Obras de Feijoo Teatro crítico universal Tomo segundo

Benito Jerónimo Feijoo • Teatro crítico universal • Tomo segundo • Discurso séptimo

Senectud moral del género humano

§. I

1. Del mismo modo, y con la misma frecuencia que se dice que el Mundo con el discurso del tiempo se deterioró en lo físico, se asegura que el hombre, tomado en común, se estragó en lo moral. Celébranse los tiempos antiguos, y se abomina el presente. Dícese que entonces reinaba la virtud, ahora el vicio: que la justicia, la verdad, la continencia, la moderación hicieron su papel en otros siglos; en cuyo lugar sucedieron al teatro del Mundo; ahora impugnaremos el error (que no es menos vulgar) de la Senectud Moral del género humano. Dámosle este nombre, por la analogía que tiene el estrago que puede hacer el tiempo en las almas con el que hace en los cuerpos.

2. Quisiera que se me dijera qué siglos felices fueron esos en que reinaron las virtudes. Búscolos en las Historias, y no los encuentro. Tan semejante me parece el hombre de hoy al de ayer, que no le distingo. No bien se perdió el estado de la inocencia, cuando se vió en su mayor altura la malicia. ¿Qué alevosía mas feamente circunstanciada que la de Caín con Abel? No menos entre los hombres, que entre los Angeles, se observa gigante [189] el vicio desde su propio nacimiento.

3. Como se fueron multiplicando los hombres, se fueron multiplicando los vicios. Al paso que iba el hombre poblando la tierra, la iba desolando la culpa. ¿Cuándo se vió de tan feo semblante el Mundo como en aquel desdichado siglo, en que exceptuando una familia corta, tantos eran en la especie humana los delincuentes, como los individuos? Estaba el Orbe recién engendrado; y ya todo corrompido. Todo era un abismo cubierto de nuevas tinieblas, nuevos caos, más horrible que el que había desviado la mano Omnipotente. No sólo no había hombre que no fuese reo; no producía el alma pensamiento que no fuese nueva culpa: que a este extremo de ponderación llega el Escritor Sagrado. Tan despótico dominaba el vicio, que no consentía, aún como peregrina, la virtud.

4. Vengó Dios sus agravios con el diluvio universal: que para ahogar una ofensa sin límites, era preciso echar sobre ella un Océano sin márgenes. Volvió a propagarse en la fecundidad de una familia la desolada prosapia; y no bien se vió en bastante número, cuando conspiró acorde en un ambiciosa osadía. ¿Quién creerá, que estando tan cerca el castigo, estuviese tan lejos el escarmiento? Debajo del Imperio de Nemrod emprendió todo el linaje humano la construcción de la Torre de Babel, en que algunos Padres, y Expositores quieren que hubiese intervenido aún el mismo Noé con sus hijos, bien que con diferente motivo que los demás, y acaso para impedir mayores daños. Atajó Dios el soberbio intento, y se esparcieron los hombres por el Mundo.

5. Fundóse entonces la Monarquía de Babilonia sobre la usurpación de Nemrod, hombre sagaz, y robusto. Este fue el mayor robo que se vió jamás. Un hombre solo despojó a todos los demás de su libertad, haciendo sujetos a los que habían nacido iguales. La erección de este Imperio fue cimiento de la Idolatría, conviniéndose los mortales, después de difunto Nemrod, en adorarle como Deidad; si ya en vida el Tirano no se había hecho [190] prestar culto sacrílego, como es bien creíble. Muchos Autores cargan esta culpa sobre su hijo Nino; pero esto es tan incierto, que aún se duda que Nino fuese hijo de Nemrod. Tan obscura es la Historia de aquel tiempo, que algunos graves Escritores suponen a Nino posterior mil años a aquel primer Tirano. Lo que parece cierto es, que, o viviendo Nemrod, o muy próximamente a su muerte, empezó la Idolatría; pues cuando Abraham vino al Mundo, que no fue mucho después, halló ya la superstición muy radicada. Aún el padre, y abuelo de Abraham se cree que fueron idólatras. Del padre lo afirma expresamente la Escritura al cap. de Josué. San Epifanio, y Suidas, a Sarug, bisabuelo de Abraham, hacen inventor de los simulacros gentílicos.

{(a) Donde decimos, que se cree que el padre, y abuelo de Abraham fueron Gentiles, se debe notar, que del padre lo dice expresamente la Escritura al cap. 24. de Josué, v. 2. En el mismo lugar dice que Nachor fue también idólatra. Llamábase así el abuelo de Abraham. Pero como este Patriarca tuvo un hermano del mismo nombre del abuelo, y no se expresa allí de cuál de los dos se habla; no podemos afirmar la idolatría del abuelo de Abraham con la certeza que la del padre.}

6. Pregunto ahora: ¿Cuándo se vió tan perversa generación como la de aquel siglo? Estaba reciente el tremendo castigo del diluvio. Vivían aun Noé, y sus hijos, testigos de la tragedia, que no dejarían de renovarla a la memoria; y sin eso, en los vestigios frescos del estrago veían la sangre del azote. Con tan horrible espectáculo a la vista, vuelven la cara al Idolo, y a Dios la espalda. Según los Autores que hacen a Nino hijo de Nemrod, esta prevaricación fue muy universal; porque entre Nino, y Zoroastro parece estaba entonces dividido el Imperio del Mundo, y entrambos fueron idólatras. Más probable es que estos dos Príncipes fueron muy posteriores. De todos modos consta que en tiempo de Abraham estaba ya muy extendida la Idolatría.

