Obras de Feijoo Teatro crítico universal Tomo segundo

Benito Jerónimo Feijoo • Teatro crítico universal • Tomo segundo • Discurso cuarto

Profecías supuestas

§. I

1. No cabiendo el conocimiento de los futuros (como se vio en el Discurso antecedente) ni en la Arte, ni en la Naturaleza, sólo resta que puedan saberse por vía de inspiración. La previsión de lo venidero es privativa de la Deidad. Todos los futuros están contenidos en el sellado libro de sus decretos, que no pueden abrir las más altas Inteligencias. Pero Dios, en todo liberal, también en esta parte lo ha sido, y no sólo en el estado de la Ley de Gracia, mas también en el de la Natural, y en el de la Escrita se dignó tener algunos íntimos amigos, a quienes fió parte de sus secretos, tal vez con la facultad de propalarlos.

2. Mas como los hombres no quieren a Dios liberal, sino pródigo, en todos tiempos se fingieron (digámoslo así) vulgarizado tan singular beneficio. Este es uno de los mayores engaños, que siempre padeció la ignorancia del vulgo. En todos tiempos, y en todas Religiones hubo extraña copia de profecías supuestas. Asombra lo que refiere Suetonio de la multitud de libros proféticos, tenidos por tales entre Griegos, y Romanos. Luego que, muerto Lépido, fue hecho Sumo Pontífice Octaviano Augusto, mandó juntar [92] todos los libros fatídicos (esta es la voz de que usa Suetonio), escritos ya en Griego, ya en Latín, que corrían por el vulgo; y habiéndose recogido más de dos mil, los hizo quemar todos, exceptuando los libros Sibilinos; y aun de estos fueron también algunos condenados al fuego, como espurios.

3. En cuanto a los libros de las Sibilas, número, nombres, patria, y tiempo en que florecieron estas mujeres, hay tanta disensión entre los Autores, que apenas se hallan dos concordes. Cicerón, Plinio, Plutarco, y Diodoro Sículo no hablan sino de una Sibila. Marciano Capela dice que hubo dos, Solino tres, Eliano cuatro, y Varrón hasta diez. De la legitimidad de sus vaticinios no hay tampoco mucha certeza. La Histora Romana cuenta, que habiendo llegado a Roma la Sibila Cumana en tiempo de Tarquino el Soberbio, le presentó nueve libros, pidiendo por ellos trescientos escudos: burlándose el Príncipe, por parecerle excesivo el precio, quemó la Sibila los tres, y por los seis restantes pidió la misma cantidad: despreciando Tarquino de nuevo tan extravagante demanda, quemó otros tres, insistiendo, en que por los tres que quedaban le diese los trescientos escudos, y amenazando de darlos al fuego, como los demás, en caso de ofrecerle menor precio. En fin, concibiendo el Príncipe en tan extraña resolución algún alto misterio, dio los trescientos escudos por los tres libros, que como cosa sagrada colocó debajo de la custodia de dos Patricios en el Capitolio, y eran consultados por los Romanos cuando se veía en alguna grande aflicción la República, hasta que abrasándose el Capitolio en tiempo de Sila, ochenta y tres años antes del Nacimiento de Cristo, tuvieron los tres libros la misma desgracia que los otros seis.

4. Deseosos los Romanos de reparar en lo posible esta pérdida, enviaron sujetos, que por la Grecia, y por la Asia recogiesen los versos de las Sibilas, que pudiesen hallar. Señaladamente fueron deputados para este fin Octacilio Craso, y Lucio Valerio Flaco a Atalo, Rey de Pérgamo, [93] y juntaron hasta mil versos, atribuidos a las Sibilas, que les dieron varios particulares. De estos versos, dicen, se extrajeron aquellos fragmentos, que por contener claros vaticinios, y muy circunstanciados, de la venida del Hijo de Dios, y de nuestra Redención, apreciaron algunos Padres de la Iglesia para hacer argumento con ellos contra los Gentiles.

5. Isaac Vosio pretende que los versos Sibilinos, traídos a Roma por Octacilio Craso, fueron compuestos por algún Judío, que extrajo aquellos vaticinios de la Sagrada Escritura. Otros le contradicen, porque en la Escritura no se hallan predicciones tan claras, y formales de nuestra Redención, como las de los versos Sibilinos; y así creen que estos fueron supuestos por algún Cristiano en el segundo siglo. Pero es mucho arrojo de la crítica pensar que a la gran sabiduría de los Padres más vecinos a aquel tiempo se escondiese este engaño. Bien podrían conciliarse estas dos opiniones, diciendo, que de hecho los versos traídos a Roma contenían el vaticinio de nuestra Redención, y de la venida del Mesías, con aquella generalidad que se halla en los Profetas Sagrados, y después algún Cristiano los alteró, dándoles más clara expresión. No es prudencia tomar partido en materia tan obscura. Lo que podemos decir es, que las contradicciones de los Autores, sobre el número, tiempo, y otras circunstancias de las Sibilas, no dejan duda de que en su Historia se han mezclado muchas fábulas; especialmente cuando de la Sibila Délfica, que algunos llaman Artemis, se dice que fue muy anterior a la guerra de Troya. ¿De dónde se sacó esta noticia? En los libros Sagrados no la hay: y de los Historiadores profanos ninguno se avanza a tanta antigüedad, exceptuando los fabulosos; que por eso los Críticos a todo el Tiempo anterior a la guerra de Troya, llaman el país de las fábulas.

6. Advierto que S. Ambrosio no hizo de las Sibilas el mismo concepto que S. Agustín, S. Jerónimo, y otros algunos Padres, que hablaron de ellas; pues les niega toda [94] celeste inspiración, y sólo les concede espíritu fanático, mundano, y engañoso (in Epiest. I. ad Corinth. cap. 2).

{(a) Natal Alejandro en la Disertación que hizo sobre los versos de las Sibilas, sigue, al parecer, la senda más razonable. Dice lo primero, que aquellos de que usaron los Padres, eran partos legítimos de aquellas Profetisas, sin vicio, o corrupción alguna: lo cual prueba bien con la autoridad de los mismos Padres.

2. Dice lo segundo, que los versos Sibilinos que hoy tenemos, están corruptos, viciados, y alterados en muchas cosas. Las pruebas son concluyentes. Primera. Es sentir común de los Padres, que no hubo antes de Moisés Escritor alguno, ni sagrado, ni profano. Pero el Autor del tercer Libro Sibilino se supone más antiguo que Moisés, porque predice como futuro el nacimiento de Moisés, y la redención del Pueblo Hebreo bajo la conducta de este Caudillo. Segunda. Los Padres dicen que las Sibilas fueron Gentiles, y de prosapia pagana; pero la Sibila Eritrea al fin del Libro tercero se califica nuera de Noé. Tercera. S. Agustín, y S. Jerónimo dicen, que las Sibilas fueron vírgenes, y que Dios los dio el don de profecía en premio de la virginidad; pero la que se supone Autora del Libro cuarto, confiesa haber sido pública y vilísima prostituta. Cuarta. Todas las Sibilas se suponen muy anteriores a Cristo; pero el Autor del Libro quinto dice, que vio con sus propios ojos el incendio del Templo de Vesta, el cual sucedió, como afirma Eusebio, imperando Cómodo, siglo y medio después de la muerte de Cristo.

