Obras de Feijoo Teatro crítico universal Tomo tercero

Benito Jerónimo Feijoo • Teatro crítico universal • Tomo tercero • Discurso segundo

Secretos de Naturaleza

§. I

1. Son las inscripciones en los libros lo que los semblantes en los hombres: y tanto mienten aquellas como éstos. Igual imprudencia es hacer juicio de un libro por el título, que de un hombre por la cara. ¡Oh cuántos arrepentimientos ha habido de emplear el dinero en libros, por la elegante apariencia de las fachadas! Las inscripciones magníficas, por lo común, son promesas de pretendientes, que niegan en el pecho lo que afirman con la boca: caras afeitadas, que con resplandores mentidos disimulan rústicas facciones: manjares bien pintados, que excitan el apetito por la vista, para burlarle después en la experiencia: manzanas de Sodoma, cuya hermosura sólo ésta en la corteza, siendo el interior todo ceniza.

2. Pero entre todos los libros de títulos mentirosos, sobresalen aquellos que llaman libros de Secretos de naturaleza. No hay libros más útiles para el que los hace, ni más inútiles para el que los compra. Los demás libros son respectivos a determinados genios, estudios, y aplicaciones. Estos a todo el mundo brindan, porque a todo el mundo interesan. Propónense en ellos remedios admirables contra todo género de dolencias: condimentos para hacerse, o mentirse las mujeres hermosas: los avaros leen arbitrios para adquirir, o aumentar riquezas: los curiosos invenciones para ejecutar maravillas. No hay pasión, o apetito para quien no halla su brindis en un libro de Secretos. [20]

3. Sin embargo estos son los libros más inútiles, y juntamente los más costosos. Los más inútiles, porque en el efecto nada se halla en ellos de lo que se busca. Los más costosos, porque no sólo cuestan aquello en que se venden, pero muchísimo más que se gasta en hacer esta, aquélla, y la otra experiencia. En los demás libros, cuando no produzcan algún fruto, sólo se pierde el dinero que se dio al Librero; en estos se pierde también el que se da al Boticario, el que se da al Droguista: generalmente el que se consume en comprar los materiales que piden las recetas de los Secretos, de los cuales algunos son exquisitos, y preciosos. ¿Puede haber más lastimoso desperdicio? Sí puede, y de hecho le hay.

4. Lo peor es, que se pierde aquello mismo, cuyo aumento, o mejora se busca. La mujer que con el uso de condimentos quiere hacerse hermosa; anticipándose las arrugas de la vejez, se hace más fea. Esta es una cosa que cada día se palpa. El que con las recetas de los Secretistas pretende curarse la enfermedad, se estraga más la salud; porque se aplican sin método, sin oportunidad, sin conocimiento. Aun los remedios ordenados por el Médico, y aplicados, como se cree, según arte, infinitas veces dañan: ¿qué harán aquellos que ciegamente, sin orden, ni arte se aplican? Los que con Secretos, ahora sea el de la transmutación de los metales, u otro cualquiera, quieren hacerse ricos, se hacen pobres, porque no hallan el oro que buscan, y pierden el que buscándole gastan. En atención a tantos inconvenientes, de mi dictamen a nadie se debiera dar licencia para imprimir libros de Secretos. En España no sé que se haya impreso, sino ese vulgarísimo de Jerónymo Cortés (que es el menos nocivo, y aun el menos mentiroso, porque no contiene sino fruslerías de poca monta), y la traducción de Alexo Piamontés. Pero los que los entienden compran de buena gana los que se imprimen en otras naciones, como los de Wequero, Antonio Mizaldo, Don Timoteo Rosello, Fioravante, Juan Bautista Porta, y otros, juzgando hallar en cada uno [21] muchos tesoros; los cuales, buscando oro, ni aun cobre encuentran. A mí me consta de muchos, a quienes de nada sirvieron tales libros, después de gastar no poco tiempo, y dinero en varias experiencias.

§. II

5. En esta especie de libros son los más despreciables aquellos que parecen más preciosos: quiero decir, aquellos que prometen cosas admirables; como el que trajere consigo tal piedra, o tal hierba, se hará amar de todos, o será invencible de sus enemigos, o engañará los ojos de los demás con representaciones maravillosas. Un libro hay intitulado: De Mirabilibus, falsamente atribuido a Alberto Magno, de donde trasladaron mucho Wequero, y otros, lleno de tales patrañas. Conocí a uno tan estúpido, que anduvo muy solícito buscando la piedra Heliotropia, porque en este libro había leído que el que la trajese consigo juntamente con la hierba del mismo nombre, se haría invisible. Plinio {(a) Lib. 37, cap. 10.} propone esta especie en nombre de los Magos; pero haciendo de ella la irrisión que merece, como de otras muchas semejantes, en otras partes de su Historia natural. Sin embargo no han faltado, aun entre los Católicos, hombres embusteros, que juntaron aquellos Secretos Mágicos que Plinio refirió haciendo mofa, para proponerlos a la gente ignorante, como cosa seria.

6. En el citado libro de Mirabilibus, y en otros se dan muchas recetas para engañar los ojos con varias representaciones fantásticas; como hacer que parezcan degollados todos los hombres que hay en una cuadra, o que se representen con cabezas de jumentos, que se extienda a la vista una hermosa, y dilatada parra, con sus racimos, y otras cosas semejantes. Ninguno hizo la experiencia, que no hallase ser falsas todas estas promesas. Con todo algunos no se desengañan, y persuadidos a que faltaron en la [22] observación de alguna circunstancia, repiten la experiencia, o por lo menos consienten en que el Autor ocultó estudiosamente algún requisito.

7. Fomentan esta vana creencia con algunas vagas noticias que en el vulgo de España corren, de que hay Extranjeros que ejecutan cosas aún más admirables; como representar corridas de toros; hacer salir, y moverse, como cuerpos animados, las pinturas de los lienzos: fingir en el campo ejércitos armados: en fin, fabricar a su arbitrio cualesquiera apariencias. A que se suele añadir, que éste, o el otro Español, en cuyas manos cayó por dicha un manuscrito extranjero, que trataba de estas cosas, hizo los mismos prodigios.

