Obras de Feijoo Teatro crítico universal Tomo segundo

Benito Jerónimo Feijoo • Teatro crítico universal • Tomo segundo • Discurso nono

Antipatía de franceses y españoles

§. I

1. Los Filósofos que no alcanzando las causas físicas de la concordia, o discordia de algunos entes, recurrieron a las voces generales de simpatía, y antipatía, tienen alguna disculpa. Pero los Políticos, que teniendo dentro de su facultad harto visible las causas de la oposición de algunas Naciones, han acudido al mismo asilo, se puede decir que cierran los ojos, no solo a la razón, mas también a la experiencia. Esta ojeriza nace de los daños, que mutuamente se han hecho en varias guerras, y las guerras de las opuestas pretensiones de los Príncipes.

2. Ninguna antipatía más decantada que la de Franceses, y Españoles. Tanto han ocupado los ánimos la persuasión de la congénita discordia de las dos Naciones, que aun cuando dispuso el Cielo que la Augusta Casa de Francia diese Rey a España, muchos pronosticaban que nunca [224] se avendrían bien. De hecho aun después por algunos años experimentamos los funestos efectos de esta aversión. Empero es cierto que no dependía el encuentro de alguna oculta disimbolización de corazones, causada por el arcano influjo de las estrellas; sí solo de que aun estaban recientes las heridas recibidas en la próximas guerras.

Nondum, enim causae irarum, saevique dolores
Exciderant animo

3. Si hubiese alguna oposición antipática entre las dos Naciones, como esta es natural, sería tan antigua como ellas. Bien lejos de eso, su correspondencia en otros tiempos fue tan amigable, que Felipe de Comines dice que no se vio otra tan bien asentada en todas las Provincias de la Cristiandad: Ningunas Provincias (son palabras de este gran Político) entre Cristianos están entre sí trabadas con mayor confederación que Castilla, y Francia, por estar asentada con grandes sacramentos la amistad de Reyes con Reyes, y de Nación con Nación.

4. En efecto no se vio jamás entre Príncipes alianza concebida en tan estrechos términos como la que juraron Carlos V, Rey de Francia, y Enrique II de Castilla, pues no solo se la prometieron de Rey a Rey, y de Reino a Reino, pero aun de Particulares a Particulares; de modo, que en cualquier parte, y ocasión que se hallasen Castellanos, y Franceses, se habían de asistir, y defender recíprocamente como hermanos contra cualquiera que los quisiese injuriar.

5. Algunos quieren que el dominio de los Austriacos haya introducido en España la oposición a los Franceses. Yo consentiré en que la aumentó, mas no en que le dio origen; pues ya antes el Reino de Nápoles había sido la manzana de la discordia entre las dos Naciones. Así juzgo, que considerada esta ojeriza en su primer estado, no la heredaron los Españoles de los Alemanes, sino los Castellanos de los Aragoneses. Entre las Casas de Aragón y Francia se había disputado antes furiosamente la Corona de Nápoles; y Aragón en su unión con Castilla trajo acá [225] el derecho, la guerra, la conquista, y por consiguiente el resentimiento.

§. II

6. He dicho que la introducción de los Austriacos en España aumentó la oposición entre Franceses y Españoles. Ni la de los Austriacos con los Franceses es muy antigua. Antes de Maximiliano, abuelo de Carlos V, pocas querellas habían precedido entre unos y otros. La Princesa María de Borgoña, heredera de su padre Carlos el Atrevido, fue la hermosa Helena, que puso en armas los dos partidos. Esta Señora, pretendida para el Delfín de Francia, repelió la propuesta de aquel Príncipe por muy niño, y se casó con el Emperador Maximiliano. Vengóse después del desaire el Delfín (ya Rey con el nombre de Carlos III) en la persona de la Princesa Margarita, hija de Maximiliano, y de María; pues habiendo contraído esponsales con ella, la despidió, y se casó con Ana, Duquesa de Bretaña. Recibió en esta ofensa dos grandes heridas el corazón de Maximiliano, en que acaso la menos penetrante fue el desaire dado a su hija. Es el caso, que muerta ya entonces la Princesa María, pretendía Maximiliano con ardor a la Duquesa de Bretaña para segunda esposa suya, y llegó a firmar los Tratados con ella por su Procurador el Conde de Nasau. Estando las cosas en este estado, fácil es conocer qué grande sería el dolor de Maximiliano al ver que un rival enemigo suyo, atropellando la fe de dos esponsales, le usurpase la pretendida esposa, habiendo hecho paso para este insulto por el desprecio de su hija.

