Obras de Feijoo Teatro crítico universal Tomo segundo

Benito Jerónimo Feijoo • Teatro crítico universal • Tomo segundo • Discurso décimo

Días críticos

Habiendo en el primer tomo impugnado los Años Climatéricos,
impugnaré ahora los días Críticos, que son correlativos suyos.

§. I

1. Es la Crise (de donde se denominan los días Críticos, que por otro nombre llaman Decretorios) una súbita mutación en la enfermedad, o para la salud, o para la muerte. Así la definen los Médicos, los cuales también asientan que no en todas las enfermedades hay estas súbitas mutaciones; pues algunas veces estos dos enemigos, naturaleza y enfermedad, lentamente, sin llegar a lance decisivo de campo a campo, se van consumiendo las fuerzas, ya la enfermedad a la naturaleza, ya la naturaleza a la enfermedad; pero en las enfermedades donde hay Crises, quieren que estas estén consignadas a los días septenarios. Así lo decretó Hipócrates, acaso no como soberano, sino como subalterno de Pitágoras, que fue el primer autor de la supersticiosa observación de los números, tan valida entre los antiguos Gentiles, que sujetaron a su virtud, no sólo los movimientos de las cosas inferiores, más aún las operaciones de sus Deidades: Numero Deus impare gaudet.

2. El fallo de Hipócrates arrastró el común consentimiento de los Médicos, los cuales nunca faltan a decir, que hallan constantemente conforme la experiencia a cuanto dictó aquel grande Oráculo suyo. Esto es en tanto grado, que niegan la fe a los experimentos, cuanto pueden, en todo aquello que no leyeron en Hipócrates: pero en [231] llegando a ser la experiencia tan palpable, que los obliga al asenso, ya dicen que hallan en Hipócrates aquello mismo que antes no querían creer, porque Hipócrates no lo decía. ¡Qué contradicciones no padeció Harvéo para establecer el dogma de la circulación de la sangre! Llevaba muy mal toda la familia médica que aquel inglés descubriese lo que se había ocultado a los ojos linces de su adorado viejo. Llega el caso de no poder resistir la evidencia de los experimentos; y veis aquí que mudando de idioma, dicen ya que en Hipócrates hallan escrita la circulación de la sangre, dando un sentido forzado para este efecto a ciertas palabras muy confusas de Hipócrates.

3. Yo confesaré de muy buena gana que Hipócrates fue un gran hombre, como los médicos en canje me confiesen que fue hombre. Y como me concedan esto, aunque sea con la protesta de no perjudicar al epíteto que le dan de Divino, pretenderé yo con justicia que nada se debe creer sólo porque Hipócrates lo dijo. No le desengañó a Hipócrates su grande entendimiento del torpe error de la pluralidad de Dioses. No niego que pudo ser en esto topo, y en otras cosas lince; pero no se puede creer que en todo lo demás fue lince quien en esto fue topo.

§. II

4. En efecto, sea lo que fuere de la autoridad de Hipócrates, digo que la asignación de días Críticos a los septenarios no se funda, ni en razón, ni en experiencia. En cuanto a lo primero, no pienso que me haya de contradecir Médico alguno; siendo cierto que en cuantos períodos observa la naturaleza, están aún debajo de su llave las causas. Creémoslos porque los vemos; pero ningún Filósofo fue capaz de anticipar el conocimiento a la experiencia con el raciocinio. Aún después de vistos los efectos, se anda tan a tientas en el examen de las causas, que nadie sin temeridad puede lisonjearse de haber acertado con ellas. ¿Quién hasta ahora ha descubierto por qué el mar en su flujo y reflujo sigue los movimientos de la [232] Luna: por qué las fiebres intermitentes recurren en determinados días; y asimismo todas las demás alteraciones periódicas? La variedad de sentencias muestra que aún no se descubrió la verdad. Si se trajese la semilla de alguna planta extranjera, y no conocida en Europa, yo desafiaría a todos los Físicos de estos Reinos, sobre que por más análisis que hiciesen de ella, no averiguarían en que tiempo del año florecería, y daría fruto. Y qué mucho, si hasta ahora nadie sabe por qué fructifican en la Primavera los guindos, y en el Estío, ú Otoño las cepas.