7. A la sombra de esta ceguera crecieron en breve [191] tiempo los demás vicios a una estatura disforme; de que dan testimonio claro las abominaciones de Sodoma, y de las otras cuatro Ciudades de la desdichada Pentápolis, que fueron reducidas a cenizas. No sólo en las Naciones cultas, aún en los Países más bárbaros no se hallan hoy hombres más distantes de ser racionales que aquellos.

§. II

8. Desde aquella remota antigüedad, hasta la guerra de Troya, en los Escritores profanos apenas se hallan sino fábulas; pero las fábulas mismas declaran la verdad que vamos probando. Exceptuando la poca tierra que pisaba el Pueblo de Israel, todo lo demás estaba dominado de la Idolatría; y se conoce cuáles serían los hombres, cuando suponían delincuentes las mismas Deidades. Adúlteros a Júpiter, Marte, y Venus; ladrón a Mercurio; lascivos a Pan, y Apolo: generalmente enredados unos con otros en discordias, y engaños. Si se proponían en sus Dioses tales dechados, ¿quién no miraría con amor los vicios ?

9. Pero siguiendo el hilo de la Historia Sagrada, que es la única que ha quedado verdadera de aquellos tiempos, a vueltas de ilustres ejemplos, no hay generación donde no se tropiece en los horribles escándalos. Enorme incesto de las hijas de Lot, la implacable ojeriza de Esaú con su hermano Jacob, la atroz perfidia de Simeón, y Leví con los habitadores de Sichén, la conspiración de los envidiosos hermanos contra el inocente José, que se sucedieron en breve tiempo, con la circunstancia de ser cometidos todos estos insultos dentro de una familia, donde Dios estaba lloviendo bendiciones, no sé que con esta circunstancia tengan paralelo en nuestros siglos.

10. De la descendencia de los hijos de Jacob, durante el cautiverio de Egipto, nada oímos sino el ruido de las cadenas, y el clamor de los gemidos, que sólo nos dicen que los amos eran tiranos, sin declararnos cuáles eran los siervos; pero no bien salieron de la esclavitud [192] a fuerza de maravillas, cuando los vemos ingratos, rebeldes, contumaces, idólatras. Jamás alguna gente con más torpeza abusó de las divinas piedades. Ocupada ya la Tierra de Promisión, en el interregno que sucedió a la muerte de Josué, entre los enemigos del Pueblo de Israel se presenta la bárbara crueldad de Adonibezec, Rey de Jerusalén, que tenía debajo de su mesa setenta Reyezuelos, cortadas las extremidades de manos, y pies. ¿Cúal Príncipe, o Tirano de la Asia usa de violencia tan extraña en los tiempos de ahora con los prisioneros de guerra? Luego vemos a los Israelitas mezclados en matrimonios, y en ritos con los Cananeos, Jebuseos, y Fereceos, dando inciensos a los Idolos Baal, y Astarot. Castígalos Dios con nuevas servidumbres por espacio de ciento y diez años, debajo de diferentes Reyes, y en diferentes Reinos. Líbralos después de la de Madian por mano de Gedeón; y muerto Gedeón, vuelven a dar sacrificios a Baal, habiendo servido de preludio a la apostasía la detestable crueldad de Abimelech, hijo de Gedeón, que por ocupar el Reino mató setenta hermanos suyos. Véase si la política de los Emperadores Mahometanos tiene ejemplares bien antiguos, juntando con este el de Artajerjes Ocho, Rey de los Persas, que degolló por el mismo motivo aún mayor número de hermanos, y parientes. Dos veces a fuerza de azotes, se levantaron de la Idolatría, y otras dos veces volvieron a caer en ella; siendo castigo de la última la dominación Filistea, en cuyo tiempo vino Sansón al Mundo, y su mujer Dalila un grande ejemplo de mujeres pérfidas.

11. Sucedió en la Judicatura a Sansón el Pontífice Helí, perjudicial a Israel, porque en la tolerancia de los feos escándalos de sus hijos faltó a las dos obligaciones de Padre, y de Juez. El gobierno de Samuel, que duró veinte y un años, fue feliz; pero degenerando de tan buen padre sus dos hijos Joel, y Abias, con desprecio de las divinas amenazas, pidió el pueblo Rey, y fue ungido Saúl, que empezó bien, y acabó mal. Mordido del áspid de la [193] envidia, no pudo tolerar la dicha de tener en David un vasallo excelente. Sucedióle este en la Corona; pero no impidieron sus grandes virtudes que en su propia casa, y familia se viesen grandes desórdenes. Tres hijos suyos, Ammón, Absalón, y Adonías, el primero incestuoso con violencia, el segundo traidor, y fratricida, el tercero sedicioso, turbaron la República, y dieron mala vejez a su santo padre. El grande séquito que tuvo en su conspiración Absalón, muestra cuánto abundaba entonces de hombres perversos Israel. Subió al Trono Salomón, que primero edificó en Jerusalén el Templo, y después arruinó en su corazón el culto. No hubo después acá Príncipe en sus principios tan ingrato, porque no hubo Príncipe en sus principios tan feliz. Colmado de beneficios, correspondió a Dios con torpezas, y sacrilegios.

12. Dividióse, muerto Salomón, el Pueblo Hebreo en dos Coronas, Israel, y Juda. Introdújose en una, y otra la Idolatría. Diez y nueve Reyes, todos malos, la mantuvieron en el Reino de Israel, hasta que destruyó aquel Reino Salmanasar. En el de Judá, de veinte Reyes que tuvo, cinco solos buenos curaron, cuanto estuvo de su parte, al Pueblo de aquella genial demencia; pero luego padecía nueva recaída. A porfía parece que se competían en aquellos dos Reinos en la maldad de Reyes, y vasallos. Fue desolado primero el de Israel por los Asirios, después el de Judá por los Caldeos.

