Obras de Feijoo Teatro crítico universal Tomo tercero

Benito Jerónimo Feijoo • Teatro crítico universal • Tomo tercero • Discurso tercero

Simpatía, y Antipatía

§. I

1. Los Filósofos antiguos, y los modernos se distinguen lo que los genios tímidos, y los temerarios. Aquéllos nada emprendieron: éstos se arrojaron demasiado. Aquéllos, metidos siempre debajo del techo de razones comunes, ni un paso dieron hacia el examen de las cosas sensibles: éstos, con nimia arrogancia presumieron averiguar todos sus misterios a la naturaleza. Aquéllos no se movieron: éstos se precipitaron.

2. No comprehendo ahora debajo del nombre de Filósofos antiguos los que precedieron a Platón, y Aristóteles: los cuales acaso delinquieron en lo mismo que los modernos. Pitágoras quiso reducirlo todo a la proporción de sus números; como si el Autor de la Naturaleza estuviese precisado a seguir en sus producciones las proporciones [44] que nosotros imaginamos. Anaxágoras, Leucipo, Demócrito, y Epicuro siguieron la Filosofía corpuscular, que mucho antes, según algunos Autores, había inventado Moscho Fenicio, anterior a la guerra de Troya, y que en estos tiempos se reprodujo: por lo cual llamamos Filosofía moderna a la más antigua de todas: aunque no se sabe a punto fijo la formación del antiguo sistema. El gran Bacon, por los cortos fragmentos que quedaron de él, le contempló tan sólido, que a eso mismo atribuyó su ruina, diciendo que en el curso del tiempo, como en el de un río, la Filosofía de Demócrito, y Epicuro se anegaron, por tener solidez, y peso; al contrario la de Platón, y Aristóteles, como tablas leves, que no contenían sino ideas vanas, y fútiles abstracciones, sobrenadando en los siglos, llegaron prósperamente hasta nosotros. Si se debe hacer juicio tan ventajoso de aquella doctrina, se puede decir que la fortuna de ella es en parte parecida a la de la historia de Tito Livio. Algunos fragmentos, que con dolor de los Eruditos faltaban de las Décadas de aquel gran Escritor, fueron hallados el siglo pasado en Francia en los pergaminos que servían de guarnición a unas palas de jugar pelota. Refiérelo Paulo Colomesio en el segundo de sus opúsculos. Así los fragmentos que quedaron de aquellos antiguos Filósofos, bien que estimables por su valor intrínseco, habiendo caído en manos de quienes no eran capaces de conocerle, se hicieron juego, y burla de las Escuelas, sirviendo, con su agitación por el aire, los átomos, si no de palas, de pelotas.

3. Tampoco comprehendemos debajo del nombre de Filósofos modernos, aquellos que en estos tiempos buscan la Física por la senda de la experiencia. Es éste un camino prolijo; pero no hay otro seguro. Descubrióle el gran Bacon poco más há de un siglo, empleando la alta superioridad de su genio en tomar, para acertarle, aquellas vastas, y ajustadas medidas que hacen sus escritos admirables. No sólo eso hizo, mas también dio por la misma senda que había descubierto, no pocos, ni pequeños [45] pasos. Es verdad que antes de Bacon los Químicos sobre las experiencias del horno habían fabricado nuevo sistema físico, pero sin advertir que era corto cimiento para tanta obra; ya por ser las experiencias pocas; ya porque no se entró en cuenta lo que la vehemencia del fuego inmuta, y altera en los entes.

4. Por mal hado de la Filosofía, al mismo tiempo que acabó de vivir Bacon, empezaron a filosofar Renato Descartes, y Pedro Gasendo, produciendo cada uno su sistema. Aprovecharon los dos famosos Franceses la oportunidad de hallar la Física de Aristóteles, puesta en descrédito por el Canciller Anglicano: y la manifestada propensión de éste a la Filosofía corpuscular, fue como un viento favorable para los nuevos sistemas. Pero en la realidad su fábrica era muy opuesta a la idea de Bacon; porque bien lejos de levantar el edificio sobre el fundamento de la experiencia, buscando, como Bacon quería, con larga serie de bien combinadas observaciones, en todos los senos de la naturaleza, los materiales; cada sistema se formó sobre la idea particular de un hombre sólo, forcejando después el discurso, para hacer que las experiencias pareciesen correspondientes a los principios de antemano establecidos, que fue invertir totalmente el orden; pues para establecer los principios se habían de consultar de antemano las experiencias, no admitiendo máxima alguna, sino aquellas a que forzase el asenso una invencible multitud de bien regladas observaciones. En efecto, concurriendo con la oportunidad dicha, ya la aparente conformidad de los principios de Gasendo con la inclinación de Bacon (aunque ésta siempre suspensa, y sin decidir) a los Átomos de Epicuro: ya la ingeniosa, y brillante harmonía del sistema Cartesiano; los dos cegaron una gran parte del mundo literario, para que no siguiesen las huellas del incomparable Inglés, pensando que llevados de la mano por Descartes, o por Gasendo, habían de llegar por el atajo a aquel término que Bacon les prometía, como premio de las fatigas de un siglo. [46]

5. Estos son los que llamamos Filósofos modernos, con exclusión de los experimentales, que siguiendo las luces de Bacon, y uniendo las experiencias con las especulaciones, trabajan utilísimamente incorporados en algunas Academias, especialmente en la Sociedad Regia de Londres, y en la Academia Real de las Ciencias de París, que son las dos mayores Escuelas que hoy tiene, ni tuvo jamás el Orbe para las Ciencias naturales.

§. II

6. Divididos, pues, así los Filósofos antiguos de los modernos, y componiendo aquel bando de Platónicos, y Aristotélicos, como este de Cartesianos, y Gasendistas, hallamos poco menos reprehensible el encogimiento de aquéllos, que la audacia de éstos. Los Modernos en pocos días pensaron desvolver las causas íntimas de todos los naturales fenómenos: los Antiguos en muchos siglos ni un paso dieron hacia ellas. Los Modernos en corto vaso se arrojaron a lustrar el anchuroso Océano de la naturaleza: los Antiguos se estuvieron siempre ancorados en la orilla. Pues (dejando aparte la Filosofía de Platón, que no fue más que una informe producción de su Teología natural) la Física de Aristóteles en rigor es pura Metafísica, que no contiene más que razones comunes, o ideas abstractas verificables en cualquier sistema particularizado. Esto se entiende de los ocho libros de Physica auscultatione. En otras obras suyas quiso componer todo el negocio de los efectos sensibles con sus cuatro cualidades elementales. Conato inútil, que prosiguió, y extendió Galeno entre sus innumerables Sectarios, aunque contra la mente de Hipócrates, que en lo de veteri Medicina descubiertamente desprecia, como muy poco poderosas en el cuerpo humano, las cuatro cualidades primeras, dando mucho exceso, así en la actividad, como en el número a otras facultades totalmente diversas de aquéllas. Y es cosa cierto bien admirable, que por tantos siglos estuviesen ciegos todos los Médicos, para leer aquel, y otros [47] semejantes textos de Hipócrates, hasta que los Químicos les dieron con ellos en los ojos.

