La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Cartas eruditas y curiosas / Tomo cuarto
Carta XIV

Contra el abuso de acelerar más que conviene los Entierros


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Exc.MOSeñor

1. Há diez y nueve años que dí a luz el V Tomo del Teatro Crítico, y en él un Discurso importantísimo, con el título de: Señales de muerte actual, que es el VI de aquel Tomo: importantísimo, digo, porque es sobre el importantísimo asunto de precaver, que los cuerpos humanos se entierren antes que se separe de ellos el alma; mostrando en él con varios ejemplos, que no pocas veces sucede esta funestísima tragedia. Pero con admiración he visto, que aunque ésta es una cosa en que supremamente se interesa todo el Género Humano, no ha producido mi advertencia alguna enmienda en el abuso de exponerse a ese riesgo; pues los Entierros, después acá (cuanto ha llegado a mi noticia), se aceleran del mismo modo que antes. [158]

2. El docto Médico Romano Paulo Zaquías, escribió algo de esta materia en el lib. 5 de sus Cuestiones Médico-Legales, tit. 2, quaest. 12; pero mucho menos de lo que exige la importancia del asunto.

3. Con mucha mayor extensión Gaspar de los Reyes en su Campo Elysio, quaest. 79, donde refiere innumerables casos de sujetos que fueron creídos difuntos, y después se vió que no lo estaban. Pero aún dejo mucho que decir; y en lo que omitió hallé materia bastante para escribir algo de nuevo en el Discurso citado, y aún quedó no poco que añadir en esta Carta.

4. Bien deseaba yo, y aun esperaba que otros me ayudasen en tan útil empeño, considerando que mis fuerzas solas mal podrían detener la impetuosa corriente de tan general abuso. Al fin vino este socorro; y vino de aquel Gazofilacio Literario, de donde en el adelantamiento de las Ciencias, y Artes útiles, y necesarias se distribuyen otros muchos al mundo; esto es, de la Ciudad de París.

5. Nueve años después que yo dí a luz el citado Discurso; esto es, en el de 1742 pareció en París un libro intitulado: Disertación sobre la incertidumbre de las señales de muerte, y abusos de los Entierros, y embalsamamientos precipitados, su Autor Jacobo Benigno Vinslow, Doctor Regente de la Facultad de Medicina de París, de la Academia Real de las Ciencias, Médico doctísimo, y uno de los mayores, o acaso absolutamente el mayor Anatomista que hoy tiene la Europa. Pero aunque digo con verdad que este socorro vino de París, no es razón ocultar la parte que en él tuvo la gran Bretaña; pues aunque Mons. Vinslow es Profesor en Francia, debió su nacimiento a Inglaterra.

6. Este Escrito, aunque de bastante cuerpo, no salió entonces completado, ni se completó hasta el año de 45, en que se produjo otro más abultado con el mismo título, expresándose en él, que es segunda parte del referido. Ninguno de los dos libros he visto, sí sólo los extractos que sacaron de ellos los Diaristas de Trevoux. [159] Pero los extractos bastan para darme a conocer, por los casos bien testificados que citan, que los que se entierran vivos son mucho más que los que yo pensaba hasta ahora; en lo que me confirmo, por muchas noticias pertenecientes a la misma materia, que después de escrito el expresado Discurso leí en algunos libros, y adquirí en varias conversaciones; lo que irritó mi celo para proseguir con esfuerzo en el empeño de persuadir la abolición de la perniciosa costumbre de acelerar más que conviene los Entierros.

7. Mas recelando siempre que el nuevo Escrito que destino a este fin, aun ilustrado con nuevas razones, y noticias, no produzca más efecto que el antecedente, sino fomentando con un poderos auxilio de otro orden; me vino al pensamiento, que el más eficaz que puedo solicitar es, que algún sujeto de ilustre autoridad, bien penetrado de la importancia del motivo, dentro del recinto donde su persuasión puede tener fuerza de ley, la emplee en desterrar, con la introducción de la práctica opuesta, la arriesgada aceleración de los Entierros. Y como por una parte en ninguno conozco, ni celo, ni capacidad superior a la de V.S.I. para conducir este intento al pretendido fin, y sé por otra, que la veneración que el Público tributa a su eminente piedad, y doctrina infunde en su ejemplo una grande actividad moral, para hacerse seguir de otros muchos; por lograr uno, y otro resolví dirigir a V.S.I. esta Carta, en que expongo lo que me ha parecido más oportuno a persuadir su asunto, tan satisfecho de mi bien fundada esperanza, como de mi acertada elección.

8. Dijo Aristóteles, Illmo. Señor, que de todo lo que es terrible, lo más terrible es la muerte: Mors autem maxime omnium est terribilis (Ethic. lib. 3, cap. 6). Sí. Toda muerte es muy terrible; pero más, o menos, según son mayores, o menores los dolores, y angustias que acompañan aquel amargo tránsito del ser a no ser; o hablando más propiamente, de este mundo a otro, [160] del tiempo a la eternidad. ¿Pero cuál será la más terrible de todas? Juzgo que la que padece uno a quien entierran vivo. Lleváronle al sepulcro engañados de un síncope, o una apoplejía. Despierta, o vuelve en sí de allí a algunas horas, y conoce el infeliz estado en que se halla; ¿qué congojas hay iguales a las que experimenta aquel desdichado? Cuanto yo diga par explicarlas no será tanto como cualquiera puede imaginar. Creo que sean las únicas que se pueden comparar con las del infierno.