13. Recobróse en parte aquella República. Gobernáronla Pontífices, y Capitanes, en que hubo de todo, como ahora; hasta que Aristóbulo, sucesor de Hircano en el Pontificado, tomó carácter, y nombre de Rey. Este mató de hambre a su propia madre. Sucedióle su mujer Salomé, que todo lo gobernó a voluntad de los Fariseos, y a esta su hijo Hircano, a quien queriendo usurpar el Cetro su hermano menor Aristóbulo, ardió la Judea en guerras civiles; y este fue el tiempo en que se apoderaron de aquel Reino con las armas de Pompeyo los Romanos. Logró de su mano el Cetro de Palestina Herodes Ascalonita, [194] llamado el Grande, Príncipe alevoso, astuto, y cruel hasta el último extremo, que bañó toda la Judea de la sangre de inocentes, y su propio Palacio de la de su mujer, e hijos, víctimas todas de su política, o de su venganza. En su tiempo se levantó la secta de los Judíos llamados Herodianos, que creían ser Herodes el prometido Mesías. Y así estos, como los demás, conspiraron poco después en la muerte del verdadero Redentor: a que se siguió dentro de pocos años, en pena de su obstinación, la ruina de Jerusalén, y la dispersión de toda la gente Judaica.

14. He puesto por mayor delante de los ojos el proceder de aquel Pueblo desde su origen hasta su exterminación: de aquel Pueblo, que era el único depositario del verdadero culto: de aquel Pueblo, que debió a Dios tantos favores: de aquel Pueblo, teatro de sus maravillas: de aquel Pueblo, para cuya enseñanza, y aviso envió tantos Profetas. Cotéjese su obrar con el nuestro, aquellos siglos con los de ahora, y se verá si salimos muy mejorados. ¿Dónde, pues, está esa soñada rectitud de los siglos pasados?

§. III

15. Si en el que se llamaba Pueblo de Dios, y lo era, notamos tantos reveses, en que degeneraba de serlo; ¿qué esperanza puede haber de hallar la justicia, la inocencia, el candor en el resto de la tierra, inundado de la Idolatría? Era entonces la Religión verdadera una pequeña Isla en un anchísimo Océano de superstición; y si en la Isla encontramos tanta agua amarga, ¿qué será en el Mar?

16. Lo primero de que hablan las Historias profanas, que son verdaderamente historias, es la guerra de Troya, y la fundación de las cuatro famosas Monarquías. Todo lo que queda más allá, se mira a tan escasa luz, que apenas se distinguen los cuerpos de las sombras, las verdades de las fábulas.

17. Dieron ocasión a la guerra de Troya el galanteo de un joven licencioso, y la condescendencia de una mujer [195] fácil. Estas son las virtudes que brillan en aquel siglo. Ya antes había sido robada Helena por Teseo; porque en aquella belleza tan celebrada de la antigüedad veamos en dos torpes raptos dos lunares feísimos. Conducida a Troya la hermosa Griega, llevó consigo juntas las gracias de Venus, y las furias de Marte. Batallóse con crueldad por diez años; y lo que no pudo la fuerza, acabaron la traición, y la maña; pues dejando la invención de Caballo de madera por la fábula, algunos Autores antiguos dicen que Antenor, y Eneas, infieles a su Patria, abrieron a los Griegos la puerta. Más probable es la introducción del astuto Sinón en la Plaza, cuyos bien trazados embustes caracterizan, según el gran Poeta, a los demás Griegos de aquel siglo.

Accipe nunc Danaun insidias, & criminale ab uno
Disce omnes.

§. IV

18. Fueron instrumentos para la fundación de las cuatro Monarquías aquellos vicios que hoy tanto abominamos, la violencia, la ambición, el engaño. Justino dice que antes había Reyes elegidos por la prerrogativa de la virtud, que gobernaban con equidad, ejercitándose en defender sus Pueblos, sin inquietar jamás a los vecinos, hasta que Nino rompió los límites de la Justicia, y del Imperio, metiéndose a conquistador. Pero esta noticia, sobre ser confusa, y vaga, tiene contrs sí la implicación de que aquellos antiguos Príncipes ejerciesen la defensa donde no había agresión.

19. La fundación de la Monarquía de los Asirios, la más antigua de todas, es muy obscura. Unos la atribuyen a Nemrod, otros a Nino; y a este unos le hacen hijo de Nemrod, otros posterior muchos siglos. De Semíramis, que sucedió a Nimo en el Imperio, hay la misma duda. Algunos Autores señalan dos Semíramis, posterior la una a la otra quinientos años. En una cosa solo se convienen, que es, en que estos tres Personajes fueron [196] tres grandes usurpadores. Nemrod estableció su Principado sin otro derecho que la violencia. Nino le amplificó sin otra justicia que una ambición desordenada. Semíramis, que se supone mujer de Nino, extendió en su viudez mucho más las conquistas: mujer de grandes ánimos, y talentos, pero de iguales vicios; pues demás de una ambición sin límites, se le atribuyen torpezas, y crueldades. Diodoro Sículo refiere, que a los galanes con quienes manchaba el lecho, quitaba luego la vida por no aventurar el secreto. Otros muchos dicen que quiso ser torpe con su propio hijo Ninias, y que esta inverecunda declaración irritó de modo al hijo, que quitó la vida a la madre.

20. La Monarquía de los Medos se fabricó sobre la rebelión de estos contra los Asirios, de quienes eran vasallos. Y Ciro, celebrado por gran Príncipe por los méritos de grande usurpador, transfirió después el Imperio a los Persas.

