Obras de Feijoo Teatro crítico universal Tomo tercero

Benito Jerónimo Feijoo • Teatro crítico universal • Tomo tercero • Discurso sexto

Milagros supuestos

§. I

1. Amargamente se queja el doctísimo, y gloriosísimo Mártir de Cristo Tomás Moro en el Prólogo al Diálogo de Luciano, intitulado el incrédulo, que tradujo de Griego en Latín, del perjuicio que la fabulosa multiplicación de milagros hace a la Iglesia. Justísimamente llora lo que el infiel malignamente ríe. Los milagros verdaderos son la más fuerte comprobación de la verdad de nuestra Santa Fe; pero los milagros fingidos sirven de pretexto a los infieles para no creer los verdaderos. Los que entre ellos son más sagaces tienen justificada la suposición de algunos prodigios que corren entre nosotros: con esto hacen creer al Pueblo rudo que cuanto se dice de milagros de la Iglesia Católica es embuste, y falsedad. Así la obstinación se aumenta, el error triunfa, y la verdad padece.

2. En la Ciudad de la Coruña no há muchos años corrieron en el Pueblo, y aun se predicaron en el púlpito dos milagros, de cuya falsedad, además de muchos de los nuestros, fue testigo ocular Guillelmo Salter, Inglés, y Cónsul entonces por su Nación en aquel Puerto. El uno [102] era la cura milagrosa de una pobre mujer, que no había sido milagrosa, sino natural, y muy fácil, y la había costeado en la forma regular con Médico, y Cirujano el mismo Guillelmo Salter. La otra ficción aún era más ruborosa para nosotros, porque para suponer el milagro se le imponía al Salter una fea falsedad en el trato, de que era su genio muy ajeno. Cónstame este hecho por la relación de un Religioso grave, docto, y ejemplar, natural del mismo Lugar de la Coruña. Guillermo Salter volvió después a Inglaterra. Considérese qué concepto haría el común del vulgo de los decantados milagros de la Iglesia Católica, oyéndole a aquel hombre referir estos sucesos.

3. En dar, o suspender el asenso a los milagros caben dos extremos, ambos viciosos, la credulidad nimia, y la incredulidad proterva. No creer milagro alguno, fuera de los que constan de la Sagrada Escritura, es reprehensible dureza: creer todos los que acredita el rumor del vulgo, es liviandad demasiada. Plutarco, con ser Gentil, conoció los riesgos de uno, y otro extremo, apuntando que el uno se roza con la impiedad, y el otro declina a la superstición: Multa item, quae accepimus ex nostrae memoriae hominibus, habemus referre miranda, quae non contemnas facilè. Caeterum fidem is adhibere, vel detrahere, nimiam, anceps sit, humanam ob imbecillitatem, quae nullis certis, circunscripta Cancellis est, neque sui compos; sed recedit modo in superstitionem, & vanitatem; modo in Deorum neglectum, & fastidium (in Camillo). Los milagros de que hablaba Plutarco, eran parte ilusión diabólica, parte invención de la vanidad Gentílica. Así, el medio que él buscaba sólo se puede hallar en los que profesamos la Religión Católica.

4. Escribió pocos años há el Abad de Comanville, Autor Francés, y piadoso, las vidas de los Santos contenidos en el Martirologio Romano en cuatro Tomos, sin referir milagro alguno, fuera de los que constan de la Sagrada Escritura. No es laudable, ni al cuerpo místico [103] de la Iglesia puede ser útil tan severa parsimonia. Dice San Agustín {(a) De Civit. Dei, lib. 22, cap. 8.}, y debemos creerlo así, que no sólo se hicieron milagros para que creyese el Mundo, mas se hacen también después que cree. Pero entre los Católicos es tan raro en esta materia el obstinado disenso, como frecuente la vana credulidad. Si fuesen verdaderos todos los milagros que corren en el vulgo, justamente pudiera ser notada de pródiga la Omnipotencia. Ni se queda esta extravagancia sólo en los vulgares; también se ha comunicado por vía de contagio a los doctos. Fervorosamente declama el Ilustrísimo, y Sapientísimo Melchor Cano {(b) Lib. 11. de Locis Theologicis, cap. 5.} contra las muchas fábulas que se hallan en varios libros de vidas de Santos. Suyo es aquel ardiente suspiro: Dolenter hoc dico, potius quam contumeliose, multo a Laercio severius vitas Philosophorum scriptas, quam a Christianis vitas Sanctorum: longeque incorruptius, & integrius Suetonium res Caesarum exposuisse, quam exposuerunt Catholici, non res dico Imperatorem, sed Martyrum, Virginium, & Confessorum.

5. En todos tiempos hubo algo de este abuso en la Iglesia. En su mismo nacimiento se vieron las Actas apócrifas de San Pablo, y Santa Tecla, y según refiere Tertuliano, fue depuesto un Presbítero de la Asia, que confesó haberlas compuesto por el amor grande que profesaba al Apostol. ¡Ojalá hoy se aplicara la misma, o igual pena a cualquier Escritor que delinquiese con devoción tan desordenada! La precaución que en el segundo, y tercer siglo se tomó de señalar Notarios que escribiesen puras, y sinceras las Actas de los Mártires, no bastó a evitar el abuso; pues en el quinto proscribió el Papa Gelasio en un Concilio que juntó en Roma de setenta Obispos, muchas historias de Santos por apócrifas. [104]

§. II

6. No es inconveniente pensar que algunas veces influyen en los que escriben las vidas de los Héroes del Cielo las pasiones mismas de que suelen moverse los que publican las gloriosas acciones de los ilustres del siglo: ya un amor desordenado, producido por parcialidad nacional, u otro algún parentesco: ya el interés de hacer historia más bien leída, poniendo cebo a la curiosidad en lo prodigioso de la narración; ya el deseo de sacar brillante el escrito con la reflexión de las falsas luces que se añaden al objeto.

7. No ha muchos siglos que en cierta Provincia de la Cristiandad predicaba un venerable varón, y de espíritu verdaderamente apostólico, pero de quien en vida no se decía cosa especial acerca de Profecías y milagros. Luego que murió aquel santo hombre, uno de los que habían asistido a sus misiones dio a la estampa su vida llena de predicciones, y prodigios sin más examen auténtico que el que bastó a satisfacer su piedad poco ordenada; y lo que es más, circunstanciados los sucesos con la designación de Lugares, y personas. Cualquiera que en los siglos venideros leyere aquellas actas, considerando que el Autor fue coetáneo de este hombre venerable, y que escribió dentro de la misma Provincia, que fue trato de su predicación, no dudará darlas entero crédito. ¿Quién pensará que hubo audacia en un Escritor para referir innumerables prodigios delante de millares de testigos, que podían darle, o con la falsedad, o con la incertidumbre en los ojos? Sin embargo él lo hizo, o por el afecto ciego que profesaba a aquel varón apostólico, o por dejar su nombre en el mundo.

§. III

8. Pero el más común origen de estas narraciones fabulosas es el vano aprecio que hacen los Escritores de cualesquiera rumores vulgares. Defecto es éste, [105] que el Ilustrísimo Cano en el lugar citado observó haber caído tal vez en sujetos, no sólo de santidad notoria, mas también de eminente doctrina; pero así como es rarísimo en hombres de este tamaño, es frecuente en los de inferior estatura. Cree el docto lo que finge el vulgo, y después el vulgo cree lo que el docto escribe: hacen las noticias viciadas en el cuerpo político una circulación semejante a la que forman los humores viciosos en el cuerpo humano: pues como en éste, a la cabeza, que es trono de la razón, se los subministra en vapores el vulgo inferior de los demás miembros, y después a los demás miembros para su daño se los comunica condensados la cabeza; así en aquel las especies vagas, vapores de la ínfima plebe, ascienden a los doctos, que son la cabeza del cuerpo civil, y cuajándose allí en un escrito, bajan después autorizadas al vulgo, donde éste recibe, como doctrina ajena, el error que fue parto suyo.

