Obras de Feijoo Teatro crítico universal Tomo segundo

Benito Jerónimo Feijoo • Teatro crítico universal • Tomo segundo • Discurso sexto

Las modas

§. I

1. Siempre la moda fue de la moda, quiero decir, que siempre el mundo fue inclinado a los nuevos usos. Esto lo lleva de suyo la misma naturaleza. Todo lo viejo fastidia. El tiempo todo lo destruye. A lo que no quita la vida, quita la gracia. Aún las cosas insensibles tienen, como las mujeres, vinculada su hermosura a la primera edad; y todo el donaire pierden al salir de la juventud; por lo menos así se representa a nuestros sentidos, aún cuando no hay inmutación alguna en los objetos.

Est quoque cunctarum novitas gratissima rerum.

2. Piensan algunos que la variación de las modas depende de que sucesivamente se va refinando más el gusto, o la inventiva de los hombres cada dia es más delicada. ¡Notable engaño! No agrada la moda nueva por mejor, sino por nueva. Aún dije demasiado. No agrada porque es nueva, sino porque se juzga que lo es, y por lo común se juzga mal. Los modos de vestir de hoy, que llamamos nuevos, por la mayor parte son antiquísimos. Aquel linaje de Anticuarios, que llaman Medallistas (estudio, que en las Naciones también es moda), han hallado en las medallas, [169] que las antiguas Emperatrices tenían los mismos modos de vestidos, y tocados, que como novísimos usan las Damas en estos tiempos. De los fontanges, que se juzgan invención de este tiempo próximo, se hallan claras señas en algunos Poetas antiguos. Juvenal, Sat. 6.

Tot premit ordinibus, tot, adhuc compagibus altum
Aedificatur caput.

Estacio, Silv. 2.

... Celsae procul aspice frontis honores
Suggestumque comae.

3. De modo, que el sueño del año magno de Platón, en cuanto a las modas se hizo realidad. Decía aquel Filósofo, que pasado un gran número de años, restituyéndose a la misma positura los luminares celestes, se haría una regeneración universal de todas las cosas: que nacerían de nuevo los mismos hombres, los mismos brutos, las mismas plantas; y aún repetiría la fortuna los mismos sucesos. Si lo hubiera limitado a las modas, no fuera sueño, sino profecía. Hoy renace el uso mismo que veinte siglos ha expiró. Nuestros mayores le vieron decrépito, y nosotros le logramos niño. Enterróle entonces el fastidio, y hoy le resucita el antojo.

{(a) Hubo también entre las Romanas el uso de los Rodetes en la misma forma que hoy se prectican, como se puede ver en nuestro Montfocón, tom. 3. de la Antiguedad explicada, lib. 1. cap. 14. en la segunda lámina que se sigue a esta página; y en el mismo tomo, lib. 2. cap. 2. se lee, que usaban también de agujas, ya de oro, ya de plata, ya de otros metales inferiores, según el caudal de cada una, en el pelo, a quienes por tanto llamaban acus crinales.}

§. II

4. Pero aunque en todos tiempos reinó la moda, está sobre muy distinto pie en este, que en los pasados su imperio. Antes el gusto mandaba en la moda, ahora la moda manda en el gusto. Ya no se deja un modo de vestir porque fastidia, ni porque el nuevo parece, o más conveniente, o más airoso. Aunque aquel sea, y parezca [170] mejor se deja, porque así lo manda la moda. Antes se atendía a la mejoría, aunque fuese sólo imaginada; o por lo menos un nuevo uso, por ser nuevo agradaba; y hecho agradable, se admitía: ahora, aún cuando no agrade, se admite sólo por ser nuevo. Malo sería que fuese tan inconstante el gusto; pero peor es que sin interesarse el gusto haya tanta inconstancia.

5. De suerte, que la moda se ha hecho un dueño tirano, y sobre tirano importuno, que cada dia pone nuevas leyes, para sacar cada dia nuevos tributos; pues cada nuevo uso que introduce, es un nuevo impuesto sobre las haciendas. No se trajo cuatro dias el vestido, cuanto es preciso arrimarle como inútil, y sin estar usado, se ha de condenar como viejo. Nunca se menudearon tanto las modas, como ahora, no con mucho. Antes la nueva invención esperaba que los hombres se disgustasen de la antecedente, y a que gastasen lo que se había arreglado a ella. Atendíase al gusto, y se excusaba el gasto. Ahora todo se atropella. Se aumenta infinito el gasto, aún sin contemplar el gusto.

6. Monsieur Henrion, célebre Medallista de la Academia Real de las Inscripciones de París, por el cotejo de las medallas halló, que en estos tiempos se reprodujeron en menos de cuarenta años todos los géneros de tocados, que la antigüedad inventó en la sucesión de muchos siglos. No sucede esto porque los antiguos fuesen menos inventivos que nosotros, sino porque nosotros somos más extravagantes que los antiguos.