9. Pero si el caso es rarísimo, o sumamente extraordinario, no deberá su consideración aterrar mucho. La lástima es, que no son tan infrecuentes esos casos como comúnmente se imagina. Son muchos, y bien testificados los que Monsieur Vinslow refiere de personas que volvieron en sí, no sólo algunas horas, mas aun días enteros después de su imaginada muerte: y Monsieur Bruhier, Médico también de París, que tradujo del Latín al Francés la Disertación de Vinslow, añade a los que éste refiere una buena cantidad de otros; cuyas dos listas aún se pueden engrosar con los que yo estampé en el Discurso del Tomo V del Teatro, y con otros algunos que añadiré de nuevo; sobre los cuales, si se amontonan los que se pueden leer en la cuestión 79 del Campo Elysio de Gaspar de los Reyes, se hallará resultar en el cúmulo de todos una multitud que espanta.

10. Rara vez se puede saber con certeza que determinado sujeto particular se restituyó al sentido, y conocimiento, después de colocado en el sepulcro; porque rara vez ocurre el caso de reconocerlo por casualidad, u de examinarlo de intento. Cuéntase que se halló uno, u otro (entre ellos el Emperador Zenón) con las manos despedazadas; porque agitados de un despecho rabioso, habían hecho ese estrago con sus proprios dientes. Cuando se practicaba, y donde aún hoy se practica sepultar los cadáveres en bovedillas, o en urnas de plomo, o mármol, o en troncos huecos de árboles, [161] como se usa en algunas Naciones, bárbaras, fácil es que suceda eso; pero muy difícil en nuestro modo común de enterrar; porque ¿cómo ha de dar movimiento a sus miembros un cuerpo oprimido de mucha tierra recalcada, y de una gruesa losa? Sin embargo, no me atrevo a darlo por absolutamente imposible; porque en aquel terrible estado de agonía puede el ánimo excitar el cuerpo a violentísimos impulsos, como se dice que los frenéticos tienen más pujanza que los sanos.

11. Mas aunque sólo en un rarísimo caso se pueda saber de sujeto determinado que fue enterrado vivo, con gran probabilidad se puede inferir, que no son rarísimos los que padecen tan funesta fatalidad. Son, o han sido muchos los que juzgados muertos, se recobraron antes que los sepultasen; o ya porque volvieron en breve del accidente, o ya porque quedó el cuerpo insepulto, o ya porque alguna casualidad hizo retardar el Entierro. Pero éstos, que acumulados en un globo, se pueden llamar muchos, son poquísimos, respecto de aquellos a quienes creyéndolos muertos, aunque erradamente, no se negó, o retardó el Entierro: Luego siendo en unos, y otros igual el riesgo de que se crea total extinción de la vida, lo que sólo fue un accidente, aunque grave, pasajero, es supremamente probable que fueron muchísimos más los que volvieron en sí dentro del sepulcro, que los que tuvieron la dicha de restaurarse fuera de él.

12. Ni se me diga que aunque los conduzcan al sepulcro, luego, sofocándolos la tierra, y losa sobrepuestas, pasará a verdadera la muerte imaginada. Esta respuesta nada vale, sabiéndose que algunos han vivido muchas horas, aun faltándoles enteramente la respiración. En la Carta IX del segundo Tomo, número 1, y 2 referí los casos de un ciego, y una niña, que estuvieron debajo del agua, ésta una hora, y aquél hora y media, por consiguiente faltándoles enteramente la respiración, sin perder la vida. En la Asamblea pública de la Sociedad Regia de León de Francia, celebrada a 23 de [162] Abril de 1749 se testificó, que una niña de diez y siete años, natural de Lugar de Cluni, después de estar sumergida del mismo modo más de dos horas, se recobró enteramente con el remedio que expondré abajo.

13. Pero casos más admirables nos ofrecen en el libro citado arriba Monsieur Vinslow, y Monsieur Bruhier. Un Suizo, nadador de profesión, estuvo ahogado nueve horas; no obstante lo cual, extraído, vivió. La sumersión de un Jardinero de Troningolm (creo que es Lugar de Suecia), que yendo a socorrer a otro, que se ahogaba, rompiéndose el hielo que le sostenía, cayó al fondo, duró hasta diez y seis horas; y aunque le sacaron penetrado del frío, y casi helado, no dejó de vivir. Mucho más singular es lo de una mujer que estuvo tres días en el mismo estado, y se salvó. Los dos Autores citan los Médicos que refieren estos hechos. Y Paulo Zaquías, sobre la fe de Alejandro Benedicto, escribe, que algunos sumergidos se salvaron habiendo estado debajo del agua hasta cuarenta y ocho horas.

