Obras de Feijoo Teatro crítico universal Tomo primero

Benito Jerónimo Feijoo • Teatro crítico universal • Tomo primero • Discurso séptimo

Desagravio de la profesión literaria

§. I

1. Para contrapeso de los hermosos atractivos, conque las letras encienden el amor de los estudiosos, se introdujo la persuasión universal, de que los estudiosos abrevian a la vida los plazos. ¡Pensión terrible, si es verdadera! ¿Qué importa que el sabio exceda al ignorante, lo que el racional al bruto; que el entendimiento instruido se distinga del inculto, como el diamante colocado en la joya, del que yace escondido en la mina, si cuantos pasos se dan en el progreso de la ciencia, son tropiezos en la carrera de la vida? Igualó Séneca los sabios a los Dioses; pero si son más perecederos que los demás hombres, distan más que todos de la deidad, porque distan más que todos de la inmortalidad. La virtud, supremo ornamento de la alma, es parto legítimo de la ciencia: Virtutem doctrina parit, que decía Horacio. ¿Pero cuántos exclamarán con Bruto al tiempo de morir: ¡Oh infeliz virtud! si esa misma luz, que corona al hombre de rayos, es fuego que le reduce a cenizas? La honra, compañera inseparable de la sabiduría, será corto estímulo de la aplicación, en quien juzgue que los pasos que da hacia los resplandores del aplauso, son vuelos hacia las lobregueces del sepulcro.

2. Vuelvo a decir, que es ésta una pensión terrible, si es verdadera. Fantasma formidable, que atravesado en el umbral de la casa de la sabiduría, es capaz de detener a [180] los más enamorados de su hermosura. Por tanto, es cierto que haría a la República Literaria un señalado servicio quien desterrase el miedo de este fantasma en el mundo. Intentáronlo los Estoicos, procurando persuadir, que el vivir, o el morir son cosas indiferentes, o igualmente elegibles. Pero tan lejos estuvieron de hacérselo creer a los demás hombres, que pienso que ni aun lo creían los mismos Filósofos que lo predicaban: Nam munere charior omni adstringit sua quemque salus, decía Claudiano. Sólo, pues, resta otro medio de apartar este estorbo del camino de las letras, que es persuadir que su honesta ocupación no acorta los períodos a la edad. Conozco que abrazar este empeño, es lidiar con todo el mundo; pues todo está por el opuesto dictamen. Sin embargo, yo me animo a desagraviar las letras de la nota de estar reñidas con la vida, probando que ese común dictamen es un error común, originado de falta de reflexión.

§. II

3. El fundamento grande de mi sentir, es la experiencia; sobre la cual, si se hubiera hecho la reflexión debida, no hubiera ganado tanta tierra la opinión contraria. Ruego a cualquiera que esté por ella, que observe con atención, si los sujetos que conoce, o conoció dedicados a las letras, murieron más en agraz, por lo común, que los demás hombres. Para hacer con una exactitud prudencial este cotejo, el medio es poner los ojos en los congresos de hombres literatos de Universidades, Tribunales, y Colegios, y comparar el número de éstos con otro igual de hombres dedicados a cualesquiera otras ocupaciones, y aun sin ocupación alguna. Yo aseguro que en el paralelo no se hallará que hayan llegado a una larga senectud mayor número de éstos que de aquéllos. Y lo aseguro, porque tengo hecha la cuenta con la puntualidad posible. Apenas hay Universidad, donde de treinta, o cuarenta individuos, no lleguen, o pasen de la edad septuagenaria cuatro, o seis. Lo mismo se observa en los que [181] siguen la carrera de las Judicaturas. Pero en verdad que no hallamos mayor número de septuagenarios en los que pasan tranquilamente la vida libres de todo cuidado. En las Sagradas Religiones se hace más visible, por ser la comparación más fácil, la fuerza de este argumento. A proporción del número, tantos, y aun creo que más ancianos se encuentran de los que se ocupan en el estudio, que de los que están destinados al Coro, o al manejo de la hacienda. Cotéjese en cualquiera Religión el número de septuagenarios, u octuagenarios de uno, y otro ejercicio, y se hallará que no me he engañado en la cuenta.