7. Ya ha muchos dias que se escribió el chiste de un loco, que andaba desnudo por las calles con una pieza de paño al hombro; y cuando le preguntaban, ¿por qué no se vestía, ya que tenía paño? respondía: Que esperaba ver en qué paraban las modas, porque no quería malograr el paño en un vestido que dentro de poco tiempo, por venir nueva moda, no le sirviese. Leí este chiste en un libro Italiano, impreso cien años ha. Desde aquel tiempo al nuestro se ha acelerado tanto el rápido movimiento de las modas, [171] que lo que entonces se celebró como graciosa extravagancia de un loco, hoy pudiera pasar por madura reflexión de un hombre cuerdo.

§. III

8. Francia es el móvil de las modas. De Francia lo es París, y de París un Francés, o una Francesa, aquel, o aquella a quien primero ocurrió la nueva invención. Rara traza (y más eficaz sin duda que aquella de que se jactaba Arquímedes) se halló para que en particular moviese toda la tierra. Los Franceses, en cuya composición, según la confesión de un Autor suyo, entra por quinto elemento la ligereza, con este arbitrio influyeron en todas las demás Naciones su inconstancia, y en todas establecieron una nueva especie de Monarquía. Ellos mismos se felicitan sobre ese asunto. Para lo cual será bien se vea lo que en orden a él razona el discreto Carlos de San Denis, conocido comúnmente por el nombre, o título de Señor de San Euremont.

9. «No hay país (dice este Autor) donde haya menos uso de la razón que en Francia; aunque es verdad que en ninguna parte es más pura, que aquella poca que se halla entre nosotros. Comúnmente todo es fantasía; pero una fantasía tan bella, y un capricho tan noble en lo que mira al exterior, que los Extranjeros avergonzados de su buen juicio, como de una calidad grosera, procuran hacerse expectables por la imitación de nuestras modas, y renuncian a cualidades esenciales, por afectar un aire, y unas maneras, que casi no es posible que les asienten. Así esta eterna mudanza de muebles, y hábitos, que se nos culpa, y que no obstante se imita, viene a ser, sin que se piense en ello, una gran providencia; porque además del infinito dinero que sacamos por este camino, es un interés más sólido de lo que se cree el tener Franceses esparcidos por todas las Cortes, los cuales forman el exterior de todos los Pueblos en el modelo del nuestro, que dan principio a nuestra dominación, sujetando sus [172] ojos adonde el corazón se opone aún a nuestras leyes, y ganan los sentidos en favor de nuestro imperio, adonde los sentimientos están aún de parte de la liberdad.»

10. Ahí es nada, a vista de esto, el mal que nos hacen los Franceses con sus modas: cegar nuestro buen juicio con su extravagancia, sacarnos con sus invenciones infinito dinero, triunfar como dueños sobre nuestra deferencia, haciéndonos vasallos de su capricho; y en fin, reirse de nosotros como de unos monos ridículos, que queriendo imitarlos, no acertamos con ello.

11. En cuanto a que las modas Francesas tengan alguna particular nobleza, y hermosura, pienso que no basta para creerlo el decirlo un Autor apasionado. Las cotillas vinieron de Francia; y en una porción la más desabrida de las montañas de León, que llaman la tierra de los Argüellos, las usan de tiempo inmemorial aquellas Serranas, que parecen más fieras, que mujeres. No creo que sus mayores, que las introdujeron, tenían muy delicado el gusto. Si una mujer de aquella tierra pareciese en Madrid, antes de venir de Francia esta moda, sería la risa de todo el Pueblo: conque el venir de Francia es lo que le da todo el precio. Cada uno hará el juicio conforme a su genio. Lo que por mí puedo decir es, que casi todas alas modas nuevas me dan en rostro, exceptuando aquellas que, o cercenan gasto, o añaden decencia.

§. IV

12. Las mujeres, que tanto ansían parecer bien, con la frecuente admisión de nuevas modas, lo más del tiempo parecen mal. Esto en lo moral trae una gran conveniencia. Aunque lo nuevo place; pero no en los primeros dias. Aún el que tiene más voltario el gusto, ha menester dejar pasar algún tiempo, para que la extrañez de la moda se vaya haciendo tratable a la vista. Como la novedad de manjares al principio no hace buen estómago, lo mismo sucede en los demás sentidos, respecto de sus objetos. Por más que se diga que agradan las cosas forasteras, cuando llegan a agradar ya están domesticadas. Es preciso que el trato gaste algún tiempo en sobornar el gusto. La alma no borra en un momento las agradables impresiones que tenía admitidas; y hasta borrar aquellas, todas las impresiones opuestas le son desagradables.

13. De aquí viene que al principio parecen mal todas, o casi todas las modas; y como la vista no es precisiva, las mujeres que las usan pierden, respecto de los ojos, mucho del agrado que tenían. ¿Qué sucede pues? Que cuando con el tiempo acaba de familiarizarse al gusto aquella moda, viene otra moda nueva, que tampoco al principio es del gusto; y de este modo es poquísimo el tiempo en que logran el atractivo del adorno, o por mejor decir, en que el adorno no les quita mucho del atractivo.