9. Es el vulgo, hablando con propiedad, patria de las quimeras. No hay monstruo que en el caos confuso de sus ideas no halle semilla para nacer, y alimento para durar. El sueño de un individuo fácilmente se hace delirio de toda una región. Sobre el eco de una voz mal entendida se fabrica en breve tiempo una historia portentosa. Alhágale, no lo verdadero, sino lo admirable; y llegó tal vez su propensión a creer prodigios a la extravagancia de atribuir milagros a los irracionales. Referiré a este intento una historia harto graciosa, que se halla en las Memorias de Trevoux {(a) Año 1714, tom. 1, art. 24.}.

10. Un señor Francés, natural del Condado de Auverna en tiempo de Ludovico Pío, había salido a caza, dejando en casa un infante, único hijo suyo, al cuidado de la ama que le daba leche, y de otras dos, o tres mujeres. Estas, aprovechándose de la ausencia de su amo, salieron a pasear, quedando el niño sin otra custodia que un valiente perro llamado Ganelon echado junto a la cuna. [106] Ya se habían apartado de la casa buen trecho, cuando los terribles aullidos que oyeron dar a Ganelon las hicieron volver solícitas, por saber qué accidente irritaba la cólera del generoso bruto. Fue el caso, que una espantosa serpiente, saliendo de un lago que ceñía el edificio, a la ayuda de una anciana yedra que llegaba a los balcones, había subido a la sala donde estaba el tierno infante, y acudiendo a su defensa Ganelon, la lid fue tan reñida como la de Juba, y Petreyo, que quedaron ambos muertos en el combate. En efecto, las mujeres cuando llegaron hallaron tendidos sobre el pavimento, palpitando con las últimas agonías, mutuamente vencedores, y vencidos los dos brutos. Sabidor el dueño del suceso, y reconocido al servicio que el perro le había hecho en guardarle su más preciosa alhaja, hizo labrar un vistoso sepulcro junto a una fuente, donde enterró su cadáver.

11. Esta historia, aunque entendida entonces de toda la Provincia, en el discurso de uno, u dos siglos se fue olvidando, de modo que sólo quedó la noticia de ser aquel el sepulcro de Ganelon, sin saber quién fuese Ganelon, ni en individuo, ni en especie. La experiencia, o la imaginación de algunos empezó a acreditar de saludables para algunas enfermedades las aguas de la fuente vecina al sepulcro. No fue menester más para aprehender el vulgo milagrosa aquella virtud; infiriendo al mismo tiempo que el sepulcro que se decía de Ganelon, lo era de un hombre santo, que había tenido este nombre, y por cuyos méritos Dios había comunicado aquella sobrenatural virtud a la vecina fuente. Fortificada esta imaginación con el común asenso, se levantó en el mismo lugar una Capilla con la advocación de San Ganelon, donde por mucho tiempo acudieron los Pueblos vecinos con votos, y ofrendas a implorar socorro a sus necesidades; hasta que un sabio, y celoso Obispo, empeñándose, como debía, en averiguar el origen de esta devoción, después de mucho trabajo, al fin halló la historia que acabamos de referir, en un antiguo papel que se conservaba en el Archivo del [107] Palacio, que había sido teatro del combate entre el perro, y la serpiente.

§. IV

12. Rara vez (yo lo confieso) llevará a tan peligrosos precipicios la ligereza del vulgo en soñar milagros; pero siempre tiene el gravísimo inconveniente de desautorizarse el menor número de los verdaderos con la inmensa multitud de los fingidos. Por esto me parece harían un considerable servicio a Dios, y a su Iglesia los Prelados Eclesiásticos ocurriendo con fervoroso celo a este abuso; y aun cuando constase que de intento se fingen milagros (como sucede no pocas veces por varios motivos), hasta el Magistrado Secular debería proceder contra el autor del embuste, siendo de su fuero, con severas penas.

13. Digna juzgo de ser imitada, y aplaudida la rectitud de un Corregidor de la Villa de Agreda en caso semejante. Había dejado la Venerable Madre María de Jesús un pequeño Crucifijo, alhaja de su pobre Celda, para memoria al Presbítero Don Francisco Coronel, sobrino suyo. Una vieja, criada de este Sacerdote, habiendo discurrido que podía resultarla alguna utilidad, si hiciese espectable aquella Imagen por milagrosa, esparció por el Pueblo (haciéndoselo también creer a su propio amo) que a tiempos sudaba sangre. De hecho, habiendo concurrido muchas diferentes veces a verla, reconocieron algo teñido de sangre el rostro, y aunque no de modo que pudiese ser sudada, ya por estar la Imagen en sitio algo sombrío, ya porque en materia de milagros la piedad vulgar ve mucho más con la imaginación, que con los ojos; ya porque la notoria sobresaliente virtud del antecedente dueño de aquella alhaja ayudaba de su parte a conciliar el asenso, todo el Pueblo consintió en que era verdad lo que la vieja había esparcido. Fue notable la conmoción de todos, nobles, y plebeyos. Hubo rogativas, procesiones, votos, limosnas. Sólo un Escribano, hombre advertido, y sagaz, sospechó algún latente engaño en [108] el que todos los demás juzgaban indubitable prodigio. Para averiguarlo halló modo de quedarse escondido de noche en la misma cuadra, donde estaba el Crucifijo, y allí vio cómo la vieja, después de recogido el amo, iba al sitio, y sacándose sangre de las narices, teñía con ella, según la porción que la parecía, el rostro de la Imagen. Sobre el cimiento de esta noticia se llegó a hacer jurídica información del caso, y de cómo la vieja ya tenía, ya lavaba la Imagen como juzgaba a propósito; y el Corregidor, hombre de piedad sólida, hizo dar doscientos azotes a la vieja, que fueron tan bien merecidos, como cuantos hasta ahora se dieron en las calles públicas. Refirióme este suceso el Padre Maestro Fray Miguel Jiménez Barranco de mi Religión, natural del mismo Lugar de Agreda, y que se hallaba en él a la sazón.

14. Otro caso muy semejante al pasado refiere el doctísimo Maestro Franciscano Fray Pedro de Alba, de un Hereje Holandés, que simulándose Católico, con tales apariencias fingió que habiéndole disparado de noche una pistola, se habían quedado las balas hechas pasta en un Escapulario del Carmen, que traía al pecho, que se celebró con aplausos comunes el milagro. Pero excitándose después no sé qué sospecha, e instando algunos celosos en que se hiciese averiguación, llegó el caso de poner aquel pérfido en la tortura, donde confesó que todo había sido invención suya a fin de referir el suceso después a los de su creencia, persuadiéndolos con este ejemplo que todos los milagros que se celebran en la Iglesia Católica son de este jaez, y moviéndolos a hacer irrisión de nuestra credulidad. Fue castigado severamente; y de este modo sirvió para confusión de los Herejes el mismo suceso que, a no haber sido examinado, diera materia al rubor de los Católicos.