7. Poco a poco se fue conociendo la insuficiencia de las cuatro primeras cualidades, aun supuesta la suma variedad de sus combinaciones, para producir infinitos efectos sensibles; y para suplir el defecto, se recurrió a las cualidades ocultas. Acusáronlas luego los partidarios del Cuaternión, por el capítulo de ser asilo de ignorantes; como si no fuese mayor ignorancia señalar por causas las que evidentemente no lo son, que confesar ingenuamente que se ignoran las causas.

8. Unos, y otros pues, así los que acudieron a las cualidades ocultas, como los que quisieron atribuir todos los efectos a las elementales, se quedaron al borde de la naturaleza; con la diferencia grande, de que los primeros sólo pueden ser capitulados de ignorancia; los segundos, no sólo de ignorancia, también de error. Este se hizo tan visible, que ya apenas se halla quien, teniendo algún mérito para ser llamado Filósofo, le apadrine: con disimulo, o sin él, todos reconocen, respecto de infinitos efectos, insuficientes las cualidades elementales; y adonde no alcanzan éstas (siendo poquísimo lo que alcanzan), toda la Física de la Escuela, para dar razón de cualquier efecto natural, está reducida puramente a decir que hay una cualidad que la produce. Esta es toda la Filosofía Peripatética, y no hay otra. Si se pregunta, por qué calienta el fuego, se responde, que porque tiene virtud, o cualidad calefactiva. Si se pregunta, por qué tiene esa cualidad, se responde, que porque la pide su esencia. Si se pregunta más, cuál es la esencia del fuego, eso no se sabe. Y si se responde algo, será con un círculo vicioso, diciendo que es una esencia que radica, o pide la virtud de calentar, quemar, &c. Lo mismo es de todo lo demás. El estómago chilifica el alimento, porque tiene virtud chilificativa: expele el excremento, porque tiene virtud expultriz: se nutre, porque tiene virtud nutritiva. Conque sacamos en limpio, que apartada a un lado la Metafísica, [48] la Física de la Escuela se puede enseñar a cualquier rústico en menos de medio cuarto de hora. Es verdad que tendrá algún trabajo en tomar de memoria la voces de cualidad, virtud, facultad, esencia, forma, dimanación, radicación, exigencia, &c. en cuyo uso consiste toda la ciencia de nuestra Filosofía natural. Dijo bien el sapientísimo Jesuita, y no menos sutilísimo Filósofo, que comprehensivo Matemático, Claudio Francisco Milliet Dechales, que la Física común es fútil, e insufrible, porque exceptuando algunos conceptos comunes, y el uso de voces particulares, y facultativas, ignoradas del vulgo, no hay en ella cosa que merezca el nombre, ni aun de opinión, o probabilidad: Quis enim hodiernae philosophiae, physicae praesertim, inanitatem aequo animo tulerit? In qua si communes notiones, & Doctorum, ut ita dicam, idioma, modumque loquendi a communi, & vulgari populo alienum excipias, praesertim cum ad particularia descenditur, nihil, quod satisfaciat invenies, nihil, quod probabilitatis, & opinionis nomen mereatur, nec dum demonstrationem praeseferat. (in Tract. de Progressu Matheseos.)

§. III

9. Pero volviendo a las cualidades ocultas, esta voz, que nada significa, se refuerza en los libros, y en las Escuelas, con las de Simpatía, y Antipatía, equivalentes en la obscuridad, y en la aplicación. Son voces Griegas que aunque ya vulgarizadas, siempre se quedaron Griegas, porque nada explican. Su más frecuente uso es cuando se trata de aquellos efectos que, por más raros se hacen más admirables, especialmente donde hay algún género de atracción, o repulsión entre dos cosas. Por lo cual Plinio definió la Simpatía, y Antipatía, diciendo, que son amor (la Simpatía), y odio (la Antipatía) de las cosas que carecen de sentido: Odia, amicitiaeque rerum surdarum ac sensu carentium. Los que las explican que son consenso, y disenso, o concordia, y discordia, dicen lo mismo. Los que dicen que la Simpatía, y Antipatía consisten en [49] la semejanza, o desemejanza de toda la susbtancia entre dos cosas, queriendo explicarlo más, lo enredan más.

10. Mi sentir es que estas voces nada significan, que pueda ser razón de los efectos particulares para cuya explicación se usan: y así que, hablando con propiedad, no hay Simpatía, ni Antipatía en el Mundo.

11. Empezando por la última explicación dada, es manifiesto que la Simpatía, ni es la semejanza en toda la substancia, ni nace de ella. La razón es, porque aunque se confiese que hay bastante semejanza entre el hierro, y el imán, siendo el imán no otra cosa que una vena más pingüe, o rica de hierro, no puede la atracción activa del imán nacer de esa semejanza. Tanto, y más semejantes son un hierro, y otro hierro, y no se atraen, hasta que el magnetismo se comunica a uno de ellos; y después de comunicado, ya no son tan semejantes como antes eran, pues el hierro magnetizado tiene ahora algo, que aún no se ha comunicado al otro; por consiguiente hay ahora alguna desemejanza que antes no había. Más: tan semejantes por lo menos son el oro, y el oro, la plata, y la plata, como el imán, y el hierro; con todo, ni el oro atrae el oro, ni la plata la plata. En fin el electro, o succino atrae cualesquiera materias, como estén divididas en porciones leves, o menudas astillas: y no puede ser semejante en toda la substancia a todas las cosas; si lo fuera, también éstas fueran semejantes entre sí del mismo modo, siendo imposible la semejanza de dos a un tercero, sin semejanza entre sí, y de esta suerte todas las substancias materiales fueran mutuamente magnéticas. La razón, no menos que la experiencia, demuestra, que la semejanza, o desemejanza no puede influir en los efectos que se atribuyen a Simpatía, y Antipatía, porque la semejanza, y desemejanza son puras relaciones sin actividad alguna: ni aun la verdad productiva pide semejanza entre el agente, y el paso, sí sólo entre el agente, y el efecto. [50]

§. IV

12. Rechazada, pues, esta explicación, sólo tenemos que entendernos con las confusas ideas de odio, y amor, concordia, y discordia, consenso, y disenso. Verdaderamente, si así el amor, como el odio son ciegos, nunca tan ciegos como aquí. O el amor entre el imán, y el hierro se toma por la acción de juntarse, o por la inclinación que tienen a esa acción. Si lo primero, se da por razón del efecto el efecto mismo. Si lo segundo, será una virtud activa de ese efecto, a quien muy impropiamente se da el nombre de amor, especialmente cuando, según los Teólogos, el amor sólo en Dios es físicamente efectivo. En los agentes criados cognoscitivos lo es moralmente, porque moralmente mueve a aplicar las potencias propias a sus operaciones. En los agentes, que carecen de conocimiento, el amor, y el odio son voces sin significado alguno.