14. Yo me figuro que en aquel tiempo que las Damas empezaron a emblanquecer el pelo con polvos, todas hacían representación de viejas. Se me hace muy verisímil que alguna vieja de mucha autoridad inventó aquella moda para ocultar su edad; pues pareciendo todas canas, no se distingue en quién es natural, o artificial la blancura del cabello: traza poco desemejante a la de la zorra de Esopo, que habiendo perdido la cola en cierta infeliz empresa, persuadía a las demás zorras que se la quitasen también, fingiéndoles en ello conveniencia, y hermosura. Viene literalmene a estas que pierden la representación de la juventud, dando a su cabello con polvos comprados las señas de la vejez, lo que decía Propercio a su Cintia.

Naturaeque decus mercato perdere cultu.

15. ¿Qué diré de otras muchas modas por varios caminos incómodas? Como con los polvos se hizo parecer a las mujeres canas, con lo tirante del pelo se hicieron infinitas efectivamente calvas. Hemos visto los brazos puestos en mísera prisión, hasta hacer las manos incomunicables con la cabeza, los hombros desquiciados de su propio sitio, los talles estrujados en una rigurosa tortura. ¿Y todo esto por qué? Porque viene de Francia a Madrid la noticia de que esta es la moda. [174]

16. No hay hombre de seso que no se ría cuando lee en Plutarco que los amigos, y áulicos de Alejandro afectaban inclinar la cabeza sobre el hombro izquierdo, porque aquel Príncipe era hecho de ese modo. Mucho más se lee en Diodoro Sículo, que los Cortesanos del Rey de Etiopía se desfiguraban, para imitar las deformidades de su Soberano, hasta hacerse tuertos, cojos o mancos, si el Rey era tuerto, manco, o cojo. Mas al fin, aquellos hombres tenían el interés de captar la gracia del Príncipe con este obsequio; y si cada dia vemos que los Cortesanos adelantan la lisonja hasta sacrificar el alma, ¿qué extrañaremos el sacrificio de un ojo, de una mano, de un pie? Pero en la imitación de las modas, que reinan en estos tiempos, padecen las pobres mujeres el martirio, sin que nadie se los reciba por obsequio. ¿No es más irrisible extravagancia esta, que aquella?

§. V

17. Aun fuera tolerable la moda, si se contuviese en las cosas que pertenecen al adorno exterior; pero esta señora ha mucho tiempo que salió de estas márgenes, y a todo ha extendido su imperio. Es moda andar de esta, o aquella manera, tener el cuerpo en esta, o aquella positura, comer así, o asado, hablar alto, o bajo, usar de estas, o aquellas voces, tomar el chocolate frio, o caliente, hacer esta, o aquella materia de la conversación. Hasta el aplicarse a adquirir el conocimiento de esta, o aquella materia se ha hecho cosa de moda.

18. El Abad de la Mota en su Diario de 8 de Marzo del año de 1686 dice que en aquel tiempo había cogido grande vuelo entre las Damas Francesas la aplicación a las Matemáticas, esto se había hecho moda. Ya no se hablaba en los estrados cosa de galantería. No sonaba otra cosa en ellos que problemas, teoremas, ángulos, romboides, pentágonos, trapecios, &c. El pobre pisaverde que se metía en un estrado, fiado en cuatro cláusulas amatorias, cuya formación le había costado no poco desvelo, se hallaba [175] corrido, porque se veía precisado a enmudecer, y a no entender palabra de lo que se hablaba. Un Matemático viejo, calvo, y derrengado era más bien oído de las Damas, que el joven más galán de la Corte.

19. El mismo Autor cuenta de una, que proponiéndola un casamiento muy bueno, puso por condición inexcusable que el pretendiente aprendiese a hacer telescopios: y de otra que no quiso admitir por consorte a un Caballero de bellas prendas, sólo porque dentro de un plazo, que le había señalado, no había discurrido algo de nuevo sobre la cuadratura del círculo. Creo que no lo miraban mal, una vez que no se resolviesen a abandonar este estudio; pues habiéndose casado otra de estas Damas Matemáticas con un Caballero que no tenía la misma inclinación, le salió muy costoso su poco reparo. Fue el caso, que no pudiendo el marido sufrir que la mujer se estuviese todas las noches examinando el Cielo con el telescopio, ni quitarle esta manía, se separó de ella para siempre. Otros acaso querrían que sus mujeres no comerciasen sino con las estrellas. No sé si aún dura esta moda en Francia; pero estoy cierto de que nunca entrará en España. Acá ni hombres, ni mujeres quieren otra Geometría que la que ha menester el Sastre para tomar bien la medida.