5. De modo, que aunque fuese verdadero el progreso de los días Críticos por septenarios, nadie antes de ver el efecto podría colegirle por el raciocinio. Después que el efecto se dio por supuesto, se fue a buscar su causa en la Luna. Pero ¿quién averiguaría antes (aún cuando pudiese penetrar que la Luna había de influir en esto) que las crises habían de corresponder, no al mes lunar sinódico, que es de 29 días, doce horas, y 44 minutos: ni al de iluminación, que es de 26 días con corta diferencia; sino al periódico, que es de 27 días, 7 horas, y 43 minutos? Dejando aparte el mes Medicinal, que sin consentimiento de los Astrónomos fabricó Galeno por su capricho, y que como compuesto de dos de diferente naturaleza, el periódico, y el de iluminación, es más embolismado que el mismo mes embolísmico.

6. Es, pues, constante, que si hay algún fundamento para establecer los septenarios por Críticos, se ha de tomar únicamente de la experiencia; pero yo reclamo contra este fundamento, por más que estriben en él los médicos, como incierto, y mal justificado, contentándome con esto por ahora.

§. III

7. De los antiguos, Asclepiades y Cornelio Celso, ambos médicos de grande experiencia, y fama, contradijeron los días Críticos. De los modernos sólo he visto declarados contra ellos a Lucas Tozzi, y al Doctor Martínez. Pero Juan Jacobo Waldismith dice [233] que hay muchos en estos tiempos que siguen la misma opinión; y lo mismo supones Ballivio (Lib. 2. cap. 12.). Pregunto ahora si todos estos Médicos no tenían ojos como los demás para ver las crises, y en que días caían. Y si los tenían, ¿cómo la experiencia no les mostró los septenarios destinados para ellas? Sin duda que es la experiencia dudosa, cuando la vemos afirmada por unos, y negada por otros; y sobre experiencia dudosa no puede firmarse máxima cierta.

8. Diráseme acaso, que en el examen de cuestiones de hechos debemos estar a la deposición del mayor número de testigos, y son sin duda muchos más los que testifican la experiencia de los días Críticos. Respondo, que se debe estar por el mayor número de testigos, como sean imparciales; pero los que se alegan por los días Críticos, todos, o casi todos son parciales, como declarados, y ardientes sectarios de Hipócrates, autor de esta doctrina. Estos tienen el interés de defender a Hipócrates; los otros sólo el motivo de patrocinar la verdad.

9. Es raro el dominio que tiene Hipócrates, no sólo en los entendimientos, más aún en los sentidos de sus secuaces. No ven, ni palpan, sino lo que leyeron en Hipócrates. Un experimento solo que hallen conforme a sus máximas, abulta en su estimación por mil experimentos; y mil experimentos contra ellas no suponen por uno. Sucedióme en alguna ocasión concurrir en el cuarto de un enfermo con un Médico, el cual a vista de un vómito que le sobrevino al enfermo, le pronosticó pronta mejoría, fundado en un aforismo de Hipócrates en propios términos. Yo, que ya en otras ocasiones semejantes había observado falsificarse el aforismo de Hipócrates, afirme que sucedería todo lo contrario, y que bien lejos de mejorar prontamente, se exacerbaría más por algunos días la indisposición que padecía, aunque sin riesgo en la vida. Sucedió puntualmente lo que yo dije. Pero (¡cosa notable!) siendo el suceso constante, y siendo el médico hombre veraz, sabio y virtuoso, nunca fue posible [234] recabar de él una confesión clara del hecho, que él mismo había palpado, aún testificándole en presencia suya el enfermo, y los asistentes. Tan cierto es, que los finos hipocráticos más creen a Hipócrates que a sus propios ojos. Podría referir en confirmación de esto otros casos. El enfermo (que le nombro por si alguno quiere informarse con más individuación) fue el Padre Fr. Manuel de Cevallos, Prior entonces, y hoy Predicador mayor de este Colegio.

§. IV

10. Paso adelante. Los experimentos mismos que alegan los autores que están a favor de los días Críticos, muestran ser incierta la pretendida experiencia. Para lo cual es de saber que para señalar los septenarios, no todos los Médicos empiezan a contar de una misma manera. Unos cuentan desde el primer asomo de la enfermedad: otros desde aquel tiempo que la lesión de las acciones es bien sensible, o manifiestamente perceptible la fiebre: otros desde aquel en que el enfermo, no pudiendo resistir en pie la dolencia, se rinde a la cama. Y pasando muchas veces en estos tres estados algunos días, es claro que el día que para un médico es séptimo, para otro es octavo, para otro nono, para otro décimo. De lo cual se infiere evidentemente que nos engañan, o se engañan muchos de los que aseguran que experimentan Críticos los septenarios; pues en este sistema envuelve implicación manifiesta que haya cuatro días consecutivos todos Críticos.