14. Muchos mirarán como quiméricos estos hechos. Mas yo les preguntaré ¿de dónde les consta su imposibilidad? Filósofos son los que los refieren; lo cual no harían, si los juzgasen imposibles. Basta esto para que los que no lo son, y por consiguiente carecen de principios para asentir, u disentir, suspendan por lo menos el disenso. De la misma calidad darán por imposible que ave alguna se conserve mucho tiempo debajo del agua. Sin embargo, varios Naturalistas afirman haberse visto pelotones de ellas, unidas unas a otras por los picos, en el fondo de algunos ríos; y el Padre Kirquer, Autor sin duda muy grave, dice, que en Polonia tal vez los Pescadores las sacan presas en sus anzuelos. ¿Quién puede asegurar que en algunos cuerpos humanos no haya tal disposición preternatural, que por ellas sean capaces de vivir mucho tiempo sin respiración, como sucede al feto en el claustro materno? Lo que en la Carta IX del segundo Tomo referí del ciego de Pamplona, y de la niña de [163] Estella son hechos constantes; y a favor del primero tengo el testimonio o, por tantos títulos respetable, del señor Don Tiburcio de Aguirre, entonces Fiscal del Consejo de Pamplona, hoy Consejero del Consejo Real de las Órdenes, y Capellán Mayor de las Descalzas Reales. Y siendo cierto, que un hombre puede vivir hora y media sin respiración alguna; ¿qué principio tenemos para limitar puntualmente el espacio de tiempo hasta donde puede vivir del mismo modo? Lo de los Buzos del Oriente es cosa que saben infinitos.

15. Pero yo para nada he menester que sean verdaderos los casos de los que estuvieron días enteros, o muchas horas debajo del agua. Una, dos, o tres, en que esto sea factible, bastan para mi intento. Antes de terminarse el espacio de tiempo, y aun a los primeros golpes que da el sepulturero con el mazo, o con los pies sobre la tierra, o sobre la lápida, puede despertar de su síncope el mísero a quien enterraron vivo; y vele aquí cruelísimamente atormentado de aquellas infernales congojas que insinué arriba. ¿Qué hombre habrá de corazón tan valiente, que al considerar esto no se estremezca, y mucho más si hace la reflexión de que él está expuesto a padecer la misma desventura?

16. Supongo que no todos los que se entierran vivos convalecerían perfectamente del mal que los redujo al estado de parecer muertos, para vivir algún tiempo considerable, aunque no los enterrasen; pero convalecerían algunos de éstos, y no pocos, así como de iguales accidentes convalecieron algunos, y no pocos de aquellos a quienes la dilación del Entierro dio lugar para recobrarse. Contemplen, pues, los que son causa para que los Entierros se aceleren, el riesgo a que se exponen de ser homicidas, no como quiera, mas ocasionando una muerte la más amarga de todas.

17. La cautela para evitar tan horrible daño, tanto debe ser mayor, cuanto es difícil, y aun en los más casos imposible, reconocer alguna seña segura de que el [164] que parece cadáver, realmente lo es. Paulo Zaquías, a quien siguen otros, dice, que no hay otra que la putrefacción incipiente. ¿Pero qué evidencia se puede tener de que empezó la putrefacción? ¿El color lívido? Ya se notó en muchos que estaban vivos. ¿La total falta de pulsación, y de respiración? Digo lo propio. ¿El mal olor? Algunos enfermos le exhalan tan malo como los cadáveres en el principio de su putrefacción.

18. De aquí se colige, que la más atenta inspección de los Médicos no siempre puede precaver el gravísimo inconveniente de entregar al sepulcro algunos vivos. Y siendo esto así, ¿con cuánta mayor frecuencia se incidirá en él, cuando en esto se procede tumultuariamente, y con la misma inconsideración con que se trataría el cadáver de un perro, como se hizo en algunos casos de reciente data, que voy a referir?

19. El primero sucedió en el Real Hospital de Palencia, donde arrojaron en la fosa un enfermo, y le cubrieron de tierra juzgándole muerto; y echando sobre él mismo otro cuerpo el día siguiente, o porque el golpe de este despertó al enterrado el día antecedente, o porque casualmente concurrió en aquel punto la emersión del deliquio, se halló que estaba vivo, y vivió algunos años después, ejerciendo el oficio de sepulturero: Realmente, ninguno más apto para ejercerle, pues su experiencia le haría más cauto para evitar a otros el riesgo en que él se halló, que comúnmente lo son los que se emplean en el mismo oficio.

20. El segundo, en cierta Ciudad de estos Reinos, que no nombro, porque se vendría por ella en conocimiento de los culpados, a quienes quiero evitar la confusión que de ahí les resultaría, aunque ellos la merecían, como castigo de su temeridad. Referiré la noticia como me la escribió un amigo de la más exacta veracidad, que estaba en el mismo Pueblo, y se informó punto por punto de todas las circunstancias del caso. Expresa éste lo primero el nombre del sujeto de la tragedia, que es [165] preciso callar, por el mismo motivo que me obliga a callar el nombre del Pueblo; y luego prosigue así:

21. « Este Caballero padecía un continuo privilegio, ocasionado de los vivos dolores que le causaba el accidente de piedra, de que adolecía. Y para que se mitigase la sensación dolorosa, y pudiese conciliar el sueño, le recetaron los Médicos, que le asistían, cierta poción, en que entraron cinco granos de láudano. Tomada como a las seis de la tarde, y a breve rato le sobrevino una suspensión soporosa, que se le fue aumentando por grados hasta dejarle privado de sentido, y movimiento: de modo, que habiéndole reconocido los Médicos como a las nueve de la noche le declararon por difunto. En este concepto se dispuso luego una caja, en la cual pusieron el cadáver, y la cerraron con la tapa muy bien clavada. En cuya forma le llevaron a la una de la misma noche en un coche a toda diligencia al Lugar de N. distante dos leguas de esta Ciudad, donde retenía su Entierro. Y habiendo llegado a cosa de las tres, al tiempo de sacar la caja del coche, se observó estaba bañado en sangre, de la que había corrido del cuerpo creído difunto. Y no obstante, sin hacer otro examen, le depositaron en la Iglesia, y enterraron la mañana siguiente».