15. Confieso que no puedo tolerar que a expensas de la piedad se haga capa al embuste. No tiene bien asentada la fe quien piensa que las verdades divinas necesitan del socorro de invenciones humanas. Cualquier fábula [109] portentosa que se derrame en el vulgo, halla presto patronos aun fuera de los vulgares, debajo del pretexto que se debe dejar al Pueblo en su buena fe. Eso sólo debe tener cabimiento cuando no se puede aclarar la verdad, porque en caso de duda se debe amparar la posesión; mas siempre que se pueda descubrir, es justo perseguir la mentira en cualquiera parte que se halle, y mucho más cuando se acoge a sagrado, pues sólo entra en él para profanar el Templo. No estoy bien con los críticos audaces, puestos siempre sobre las armas contra monumentos, o tradiciones que han autorizado los siglos. Siempre me alistaré de parte de la multitud, cuando se funde sólo en falibles conjeturas la opinión de un particular; pero habiendo pruebas constantes contra el común asenso, degenera de racional quien no se rinde: porque contra la verdad no hay prescripción. No esperemos a que la enemiga de los Herejes descubra lo que erró la falsa piedad de algunos Católicos. Seamos nosotros los delatores de la impostura antes que nuestros contrarios nos den con ella en los ojos, haciendo guerra a nuestras verdades con nuestras ficciones. Por este camino hizo Erasmo, enemigo escondido, y más artificioso que Lutero, mucho daño a la Iglesia. Mientras éste impugnaba las verdades de la fe, aquel descubría las fábulas de la historia. Dice el Ilustrísimo Cano que Erasmo refutó diligentísima, y rectísimamente muchos prodigios fabulosos, estampados en varios libros: Huius generis sunt alia multa, quae & diligentissime, & rectissime Erasmus refutavit. Subscribo en cuanto a la diligencia, no en cuanto a la rectitud. Usó Erasmo de la crítica con exceso, y en mala ocasión. En aquel tiempo, y en aquellas regiones, donde se predicaban doctrinas nuevas los que cavaban en la Historia Eclesiástica para descubrir fábulas, eran minadores ocultos contra los dogmas, porque la errada lógica del vulgo argüía de lo uno para lo otro. [110]

{(a) Donde decimos que la mentira que se acoge a sagrado sólo entra en él para profanar el Templo, entienda el Lector lo que significa esto, [110] expuesto llana, y sencillamente; y es, que fingir milagros, o milagro alguno, es pecado mortal de aquella especie de superstición que consiste en dar a Dios un culto indebido, o desordenado. Esta es doctrina constante de los Teólogos, aunque excusan a los más de pecado grave, en consideración de su ignorancia, o simpleza. Pero, ¡oh cuántos preciados de discretos, y aun de doctos, caen en este gravísimo absurdo!}

§. V

16. Muy diferente efecto hizo la inmensa aplicación del piadosísimo César Baronio, a purgar en sus Anales de noticias apócrifas la Iglesia. Vio el Mundo, y ve ahora en la alta estimación conque recibió la misma Iglesia aquella grande obra, que aunque entre nosotros se inventan, y se admiten algunas fábulas, no es el espíritu de la Iglesia Romana quien las fomenta, antes quien las impugna, mirándolas como humores excrementicios de este místico cuerpo, a cuya expulsión aplica Médicos sabios, ya en uno, ya en otro siglo. Veese esto más claro en el rigor conque se examinan los milagros cuando se trata de la Canonización de algún Santo. El P. Dobanton, en la vida de S. Francisco de Regis que imprimió en París en el año de 1716, dice que de cerca de cien milagros que fueron propuestos a la Sagrada Congregación para la Canonización de un Santo del último siglo, sólo fue aprobado uno, y la Canonización se suspendió hasta que Dios fue servido de obrar otros por su intercesión.

17. Fueron muchos los Historiadores Eclesiásticos que no sólo trasladaron sin discreción, y examen cuanto hallaron escrito, mas también ingirieron frecuentemente en sus libros rumores vulgares, cuentos de viejas, y delirios de ancianos. No me atreviera yo a decirlo, si no lo hubiera dicho antes el mismo sapientísimo Cardenal que acabo de nombrar: Quod si posteriores rerum ecclesiasticarum historicos consulas, magnam profecto eorum esse classem intelliges, qui absque delectu quacumque, vel ab aliis scripta ad manus eorum venerint, vel levi auditu perceperint, conscripserunt, & absque alia altiori veritatis indagine, saepe aniles [111] fabulas, senum deliramenta, vulgi rumores non sine magna caeterarum rerum solida firmitate subsistentium praejudicio intexuerunt {(a) Tom. 1 in Praefat.}.

18. El daño que esta ligereza de los Escritores trae, es el que el mismo Baronio apunta, el perjuicio que hace a la verdad la ficción, non sine magno caeterarum rerum solida firmitate subsistentium praejudicio: porque la multitud de narraciones fabulosas frecuentemente hace desconfiar de las verdaderas. Es un daño éste terrible para la Iglesia, exclama el Ilustrísimo Cano: Ecclesiae igitur Christi hi vehementer incommodant, qui res Divorum praeclare gestas non se putant egregie exposituros, nisi eas fictis, & revelationibus, & miraculis adornarint {(b) Lib. 11 de Locis Theol. cap. 6.}.

19. No dudo de la piadosa intención conque muchos de estos Escritores querrían fortificar a los Fieles en la creencia de las verdades católicas, encenderlos al culto, y devoción de los Santos, excitarlos a afectos de gratitud a las piedades divinas; pero debieran escuchar aquella vehemente reprehensión de Job, que con ellos habla, o por lo menos con los primeros autores de esas ficciones piadosas, que después se estampan en los libros, o se predican en los púlpitos: Numquid Deus indiget vestro mendacio, ut pro illo loquamini dolos? Superabundantemente ministra motivos la verdad para hacer cuanto conviene al servicio de Dios, y a nuestra salud, sin que le ayude la ficción: Sine mendacio consummabitur verbum legis. (Eclesiast. 34.)

§. VI

20. El carácter de la religión verdadera es estar confirmada con milagros verdaderos; y Dios ha obrado tantos a este fin, cuantos bastan a convencer la más obstinada incredulidad. Los milagros falsos son indiferentes a todas religiones, o por mejor decir son más propios de las falsas; y así se debieran prohibir como [112] especies de contrabando entre los Católicos. Los antiguos Idólatras abundaron mucho de ficciones prodigiosas. Basta ver a Tito Livio, Escritor sin duda admirable, discreto, veraz, y crítico en el grado más eminente, pero crédulo en materia de prodigios a los rumores vulgares que halló depositados en la memoria de los hombres; y así juntó tantos en su historia, que casi pueden disputar el número a los sucesos verdaderos. Sólo en aquel punto de tiempo en que Aníbal por la cumbre del Apenino llevaba aquel nublado de huestes, que había de llover sangre en las campañas, fingió el pavor, o vanidad de los Romanos tan pródigo el Cielo en portentos, como si toda la naturaleza debiese conmoverse a gemir la aflicción de Roma. En un lugar de Italia se decía que los escudos de los Soldados habían sudado sangre: en otro, que encendiéndose espontáneamente las armas, se habían reducido a cenizas: en otro, que habían aparecido dos Lunas: en otro, que habían caído del Cielo piedras encendidas: en otro, que habían manado sangre las fuentes: en otro, que se había visto hender el Cielo, asomándose una terrible llama por la cisura: en otro, que se había observado batallando la Luna con el Sol: en otro, que había sudado la estatua de Marte: en otro, que algunos brutos habían mudado recíprocamente de sexo. Y tuvieron los Autores de estos cuentos audacia para ratificarse dentro de la Curia Romana; conque autorizados con el examen de los Padres Conscriptos, pasaron sin tropiezo a las plumas de los Historiadores. Si todos estos prodigios hubiesen sido verdaderos, sin razón inferiría el Areopagita aquella gran consecuencia del eclipse universal que acaeció en el tiempo de nuestra Redención, debiendo saber que mayores demostraciones de dolor había hecho el Cielo en otro caso, y no por tanto motivo. Y es muy de notar que la expedición de Aníbal mucho más funesta fue para Cartago, que para Roma. A Roma ocasionó un transitorio ahogo, y a Cartago su total ruina. Con todo eso, habiendo amenazado el Cielo [113] con tantos prodigios a Roma, ni uno sólo hubo que predijese la ruina de Cartago. Donde se ve que toda aquella cáfila de milagros fue un agregado de embustes.