8. El concepto que en España formamos de la habilidad de los Extranjeros, en unas materias es errado por carta de más, en otras por carta de menos. No es dudable que, o por su mayor industria mecánica, o (lo que es más cierto) por su mayor aplicación, van muchos pasos delante de nosotros en casi todas las artes factivas. Pero los Secretos admirables de que hablamos, tan ignorados son en las demás naciones, como en España. Entre las manos tenemos innumerables Historias de Francia, Inglaterra, Flandes, Alemania, Italia, y en todas ellas no hallamos alguna relación de tales espectáculos. Ciertamente, si hubiera en las naciones artífices capaces de formarlos, nunca con más utilidad los harían, que aplicándolos a la diversión de los Príncipes, o a utilidad de las Repúblicas, y no lo callarían en estos casos las Historias; pero ni en los festejos públicos se encuentran tales espectáculos, ni en las guerras el uso de escuadrones fantásticos, que sin duda sería de suma utilidad representar gente armada donde no la hay, para contener con el miedo las irrupciones del enemigo.

9. Lo que únicamente se halla en algunas Historias modernas, es el suceso de Gebardo de Truches, Arzobispo de Colonia, a quien Escoto, o Escotino (como le llaman otros) Parmesano, figuró en un espejo a la hermosa [23] Canonisa Inés de Mansfeld: representación más trágica que festiva para Gebardo; pues aquel espejo, como si fuese ustorio, le encendió en tan desordenado amor de la Mansfeld, que por casarse con ella abandonó la Religión Católica, y de Príncipe de la Iglesia, y del Imperio, se redujo a vivir particular en Holanda. Pero los mismos Autores que refieren esto, convienen en que Escotino era hombre que usaba la Magia negra, y hacía semejantes ilusiones mediante un pacto diabólico.

§. III

10. Cuando digo que en las Historias no se hallan tales espectáculos, entiendo las que merecen nombre de tales, escritas por Autores clásicos sobre el fundamento sólido de buenas memorias: porque de algunos libros de curiosidades, escritos por Autores ligeros, solo a fin de divertir a ociosos, cuando se trata de examinar la verdad, no se debe hacer aprecio; siendo cierto que en tales escritos se introducen frecuentemente habillas vulgares, y rumores inciertos.

11. De este género es lo que refiere el Padre Gaspar Escoto {(a) In Joco-seriis, centur. 2, prop. 51.} haber leído en una epístola adjunta al Fasciculus temporum de Vuernero, que estando el Emperador en Tréveris con muchos Próceres, el Abad Tritemio delante de ellos había hecho aparecerse no sé que planta sobre una mesa: y que Alberto Magno delante de otro Emperador había producido del mismo modo varias hierbas, y flores. Sin escrúpulo se podrá juntar esto con la parlante cabeza de metal, que vulgarmente se dice haber fabricado Alberto Magno.

12. Lo único que en materia de representaciones maravillosas hay verdadero, son algunas curiosidades pertenecientes a las dos facultades Matemáticas, Dióptrica, y Catóptrica, que se ejecutan mediante la estudiosa configuración, y disposición de espejos, y vidrios. Todo el [24] artificio consiste en que, ya con la reflexión, ya con la refracción de las especies visibles, se hacen ver los objetos fuera de sus propios lugares, y se logra la admiración de los concurrentes, porque el objeto, cuya imagen se representa, está oculto, y así suelen creer que la imagen sólo se pudo producir por arte Mágica. De estas curiosidades se hallan muchas en los Autores que tratan de Dióptrica, y Catóptrica. La más singular es la que llaman Linterna Mágica, con la cual de noche se estampan en un momento varias figuras en cualquier lugar que se señale, a arbitrio del que pide la formación de ellas.

13. El uso es en esta forma. El que tiene la linterna ofrece a los concurrentes hacer parecer de repente en cualquiera parte que le señalen de las paredes de un edificio, la figura de un León, o de un Elefante, o de otra cualquiera cosa; y al instante que le designan el lienzo para la pintura, sólo con encarar a aquella parte la linterna, parece en la pared la efigie ofrecida. Esto llena de admiración a los ignorantes del artificio, y no pueden creer que se haya hecho sin pacto diabólico. El arte de esta máquina consiste en un espejo de metal cóncavo, puesto a espaldas de la luz de la linterna, un cañón que se extiende hacia la parte anterior, instruido con dos lentes convexas, y entre la luz, y la lente inmediata a ella se coloca la imagen, que por vía de proyección se ha de estampar en la pared, pintada en un vidrio plano, u otra materia transparente. Baste decir esto por mayor. Quien quisiere enterarse más exactamente de este artificio, puede ver al Padre Kirquer en su Arte magna de la luz, y la sombra, al Padre Dechales en la Catóptrica, o al Padre Zahn en su curioso libro del Ojo artificial, donde verá el modo conque se pueden colocar en la linterna muchas figuras deferentes, y aun darlas movimiento en la representación refleja, para hacer más vario, y más admirable el espectáculo.

14. El Padre Kirquer discurrió usar del mismo instrumento, para que dos hombres se puedan comunicar a [25] dos, o tres millas de distancia, poniendo entre la luz, y la primera lente, en vez de otras imágenes figuradas, las letras del Alfabeto, las cuales se pueden ir colocando sucesivamente de modo que formen dicciones, y cláusulas enteras, para expresar uno a otro su mente, mediante la proyección de los caracteres a una pared, o muralla que tenga a la vista el otro que está distante. Pero esto en la práctica creo que es inexequible, por razones que aquí no es menester proponer.