20. La mayor tiranía de la moda es haberse introducido en los términos de la naturaleza; la cual por todo derecho debiera estar exenta de su dominio. El color del rostro, la simetría de las facciones, la configuración de los miembros experimentan inconstante el gusto, como los vestidos. Celebraba uno, por grandes, y negros los ojos de cierta Dama; pero otra que estaba presente, y acaso los tenía azules, le replicó con enfado: ya no se usan ojos negros. Tiempo hubo en que eran de la moda en los hombres las piernas muy carnosas; después se usaron las descarnadas; y así se vieron pasar de hidrópicas a héticas. Oí decir que los años pasados eran de la moda las mujeres descoloridas, y que algunas por no faltar a la moda, o por otro peor fin, a fuerza de sangrías se despojaban de [176] sus nativos colores. Desdicha sería si con tanta sangría no se curase la inflamación interna que en algunas habría sido el motivo de echar mano de este remedio. Y también era desdicha que los hombres hiciesen veneno de la triaca, malogrando en estragos de la vida el color pálido, que debieran aprovechar en recuerdos de la muerte.

21. ¿Quién creerá que hubo siglo, y aun siglos en que se celebró, como perfección de las mujeres, el ser cejijuntas? Pues es cosa de hecho. Consta de Anacreón (que elogiaba en su dama esta ventaja), Teócrito, Petronio, y otros antiguos. Y Ovidio testifica, que en su tiempo las mujeres se teñían el intermedio de las cejas para parecer cejijuntas: Arte supercilii, confina nuda repletis. Tan del gusto de los hombres hallaban esta circunstancia.

{(a) Madama de Longe Pierre, que tradujo a Anacreón en verso Francés, prueba con pasajes de Horacio, Luciano, y Petronio, que hubo tiempo en que las frentes pequeñas de las mujeres eran del gusto de los hombres, y circunstancia apreciable de la hermosura.

2. Esta variedad de gusto se nota más fácilmente en diferentes Naciones, que en diferentes siglos. Los Abisinios aprecian las narices rebajadas, o con poquísima prominencia. Los Persas las corvas, o aguileñas, porque así dicen era la de Ciro. Los del Brasil machacan la punta de la nariz a los infantes. Entre los de Sian se tiene por deformidad la blancura de los dientes, y los tiñen de negro, o encarnado. En Guinea, taladrando el labio inferior a las niñas, procuran engrosarle, y derribarle, lo que tienen por gran belleza. La idea de la hermosura en la China es cuerpo pesado, vientre crecido, frente ancha, ojos, y pies pequeños, pequeña nariz, grandes orejas. Los de Mississippi componen a los niños la cabeza en punta. Y en parte de este Principado de Asturias les allanan la parte posterior. 3 De lo dicho se infiere, que lo que llamamos belleza depende en gran parte de nuestra imaginación; y lo más notable es, que la imaginación de muchos suele provenir de la imaginación de uno solo, esto es, de aquel que por capricho, o antojo fue autor de la moda.}

§. VI

22. Acabo de decir que la mayor tiranía de la moda es haberse introducido en los términos de la naturaleza; y ya hallo motivo para retractarme. No es [177] eso lo más, sino que también extendió su jurisdicción al imperio de la Gracia. La devoción es una de las cosas en que más entra en la moda. Hay oraciones de la moda, libros espirituales de la moda, ejercicios de la moda, y aún hay para la invocación Santos de la moda. Verdaderamente que es la moda la más contagiosa de todas las enfermedades, porque a todo se pega. Todo quiere esta señora que sea nuevo flamante; y parece que todos los días repite desde su trono aquella voz, que S. Juan oyó en otro más soberano: Ecce nova facio omnia. Todas las cosas renuevo. Las oraciones han de ser nuevas, para cuyo efecto se ha introducido, y extendido tanto entre la gente de Corte el uso de las Horas. Pienso que ya se desdeñan de tener el Rosario en la mano, y de rezar la sacratísima oración del Padre nuestro, y la Salutación Angélica; como si todos los hombres, ni aún todos los Angeles fuesen capaces de hacer oración alguna, que igualase a aquella que el Redentor mismo nos enseñó, como la más útil de todas. Los libros espirituales han de ser nuevos; y ya las incomparables obras de aquellos grandes Maestros de espíritu de los tiempos pasados, son despreciados como trastos viejos. En los ejercicios espirituales cada día hay novedades, no solo atemperadas a la necesidad de los penitentes, más también tal vez al genio de los directores. Los Santos de devoción tampoco han de ser de los antiguos. Apenas hay quien en sus necesidades invoque a San Pedro, ni a S. Pablo, u otro alguno de los Apóstoles, si no es que el Lugar, o Parroquia donde se vive le tenga por Tutelar suyo. Pues en verdad que por lo menos tanto pueden con Dios, como cuantos Santos fueron canonizados de tres, o cuatro siglos a esta parte. Es verdad que el gloriosísimo S. José, aunque tan antiguo es exceptuado; pero esto depende de que aunque es antiguo en cuanto al tiempo en que vivió, es nuevo en cuanto al culto. Conque sólo la devoción de María está exenta de las novedades de la moda.

23. En nada parece que es tan irracional la moda, o la [178] mudanza de moda, como en materias de virtud. Las demás cosas, como ordenadas a nuestro deleite, no siguen otra regla que la misma irregularidad de nuestro antojo; y así, variándose el apetito, es preciso se varíe el objeto; pero como la virtud debe ser, y es al gusto de Dios (sino no fuera virtud), y Dios no padece mudanza alguna en el gusto, tampoco debiera haberla en parte del obsequio.