{(a) Teodoro Beza, usando de su Teología Calvinista, decía que era lícito defender la fe con artificios, mentiras, y engaños: Licitum esse fucis fraudibusque, ac mendaciis Fidem tueri. Doctrina propia de un Hereje, pero que verifica con el hecho lo que decimos en este número: que los milagros falsos, aunque indiferentes a todas las Religiones, son más propios de las falsas que de la verdadera. Lo que llamaba fe Beza no era fe, sino el complejo de errores de su maldita secta. Dejemos, pues, a los Herejes que los defiendan, o confirmen con embustes; guardándonos nosotros de defender la verdad sino con la verdad. Tenemos certeza indisputable de muchos milagros verdaderos, que aseguran la infalibilidad de nuestra santa Fe Católica. ¿Para qué acudir a patrañas, o milagros dudosos? El milagro de la sangre del glorioso Mártir San Januario basta para convencer a todo racional. Podría dar noticia de algunos otros, pero me contentaré con darla de uno casi continuado que hoy existe, o por lo menos poco ha existía. Un Monje Benedictino del gran Monasterio de San Dionisio de París pasa todos los años todo el Adviento, y Cuaresma sin más alimento que el que celebrando el santo sacrificio de la Misa percibe de las especies sacramentales. Refieren este prodigio los Autores de las Memorias de Trevoux el año de 1726, tom. 2, art. 45, como sabido de todo París. Las circunstancias del tiempo, y de la especie de alimento no dan lugar a atribuirlo a causa natural. Mirabilis Deus in Sanctis suis!}

21. Cicerón se burla en esta materia de la credulidad de los Romanos, sin perdonar aun a la gravedad de los Senadores. Así dice {(b) Lib. 2 de Divinat.}: Sanguinem pluisse, Senatui nuntiatum est: Atratum fluvium fluxisse sanguine: Deorum sudasse simulachra. Num censes his nuntiis Thalem, aut Anaxagoram, aut quemcumque Physicum crediturum fuisse?

22. Algunos Escritores Romanos atribuyen al Emperador Vespasiano tres curas milagrosas. La primera, como lo refiere Suetonio, pasó de este modo. Habiendo entrado el Emperador (que a la sazón se hallaba en Alejandría) en el Templo de Sérapis, un tal Basílides, que había mucho tiempo estaba baldado de sus miembros, [114] pareció de repente delante de él bueno, y sano; y lo que más es, sin que nadie le hubiese visto entrar por la puerta del Templo. Aunque podía quedar en duda, si este prodigio se le debía atribuir al Emperador, los otros dos la quitaron. Estando sentado en el Solio llegaron a él un ciego, y un cojo, diciéndole que la Deidad de Sérapis los enviaba a él para que los curase, al primero mojándole lo ojos con su saliva, y al segundo tocándole con el pie en el muslo encogido. Hizo el Emperador uno, y otro, y entrambos quedaron sanos.

23. Toda esta historia juzgo fabulosa: porque aunque absolutamente no supera la facultad natural del demonio, o ya el obrar semejantes curas en realidad, o fingirlas por vía de ilusión, y podía ser movida su malignidad por el fin de autorizar la Idolatría; es increíble, si no imposible, que en aquellas circunstancias Dios le diese esa licencia. Estaba en su nacimiento el Cristianismo cuando empezó a reinar Vespasiano. ¿Cómo es creíble que la mano Omnipotente, que iba entonces derribando Ídolos a fuerza de milagros, permitiese al demonio sustentarlos con prodigios, que aunque fingidos en los ojos, y rudeza de los Gentiles, eran indistinguibles de los verdaderos? Con la venida del Redentor, según afirman muchos Autores, cesaron los Oráculos de la Gentilidad, porque quiso la piedad divina quitar ese estorbo a la verdad católica. ¿Cómo es posible que cuando cerró al demonio la boca, le dejase tan libre la mano? Siendo cierto que más estorban patentes prodigios, que confusas voces. La discordia de los Autores en algunas circunstancias, califica el juicio que llevo hecho. A Basílides le llama Suetonio Liberto. Tácito dice que era uno de los principales Personajes entre los Egipcios. Del otro impedido, Suetonio dice que era cojo: Tácito, que era manco. Y no me embaraza lo que añade este Autor, que en su tiempo había testigos de vista que deponían de estos prodigios, cuando ya muerto Vespasiano, no tenía premio la lisonja. Para mentir prodigios no es menester ese cebo; basta el interés de [115] hacerse escuchar con admiración en un corrillo. Los soldados de Junio Bruto, llamado el Gallego porque conquistó a Galicia, no tuvieron otra ganancia en decir en Roma, que del Cabo de Finis Terrae habían visto al Sol sumergirse, levantando terrible humareda en el agua del Océano. Fuera de que el haberlo dicho viviendo Vespasiano, era suficiente motivo para confirmarlo después, siendo la inconsecuencia en las materias descrédito de los Autores.

24. Acaso no es más verdad lo que refieren Plinio, y Plutarco de Pirro, Rey de Albania, que curaba a los achacosos del bazo, tocando sobre la parte afecta con el pulgar del pie derecho: pues aunque alguno podrá discurrir que cabe dentro de la esfera de la naturaleza tan prodigiosa virtud, lo que añaden los dos Autores referidos, de que cuando se quemó el cadáver quedó intacto en medio de las llamas aquel dedo, la traslada de natural a divina, y de hecho Plutarco dice que por tal era tenida: Illius pedis fertur fuisse pollex divina virtute praeditus.

§. VII

25. La secta Mahometana, más fértil aún que la misma Idolatría en ridículas ficciones, está llena de infinitos milagros, tan fabulosos, como extravagantes. Es cosa prodigiosa que confesando Mahoma en varias partes del Alcorán, especialmente en la Sura sexta, y en la terciadécima, que Dios le negó siempre la potestad de hacer milagros, sus Sectarios se los atribuyen a millares, pues algunos de sus Moslemos, o Doctores dicen que llegó a hacer tres mil. Los más que cuentan son ridículos: como quejas de algunos Camellos que se iban a lamentar a Mahoma del mal tratamiento que sus dueños les hacían: salutaciones en voz humana de troncos, piedras, y montes: en que el Moslemo Ahmed, que escribió un largo Catálogo de los milagros de su Profeta, mintió tan desaforadamente, que dijo que en una jornada que hizo Mahoma saliendo de Meca, no encontró [116] monte, ni piedra en todo el camino que no le saludase con estas voces: Salve; ¡oh Profeta de Dios!

26. De sus Dervises, o Santones dicen los Mahometanos tantas cosas prodigiosas, testificadas en parte por algunos de nuestros Autores, que entre asentir a que todo es embuste, o creer que el demonio en aquel Egipto tiene larga licencia para contrahacer, por medio de sus Magos, los milagros de la Vara de Moisés, quiero decir, imitar con ilusiones los verdaderos prodigios que hacen los Santos de la Iglesia de Dios; lo primero es mucho más fácil que lo segundo; porque parece que no cabe en la abundancia de la piedad divina permitir que el demonio tan a rienda suelta engañe, y conserve en su obstinación a aquella desdichada gente.

27. Entre nuestros Autores el que más derecho parece tiene a ser creído es un Religioso Dominicano, llamado Ricardo Septemcastrense, que estuvo muchos años cautivo entre los Turcos, y escribió un libro intitulado: Turcicae Spurcitiae, donde refiere innumerables prodigios de algunos de estos Santones, como son violentas, y dilatadas rotaciones del cuerpo, inimitables a todos los demás hombres, girando rápidamente, y a compás por mucho tiempo, como si fuesen estatuas maquinalmente movidas; ayunos austerísimos, de modo, que rarísima vez comen, o beben, y los más perfectos llegan a pasar sin sustento alguno: Aliqui autem (dice el referido Autor, cap. 14.) & magis perfecti, sine omni cibo, & potu corporali vivunt: ser insensibles, no sólo a las injurias del aire, mas también al hierro, y al fuego, cuya prueba ofrecen, dejándose abrasar, y cortar la carne, sin más demostración de sentimiento que la que darían un leño, o un peñasco. Son palabras del Autor: Si quis probare voluerit, faciet sibi apponere ignem, vel incidere carnem cum gladio: quae omnia tantum sentiunt, ac si lapidi ignem apponeres, vel lignum gladio incideres.