3. Quinta. En el Libro primero, el nombre de Adán se da por derivado de la voz Griega Ades. ¿Quién ignora que no es Griego el origen de la voz Adán? Sexta. En el mismo Libro primero se dice, [95] que el Ararat, donde descansó el Arca de Noé, es monte de Frigia. Todos saben que está en la Armenia. Séptima. En el mismo Libro se lee, que Noé sólo estuvo cuarenta y un días en el Arca. De la Escritura consta que estuvo un año entero. Octava. En el libro primero, y tercero se refiere como verdadera la Historia de los Titanes, la cual es fabulosa. Nona. En el Libro tercero coloca el Autor en la Etiopía los Pueblos de Gog, y Magog; los cuales, según Josefo, pertenecen a la Escitia. Décima. En el mismo Libro vaticina, que los italianos serán sujetos a los Asiáticos; lo cual hasta ahora no se vió. Undécima. En el Libre quinto predice, que Tiberio había de conquistar a Persia, y a Babilonia; lo que repugna a todas las Historias. Duodécima. En el mismo Libro llama Francés a Trajano. Todos saben que fue Español. Decimatercia. En el libro octavo pronostica la total ruina de Roma para el año de 195 de la Era Cristiana. Aún ahora subsiste. Cuartadécima. En el Libro segundo supone, siguiendo la herejía de los Milenarios, no sólo que Jerusalén será restaurada, sino que Cristo fijará en ella el trono de su imperio, para gozar con los Justos todo género de delicias, así corporales como espirituales. Puestas estas pruebas, y otras cinco que omito, deduce el citado Crítico, no sólo la parcial, más aún la total suposición de Libros Sibilinos, que es algo mas de lo que había afirmado al poner la conclusión. Ex quibus omnibus, dice, colligitur auctorem octo librorum, qui Sibyllini inscribuntur, professione Christianum fuisse, linguae Hebraicae verae Theologiae, immo Historiae, & Geographiae penitus imperitum.}

§. II

7. Igual, o mayor duda hay en orden a los Oráculos del Gentilismo. Algunos Autores se arrojaron a decir, que nunca hablaba el Demonio en los Ídolos, sí solo los mismos Sacerdotes idólatras, los cuales con varios estratagemas persuadían al Pueblo, que lo que respondían ellos era voz de las estatuas: citan por esta sentencia a S. Clemente Alejandrino, y a Eusebio. La misma siguieron algunos Filósofos, que cita Cicerón en el libro 2 de Divinat. Aristóteles en el libro 3 de Retórica, cap. 5, manifiestamente parece que está por el mismo sentir. Pero así [95] como esta opinión, hablando con tanta generalidad, me parece propasarse mucho, es lo más verisímil que por la mayor parte sucedía así. En el Museo Kircheriano se lee, que los Sacerdotes Egipcios, y Griegos, con un género de tubos, o trompetas parlantes, al modo de aquella que reinventó en el siglo pasado el ingenioso Padre Kircher, escondidos tras del Ídolo en parte algo distante, encaminaban con arte la voz, de suerte que al Pueblo le pareciese salir de la boca del simulacro; ayudando mucho al engaño el horrendo sonido, que crece a la voz dirigida por la estrechez del tubo; pues quien ignora el artificio, no concibe que pueda ser voz humana.

8. Pero aunque el uso del tubo era más acomodado, y útil para este efecto, sin él podían ejecutar el mismo engaño, articulando, escondidos detrás de los Ídolos, las respuestas, [96] por algún conducto que tuviese salida en la boca de la estatua. De esto hallamos un ejemplo en los Idólatras modernos, que refiere Juan Bautista Tabernier en el libro primero de sus Viajes de las Indias, cap. 18. En el Reino de Golconda hay un Ídolo, famoso por las respuestas que da a los que van a consultarle: el citado Tabernier, sospechando en ello algún engaño, especialmente porque supo que no siempre el Ídolo respondía, y algunas veces dilataba muchos días la respuesta, tuvo arte para introducirse en el Templo, a tiempo que estaba solitario; y registrando el Ídolo, vio que había un agujero, por donde un hombre podía entrar a colocarse detrás de la estatua: el juicio que hizo por esta circunstancia, se fortificó por la extrema irritación que advirtió en un Sacerdote, que le sorprendió al salir del Templo, a quien sin embargo aplacó por medio de dos monedas de oro.

{(a) La Esfinge era Deidad campestre, adorada de los Egipcios. Había por los campos en las cercanías de Egipto muchas estatuas suyas. La más famosa era a trescientos pasos de la gran Pirámide, y cuatro millas del Cairo, de quien hablan Herodoto, y Plinio, encareciendo su enorme grandeza. Era muy venerada esta Esfinge por las respuestas que daba a las consultas que le hacían. Pero el Padre Sicardo, Misionero Jesuita, que vio la cabeza de esta Esfinge (todo el resto del cuerpo estaba sepultado en la arena), dice que las respuestas de aquel Oráculo eran pronunciadas por los Sacerdotes; los cuales, por un oculto canal subterraneo, se introducían en la cavidad del Ídolo. El extraordinario, y portentoso sonido que adquiría la voz con sus repercusiones en las concavidades de aquel Coloso, confirmaba la los Infieles en la persuasión de que era efecto de causa sobrehumana.

2. Teodoreto lib. 5 Hist. cap. 22, después de referir que Teófilo, Obispo de Alejandría, a quien llama hombre de ánimo excelso, y prudencia suma, extirpó enteramente la Idolatría de aquel Pueblo, dice, que el medio de que se sirvió para tan glorioso triunfo, fue poner a los ojos de los Idólatras el embuste de sus Sacerdotes, los cuales les persuadían que en los Ídolos les hablaban sus Deidades; siendo realmente ellos los que daban respuestas, y decretos por medio [97] de las estatuas. Lo que se hizo patente descubriendo la fábrica interior de las estatuas, y los ocultos caminos por donde se introducían a la cavidad, o espaldas de ellas. Las palabras de Teodoreto son las siguientes: Subdolas Sacerdotum veteratorum machinationes eorum oculis, puos in fraudem deduxerant, subjecit ad contemplandum. Etenim Sacerdotes isti statuas, quarum pars aeneae, pars lignae fuerunt, cavas introrsus effecerant, tergaque earum parietubus affigentes, vias quasdam latentes, & obscuras per ipsos parietes deduxerunt ad illas. Deinde per adyta fanorum in eas ingressi vias, se in statuas ipsi abdiderant, indeque velut ex statuarum ore, quod libitum ipsis erat imperarunt, quibus auditores circunventi imperata fecerunt. Has igitur sapientissimus Episcopues, demolitus, Sacerdotum praestigias Populo ab illis decepto patefecit.