13. Ya alcanzo cuál fue el motivo de esta aprehensión vana. Como se dice (y se dice con verdad en los agentes dotados de conocimiento) que el amor inclina a la unión, se ha extendido este concepto a pensar que aun entre los insensibles la unión proviene del amor; y así, el amor que hay entre el imán, y el hierro, hace que se junten los dos. Si el pensamiento fuese verdadero, cualquiera acceso de una substancia a otra sería efecto de amor, y cualquier receso efecto de odio. De este modo el jugo nutricio que sube por las plantas, miraría con muy malos ojos a la tierra de quien se aleja. En los vapores aqüeos, que se levantan de ella, se debe discurrir el mismo aborrecimiento, como al contrario un grande amor al Sol, a quien van buscando solicitados de sus rayos. Ni se me responda, que estos efectos tienen causas manifiestas, y así no es menester recurrir a Simpatías, o Antipatías, pues hasta ahora no se sabe cómo, y por qué los vapores suben: antes la dificultad que hay en esto es grandísima; pues es cierto, que cada partícula de vapor, siendo en la [51] substancia agua, es más grave que otra igual partícula de aire, y así parece que no puede montar a este elemento. Por lo cual andan los Filósofos modernos pegando a cada partícula de vapor una porción de materia etérea; unos por adentro, como contenida; otros por afuera, como continente, de cuya unión resulta un todo más leve, que igual porción de aire: pero esto se dice adivinando, y aun tropezando en nuevas dificultades.

14. Más: Si por semejantes analogías ha de proceder el discurso de los agentes cognoscitivos a sacar consecuencias en los insensibles, así como del acceso, o receso de éstos se infieren odio, o amor, se inferirán asimismo del efecto conveniente, o disconveniente, que cualquiera agente produce en cualquier paso; porque entre los cognoscitivos el que ama a otro le da lo que le está bien, y el que le aborrece lo que le está mal. De este modo no habrá acción en el Mundo que no nazca de amor, u odio, de Simpatía, y Antipatía; pues, o el agente produce en el paso un efecto que le conviene, y esto será por amor; o un efecto, que le desconviene, y esto será por odio.

15. Más: En el succino será menester discurrir un amor universal a todas las cosas, porque todas las atrae: pues aunque Aristóteles excluye de su atracción la hierba llamada Ocimo, o Basílica, por quien entienden comúnmente la Albahaca; el Padre Kirquer, Autor más fidedigno que Aristóteles, certifica haber hecho delante de muchos en Roma la experiencia contraria. {(a) In Museo Colleg. Rom. part. 2, cap. 8.} Válgate Dios por succino, ¡qué cariñoso, y de buenas entrañas te hizo la naturaleza!

16. Más: si el imán atrae el hierro, en fuerza de la amistad le atraerá, por mucho que pese el hierro; antes el mucho peso conducirá para que se llegue más presto: porque cuanto mayor el hierro, tanto mayor amigo.

17. La verdad del caso es, que Simpatía, y Antipatía, amor, y odio, y las demás equivalentes, son voces [52] metafóricas, y por tanto inútiles en el examen de los efectos naturales. El idioma metafórico, como forastero en la Filosofía, nada significa hasta traducirse al lenguaje propio, que explica las cosas derechamente como ellas son en sí. Por mejor, pues, tengo la voz de cualidad oculta, que tiene alguna significación filosófica, aunque obscura, y comunísima, que las de Simpatía, y Antipatía, que, o significan lo que no hay, o nada significan.

18. Algunos, o los más, entienden por Simpatía, o Antipatía un género de determinación natural, por lo cual resulta en este cuerpo tal, o tal efecto, precisamente, porque en el otro, a quien dice relación simpática, o antipática, haya tal, o tal afección, accidente, o movimiento sin acción de uno a otro propagada por el medio: Como en el ejemplo del imán, el hierro se determina a moverse, precisamente, porque el imán esté presente, o a corta distancia; en el de los polvos que llaman Simpáticos, se restaña la sangre de la herida, precisamente por echar los polvos en la venda, conque se ató la herida, y ésta teñida de su sangre, aunque muy distantes, al hacer la operación, la herida, o la venda.

19. Pero ésta es una quimera filosófica; porque cualquiera accidente que arrive a un cuerpo, no podrá determinar al otro a cosa alguna, sin que obre algo en él; ni podrá obrar en él, sin que se continúe por el medio alguna virtud. La regla de que el agente no puede obrar en paso distante, es generalísima; siendo evidente que nadie puede obrar donde no está, o por sí, o por la virtud que hace sus veces, y esta virtud ha de estar sujeta en algún ente, que toque al paso: de donde es consiguiente necesario que de un cuerpo a otro se propague algo por el medio.

{(a) Lo que decimos en este número de la imposibilidad de obrar agente alguno en paso distante, se debe limitar por la doctrina que damos en el 5 tomo, Disc. 9. §. 11.} [53]

§. V

20. Conque Simpatía, y Antipatía, según lo que se significa inmediatamente por estas voces, no las hay en el Mundo. ¿Pues cómo hemos de explicar, o a qué causa hemos de atribuir aquellos efectos admirables, para cuya explicación se usan esas voces? Las cualidades elementales, y las segundas, o terceras, que se suponen resultantes de la varia combinación de aquéllas, no bastan: ¿pues qué, hemos de estar siempre atrincherados tras del parapeto de las cualidades ocultas? Eso es confesar que ignoramos las causas.

21. Respondo lo primero, que estoy tan lejos de tener por inconveniente la confesión de la ignorancia propia, cuando realmente la hay, que antes el afectar que se sabe lo que se ignora, lo juzgo bajeza del ánimo; y esta bajeza es la que ha llenado de infinita fajina inútil, no sólo los libros de Filosofía, mas también de otras Facultades. ¿No es impostura, ajena de todo hombre honesto, proferir como cierto lo dudoso, como claro lo obscuro, y por no confesar que ignora algo, señalar por causa de un efecto la que para sí conoce que no puede serlo? Esta falta de ingenuidad, y de veracidad tiene, como dije, llenos de infinita fajina inútil los libros, y las Facultades, especialmente la Filosofía. Cualquier cuestión física que se proponga, apenas hay profesor, que aunque en su interior esté perplejo, no resuelva asertivamente por una, o por otra parte, como que está bien asegurado de lo que dice. Después, aunque no encuentre razón probativa, que le cuadre, no deja de dar alguna, como que es muy buena, y a los discípulos, o a los lectores se la propone como solidísima. Estas en buen Romance son dos mentiras, y mentiras que traen perniciosas consecuencias; porque los más de los que estudian, o leen, no siendo capaces por sí mismos de examinar el peso de las razones, quedan para siempre obstinados en aquellos dictámenes, como si fuesen demostraciones matemáticas. [54] De aquí nacen las interminables contiendas conque las mismas cuestiones se agitan contumazmente por siglos enteros, sin adelantar un paso en la materia. De aquí el tratarse los que siguen diferentes Escuelas unos a otros de hombres rudos, porque cada uno sobre la fe de los Autores de su Escuela, piensa que lo que él defiende es una verdad tan patente, que sólo un insensato puede dejar de conocerla; y no importa que los profesores una, u otra vez confiesen que la opinión contraria es probable: ésa es una reflexión, que por muy transitoria, no se imprime en el vulgo literario; al contrario se le encaja por muy frecuente la resuelta, y firme decisión de la sentencia que se le enseña. Lo que pide el candor, y veracidad a que estamos obligados todos los hombres, y aún más los literatos, es proponer como probable lo que sólo se aprehende probable, como verisímil, lo que sólo se aprehende verisímil, lo dudoso como dudoso, lo falso como falso, lo cierto como cierto, lo evidente como evidente.