21. En la sucesión de esta Monarquía empieza la Historia, que hasta aquí estuvo muy balbuciente, a hablar con alguna claridad; pero sólo para representarnos robos, engaños, y tiranías.

22. Cambises, hijo de Ciro, fue tan ambicioso como su padre, pues conquistó a Egipto; y probablemente hubiera hecho lo mismo con toda la costa de Africa, si en aquellos vastos arenales, movidos del viento, no se hubiera sepultado vivo todo su Ejército. Fue breve su reinado, y sucedióle un Mago (llamaban así los Persas a sus Sacerdotes, y Filósofos), que con extraña astucia fingió ser un germano de Cambises; a quien este había quitado la vida. Descubierto el engaño, y muerto el Tirano, habiéndose convenido entre los príncipales Señores del Reino, que aquel se entregase el Cetro, cuyo caballo relinchase el primero en puesto determinado al salir el Sol, el extremado ardid de un criado de Darío, que en el sitio designado juntó el caballo a una yegua la noche antecedente, hizo que el caballo relinchase al punto que volvió [197] al mismo sitio; y de esta suerte hizo Rey a su amo. Sucedió a Darío su hijo Jerjes, famoso sólo por haber echado un Puente en el estrecho de Gallipoli, y por la derrota que a su inmenso Ejército dieron las Griegos en Salamina. Fue muerto alevosamente por el traidor Artabano, Capitán de sus Guardias, quien luego ejecutó otra horrenda perfidia, persuadiendo a Artajerjes, hijo, y sucesor del muerto, que su hermano Darío había sido homicida de su padre, y así fue degollado este inocente; aunque no tardó mucho en ser descubierto, y castigado el delincuente verdadero. Este Artajerjes (a quien llamaron Longimano) floreció en tiempo de Esdras: fue buen Príncipe, y restableció en su libertad, y República a los Judíos. Jerjes segundo le sucedió, que dentro de un año fue asesinado por su hermano Secundiano. Ascendió este, haciendo escalón del cadáver de su hermano, al Trono; pero no le sobrevivió más de siete meses. Creo que le mató otro hermano suyo bastardo (Darío Ocho), que le sucedió en el Reino. Siguióse a este Artajerjes Segundo: hubo ruidosas discordias entre Parisatis su madre, y Estatira su esposa; y la primera, que era mujer cruelísima, ocultamente hizo matar a la segunda. Tuvo Artajerjes tres hijos legítimos, y ciento y doce bastardos. Fecundidad prodigiosa pero infeliz; porque Darío, uno de los legítimos, conspirando con cincuenta de los bastardos, quiso quitar la vida a su padre. El motivo (tan torpe como el intento) fue no haber querido alargar a su concupiscencia a su concubina Aspasia. El castigo pasó las márgenes de lo justo, porque no sólo se quitó la vida a los delincuentes, mas también a sus hijos, y mujeres. No paró aquí la calamidad de la dilatada familia de Artajerjes. Su hijo Artajerjes tercero, llamado Ocho, extinguió toda la que restaba, por precaver el riesgo de otra conspiración. Quinto Curcio dice que fueron ochenta hermanos los que mató esta fiera, aunque no sale bien la cuenta con el número de arriba. El Eunuco Bagoas, poderosísimo en el Reino, le quitó la vida con veneno, y juntamente a dos [198] de sus hijos; y al tercero, que era Arses, colocó en el Trono. A este emponzoñó también el fiero Eunuco, y dió la Corona a Darío Codomano, hijo de un hermano de Ocho. No tardó mucho Bagoas en preparar la ponzoña para Darío; pero sorprendido en el designio, fue compelido a beberla. Entró en este tiempo Alejandro en la Asia, derrotó a Darío, y después alevosamente le quitó la vida Beso, vasallo suyo. Este fin tuvo aquel florentísimo Imperio, en cuya descripción no hemos visto sinó crueldades, engaños y perfidias.

23. Muerto Alejandro, y divididas las conquistas entre sus Capitanes, estuvo ardiendo toda la Asia en guerras por el furioso conato de quitarse unos a otros sus porciones, en cuya contienda, prevaleciendo Seluco Nicanor, y agregando muchas Provincias del Oriente, dió principio a los Reyes, y Reinado de Siria, que duraron hasta que se echaron sobre todos los Romanos. Generalmente podemos decir de todos los Príncipes que dominaron la Asia en aquellos retirados siglos, que el más bueno era el que no tenía otra cosa de malo, que la ansia de usurpar todo lo que podía a sus vecinos. En los particulares no nos demuestran más bondad las Historias. De Asclepiodoro, hombre sabio de Alejandría, se refiere que habiendo pasado la Siria para enterarse de las costumbres de sus habitadores, dijo después que en toda aquella vasta Región no había hallado sino tres hombres, que vivían con algo de moderación.

§. V

24. La Grecia, que hace representación muy singular en la Historia antigua, así como nos ha dejado más noticia de sus sucesos, también la dejó de sus insultos. Fue más inexcusable en ella la corrupción de costumbres, por estar acompañada de la cultura de las letras. La ficción, y el engaño era el carácter propio del genio Griego: Dolis instructus, & arte Pelasga. ¡Qué ardimiento tan desenfrenado en los de aquella Región, por [199] dominarse unos a otros! Fue tanto, que en Atenas dió motivo a la ley del Ostracismo, cuyo asunto era desterrar por diez años a cualquiera Ciudadano que sobresaliese en riquezas, o en estimación, y aun en virtud, de miedo de que cualquiera de estas ventajas le inspirase el aliento, y facilitase la ejecución de tiranizar aquella República. De donde se puede colegir, que aquellos mismos en quien se veneraban una virtud excelente, no la tenían ni aún mediana, pues esta bastaría para reprimir la ambición, y alejar el miedo de la tiranía. La más fea obscenidad era tan transcendente en la Grecia, que se ejerciataba sin pena, y aun sin infamia. Aun muchachos ilustres se sujetaron sin vergüenza a este oprobio, y no faltaron Filósofos que le autorizaron con su patrocinio.