4. Luciano, tratando de los Macrobios, o hombres de larga vida, de intento se pone a numerar los sujetos dados a las letras en los tiempos antiguos, que vivieron mucho. Y sólo de Filósofos célebres cuenta diez y nueve, que todos pasaron de ochenta años: los más pasaron también de los noventa. Solón, Thales-Milesio, y Pittaco, contados entre los siete Sabios de Grecia, vivieron a cien años cada uno. Zenón, Príncipe de la Secta Estoica, noventa y ocho. Demócrito, ciento y cuatro. Xenóphilo Pithagórico, ciento y cinco. De Historiadores, y Poetas trae el mismo Luciano otra larga lista. No sólo esto. En el mismo escrito asienta este Autor, que en todas las Naciones se ha observado vivir más por lo común que los demás, los hombres de profesión literaria, por razón de su mayor cuidado en el régimen de vida, citando por ejemplares los Escritores Sagrados entre los Egipcios: los Intérpretes de Fábulas entre los Asirios, y Arabes: los Brachmanes entre los Indios; y generalmente todos los que cultivaron con cuidado la Filosofía: Cujusmodi sunt Aegyptiorum sacri Scribae, & apud Asyrios, & Arabes Fabularum Interpretes, & apud Indos Brachmanes, adamussim Philosophiae studiis vacantes.

5. Y no obsta a nuestro intento el que Luciano atribuya a su exacto régimen la larga edad de los Literatos. Porque si los estudios abreviaran la vida, como se piensa, parece que lo más que se podría deber al régimen, sería que los estudiosos viviesen tanto como los que no lo son. Pero no [182] sólo se nota igualdad, sino exceso. Fuera de que siendo la templanza en la comida, en la bebida, en el sueño, como también la abstinencia de otros excesos, secuela casi necesaria del ejercicio de las letras, siempre la larga vida de los Literatos se deberá como a causa mediata a la ocupación de los estudios.

§. III

6. Confírmase esto con los ejemplares de los hombres más estudiosos que hubo en estos tiempos. Por tales cuento al Cardenal Enrico de Noris, Augustiniano, de quien se cuenta, que antes de vestirse la sagrada Púrpura estudiaba catorce horas cada día. Al famoso Caramuel, que de sí mismo dice en el Prólogo de la Teología Fundamental, que daba diariamente el mismo número de horas al trabajo literario. Al célebre Benedictino D. Juan de Mabillon, conocido, y venerado de todo el mundo por tantas, y tan excelentes Obras. Al infatigable Francés Antonio Arnaldo, cuya reprehensible pasión por la doctrina Janseniana no rebaja la admiración de haber sido Autor de más de ciento y treinta volúmenes. Al laborioso Dominicano Natal Alejandro, en cuyas vastas Obras, siendo tanto el peso de la cantidad material, aún es mayor el de la erudición. A los dos grandes Escritores Jesuitas el P. Atanasio Kircher, y el P. Daniel Papebrochio. Al doctísimo hijo del gran Basilio nuestro Español el Maestro Fr. Miguel Pérez, Biblioteca Animada, y Oráculo de la Academia Salmantina. Todos estos hombres, cuya vida fue un continuo estudio, alargaron más allá del término común su bien empleada edad. Enrico de Noris vivió setenta y tres años. Caramuel, setenta y ocho. Mabillon, setenta y cinco. Antonio Arnaldo, ochenta y dos. De Natal Alejandro no sé puntualmente la edad, pero sí que fue muy dilatada, porque nació el año de treinta y nueve del siglo pasado, y pocos años ha oí decir que aún vivía, aunque casi del todo ciego. El Diccionario histórico, impreso el año de diez y ocho, aunque habla largamente de Natal, nada dice de su muerte; de que infiero, que aún vivía entonces: porque en aquel [183] escrito se observa referir el año de la muerte de los sujetos de que trata. El P. Kircher vivió ochenta y dos años; y el P. Papebrochio lo mismo, o algo más, según la especie que tengo. El Maestro Pérez hago juicio bastantemente seguro que pasa ya de los noventa.