3. No sólo los muchos ejemplares que ha habido de esta maldita trampa de los Sacerdotes Gentiles, mas también la buena razón, me inclina a creer, que por la mayor parte los decretos, y respuestas de los Ídolos, no tenían otro misterio. Las Historias, así sagradas, como profanas, hacen fe, y constituyen en grado de verdad innegable, que varias veces hablaba el Demonio en los Ídolos. Pero que Dios le diese frecuentemente esta licencia al Demonio, es cosa en que hallo notable repugnancia.}

9. En el Oráculo de Delfos, que fue el más famoso de la antugüedad, es muy verisímil que se usaba del mismo [97] dolo en consideración del sitio donde se daban las respuestas. El trípode, o mesa de tres pies, donde se sentaba la Profetisa, estaba colocada sobre un agujero, o abertura de la tierra, por donde cuando había de responder, humeaban densas exhalaciones, que conturbándola el cerebro, la ponían al parecer furiosa, y obligaban a violentas contorsiones, las cuales, cesando después el humo, también cesaban, y entonces, como intérprete de la Deidad, satisfacía a las consultas. La astucia, que se lee en Daniel de los Sacerdotes de Bel, que tenían ocultas entradas al Templo (al parecer por conductos subterraneos, aunque la Escritura no lo dice con expresión), para comer los manjares que se presentaban al Ídolo, persuadiendo al Pueblo que el Ídolo los comía, hace pensar a algunos Autores, que en Delfos se practicaba semejante engaño, y que la abertura de la tierra se comunicaba a alguna caverna, adonde los Sacerdotes se encaminaban por oculta senda subterránea, para desde ella dar sahumerios a la Profetisa, y aun dictarle las respuestas. El Trípode estaba todo rodeado de laureles, [98] con cuyo beneficio, y el del humo que salía de la caverna, se robaba la vista de los circunstantes de la Profetisa: cuya afectada ocultación, cuanto facilitaba el engaño, tanto le hacía más creíble.

10. Al principio sólo ejercían aquel ministerio tiernas doncellas consagradas a Diana, hasta que un tal Echecrates, natural de Tesalia, que fue a visitar el Templo de Delfos por devoción a Apolo, y después repitió muchas visitas por devoción a la Profetisa, logró enamorarla, y robarla. Desde entonces se estableció, que no se sentase en el Trípode mujer alguna de menos edad que cincuenta años: en que acaso no sólo se atendió a evitar otro sacrílego robo, mas también a no exponer en la facilidad de una doncella la revelación del secreto engaño del Oráculo.

11. Opondráseme a esto el silencio del Oráculo de Delfos desde el tiempo del nacimiento de nuestro Redentor, que afirman Suidas, Cedreno, y Nicéforo, refiriendo que Augusto, admirado de ver ya a Apolo mudo, instándole para que le revelase la causa del silencio, recibió por respuesta, que un Niño Hebreo, Dios de los Dioses, le obligaba a dejar aquel sitio, y volver al Infierno; y que esta respuesta fue articulada en los tres versos siguientes.

Me puer Hebraeus, divos Deus ipse gubernans
Cedere sede jubet, tristemque redire sub orcum.
Aris ergo hinc tacitis abscedito nostris.

Esto prueba que las respuestas del Oráculo eran pronunciadas por el Demonio; pues a ser engaño de los Sacerdotes, hubieran continuado en él aun después de la venida del Redentor.

12. Pero esta historia, bien lejos de justificarse por verdadera, sin temeridad se puede condenar por fabulosa: lo primero, porque del viaje, y consulta de Augusto a Apolo Délfico hay alto silencio en todos los Escritores Romanos: lo segundo, y principal, porque Cicerón, que murió cuarenta y un años antes del nacimiento de Christo, testifica, que ya en su tiempo, y mucho antes, estaba mudo aquel [99] Oráculo. Estas son sus palabras: Cur isto modo jam oracula Delphis non eduntur, non modo nostra aetate, sed jam diu, ut nihil possit esse contemptuis ? {(a) Lib.2. de Divinitat.}. Es verdad que en Suetonio hallo, que de orden de Nerón (mucho tiempo después) fue consultado el Oráculo de Delfos sobre los años que había de vivir; y tuvo por respuesta, que se guardase de los setenta y tres años: lo que se verificó, no como él lo entendía, y como literalmente sonaba, pues Nerón no vivió mas que treinta y dos años, sino en que Galba, que con su conspiración quitó a Nerón la vida, y el Imperio, tenía setenta y tres años. Pero esta historia, si es verdadera, no menos prueba contra el silencio del Oráculo Délfico en el nacimiento de Cristo, a quien la consulta de Nerón fue muy posterior, que contra el dicho de Cicerón. Puede ser que Suetonio tomase aquella noticia de algún rumor del vulgo, que es quien dicta a los Historiadores parte de lo que escriben de los Príncipes.

13. Para que las predicciones de los Oráculos se verificasen en la forma que las interpretaban después de ver el éxito, no era mentester que las dictase la perspicacia diabólica; bastaba la sagacidad humana. O eran las respuestas ambiguas, y obscuras, de modo que pudiesen aplicarse a diferentes, y aun opuestos sucesos; o si se daban con más determinación, no correspondiendo después el suceso, se le buscaba a la profecía alguna explicación metafórica. Verdaderamente para tales vaticinios no eran menester más Demonios que Sacerdotes embusteros.

14. En tiempo de Luciano, un tal Alejandro Abonotichita, hombre de prodigiosa astucia, fundó en Paflagonia un Oráculo de Esculapio. Sirvióse para este efecto de una serpiente mansa de Macedonia, a quien había criado (haylas en aquella región de casta que no muerden), y en quien por medio de raros estratagemas hizo creer que residía aquella Deidad. Recibía en cédulas selladas las consultas que le querían hacer, y a otro día volvía en ellas, selladas [100] en la forma que se las habían entregado, debajo de la pregunta la respuesta, porque tenía secreto para abrirlas sin romper el papel, ni violar el sello. Atribuyéndose esto a milagro indubitable de la Deidad, voló la fama del Oráculo a todas partes, de modo que aun de Roma iban a consultarle. Las respuestas siempre tenían alguna ambigüedad artificiosa, la cual Alejandro, con maravillosa prontitud de ingenio, aplicaba después a cualquiera suceso. Baste este ejemplar. Rutiliano, hombre principal de Roma, le preguntó qué ayos señalaría a un tierno hijo suyo. Recibió por respuesta, que a Pitágoras, y Homero. El sentido natural de esto era, que el niño se aplicase a la doctrina de aquel Filósofo, y a la lectura de este Poeta. Murió el infante antes de poder hacer uno, ni otro; y reconvenido Alejandro por el afligido padre, satisfizo diciendo, que Esculapio, señalando a dos muertos por ayos de su hijo, bien claramente había expresado su acelerada muerte, como que luego iría a gozar sus documentos al otro mundo.

15. Si cuando el mundo estaba ya más advertido, un impostor solo pudo engañar a todo el mundo, ¿cuánto más posible fue que sucediese esto en la rudeza de los siglos anteriores, y que fuese conspiración de Sacerdotes embusteros la que se juzgaba respiración de las Deidades? Ni aun en aquellos tiempos parece que los hombres de más luz prestaban mucha reverencia a los Oráculos. Eurípides afirmaba, que el mejor Oráculo de todos era aquel que entre infinitas mentiras decía alguna verdad. Demóstenes decía, que la Profetisa de Delfos filipizaba: quería decir que sobornada por Filipo, Rey de Macedonia, daba las respuestas que importaban a la política ambiciosa de aquel Príncipe. Cicerón largamente hizo irrisión de todos los Oráculos desde que los hombres dejaron de ser simples.