§. VI

25. Vamos, en fin, a los Romanos, cuya gloria, aunque extinguida ha tantos siglos, tan firme, y brillante imagen estampó en la mente de los hombres, que aun hoy tira gajes de ídolo el simulacro.

26. Los Romanos, por más que los celebren las plumas de tantos Escritores, no fueron otra cosa que unos ladrones públicos de todo el género humano: una República enteramente corrompida por los tres vicios, codicia, lujuria, y ambición; pues como advirtió S. Agustín, nunca llegará a dominarlos tanto la ambición, si antes no los hubieran pervertido la lujuria, y la codicia: Minime autem praevaleret ambitio, nisi in populo avaritia, luxuriaque corrupto {(a) De Civit. lib. 1. cap. 31}. Contra todo derecho robaron a innumerables Naciones sus riquezas, y entre ellas la preciosa alhaja de la libertad.

27. Aquí no puedo menos de encenderme contra tantos espíritus superficiales, que mirando con abominación los robos pequeños, aplauden con admiración los hurtos grandes. Tienen por un ruín, y digno de horca al que roba [200] a otro hombre cien escudos, pero por glorioso, y merecedor de estatuas al que roba a un Reino el valor de cien millones. El ladrón que mata al caminante para robarle, se lleva tras de sí el odio público; pero el que por usurpar dos, o tres provincias mata los hombres a millares, es celebrado por el clarín de la fama. Discreta, y animosamente aquel Pirata, reconvenido por Alejandro le respondió: Yo soy llamado Pirata, y delincuente, porque en un pequeño Bajel robo a uno, o a otro caminante; si infestara los mares con una grande armada, sería celebrado como un conquistador glorioso. Bien conoció Alejandro que a su corazón se disparaba aquella saeta; pero perdonó la osadía por la magnanimidad; mas este asunto le tratamos de intento en otra parte.

28. Para dar más clara idea de los vicios de la gente Romana, tomaremos las cosas desde su origen, y fijaremos el principio en el Rey Procas; pues de los Reyes antecesores desde el Rey Latino, sólo quedaron los nombres; y cuanto se cuenta del Rey Latino, y de sus guerras, y alianza con Eneas, es muy dudoso, respecto de que muchos, y graves Autores aseguran que Eneas nunca vino a Italia. De dos hijos que dejó Procas, Numitor, y Amulio, este, que era el segundo, usurpó la Corona al primero, matando un hijo varón que tenía, y haciendo Virgen Vestal a Rea Silvia su hija, por quitarle toda sucesión; pero esta la diligenció con una furtiva torpeza, de que salieron los dos hermanos gemelos Rómulo, y Remo. Mataron los dos al Tirano Amulio, restituyendo el Cetro a su abuelo Numitor, y después Rómulo mató a Remo, por reinar sin competencia. Fundó el Príncipe Fratricida a Roma; y para poblarla, haciendo concurrir, con la artificiosa ostentación de unas grandes fiestas, los Pueblos comarcanos, robaron los Romanos todas las doncellas Sabinas, porque empezase con raptos aquella Ciudad que se había de engrandecer con robos. Fue Rómulo un gran Político; pero al fin los Senadores, que él mismo había establecido, cansados de su imperio, le mataron, haciendo [201] creer al Pueblo que había sido arrebatado al Cielo para Deidad. Sucedióle por elección Numa Pompilio, astuto Político debajo del velo de hombre religioso, que mitigó a aquel Pueblo la ferocidad con la superstición, llamándole de ritos, y haciendo obedecer ciegamente todos sus decretos, porque supo persuadirle que eran dictados por la Diosa, o Ninfa Egeria, con quien tenía extáticos comercios; y así pasó por un Santo un solemne embustero. Sucedióle Tulio Hostilio, hombre feroz, y guerrero, que con el derecho de las armas añadió a Roma muchas tierras, enriqueciéndola especialmente con los despojos de Alba que redujo a cenizas. Anco Marcio, cuarto Rey, fue más justo, porque guerreó provocado, si se puede llamar provocación pedir las Potencias vecinas lo que su antecesor inicuamente les había usurpado. Al fin, en la corrupción de aquellos tiempos el usurpar era gloria, y el no restituir no era pecado. Tarquino Prisco, quinto Rey, añadió doce Pueblos a las usurpaciones anteriores. Matáronle dos hijos suyos, celosos de la autoridad que con él tenía Servio Tulio, hijo de una esclava; y este se apoderó del Reino, fingiendo estar Tarquino vivo, y obrar de orden suyo, hasta que tuvo las cosas en estado de declararse. Tulia, hija suya, que se casó con Tarquino el Soberbio, soberbia ella, y feroz mucho más que el marido, le incitó a que matase a su padre para subir al Trono; y ejecutado el parricidio, le circunstanció aquella, más que mujer, furia, atropellando el regio cadáver con su carroza. Tarquino empezó su Reinado con crueldades domésticas; y ya saciado de sangre de los suyos, se convirtió su sed a la de los extraños. No fue menos falso, que cruel. A su hijo propio azotó públicamente con concierto entre los dos, para que pasando como agraviados, y deseoso de la venganza de los enemigos, traidoramente los matase, y vendiese, como lo hizo. Sucedió el estupro de Lucrecia, que libró a Roma de aquel Tirano, y hizo aborrecible para siempre la dominación, y nombre Real. [202]

§. VII

29. Empezó el gobierno Consular, que mucho tiempo fue justo con los Cuidadanos, pero siempre injusto con los vecinos, por no apartar jamás el corazón, ni las manos de nuevas conquestas. Faltábase a la fe cuando lo pedía la ambición. Singular testimonio dan las horcas Caudinas, donde cogido todo el Ejército Romano, y puesto debajo del cuchillo de las Samnites, fue dejado salir libre debajo de la condición de una perpetua paz, lo cual no duró más que el tiempo que hubo menester Roma para armar de nuevo el Ejército.