11. Pero lo que verdaderamente sucede en esto es, que al ver la crise, cada Médico prescinde de su opinión propia, o hace otra cuenta distinta de la que hizo al principio, para hacer que la crise caiga en el septenario, si según la primera cuenta no cae. Entonces se figura, o que la relación del enfermo no fue exacta, o él no observó las señas con toda diligencia; y así la enfermedad para la cuenta de los días Críticos empezó antes, o después del tiempo observado; o en fin, cuando no haya otro recurso, se [235] atiende a la opinión de los que cuentan de otro modo. De esta suerte siempre Hipócrates, y Pitágoras se salen con la suya.

12. ¿Más qué diremos de los muchos enfermos que en las epidemias de Hipócrates se halla haber tenido sus crises en todo número de días, primero, segundo, tercero cuarto, &c.? Este es un terrible aprieto; porque decir que Hipócrates no contó bien, sería punto menos que blasfemia. Tampoco puede atribuirse a irregularidad, porque los casos irregulares no suceden con tanta frecuencia.

§. V

13. Ni los médicos hipocráticos van consiguientes en sus máximas: antes en la designación de los días Críticos destruyen la misma regla fundamental que establecen para su cómputo: lo que (si el amor propio no me engaña) probaré con evidencia matemática.

14. Para lo cual es de advertir lo primero, que señalan por días Críticos el séptimo, catorceno, veinte, o veinte y uno, veinte y siete, treinta y cuatro, y cuarenta. En los dos primeros, y tres últimos no hay discordia entre los médicos. En el tercero hay alguna ocasionada de algunos textos opuestos de Hipócrates, pues de unos se colige que es Crítico el día veinte, y de otros, que lo es el veinte y uno. Mas esta controversia ya se concilia con bastante apariencia; porque según el cómputo que se hace por el mes lunar (de que hablaremos luego), el día último de la tercera semana coge doce horas del día veinte, y otras tantas del veinte y uno; por lo cual no hay más razón para tener a uno por Crítico que a otro.

15. Es de advertir lo segundo, que además de los días Críticos, señalan otros, que llaman índices, porque apuntan, o significan lo que ha de suceder en los decretorios, cada uno respectivamente al inmediato que le sucede. Estos son los días cuartos de cada semana lunar; conviene a saber, el cuarto de la enfermedad, y el undécimo, y decimoséptimo. [236]

16. En tercer lugar (lo que ya se apuntó arriba) se ha de advertir que arreglan los médicos la serie de los días Críticos al curso de la Luna en el Zodiaco, o mes periódico, el cual no es otra cosa que aquel espacio de tiempo que la Luna, partiendo de un punto del Zodiaco, tarda en volver al mismo punto, y comprende 27 días, 7 horas, 43 minutos primeros y 7 segundos. Pero despreciando minucias, que hacen embarazosa la cuenta, y su omisión no induce error sensible, podremos suponer el mes periódico de 27 días y 8 horas justas, y así le suponen los médicos.

17. Dividiendo, pues, el mes periódico en cuatro semanas, de las cuales cada una tiene no siete días cabales, sino seis días y veinte horas, dicen que el cuarto de cada semana es índice, y el séptimo decretorio. Ésta es su doctrina; porque no pudieron ajustar con la Luna que gobernase la serie de las crises sino por este método.

18. Y supuesta esta doctrina, digo que yerran miserablemente la cuenta en cuanto a dos días, uno índice y otro Crítico. El índice es el decimoséptimo, y el Crítico el cuadragésimo. En lugar del primero debieran señalar el decimoctavo, y en lugar del segundo el cuarenta y uno.

19. La razón de lo primero es, porque dando a cada semana lunar seis días y veinte horas, el cuarto de la tercera semana coge mayor porción del día decimoctavo de la enfermedad, que del decimoséptimo; conviene a saber, de aquel catorce horas con corta diferencia, y de este no más que diez, como sacará con evidencia cualquiera que se ponga a hacer la cuenta, que yo no quiero ponerla aquí, y gastar tiempo y papel en ella, por ser tan fácil. Luego por la máxima de que la mayor parte trae a sí la menor, la cual siguen los médicos en los demás días índice y decretorios, exceptuando los dos señalados, debieran dar el atributo de índice no al decimoséptimo, sino al decimoctavo, pues este es verdaderamente el cuarto de la tercera semana.