16. No sólo los sabios, mas también algunos Príncipes parece que consultaban los Oráculos más por política, que por religión. El ver que siempre, o casi siempre recibían respuestas favorables, hace creer que las dictaba la adulación, [101] el miedo, o la codicia de los ministros del Templo. Había Agesilao consultado sobre un negocio grave a Júpiter Olímpico, y recibido favorable respuesta. Instáronle los suyos a que consultase también a Apolo Délfico; y él hizo la consulta con un modo graciosísimo: preguntóle a Apolo, si era del mismo parecer que su padre Júpiter. ¿Qué otra cosa era esto que hacer burla de una, y otra Deidad, de uno, y otro Oráculo?

17. Alejandro, negándosele la Profetisa Délfica a consultar la Deidad, con el motivo de ser aquellos días nefastos, o infelices, con violencia la hizo ir al Trípode. Cierto es que si venerara el Oráculo, ni maltratara a su animado órgano, ni despreciara la observancia del rito. El gracioso cumplimiento que en otra ocasión dio a la condición que el Oráculo le puso para ser vencedor, muestra también que su fe era de puro cumplimiento. Habíale sido respondido, que sería feliz en la empresa que meditaba, como quitase la vida al primero que encontrase al salir de la Ciudad. Sucedió que el primero que ocurrió fue un pobre paisano, que conducía un jumento a la Ciudad cargado de no sé qué. Mandó Alejandro que le matasen, notificándole el orden del Oráculo; a que replicó, o con sencillez, o con agudeza, el rústico: Que si el Oráculo había mandado a Alejandro matar al primero que encontrase, no era él quien debía morir. ¿Pues quién? dijo Alejandro. Señor, respondió el paisano, el jumento que traigo delante de mí; pues ese es el primero que habéis encontrado. Cayóle en gracia a Alejandro el argumento, e hizo matar a la pobre bestia. En lo cual sin duda no miró a cumplir con el Oráculo, sino a persuadir a su gente que cumplía, para asegurarlos en la confianza de la victoria.

18. No por esto pretendo que algunas veces no hablase el Demonio en sus Templos, y estatuas: esto fuera oponerme a muchos Padres que lo afirman: fuera de que en varias partes de la Escritura se habla de hombres, y mujeres que tenían espíritu pitón, que es lo mismo que espíritu diabólico divinatorio; y si el Demonio podía inspirar a particulares [102] individuos, podría también, permitiéndoselo Dios, ejercer el mismo influjo en los ministros de sus Templos. Lo que juzgo es, que aunque una, u otra vez sucedía así, lo más frecuente era ser artificio de los mismos Ministros para asegurarse la veneración de los Pueblos.

§. III

19. Fuera de la falsedad de los Oráculos, abundaron bastantemente los Gentiles en fábulas de aquellos que por inspiración se decían Profetas. Los más célebres fueron, entre los Griegos, Orfeo, y Melampodes: entre los Romanos Marcio: entre los Egipcios el Trismegisto: entre los Persas Zoroastro: entre los Hiperbóreos Abaris: entre los Getas Zamolxis. Celio Rodiginio halló en antiguos Escritores, que a los Argonautas acompañaron en su expedición tres Profetas, Mopso, Idmon, y Amfiarao. El primero de estos quedó con tanta opinión de cierto en sus predicciones, que era modo vulgar de ponderar la veracidad de alguno, el decir que era más cierto que Mopso. Andaban tan baratos los Profetas entre los Gentiles, que entre los hijos de Príamo se contaban dos, Heleno, y la infeliz Casandra, que recibió el don de la profecía con la pensión de no ser creída jamás: y Pausanias refiere de la familia de los Clitides en Grecia, en la cual era hereditario el don de profecía. ¿Qué diremos a esto, sino que entre los Gentiles había muchos embusteros, y aun familias, en quienes el embuste era hereditario?

20. No es absolutamente imposible que Dios comunique el don de profecía a un infiel. S. Agustín, S. Cirilo Alejandrino, y Teodoreto afirman, que Balaan, hombre Pagano, y maldito, fue inspirado en sus predicciones por Dios, aunque otros sienten que por el Demonio.

21. Plutarco, que es tenido por Autor verídico, cuenta que un hombre llamado Enarco, habiéndole referido al mismo Plutarco, a la sazón enfermo, que había sido muerto (el mismo Enarco), y resucitado poco después, en testimonio de ser verdad, le predijo a Plutarco, que muy en breve [103] mejoraría, lo cual sucedió. Pero del mismo contexto de la narración se colige, que el tal Enarco era un solemne mentiroso; pues dijo que los espíritus que habían arrancado su alma de su cuerpo, lo habían hecho por yerro, equivocando su alma con la de un Pellejero llamado Nicauda, que al mismo tiempo estaba enfermo: que sobre esto los había increpado fuertemente el Príncipe de aquellos espíritus, y ordenado que volviesen el alma al helado cadáver. A la verdad Plutarco en varias partes de sus escritos muestra ser bastantemente crédulo; y la predicción de su mejoría, pudiendo ser natural, no debía hacerle mucha fuerza.

22. A León Isáurico, siendo hijo de unos pobres Labradores, y tan pobre como ellos, dos Judíos, naturales de Fenicia, le predijeron que había de ser Emperador del Oriente, tomándole desde entonces la palabra de que en subiendo al solio, había de derribar todas las sagradas Imágenes que adoraban los Católicos: lo cual, cumplida la profecía, impíamente ejecutó, reconvenido de ellos con la palabra dada. Pero que aquí no intervino inspiración divina, es claro, por el inicuo intento a que miraba la predicción. Además de que estos mismos Judios poco antes, debajo de la misma condición de derribar las Imágenes que había en los Templos de los Cristianos, habían ofrecido, como de parte de Dios, a Jezid, Califa de los Sarracenos, cuarenta años de próspero reinado; el cual, sin embargo, fue tan breve, que aunque al punto formó Jezid el edicto para la abolición de las Imágenes, murió antes que se publicase. De donde se infiere, que estos dos hombres eran embusteros, que a Dios, y a ventura, o al diablo, y a desdicha, andaban pronosticando, y por accidente algo salía cierto.

23. La más singular historia, que en esta materia hallo, es la que trae Josefo de la predicción de la ruina de Jerusalén por un rústico Hebreo, llamado Jesús, hijo de Anani. Este hombre, siete años antes de la desolación de aquella Capital, y cuatro años antes de empezar la guerra de Judea, cuando los Jerosolimitanos se juzgaban más felices, [104] y más ajenos de todo susto bélico, empezó, un día festivo de gran concurso, a pronunciar en alto grito estas voces en el templo: Voz de Oriente, voz del Occidente, voz de los cuatro vientos, voz contra Jerusalén, y contra el Templo, voz contra los nuevos maridos, y recién casadas, voz contra todo este Pueblo. Desde entonces continuamente, dando vueltas por la Ciudad todos los días, y noches, repetía el mismo lamentable presagio, con asombro de todo el mundo. Quisieron atajarle, pero sin fruto; porque aunque más de una vez le atormentaron con cruelísimos azotes, hasta desnudarle los huesos, ni arrojó un gemido, ni soltó una lágrima, ni se le oyó una queja. Fija siempre la imaginación en el destrozo público, con olvido del dolor privado, entre los tormentos repetía aquellos funestos clamores: Voz del Oriente, voz del Occidente, &c. Interponía también muchas veces esta exclamación: ¡Ay de tí, Jerusalén! Reputado ya de todos por fatuo prosiguió siempre de este modo. Movieron los Romanos la guerra. Llegó el caso de poner sitio a la Capital. Entonces, dando vueltas por el muro, gritaba diciendo: ¡Ay de la Ciudad!¡ Ay del Templo! ¡Ay del Pueblo! Hasta que en fin se le oyó añadir a aquellos tres ayes otro ay, que fue el último, de este modo: ¡Ay de la Ciudad! ¡Ay del Templo! ¡Ay del Pueblo! ¡Y ay de mí ahora! ¡Cosa admirable! No bien acabó de decirlo, cuando una gran piedra, disparada de una máquina bélica, dándole en la cabeza, le derribó muerto.