7. De aquí nacieron porfiadas guerras entre los dos Príncipes. Muerto Maximiliano, y adquirida a la Casa de Austria la Monarquía Española, parecieron sobre el Teatro otros dos de las dos Casas, Carlos V y Francisco I, en cuya emulación concurrieron como causas, no solo la Política, y la Fortuna, mas también la Naturaleza, distribuyendo a entrambos excelentes prendas personales, que aun hoy tienen en las plumas de las dos Naciones pendiente [226] la cuestión de cual deba ser preferido. Los muchos desaires que hizo la fortuna a Francisco I, a favor de Carlos V, especialmente en la pretensión a la Corona Imperial, y en la jornada de Pavía, agriaron el ánimo de aquel Príncipe verdaderamente generoso, de modo que jamás pudo tolerar las dichas de su émulo; y para contrarestarlas buscó una alianza sin ejemplar en los Reyes antecesores suyos, y sin imitación en los sucesores.

8. Continuáronse estas discordias en Felipe Segundo, Rey de España, con los Reyes Franceses, que sucedieron a Francisco. El empeño que por una parte se hizo de favorecer la liga Católica de Francia, y el desquite que se arbitró por la otra de dar aliento a los rebeldes de Holanda, las encendieron más. De los principios señalados, juntos con la cuestión de precedencia entre los Embajadores de las dos Coronas, que se disputó en el Concilio de Trento, y otras partes, además de las opuestas pretensiones de los Príncipes, y otros capítulos de disensión, que sería prolijo referir, vino esta oposición nacional, que se reputa ya como característica en Españoles, y Franceses, y en que erradamente se juzga que influye la naturaleza de uno, y otro País.

9. No negaré que hay alguna diversidad de genios en las dos Naciones. Los Españoles son graves; los Franceses festivos. Los Españoles misteriosos; los Franceses abiertos. Los Españoles constantes; los Franceses ligeros; pero negaré que esta sea causa bastante para que las dos Naciones estén discordes. La regla de que la semejanza engendra amor, y la desemejanza odio, tiene tantas excepciones, que pudiera borrarse del catálogo de los axiomas. A cada paso vemos diversidad en los genios, sin oposición en los ánimos. Y aun creo que dos genios perfectamente semejantes no serían los que mas se amasen. Acaso se causarían más tedio que amor, por no hallar uno en otro sino aquello mismo que siempre posee en sí propio. La amistad pide habitud de proporción, no de semejanza. Unese la forma con la materia, y no con otra forma, con ser desemejante a aquella, y semejante a esta. Con corta [227] diferencia pasa en la unión afectiva lo que en la natural. Los ardores del amor se encienden en cada individuo por aquella perfección que halla en otro, y no en sí mismo. Puede ser que en otra ocasión, extendiéndome más sobre esta materia, ponga en grado de error común el axioma de que la semejanza engendra amor, como comúnmente se entiende.

§. III

10. Lo que he dicho arriba, que la oposición de dos Naciones viene de las guerras, y hostilidades, que recíprocamente se han hecho, se debe entender por lo común, y no con la exclusión de que tal vez intervenga otra causa. Véese esto en la oposición de los Turcos con los Persas, la cual es la más enconada que hay en el Mundo entre Naciones diferentes. Siendo tanta la ojeriza que los Turcos tienen con los Cristianos, es sin comparación mayor su aversión a los Persas. Ningún oprobio les parece bastante para exprimir el desprecio que deben hacer de aquella Nación. Esto llega a la extravagancia de ser entre ellos como proverbio, que la Lengua Turca ha de ser la única que se hable en el Paraíso, y la Persiana en el Infierno.

11. Todo este encono nace únicamente de diferencia en materia de religión. Siendo todos mahometanos, se tratan recíprocamente como Herejes. Mutuamente se imputan haber corrompido algunos textos del Alcorán; como si aquel disparatadísimo libro fuese capaz de más corrupción que la que trae de su original. Pero el punto capital de la disensión está en que los Turcos veneran a Abubequer, Othman, y Omar, como que fueron los tres primeros Califas, o Pontífices Sumos, sucesores de Mahoma; los Persas les niegan este carácter, y colocan por primer Califa a Alí, primo hermano, y yerno de Mahoma.