24. No obstante yo soy de tan diferente sentir, que antes juzgo que en nada es tan útil la mudanza de moda (o llamémosla con voz más propia, y más decorosa, modo), que en las cosas pertenecientes a la vida espiritual. Esta variedad se hizo como precisa en suposición de nuestra complexión viciosa. La devoción es tediosa, y desabrida a nuestra naturaleza. Por tanto, como al enfermo que tiene el gusto estragado, aunque se la haya de ministrar la misma especie de manjar, se debe variar el condimento; asimismo la depravación de nuestro apetito pide que las cosas espirituales, salvando siempre la substancia, se nos guisen con alguna diferencia en el modo.

25. Esta consideración autoriza, como útiles, los nuevos libros espirituales que salen a luz, como sean nuevos en cuanto al estilo. No hay que pensar que algún Autor moderno nos ha de mostrar algún camino del Cielo distinto de aquel, cuyo itinerario nos pusieron por extenso los Santos Padres, y los hombres sabios de los pasados siglos. Pero reformar el estilo anticuado, que ya no podemos leer sin desabrimiento, es quitar a ese camino parte de las asperezas que tiene; y el que supiere proponer las antiguas doctrinas con dulces, gratas, y suaves voces, se puede decir que templa la aspereza de la senda con la amenidad de estilo.

26. No sólo en esta materia, en todas las demás la razón de la utilidad deber ser la regla de la moda. No apruebo aquellos genios tan parciales de los pasados siglos, que siempre se ponen de parte de las antiguallas. En todas las cosas el medio es el punto central de la razón. Tan contra [179] ella, y acaso más, es aborrecer todas las modas, que abrazarlas todas. Recíbase la que fuere útil, y honesta. Condénese la que no trajere otra recomendación que la novedad. ¿A qué propósito (pongo por ejemplo) traernos a la memoria con dolor los antiguos bigotes españoles, como si hubiéramos perdido tres, o cuatro Provincias en dejar los mostachos? ¿Qué conexión tiene, ni con la honra, ni con la Religión, ni con la conveniencia el bigote al ojo, de quien no pueden acordarse sin dar un gran gemido algunos ancianos de este tiempo, como si estuviese pendiente toda nuestra fortuna de aquella deformidad?

27. Lo mismo digo de las golillas. Los Extranjeros tentaron a librar de tan molesta estrechez de vestido a los Españoles; y lo llevaron estos tan mal, como si al tiempo que les redimian el cuerpo de aquellas prisiones, les pusiesen el alma en cadenas.

28. Lo que es sumamente reprensible, es, que se haya introducido en los hombres el cuidado del afeite, propio hasta ahora privativamente de las mujeres. Oigo decir que ya los cortesanos tienen tocador, y pierden tanto tiempo en él como las Damas. ¡Oh escándalo! ¡Oh abominación! ¡Oh bajeza! Fatales somos los Españoles. De todos modos perdemos en el comercio con los Extranjeros; pero sobre todo en el tráfico de costumbres. Tomamos de ellos las malas, y dejamos las buenas. Todas sus enfermedades morales son contagiosas respecto de nosotros. ¡Oh si hubiese en la raya del Reino quien descaminase estos géneros vedados!

{(a) El estudioso afeite, y pulimento de los hombres, no sólo los hace ridículos, y contentibles, mas también sospechosos. De mi dictamen, las mujeres honestas deben huir su trato, o tratarlos por lo menos con suma cautela. Oigan a Ovidio, que entendía bien estas materias.

Sede vitate viros cultum, formamque professos
Quique suas ponunt in statione comas.
}

29. He reservado corregir lo que pueden tener de vituperable en lo moral las modas de las mujeres para la siguiente [180] Carta, en cuya lectura toda Dama bien intencionada puede figurarse haber sido escrita para ella.

Declamación contra las modas escandalosas de las mujeres
En carta de Teófilo a Paulina

1. Si tú fueses, Paulina, una de aquellas mujeres, en quienes la corrupción del corazón inficiona la exterioridad, y que no por accidente, sino por designio hacen a los hombres todo el daño que son capaces de producir la hermosura, y el adorno; me abstendría de darte algún aviso sobre esta materia. Porque ¿qué podría yo decir, o hacer en ese caso para moverte? ¿Representarte el pernicioso influjo que tienen en el otro sexo las indecorosas licencias de tu atavío? Eso antes sería confirmarte en tu propósito: que a quien medita una empresa criminal, le inspira nuevos alientos para intentarla el que le da a conocer las fuerzas que tiene para conseguirla.

2. Mas debiendo yo contemplarte en muy diferente disposición, pues tu modo de vivir me persuade que sólo atiendes a conformarte al uso que corre, sin prevenir las consecuencias de ese uso; te las pondré delante, para que evites advertida el daño que ocasionas incauta.