30. Dominada toda Italia, empezó la insolencia de los Magistrados, y la ambición de los particulares. ¡Qué injusticia tan violenta la de Apio Claudio, uno del Decemvirato, hacer traer por fuerza, destinada a su lujuria, a una doncella noble! ¡Y qué espectáculo tan miserable su padre Virginio, viendo que por justicia no podía redimirla de aquella ignominia, degollar a la infeliz doncella en medio de la plaza!

31. La ambición de los nobles se pegó como contagio a los plebeyos, que no sólo excitaron sediciones para obtener sus Magistrados; pero llegaron a la desvergüenza de pretender descubiertamente la mezcla indiscreta de matrimonios con las familias patricias.

32. Pacificóse Roma dentro de sí misma luego que comenzaron las guerras forasteras. Rompió la Romana ambición los términos de Italia. Ducediéronse la guerra púnica Primera; la Ligústica, la Gálica, la Ilírica, la Segunda Púnica, que fue la más trabajosa que tuvieron los Romanos; pero también la más justa, porque había sido el agresor aquel rayo de Marte Aníbal: y aún se puede decir que fue culpable en los Romanos la tardanza en la defensa, pues en un sitio de nueve meses se estuvieron a la vista esperando a que la lealtad de Sagunto se convirtiese en rabia, y toda la población en cenizas. Volaron triunfantes, vencido Aníbal, las Armas de Roma por Africa, [203] Europa, y Asia, buscando en todas partes pretextos para el rompimiento. Sólo Viriato, y los Numantinos detuvieron aquel ímpetu mucho tiempo. A Viriato le vencieron a traición, no pudiendo de otro modo, disponiendo con promesas que sus mismos Soldados le matasen. La guerra de Numancia fue la más iniqua que jamás hicieron los Romanos, no sólo por sus principios, mas también por los progresos, toda llena de injusticias, y ruindades. El motivo no fue más que acoger los Numantinos a los Sedigenses, aliados, y parientes suyos, fugibivos del furor Romano. Vencieron los de Numancia a Quinto Pompeyo; y pudiendo destruirle del todo, admitieron la paz propuesta por él, que luego violaron los romanos, acometiendo de nuevo a Numancia debajo de la conducta de Hostilio Mancino, que siendo también vencido, propuso nuevos capítulos de paz; y los Numantinos los admitieron, aunque estaba en su mano degollar todo el Ejército enemigo. Pero esta segunda moderación fue correspondida con segunda perfidia, renovando los Romanos la guerra debajo del pretexto de ser ignominiosa para ellos la paz pactada. Y en fin, triunfaron, no de Numancia, sino de las cenizas de Numancia; porque en la última desesperación de defensa, al fuego, al veneno, al hierro se entregaron voluntariamente hombres, y edificios.

33. Aquí me da Lucio Floro, gran Panegirista del Pueblo Romano, materia para una importante reflexión. Este elegante Historiador, habiendo referido los sucesos de la gente Romana desde su origen hasta la toma de Numancia, conque acaba el capítulo diez y ocho del libro segundo de su historia; empieza el diez y nueve celebrando magníficamente la virtud, y santidad del Pueblo Romano desde sus principios hasta aquel tiempo: Hactenus Populus Romanus pulcher, egregius, pius, sanctus, atque magnificus. ¡Oh santidad bien conocida, cuando en todo aquel tiempo hemos visto a Roma trono a la injusticia! Pero si se habla comparativamente de un tiempo a otro, con alguna verdad se puede decir, que hasta la guerra de [204] Numancia se conservó en Roma la integridad de costumbres. Tanta fue después la corrupción, que la antecedente parece santidad. La única virtud que se había mantenido inviolada en Roma, era el amor de la patria. Este fue cayendo hasta mirar cada individuo solamente por su interés propio, aún con la ruina del público. Como un hombre milagroso fue mirado Catón, porque no abandonó jamás la República.

34. Siempre desde aquel tiempo se vió Roma dividida en cruelísimas facciones, o más que dividida, despedazada. Aún hoy lastiman la memoria aquellas dos hermanas furias, Mario, y Sila, que con dos diluvios de sangre dos veces hicieron salir de sus márgenes el Tíber. Sucediéronles en la ambición, y en el odio César, y Pompeyo. Vino después el Triumvirato de Augusto, Marco Antonio, y Lépido, haciendo el infame pacto de sacrificar cada uno sus propios amigos a la venganza de los otros dos, para dividir entre sí las Provincias del Imperio.

35. No era menor entre tanto la corrupción del Senado. Venales eran aquellos Padres conscriptos siempre que ofrecían precio correspondiente los compradores. Así lo dijo, porque así lo experimentó, el bárbaro Rey de Numidia Yugurta, que con los dones que les envió, los hizo patrocinar por algún tiempo sus maldades, y ensordecer a las justas quejas de los aliados de la República. Jamás Tribunal alguno fue captado con tanto género de soborno como aquel conque Clodio ganó al Romano, para que le absolviese de sus torpísimos insultos. Regaló al Senado con noches lascivas, entregando al brutal apetito de los Senadores personas de entrambos sexos. Cuéntalo Valerio Máximo ( lib. 9. cap. 1 ).