§. IV

15. Además de aquellas representaciones admirables, que hemos condenado por fabulosas, hay otros infinitos Secretos, que aunque calificados por Autores de alguna nota, justamente se deben colocar en la misma clase, o ya porque la experiencia los contradice, o ya por la manifiesta desproporción que se halla entre la causa, y el efecto. Creo que cuanto se dice de las excelentes virtudes de algunas piedras preciosas, es falso. Harto frecuentes son entre nosotros estas alhajas, y no se ven los efectos; fuera de que algunos tienen toda la apariencia de repugnantes. ¿Quién se acomodará a creer lo que Juan Bautista Helmoncio, y Anselmo Boecio dicen de la piedra llamada Turquesa, que el que la trajere consigo no tiene que temer caída, o precipicio, porque aunque sea de muy alto, todo el daño del golpe se transfiere a la piedra, haciéndose esta pedazos, para que quede sin lesión el dueño? Refieren los dos Autores alegados varios sucesos, en comprobación de esta rarísima virtud. El juicio que se debe hacer es, que la piedra se quebró porque recibió algún golpe en la caída; y el dueño se salvó, porque, o cayó en favorable positura, o no fue de muy alto.

16. ¿Qué cosa más decantada por innumerables Autores que los polvos simpáticos hechos de vitriolo, que aplicados a la sangre que manó de la herida, detienen otro flujo de sangre a cualquiera distancia en que el herido se halle? Sin embargo, los modernos, que hablan con más experiencia, y conocimiento, lo han hallado fábula; ni cabe [26] otra cosa en buena Filosofía. A este modo se venden en varios libros otras muchas drogas.

§. V

17. Los que quieren hacer valer en el mundo de la Ciencia de los influjos de los Astros, ostentan un especial género de Secretos en la misteriosa mixtura de las cosas elementales con las celestes: supersticiosa producción de la doctrina Platónica, que ha hecho delirar a hombres, por otra parte muy capaces. A esto pertenecen los sellos planetarios, la fábrica de algunos artificios debajo de determinados aspectos, las imágenes de las constelaciones estampadas en piedras, metales, y otras materias, de que escribió muchos sueños Marsilio Ficino en su libro de Vita caelitus comparanda, siguiendo a Pselo, Jámblico, y otros Pitagóricos.

18. Suponen estos Visionarios cierta simbolización simpática entre algunas cosas elementales, y los Astros, en virtud de la cual son capaces aquellas de embeber los influjos de estos, si las disponen con apropiadas configuraciones, o imágenes, debajo de determinados aspectos. Camilo Leonardo, Médico Italiano, escribió un libro que dedicó al famoso César Borja, donde señala siete metales, y siete piedras preciosas, que tienen simpatía con los siete Planetas; conviene a saber, la Turquesa, y el Plomo con Saturno; la Cornalina, y el Estaño con Júpiter; la Esmeralda, y el Hierro con Marte; el Diamante, y el Oro con el Sol; el Ametisto, y el Cobre con Venus; el Imán, y el Azogue con Mercurio; el Cristal, y la Plata con la Luna: y dice, que los anillos hechos de estos metales, poniendo en ellos las piedras correspondientes con la observación de los aspectos debidos, sorben los influjos de los siete Planetas, de modo, que el que los traiga consigo logrará efectos admirables. Pongo por ejemplo. Si se hace un anillo de Plomo, imprimiendo en él la Turquesa, esculpida del signo Astronómico de Saturno, cuando este Planeta está en su exaltación, y no viciado [27] de rayos nocivos, el que la trajere logrará inmensas riquezas, y conocerá los pensamientos más escondidos de aquellos con quienes trate.

19. Es verdad que los que escriben estas cosas, para no ser cogidos en mentira, siempre afectan ocultar algunos requisitos, o los proponen enigmáticamente, para que a la falta de ellos, en la ejecución se atribuya la falta del efecto prometido. Mas no por eso deja de manifestarse la impostura, en que ninguno de los Escritores de estos arcanos logró para sí mismo lo que promete a otros. No se fatigará Camilo Leonardo en ejercer la Medicina, si sólo con traer un anillo de plomo pudiese hacerse riquísimo.

§. VI

20. Tan fecundo de maravillas conciben algunos este matrimonio de los cuerpos Celestes con los Elementales, escriturado según sus ideas, que quieren haya sido producción suya la cabeza de metal que arriba dejamos dicho se atribuye a Alberto Magno, y en cuya fábrica refieren gastó aquel grande hombre treinta años, porque todo este tiempo era menester para lograr en la formación de cada parte la constelación propicia. Fuera este sin duda un gran prodigio, a no ser una gran quimera. Dícese que esta cabeza servía de Oráculo, que respondía a cuantas preguntas le hacía Alberto Magno. Como si todas las Estrellas pudiesen hacer que un poco e metal, de cualquiera modo organizado, fuese informado de una mente, y no mente como quiera, sino capaz de resolver cuantas dudas le fuesen propuestas.

21. Esta es una fábula, a quien no sólo se puso el nombre de Alberto Magno, pues no faltan Autores que dicen haber hecho lo mismo otros hombres señalados, como Virgilio, el Papa Silvestro Segundo, los dos Ingleses Roberto Obispo de Lincolnia, Rogerio Bacon, Franciscano; y en fin, el Marqués Henrique de Villena.

22. Lo que se debe admirar es, que un hombre como el Abulense, en sus Comentarios sobre los [28] Números {(a) Cap. 21, quaest. 19.}, y en otras partes, dé por hecho verdadero, y constante la fábrica de la cabeza de Alberto Magno; con la circunstancia comúnmente añadida, de que Santo Tomás de Aquino, que a la sazón era oyente de Alberto, entrando en una ocasión en el retiro donde estaba la cabeza oyéndola hablar, la hizo pedazos: Cum autem semel Beatus Thomas Cameram Alberti Magni introisset, adhuc discipulus ejus existens, istud caput, quod ad omnia respondebat, fregit. En la misma cuestión dice también, que en el Lugar de Tabara, territorio de Zamora, hubo otra cabeza de metal, la cual avisaba siempre que algún Judío entraba en aquel Lugar, y no cesaba de clamar hasta que le echaban de él; y que los vecinos, juzgando que los engañaba, la hicieron pedazos, siendo así que siempre les decía la verdad.