3. Es la fábrica del hombre admirable; pero tan infeliz, que los propios materiales que componen su estructura, conspiran a su ruina. En lo natural, los cuatro Elementos puestos en continua lucha, no tocan a la retirada hasta que acaban con su vida. En lo moral no tiene potencia externa, o interna, exceptuando la razón sola, que no procure su caída. Las pasiones, que son las que le combaten inmediatamente, reciben armas de los sentidos, a quienes las ministran los objetos; y aún cuando faltan estas, se fabrican otras sobre el modelo de aquellas en la oficina de la imaginación, que no por ser fingidas en cuanto a la existencia, dejan de ser reales en la actividad. [181]

4. Tan dentro de sí mismo tiene el hombre los riesgos, que una potencia tropieza en otra potencia. La imaginativa arma lazos a la concupiscible: la memoria a la irascible. Las especies de la parte superior son unas minas inversas, o puestas por arriba, que, como el oro fulminante, rompen hacia abajo, y encienden la inferior. Esta, con el humo que exhala, ciega a la superior; y en llegando a la razón el humo, todo arde; o porque la razón ofuscada se deja caer en la hoguera.

5. Creerás que me he extraviado del asunto para hacer ostentación de mi elocuencia. No es así. Derechamente camino a él. Si te represento la alma de un hombre toda puesta en fuego, es porque te horrorice el estrago, que aún sin dar parte a tu advertencia, puede causar tu hermosura, ayudada de tu adorno. Pinto una nueva Troya, porque estoy hablando con una nueva Helena. ¡Oh cuántas veces, sin pensarlo, habrás sido ocasión de semejante ruina!

6. Considera que cuando pisas las calles públicas, no sólo de tus ojos, de todas tus facciones van saltando centellas, y que caminas por un sitio todo lleno de heno seco. No es mía esta última metáfora, sino de un gran Profeta (Isaías digo), el cual llama heno al Pueblo, añadiendo, que es heno marchito, y desecado. Poco antes había dicho que toda carne es heno. No era menester más explicación para darnos a entender en qué sentido, y hacia qué género de llama es el hombre un prontísimo combustible.

7. Todas las mujeres tienen obligación a ser modestas; pero mucho más las hermosas. Dióles Dios la hermosura con la pensión de templarla, de modo que no sea ofensiva. ¡Qué correspondencia tan villana al Criador, aprovecharse de sus dones para perderle las almas! La modestia es lustre, y juntamente correctivo de la hermosura, que le quita todo lo que tiene de nociva. Hácela más brillante, y juntamente más sana. Añádele luz, y le quita [182] fuego. Cuando a las hermosas las llaman soles, óiganlo como un recuerdo de que deben hacer lo que el Sol, retirarse de modo que no quemen. El mismo efecto que en el Sol la distancia, produce en las mujeres la modestia.

8. ¡Oh que bien le está a una Dama aquella decorosa circunspección, que se concilia el cariño, teniendo a raya el atrevimiento! Gran ventaja ser respetada por el que la mira, no sólo con el semblante, mas también con el corazón. Este es un privilegio particular del recato. A la señora más alta, en atención a su calidad, no se le atreven las acciones, ni las palabras. La soberanía de la modesta pone rienda aún a los pensamientos.

9. Considera dos hermosuras, la una desenvuelta, la otra recatada; y verás qué diferente impresión hacen en las almas una, y otra. Aquella entra por los ojos traveseando como loca, o como niña; esta mandando como señora. Aquella la van recibiendo sucesivamente las potencias cuando más con agrado; a esta con agrado, y con respeto. En llegando al corazón, ves aquí que aquella se halla situada de una turba de villanos afectos; esta cortejada de bien nacidas atenciones: llámalo simpatía, que tiene la modestia de la mujer con los más nobles afectos del hombre, o como quisieres, ello así sucede.

10. Quiero apretar más la persuasión. Contempla que cuando alguno te mira, saca con los ojos una copia tuya, que al momento va a depositarse en lo interior de la alma. ¿Cómo quieres que la trate? ¿Con ignominia, o con veneración? ¿Que allá dentro de la aje un torpe, y brutal apetito, o la lisonjee un noble respeto? ¿Que la coloque en el lupanar, o en el trono? Todo esto depende de tí misma. Compón el original de modo que salga respetable la copia; pues la que forman los ojos, y las que sacan por esta las potencias internas, no pueden menos de salir tan parecidas al original, que se equivoca la semejanza con la identidad. Es tu imagen la que padece el ultraje, si el otro es grosero: ya lo veo; no tú misma. Pero yo sé que aquella Diosa, que se veneraba en Cnido, si fuese [183] verdadera Diosa, castigaría como un horrendo sacrilegio el insulto de aquel lascivo joven, que manchó su estatua en el Templo. Más parentesco tienen con el original las imágenes mentales, que las que se forman en mármoles, o en bronces.