24. Condenar esta historia por fabulosa, sólo cabe en una injusta crítica, porque además de que Josefo, en lo que él pudo averiguar por sí mismo, está reputado por Autor exacto, había dentro de Roma, cuando él escribió la Historia de la Guerra Judaica, infinitos Judíos, que habían sido hechos esclavos en la toma de Jerusalén, a vista de los cuales no referiría un suceso, de cuya falsedad le podían redargüir con evidencia. Así tengo para mí por cierto, que quiso la piedad Divina en la voz de aquel hombre, hacer la última llamada a aquella casta rebelde.

25. Pero no pudiendo, o no debiendo los sucesos peregrinos [105] ser regla prudencial de los juicios humanos, el concepto que comúnmente se debe hacer en cuanto hallamos escrito de predicciones de hombres infieles, es intervenir, o mentira en las Historias, o engaño, o fanatismo en los sujetos.

26. De esta última clase se deben juzgar cuantos entre los Herejes ostentaron tener espíritu de profecía, como Montano, y sus dos Profetisas Priscila, y Maximila, cuya astucia fue tanta, que por algún tiempo a los Católicos mismos persuadieron ser verdaderos Profetas. Al principio, y medio del siglo pasado ostentaron los Protestantes tres Profetas suyos, Cristobal Koter, hijo de un Zurrador en la Baja Silesia, Nicolás Dravicio, natural de Moravia, y Cristina Poniatovia, hija de un Polaco, apóstata de la Religión verdadera, y juntamente del hábito religioso. Las profecías de estos tres juntó en un libro otro Visionario Protestante, Juan Comenio, con el título Lux in tenebris; y todas miran a un fin, que es asegurar la próxima ruina de la Iglesia Católica; por lo cual con fundamento se sospecha que algunos Protestantes, para animar a los de su partido, compusieron esta concertada concurrencia de los tres Profetas en distintas Regiones. Algunos de los mismos Protestantes tuvieron por efecto del fanatismo estas profecías; y entre ellos el Ministro Juan Fenel las refutó en un escrito, que intituló Ignis fatuus. El Profeta Nicolás Dravicio es natural que dijese muchas verdades, porque se sabe que era un buen bebedor.

27. En Alemania, y Holanda hay muchos Sectarios, que se precian de inspirados. Pero en donde reina con exceso este fanatismo es en Inglaterra, en aquella secta que llaman de los Quakers, o Tembladores, que tuvieron principio de un Cordonero, llamado Jorge de Fox, en tiempo de Carlos Primero. Los Sectarios de esta Escuela, todos, o casi todos se tienen por Profetas; y se les dio el nombre de Tembladores; porque cuando oran, o profetizan, afectan un género de trémulo movimiento. Lo más ridículo que en esta materia se ha visto, fue lo de los Hugonotes, habitadores [106] de los Cevenes, que tanto inquietaron la Francia, en estos años pasados. Estos tenían Escuela de profecía, como se puede tener de cualquiera Arte liberal, o mecánica, la cual en suma se reducía a tomar de memoria varios textos de la Escritura; y el uso profético que se hacía de ellos, era arrojarlos en ademán de furiosos, mezclados con mil demencias. El ministro Jurieu, gran fomentador de estos sediciosos, desde Holanda ayudaba a inspirarlos con disparatadas interpretaciones del Apocalipsis, donde a su parecer hallaba clara la ruina total del gobierno Pontificio, al principio para el fin del siglo pasado, y después para los primeros años del presente: Caeci sunt, & duces caecorum.

§. IV

28. Hemos vagueado hasta ahora por la noruega de la infidelidad, donde siendo la verdad peregrina, sólo por accidente raríasimo podríamos hallar una, u otra predicción verdadera. Ya salimos al país de la luz, a la región del Catolicismo, donde si bien hay muchas sombras, son de aquellas que en la presencia del Sol produce la opacidad de los cuerpos (la rudeza, quiero decir, de los vulgares): de aquellas que al caminante para la patria no hacen errar el camino, aunque le obscurezcan algo la senda. Es preciso que donde quiera que haya hombres, haya embusteros que finjan, y haya necios que crean.

29. En mis días han corrido muchas profecías verdaderas; pero que no llegaron a mis oídos sino después de vistos los sucesos. Después que se dio la batalla, o se rompió la guerra, o murió el Príncipe, o padeció algún castigo del Cielo la República, sale la especie de que esto lo había profetizado, o un Misionero, o una Beata, o alguna santa Religiosa. Siempre he deseado oír quien resuelta, y específicamente me diga: Tal cosa ha de suceder, y ver después correspondiente la ejecución; pero sólo he logrado oír quien me diga: Esto ya lo había pronosticado Fulano antes que sucediese. Refiere Gregoras, que la noche antes que muriese Juliano Apóstata, un vecino de Antioquía, que estaba [107] durmiendo al sereno, vio un concurso de estrellas divididas en varias letras, que formaban esta cláusula: Hodie Julianus in Perside occidetur: Hoy matan a Juliano en la Persia. Persuádome a que el Antioqueno lo contó después de sabida la muerte de Juliano, y al Escritor llegó alterada la noticia por las manos del vulgo, como que lo había dicho antes; pues no es creíble que sólo leyese un hombre lo que estaba patente a los ojos de todo el Mundo.

30. En los pronósticos políticos es donde reina más esta droga. No sucede cosa alguna, que luego no nos martiricen los oídos este, y el otro con aquellas voces: Esto bien lo había dicho yo. No me quisieron creer; allá se lo hayan. Testigo es Fulano; y se cita alguno que está ausente: ¡Oh Profetas de lo pasado! ¿De qué serviréis en la República?

31. Muchas veces unas amenazas vagas, o concebidas en términos generales, se determinan a cualquiera siniestro acontecimiento que después ocurra, como si hubiesen sido individual, y específico pronóstico. Exclama en el Púlpito un Misionero: ¡Ah cómo en vista de los vicios que reinan en esta tierra, me temo que venga sobre ella un castigo del Cielo! ¿Pues qué si añade: El tiempo lo dirá, y entonces os acordaréis de mí? Si después un granizo tala las mieses, si una inundación ahoga los campos, si el enemigo hace algún daño en los confines, si una epidemia llena el Pueblo de enfermedades; esto fue lo que había dicho el Misionero; y no faltan quienes digan, que específica, y determinadamente había pronosticado tal género de calmidad. Los temores del Predicador fueron justos; y más justo fuera que estuviesen penetrados del mismo susto los corazones de los oyentes, porque siempre se debe contemplar la ira divina con el rayo en la mano sobre los pecadores; pero no es lo mismo amenazar, o temer, que profetizar.