§. VIII

36. Del vicio de la lascivia no hemos tocado sino uno, u otro hecho que ha ocurrido, siguiendo el hilo de la historia. Oigo llorar a los celosos la corruptela de este siglo en punto de incontinencia. Harto peores [205] fueron aquellos siglos en que apenas había quien la llorase. Hasta la venida del Redentor, aún las Naciones cultas eran en esta materia bárbaras. Los lupanares, o lugares públicos son antiquísimos. Solón por ley los instituyó en Atenas, para evitar adulterios. Entre los Babilonios (según Herodoto) eran las mujeres una vez en la vida comunes a todos, y los que se veían reducidos a la pobreza, obligaban a sus hijas a sustentarlos a costa de su pública ignominia. El mismo Autor dice que los de Tracia daban a todas las doncellas libertad absoluta. Lo mismo refiere Varrón de los Ilíricos. ¡Cuánto horrorizan las fiestas Bacanales, que pasaron de Egipto a Grecia, y de Grecia a Roma! La ebriedad, el furor, y la incontinencia más bruta pasaban por culto de una Deidad. En Roma era permitido a las mujeres vulgarizar su cuerpo, con la previa diligencia de presentarse a hacer esta protesta delante de los Ediles, sin excluir de esta infamia aún a las mujeres de condición; hasta que avergonzado el Senado al ver que Vestilia, de familia Pretórea, había usado de esta licencia, ordenó que se negase a cualquiera mujer, cuyo padre, abuelo, o marido hubiese sido Caballero Romano. ¿Qué diré del abominable comercio entre personas de un mismo sexo, comunísimo, y precticado sin vergüenza alguna entre Griegos, y Romanos? Pero apártese la pluma de lo que horroriza la memoria, que más mancha el papel con la especie que representa, que con la tinta que imprime. [206]

{(a) Habiendo el Reino de Egipto hecho un papel tan considerable en el mundo, y haciéndole aún hoy en la antigua Historia, puede notarse que no haya sido emprehendido en este Discurso, sino para decir de paso, que en él tuvieron principio las fiestas Bacanales; lo que a la verdad no prueba corrupción de costumbres, porque aquellas fiestas en su origen, aunque contenían una superstición muy ridícula, no envolvían las abominables torpezas que después se introdujeron en ellas. Diremos, pues, algo sobre el punto.

2. Nada me parece prueba mas bien cuánta era la disolución de los Egipcios en materia de lascivia, que una historia de Herodoto; la cual, aunque, como yo la juzgo, sea fabulosa, y por tanto no haga [206] fe en cuanto al hecho, infiere como supuesto necesario, y verdadero la mucha corrupción de aquella gente.

3. Cuenta Herodoto, que en tiempo de Ferón, Rey de Egipto, y sucesor inmediato del gran Sesostris, creció el Nilo muy extraordinariamente, haciendo con la inundación gravísimo daño a las tierras. El Rey, irritado, lanzó a una flecha contra el río, como para castigar su insolencia. Al momento quedó ciego. Adoraban los Egipcios como Deidad al Nilo; y así la ceguera del Rey, si fue verdadera, y consiguiente a aquel desahogo de su cólera, no podía menos de ser mirada entre aquella gente idólatra como castigo del sacrilegio. Diez años permaneció el Rey ciego, sin que ni con ruegos, ni con sacrificios lograse el beneficio de la luz. Hasta que en fin, de la Ciudad de Butis le vino la respuesta de un Oráculo, cuyo contenido era, que recobraría la vista lavándose los ojos con la orina de una mujer a quien no hubiese conocido otro hombre que su marido. Alegrísimo el Rey con la receta de un remedio a su parecer tan fácil de encontrar, le buscó, como era natural, en su propia esposa; mas no sirviendo de nada el lavatorio, se quedó ciego como estaba. Fue sucesivamente recurriendo a varias mujeres ilustres. Todo fue inútil. Continuó la experiencia en otras muchas de varias condiciones; todo sin provecho. Hasta que finalmente halló el remicio en la mujer de un pobre Labrador. Lograda la vista, hizo cerrar en una Ciudad todas las mujeres en quienes inútilmente había buscado la cura, y poniendo fuego al pueblo las abrasó a todas. Añade Herodoto, que en acción de gracias levantó, y consagró dos Obeliscos al Sol, cada uno de cien codos de altura. La existencia de los dos Obeliscos, ya fuesen obra de este Rey, ya de otro, es real. Uno de ellos fue conducido a Roma por el Emperador Cayo; y es el mismo que Sixto V hizo colocar delante de la Iglesia de S. Pedro.

4. Ya he dicho que tengo esta historia por fabulosa. Pero la misma ficción prueba la realidad de lo propuesto; pues supone como fundamento verdadero el concepto común de la depravación de la gente, aunque errado por nimio.}

37. Generalmente se puede decir, que los demás vicios son achaques de los individuos: la incontinencia, y la ambición son pasiones de la especie. Su imperio comprende igualmente todas las Naciones, y su duración todos los tiempos.

§. IX

38. Con la venida del Redentor mudó algo de semblante el Mundo, convirtiéndose una parte de [207] la tierra en Cielo. Desposáronse con la virtud los que abrazaron la verdad. Pequeña grey, pero hermosa, sustentaba vida inocente con el pasto de la sana doctrina. La concordia, el candor, la Fe de la primitiva Iglesia, hicieron que hubiese, no en el principio, como fingieron los Poetas, sino en medio de los tiempos, un siglo de oro.