22. ¿A quién no asombrará la estupidez de los Médicos? No me meto ahora en si la dosis del láudano fue excesiva; porque acaso los dolores, que pretendían atajar, eran tan vehementes, que ponían en mayor riesgo la vida, que el que se podía esperar de la fuerte dosis del medicamento. Pero la inmediata precedencia de este narcótico, y más siendo algo cuantioso al accidente, por sí sola bastaba a fundar la duda de si aquella era muerte, u deliquio. Y en tales circunstancias, no esperar más que tres horas para declararle difunto, y encerrarle en una caja, donde, si no lo estuviese, podía morir sofocado ¡Oh, ignorancia inaudita! ¿Pero este Caballero no tenía domésticos? ¿No tenía parientes? ¿No tenía vecinos? [166] ¿No tenía amigos? No sólo tenía todo eso, mas también tenía mujer, y hijos. ¿Cómo éstos no impidieron tan enorme atentado? Porque la autoridad de los Médicos, que contra toda razón se tiene para tales decisiones por infalible, contra toda razón engañó a todos.

23. El tercer caso sucedió en una Aldea de Galicia. Refiriómelo el Padre Maestro Fray Domingo Ibarreta, hoy mi amado Compañero, y Regente de los Estudios de este Colegio. Pasando éste en un viaje suyo por dicha Aldea, hizo la mansión meridiana en la estrecha casita de una pobre Mesonera, a quien halló bañada en lágrimas por la muerte reciente de su marido; y procurando dar algún consuelo a su dolor, le dijo ella, que aunque la afligía mucho la muerte del consorte, pero mucho más la espantosa circunstancia de que, a su parecer, le habían enterrado accidentado, no muerto. Fue el caso, que el accidente fuese mortal, o no, le había sorprehendido en una operación lícita a un conyugado, pero en todos ocasionada a inducir desmayos con pérdida de sentido, y movimiento, como se ha visto muchas veces. Sobre la duda que podía mover esta circunstancia se añadió, que la mujer, al tiempo que trataban de llevarle a la sepultura, reparó que estaba sudando; y aun llegando a tocar el cuerpo, le reconoció algo caliente. ¿Pero de qué sirvieron estas advertencias? De nada. La desdichada mujer exclamó, gritó cuanto pudo para que se suspendiese el Entierro. Mas prevaleció el imperio del Cura, soberano en una triste Aldea; y arrancando el cadáver, o no cadáver de los brazos de su amante esposa, le metieron debajo de tierra. ¿No merecía el Cura, por estúpido (¿y qué sé yo si la codicia, que todo cabe en esa vilísima pasión, tuvo más parte en ello que la estupidez?) ser privado del Curato, y aun del Sacerdocio?

24. El cuarto fue en la Villa de Avilés, distante cuatro leguas de esta Ciudad. Llevaban a enterrar en el Convento de San Francisco de aquel Pueblo a un vecino, dado por muerto. Pero éste tuvo la dicha, de que pasando [167] el féretro por debajo de la canal que vertía las aguas lluviosas, que caían sobre la casa de un Caballero titulado, descolgándose de ella un buen golpe de agua sobre la cara del que conducían a la Iglesia, de repente le restituyó el dominio de todas sus potencias. No sé si aún hoy vive. Tengo esta noticia de Don Pedro de Valdés Prada, uno de los principales Caballeros de este País, que a la sazón estaba en Avilés.

25. A los cuatro casos, que acabo de referir, agregaré otros dos, los más singulares que hasta ahora he oído, o leído de este género, como asimismo los más oportunos para inspirar a todo el mundo la más alta circunspección en el negocio de mandar los existimados cadáveres a la tierra. Escribiolos Monsieur de San Andrés, Médico Consiliario del Rey Luis XIV, en su libro intitulado: Reflexiones sobre la naturaleza de los remedios, sus efectos, &c. que se imprimió en Ruan el año de 1700, y cuyo extracto ví en el Tomo 33 de las Noticias de la República de las Letras. Llamo singularísimos estos dos casos, porque son de personas que se creía muertas en tiempo que aún conservaban libre el uso de la razón, y el sentido, porque oían, y percibían cuanto se hablaba en su presencia.

26. Del primero fue testigo el Padre del Autor, que también era Médico. Un hombre sexagenario, enfermo de una fiebre continua, cayendo en síncope, se creyó que había exhalado el último aliento. No sólo se preparaba lo necesario para los funerales, mas también se trataba de abrir el cuerpo, porque sus hijos lo solicitaban. Dos Curas, que estaban allí, altercaban sobre a cuál de los dos tocaba el Entierro. El Padre del Autor, que estaba en una cuadra vecina, oyendo el estrépito de la disputa, y temiendo que viniesen a las manos, entró con ánimo de sosegarlos; y habiéndose acercado al pretendido difunto, y descubiértole por cierta especie de curiosidad la cara, creyó ver en ella algún leve movimiento, por lo que echó mano al pulso, acercó una [168] candela a narices, y boca; mas no hallando con estas diligencias indicio alguno de vida, estaba para dejarle, creyéndole ciertamente muerto, cuando de nuevo le pareció advertir el mismo movimiento, excitado de lo cual, pidiendo un poco de vino, le aplicó a la nariz, y entró algo en la boca; pero no reconociendo tampoco algún efecto, en el punto que iba a abandonarle, percibió que se saboreaba algo en el vino; diole algunas cucharadas más, con que abrió los ojos; y al fin, recobrándose enteramente, logró una convalecencia perfecta. Pero lo admirable es, que en aquel estado de muerte aparente había oído, y entendido cuanto hablaban los dos Curas; y después de recobrado, lo refería todo puntualmente.