{(a) Al Catálogo de los doctos longevos de estos tiempos añadimos ahora a Urbano Cheureau, Francés, aplicadísimo al estudio, que murió de ochenta y ocho años en el de 1701; y a la famosa Magdalena Scuderi, que murió de noventa y cuatro años en el mismo de 1701.}

7. Pudiéramos añadir, por ser de muy especial nota, aunque no tan moderno, el ejemplar de Guillermo Postel, natural de Normandía, gran peregrinador, y de mucho estudio, aunque infeliz, habiendo en sus dichos, obras, y escritos dejado algunas señas de que se desvió, no sólo de la Religión Católica, mas aun del Cristianismo; así, algunos le miran como primer Caudillo de los Deístas. De éste dice el Verulamio, que vivió cerca de ciento y veinte años. Pero otros Autores no quieren que haya llegado ni aun a ciento; y la última edición del Diccionario de Moreri no le da más de setenta y cinco. Así la edad de este erudito se quedará en la duda que tiene: bastando los ejemplares alegados para prueba experimental de que el estudio está bien avenido con la larga vida.

§. IV

8. A la experiencia sufraga la razón. El ejercicio literario, siendo conforme al genio, y no excediendo en el modo, tiene mucho más de dulzura que de fatiga: luego no puede ser molesto, o desapacible a la naturaleza, y por consiguiente ni perjudicial a la vida. He puesto las dos limitaciones de ser conforme al genio, y no exceder en el modo; pero éstas son transcendentes a toda ocupación, pues ninguna hay que siendo, o en la cantidad excesiva, o respecto del genio violenta, no sea nociva. ¿Qué cosa más dulce hay, que estar tratando todos los días con los [184] hombres más racionales, y sabios que tuvieron los siglos todos, como se logra en el manejo de los libros? Si un hombre muy discreto, y de algo singulares noticias, nos da tanto placer con su conversación, ¿cuánto mayor le darán tantos como se encuentran en una Biblioteca? ¿Qué deleite llega al de registrar en la Historia todos los Siglos, en la Geografía todas las Regiones, en la Astronomía todos los Cielos? El Filósofo se complace en ir dando alcance a la fugitiva naturaleza: el Teólogo en contemplar con el telescopio de la revelación los Misterios de la Gracia. Y aunque es cierto que en muchas materias no se puede descubrir el fondo, o apurar la verdad, en esas mismas se entretiene el entendimiento con la dulce golosina de ver los sutiles discursos conque la han buscado tantas mentes sublimes. Esta ventaja tienen sobre todas las demás Ciencias las Matemáticas, cuyo estudio siempre va ganando tierra en el imperio de la verdad. De aquí viene aquel como extático embeleso de los que con más felicidad siguen esta profesión. Arquímedes, ocupado en formar líneas geométricas en la arena, estaba insensible a la sangrienta desolación de su propia Patria Siracusa. El Francés Francisco Vieta, inventor de la Algebra especiosa, se estaba a veces tres días con sus noches sin comer, ni dormir, arrebatado en sus especulaciones Matemáticas. Respóndaseme con sinceridad, si hay algún otro placer en el mundo capaz de embelesar tanto.

9. Los que en materias más áridas estudian para instruir a otros con producciones propias, tienen a veces la fatiga de llevar cuesta arriba el discurso por sendas espinosas. Pero en ese mismo campo desabrido, al riego de su sudor les nacen hermosas flores. Cada pensamiento nuevo que aprueban, es objeto festivo en que se complacen. La fecundidad mental sigue opuesto orden a la Física. La concepción es trabajosa, y el parto dulce. Es felicidad de los Escritores, que cuanto discurren, les parece bien, y juzgan que así ha de parecer a los demás que vean sus discursos en el libro, o los oigan en la Cátedra, y en el Púlpito. [185] Por esto en cada rasgo que dan con la pluma, contemplan un hermoso hijo de su mente, que les hace dar por feliz, y bien empleado el trabajo de la producción.

10. Con razón, pues, el otro amigo de Ovidio le aconsejaba a este Poeta, que aliviase sus males con el recreo del estudio:

Scribis ut oblectem studio lachrymabile tempus. {Trist. l.5. Eleg. 12.}

Porque es ésta una diversión grande, y diversión que tiene en su mano cualquiera. Empero es preciso confesar, que hay gran diferencia entre el estudio arbitrario, y el forzado. Aquél siempre es gustoso: éste siempre tiene algo de fatigante; y mucho más en uno, u otro apuro violento, como de una Lección de oposición, o de un Sermón cuasi repentino. Mas estos casos son raros. Y en el estudio forzado se logra el deleite de adelantar, y aprender: lisonja común de todo racional. Fuera de que todos los de ventajoso ingenio están exentos de la mayor parte de aquella fatiga, siendo poco el tiempo que han menester para cumplir con la precisa tarea.