22. Respondo lo segundo, que hasta ahora a punto fijo no se ha encontrado con las causas de los efectos que se atribuyen a Simpatía, y Antipatía; pero en algunos se ha atinado con lo muy verisímil, o acaso algo más que probable; y en todo se ha adelantado algo sobre la razón comunísima de cualidades, virtudes, facultades, &c. Los que pretendieron desmenuzar hasta sus últimos ápices todo el mecanismo que gobierna estos naturales movimientos, como si le hubiesen examinado con microscopios, erraron más que todos. Tal fue Renato Descartes en la explicación mecánica de las propiedades del imán, que propone con tanta confianza, como pudiera la construcción de un reloj, después de tenerla bien comprehendida. No es negable que su invención fue ingeniosísima; pero ajena de toda verdad, como probó mejor que todos el Padre Dechales {(a) Libro 5 de Magnete, propos. 18.} con razones qeu me parecen demostrativas; y lo que es más, al mismo Autor le [55] parecieron, y las propuso como tales sin controversia (así como de sutilísimo ingenio, y solidísimo juicio, también de sincerísima, y modestísima índole) ajena de toda impostura, y arrogancia. Gilberto, Cabeo, Gasendo, y otros muchos discurrieron sobre el mismo punto con mucha particularidad, no con igual felicidad. Pero no siendo mi designio explicar en particular las propiedades del imán, lo que pedía un tratado entero, sino tratar en general de los efectos simpáticos, y antipáticos; sólo apuntaré algunos principios comunes, que sirvan a la explicación, aunque diminuta, de todos.

§. VI

23. Debe suponerse que de todos, o casi todos los cuerpos, manan efluvios substanciales (o llámense norabuena con las voces vulgarizadas vapores, y exhalaciones) en tenuísimos corpúsculos, porque todos los cuerpos, o casi todos constan de unas partes fijas, y otras volátiles, a quienes comúnmente se da el nombre de espíritus. La existencia de estos efluvios se hace manifiesta, especialmente en los cuerpos aromáticos, siendo ya generalmente recibido, que el olor no es una mera cualidad, sujeta primero en el ambiente, y después en el órgano; sino un agregado de tenuísimos corpúsculos, que por razón de su configuración, y movimiento, hieren de tal, o tal modo el órgano del olfato. Lo que se persuade lo primero, porque se observa que los cuerpos odoríferos van perdiendo de substancia, al paso que van derramando el olor, no durando éste en las flores más de lo que dura aquel jugo, que poco a poco se va evaporando. Lo segundo, porque el calor, que es quien excita los olores, es el mismo que roba en exhalaciones el jugo de las substancias. En otros cuerpos sucede lo mismo, aunque no percibamos de ellos algún olor; lo cual proviene, ya de que los corpúsculos, que fluyen de ellos, carecen de figura, o movimiento apropiado para herir el órgano, ya de la torpeza de nuestro olfato. Así vemos que el perro a mucha distancia [56] va siguiendo la fiera por el olor; del cual, ni la menor sensación tenemos nosotros, aun estando mucho más vecinos. Generalmente cuantos cuerpos se consumen, y van perdiendo su substancia con el tiempo, sin que otros sensiblemente los gasten, es manifiesto que la pierden en los substanciales efluvios, que perennemente padecen.

24. Asentada la existencia de los efluvios susbtanciales, no será difícil descubrir que tenemos en ellos, aunque en pequeño cuerpo, un validísimo agente para muchos efectos, que, por ser invisibles sus causas, se atribuyen a Simpatías, y Antipatías. No menos en las obras de la naturaleza, que en las del Arte, en virtud de la disposición maquinal, débiles impulsos producen insignes movimientos. En una pestilencia ¿quién degüella tantos millares de hombres, sino estos sutiles efluvios? Es manifiesto que no es alguna cualidad maligna impresa en el ambiente, como se decía en el idioma Galénico; porque con cualquiera viento impetuoso que corra, se remuda todo el ambiente de una Provincia, sin que cese en ella el estrago, ni se comunique a otra distante, adonde es llevado aquel ambiente; y así sólo puede ser ocasionada la mortandad por los hálitos que despide la tierra en virtud de determinadas fermentaciones minerales, que se excitan en sus senos, cuando la pestilencia tuvo su origen en la región infestada, o por los corpúsculos que se comunican de unos cuerpos a otros, para hacer el oficio de fermento maligno en ellos, cuando es comunicada de otra región.

25. Pero adonde más claramente se conoce que un corto efluvio de tenuísimos corpúsculos puede ocasionar en los cuerpos mayores portentosas inmutaciones, es en los efectos que hacen los olores aromáticos en las mujeres ocasionadas a pasiones histéricas. Aquella cortísima copia que en un cuarto de hora exhala un grano de almizcle, basta para excitar terribles movimientos convulsivos en más de dos mil mujeres. Y si es verdad lo que contra Galeno asientan, como testificado por la experiencia, Fernelio, y otros Médicos doctos, del ascenso del útero [57] en el afecto histérico, mucho más maravillosa atracción es ésta que la del imán; pues un tenuísimo vaporcillo que entra por la nariz, llama arriba violentamente aquel vaso, que según los Anatómicos está atado con cuatro fuertes ligaduras.

26. De la varia configuración, y movimiento de los corpúsculos, que manan de una substancia, depende ser cómodos, o incómodos, útiles, o nocivos a otra, según la textura, y poros que hallen en ella; pues vemos que esto mismo sucede en las substancias que obran inmediatamente por su cuerpo principal, y no por medio de sus efluvios. Así la Agua regia, compuesta del espíritu de Sal marino, disuelve el oro, y no la plata. La agua fuerte, compuesta del espíritu de Nitro, disuelve la plata, y no el oro. El espíritu de vino liquida la cera, sin hacer este efecto en otro cuerpo alguno. Ni tiene más misterio que éste el decantado prodigio de que unos rayos deshacen unos cuerpos, y otros, otros.