27. El segundo caso se lo refirió al Autor una Señora, que había pasado por él veinte y cinco años antes. De los progresos de una fiebre continua, que padeció, siendo de corta edad, vino a parar en un accidente, en que perdiendo todas las apariencias de vida, dos Médicos que la asistían la dejaron por muerta. Y como todos la tenían por tal, llegó el caso de tratar, en presencia suya, de lavarla, y amortajarla, oyendo, y percibiendo ella perfectamente lo que sobre esto se confabulaba, pero sin poder prorrumpir en palabra alguna, seña, o movimiento con que dar a entender que estaba viva, aunque lo deseaba con eficacísimas ansias. Por dicha de la enferma, una tía suya, de quien era muy amante, y muy amada, acercándose a ella, y haciendo raros extremos de dolor, ya con lágrimas, acompañadas de clamores descompasados, ya arrojándose sobre su cuerpo con ósculos, y abrazos apretadísimos, produjo en el ánimo de la muchacha una tal impresión, que prorrumpió en un grito; y aunque no pudo hacer más que esto, bastó para que acudiendo los Médicos, le aplicasen ventosas en varias partes del cuerpo, y usasen de otros remedios con que la restituyeron, de modo, que al fin convalecida enteramente, vivió después muchos años, como ya queda insinuado arriba.

28. Verdaderamente estos dos casos deben atemorizar [169] a todo el mundo, induciendo una prudente desconfianza de la seña por donde comúnmente se decide que el enfermo está muerto, que es la total falta de movimiento: desconfianza, que podrá ser utilísima en algunas ocasiones, retardando el Entierro, y dando con la demora lugar a que, o la naturaleza, con algún perceptible movimiento, por sí misma explique la vida que antes se ocultaba, o que la aplicación de algunos remedios la hagan explicar.

29. Acaso se me dirá que estos casos son rarísimos; y por casos que acontecen una, u dos veces en el espacio de un siglo, no debe alterarse una práctica autorizada por el consentimiento común de los hombres. Pero yo preguntaré ¿por dónde se sabe que esos casos son rarísimos? ¿Por qué sólo hay noticia de dos casos tales, o sólo dos casos tales se observaron? Pero lo primero, eso es incierto, pues pudo haber muchos más que se sepultaron en el olvido, como se sepultan otras muchas cosas, porque no hubo el cuidado de comunicarlas, mediante algún escrito, a la posteridad. Lo segundo, ¿quién nos asegura que otros casos semejantes no están escritos en varios libros arrinconados, y cubiertos de polvo en algunas Librerías, o sabidos por tradición en otras tierras? Lo tercero, por dos accidentes particulares se supo que aquellas dos personas estaban vivas. Aunque haya habido dos mil constituidas en el mismo estado, si no intervinieron esos accidentes particulares u otros equivalentes a ellos, a esas dos mil darían por muertas, y enterrarían debajo de esa suposición: con que queda el mundo en la persuasión de que sólo hubo dos personas en quienes no faltó la vida, ni el sentido, y la razón aun faltando todo movimiento; queda, digo, el mundo en la persuasión de que sólo hubo dos, aunque haya habido diez mil.

30. ¿Pero qué accidente fue el que pacecieron aquellas dos personas? Acaso deberá reducirse a aquella especie que los Médicos llaman, Catoco, o Catelipsis, y algunos explican con el nombre de Congelación, porque [170] es propia de este afecto la total inmobilidad de los miembros. Es verdad que comúnmente se dice, que hay en él una entera abolición de todo sentido externo, e interno; lo que no acaeció en nuestros dos enfermos. Pero tampoco es general en la Catalepsis esa extinción de todo sentido. Tengo presentes al Italiano Lucas Tozzi, y al Inglés Juan Hallen, que dicen, que algunas veces se conserva el sentido en los Catalépticos; y Etmulero concede, que la Catalepsis remisa, o nada fuerte, permite algún uso del oído. Más común es permanecer en ella el pulso, y la respiración; pero muy leve uno, y otro; ¿y qué evidencia hay de que alguna vez no sean tan leves que el Médico no pueda percibirlos?

31. ¿Y qué importará que aquel deliquio no pueda reducirse a alguna especie de aquellos accidentes morbosos de que tratan los Autores? ¿Por ventura conocen los Médicos todas las enfermedades, a que está expuesto el cuerpo humano? Muy inconsiderado será quien lo crea. Los mismos Médicos, cuando son sinceros, confiesan, que no conocieron tal, o cual enfermedad, como yo lo oí a algunos. Cualquiera que considere que son innumerables las piezas de que se compone esta nuestra máquina, y casi innumerables las causas que pueden concurrir a descomponer alguna, o algunas de ellas, de que resulta, que las descomposiciones sean sumamente varias, fácilmente comprehenderá, que las especies de enfermedades son, como dijo Ovidio de los Insomnios:

......Totidem, quot messis aristas:
Sylva gerit frondes, eiectat litus arenas.