§. V

11. Finalmente, a la experiencia, y a la razón añade patrocinio con su autoridad un Filósofo, el que entre todos con más diligencia, y sagacidad, extendiendo su atención a cuanto hay animado en la naturaleza, observó cuanto favorece, o estorba la prolongación de la vida. Por lo menos no puede negarse que fue el que más de intento, y con más extensión escribió sobre esta materia. Ya por estas señas conocen los Eruditos, que cito a Francisco Bacon en su precioso libro, intitulado: Historia Vitae, & Mortis, donde discurriendo por todas las profesiones, o estados más oportunos para vivir mucho tiempo, después de colocar en primer lugar la vida Religiosa, Eremítica, o Contemplativa, pone inmediata a ésta la profesión literaria, por estas palabras: Huic proxima est vita in litteris Philosophorum, Rhetorum, & Grammaticorum. [186] Da la razón: Degitur hic quoque in otio, & in his cogitationibus, quae cum ad negotia vitae nihil pertineant, non mordent, sed varietate, & impertinentia delectant: vivunt etiam ad arbitrium suum, in quibus maxime placeat, horas, & tempus terentes.

12. Debo no obstante confesar, que esta razón no es generalísima para todos los Literatos; sí sólo limitada a aquellos, cuya subsistencia no depende de su estudio. Los Abogados, y los Médicos, pongo por ejemplo, cuyo mayor, o menor saber les granjea, no sólo mayor honra, mas también aumento de conveniencia, al paso que en la lectura, y la meditación encuentran especies que los deleitan, tropiezan también en cuidados que los conturban. En estas dos profesiones es un gran contrapeso de la dulzura del estudio la emulación de otros de la misma facultad, con quienes en frecuentes concurrencias se disputa la ventaja. Es ésta una guerra más mental que sensible; donde, aunque no es mucho el estruendo de las voces, no pocas veces por el estallido de los labios se conoce la pólvora que arde en los corazones.

§. VI

13. Después de probar mi sentir con experiencia, razón, y autoridad, es preciso hacerme cargo de una grande objeción que se me puede hacer, tomada de las frecuentes quejas, que a los Literatos se oyen de sus corporales indisposiciones. Raro es el hombre dado a las letras, a quien no oigamos quejarse de reumas, y catarros, a muchos de vahídos, y jaquecas. De aquí es, que algunos Médicos célebres, compasivos a sus dolores, escribieron de intento sobre los medios, o auxilios para conservar la salud de los Literatos. Como Marsilio Ficino de Studiosorum valetudine tuenda. Fortunato Pemplio de Togarum valetudine tuenda. Y Bernardino Ramazzini de Litteratorum morbis. Siendo esto cierto, también lo es, que toda indisposición habitual, por leve que sea, especialmente si en ella padece el cerebro, es una lima, que insensiblemente [187] va royendo la vida. Luego es preciso que ésta tenga más limitado plazo en los profesores de las letras, que en los demás hombres.

14. Pero este argumento no es tan fuerte como representa su apariencia. Lo primero, las quejas de fluxiones de la cabeza hoy son tan universales, que tanto casi suenan ya en las bocas de los Gañanes, como en las de los Catedráticos. Todos se quejan de reumas: no porque haya más reumas en este siglo que en los antecedentes, sino porque hay más melindres. Más fluyen a la boca que al pecho; porque más es el clamor que el daño.

15. Lo segundo, es incierto que cualquiera leve indisposición habitual, o como habitual, abrevie la vida; antes bien hay algunas que conducen a prolongarla. Tales son las fluxiones que de tiempo a tiempo repiten. La razón es, porque por medio de ellas se alivia el cuerpo de los humores excrementicios, o impuros, que le gravan, y que retenidos más tiempo, y creciendo a mayor cantidad, ocasionarán alguna enfermedad peligrosa. De aquí depende que muchos sujetos enfermizos viven largamente, y algunos robustísimos mueren en la flor de su edad: porque en aquéllos, con varias fermentaciones ligeras se va sucesivamente desahogando el cuerpo de los humores nocivos; y estancándose en éstos, no prorrumpen, ni se hacen sentir, hasta que la copia es tanta, que no puede superarla la naturaleza.