32. No es muy irregular fingirse profecías determinadas, que después desmienten los sucesos; como que en tal parte apareció, y desapareció un peregrino, que dijo que tal año, y aun tal día se había de arruinar el Mundo. [108] Si se juntasen todas las mentiras que sobre este particular ha habido, no se hallaría en los doce siglos pasados año alguno, que en esta, o en aquella tierra no corriese como fatal, y decretorio para todo el género humano. No ha mucho tiempo, que en toda España se vulgarizó la noticia, de que ya Elías, y Enoch andaban predicando en no sé qué Provincias. En esta Ciudad de Oviedo inmediatamente a aquella furiosa borrasca del día trece de Diciembre del año de 23, que no se olvidará jamás en este País, por el estrago que hizo con un rayo en la hermosa torre de esta Catedral, se esparció la voz de que un Misionero, vecino, y conocido de todos, había profetizado para el día veinte otra tempestad mucho más horrenda, y cual nunca habían visto los mortales: lo cual fue tan creído, que estaba dominada de un terror pánico toda la plebe. El Misionero, que es ejemplar, y discreto, no había dicho tal cosa; y el día señalado fue de los más apacibles, y serenos que he visto.

33. Si se me dijere que estas amenazas producen en los Pueblos el saludable efecto de la reformación de costumbres; respondo lo primero, que la mentira nunca es lícita, aunque ocasionalmente pudiese ser saludable. Lo segundo, que aunque he visto algunos de estos terrores, no he experimentado en virtud de ellos, las costumbres mejoradas. Es el Demonio padre de la mentira: con si en algún caso la mentira produjese la enmienda de vida, tendría entonces la virtud por abuelo al Demonio; lo que, aun dicho en cualquiera sentido metafórico, disuena. El medio que Dios destinó, y aún la misma razón natural dicta, para que la voluntad produzca actos de virtudes, es fecundar el entendimiento de sólidas verdades.

§. V

34. Fuera de estas profecías errantes, que, como fábulas efímeras, mueren luego que nacen, hay otras, que por haber comprendido los sucesos de una larga serie de años, se han divulgado, y se conservan escritas, [109] para que las interpreten los ociosos, y las crean los necios. Tales son las de un Zapatero llamado Bandarra en Portugal, de las cuales no tengo particular noticia; sí sólo de que son oscuras, y enigmáticas, como todas las demás de este género, y que el vulgo de Portugal hace de ellas grande aprecio. Tales las Centurias proféticas de Miguel Nostradamo, Médico, y Astrólogo Francés, que discurren desde el año de 1557 por todos los siglos venideros, hasta el de 3797, en el cual señala el fin del Mundo. Son confusas, y ambiguas sus predicciones creo que aún más que las de Bandarra. Tiene en Francia fuera de los vulgares, algunos aficionados, que aplican sus predicciones a los sucesos que ocurren, en la forma misma, y con la misma propiedad, que en otras partes se hacía con los pronósticos del Sarrabal.

35. Para que se vea cuánta libertad se toman estos antojadizos intérpretes en sacar de sus quicios las expresiones de Nostradamo, para acomodarlas a lo que ellos quieren que signifiquen, notaré aquí, que el año de diez y seis pareció en París un libro compuesto por un Eclesiástico, con el título de Clave de Nostradamo, en que su Autor pretende que la epístola dedicatoria de Nostradamo al Rey Enrique Segundo, no se dirige en realidad a este Rey, en cuyo tiempo escribió aquel falso Profeta, sino debajo del nombre del Príncipe reinante, al gran Luis Decimocuarto, que vino mucho después al Mundo. También dice, que una carta de Miguel Nostradamo a su hijo César Nostradamo, debajo de este aparente velo habla misteriosamente, no con su hijo, sino con el que había de ser verdadero intérprete de sus profecías. Ciertamente, como haya tales intérpretes, cualquiera puede meterse a Profeta sin riesgo de ser cogido en mentira. Pero a los Franceses de espíritu no los ofusca la pasión del paisanaje, de modo que no vean la extravagancia, y ridiculez de estas ilusiones. Uno de ellos explicó su sentir muy bien en este dístico, hablando en nombre del mismo Nostradamo: [110]

Nostra-damus, cum falsa damus, nam fallere nostrum est.
Et cum falsa damus, nihil nisi Nostra-damus.

§. VI

36. El mismo concepto que de las pasadas, se debe hacer de aquellas profecías de Reyes, y de Papas que comúnmente se atribuyen a San Malaquías. Fue este Santo dotado de espíritu profético, como consta de su Vida escrita por S. Bernardo. Pero tan cierto es que las profecías que corren con su nombre no son suyas, como que no es de Salomón el libro intitulado Clavicula Salomonis.

37. S. Malaquías, Abad del Monasterio de Benchor, y Arzobispo de Armach en Irlanda, de donde era natural, murió el año de 1148. Estas profecías no parecieron hasta el año de 1595, en que las dio a luz Arnoldo Uvion, Monge Casinense (hablo de las de los Papas; que las de los Reyes aún tienen más reciente la data) en el segundo tomo de la Obra, que intituló Lignum vitae, y dedicó a Felipe Segundo. No sólo S. Bernardo, que escribió a la larga la vida de Malaquías, dando cuenta de algunas predicciones suyas, no habló palabra de las profecías en cuestión; pero ni otro Autor alguno de cuantos florecieron en más de cuatro siglos que pasaron desde que murió Malaquías, hasta que escribió Arnoldo Uvion.

38. Uvion dice que recibió estas profecías de mano de Fr. Alfonso Chacón , Religioso Dominicano, y Escritor conocido. Pero como Chacón no dio noticia de ellas, ni en la excelente Historia que compuso de las Vidas de los Papas, donde venía oportunamente, ni en otras Obras, que sacó a luz, sin duda las juzgó después por apócrifas.

39. Pero el argumento tomado del silencio universal de todos los Autores que precedieron a Arnoldo Uvion, como puramente negativo, sería insuficiente para probar la suposición de las profecías en cuestión, si no se añadiera otra prueba positiva concluyente; y es, que estas profecías son muy claras, en orden a aquellos Papas, que precedieron el tiempo de su publicación, y obscurísimas respecto de todos [111] los que se subsiguieron. Explicaréme. Empiezan las profecías desde Celestino Segundo, que reinaba cuando murió S. Malaquías, y prosiguen por todos los Papas que hubo después, y que habrá hasta el fin del mundo. La designación de cada Papa consiste en un breve mote, en que se explica, ya el nombre, ya la patria, ya otra alguna circunstancia particular a la persona. Estos motes se ajustan con gran propiedad a todos los Papas que hubo por espacio de 447 años, contando desde Celestino Segundo hasta Gregorio Decimocuarto inclusive; pero es menester interpretar los que se siguen con suma violencia, para acomodarlos a los Papas que hubo desde Gregorio Decimocuarto, hasta Benedicto Decimotercio, que al presente reina. Gregorio fue electo Papa cinco años antes que Arnoldo Uvion diese a luz sus dos tomos del Lignum vitae, de que se sigue que entonces se fabricaron estas profecías; y como el impostor que las fraguó, sabía quiénes habían sido los Papas antecedentes, e ignoraba los venideros, para aquellos dispuso los motes e modo que viniesen con propiedad; pero para estos fue preciso echarlos al azar, o como dicen, a Dios, y a dicha. Pondré aquí para demostración diez motes pertenecientes a los primeros, así como se fueren siguiendo, desde Paulo Tercero, hasta Gregorio Decimocuarto, con su explicación, y después los que se siguieron, y seguirán hasta el fin del mundo, dividiéndolos en tres clases.