27. A la causa dicha se deben atribuir los más de los efectos que se prolijan a imaginarias Simpatías, y Antipatías, especialmente en las dos grandes familias de animales, y vegetables. Bien sé que Bacon discurrió en orden a los vegetables por principios más simples, diciendo que la buena, o mala sociedad, que se hacen algunas plantas, nace de alimentarse del mismo, o diverso jugo terrestre; de modo, que aquellas plantas que se alimentan del mismo jugo, mutuamente se dañan, si se plantan vecinas, porque hay para cada una menos alimento. Al contrario las que se nutren de diverso jugo se hacen buena compañía, porque no tienen querella sobre robarse una a otra el humor nutricio; y aun a veces es positivamente provechosa a una planta la vecindad de otra desemejante, porque chupa de la tierra aquel humor, que a ésta le está bien, y a aquélla fuera nocivo. Así se dice que el rosal plantado entre ajos produce más bellas, y olorosas flores, chupando el ajo aquel jugo fétido que éste necesita, y a la rosa le entibiará su fragancia. [58]

28. El Abad de Vallemont, en su Tomo primero de Curiosidades sobre la vegetación, abrazó como inconcusa la sentencia de Bacon; y yo no dudo que tenga mucho de verdad. Ciertamente para que un árbol grande, especialmente si extiende sus raíces por la superficie de la tierra, haga malísima vecindad a las plantas menores, no ha menester más que el principio señalado de robarles el jugo; aunque también se añade a veces quitarles el Sol. También donde los jugos que necesitan dos plantas son recíprocamente nocivos, parece sólida la razón que se ha dado. Pero no parece bastante el principio establecido para salvar la terrible discordia de algunas plantas (si en realidad hay tanta) que mutuamente se destruyen, quedando ambas muertas en el campo, como del combate de Juba, y Petreyo escribe Séneca: Petrejus, & Juba concurrerunt, jacentque alter alterius manu caesi. Así dice el Padre Kirquer, que se oponen la berza, o repollo, y la hierba llamada ciclamen: la ruda, y la higuera: la caña, y el helecho: Adeo saevas luctas ineunt, ut utrumque viribus destitutum marcescens contabescat {(a) De Art. Magnet. lib. 3, cap. 2.}. Digo, que tan mortal ojeriza no se salva por la precisa necesidad del mismo género de alimento. Pues si fuera ésta la razón, lo mismo sucediera entre dos cualesquiera plantas de la misma especie, de quienes es claro que necesitan del mismo género de jugo; y la experiencia muestra lo contrario. Asi es sin comparación más probable que este daño que se hacen dos plantas de diferentes especies, proviene de los hálitos nocivos, que en la vecindad se comunican de una a otra, los cuales pueden ser, o recíprocamente nocivos, de modo que mutuamente se dañen; o padecer solamente una la injuria, sin tener fuerzas para la venganza.

29. Del mismo principio puede depender la aversión conque huyen unos animales de otros; cuando esto no nace de principio más manifiesto. Nosotros nos desviamos con horror de algunos brutos, cuyo olor nos ofende. ¿Qué [59] mucho que entre ellos suceda lo mismo? La sensación molesta de cualquiera otro sentido puede producir semejante efecto. Si fuese verdad que el León huye del canto del Gallo, y el Tigre del ruido del tímpano, sería porque esos sonidos les son en extremo desabridos. He dicho, cuando esto no nace de principio más manifiesto, porque el que la oveja, animal timidísimo, huya del lobo, viendo que la acomete furioso, no ha menester más principio, que aquel conocimiento que a todos, o casi todos los brutos imprime el natural instinto. Del mismo modo huyen del hombre, o de otro cualquiera animal de cuerpo superior al suyo, cuando le ven arrojarse con ímpetu. En el segundo Tomo, Discurso segundo, hemos condenado como fabuloso lo que se dice de Simpatías, y Antipatías, cuya oculta fuerza vive, y se conserva en los cadáveres de los brutos: y así para estos efectos, como puramente imaginarios, no es menester buscar la causa en los efluvios de sus cuerpos, sino en la ficción de los hombres.

{(a) 1. Gasendo (tom. 1. Phisic. lib. 6, cap. 11.) refiere como testigo de vista un caso gracioso, y que muchos dificultarán atribuir a otra causa que a una verdadera Antipatía. Un rebaño de Cochinos que estaba en la Plaza, al ver pasar un hombre que tenía por oficio matar estos animales, se conmovió extrañamente, gruñendo hacia él, y mirándole con furor. ¿Quién les había dado noticia de la mala obra que aquel hombre hacía a los de su especie? Sin embargo, Gasendo no reconoce en el caso alguna Antipatía; sí sólo, que los efluvios de los Cochinos muertos, adherentes al cuerpo, y ropa de aquel hombre, comunicados por el olfato a los vivos, los conturbaron, y ofendieron. Confirma este modo de filosofar lo que yo ví, estando huesped en nuestro Colegio de Santa María de Obona, dentro de este Principado. Un Lobo en un Prado vecino al Colegio había muerto de noche una Ternera. El día siguiente al anochecer, trayendo a recoger un rebaño Vacuno por el mismo sitio, donde había sido muerta la Ternera, aunque no había quedado allí parte alguna del cadáver, al llegar al sitio, todos los Bueyes, y Vacas se detuvieron un rato, bramando, como que testificaban, o su dolor, o su ira. Efecto sin duda de los corpúsculos remanentes en la tierra, o que exhalaba la sangre allí vertida. [60]

2. Al mismo principio se debe atribuir lo que testifica el Marqués de San Aubin. En París unos hombres pobres, y viles, que viven de buscar trapos por las calles, cogen también los perros que pueden para desollarlos, y aprovecharse de su pellejo. Dice, pues, el Autor, que algunas veces se ve, que al pasar por la calle algunos de estos Traperos, salen de las casas de la vecindad todos los perros a ladrar contra él. Esto mismo han observado algunos en Madrid}.

§. VII

30. En cuanto a los movimientos de los corpúsculos, no omitiremos aquí una cosa bien admirable. Y es, que algunos una vez puestos en agitación, o en el aire, o en la agua, o en otro líquido, espontáneamente se componen en alguna particular figura, como el sal común en cubos, el nitro en columnas hexágonas; los sales sacados de las plantas, cada uno se configura en modo determinado, el cristal se congela en prismas de seis ángulos. El que llaman los Químicos árbol Filosófico, o árbol de Diana, es fenómeno muy especial en esta materia. Dimos noticia de él, y del modo de su formación en el segundo Tomo, Discurso 4, núm. 43, y así es ocioso repetirla aquí.

31. Pero lo más prodigioso que hay en este particular es la que llaman palingenesia, o resurrección aparente de animales, y vegetables. Dicen algunos Autores que las cenizas de algunas plantas echadas en agua, que se ponga a helar una noche de Invierno, parecen por la mañana formadas en la figura de la misma planta de quien se hicieron las cenizas. Otros dicen, que esta nueva fábrica resulta, echando en la agua los sales extraídos de las cenizas. Jacobo Gaffarelo, citado por el Abad de Vallemont, en su libro de Curiosidades inauditas, refiere de un Médico Polaco, que conservaba en varias vasijas de vidrio separadas las cenizas de muchas plantas, y que cuando quería mostrar la figura de alguna flor, pongo por ejemplo de la rosa, poniendo al fuego de una candela la vasija, donde guardaba las cenizas del rosal, se veía que agitándose la ceniza, se iba formando como una [61] obscura nubecilla, la cual, después de un leve movimiento, representaba una rosa tan bella, tan fresca, y tan perfecta, que parecía se podía palpar, no siendo verdaderamente más que una imagen de la rosa. No sólo el Autor referido, mas también el Padre Gaspar Schotti en el Apendix de la segunda parte de la Física curiosa, cap. 2 cuenta, que Mr. de Claves, célebre Quimista Francés, formaba perfectamente con el mismo arte las figuras de los pájaros, que había reducido a cenizas. ¡Raro arte, que en un vil gorrión ostentaba a la vista el no creído milagro del Fénix! Gaffarello tiró tan larga consecuencia de estas apariciones, que al mismo principio natural, de donde dependen éstas, quiso atribuir las de los difuntos en los cementerios, y en los campos donde se dieron batallas.