23. Digo que se debe admirar que el Abulense haya dado asenso a esta fábula, especialmente porque la abrazó por la parte más odiosa; pues confesando que ningún arte humano, favorecido como quiera del influjo de los Astros, puede fabricar la cabeza metálica con las circunstancias dichas, y sólo puede tener efecto concurriendo a la operación del demonio, le imputa el uso de las artes ilícitas al Grande Alberto: acusación a quien deshace enteramente la notoria santidad de este famoso hombre. Puede disculparse en alguna manera el Abulense, porque en su tiempo no estaba aún canonizado, ni beatificado; fue beatificado mucho tiempo después por Gregorio Quintodécimo.

24. La explicación que da el Abulense de la formación de aquella cabeza, descubre con su falsedad la de la fábrica. Dice que los influjos de los Astros, participados al metal en la sabia, y prolija observación de treinta años que duró la obra, la indujeron aquellas disposiciones que eran menester para que el demonio hablase en ella. ¿Pero qué, había menester el demonio esas disposiciones? ¿No podía sin ellas mover el aire vecino a la [29] cabeza, o el que estaba contenido en su cavidad, de modo que sonasen las voces articuladas que quisiese?

§. VII

25. Pero dejemos ya delirios Astrológicos para decir algo de los Secretos de Medicina. Estos serían los más útiles, si fuesen verdaderos; porque la vida, y la salud son apreciables sobre todos los demás bienes temporales. ¡Oh dicha grande, si en un pequeño librejo que trata de estos remedios, tuviésemos un fiador de la salud contra todas las enfermedades! mas el daño es, que no hay cosa más vana, ni más nociva que esas recetas que están impresas con el título de Secretos Medicinales. Lo primero, porque no son verdaderamente secretos. ¿Cómo es creíble que el Autor de cualquiera de esas colecciones supiese tantos arcanos, y sobre eso fuese tan pródigo de ellos, que a centenares los sacase a la luz pública? Siendo cierto que cualquiera que ha alcanzado algún remedio singular, le ha guardado con suma tenacidad, por no perder el grande emolumento que le resulta de reservar para sí solo la noticia. Lo segundo, porque aunque en esos libros haya una, u otra receta buena, la falta de la designación de circunstancias en que se debe usar, la hace mala. Una misma enfermedad en especie, según las varias causas que la inducen, o el diferente estado en que se halla, o los diversos síntomas que la circundan, u otras infinitas circunstancias de intención, duración, temperamento del sujeto, calidad del clima, &c. pide distinta curación. ¿Pues de qué servirá una receta, de la cual se dice en seco, que es buena para tal enfermedad? Puede ser que aproveche en alguna ocasión; pero hará daño en dos mil.

26. Añádase a lo dicho, que tal vez debajo del nombre de una enfermedad, cuya curación se propone en los libros, se comprehenden muchas enfermedades específicamente diversas. No hay libro de Secretos que no traiga colirios, y remedios universales para los ojos. Pero este precioso órgano está sujeto a tantas dolencias diferentes, y [30] aun opuestas, que el remedio que aprovecha en una, precisamente ha de ofender en otras. Mr. de Woolhouse, famoso Oculista Inglés, pocos años ha demostró trescientas enfermedades distintas que pueden padecer los ojos: lo que no solo prueba que son inútiles esos remedios genéricos, sino que es preciso destinarse algunos hombres a este determinado estudio, pues los Médicos, y Cirujanos comunes no adquieren, ni pueden adquirir, sino un conocimiento muy limitado, y confuso de materia tan vasta, y que pide no solo la ciencia Médica, sino la Óptica, de la cual carecen enteramente nuestros Médicos. El sapientísimo P. Dechales en el lib. I. de Óptica, propos. 30. dice que tuvo mucho que reír en una junta de Médicos, que habían sido llamados para tratar de la curación de cierto afecto de los ojos que padecía un Jesuita de su Colegio. Todos convinieron en que era principio de una catarata, que se formaba en la pupila. El Padre Dechales, por las reglas de la Óptica, mostró con evidencia matemática el craso error de los Médicos; y acaso, si no fuera por él, se hubiera procedido a un atentado enorme en la curación.

§. VIII

27. Volviendo a los Secretos Medicinales, juzgo que estos son como los Duendes, que se dice que en muchas partes los hay, y rara, o ninguna vez se encuentran. ¿Qué Espagírico Extranjero viene a España, y aun sin ser Espagírico, ni ser nada, sino un simple vagamundo, que no se jacte de poseer tal cual remedio recóndito para algunas enfermedades? ¿Y qué hacen estos sino llevar a filo de antimonio, como a filo de cuchillo, a los enfermos imprudentes que se ponen en sus manos? Donde notaré que algunos de los que venden antídotos, engañan míseramente al vulgo con experiencias falaces. He oído decir que para probar la eficacia de sus drogas, comen, o dan a comer a algún animal la cabeza de una víbora, u otra sabandija venenosa: hácenle después tomar alguna porción de su droga; y como todos ven que el veneno [31] tomado no hizo efecto, se atribuye la indemnidad a la virtud del antídoto. La verdad es, que no se hubo menester antídoto, porque no hubo veneno. En el segundo tomo, Discurso segundo, núm. 49, advertimos que las sabandijas venenosas muertas, y tomadas por la boca no hacen algún daño.

28. En las observaciones de la Academia Leopoldina se lee, que no ha muchos años andaba un vagamundo por Alemania vendiendo cierta droga con el título de agua Vulneraria excelentísima. El medio conque la acreditaba era el siguiente. Taladraba con un clavo, batiéndole a golpe de martillo, la cabeza a un perro, hasta penetrar a la substancia del cerebro. Hecha la herida, la lavaba con su agua Vulneraria, y el perro sanaba dentro de pocos días. Ejecutoriada de este modo la eficacia del remedio, le vendía a peso de oro. Pero un Médico sagaz que sospechó la verdad del caso, vino a averiguar el dolo, haciendo la misma herida, y hasta la misma profundidad a tres, o cuatro perros, los cuales sanaron perfectamente sin aplicarles la agua Vulneraria, ni otro remedio alguno: de donde se conoció, que la buena encarnadura de esta especie de animales, les tenía lugar de Medicina, y la agua que vendía el Tunante era pura droga.

