubiese, así en los humores, como en las partes sólidas. Puede ser que esta fábula no naciese en Portugal, sino en Francia. Pero este Autor no da fe a la existencia de los Zahoríes, fundándose principalmente, para negar el asenso, en mi testimonio; pues después de citarme concluye así: El testimonio de este Benedictino, siendo como es Español, es de un gran peso para asegurar la falsedad de esta opinión.}.

22. No se puede decir que esta virtud sea natural, ni sobrenatural; consiguientemente se debe condenar como fingida, o como supersticiosa. No natural, porque ningún cuerpo opaco se puede ver naturalmente, sino según la superficie donde hace reflexión la luz; y es claro, que pues la luz no penetra a la profundidad de los cuerpos opacos, no puede hacer reflexión en ella. En atención a esto hemos declarado (en el segundo Tomo, Discurso segundo) fabuloso lo que se dice de la penetrante vista del Lince, y ahora comprehenderemos debajo de la misma regla a aquel hijo de Afareo, Rey de los Mesenios, a quien varios Autores de la antigüedad atribuyeron la [98] misma excelencia de la vista del Lince, dándole consiguientemente el nombre de Linceo porque decían que penetraba con la perspicacia de sus ojos, troncos y peñascos; mentira que Apolonio, en el Poema de los Argonautas, aumenta enormemente, refiriendo que sondeaba con la vista la profundidad de la tierra, hasta ver todo lo que pasaba en el infierno. Ni pienso que se debe dar más fe a lo que Varrón, Valerio Máximo, y otros cuentan de aquel hombre, llamado Estrabón, que en la primera Guerra Púnica, desde el promontorio Lilybeo (en Sicilia) veía, y contaba las Naves que salían del Puerto de Cartago, habiendo la distancia de ciento y treinta millas. Es claro que estando el aire por donde se dirige horizontalmente nuestra vista lleno de vapores, y de innumerables corpúsculos, los cuales tienen algo de opacidad, los que se juntan en tan dilatado espacio son tantos que impiden el tránsito a la vista, tanto como el cuerpo más opaco. Y aun cuando el aire atmosférico fuese perfectamente diáfano, resta la dificultad de que las Naves puestas a la distancia de ciento y treinta millas forman en el centro de la retina un ángulo tan extremamente agudo, que por consiguiente es insensible la imagen, e inepta para la visión, como saben los versados en la Óptica.

23. Tampoco puede decirse que la virtud de los Zahoríes sea sobrenatural. Lo primero, porque no es creíble que tenga a Dios por autor especial una virtud, cuyo uso sólo sirve a la codicia. No se oye decir que los Zahoríes desentierren tesoros para socorrer a pobres, o para hacer guerra a Infieles; sí sólo que andan buscando hombres avarientos, a quienes brindan con la esperanza de aumentar sus riquezas, para que revolviendo montes, descubran los sitios que ellos señalan. Lo segundo, porque ni en la Sagrada Escritura, ni en la Historia Eclesiástica leemos que Dios haya concedido esta virtud por modo de hábito permanente a alguno de tantos siervos ilustres como ha tenido, y con quienes se ostentó tan benéfico; ¿cómo es creíble que negándola a todos sus más íntimos amigos [99] la reserve para unos hombres nada sobresalientes en mérito? Lo tercero, porque las gracias sobrenaturales no están vinculadas a Nación alguna, y los Zahoríes sólo se dice que los hay en España.

24. El vulgo está en la simple aprehensión de que Dios dispensa esta gracia a los que nacen el día de Viernes Santo; sin advertir que habría infinitos Zahoríes, porque son muchos los que nacen ese día. Algunos la limitan a la circunstancia de nacer en aquel tiempo preciso en que se está cantando la Pasión ese día. Pero aun de ese modo se sigue que habrá en el recinto de España de setecientos a ochocientos Zahoríes: pues esta suma, poco más, o menos, resulta suponiendo que los hombres nazcan igualmente en todos los días, y horas del año; y que España tenga siete millones, y medio de personas, que es la población que le ajusta el señor Don Jerónimo de Uztariz en su excelente libro de Teórica, y Práctica de Comercio, y de Marina. Lo cual se entiende, como dicho Autor se explica, incluyendo a Mallorca, y excluyendo a Portugal; que si se incluye a Portugal, aunque se excluya a Mallorca, como se debe hacer para la cuenta de los Zahoríes, aún sale mayor el número de estos. En consecuencia de este cómputo no habría Provincia en España que no tuviese cuatro, o cinco docenas de Zahoríes. ¿Dónde están, que no los vemos?

25. Ni se puede decir que ocultan esta gracia los que la tienen; pues Dios, ni como Autor natural, ni menos como sobrenatural, concede virtudes para que no tengan uso, o ejercicio alguno. Aquellos a quienes dio la gracia de curación, curaban: a quienes dio el don de lenguas, las hablaban. Lo mismo de todas las demás gracias sobrenaturales.

26. Sólo, pues, resta decir que esta virtud es supersticiosa, y los que la ejercitan tienen pacto expreso, o implícito con el demonio. A la verdad el ministerio de extraer el oro que está en las entrañas de la tierra, más acomodado es para atribuirle al influjo diabólico, que a [100] la asistencia divina: porque la copia de aquel precioso metal más fomenta el vicio que favorece la virtud.

Effordiuntur opes, irritamenta malorum.

Este parece fue el pensamiento de los antiguos, cuando fingieron que Pluto, Deidad infernal, fue el primer descubridor de las minas de oro, y plata. A lo cual, si añadimos que Posidonio, citado por Paseracio, dice que este Dios infernal tiene constituido su domicilio en los Lugares subterráneos de España, se encuentra una alusión ajustadísima al supuesto hecho, de que sólo en España hay esta casta de hombres, que en virtud de influjo diabólico descubren las minas.

27. Pero valga la verdad. Primero se ha de probar el hecho de que hay verdaderos Zahoríes, que se condenen por hechiceros los que se jactan de serlo. Pueden ser Zahoríes, y pueden ser unos meros embusteros: y como, suponiendo que para lo primero sea necesario pacto diabólico, y éste es un delito mucho más grave que la patraña de fingirse Zahoríes sin serlo, nos debemos inclinar a creer antes esto que aquello por la regla del Derecho que dicta que en las materias dudosas se aplique siempre el juicio a la parte más benigna: Semper in dubiis benigniora praeferenda sunt.

28. A esta razón de equidad natural se agrega la de la experiencia. No tengo noticia de alguno que efectivamente haya descubierto tesoros; pero sí de uno, u otro que estafaron a algunos simples codiciosos, esperanzándolos de que se los manifestarían, y dejándolos después burlados.

29. Para engañar en esta materia a gente demasiado crédula, no es menester más artificio que el común de cualquier tunante, gesto eficaz, y misterioso; ir dando a pausas la noticia, como que la arranca la fuerza del ruego; encargar mucho sigilo, &c. Pero cuando se trata con personas de alguna advertencia, contribuye a la persuasión hacer primero la experiencia de manifestar adónde hay cauces de agua ocultos, los cuales se conocen por [101] algunas señas naturales, como por los vapores que se ven elevar del terreno antes de salir el Sol: la producción espontánea de juncos, sauces, y cañas. También para conocer dónde hay venas metálicas dan los Naturalistas algunas señales, de las cuales, si son verdaderas, el que estuviere instruido podrá pasar por Zahorí por Mar, y por Tierra.

 

{Benito Jerónimo Feijoo, Teatro crítico universal, tomo tercero (1729). Texto tomado de la edición de Madrid 1777 (por Pantaleón Aznar, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo tercero (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 87-101.}


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