32. Yo no saldré por fiador de alguna de estas experiencias; y especialmente sabiendo que el famosísimo Físico experimental Roberto Boyle dice que en varias pruebas que hizo, nunca logró ver el diseño de la planta, con cuyas cenizas, o sales había hecho el experimento; y así atribuye la aseveración de los Autores que atestiguan este natural prodigio, a que le vieron más con la imaginación que con los ojos: Et sane magnopere vereor, ne qui se huiusmodi plantarum simulacra in glacie vidisse profitentur, imaginationem non minus, quam oculos, ad hoc spectaculum adhibuerint {(a) In Tentamin. Physiolog.}. Con este testimonio parece que va por tierra la palingenesia de las plantas. Sin embargo el mismo Boyle la restablece en alguna manera con otro experimento suyo: porque habiendo disuelto en agua una porción de orín de cobre (el cual dice contiene muchas partículas salinas de las uvas coaguladas en el cobre que se royó con ellas), congelando el agua con nieve, y sal, vio con admiración formadas en imagen perfectamente las vides. Por si acaso yo yerro algo en la traducción, pondré sus mismas palabras: Enim vero nos ipsi, cum non ita pridem optime aeruginis (quae salinas uvarum particulas in [62] cuprum ab ipsis corrosum coagulatas copiose continet) solutionem pulcherrime virescentem sale, & nive congelassemus, figuras in glacie minusculas, vitis speciem eximie referentes, non sine aliqua admiratione conspeximus.

33. No es tiempo ahora de decir si es causa extrínseca, o virtud congénita la que, así en los sales disueltos, como en los efluvios disipados, los dirige el movimiento de los corpúsculos, para ordenarse en esta, o en aquella figura; pero se puede asegurar que la configuración de ellos hace mucho, así en este, como en otros muchos efectos que se atribuyen a Simpatía, y Antipatía. La razón es, porque de su figura depende el ser admitidos de los poros de algunos cuerpos, y no de los otros, según que las cavidades de los poros son, o no son proporcionadas a la magnitud, y figura de los corpúsculos. Por esto se observa en muchos cuerpos el fácil regreso de los efluvios mismos que se desprendieron de ellos; y es, que las cavidades de donde salieron son ajustadas a su tamaño, y figura. Así el vitriolo despojado de todo el espíritu, puesto a cielo descubierto, vuelve a recobrarle, no por alguna virtud atractiva, sí porque las partículas acidísimas, que vagan por el aire, al entrar por los poros del vitriolo paran en ellos, porque les vienen ajustados. Así la tierra lavada de todo el nitro que tenía, de nuevo se embebe de nitro, entrándose en sus poros las partículas de este sal, que nunca faltan en el ambiente. Así cualquier licor que se ha extraído químicamente de algún cuerpo, facilísimamente se embebe en el mismo cuerpo de donde salió; lo que no hace, ni con tanta facilidad, ni con tanta intimidad cualquier otro licor.

34. De los cuerpos forasteros a los efluvios, unos tienen los poros acomodados a ellos, otros no. De aquí es, que unos cuerpos reciben fácilmente algunos olores, y otros no. Las heces de vino desecadas, expuestas al ambiente en tiempo de rosas, embeben admirablemente su fragancia, de modo que hay Autor que dice haber experimentado que después todos los años la manifiestan al [63] tiempo que los rosales florecen. De aquí es, que el sal, por más que se deseque puesto al aire, fácilmente embebe la humedad que encuentra en él. Al contrario por la incongruidad de poros, con las partículas del agua, las plumas de las Anades, por mucho tiempo que estén metidas en ella, jamás se humedecen.

35. En los mismos efluvios de varios cuerpos comparados unos con otros se debe discurrir del mismo modo. Esto es, que algunos se unen fácilmente por la congruidad respectiva de las figuras de los corpúsculos, de que constan; otros por la incongruidad de ellas jamás se unen: y éste es también un principio bastantemente fecundo para dar razón de varios fenómenos admirables.

§. VIII

36. Pero no todos los efectos que vulgarmente se atribuyen a Simpatías, y Antipatías, dependen de los efluvios señalados: hay muchos que tienen diferente origen.

37. Aquella inclinación, o aversión conque anteriormente al trato, y experiencia se miran a veces unos hombres a otros, aunque comúnmente se pone en el orden de Simpatía, y Antipatía, por considerarse su principio oculto, le tiene muy manifiesto. Llega un hombre donde están jugando otros, a quienes nunca había visto, y luego desea que gane éste más que aquél. Si le preguntan por qué se inclina más a éste, dice que no sabe por qué. Pero el decir que no sabe el motivo, es mera falta de reflexión. Reflejamente le ignora, directamente le sabe. Son muchas las cosas, que por estar colocadas en la superficie de los individuos, en brevísimo tiempo, o casi instantáneamente se perciben, y sin más dilación nos agradan, o desagradan. Así como, antes de registrar los fondos de los sujetos, una presencia venerable nos infunde veneración, y la contemptible desprecio, sin que haya aquí nada de Simpatía, ni Antipatía; del mismo modo para la inclinación, o aversión hay unos conciliativos extrínsecos, [64] que luego dan golpe, y ganan la voluntad por el conducto del entendimiento, aun antes que use de reflexiones el discurso. Un gesto agradable, un modo de mirar dulce, y vivo, un despejo noble en el movimiento, la articulación, y el metal de la voz que cuadran al oído, otras mil cosas que están en los hombres a primeras cartas, en un momento pasan por el conducto de los sentidos al entendimiento, el cual aprobándolas por buenas, y apreciables, aunque sin hacer reflexión en qué las aprueba, se las hace abrazar a la voluntad. Del mismo modo agrada de golpe un sitio delicioso, un edificio bien dispuesto, antes de examinar reflejamente la proporción de sus partes, y aun a quien no es capaz de examinarla.

38. Sólo, pues, las especies representativas que entran por los sentidos, y estampan en el entendimiento imágenes agradables, producen en la alma estas súbditas inclinaciones; o los contrarios afectos, si son desagradables las imágenes. Lo cual se evidencia lo primero, de que si uno llegase con los ojos, y oídos cerrados adonde estuviese un millar de hombres, no sentiría en sí inclinación, ni aversión, respecto de alguno de ellos, aun tomado vagamente, y sin designarle. Lo otro, de que hay sujetos que tienen este pronto atractivo, casi generalmente para todos, o a lo menos para muchísimos de índoles, y complexiones entre sí muy diferentes.

§. IX

39. Tanto en las substancias sensibles, como en las insensibles, muchos efectos que se atribuyen a Simpatía, ni dependen de esta imaginaria concordia, ni de alguna acción, o influjo, ni físico, ni objetivo, que haya de uno a otro cuerpo, sí de alguna causa común que obra al mismo tiempo en uno, y otro, por concurrir las mismas disposiciones en entrambos. Explicaréme con un ejemplo palpable. Dos relojes bien regulados dan a un mismo tiempo las horas. Nadie por eso dirá que esto proviene de alguna correspondencia simpática, sí sólo de que teniendo entrambos la misma disposición maquinal, el [65] peso, o el muelle, que es causa común a uno, y otros, los determina del mismo modo, y por los mismos periodos al movimiento.