§. IX

29. ¿Mas qué me detengo yo en comprobar la nulidad de los Secretos que se atribuyen unos ignorantes vagamundos? Creo que con bastante probabilidad podré acusar del mismo engaño a los más decantados Secretistas. Ningunos más aplaudidos en esta clase, aun por los mismos Médicos, que aquellos dos grandes enemigos de Galeno, Teofrasto Paracelso, y Juan Bautista Helmoncio. Del primero se cree, porque se halla escrito en su epitafio, que curaba la gota, la hidropesía, y otras enfermedades reputadas por incurables. Su arrogancia aún pasaba más allá, pues decía que podía con sus preciosísimos arcanos alargar la vida de un hombre, no solo [32] hasta igualar los años de Matusalém, pero mucho más. Esto segundo se falsificó en el mismo Paracelso, pues murió a los cuarenta y nueve años de edad, de muerte natural; si no es que digamos que no se quiso hacer a sí propio el beneficio que podía hacer a los demás: o que Non prosunt Domino, quae prosunt omnibus artes.

30. Lo primero tampoco está bien justificado. Juan Craton, Médico famoso en la Aula Cesárea, que conoció, y trató a Paracelso, en la epístola a Monavio (que cita Sennerto) dice que siendo llamado Paracelso por el Archicanciller del Imperio para que le curase la gota, le prometió que brevemente le sanaría; lo cual no obstante no ejecutó, ni tarde ni temprano; antes habiéndole asistido algunas semanas, se halló peor que antes el Archicanciller, y Paracelso se escapó de la Corte, excusándose con el ridículo pretexto de que aquel Prócer no era digno de que él le curase. Este suceso hace creíble, que lo que se decía de las curas de otros gotosos hechas por Paracelso, era un rumor popular, a que él mismo con su jactancia, y sin otro fundamento había dado principio. El epitafio que se lee en su sepulcro es corto fiador; porque las inscripciones sepulcrales son como los panegíricos funerales, que nadie los contradice por mentirosos que sean, porque nadie envidia la alabanza a un hombre que acaba de morir. Yo creo, que en atención a que Paracelso fue un gran bebedor, especialmente en los últimos años, y que con sus excesos en el vino, como comúnmente se cree, se acortó la vida, se le podría poner con más verdad el epitafio mismo que a otro de su nación se puso en la Iglesia de Santo Domingo de la Ciudad de Sena:

Vina dedere neci Germanum, vina sepulchro
Funde, sitim nondum finiit atra dies.

31. No por eso negaré que supo Paracelso algunas cosas, que ignoraban todos, o casi todos los Médicos de aquel tiempo, y que es verosímil aprendió de nuestro famoso Abad Juan Tritemio, hombre eminente en todo género de [33] letras, y de quien Herman Boerhaave dice que fue admirable en la facultad Química: Maximus Chymicus fuit. Es cierto que fue Paracelso discípulo, por algún tiempo, del insigne Tritemio, y que el mismo Paracelso en varias partes de sus escritos hace un aprecio, y gloria singular de haber tenido tal Maestro: Conque habiendo sido Tritemio excelente en la Química (la cual ignoraban entonces enteramente todos los Profesores de Medicina) es de creer que Paracelso tomó de él algunos documentos de esta arte para el uso médico. También es cierto que supo Paracelso dos secretos, que entonces lo eran, y ya no lo son, conviene a saber, el uso del Mercurio, y el del Opio. El primero se dice que le fue comunicado por Jacobo Carpo, profesor Boloñés, que fue el primero que le puso en práctica para la curación del mal venéreo, y parece que Paracelso, debajo del nombre, y composición de Tubit mineral, le aplicaba también a otras enfermedades crónicas. Así, al tiempo que los demás Médicos no hacían otra cosa que acabar cuanto antes con los pobres galicados a purgas, y sangrías, Carpo, y Paracelso ganaban mucho crédito, y mucho más oro con sus felices curas. Del primero especialmente se sabe que juntó un caudal inmenso; lo que no sucedió a Paracelso, porque era un gastador desbaratado. La virtud del Opio no era ignorada de los demás Médicos; pero no le usaban, o le usaban con suma parsimonia, porque juzgándole frío en cuarto grado, le tenían por peligrosísimo. Al contrario Paracelso, o por más resuelto, o porque supiese prepararle mejor, o por que comprehendiese más justamente hasta dónde podía extender la dosis, le administraba con feliz suceso en los grandes pervigilios, y dolores muy agudos, en forma de píldoras, y debajo del nombre de Láudano, voz barbara, que él mismo inventó para ocultar el medicamento, y celebrarle al mismo tiempo, como quien quiere significar Medicina laudable: Conque logrando de su mano los enfermos, que se hallaban en este estrecho, el alivio que ningún otro Médico podía darles, [34] miraban a Paracelso, como un hombre divino. Sobre este cimiento se erigió su arrogancia a atribuirse arcanos grandes que no poseía, y sobre el mismo se fundó el vulgo para creerle.

32. Este me parece el concepto justo que se debe hacer de Paracelso, igualmente distante de las dos ideas extremamente opuestas que se han formado muchos de este famoso Alemán; unos que le tienen por un ignorante atrevido; y otros, que le juzgan inteligencia superior a todo lo humano.