28. Paso en silencio otras cosas mucho más admirables que refiere de los Dervises el mismo Ricardo; pero [117] no callaré lo que dice de unas mujeres devotas que hay en Turquía, fecundas sin obra de varón. Los Turcos juzgan que conciben por influjo sobrenatural, y que los hijos de éstas, como milagrosos en sus nacimientos, lo son en todo el discurso de su vida. Por tanto, con ansia solicitan en Turquía sus reliquias, como singular medicamento contra todo género de enfermedades. Ludovico Maraccio {(a) In Prodrom. ad refutat. Alcor. part. 2, cap. 12.} cita otro Autor, que refiere el mismo prodigio, añadiendo que estas mujeres viven cerradas en lugar separado, donde no puede entrar jamás hombre alguno.

29. Pero no obstante, que nada de lo dicho excede el poder del demonio, pues cosas más maravillosas hizo a veces por medios de otros Mágicos que cuanto se cuenta de Dervises; y la fecundidad de estas mujeres se podría atribuir al abominable comercio con los íncubos, constantemente afirmo que todo lo referido es falso. La razón para mí concluyente es, porque nunca Dios permitió que el demonio usase de la facultad de simular milagros en confirmación de doctrinas falsas, sino en el caso en que hubiese determinado su Providencia confundir su malicia, descubriendo el engaño, como hizo con los hechiceros de Faraón, y con Simón Mago. Los hombres, sin luz superior, no pueden distinguir los milagros verdaderos de los falsos, porque el demonio puede trampear con apariencias los informes de todos los sentidos. Nada más sobrenatural que la resurrección de un muerto; y aunque no hacerla, puede contrahacerla el demonio, moviendo por sí mismo el cadáver con perfecta imitación del viviente: de lo cual hay algunas historias, como la de la famosa Arpista de Lila. Fueran, pues, inculpables en su creencia, asistiendo a una doctrina errada que viesen confirmada con semejantes maravillas, pues sin delito, a fuerza de su invencible ignorancia, las tendrían por milagros verdaderos.

30. Esto supuesto, concederé que el demonio haya obrado tales, y mayores prodigios por medio de los [118] Mágicos de cualquiera Religión; pero no por medio de aquellos que son venerados como Santos entre los Infieles. En éstos el prodigio autoriza el culto. Su estimada virtud prohibe concebir al demonio autor de la acción, y así es preciso atribuirla a especial valimiento con la Omnipotencia; el que es imposible en hombres que siguen Religión errada.

31. Creo, pues, que casi todo lo que refiere Ricardo Septemcastrense es embuste de los Mahometanos (gente extravagante en ficciones, si la hay en el Mundo) creído ligeramente por aquel Autor, y por algunos otros Cristianos de demasiado candor. De hecho Ludovico Maraccio dice que el Autor del libro Turcicae Spurcitiae era nimiamente sincero; y cita a Francisco Barton, Inglés, práctico en las cosas de los Turcos, contra la especie de las mujeres que conciben sin obra de varón. Fuera de que por lo mismo que dice el Autor Dominicano podemos conjeturar lo que hay en la materia. Es el caso que no las supone perpetuamente en clausura, como el otro citado por Ludovico Maraccio; antes advierte, que aunque muy pocas veces, van a la Mezquita, y en ella están desde las nueve de la tarde hasta media noche haciendo mil movimientos extraordinarios, y dando terribles gritos. Añade, que las que entre ellas paren, de semejantes noches suelen quedar en cinta. Estas circunstancias hacen creer que aquel tumulto, y desorden de estas devotas, es suscitado a fin de ocultar otro desorden mayor que pasa a favor de la noche en la Mezquita, donde sin duda concurren también disfrazados, con hábito de mujer, algunos devotos, o sin ese disfraz los mismos Ministros del Templo.

§. VIII

32. Los Judíos, cuyo genio nacional es la más fecunda semilla de la superstición, no son inferiores a los Mahometanos en la suposición de prodigios. Aun de aquel tiempo en que los lograban verdaderos, refieren innumerables fabulosos. Los libros de sus Rabinos están [119] llenos de maravillosas patrañas, donde como en piedras escandalosas, tropiezan a cada paso los sagrados Expositores. Según sus noticias, en cada uno de los sacrificios legales hacía Dios constantemente diez milagros, como si fuese deudora la Omnipotencia de concurrir con todos sus esmeros a ilustrar la solemnidad. El primero, que nunca faltaba hospedaje a los que concurrían, por grande que fuese la multitud. El segundo, que por estrechos, y comprimidos que estuviesen en el Templo puestos en pie, cuando se postraban para la confesión de sus pecados, a todos sobraba espacio. El tercero, que aunque el fuego del sacrificio ardía a cielo descubierto, nunca le apagaba la lluvia. El cuarto, que el humo de las víctimas siempre subía derecho al Cielo, sin que viento alguno lo torciese. El quinto, que nunca le acaeció al Sumo Sacerdote adversidad alguna en el día de la Expiación. El sexto, que nunca en semejante día fue mordido alguno de los Hebreos por sabandija venenosa. El séptimo, que nunca se notó corrupción, o vicio alguno en los Panes de Proposición, y de las Primicias. El octavo, que nunca abortó alguna preñada por el olor de las carnes santificadas. El nono, que nunca aquellas carnes dieron mal olor; bien que este prodigio debe suponerse uno con el antecedente. El décimo, que nunca pareció mosca alguna en el lugar donde se degollaban las víctimas: ¡Graciosos sueños son éstos!

33. Pero, aún más que ellos encarece la prodigalidad de la Omnipotencia la portentosa ficción Rabínica, de que los Sacerdotes de su Ley se hacían invisibles cuando querían, por cuya razón dicen que de los dos exploradores de Jericó, sólo al uno escondió la piadosa Ramera, ocultándose el otro que era Sacerdote a favor del don de invisibilidad. Más cierto es que hoy se hacen en cierto modo invisibles los Sacerdotes Judaicos, buscando las más retiradas tinieblas para sus abominables ritos. [120]

§. IX

34. Los Herejes separados de la Iglesia Católica siguen en materia de milagros rumbo opuesto al de las demás falsas sectas. Viendo que entre ellos no hay milagros verdaderos, condenan los nuestros por falsos. Dicen que sólo fueron necesarios para introducir el Cristianismo en el Mundo; que introducido, ya son superfluos. Con donaire, y propiedad les aplica un Autor Católico la idea de la Zorra de Esopo, que habiendo perdido la cola en el lazo en que había caído, procuraba persuadir a las demás Zorras que se cortasen también las colas, por ser peso inútil, y molesto. Perdieron los Herejes con la fe el don de hacer milagros, y quieren persuadirnos para que seamos todos unos, que ya es ocioso, e inútil ese don. Pero no siendo los más de ellos tan desvergonzados, que tengan osadía para despreciar la doctrina, y santidad de Agustino; ¿qué responderán al capítulo 8 del lib. 22. de la Ciudad de Dios, donde el Santo, debajo del título de miraculis, quae, ut Mundus in Christum crederet, facta sunt, & fieri Mundo credente non desinunt, testifica de algunos milagros hechos en su tiempo, en que él fue testigo de vista, y en alguno tuvo parte su oración? ¿Qué responderán al símil de la Ley Escrita, entre cuyos profesores, ya después de introducida, Dios hizo varios milagros por medio de sus Profetas en todos los siglos, y singularmente el constante prodigio de la Piscina Probática que se refiere en el Evangelio? ¡Oh infelices! ¡cuánto os afanáis para no ver las verdades, por más que se os ponen delante de los ojos!