{(a) 1. A la misma causa también que explicamos en este número, es justo reducir lo que el citado Marqués de San Aubin refiere de los dos hermanos gemelos Nicolás, y Claudio de Rousi, que sobre ser extremamente parecidos en el exterior, lo eran igualmente en todas sus inclinaciones, y padecían las mismas enfermedades. Esto tiene poco misterio. A la misma disposición orgánica, y humoral, junta con la misma educación, se siguen las mismas inclinaciones; y este complejo infiere también las mismas enfermedades. Pero lo que añade que recibieron las mismas heridas, o es fabuloso, o fue mera casualidad; pues aunque admitiésemos la más rígida Simpatía, es evidente que no pudo influir en las acciones de los que los hirieron, y mucho menos determinarlos a herir en tal, o tal parte.

2. Asímismo se debe reputar, o fábula, o casualidad, lo que más abajo cuenta el mismo Autor del Presidente de Bauquemar, semejantísimo en todo a un hermano militar que tenía, que cuando éste fue muerto en el Ejército, en el mismo momento sintió el Presidente ser herido en la misma parte donde lo había sido su hermano, y que murió pocos días después.

3. En el segundo tomo de las Memorias Eruditas se refiere, como ejemplar innegable de rigurosa Simpatía, el que una mujer, cuando su marido fuera de casa, instado de los que le convidaban, se embriagaba, y vomitaba (según la relación, siempre, o comúnmente se seguía a la embriaguez el vómito), a su mujer se le alteraba el estómago, y también vomitaba. Pero yo hallo facilísimo explicar esto sin recurrir a quiméricas Simpatías. La mujer sabía sin duda esta fragilidad habitual de su marido, porque según la relación, esto le sucedía siempre que se ausentaba de casa para tratar algún negocio, o iba a visitar algún amigo, o algún lugar de recreo en donde le convidaban a beber. Sabiendo esto la mujer, y siendo delicada, y aprehensiva, cuando sucedía una de estas ausencias de su marido, quien verisímilmente le diría voy a tal cosa, o a la casa de fulano, o citano, al llegar la hora en que discurría que en su marido hubiese hecho el vino el efecto ordinario, la consideración del vómito la ocasionaba un grande asco, a que se seguía vomitar ella también. Es verdad que en la relación se dice, que ella no sabía nada de lo que sucedía al marido. Mas a esto repongo, que aunque no lo supiese con total certeza, de la misma relación se infiere que lo conjeturaba con mucha verisimilitud; y esto bastaba para el asco, y [66] para el vómito. Si se quiere apretar más el caso, poniéndole en términos en que no pudiese pender el vómito de la mujer de su aprehensión, responderé, que los que se empeñan en preconizar una cosa admirable, cuando ven que se les desvanece el prodigio, reduciendo el efecto a una causa regular, añaden al hecho circunstancias conque mantenerle.

4. Es muy oportuno para desengañar a los que están encaprichados de las Antipatías de algunas especies de brutos, lo que me escribió Don Joseph Antonio Guirior, natural de la Villa de Aoiz en Navarra, de haber visto a una Perra alimentar diariamente con su leche a unos Gaticos; y me confirmó después ampliamente el Padre Maestro Fr. Manuel de las Heras, de mi Religión, que residía entonces en aquel Reino, con ocasión de haberle tocado yo lo que aquel Caballero me había escrito. Pondré aquí las palabras de su Carta pertenecientes al asunto. Lo de criar, dice, una Gata a un Perro, y una Perra a un Gato, es tan común por aquí, que un muchacho que me sirve, dice haber visto andar por las calles de su lugar (Mendavia) un Gato tras de una Perra que le criaba; y en los barrios de Hirache (residía en este Colegio dicho Padre Maestro) vimos una Gata dar leche a un Perro. En nuestro Monasterio de San Martín de Madrid está reciente un ejemplar semejante.}

40. Por este principio se puede dar razón clara de varios efectos que se imaginan simpáticos. El vino hierve en las vasijas al tiempo mismo que brotan, y florecen las cepas que le fructificaron; no por Simpatía, como dicen unos: tampoco porque de las vides partan sutiles efluvios a fermentar el vino en las bodegas, como piensan otros: sino porque los espíritus del vino, y los contenidos en las vides, en caso que no sean del todo semejantes, por lo menos son análogos, o con cierta proporción de la misma temperie; por tanto guardan los mismos periodos en sus fermentaciones, que son excitadas por las mismas causas, en atención a concurrir en unos, y otros semejantes disposiciones. Ni tiene esto más misterio que el que dos árboles frutales de la misma especie, colocados en lugares remotísimos, al mismo tiempo florezcan, y fructifiquen. Verdaderamente ¿quién creerá que el vino guardado en Inglaterra, donde no hay viñas, hierve, porque de Francia, España, o el [67] Rhin parten en posta por el aire a buscarle los corpúsculos que se exhalan de las vides de estas regiones?

41. La carne de Ciervo acecinada fermenta sensiblemente, y a veces se corrompe en aquel tiempo en que los Ciervos se sienten incitados al comercio de los dos sexos; no porque de los Ciervos que discurren por los montes, vengan espíritus, o corpúsculos a fermentar en las despensas, sí porque la carne viva, y la muerta tienen aquella semejanza en la temperie que basta para fermentar, aunque de diverso modo, al mismo tiempo.

42. Lo que refiere Bartolino de que habiéndose guardado un pedazo de cutis, quitado de la cabeza de un hombre con ocasión de una herida, los pelos radicados en aquel trozo de cutis se emblanquecieron al mismo tiempo que se encaneció el hombre, a quien se había quitado; no necesita de otra explicación, y causa que la expresada.

§. X

43. Por la misma regla de proceder dos efectos de una misma causa, se explica el célebre fenómeno de dos cuerdas, que templadas en unisonus, hiriendo sola una, suenan entrambas. No creen algunos esta experiencia, y de hecho no se logra del modo que comúnmente se compone; esto es, en dos cítaras distintas. Para que suceda se ejecuta de este modo. Puestas en una cítara las cuerdas, y templadas la primera, y última en unisonus, dejando las intermedias en cualquier otro punto, si una de las dos extremas se hiere con vehemencia, suena la otra que está en el mismo punto, callando las intermedias, aunque más inmediatas. El Jesuita Dechales, Autor fidedigno, y exacto en el más alto grado (a quien seguimos en la noticia, y seguiremos en la explicación física de este efecto), dice que habiendo hecho muchas veces la prueba, jamás le falseó; pero advierte, que el instrumento sea grande. Las experiencias que él hizo fueron en el violón bajo que los Franceses llaman Base de viole. Y tan cierto estaba del suceso, [68] que cerrados los oídos, sabía por los ojos cuándo las cuerdas se ponían en unisonus, observando el temblor que resultaba en una cuerda, al herir la otra.