Y de aquí colegirá, que es verosímil haya millares de enfermedades, o pasiones morbosas, que hasta ahora no conocieron, ni aun pensaron en ellas los Médicos; bien que entre esas mismas incógnitas es también verosímil haya algunas que por la semejanza de la mayor parte de los síntomas indiquen la misma curación que sirve a ésta, o aquélla de las conocidas. [171]

32. No se piense que lo que he discurrido en este particular es episodio, o mera digresión del asunto de esta Carta. A él pertenece derechamente; porque si hay muchas enfermedades, o afectos morbosos que hasta ahora no conocieron los Médicos, entre éstos es verosímil haya varias especies de desmayos, accidentes, o deliquios ignorados de ellos, que representen, como verdadera, una muerte aparente, y que esa representación sea más engañosa que la que hacen todos los accidentes conocidos. Un Médico está medianamente instruido para discernir, ya por sus causas, ya por sus síntomas, o efectos lo que es una apoplejía, un síncope, una epilepsia, una sofocación uterina, &c. Mas ninguna instrucción tiene para discernir otros graves accidentes incógnitos, que, o no dejan algún vestigio por donde colegir, que el sujeto está vivo, o aun cuando haya alguna seña privativamente propia de cada uno de ellos, no puede observarse, porque se ignora qué seña es ésa. Acaso la niña, de que se habló arriba, tenía alguna seña de vida en esta, o aquella parte de su cuerpo; pero de nada servía, porque nadie sabía que lo fuese. Resulta de todo lo dicho, que es mayor que hasta ahora se ha creído el peligro de enterrar los hombres vivos, a proporción que es más difícil que hasta ahora se ha pensado el discernir en todos los casos posibles los vivos de los muertos.

33. Yo por mí confieso, que más horror me infunden los dos últimos casos, que he referido del hombre, y la niña, que estaban oyendo, y entendiendo tratar de las disposiciones para enterrarlos, que la multitud de tantos que he oído, y leído de otros accidentados, que aunque creídos muertos, y por tanto destinados a la fatalidad de ser enterrados vivos, por estar privados de sentido, y conocimiento, nada sabían del terrible riesgo de su situación. Si se coteja el estado presente de unos, y otros; los primeros, que conocían la desdicha que les amenazaba, y la imposibilidad de evitarla, no podían menos de padecer unas intolerables angustias; mas a los segundos [172] su ignorancia los eximía de todo dolor, y sentimiento.

34. Pero supongamos como existente lo que sólo fue posible en unos, y otros; esto es, que unos y otros fuesen sepultados vivos, añadiendo a esta hipótesis la circunstancia de que los primeros reviniesen del accidente, después de colocados debajo de la tierra; y dentro de esta suposición, para comprehender la desigualdad de las dos suertes, consideraremos en unos, y otros dos cosas: la primera el daño del cuerpo; la segunda, y de infinitamente mayor importancia el riesgo del alma. El daño del cuerpo es aflicción, y congoja que padecieron unos, y otros, muy grande sin duda, pero de mucho menor duración en los segundos, debiendo creerse, que muy luego que reviniesen, faltando aquella disposición preternatural, que en el deliquio les hacía innecesaria la respiración morirían sofocados por la imposibilidad de respirar. Así su tormento tendría, a lo sumo, la duración de un minuto. Pero el de los primeros duraría muchas horas; esto es, desde que entendieron que se trataba de enterrarlos, hasta que los enterraron efectivamente.

35. Vamos ahora a comparar el riesgo del alma. Contemplo éste, o ninguno, o muy leve en los segundos; porque al despertar del síncope, sorprehendidos de tan rara novedad, y contemplando con espanto su infelicísima situación, me parece caen al punto en una especie de aturdimiento, perturbación, y como fatuidad, que les hace imposible todo uso de la libertad, por lo menos de aquella que es menester para pecar gravemente. Pero a los primeros, como no experimentaron la expresada repentina emersión de aquella como noche del alma, a la luz de la razón, que pudiera aturdirlos, o en caso que la experimentasen, tuvieron sobrado tiempo para revenir de la perturbación, y aun para hacer mil reflexiones todas tristísimas (¡Santo Dios!); qué arriesgados los veo a actos de desesperación, y de despecho, a detestaciones de la Divina Providencia, a furiosas imprecaciones contra aquellos que imaginan parte en su infelicidad [173], porque no la evitaron, &c.

36. ¿Quién sabe, o puede saber si ha habido ya muchos, y muy muchos, constituidos en esta formidable desdicha temporal, en quien la reflexión, que acabo de hacer, representa un gravísimo riesgo de la infelicidad eterna? Ningún informe puede darnos en esta materia, ni la experiencia, ni la razón. No la razón; porque ninguna hay capaz de persuadir que lo que fue posible en dos sujetos, no haya sido posible, y aun reducido a acto en otros muchos. Tampoco la experiencia; porque siendo posible que un hombre vivo, y gozando el uso de la razón, parezca a todos muerto; porque ni él puede explicarse, ni hay seña alguna por donde pueda colegirse, falta todo objeto a la experiencia. Los dos sujetos, de que hablamos, se libraron de ser enterrados vivos por dos casualidades felices; pero las casualidades son casualidades, capaces por tales de suceder una vez, y faltar ciento.