39. Pero esta felicidad no fue de mucha duración. Luego que se acabaron las persecuciones, se puso la Cristiandad en el estado en que hoy la vemos. Parece que la sangre de los Mártires fertilizaba el terreno de la Iglesia, pues luego que faltó este riego, empezó a ser mucho menor la cosecha de virtudes. La semejanza de aquellos tiempos a estos se prueba con testigos superiores a toda excepción.

40. S. Juan Crisóstomo, que floreció en el cuarto siglo de la Era Cristiana, apenas hallaba en la Ciudad de Antioquía cien individuos que viviesen bien, siendo aquella población una de las tres mayores del mundo. Lo menos que se le puede dar de vecindad en aquel tiempo son seiscientas mil almas; y según esta cuenta, apenas entre seis mil había uno bueno. Las palabras del Santo son tan fuertes, que aunque dejemos mucho al hipérbole, queda lo bastante para dar un concepto bajísimo de aquella Cristiandad: ¿Cuántos pensáis (decía hablando con el mismo Pueblo) que se salvarán en esta Ciudad? En tantos millares con dificultad se hallarán ciento que se salven. Aún de estos dudo; porque ¡cuánta es la malicia en los mozos! ¡el descuido de los viejos! Ninguno tiene cuidado de sus hijos. Ninguno pone atención a imitar al virtuoso anciano. Lo peor es que apenas hay a quien imitar. Faltan ejemplares en los ancianos, y así salen también malos los jóvenes {(a) Homil. 40 ad Populum}.

41. S. Agustín, que vivía por el mismo tiempo, no nos muestra el Occidente más bien parado, que S. Juan Crisóstomo el Oriente: ¿Cuántos son (dice sobre el Psalmo 48) los que parece que guardan los preceptos divinos? Apenas se hallan uno, o dos, o poquísimos. [208]

42. S. Gregorio, que floreció en el sexto siglo, contemplando desde la cumbre del Solio Pontificio toda la Iglesia, la comparó a la Arca de Noé, donde había pocos hombres, y muchos brutos, porque es en la Iglesia, sin comparación, mayor el número de los que obran brutalmente, siguiendo el ímpetu de la carne, que los que viven racionalmente según el espíritu {(a) Homil. 38 in Evang.}. ¿Hubo alguna mejoría en los tiempos que sucedieron? Ninguna. Díganlo tantos Sagrados Concilios, donde por los remedios venimos en conocimiento de las enfermedades; pues frecuentemente se trataba en ellos de ocurrir a grandes, y comunes abusos.

§. X

43. ¿Dónde, pues, estais, siglos envidiados? Sólo en la imaginación de los hombres. No hubo tiempo donde no se hablase mal del presente, y bien del pasado. Es esta queja tanto peor fundada, cuanto más común. Usa el mundo del lenguaje de los envidiosos, que vituperan a los vivos, y aplauden a los muertos. ¡Raros ojos tenemos! que nos parecen mejor las cosas por la espalda, que por el rostro. Siendo la mayor fealdad de todas el no ser, el mismo no ser es condición para hallar hermosura en lo que fue.

44. No se puede negar que hay en los vicios sus flujos, y reflujos. Hoy domina más un vicio en esta Provincia, que ayer. Mañana, por el comercio estrecho con una Nación viciada por otro lado, es poseída de otra enfermedad diferente, que quieta las fuerzas a la anterior. Esotro día viene un Príncipe justo, que pone a la República en mejor forma; pero a un Marco Aurelio sucede un Cómodo, que todo lo desbarata. Como en un mar tempestuoso (que no es otra cosa el mundo), no sólo se está chocando las virtudes, y los vicios, mas los mismos vicios se impelen a otros. Mas esta es una desigualdad insensible, respecto del todo de los tiempos; o por mejor decir, en [209] todos tiempos hubo la misma desigualdad. No están siempre en un estado las olas; pero no por eso se puede decir que sea más borrascoso el mar en este siglo, que en los pasados.

Concluyo con unas elegantes palabras de Séneca, que comprehenden bien el asunto: Queja fue esta de nuestros mayores, queja nuestra es, y lo será de los que nos sucedieren: que las costumbres están perdidas, que reina la maldad, que las cosas del mundo se empeoran cada día; pero mirándolo bien, los vicios están siempre en el mismo estado, a la reserva de algunos encuentros que se dan unos a otros, como las olas. Hoc majores nostri questi sunt, hoc nos querimur, hoc posteri nostri queruntur: eversos esse mores, regnare nequitiam, in deterius res humanas, & in omne nefas labi. At lista stant loco eodem, stanbuntque, paulum dumtaxat ultro, aut citro mota, ut fluctus {(a) Lib. 1 de Benef. cap. 10}.

45. En otra parte dice que los vicios son propios de los hombres, no de los tiempos: Hominum sunt ista, non temporum ( epíst. 97 ). Lo cierto es, que los principios por donde los hombres son malos, o buenos, no dependen de los tiempos. Es el hombre malo por ser hecho de la nada: es bueno por la misericordia divina; y una es en todos los siglos la naturaleza del hombre, y la benignidad de Dios. Muchos siglos ha que dijo uno, que conocía bien el mundo (Juven. sat. 13)

Rari quippe boni: numero vix sunt totidem, quot
Thebarum portae, vel divitis ostia Nili.

 

{Benito Jerónimo Feijoo, Teatro crítico universal, tomo segundo (1728). Texto tomado de la edición de Madrid 1779 (por D. Joaquín Ibarra, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo segundo (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 188-209.}


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