35. Entre estos dos extremos de negar los milagros con protervia, y creerlos con facilidad, está la senda de la recta razón. Yo confieso que es muy difícil determinar a punto fijo la existencia de algún milagro. Cuando la experiencia propia la representa, es menester una prudencia, y sagacidad exquisita para discernir si hay engaño, y un conocimiento filosófico grande, para averiguar [121] si el efecto que se admira, es superior a las fuerzas de la naturaleza. Si es de oídas, es forzoso que en el sujeto, o sujetos que deponen de vista, se suponga, sobre las prendas expresadas, una inviolable veracidad.

36. Es a veces tan artificiosa la mentira que sin prolijo examen no puede descubrirse el engaño. Algunos mendigos fingieron impedidos sus miembros para mover más a compasión; y después, usando de ellos, se ostentaron milagrosamente curados, visitando a este, o aquel Santuario, porque creído el prodigio, es poderosa recomendación para granjear la limosna. En esta Ciudad de Oviedo conocí yo, y conocieron todos, una pobre mujer que andaba por las calles arrastrada, moviéndose con increíble fatiga, hasta que un día, haciendo oración, o fingiendo hacerla, delante de una Imagen de nuestra Señora, se levantó en pie, diciendo que ya por la intercesión de la Virgen se hallaba buena, y sana. Todo el Lugar creyó el milagro; y no lo admiro, porque se hacía inverisímil que aquella mujer voluntariamente se hubiese cargado tanto tiempo del molestísimo afán de andar arrastrando. Sin embargo se descubrió haber sido engaño, y se supo que en el pobre hospedaje que tenía andaba en pie, cuando no era observada de gente de afuera. Conocí también un Eclesiástico reputado por hombre de singularísima gracia para librar energúmenos, y toda la gracia consistía en una delicada astucia. Persuadido a que son infinitos los energúmenos fingidos, y muy pocos los verdaderos, siempre que le traían alguno para que le exorcizase, estrechándose con él a solas le decía, que por el don que Dios le había dado de distinguir los energúmenos verdaderos de los aparentes, conocía que no era energúmeno, sino que fingía serlo; pero que por salvar su honor no descubriría el embuste, como no prosiguiese en él: que para este efecto le exorcizaría en público, y desde aquel punto en que él hiciese la formalidad de expeler el espíritu, se diese por curado. El pobre embustero, o embustera (que casi siempre son mujeres las que [122] por varios fines andan en estas drogas) teniendo por un gran favor que no se le publicase el embuste, admitía el partido, y hacía muy bien su papel cuando el Eclesiástico la exorcizaba. Desde aquel punto no había más accidentes, y ella, y todos publicaban la singular virtud del Exorcizante. Vive hoy este Eclesiástico, y viven los sujetos, a quienes él en amistad confió este arbitrio suyo, hombres dignos de toda fe, de cuya boca lo sé yo.

37. Es cosa muy ordinaria atribuirse a milagro los que son efectos de la naturaleza. Esto especialmente es frecuentísimo en curas de enfermedades. Lisonjean no tanto su devoción, como su vanidad, muchos enfermos, queriendo persuadir que deben la mejoría a especial ciudado del Cielo, y no al común, y regular influjo. Paulo Zaquías que trató de intento esta materia, señala dos condiciones importantes entre otras para que la cura se juzgue milagrosa: La una, que sea instantánea; la otra, que sea perfecta. Por defecto de la primera condición, toda curación en que la naturaleza tuvo lugar para la cocción, y segregación de la materia pecante, debe juzgarse natural. Por defecto de la segunda no debe reputarse milagrosa la mejoría cuando vuelve a empeorar el enfermo, o cuando no convalece del todo. Esta última circunstancia noté yo en la mujer, de quien hablé arriba; y fue, que después de proclamado el milagro de la habilitación de sus miembros, quedó con una gran cojera que tenía desde su nacimiento, porque ésta no había sido fingida. Tal vez los Médicos contribuyen a estas ficciones cuando recobran la salud aquellos enfermos a quienes ellos abandonaron por deplorados, atribuyendo la mejoría a milagro, porque no se conozca su impericia en el yerro del pronóstico.

38. Fuera de estos casos son muchos aquellos en que los que son efectos de la naturaleza se cree serlo de causa milagrosa. Los idiotas, dice Paulo Zaquías, comúnmente todo lo que es raro juzgan milagroso: Multi hominum, Idiotae praesertim & illiterari miraculi vice pleraque [123] acceptant, quae de raro eveniunt {(a) Quaest. Medic. leg. lib. 4, tit. 1, quaest. 1.}. Los antiguos Gentiles tuvieron por milagroso castigo del Cielo la pestilencia que padecieron los Galos, robadores del Templo de Apolo Délfico, habiendo sido efecto del aire inficionado, depositado por muchos siglos en aquella arca que abrieron debajo de la persuasión de que encerraba grandes tesoros. Ni era menester eso para que padeciese tan grande estrago un Ejército licencioso en clima tan forastero. Hoy poseen los Armenios una parte de aquel campo, llamado Aceldama, que compraron los Judíos por el precio infame de los treinta dineros, para sepulcro de Peregrinos; y dice Moreri, que en un cementerio que fabricaron allí jamás se corrompen los cuerpos. Aunque en consideración de las circunstancias que intervinieron en la compra de aquel sitio, sin violencia puede reputarse allí la incorrupción por sobrenatural; es cierto que hay muchos sitios que naturalmente tienen esta virtud, como se puede ver en Gaspar de los Reyes {(b) Camp. Elys. quaest. 34, a num. 14.}. El doctísimo Feliz Platero dice que los cuerpos que se entierran muy profundamente se conservan incorruptos. También puede provenir esto de temperamento particular del mismo cuerpo. El de Ovon, usurpador del Reino de Hungría, muerto en una batalla por el Rey Pedro, a quien se le había usurpado, fue hallado muchos años después incorrupto, y aun cerradas las heridas, según refiere Bonfino {(c) Lib. 2, decad. 2.}. No podía atribuirse aquí la preservación del cadáver a la santidad del sujeto. Después de la sangrienta toma de la Ciudad de Amida por Sapor Segundo, Rey de los Persas, queriendo el Conquistador dar sepulcro a los que habían perecido de los suyos, cuyos cadáveres estaban mezclados con los de los Romanos, los distinguían en que estaban corrompidos los de los Romanos, e incorruptos los de los Persas. Refiérelo Ammiano Marcelino, que se halló en [124] el presidio de aquella Plaza, diciendo que esto nace de la sequedad de los cuerpos de los Persas, originada en parte de la parsimonia conque viven, y en parte del ardiente clima donde nacen: Interfectorem vero Persarum inarescunt, in modum stipitum, corpora, quod vita parcior facit, & ubi nascuntur, exuste coloribus terrae. {(a) Ammian. lib. 19.}

39. Hay empero algunas señales que aseguran ser la incorrupción milagrosa; como cuando el semblante conserva después de mucho tiempo la viveza del color, y los miembros su nativa flexibilidad (lo que se refiere de los cadáveres de algunos Santos), o se preserva sólo algún miembro, en quien intervino especial circunstancia para que Dios obrase con él la maravilla; como sucedió, según la relación de Rivadeneira, con la lengua de San Antonio de Padua, la cual treinta y dos años después de su muerte se halló fresca, y rubicunda: privilegio que Dios le concedió en atención a su apostólica predicación: y según Andrés Eborense, con la mano derecha del limosnero Rey de Bretaña Osuvaldo, la cual un Santo Obispo, en ocasión de verle dar gran cantidad de dinero a un pobre, había besado diciendo: Nunca esta mano se marchite. Cuando no interviene alguna de tan relevantes circunstancias, y por otra parte el terreno, y el ambiente carecen de virtud preservativa, la notoria santidad del sujeto hace argumento fuerte de ser la incorrupción milagrosa; salvo en el caso de haber sido nimia su austeridad de vida, porque los excesivos ayunos, y vigilias, desecando mucho el cuerpo, naturalmente le disponen para la incorrupción. Lo que algunos dicen que la positura de los Astros a la hora de la muerte hace a veces que el cadáver se conserve incorrupto, téngolo por una de las patrañas astrológicas; y no quedará milagro a vida, si se creen las prodigiosas naturales influencias del Cielo, conque nos embustea la Judiciaria; pues no falta Astrólogo que diga que los milagros de nuestro Salvador [125] fueron efecto natural de esa causa. También tengo por evidentemente falso, aunque se halla escrito en un Autor venerable, que hay tres días en el año, conviene a saber, el 27 de Enero, 30 del mismo mes, y 13 de Febrero, en los cuales los que mueren se conservan incorruptos hasta el día del Juicio. En las Parroquias de Madrid, y otras muchas sabrán que esto es fábula.