12. Por divertir al Lector con una cosa graciosa, y para que vea el horror que tienen los Turcos a los Persas, pondré aquí la conclusión de la Bula de Anatema, que contra [228] ellos expidió el Musti Esad Efendi, y la trae en el segundo libro de su Historia del Imperio Otomano el señor Rikaut, que dice haberla copiado de un manuscrito antiguo, que halló en Constantinopla. Después de enumerar el Musti Otomano los capítulos por donde los Persas son herejes, y malditos de Dios, prosigue así: Por lo cual claramente conocemos que vosotros sois los mas pertinaces, y pestilentes enemigos nuestros que hay en todo el mundo, pues sois más crueles para nosotros que los Jecidas, los Kiasiros, los Zindikos, y los Durcianos; y por comprehenderlo todo en una palabra, vosotros sois el compendio de todas las maldades, y delitos. Cualquiera Cristiano, o Judío puede tener esperanza de ser algún tiempo verdadero fiel; pero vosotros no podéis esperar esto. Por tanto yo, en virtud de la autoridad que recibí del mismo Mahoma, en consideración de vuestra infidelidad, y vuestras maldades, abierta y claramente defino, que a cualquier fiel, de cualquiera Nación que sea, le es lícito mataros, destruiros y exterminaros. Si aquel que mata a un Cristiano rebelde hace una obra grata a Dios; el que mata a un Persa hace un mérito que merece setenta veces mayor premio. Espero también que la Divina Majestad en el día del Juicio os ha de obligar a servir a los Judíos, y llevarlos a cuestas, a manera de jumentos suyos; y que aquella Nación infeliz, que es el oprobio de todo el Mundo, ha de montar sobre vosotros, y a espolazos os ha de encaminar a toda prisa al Infierno. Espero, en fin, que muy presto seréis destruidos por nosotros, por los Tártaros, por los Indios, y por nuestros hermanos, y colegas de Religión los Arabes. Pensamientos, y amenazas digna de un Sectario de Mahoma. El caso es, que esta terrible excomunión parece que fue oración de salud para los Persas, pues después acá, en los encuentros que se han ofrecido, por la mayor parte dieron en la cabeza a los Turcos. ¿A quién no moverá la risa ver con cuanta satisfacción de la buena causa que defienden, se capitulan unos a otros sobre puntos de religión aquellos bárbaros?

Quis ferat Gracchos de seditione querentes? [229]

§. IV

13. Pero volviendo a Españoles, y Franceses, lo que invenciblemente prueba que su oposición cuando la hay, es voluntaria, y no natural, es la amistad, y buena correspondencia conque viven hoy. Todos debemos repetir al Cielo nuestros votos para que nunca quiebre. Hoy depende de la cariñosa unión de las dos Monarquías el lograr para esta un éxito feliz de las presentes negociaciones sobre la paz de Europa. Y nuestra quietud, y desahogo dependerá siempre del mismo principio. Si se atiende al valor intrínseco de la Nación Francesa, ninguna otra más gloriosa, por cualquiera parte que se mire. Las letras, las armas, las artes, todo florece en aquel opulentísimo Reino. El dio gran copia de Santos a las Estrellas, innumerables Héroes a las Campañas, infinitos Sabios a las Escuelas. El valor, y vivacidad de los Franceses los hace brillar en cuantos teatros se hallan, Su industria más debe excitar nuestra imitación, que nuestra envidia. Es verdad que esta industria en la gente baja es tan oficiosa, que se nos figura avarienta; pero eso es lo que asienta bien a su estado; porque los humildes son las hormigas de la República. De su mecánica actividad tiran los mayores Imperios todo su resplandor. Y por otra parte se sabe que no tiene Europa nobleza de mas garbo que la Francesa.

 

{Benito Jerónimo Feijoo, Teatro crítico universal, tomo segundo (1728). Texto tomado de la edición de Madrid 1779 (por D. Joaquín Ibarra, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo segundo (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 223-229.}


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