37. No extrañe V.S.I que me detenga tanto en estas reflexiones. Arrebatada la imaginación, ya del terror que me inspira el objeto, ya del ardiente amor del próximo, y aun mío proprio, que poderosamente me inclina alejar, cuanto pueda, tan enorme daño, escribiendo a V.S.I. me parece tengo presente a todo el mundo, y a todo el mundo estoy hablando para imprimir en cuantos individuos comprehende nuestra especie los mismos vivos afectos de terror, y amor que a mí me domina; a que será consiguiente, que apliquen todos los medios posibles, conducentes al fin de evitar las espantosas tragedias, a que expone el abuso de los Entierros acelerados.

38. ¿Mas cómo ha de ser eso? Por todas partes hay inconvenientes; y si no son tan graves los que ocurren en retardar los Entierros, exceden mucho en el número a los que siguen del extremo opuesto. En lo primero, considerado el todo del Género Humano, peligra la vida eterna de pocos; en lo segundo, la vida temporal de muchos: porque si se retarda tanto el Entierro, que se anticipe [174] a él la putrefacción de los cadáveres, ésta dañará a la salud, y aun podrá quitar la vida a los que asisten en su proximidad; mucho más a los que por sí mismos manejan los Entierros; y por otra parte, si no se espera a la putrefacción antes de enterrar, no hay seña segura de la carencia de vida; porque los Autores Médicos, que han tocado este punto, no reconocen otra sino la dicha. Es verdad que dicen que basta para esto la putrefacción incipiente, o principio de putrefacción; pero esto es difícil de discernir, siendo muy fácil equivocar el olor de un cadáver, que empieza a corromperse, con el de otro que no ha llegado a ese estado, y aun con el de un vivo constituido en la última extremidad, si abunda, como muchos, de humores muy fétidos. Y por lo que mira al color, el lívido, o cárdeno, o aplomado, también se observa en los que tienen alguna entraña principal viciada, aunque no muy próximos a la muerte.

39. Con todo aseguro, que ya que no se puedan precaver todos los inconvenientes, que se recelan en la práctica de retardar los Entierros, se puede disminuir su número, de modo, que sea rarísimo el daño. Para lo cual propongo las advertencias siguientes.

40. La primera es, que los casos, en que se hace preciso retardar considerablemente los Entierros, son pocos. En la muerte natural derivada de las enfermedades más comunes, en que sucesivamente se van poco a poco, y como por grados casi imperceptibles viciando las funciones de las facultades, y declinando paulatinamente las fuerzas hasta su total extinción, es superflua la mucha demora: pues en esos casos, no sólo después de percibirse la exalación del último aliento, mas aun algunos momentos antes, v.g. en las boqueadas, se debe juzgar irreparable el enfermo, salvo que sea por milagro. Con que la demora sólo se debe juzgar necesaria en los accidentes repentinos, en que tal vez caen los que parecía estaban gozando de entera salud, u ocurren en los enfermos muy fuera del curso regular de la enfermedad. Estos [175] accidentes son pocos, por consiguiente son pocos los casos en que se deban retardar los Entierros, de modo, que de ello se siga a nadie notable daño.

41. La segunda, que en estos accidentes, no sólo se practiquen las diligencias ordinarias de la candela, espejo, y tacto, para examinar si han quedado algunos restos de respiración, y pulso; mas después de practicadas ésas inútilmente, se pase a los esternutatorios más fuertes, a friegas con ortigas bravas, a profundas escarificaciones; y sobre todo, a violentas ustiones en las plantas de los pies. Todo lo cual se ejecutará con una determinación intrépida, considerando; que si el cuerpo es ya cadáver, tan insensible está como una piedra; y si por tener aún oculta dentro el alma sienta algún dolor, ese dolor puede rendirle el mayor de todos los beneficios.

42. La tercera, que mientras se ejecutan estas operaciones, dos, o tres personas atiendan con el mayor cuidado, si en el semblante, brazos, y pies, u otra cualquiera parte del cuerpo padece algún movimiento quiero decir; porque el pasivo, que puede resultar de algún impulso externo, ya se ve que nada significa. Digo que esta observación se haga mientras aquellas operaciones; no porque no se pueda, y aun deba hacer antes, y después de ellas, sino porque hay más esperanza de algún movimiento cuando se trabaja por excitar los espíritus.

43. La cuarta, que notado algún movimiento, gesto, o ademán, por leve que sea, se le procure animar con un poco de vino generoso; y aun pienso que sería mejor agua ardiente, u otro licor de los más espiritosos.

44. La quinta, que el enfermo se mantenga en la cama arropado como estaba antes, y de ningún modo se exponga a un ambiente frío, que podría acabar de extinguir el poco calor que acaso le ha restado. Esta advertencia es de Monsieur Vinslow.

45. La sexta, que en tiempo frío no se recele suspender [176] el Entierro cuarenta y ocho, o cincuenta horas, salvo en tiempo de peste, no siendo razón por la vida incierta de uno, exponer la de muchos. Pero aun en tiempo de peste debe velar el Magistrado sobre que no se precipiten tanto los Entierros, como por la mayor parte entiendo que acontece; porque los que profesan el oficio de sepultureros son comúnmente gente de un desembarazo medio brutal, a quienes, ya el proprio genio, ya el calor que les da el vino, inspira una inconsideración bárbara en tales ocasiones. Pero los más aptos para precaver las peligrosas aceleraciones de los Entierros, y en quienes debe poner su principal confianza para este efecto el Magistrado, son los caritativos Religiosos, y Sacerdotes que voluntariamente exponen sus vidas, por prestar los socorros espirituales, y temporales a los enfermos en aquel tiempo calamitoso.