§. X

33. Juan Bautista Helmoncio, natural de Bruselas, de familia ilustre, no se puede negar que fue un genio raro, y capacísimo. A pocos años de estudio hizo grandes progresos en las Ciencias naturales. Su violenta propensión a la Medicina le hizo preferir esta profesión a todas las demás, aunque contra el gusto de sus tutores, y parientes que le destinaban a empleo más proporcionado a su nacimiento. A los diez y siete años de edad se hallo consumado en la doctrina Hipocrática, y Galénica, que luego empezó a enseñar, y ejercer. Pero como en el uso del arte observase frecuentemente no corresponder los sucesos a las máximas de sus Autores, y Maestros, disgustado de la doctrina Hipocrática, se aplicó a la Química, que ya entonces tenía algo de curso, y en que salió eminentísimo, como consta de la confesión de los inteligentes, y sobre todo de los grandes elogios que a cada paso le daba el supremo Químico de estos próximos tiempos Roberto Boyle, quien celebra sumamente todos sus escritos, exceptuando el de Magnetica corporum curatione. Hizo después un viaje a Alemania, donde encontrándose con un Paracelsista, a quien trató despacio, y vio hacer algunos bellos experimentos, se aficionó a la doctrina de Paracelso, y la estudió con grande aplicación. Volvió a Flandes a ejercer la Medicina según el nuevo sistema, donde vivió sumamente aplaudido. Moreri dice, que habiéndole sospechado de Magia por [35] sus admirables curaciones, fue delatado el Santo Tribunal de la Inquisición, donde se justificó plenamente; mas por evitar que se le repitiese el mismo riesgo, se retiró a Holanda, donde acabó su vida.

34. He dicho todo lo que hallé bastantemente comprobado en alabanza de Helmoncio. No obstante lo cual, afirmo que este fue, como su antesignano Paracelso, un hombre jactancioso, que vanamente se quiso levantar sobre sí mismo, y persuadir al Mundo que sabía mucho más de lo que sabía, fingiendo alcanzar admirables Secretos medicinales, de que jamás tuvo conocimiento. En sus obras se hallan estampadas sus baladronadas. Ya dice que sabe curar todas las fiebres con un solo diaforético: ya que cura la fiebre hética en un mes, y todas las demás en cuarenta y cuatro horas: ya inculca a cada paso (lo que es más, que todo) su decantado Alcaest, o Disolvente universal que ha dado tanto que decir, y por cuyo medio se jacta de curar todas las enfermedades. Ya en fin con una, u otra gota de la resolución del leño Cedrino, hecha por medio de su Alcaest, promete depurar toda la masa sanguinaria, instaurar todo el jugo vital, rejuvenecer al hombre, y hacerle vivir casi eternamente. Pero

Quid dignum tanto feret promissor hiatu?

Ello dirá. Murió Helmoncio a los sesenta y siete años de edad, no de algún accidente repentino que no le diese lugar al uso de su remedio universal, sino de asma, enfermedad tan prolija, que daría treguas para traer el Alcaest del Japón, si estuviese en el Japón el Alcaest. Luego no tuvo tal remedio universal. Más: el mismo Helmoncio refiere en sus obras, cómo a los sesenta y tres años padeció una peripneumonía, y dice los remedios de que usó, entre los cuales no nombra el Alcaest, ni otro medicamento que no sea conocido. En otra parte confiesa que no pudo curar a su propia mujer de no sé qué enfermedad, hasta que Butler le dio un poco de aceite, en que había infundido su famosa piedra, y con él sanó. En otra que no pudo curar a una hija suya de la lepra; pero [36] enviándola a un Santuario de nuestra Señora, dentro de una hora fue milagrosamente curada.

35. Creamos, pues, que Helmoncio por su mayor ingenio, y conocimiento médico hizo algunas curaciones, imposibles a los Médicos vulgares; mas no que tuviese los Secretos raros que jacta. Tomás Pope Blount {(a) Censur. celebr. auctor. fol. 955.} tratando de Helmoncio, trae el testimonio del doctísimo Caramuel, que le conoció, y en que podemos hacer juicio nos da la verdadera idea de este famoso Médico. «Helmoncio (dice Caramuel) a quien conocí, fue hombre piadoso, docto, y celebre, enemigo jurado de Aristóteles, y Galeno; con cuya asistencia los enfermos no eran muy fatigados, porque al segundo, o a lo sumo al tercer día, o perdían la vida, o recuperaban la salud. Era llamado principalmente para aquellos que estaban desahuciados por los demás Médicos, de los cuales curó a muchos, con gran sentimiento, y vergüenza de los que los habían condenado por deplorados». Lo propio casi dice Nicolás Franchimont, citado por el mismo Pope Blount. Estas son sus palabras: «Helmoncio tenía tan alta reputación en Bruselas, que sólo acudían a él, como a áncora sagrada, los que estaban desahuciados por todos los demás Médicos, no pocos de los cuales libró de la muerte.» De aquí podemos concluir, que Helmoncio fue hombre extraordinario en su facultad, y utilísimo a la República, pues era sin duda un gran fruto del arte salvar a muchos condenados a muerte, aunque a otros puestos en el mismo estrecho se les acortasen, por pocos días, los plazos de la vida.

§. XI

36. Después de Paracelso, y Helmoncio, me ocurre otro famoso Secretista moderno, muy parecido a aquellos dos, el Caballero Borri, cuyo nombre suena ya mucho en las Boticas, y es repetido en las recetas de los Médicos, a causa del vomitorio que inventó, y que [37] con voz vulgarizada se llama, los polvos de Borri. Pero como, por lo común, del Borri poco más se sabe que el nombre, daré aquí alguna noticia de él, que creo no será ingrata a los curiosos, porque sin duda fue un hombre muy extraordinario en genio, acciones, y fortuna.