11. Opondráseme acaso que quiero hacer muy melindrosa la vanidad de las Damas; y yo te responderé que en esta materia no tiene inconveniente el exceso del melindre. ¡Ojalá toda la delicadeza del sexo se convirtiese hacia esta parte! Más altos motivos deben componer tu exterior: ya te los he propuesto. Mas si estos no te movieren, hágante fuerza tus propios respetos. Paulina, yo no te digo que seas vana; mas si hubieres de serlo, haz vanidad de ser amada, y respetada juntamente, y no de ser solamente amada.

12. ¡Mas ay, Paulina, que yo te exhorto a que embotes las armas de la hermosura, cuando debía contentarme conque no las afilases! Estás muy distante de aquel severo recato adonde te encamino. No es tiempo aún de persuadirte que apagues la llama, sino que no la soples. Ese prolijo cuidado del aliño, ¿qué otra cosa es que un afán continuado por esforzar la belleza? Como si ella por sí misma no pudiese causar bastante daño, la confeccionas con el veneno del adorno. ¡Oh cuánta atención, y tiempo te lleva este cuidado! Tantas veces te compones al día, cuantas es preciso salir en público; y antes dejarás en casa un sentido, o una potencia del alma, que un dije de la moda. ¿Sabes para quién trabajas? ¿Sabes quién se interesa en ese estudioso desvelo? Quisiera callártelo, y no puedo. Tu mayor enemigo. El Demonio es quien debe pagarte el jornal de las horas que cada día gastas en tu aderezo.

13. No pienso que todo lo que entra en esa composición artificiosa, aumente tu atractivo; antes creo que en parte lo disminuye. Pero a vueltas de lo que tiene la moda de inútil, y aún de fastidioso, que a tí te sirve de peso, sin redituar a los ojos el menor halago, envuelve algunas [184] menudencias, donde se halla cierta representación confusa, relativa a los preludios de la torpeza, y que anima sus imágenes en los que están ya grabados de aquellas impresiones. Explícome lo preciso para instruirte con el concepto, sin ofender con las voces tu decoro.

14. Yo me holgara de poder ceñirme a expresiones tan abstractas en lo que resta, pero no es posible; o en caso de ser posible, no es conveniente. Es preciso combatir a fuerza descubierta la circunstancia más pestífera de la moda. ¿Sabes de cuál hablo? De esa indecente desnudez de pechos, de que haceis gala las nobles, siendo oprobio aún en las villanas. Pero mal la llamo moda: pues esta corrupción, en más, o en menos grados, es de todos tiempos: señal de que tiene motivo general, y constante, que siempre subsiste, el cual no puede ser otro que la lisonja del apetito. Solo este uso tiene esa indecencia. Para todo lo demás es inútil. Hácese apreciable a la lascivia, sin añadir valor a la hermosura. Habla en un lenguaje tan torpe a los ojos, que sólo sirve de reclamo a impuros deseos. Tanto ruido hace en la imaginación, que despierta a la concupiscencia dormida. No tienen las inmundas rameras atractivo más fuerte, y es muy propio de rameras. En sus traidores halagos está afianzada la mayor parte de sus criminales conquistas. Aparta, pues, Paulina, si no quieres hacerte cómplice en innumerables delitos: aparta esos dos estorbos de la continencia, esos dos tropiezos de la vista, esos dos escollos del alma. Ya advertida del daño que ocasionas, desde la hora en que lees este escrito, empieza a imputársete como voluntaria.

15. Dirásme acaso, y aún muchos hombres te lo dirán a tí, que no es nuestro sexo tan delicado: que yo me finjo los hombres muy de vidrio: que ellos se experimentan a sí mismos de constitución más robusta, y miran con indiferencia, cuando más con curiosidad, lo que yo aseguro no puede verse sin riesgo: que habrá a la verdad uno, u otro tan combustible, que le encienda el humo; tan resbaladizo, que caiga en tierra llana; pero que no deben [185] establecerse reglas sobre la particularidad de uno, u otro individuo.

16. Mas yo te certifico, Paulina, que esos hombres, que se te pintan tan valientes, esos son los más flacos. ¿Por qué te parece que blasonan de invencibles? Por ocultar que son vencidos. De intento buscan el daño, cuando se meten en el riesgo; y fingen que para ellos no hay riesgo, para esconder que padecen el daño. Esos, que por los ojos beben, como agua, la maldad, no ignoran que es veneno lo que beben; y te quieren persuadir que sólo beben agua. Quiero decir, que cuando te registran con la más delincuente intención, procuran hacer creer que sólo te miran por simple curiosidad.

17. ¡Oh, no te dejes sorprender de tan trivial cautela! Los penitentes, los mortificados apartan los ojos de esos objetos, conociendo el riesgo; ¿y los que no hacen la menor diligencia por quebrantar la fuerza de las pasiones, ignoran el peligro? Sería esto lo mismo que suponer corruptibles los cuerpos celestes, e incorruptibles los sublunares. ¿Por qué tantos celosos Misioneros declaman fevorosamente contra ese abuso en el Púlpito, sino porque palpan sus funestas consecuencias en el Confesionario? Mas si todo esto, Paulina, no te hace fuerza, óyeme el suceso que voy a referirte.