46. Resta ahora hablar de los ahogados, que merecen particulares atenciones, porque son muchos, y estoy en juicio de que se puede salvar una gran parte de ellos; sugiriéndome esta buena esperanza, ya la noticia de no pocos que se han salvado, ya la experiencia de los remedios con que lo lograron. Pero antes de explicar cuáles son éstos, importa avisar, que el que comunísimamente se usa de suspender pies arriba, y cabeza abajo a los ahogados, para que vomiten el agua que han tragado, es enteramente inútil, y puede ser pernicioso.

47. Los que ejecutan esto suponen, que los sumergidos pierden la vida, porque los sofoca la mucha agua, que por la áspera arteria les entró al pulmón. Pero esto es lo que puntualmente ha mostrado la experiencia ser falso. Lo que resulta de las disecciones de ahogados, que hicieron varios Anatómicos, como Bakero, Monsieur Litre, Senac, y últimamente Bruhier, es, que no se les halló agua en el pulmón, sino alguna vez rara; pero esa rara vez tan poca, que era muy insuficiente para sofocarlos, y que aun en el estómago muy pocas veces se ha hallado algo considerable cantidad. Pero la del estómago [177] no hace al caso; pues se sabe que algunos beben voluntariamente tanta cantidad de agua, o vino, cuanta les cabe en el estómago, sin riesgo de sofocación. Mons. Bruhier explica anatómicamente el mecanismo, por el cual la agua no puede introducirse al pulmón. Asimismo deduce de la Anatomía, que la suspensión del cuerpo pies arriba, y cabeza abajo puede impedir, o retardar la circulación de la sangre, de modo, que quite la vida a quien la sumersión no había privado de ella.

48. Si esto, pues, no es sólo inútil, sino peligroso, ¿qué es lo que se debe hacer? En el Discurso VI del Tomo V del Teatro Crítico, núm. 46, propuse el remedio que enseña Lucas Tozzi, con las mismas palabras de este Autor, y allí se pueden ver. Tengo la satisfacción de que con aquella receta, en la forma que en el citado lugar está estampada, se salvaron el ciego de Pamplona, y la niña de Estella, de quienes hablé arriba. La práctica que aconsejan Mons. Vinslow, y Monsieur Bruhier coincide a lo mismo. Dicen que se hagan friegas en las espaldas con paños, y lienzos calientes, cuanto se pueda, unos, y otros embebidos en licores espiritosos: que al mismo tiempo se comprima el vientre: procure el vómito: se haga alguna irritación en la garganta: se use de esternutatorios de humo de tabaco, introducido en los intestinos, la aplicación al fuego, pero paulatinamente, y no mucho calor de golpe: baños calientes, sangría; y últimamente se procurará tener al enfermo bien abrigado, y en una situación cómoda para lograr el beneficio de la respiración.

49. La muchacha de Cluni, de quien escribí arriba, que la sacaron después de estar más de dos horas en el agua, se restableció por diferente medio. Formaron como un lecho de ceniza desecada al fuego, por ser el tiempo a la sazón muy húmedo, y lluvioso; y puesta una cobertura encima, colocaron sobre ella la muchacha; la cual a media hora que estuvo en este baño de ceniza, empezó a explicar el pulso, y la voz. Diéronle [178] una cucharada de clarea, dos horas después un caldo, y dos dedos de vino sobre él. Tuviéronla ocho horas sobre el referido lecho de ceniza, en el cual se restableció enteramente. Mons. Garnier, que dio noticia de este hecho cuatro años después a la Academia de León, bien certificado de su verdad, dijo que la muchacha gozaba entonces de muy buena salud: explicó filosóficamente, en presencia de la Academia, la causa del fenómeno; añadiendo, como ilación legítima de su Discurso, que usando de sal marino en vez de ceniza, se lograría más prontamente el mismo efecto.

50. Sería muy conveniente al Público, que los Médicos, y aun algunos particulares solicitasen de París (en caso que no estén venales en Madrid) los dos Tomos de Mons. Vinslow, traducidos, y aumentados por Monsieur Bruhier, para usar de sus instrucciones, no sólo en los casos de sofocación, mas en todos los demás en que algún accidente, de cualquiera naturaleza que sea, mueve la duda si el sujeto está vivo, o muerto. La adquisición de estos libros en cualquiera Médico, a quien es posible, puede considerarse como obligación de justicia; en los particulares sólo como acto de caridad.

51. El logro del fin que me movió escribir esta Carta, espero, después de Dios, de V.S.I. cuyo santo celo me es tan conocido, como su consumada prudencia para dirigir las acciones que inspira el celo. La Divina Majestad conserve a V.S.I. muchos años, no sólo para el bien de su Diócesis, mas también para el de otras muchas, en cuyos Prelados puede tener un grande influjo su buen ejemplo. Oviedo, &c.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Cartas eruditas y curiosas (1742-1760), tomo cuarto (1753). Texto tomado de la edición de Madrid 1774 (en la Imprenta Real de la Gazeta, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo cuarto (nueva impresión), páginas 157-178.}


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