§. X

40. No sólo lo raro pasa en el vulgo por milagroso; aun los efectos comunes de la naturaleza gozan este fuero entre la gente idiota. Aquella llama nocturna, que llaman fuego fatuo, o errante, porque cualquier impulso del ambiente la mueve, y según los Naturalistas se forma de exhalaciones bituminosas, pingües, y sulfúreas, ¿qué sustos, y admiraciones no ha causado entre los vulgares? Los cuerpos de los animales contienen mucha materia apropiada para estos fuegos; pero de los cadáveres, por la disolución de los principios, es más ordinario expirarse semejantes exhalaciones. Así se han visto, más que en otras partes, en los Cementerios, y sobre cadáveres de ajusticiados; pero tierras hay que subministran frecuentemente materia para esta llama. El vulgo, juzgándola siempre milagrosa, discurre en apariciones de Ánimas del Purgatorio, y en otras cosas más absurdas; como es (cuando las luces son muchas) la que llaman en Castilla Hueste, fábula fomentada por paisanos embusteros, que dicen vieron, y distinguieron las personas que iban en aquella procesión de luces. A distancia de cinco leguas de esta Ciudad, y cerca de la Villa de Avilés hay un sitio donde dicen que es muy frecuente esta llama errante (bien que con haber estado muchas veces en aquel sitio, nunca la ví), y apenas pude persuadir a los del país ser cosa natural; a los cuales sin más fundamento se les antojaba estar allí sepultados los cuerpos de algunos Mártires, en cuyo honor encendía el Cielo aquella luz. [126]

41. Esto me trae a la memoria un suceso que refiere Varillas en su Historia de las revoluciones por causa de religión. Juan Feburg, hombre de genio tiránico, y ambicioso, primer Secretario de Christierno, segundo Rey de Dinamarca, a quien llamaron el Nerón del Norte, queriendo, en consecuencia del designio que tenía de oprimir la Nobleza, perder a Ulrico Torberno, el mayor Señor del Reino, por tercera mano hizo pasar al Rey la dudosa, o falsa noticia de que Torberno era amante, y amado de Columbina, Cortesana hermosa, a quien el ciego afecto del Príncipe había dado gajes de Reina: lo que sabido a tiempo por Torberno, reciprocó éste con arte la misma acusación más bien fundada contra Feburg: y creída del Rey, fue de orden suyo ahorcado este Ministro. Pero la sospecha que de la primera acusación quedó contra Torberno bastó para que muy luego se le decretase también a éste el último suplicio. Irritada la Nobleza de proceder tan violento contra tan alto personaje, estaba en el punto de conspirar contra Christierno, cuando oportunamente la centinela que velaba sobre un baluarte de la Plaza de Copenhague, enfrente de la horca donde había sido ajusticiado Feburg, dio la noticia de haber visto de noche arder una luz sobre la cabeza de su cadáver. Hallóse ser así; y teniéndolo la Nobleza, y el Pueblo por prueba milagrosa, conque calificaba el Cielo la inocencia de aquel hombre, consintieron en que justamente había sido ajusticiado Torberno, autor de la acusación; conque se desarmó enteramente el tumulto que empezaba a amenazar a la Corona. De este modo una llama fatua, creída falsamente luz sobrenatural, autorizó la injusticia, de que fue autora otra llama, aún más fatua, encendida en el celoso corazón del Rey.

42. Pero ¿qué mucho que los Idiotas hayan tenido por milagrosas esas luces nocturnas, si ya sucedió alguna vez que todo un Pueblo tuviese por milagrosa la misma ordinaria luz del Sol? Refiere el suceso el Padre Mariana en el segundo tomo de su historia, que a no haber sido tan [127] trágico, ninguno fuera más ridículo. Estando el Pueblo de Lisboa a la Misa Mayor en la Catedral un día festivo, advirtió uno del concurso que una Imagen de Cristo Crucificado, colocada en parte alta de la Iglesia tras de una vidriera, arrojaba de sí intensísimo resplandor. Al punto levantó la voz diciendo Milagro, milagro. Vieron los demás lo mismo, y todo el tropel repitió con gritería Milagro, milagro. Un hombre de origen Hebreo, aunque de profesión Católico, por su desgracia advirtió que aquel resplandor era reflejo de un rayo del Sol, que entrando por un agujero hería en la vidriera que cubría el Crucifijo: quiso sosegar el tumulto, mostrando a todos la realidad; pero como estuviesen allí algunos noticiosos del infecto origen de aquel hombre, sin detenerse a mirar lo que era tan fácil ver, alzaron el grito diciendo que aquel pérfido Judío, perseverando en la obstinación de sus mayores, se oponía a la realidad de un milagro tan patente, sólo por negar aquella concluyente prueba de la verdad católica. Sin más proceso hicieron pedazos allí a aquel miserable. Y cuando con la sangre de este inocente se debiera aplacar tan injusta ira, creciendo el furor del vulgo, se disparó por todo el Pueblo, buscando con las armas en la mano a cuantos eran sospechosos de origen Hebreo, en quienes hicieron una horrible matanza. Lo peor fue que con la capa de ensangrentarse en los Judíos mataron muchos a sus enemigos particulares. En fin, el destrozo fue tal, que se contaron tres mil muertos aquel día.

43. En este ejemplo se ve que los milagros fingidos no alimentan más que una falsa piedad, de quien es hijo legítimo el furor. Es totalmente contra la intención de Dios el que sus verdades se califiquen con embustes. Toda mentira tiene por autor al demonio; y no moviera su malignidad a los hombres a fingir prodigios, si conociera que la ficción nos había de confirmar en la Fe, o estimularnos a la virtud. Conviene, pues, siempre desengañar al vulgo de sus erradas aprehensiones. Es verdad que éste una vez preocupado de ellas, suele estar ciego y sordo para las verdades más patentes. [128]

§. XI

44. En cuanto a los milagros que se hallan escritos en los libros, se debe advertir que hay algunos a quienes no puede menos de darse entera fe. Estos son aquellos de cuya verdad deponen, como testigos de vista, hombres de notoria santidad, y doctrina: porque con la santidad no es compatible el que engañen, y la doctrina remueve la sospecha de que fuesen engañados. Tales son los milagros que San Agustín, y otros Padres refieren haber visto ellos mismos. El Ilustrísimo Cano extiende esta regla a aquellos que los Padres escribieron por informe de otros testigos de vista; pero a la verdad en esto ya tiene más cabimiento la falencia, porque pudieron los informantes no ser tan veraces como era menester. Ni perjudica a la gran sabiduría de los Padres el que los tuviesen por tales, pues seguían la segura regla de tener por veraz a quien no les constaba que fuese mentiroso. De hecho Tomás Moro, en el Prólogo del Diálogo de Luciano, citado arriba, advierte que San Agustín fue engañado en la noticia de un milagro que refiere como sucedió en su tiempo, el cual fue trasladado de un cuento que el mismo Luciano muchos años antes había fingido.