37. Joseph Francisco Borri, natural de Milán, pasó niño a estudiar a Roma, donde luego descubrió una prodigiosa vivacidad de espíritu, y una felicísima memoria. Hechos los primeros estudios se aplicó a la Química, y Medicina, adelantando mucho en una, y otra en breve tiempo. Los desórdenes de su juventud escandalizaron la Corte Romana: pero, o ya de miedo de ser castigado, o porque los ímpetus de su genio, reciprocando hacia opuestos extremos, le conducían a todo género de extravagancias, o porque ya entonces empezaba a concebir los perniciosos designios, que después salieron a luz, fingiéndose arrepentido de sus pasados excesos, hizo tránsito de un libertinaje declarado a una profunda hipocresía. Acreditóse de devoto; y cuando le pareció que ya la opinión de su virtud estaba bien establecida, empezó a sembrar clandestinamente que tenía revelaciones, y apariciones angélicas. Viendo que cuajaba el embuste, le iba dirigiendo poco a poco hacia el blanco, que miraba su ambición. Pero considerando que Roma no era teatro a propósito para lograr su proyecto, se retiró a Milán su Patria. Allí, prosiguiendo en la afectación de santidad, reprodujo sus visiones; introdújose a director de espíritus crédulos: juntó gran número de discípulos: hízose Caudillo de nueva secta, inspirándoles varios errores. Su intento era alistar tanta gente debajo de sus banderas, cuanta bastase para apoderarse del Estado de Milán, poniéndola en armas, cuando llegase la ocasión. Ligaba a sus alumnos con algunos votos muy oportunos para la consecución del fin: de los cuales uno era el del Secreto, porque no se descubriese la trama; otro el de pobreza, por cuyo medio se hacía dueño de los caudales de todos. Los dogmas que derramaba, eran muy acomodados a la ruda [38] devoción de la plebe. No ignoraba este hombre astuto la gran disposición que siempre hay en el vulgo, para admitir sin examen cuanto se le represente ser excelencia de María Señora nuestra: y así, tomando el rumbo por donde preveía favorable el viento, enseñaba que la Sacratísima Virgen era verdadera Diosa: que a su humanidad se había unido hipostáticamente el Espíritu Santo, como el Verbo Divino a la de Cristo Señor nuestro; y que por obra milagrosa del mismo Espíritu Santo había sido concebida en el vientre de Santa Ana, sin cooperación alguna de San Joaquín, de quien decía que era impotente.

38. Sin embargo de las precauciones tomadas, antes que el número de los Sectarios fuese bastante para obrar con fuerza abierta, se rezumó el misterio, y llegó a noticia de los Inquisidores, los cuales procedieron a prender algunos de aquella Congregación; pero el Borri tuvo la dicha de hurtar el cuerpo, y salvarse en Estrasburgo. De allí pasó a Amsterdam, donde ejerció la Medicina con singular aplauso. Todos acudían a él precipitadamente, como a Médico universal de todos los males. Al mismo tiempo tuvo arte para persuadir a aquel gran Pueblo que era persona de alto carácter. Sustentaba un honrado equipaje: hacíase tratar de Excelencia, y ya se hablaba de casamiento con mujeres de la primera calidad, cuando descubriéndose la maraña, se vio precisado a huir de Amsterdam, y lo ejecutó una noche, llevando la gran suma de dinero, y pedrería, que había estafado, o sacado en empréstito. Pasó a Hamburgo, donde se hallaba a sazón la Reina Cristina, debajo de cuya protección se puso, y de cuyo favor abusó empeñándola en algunos gastos, por la esperanza que la dio de hallar la Piedra Filosofal, lo que no tuvo algún efecto. De allí se encaminó a Copenhague, donde inspiró la misma esperanza a Federico Tercero, Rey de Dinamarca, y ganó el afecto de este Príncipe, hasta el grado de hacerse odioso por su valimiento a los Grandes del Reino; no obstante que los grandes gastos que le movió a hacer en solicitud de la soñada Piedra Filosofal, [39] no tuvieron mejor suceso que los hechos en Hamburgo por la Reina Cristina. Muerto Federico, considerándose poco seguro en Dinamarca, y viendo pocas apariencias de adelantar mucho su fortuna en alguna de las Cortes de la Cristiandad, resolvió ir a Constantinopla. Con este ánimo había llegado ya a las Fronteras de Hungría a la sazón, y en la propia coyuntura en que acababa de descubrirse la conjuración de los Condes Nadasti, Serin, Frangipani. La desdicha del Borri quiso que se hallasen en él algunas señas de cómplice en aquella conspiración, aunque verdaderamente no lo era; conque fue preso, y dada noticia a Viena. Puntualmente estaba el Nuncio Pontificio en conversación con el Emperador Leopoldo, cuando le dieron a este el aviso de la prisión de Joseph Francisco Borri, cuyo nombre, ignorado del Emperador, no bien oyó el Nuncio, cuando dijo a su Majestad Imperial, que aquel era un hombre condenado en Roma por Heresiarca, que así el preso tocaba el Papa, y le pidió en nombre de su Santidad.

39. En efecto era así, que luego que Borri huyó de Milán, se hizo su proceso en Roma; y declarado Hereje contumaz, su efigie, y escritos fueron quemados en el campo de Flora por mano del Verdugo. Sobre cuyo asunto se cuenta un chiste sazonado de este raro Duende. Y es, que dándole después noticia de cómo habían quemado en Roma su estatua, preguntó en qué día, y ajustada la cuenta de que aquel mismo día había transitado por una montaña nevada, respondió que, bien lejos de sentir aquel fuego, jamás en su vida había padecido igual frío. Es verdad que el mismo chiste refieren otros de Henrico Estéfano, y otros de Marco Antonio de Dominis.