20. Consiguientemente a esto es falso también lo que [237] dicen los Médicos para establecer por cuarto de la tercera semana al decimoséptimo; esto es, que el catorceno es día último de la segunda semana lunar, y primero de la tercera. La primera prerrogativa le toca legítimamente; pero no la segunda. La razón es, porque según la cantidad expresada de las semanas lunares, el día último de la segunda semana coge ocho horas del día trece de enfermedad, y dieciséis del catorce; y así este por coger la mayor porción del día último de la segunda semana, debe tomar esta denominación. Pero por la misma razón debe denominarse primero de la tercera semana el decimoquinto; pues coge dieciséis horas de ella, no tocándole al catorceno más de ocho.

21. Aún es mayor el error en el cuadragésimo que en el decimoséptimo; porque al cuadragésimo no le tocan más de ocho horas del séptimo día de la segunda semana del segundo mes lunar, quedándole diecyséis al cuarenta y uno. Luego éste debiera ser atendido por Crítico, y no aquel. Lo que de aquí se colige es, que este negocio de los días Críticos va a tientas; y que por más que hagan los médicos, no pueden ajustar a Hipócrates con la Luna.

22. Yo sospecho con gran fundamento que Galeno previó esta dificultad, y por eso ideó un mes lunar a su modo, que llamó medicinal, juntando la suma del mes periódico al de iluminación, y partiendo después por medio la suma total, de suerte que la mitad de la suma total hiciese un mes medicinal entero, el cual venía a tener siete días menos dos horas. Hecha de este modo la cuenta, legítimamente salía por índice el decimoséptimo, y por decretorio el cuadragésimo, y además de eso en el día veinte no había el embarazo de haber de partir mitad por mitad su critiquez con el veinte y uno. Pero como ni Galeno para la fábrica de su mes se gobernó por los Astrólogos , ni después de fabricado se gobiernan por él los Médicos, no necesita de más impugnación que advertir la voluntariedad de su cómputo. [238]

§. VI

23. Mas por apurar del todo la materia, me adelanto a probar que no sólo la cuenta que hacen los Médicos es errada, sino que no se puede hacer en este asunto alguna que no lo sea. Quiero decir, que de cualquier modo que se cuenten los septenarios, será falso decir que tocan a los septenarios las crises.

24. Para esto supongo (lo que nadie puede negar) que las mutaciones periódicas que se hacen en cualesquiera líquidos se arreglan, no sólo al influjo de una causa, sino al complejo de todas las que concurren; y no sólo al influjo de las causas, mas también a la naturaleza de los mismos líquidos. Esto se palpa en infinitos ejemplos. Aunque la Luna sea, según la opinión común, causa de la intumescencia de las aguas marinas, y de la del humor nutricio de las plantas, siguen una, y otra intumescencia distintos períodos, pues aquella sucede dos veces al día, y esta una vez cada mes. En el mismo mar hay notable diferencia por razón de las causa parciales que concurren con el influjo de la Luna. Así en Negroponte sucede el flujo y reflujo muchas veces al día, y en muchas partes del Mediterráneo no se observa flujo o reflujo alguno. Aunque los mismos Astros influyan en todas las plantas, no sucede en el mismo tiempo, ni observa los mismos períodos la maduración de sus frutos, porque el jugo es diferente naturaleza; y aún siendo de la misma, la calidad del terreno y accidentes de la Atmósfera inducen bastante variación. Las fermentaciones, tanto naturales como químicas, se hacen a muy diferentes plazos, según la varia cantidad y naturaleza de los líquidos: unas son muy prontas, otras muy lentas. Aún los líquidos de una misma naturaleza específica, sólo por razón de la diferencia individual fermentan más o menos prontamente, como se ve en los vinos.

25. Supuesto esto discurro así. En distintas enfermedades, aún de las agudas, es distinta la calidad, y mixtion de los humores viciosos. En las enfermedades, que se [239] distinguen específicamente, no tiene esto duda. Luego la fermentación de ellos seguirá distintos períodos: por consiguiente no se puede señalar regla general, y uniforme, que determine los plazos de la lucha decisiva entre la enfermedad y la naturaleza; antes en distinta enfermedad será distinto el día del duelo.