45. Pero cuando los Padres citan los testigos, nombrándolos, a proporción de la fe que merecen éstos, se les debe dar a los milagros que refieren. En esta consideración son dignos de la mayor fe que cabe en lo humano, todos los milagros que el Gran Gregorio refiere de nuestro Padre San Benito en el libro segundo de los Diálogos, porque en la introducción testifica que todo lo que escribe lo oyó a cuatro discípulos del Santo, testigos de vista de sus maravillas, y todos cuatro venerables por su virtud, y por su carácter; pues los tres sucedieron uno en pos de otro a nuestro Santo Padre en la Prelacía de Casino, y vivía aún el tercero cuando escribía San Gregorio; el otro fue Prelado del Monasterio Lateranense. Las palabras del Santo Doctor son las siguientes: Hujus ergo (Benedicti) [129] omnia gesta non didici; sed pauca, quae narro, quatuor discipulis illius referentibus agnovi: Constantino, scilicet, reverendissimo valde viro, qui ei in Monasterii regimine succsesit: Valentiniano quoque, qui annis multis Lateranensi Monasterio praefuit: Simplicio, qui Congregationem illius post eum tertius rexit: Honorato etiam, qui nunc adhuc cellae eius, in qua prius conversatus fuerat, praest. Dificulto que se haya hecho hasta ahora información alguna en el mundo con cuatro mejores testigos de vista.

46. Y siguiendo esta regla tendrán más, o menos probabilidad los milagros que refieren otros Autores, a proporción que fuese más, o menos calificada su virtud, y sabiduría. Esto se entiende de aquellos que hubiesen sido testigos oculares. En los que escriben por informes se ha de atender, no sólo al mérito de los Autores, mas también de los informantes; porque pueden aquéllos ser veracísimos, y éstos mentirosos.

47. Pero es necesario advertir, que para dar fe en materia de milagros, es menester que esté más altamente calificada la veracidad de los sujetos de lo que se requiere para ser creídos en otras materias comunes. La razón es, porque los hombres se lisonjean extremadamente de referir cosas prodigiosas. Esto los hace espectables en las conversaciones. No puede menos de atender el concurso con respeto a quien oye con admiración. Y en los casos milagrosos es en cierto modo recomendación del sujeto haberle destinado el Cielo para testigo. Mucho más si el milagro se hizo en beneficio suyo; porque esto ya es tenerle la Providencia por especial objeto de su cuidado. Así he visto algunos sujetos, por otra parte muy veraces, en materia de cosas prodigiosas, o insólitas, mentirosos.

48. Los que escriben, o refieren muchos milagros, no han menester más pruebas para ser tenidos por sospechosos. Es doctrina del Gran Padre S. Gregorio que hoy no se hacen milagros con la frecuencia que en la primitiva Iglesia, porque hay mucho menos necesidad de ellos ahora [130] que entonces. Entonces eran menester prodigios; ahora buenas obras. Sembráronse en aquel primer siglo los milagros para lograr en los siguientes larga cosecha de méritos: Tunc quippe Sancta Ecclesia miraculorum adjutoriis indiguit, cum eam tribulatio persecutionis presit. Nam postquam superbiam infidelitatis edomuit, non jam virtutum signa, sed sola merita operum requirit {(a) Greg. in 30 cap. Job, cap. 14.}. Aun en la primitiva Iglesia advierte el Santo que se distribuían los milagros con discreta economía; esto es, sólo en los casos de gravísima importancia de la Iglesia: pues San Pablo, que curó milagrosamente al padre de Publio, Príncipe de Malta, porque convenía para la conversión de aquella Isla, para curar la debilidad de estómago de su querido discípulo Timoteo acudió a los remedios naturales, aconsejándole el uso del vino. No hubo milagro para un Santo, y le hubo para un Gentil. Bien se compone esto con las aprehensiones de tantas beatícas que nos quieren persuadir que en cada dolor de cabeza han debido a un milagro la mejoría. Algunas son tan supersticiosas, o tan vanas que tendrían por cosa de menos valer lograr la convalecencia por beneficio de la naturaleza, o de la medicina.

49. Pero sobre todo, aquellos Escritores que recogen hablillas del vulgo para abultar volúmenes de milagros, merecen el desprecio de todos los hombres cuerdos. La plebe, siempre vana, y crédula, en materia de milagros es vanísima; andan tan juntas su rudeza, y su piedad, que se prohijan a ésta los partos legítimos de aquélla. La nimia credulidad de milagros, que es hija de la ignorancia, contra todo derecho se adopta a la religión. Para admitir cualquier error es el vulgo sumamente fácil; pero para dejarle, sumamente indócil. Es de cera para la mentira, y de bronce para el desengaño. Sigue el partido de sus aprehensiones contra el informe de sus propios sentidos; o en sus propios sentidos la más ruda [131] perspectiva pasa por perfecta realidad. ¡Cuántos llantos, o sudores misteriosos de sagradas estatuas corrieron en varios Países que no tuvieron más existencia que las que les dio un engañoso viso, o una imaginación fanática! En los primeros años de este siglo se proclamó tanto el sudor de un Crucifijo, no como término, sino como síntoma de la enfermedad que entonces padecía España, que pasó a los Reinos extraños la noticia como muy verdadera, siendo fabulosa; y en un Autor Francés la ví yo impresa, como cosa en que no había la menor duda. Así pasan a los libros los rumores vulgares. Del mismo modo se introdujeron en las mejores historias que nos dejó la antigüedad otras ficciones semejantes. Lucio Floro refiere que la estatua de Apolo Cumano sudó cuando los Romanos movían las armas contra Antíoco, Rey de Siria; y del mismo simulacro dice Julio Obseqüente que lloró cuatro días cuando Marco Perpenna venció al Rey Aristónico. Entre los prodigios de la Guerra Civil cuenta Lucano sudores, y llantos de las imágenes de los Dioses Tutelares de Roma:

Indigetes flevisse Deos, urbisque laborem
Testatos sudore Lares.

50. Creemos que los Escritores alegados no hallaron estos prodigios en otros monumentos, que los rumores populares; pero ciertamente más verisímil era el llanto, o sudor en las imágenes de aquellas fingidas Deidades, que en la del Dios verdadero; porque como dice S. Agustín {(a) Lib. 3 de Civit. cap. 11.}, haciendo memoria del llanto de Apolo Cumano, una Deidad que no tenía poder para defender a los que estaban debajo de su tutela, justamente testificaba su dolor cuando les amenazaba la ruina.

51. A no pocos oí decir que han observado el rostro de alguna imagen, con quien tenían especial devoción, ya triste, ya festivo: de donde supersticiosamente colegían, ya el buen, o mal estado que sus conciencias al presente [132] tenían, ya los accidentes prósperos, o adversos que los esperaban. Persuádome a que la alegría, y la tristeza se pintaban en su fantasía, y no en el semblante de la estatua. Ni creo que tuviese más realidad que ésta lo que dice Plinio de la Diana de Chio, cuyo rostro veían triste los que entraban en el Templo, y alegre los que salían.

52. En esto de imágenes hay tanto que decir, que se podría llenar un discurso separado. No negaré yo que Dios, tal vez con las varias representaciones, o accidentes de las imágenes sagradas, quiera significar alguna cosa a sus escogidos; pero por lo común son aprehensiones de hombres, o mujeres ilusas. Aquí era lugar de tratar de las raras apariciones de la imagen de nuestra Señora de la Barca, en el Cabo de Finis Terrae, que corrieron en estos años por toda España, y en que los testigos de vista están algo encontrados. Lo que yo puedo decir es, que algunos de los más reflexivos no hallaron cosa sobrenatural en ellas, y a mi parecer probaban su dictamen con evidencia. Por otra parte algunas circunstancias que se referían de estas apariciones, eran ridículas: y el no haberse visto jamás semejante portento en la Iglesia Católica es bastante, por lo menos, para suspender el asenso.

 

{Benito Jerónimo Feijoo, Teatro crítico universal, tomo tercero (1729). Texto tomado de la edición de Madrid 1777 (por Pantaleón Aznar, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo tercero (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 101-132.}


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