40. Hallóse que el Borri no había metido la mano en la conjuración de Hungría, y así sin dificultad se le hizo entregar el Emperador al Nuncio, aunque debajo de la palabra dada de parte de su Santidad, que no se le aplicaría suplicio capital. Fue, pues, conducido a Roma el [40] Borri, y allí, después de la abjuración solemne de sus errores, condenado a prisión perpetua en las cárceles de la Inquisición, donde estuvo hasta que un accidente raro le hizo salir, y mejorar de prisión. Cayó enfermo el Duque de Etré, Embajador de Francia en la Corte Romana, y la enfermedad se fue agravando de modo, que todos los Médicos le abandonaron por deplorado. Como siempre subsistía la fama de que el Borri era hombre de especialísima comprehensión en la Medicina, ocurrió al Cardenal de Etré, hermano del enfermo, apelar a aquel hombre de la sentencia de los Médicos, y suplicar al Papa le permitiese salir para ver al Duque. Logró el Cardenal en la benignidad del Pontífice su demanda, y el Duque en la asistencia del Borri la desesperada mejoría. Esta curación hizo gran ruido en Roma, porque todos daban al Duque por muerto; y así se dijo por gracejo, que un Heresiarca había hecho en Roma el milagro de resucitar un difunto. Agradecido el Prócer Francés a tan señalado beneficio, consiguió del Pontífice que su restaurador fuese transferido al Castillo de San Ángel, donde se le dio habitación espaciosa, y cómoda, y en ella tenía libros, y laboratorio, para estudiar, y trabajar en operaciones Químicas. Dicen unos que después gozó siempre de la libertad de salir de la prisión dos veces cada semana, y que la Reina Cristina le enviaba a buscar a veces en su carroza, como también de ser visitado de cuantos querían verle: otros, que nadie podía hablarle sin obtener para ello Cédula del Cardenal Cibo: otros en fin, que gozó aquellos privilegios mientras vivió la Reina Cristina, y se le quitaron, o cercenaron muerta esta Princesa. En fin murió el año 1695, a los 79 de edad.

41. De la relación que acabamos de hacer de la vida, y sucesos del Borri, consta, que este fue un espíritu sutil, inquieto, ambicioso, osado, astuto. En cuanto a su habilidad médica hago juicio de que era bastantemente particular, no solo por las curas singulares que hizo; pero aún más por los créditos que tuvo en Roma. Es cierto [41] que los Romanos consideraban al Borri como un hombre capaz de hacer lo que otro ningún Médico hacía, y aunque no pocas veces la estimación popular es más hija del engaño, que del mérito, debemos exceptuar el caso presente; pues no es posible que en un Pueblo tan advertido como el de Roma triunfase tanto tiempo la impostura, mayormente cuando la estimación de este hombre no solo reinaba en la plebe, mas también en la gente de mejor estofa, y de alguna doctrina. También es cierto que curó algunos enfermos, a quienes dejaron los demás Médicos por incurables. El suceso del Duque de Etré fue notorio en toda Europa. Mr. Monconis en la segunda parte de sus Viajes cuenta, como curó el Borri perfectamente el cáncer, engendrado en un ojo, desesperado ya por los demás Médicos; esto supo Monconis del mismo enfermo, que era un Pintor llamado Othon; y a dos personas fidedignas, que conocieron al Borri en Roma, oí referir otros casos semejantes.

42. Mas por lo que mira a Secretos Medicinales de alguna monta, no se infiere de lo dicho, ni es verosímil que el Borri los poseyese: pues atendiendo al miserable estado en que se halló desde que le prendieron, todos aquellos que pudiesen contribuir a aliviarle algo en las prisiones, lograrían fácilmente la comunicación de ellos, y por aquí se habrían hecho ya públicos. He dicho Secretos de alguna monta, por no negarle que supiese mejorar con alguna operación Química de su invención uno, u otro medicamento. En esta clase ponemos los polvos que tienen su nombre, los cuales no son otra cosa, que cristal de Tártaro antimoniado. Puede decirse, que es un buen medicamento, porque se cree que en su manipulación se despoja el Antimonio de la actividad deleteria, o venenosa que tiene, y por este medio se constituye en el grado de un vomitorio inocente; mas que al fin no hace otra cosa que mover el vómito, como otros muchos que hay en las Boticas. Y esto es todo lo que la Facultad Médica heredó del famoso Borri. [42]

43. Ni era menester poseer arcanos particulares para hacer curaciones a que no alcanzasen los demás Médicos. Así como en otras Facultades, estudiando por los mismos libros, y debajo de los mismos Maestros, salen unos profesores buenos, otros medianos, otros mínimos, y tal cual genio raro excede a todos, como el Sol a las Estrellas; lo propio debe suceder en la Medicina. Unos mismos preceptos, unos mismos experimentos, rectamente combinados, y manejados por un entendimiento juicioso, sutil, comprehensivo, producen grandes aciertos; y siniestramente entendidos, y aplicados por una capacidad corta, inducen a insignes errores. Con unos mismos instrumentos un artífice ejecuta maravillas; y otros, mamarrachos. El pincel de Apeles era como el de los demás Pintores, y el cincel de Fidias como el de los demás Estatuarios.

44. Es, pues, error pensar que los Médicos que logran algunos particulares aciertos, tienen algunos particulares específicos. Con los remedios que están patentes a todos en los libros, se pueden hacer milagros, como haya un talento grande para la elección de ellos, y para atinar en el cuándo, y el cómo. Este es el arcano máximo, o don especial de Dios, que vale más que todos los arcanos.

45. Es verdad que este error del vulgo nace de los mismos Médicos, porque algunos para hacerse más respetables, y aún más caros, fingen tener particulares remedios, y recetan misteriosamente recipe nuestra agua, nuestros polvos, nuestras píldoras, &c. dirigiendo la receta a determinado Boticario, a quien se ha comunicado el misterio. Comúnmente estas recetas nada tienen de particular, sino alguna diferente combinación arbitraria de los mismos simples, o compuestos de que usan los demás Médicos, o la adición de otra alguna cosilla común, (que a este, o al otro Médico se le antoja hacer por su capricho) a una composición ordinaria. Donde se puede incidir en dos inconvenientes: El primero que la composición con esa novedad no sea tan útil, o sea positivamente nociva, pues más fácil es que se engañe un Médico [43] particular, que fue Autor de esa invención, que el que yerren todos los demás que aprueban las composiciones comunes. El segundo, que puede el Boticario, si no tiene conciencia, vender el remedio en mucho más de lo que vale, diciendo que entran en él drogas muy costosas, aunque conste de los simples más viles. Yo por mí declaro, que no quiero Médicos preciados de Secretistas, ni tomaré jamás remedio que no esté expresado con su nombre propio en la receta.

 

{Benito Jerónimo Feijoo, Teatro crítico universal, tomo tercero (1729). Texto tomado de la edición de Madrid 1777 (por Pantaleón Aznar, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo tercero (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 19-43.}


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