18. Cometió Frine, Dama hermosísima de Atenas, que floreció cerca de los tiempos del grande Alejandro, un delito que merecía pena capital; y siendo acusada ante los Jueces del Areópago, compareció a ser juzgada en aquel severo Tribunal. Hizo oficio de Abogado suyo Hipérides, Orador famoso de aquella edad, el cual jugó con exquisito primor todas las piezas de la Retórica, para lograr la absolución de Frine. Mas como el hecho fuese constante, y el delito gravísimo (algunos capitulan de impiedad), todos los Jueces permanecieron inexorables, mostrando el ceño del rostro la severidad del dictamen. Advertido esto por Hipérides, que era no menos sagaz que facundo, cuando ya veía inútil toda su elocuencia, [186] apeló a otra elocuencia más eficaz. Acercóse intrépido a la bella acusada, y rasgando prontamente la parte anterior de su vestido desde el cuello a la cintura, puso patentes aquellos escándalos de nieve a los ojos de todo el concurso. No como si vieran la cabeza de Medusa, se convirtieron aquellos Senadores de hombres en estatuas; antes de la rigidez de estatuas pasaron a la sensibilidad de hombres. Viéronse al punto mudados sus semblantes, porque se mudaron sus ánimos; y los ojos, en cuya aireada majestad se veía poco antes escrita con anticipación la sentencia de muerte, o ya lascivos, o ya piadosos, dieron a leer la absolución. En fin, llegado a prestar los sufragios, todos los votos salieron a favor de Frine. Aunque tan delincuente como había entrado, salió absuelta como inocente; y los Jueces, que habían entrado inocentes, todos salieron culpados.

19. Mira, Paulina, en este suceso la perniciosa influencia de esa desnudez, que ostentas como gala. Y para que la comprendas mejor, has de saber, que fue el Areópago estimado por el Tribunal más incorrupto que tuvo la antigüedad: que se jactaba de haber terminado las diferencias de sus propios Dioses: que la seriedad de aquellos Jueces llegaba al extremo de tratar como reo a cualquiera que se reía en su presencia: que su gravedad subía al punto de una desabrida melancolía; y así en Grecia era modo de decir antonomástico, para ponderar a un hombre muy melancólico: Es más triste que un Aeropagita; y en fin, que se componía aquel Tribunal de gran número de Senadores. El Autor, que menos cuenta, señala treinta y uno. Pues ves, todos estos varones tristes, severos, venerables, a todos, sin dejar uno solo, corrompió aquella lasciva desenvoltura. Vé ahora, y cree a esos jóvenes, que te dicen que no los excita dentro del alma el menor tumulto el mismo objeto. Créeles que la fuerza que rompe los bronces, deja intactos los vidrios. Créeles que el fuego que derrite los mármoles, no quema las aristas.

20. ¡Oh Paulina, no incurra ya más en el delito de incendiaria pública tu belleza! Vendrá tiempo, en que de [187] fuego no te quede mas que la ceniza, y el dolor del daño que ha causado. Corrige la mal fundada vanidad, que te da un resplandor tan fugitivo. Como humo se ha de tratar, y no como llama, una llama que tan presto se desvanece en el humo. No pasa por tí un momento, que no te robe alguna porción del atractivo. Adelántate con la consideración a aquel término, adonde aún no llegó tu edad. Las hermosas que viven mucho, padecen dos muertes, una en que expira la vida, otra en que muere la belleza; y no sé cual de las dos es más dolorosa. ¡Oh qué carga tan pesada es para una mujer anciana llevar siempre sobre sus hombros el cadáver de su propia hermosura! Esto es con propiedad en aquel tiempo su rostro. En él contemplan que llevan um motivo para ser vilipendiadas, como un tiempo lo fue para ser atendidas. Lo mismo es en su aprensión parecer en público, que ponerse a la vergüenza; y aquella triste comparación de lo que va de ayer a hoy, es una espina, que tienen siempre atravesada en el alma.

21. Esto sucede a las que emplearon sus floridos años en captar las adoraciones de los hombres. No así las que desde entonces pensaron sólo en agradar a Dios. Estas saben que no las abandona en la vejez aquel cuyo amor se conciliaron en la juventud. Miran con indiferencia los desvíos del mundo, porque no se sienten los desprecios de quien se desprecian los aplausos.

22. Trata, pues, Paulina de enamorar a aquel galán, que no te ha de volver las espaldas al verte con arrugas: a aquel que para quererte te ha de mirar el corazón, y no a la cara: a aquel que te dió esa misma hermosura, conque triunfas, y te puede dar otra mucho mayor, y más durable: a aquel que no sólo excede a todos en lealtad, y constancia, mas también en hermosura. Y con esto a Dios, que te guarde.

 

{Benito Jerónimo Feijoo, Teatro crítico universal, tomo segundo (1728). Texto tomado de la edición de Madrid 1779 (por D. Joaquín Ibarra, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo segundo (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 168-187.}


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