44. Digo que en este caso el movimiento, y por consiguiente el sonido de las dos cuerdas, proviene del mismo impulso: porque la misma mano que mueve inmediatamente la una, moviendo con ella el aire intermedio en continuación hasta la otra cuerda, mueve mediatamente ésta. La dificultad que luego ocurre es, ¿cómo no mueve, y hace sonar las otras cuerdas que están más próximas? Para inteligencia de la respuesta se advierte, que en las cuerdas unísonas son iguales en cuanto a la duración las vibraciones, y desiguales en las que no son unísonas. Lo que sucede, pues, en las no unísonas es, que aunque impelida la una con la primera vibración que tiene, comunica por medio del aire el mismo movimiento vibratorio a la otra, al ejecutar la segunda vibración, en vez de promover el ímpetu que produjo en la primera, le destruye encontrándose con el movimiento vibratorio de la otra, por no arreglarse la duración de las vibraciones de la segunda a las de la primera. De este modo se aquieta la segunda antes de producir sonido sensible, o se mueve poquísimo, y sin aquella alternación vibratoria que es necesaria para el sonido. Pero en las unísonas, como al acabar cada vibración la primera cuerda, acaba también la suya la segunda, el ímpetu de la vibración siguiente se comunica por el mismo orden, por no encontrarse el movimiento de la una con el de la otra, y así se continúan con regularidad las vibraciones en la segunda cuerda, hasta producir sonido sensible.

45. Hácese esto palpable en una péndula incitada con repetidos impulsos levísimos al movimiento; en la cual, si cada impulso se repite precisamente al punto de acabar la péndula la primera vibración, se irá aumentando sucesivamente el movimiento hasta hacerse sensible, o bastantemente vehemente, y juntamente regular en la duración de las vibraciones. Pero si repite el impulso [69] antes de acabarse la vibración antecedente, o sin observar la duración de las vibraciones, en vez de aumentarse el ímpetu antecedente, se destruirá; y así el movimiento que se continuare en la péndula, sobre ser irregular, será levísimo. Quien quisiere esta materia más difusamente tratada, y disueltas algunas objeciones, vea el Autor citado en su Tratado de Música, prop. 2, o al Padre Tosca que le copió, lib. 1 de Música, todo el capítulo primero, especialmente en la proposición última.

§. XI

46. Concluyo el Discurso de Simpatías, y Antipatías, advirtiendo que en esta materia se hallan muchas fábulas en los Autores naturalistas, por haber sido éstos nimiamente crédulos a hombres de poca fe en la testificación de las experiencias. No sólo en Plinio, Solino, Eliano, y otros semejantes se halla esta tacha, mas aun en Aristóteles la reprehende severamente el Padre Kirquer {(a) In Museo Colleg. Rom. part. 2, cap. 8.}.

47. En el Discurso sobre la Historia Natural descubrimos la falsedad de algunas Simpatías, omitiendo muchas más, cuya noticia no es tan vulgarizada, por ser nuestro principal intento proceder contra errores comunes: mas si en materia de Antipatías se ha mentido mucho, mucho más, y con mayor extravagancia en materia de Simpatías. Aquí es donde la ficción de algunos siguió hasta el último término el vuelo de su imaginación.

48. ¡Qué decantados fueron los polvos Simpáticos, que echándolos en la venda conque se había ceñido la parte herida, a cualquiera distancia curaban la llaga, o restañaban la sangre, o quitaban el dolor, aun cuando la venda estuviese en Madrid, y el herido en Roma! Todo lo que se ha hallado en ellos, es, que hacen algún leve efecto, estando la herida, y la venda dentro del mismo cuarto, o a muy breve distancia. [70]

49. ¿Y qué diremos de otras portentosas Simpatías artificiales, inventadas para lisonjear la imaginación de hombres inocentes? Tal es la de los Sellos planetarios, que embeben las virtudes de los Astros, para obrar singularísimos prodigios. Tal la del espejo de Enrico Cornelio Agripa, en el cual, si se escribían algunos caracteres con sangre se leían los mismos en el cuerpo de la Luna; y de este modo por la Estafeta del Cielo podía un hombre desde España despachar brevísimamente una carta a otro que estuviese en la China. Tal la de la Lámpara de la Vida, y la Muerte de Ernesto Burgravio, llamada así porque se fabricaba con tal simbolización a algún hombre determinado, que a cualquier distancia se podían saber por ella la salud, las dolencias, los gustos, los pesares, la vida, y la muerte del sujeto a quien era respectiva, observando los varios movimientos, color, intensión, y remisión de la luz, hasta su total extensión.

50. Senerto da noticia de esta admirable lámpara, aunque no de su formación. Juan Cristófono Wagenseil (de cuyo escrito se da larga noticia en el Tomo undécimo de la República de las Letras) dice que logró copia de un bello manuscrito de una Biblioteca de España, donde halló secretos grandes de Paracelso, Agripa, y otros, y entre ellos el de dicha lámpara. Pondré el extracto de la receta sacada de dicho Autor, cual se halla en el citado Tomo de la República de las letras, para que tengan de qué reír un poco mis lectores. Sácase Pedro, v.gr. un poco de sangre en determinado día: esta sangre químicamente preparada, da lo primero una agua roja, de la cual se pueden hacer filtros, conque Pedro se hará amar furiosamente de todo género de personas, y sujetará a su obediencia todos los brutos. Lo segundo se extrae un aceite, el cual sirve de combustible a la lámpara dicha; y en virtud de él se logran los efectos Simpáticos, que ya hemos expresado: este aceite conduce también para el mismo efecto del espejo de Agripa, porque ungiéndose con él recíprocamente las manos dos amigos, aunque después [71] estén distantísimos, todo lo que escribiere el uno en la mano ungida, al momento se verá escrito en la mano del otro. Hasta aquí pueden llegar los sueños de quiméricas Simpatías.

51. Sobre el mismo ruinoso fundamento estriba otro secreto dirigido al mismo fin, propuesto por Eschuvendero en su Steganografía aumentada, el cual es del tenor siguiente: Pedro, y Juan, amigos, se hacen cada uno una pequeña herida en cualquiera parte del cuerpo; y después de enjugarla exactamente de la propia sangre, recíprocamente destila cada uno algunas gotas de su sangre (que picando con un alfiler sacará de un dedo) en la herida del otro, y luego se cubrirá la llaga con algún emplasto. Lo que de esta diligencia resulta (el Autor es quien lo dice) es, que por distantes que después estén los dos, siempre que se picare en el sitio donde tuvo el uno la herida, siente el otro la picadura en el sitio de la suya. Por este medio se pueden comunicar varias noticias, habiéndose convenido primero en que según el número distinto de las picaduras, se signifiquen varias cosas a su arbitrio, y aun si quieren, todas las letras del Alfabeto, para que no haya noticia, o especie que no pueda comunicarse; pues aunque este último método sea muy prolijo, la importancia de la materia puede compensar ventajosamente el trabajo. ¡Oh qué patrañas inventan algunos hombres, fiados en que hay en el mundo muchos simples!

 

{Benito Jerónimo Feijoo, Teatro crítico universal, tomo tercero (1729). Texto tomado de la edición de Madrid 1777 (por Pantaleón Aznar, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo tercero (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 43-71.}


www.filosofia.org Proyecto Filosofía en español
© 1998 www.filosofia.org
Biblioteca Feijoniana Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764)
Teatro crítico universal (1726-1740)