Primera clase

40. Hyacintus Medico. El Jacinto al Médico. Paulo III, de la Casa de los Farnesios, cuyas armas son seis flores de Lis, o Jacintos. Fue Cardenal del título de S. Cosme, y S. Damián, Médicos.

De Corona Montana. De la Corona del Monte. Julio III, se llamaba antes Juan María del Monte. Tenía por armas una montaña, y unas coronas de laurel.

Frumentum floccidum. Trigo de poca duración. Marcelo II, [112] tenía espigas de trigo en sus armas, y no duró su Pontificado más que veinte y un días.

De Fide Petri. De la Fe de Pedro. Paulo IV, llamábase Pedro antes de subir al solio. A esta explicación creo que falta otra alguna circunstancia.

Aesculapii pharmacum. El medicamento de Esculapio. Pio IV, era de la Casa de Médicis, y había estudiado Medicina en Bolonia.

Angelus nemorosus. Angel del bosque. Pio V, llamábase antes Miguel, que es nombre de Ángel, y era natural de un Lugar llamado el Bosque.

Medium corpus pilularum. La mitad del cuerpo de píldoras, o pelotillas. Gregorio XIII, tenía la mitad de un dragón en sus armas, y fue criatura de Pio IV, que tenía seis pelotas en las suyas.

Axis in medietate signi. El eje en medio del signo. Sixto V, tenía por armas un León, que es uno de los doce signos del Zodiaco, puesto debajo de un eje.

De rore Caeli. Del rocío del Cielo. Urbano VII, fue Obispo de Rosana en la Calabria, donde se coge el maná, o rocío del Cielo.

De antiquitate urbis. De la antigüedad de la Ciudad. Gregorio XIV, natural de Orbieto, que en Latín se dice Urbs vetus.

Segunda clase

41. En esta pondremos sólo los motes, y nombres de los Papas, porque la explicación, por no hallarse alguna propia, cada uno la discurre como puede.

Pia Civitas in bello. La ciudad piadosa en la guerra. Inocencio IX.

Crux Romuela. La cruz de Roma, o de Rómulo. Clemente VIII.

Undosus vir. Hombre de las ondas, o como las ondas. Leon XI.

Gens perversa. Gente perversa. Paulo V. [113]

In tribulatione pacis. En la tribulación de la paz. Gregorio XV.

Lilium, & Rosa. El lirio, y la rosa. Urbano VIII.

Jucunditas Crucis. El gozo, o deleite de la Cruz. Inocencio X.

Montium custos. La guarda de los montes. Alexandro VII.

Sydus Olorum. El Astro de los Cisnes. Clemente IX.

De flumine magno. Del gran río. Clemente X.

Bellua insatiabilis. La bestia insaciable. Inocencio XI.

Poenitentia gloriosa. La gloriosa penitencia. Alexandro VIII.

Rastrum in porta. El rastrillo en la puerta. Inocencio XII.

Flores circumdati. Las flores rodeadas. Clemente XI.

De bona Religione. De la buena Religión. Inocencio XIII.

Miles in bello. El soldado en la guerra. Benedicto XIII, que hoy felizmente gobierna.

El Padre Ricardo Arsdekin, que en el primer tomo de la Teología Tripartita trae las profecías de Malaquías, desde Sixto IV hasta Inocencio XI, confiesa que nadie halló explicación a las que tocan a Inocencio IX, y a Paulo V. En substancia dice lo mismo de la de Clemente X. ¡Buenas profecías por cierto aquellas, que aun visto el suceso, no se les encuentra la aplicación! El Padre Papebroquio en el Propileo (versus finem, apéndice 4.) dice también, que a tres no se les pudo dar explicación alguna, y así a todas las desprecia. Es verdad que en el Diccionario de Moreri se hallan explicadas todas; pero con suma impropiedad, y violencia.

Tercera clase

42. En esta clase entran los Pontífices futuros.

Columna excelsa.La alta columna.
Animal rurale.El animal del campo.
Rosa Umbriae.La rosa de Espoleto.
Ursus velox.El oso veloz. Otros leen Visus velox.
Peregrinus Apostolicus.El Peregrino Apostólico.
Aquila rapax.La Águila rapante. [114]
Canis, & coluber.El perro, y la culebra.
Vir Religiosus.El hombre Religioso.
De balneis Hetruriae.De los baños de Toscana.
Crux de Cruce.La Cruz de la Cruz.
Lumen in Caelo.La luz en el Cielo.
Ignis ardens.El fuego ardiente.
Religio depopulata.La Religión despoblada.
Fides intrepida.La Fe intrépida.
Pastor AngelicusEl Pastor Angélico.
Pastor, & Nauta.El Pastor, y el Marinero.
Flos florum.La flor de las flores.
De mediatate Lunae.De la mitad de la Luna.
De labore Solis.Del trabajo del Sol.
De gloria olivae.De la gloria de la oliva.

43. Acaban estas profecías con la siguiente cláusula, que pongo traducida en Castellano: En la última persecución de la Santa Iglesia Romana ocupará la Silla Pedro Romano, que dará pasto a sus ovejas, padeciendo muchas tribulaciones; pasadas las cuales, la Ciudad de siete montes (Roma) será destruída, y el tremendo Juez vendrá a juzgar a su pueblo.

§. VII

44. Las profecías de los Reyes tienen todas las señas de suposición, y algunas más que las de los Papas. Es la voz común que se hallaron no ha mucho tiempo en el Monasterio de Poblet. Tengo noticia de dos manuscritos de estas profecías, en uno de los cuales hay esta nota: Hae prophetiae sunt de tempore Sancti Malachiae, reconditae in archivo Monasterii de Poblete, indeque anno 1639 fuerunt missae Excellentissimo Comiti de Gueralt, Locum tenenti suae Majestatis in Catalonia. (Estas profecías, que son del tiempo de S. Malaquías, estaban guardadas en el Archivo del Monasterio de Poblete, y de allí fueron enviadas el año de 1639 al Excelentísimo Conde de Gueralt, Virrey de Cataluña). En el otro se dice que un Embajador de España en Londres halló en un Archivo de Inglaterra [115] profecías de S. Malaquías sobre los principales Reinos de Europa, y de ellas entresacó las que tocaban a los Reyes de España.

45. Pero para mí no es dudable que el hallazgo del Embajador es apócrifo. Ningún Autor extranjero da noticia de profecías de Malaquías pertenecientes a otros Reinos: si se hubieran descubierto, corrieran en las Naciones, como las de los Papas. Ni aun de las de los Reyes de España hacen memoria, de donde se infiere, que esta fábula nació en España, y sólo en España se conserva.

46. El tiempo de la suposición no puede determinarse a punto fijo. Paréceme muy probable, que hacia los fines del Reinado de Felipe Tercero se fraguaron estas profecías: porque los hechos principales de los Reyes están designados con harta claridad hasta la expulsión de los Moriscos, que se hizo en tiempo de Felipe Tercero, y la cual se nota en la profecía perteneciente a este Rey con estas voces: Perdet a Regno reliquias Lunae. De allí adelante no se halla correspondencia alguna entre los sucesos, y las predicciones.