16. Lo tercero, si el Aforismo en que Hipócrates dice que el hábito robustísimo es peligroso, y amenaza pronta decadencia, es verdadero; será más segura para alargar la vida una salud algo quebrada. La consecuencia parece forzosa, especialmente añadiendo el mismo Hipócrates, que al que se siente perfectamente sano, sin dilación se le debe disolver, o destruir el buen hábito que goza: His de causis bonum habitum statim solvere expedit. Sin embargo, yo no me gobernaré jamás por este Aforismo, si se entiende como suena.

17. Finalmente, no padece la salud de los hombres de [188] letras tanto como vulgarmente se dice. Con ellos vivo, y he vivido siempre, y no veo tantos males, ni oigo tantos gemidos. Ramazzini con otros Médicos, dice que el estudio hace a los hombres melancólicos, tétricos, desabridos. Nada de esto he experimentado, ni en mí, ni en otros que estudiaron más que yo; antes bien cuanto más sabios, los he observado más apacibles. Y en los escritos de los hombres más eminentes se nota un género de dulzura superior a lo común de la condición humana.

§. VII

18. Lo que se ha dicho en este Discurso, se debe entender con algunas advertencias. La primera es la apuntada arriba: que no se exceda en el estudio. El exceso puede considerarse, no sólo en la cantidad, mas también en las circunstancias. En la cantidad excede el que estudia hasta fatigarse mucho. Deben dejarse los libros antes que engendren notable tedio, o produzcan sensible cansancio: porque en llegando a este extremo, el estudio aprovecha poco, y daña mucho. En las circunstancias se peca, si se estudia estando la cabeza achacosa, o quitando sus horas al sueño.

19. La segunda advertencia es, que no se exceda en comida, y bebida; cuya demasía ofenderá más a los hombres dados a las letras, que a los ocupados en otras cosas. La tercera, que se interponga oportunamente el ejercicio corporal con el mental. Donde noto con Plutarco, que el ejercicio de la disputa es uno de los más útiles que hay para la salud, y robustez del cuerpo; porque en la contención de la voz, y esfuerzos del pecho se agitan no los miembros externos, sino las entrañas mismas, y partes más vitales. Oigase el mismo Plutarco: Ipse quotidianus disputationis usus, si voce peragatur, mira quaedam est exercitatio, conducens non solum ad bonam valetudinem, verum etiam ad corporis robur {(a) Lib. de Tuenda bona valetudine.}. Y poco más abajo: [189] Cum vox sit agitatio spiritus non leviter, nec in superficie, sed veluti in ipso fonte, in ipsis visceribus valens, & calorem auget, & sanguinem subtilem reddit, & omnes purgat venas, & omnes aperit arterias, humorem vero superfluum non sinit crassescere, neque concrescere, qui faecis in morem subsidit in his conceptaculis, quibus accipitur, & conficitur cibus. Grande ventaja es de la profesión Escolástica tener dentro de su esfera un ejercicio tan útil a la salud.

20. La cuarta advertencia es, que alternen con el estudio algunas recreaciones honestas, las cuales conducen, no sólo a reparar las fuerzas del cuerpo, mas también las del espíritu; porque la alegría da soltura, y vivacidad al ingenio. Los Escritores necesitan más de este alivio; y entre éstos mucho más los de genio melancólico.

21. La última es, que si se puede se varíen los estudios en diferentes materias, porque la variedad, aún más en esto que en las cosas materiales, deleita el espíritu, y todo lo que le deleita le conforta. Por cuya razón a veces la lectura de un libro suele ser alivio de la fatiga que dio la lectura de otro. He dicho si se puede; porque el divertir el entendimiento a materias diferentes, no es para todos. Todos los espíritus son ya más, ya menos limitados. Y algunos hay de tan estrecha extensión, que aunque muy hábiles para alguna determinada facultad, si quieren estudiar dos, les sucede lo que al otro, de quien se cuenta que olvidó la lengua Vizcaína, y no pudo aprender la Castellana.

 

{Benito Jerónimo Feijoo, Teatro crítico universal, tomo primero (1726). Texto tomado de la edición de Madrid 1778 (por D. Joaquín Ibarra, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo primero (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 179-189.}


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