26. Donde se ha de advertir (para esforzar más esta dificultad) que la diversidad específica de las enfermedades tiene más latitud que la que comúnmente se piensa; pues muchas, que ostentan gran parentesco en la superficie, esconden mucha oposición en el fondo. Vese esto claro en las fiebres epidémicas, que siendo una la cara, suelen pedir distinta y aún opuesta cura. Así yo creo poder asegurar con razón que en varias clases de enfermedades, aunque los Médicos piensan distinguir el concepto específico, no señalan sino el genérico. ¿Cómo, pues, habiendo tanta distinción en las enfermedades, y por consiguiente en los humores, pueden señalarse a sus fermentaciones y segregaciones unos mismos períodos?

27. Ni aún se puede hacer esto, siendo una misma enfermedad en cuanto a la especies; porque, como ya vimos arriba, la diferencia individual basta para variar el período. Las combinaciones de las partículas heterogéneas de los humores (aún cuando se suponga ser estos específicamente unos mismos) son innumerables, y a proporción son más lentas o aceleradas las fermentaciones, como se ve en las mixtiones químicas, que aún haciéndose con las mismas especies de ingredientes, según que se varía la dosis de este, u de aquel, fermentan más breve o tardamente.

28. Esfuérzase esto con la paridad de las fiebres intermitentes, las cuales, según se distinguen entre sí, tienen sus recursos periódicos en distintos plazos, en que hay tanta variedad como se sabe. Y aún una misma fiebre, en virtud de algunas mutaciones accidentales, sale del compás que había tomado al principio: ya se acelera; ya se retarda; ya la que seguía determinado ritmo se hace errante; [240] ya la que repetía cada día, alterna; ya repite cada día la que alternaba. Es preciso que en los períodos Críticos de las fiebres continuas haya la misma variedad, pues hay el mismo principio; conviene a saber, la distinción, ya sustancial, ya accidental de unas a otras.

§. VII

29. Finalmente (dejando otras muchas cosas) me parece absurda e increíble aquella alteración que los Médicos suponen en la serie de los días Críticos en pasando la enfermedad del cuarenta; en cuyo caso dicen que ya las crises no proceden por septenarios, sino por veintenos, y así son Críticos el sexagésimo, octogésimo, centésimo, y centésimo vigésimo. ¡Raro salto! para el cual es preciso fingir que la Luna, cansada de la superintendencia crítica, la substituye en otro Astro, que hebdomadice de veinte en veinte días; o por lo menos, hecha muy morlona esta guisandera de las fiebres, sólo de tres en tres semanas se digna de bajar a revolver la cazuela de los humores.

30. No omitiré aquí que el grave y elocuente Cornelio Celso, aunque muy venerador de Hipócrates en la parte pronóstica, en cuanto a la asignación de días Críticos le halle destituido de toda razón; y dice, que así él, como otros célebres antiguos, se dejaron arrastrar ciegamente a la supersticiosa observancia de los números, por la autoridad sola de Pitágoras: Adeo apparet quacumque ratione ad numerum respeximus, nibil rationis sub illo quidem Auctore (Hipócrates) reperiri. Verum in his quidem antiquos tunc celebres admodum Pythagorici numeri fefellerunt.

Nota

Con la ocasión de haber citado en este Discurso a Lucas Tozzi, me parece advertir la poca razón conque algún médico en uno de tantos impresos, como en asunto de Medicina parecieron el año pasado, quiso ajar la grande opinión de este insigne hombre. Fue Lucas Tozzi [241] primer Médico del Papa Inocencio XII. Muerto este Pontífice, casi al mismo tiempo fue solicitado por el Colegio Sacro para Médico del Cónclave, y de Carlos Segundo, Rey de España, para que viniese a curarle de la enfermedad, de que muy presto murió. Púsose en camino el Tozzi, aceptando este segundo partido; pero arribando a Milán, le llegó la noticia de la muerte del Rey de España: conque se volvió a Roma, adonde, y en toda Italia fue famoso por su excelencia en la práctica de su arte; y por sus escritos lo será en toda la posteridad. Esto no curará la desabrida índole de algunos Médicos, que en citándoles contra su opinión algún Autor, aunque sea el más insigne del mundo, no se embarazan en decir que es un trastuelo, &c. Pero déjenme siquiera elogiar a los muertos los que llevan tan mal que alabe a los vivos:

Hae sunt invidiae nimirùm, Regule, mores
Praeferat antiquos semper ut illa nobis.

 

{Benito Jerónimo Feijoo, Teatro crítico universal, tomo segundo (1728). Texto tomado de la edición de Madrid 1779 (por D. Joaquín Ibarra, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo segundo (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 230-241.}


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