47. Esta es una prueba visible de la suposición. En la profecía tocante a D. Fernando el Católico se expresa el descubrimiento del Nuevo Mundo, juntamente con los nombres de Colón, y Cortés: Et mundum novum manifestabit post Colon, Cortes. En la de Carlos Quinto, la prisión del Rey Francisco en Pavía: Juxta Pavonem, Gallum comprehendet; e inmediatamente, con voces bien alusivas, la del Duque de Sajonia, y la del Papa Clemente Séptimo: Saxum cum petra subjectum habebit. En la de Felipe Segundo, la victoria Naval sobre la armada Turca junto a Negro-Ponte: Lunam conclipsat in Nigro Ponte, y la conquista de Portugal, designada en las Quinas (armas de aquel Reino) que se apropia: Quinquena vulnera sibi appropriat. Hasta los años que vivió aquel Rey están bien determinados: Septuagenarius, & plus occumbet; pues vivió setenta y un años, y cuatro meses. En el tiempo de Felipe Tercero se manifiesta, como se dijo, la expulsión de los Moriscos. [116] De allí adelante no hay proporción alguna a lo que sucedió. Y es vano el trabajo de los que con interpretaciones violentas, y alusiones forzadas estiran las locuciones, hasta que lleguen a lo que ellos quieren, pues de este modo a todo vendrán, y ningún hombre habrá que no pueda meterse a Profeta.

48. Viose esto claro estos años pasados, en que la profecía correspondiente a este Reinado era interpretada según el efecto de cada uno. Los que deseaban la conservación del Príncipe que nos dio el Cielo, le hallaban designado muy a su placer en la profecía: los que se inclinaban al competidor, encontraban la predicción muy acomodada a su deseo. Y cosa graciosa fue el alborozo de estos, cuando el Señor Archiduque, con el nombre de Carlos Sexto, fue coronado Emperador de Alemania: porque aquel sextus del versículo Ardens ut facula sextus ingreditur, que antes, ni unos, ni otros podían acomodar a su partido, aunque unos, y otros le acomodaban, ya le vieron venir clavado al Príncipe, que reinaba en su corazón.

49. Confirma fuertemente la falsedad, el que en la profecía del Reinado presente no se dice cosa que aluda a la renuncia, y restitución al Cetro de nuestro Rey Felipe Quinto (que Dios guarde), siendo un suceso singularísimo; y lo que es más, falta en esta serie de Reyes Luis el Primero, de cuyo breve Reinado nada se dice, ni cosa que pueda apropiarse a esta interpolada dominación. Pondré aquí esta profecía con las dos restantes (pues no hay más), aunque dudo de que esté bien copiado el ejemplar que tengo presente, porque la Gramática está en partes defectuosa.

Ardens ut faculta sextus ingreditur.
Post multa gesta in unum venient.
Castrum, Leo, Gallus, & Aquila.
Et virginem veterem ipsi tenebunt,
Et postea Lunam in mari mergent.
Et Nardus furit cui successit..
.(Dudo si esto toca ya a otro Rey.)
Non minus fide, regno, & sceptro: [117]

Sua dominia in Ortu augebit:
Dum fidem servat, ei evenient
Bella, quae geret ex desiderio.
Occumbet felix sexagenarius.

Carolus trabit trabeam rubeam
Septimum sceptrum cum pugione,
Qui res mirabiles ipse videbit,
Nec flos, nec corvus, nec vulpes, nec aquila.
Dracones sibilant, nec Crucem deferent.

Henricus actor diadema auget.
Presus laboribus pro fide Petri.
De Dan resurget, qui eum premet.
Et regnat ut coluber, ut ipse regnet.
Et finita tandem saecula, Deus judicat.

§. VIII

50. Estos, y otros semejantes embustes se ponen en crédito, por suponerse anterior su data a todos los sucesos de que tratan. Es por la mayor parte historia lo que se juzga profecía; y con decirse que se extrajo de un sepulcro, o se halló en el seno más retirado de un Archivo, para los incautos no se ha menester más testimonio. En Nicetas, Historiador Griego, se halla un célebre ejemplar de estas ficciones.

51. El astuto, y ambicioso Focio, Patriarca Cismático de Constantinopla, habiendo caído de la gracia del Emperador Basilio, y de aquel empleo, ideó, y puso en ejecución un extraño ardid para volver a alcanzar su fugitiva fortuna. Escribió en antiguos caracteres Alejandrinos un cuaderno, que, como si hubiese sido escrito algunos siglos antes, en tono profético trataba, entre otras cosas, de la genealogía de Basilio, a quien hacía descender de Tirídates Rey de Armenia. Este cuaderno entregó a su amigo, y confidente Teófanes, Bibliotecario del Emperador, el cual pasado algún tiempo, se le mostró al Príncipe, diciéndole que le había hallado entre los [118] Libros raros de su Biblioteca, y que no podía menos de ser alguna cosa exquisita. El Emperador, como siempre en lo ininteligible se sospecha algo admirable, curioso de saber lo que contenían aquellos obscuros caracteres, dijo a Teófanes que buscase quien supiese descifrarlos; a que Teófanes respondió, que no discurría que hubiese en todo el Imperio hombre capaz de hacerlo, sino Focio. Esto se hacía muy verisímil, porque de hecho Focio era sujeto de erudición, y capacidad extraordinaria, excelente Gramático, Poeta, Orador, Matemático, Filósofo, Astrónomo, Médico, Teólogo, en que lo más admirable fue adquirir tantas ciencias, habiendo estado siempre en empleos Políticos, y Militares. Siendo llamado Focio, le fue fácil descifrar lo que él mismo había cifrado. Basilio, que era de baja esfera, se lisonjeó extremamente de verse entroncado en la descendencia de un Rey que le había precedido ocho siglos. Aun reducido el escrito a los caracteres comunes, restaban algunas obscuridades, cuya ajustada explicación, dada por Focio, no dejó duda de su recta inteligencia. Nadie pudiera adivinar qué significaba esta voz misteriosa Beclas, sino el mismo que con estudio la había fabricado. Descubrió el engañoso intérprete notadas en ella las seis personas que constituían la Familia Imperial; porque cada letra de aquella voz era inicial del nombre de alguno de los seis sujetos. La B de Basilio, la E de su mujer Eudoxia, las cuatro restantes pertenecían a cuatro hijos que tenían, Constantino, León, Alejandro, y Estéfano. Todo lo que se seguía en el cuaderno eran promesas de prosperidades a los sujetos señalados en aquella enigmática voz. Este agudo artificio autorizó más a Focio con el Emperador Basilio, que a Daniel con el Rey Baltasar la interpretación de la misteriosa escritura: Mane, Tecel, Phares. Fue repuesto en la Silla Patriarcal, muerto el Santo Patriarca Ignacio, y dominó siempre el espíritu de Basilio, corrompiendo la buena índole de aquel Príncipe, con harto perjuicio de la Iglesia.

 

{Benito Jerónimo Feijoo, Teatro crítico universal, tomo segundo (1728). Texto tomado de la edición de Madrid 1779 (por D. Joaquín Ibarra, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo segundo (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 91-118.}


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