La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Cartas eruditas y curiosas / Tomo tercero
Carta XI

Causa de la destreza en el juego de Naipes


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1. Muy Señor mío: La cuestión, que Vmd. me propone, es sin duda curiosa, y muy propia de un entendimiento reflexivo. ¿Pero cómo puede Vmd. esperar de mi solución que le satisfaga, no habiéndola logrado de otros muchos que Vmd. me insinúa ha consultado, y en cuyo número habría sin duda algunos talentos muy superiores al mío, como es naturalísimo, viviendo Vmd. en el gran Teatro Literario de Salamanca, donde nunca faltan ingenios del primer orden? Acaso procederá Vmd. en esto fundado en la esperanza de que, como muchos aciertos se han debido más a la fortuna, que a la capacidad, suceda ahora lo mismo. Por lo menos yo no con otro fundamento puedo presumir resolver a gusto de Vmd. la cuestión; aunque muy luego que leí su Carta, me ocurrió lo que pienso disuelve la dificultad. [132]

2. Pregúntame Vmd. en qué consiste que muchísimos, de más que mediana habilidad, y agudeza, para imponerse con prontitud en las materias de la facultad, que profesan, y en cualesquiera otras, a que por diversión se dedican con algún esfuerzo, habiendo empleado tanto, o más tiempo en el juego aquel despejado entendimiento, con tanta, o más afición, intensión, y gusto que en aquellas facultades, en que los vemos muy bien instruidos, nunca juegan bien, ni adelantan más un día, que otro, quedando siempre en aquel corto conocimiento, que lograron al principio.

3. Para responder con orden a la pregunta digo lo primero, que para jugar, no sólo bien, mas aun con excelencia a cualquier juego de los que admiten destreza, como Cáscara, Revesino, Damas, Ajedrez, &c. de parte del entendimiento no se requiere más que una mera medianía, y aun acaso menos que medianía.

4. Pruébase esto por experiencia, y por razón. Por experiencia, porque se ven algunos grandes jugadores (yo los he visto) bastantemente ineptos para todas las Ciencias. Por razón, porque el jugar bien, ni pende del conocimiento de algunas verdades, que sean de difícil inteligencia, ni de la ilación de algunas consecuencias, que sean de difícil deducción. Los principios que dirigen las jugadas, el mismo juego los presenta a la vista, o al oído; v. gr. en el juego de Malilla, que fulano está fallo a tal palo, que citano, que está a mi mano, tiene la Malilla sola. Sé lo primero, porque una jugada anterior no sirvió. Sé lo segundo, porque en una de las preguntas, que le hizo su compañero, lo dijo. Ya se ve que estos conocimientos no piden discurso alguno. Lo uno se ve, lo otro se oye. ¿Qué infiero de estos principios para arreglar mis jugadas? Supongo que en el primer caso me hallo con algunos triunfos superiores, y tengo una carta alta que jugar del palo a que fulano está fallo. Infiero, pues, del primer principio, que es menester tirar a destriunfarle primero, para asegurar aquella Carta. Supongo que en el segundo tengo, fuera de [133] algunos triunfos bajos, el Rey, o el As: infiero, pues, del segundo principio, que me conviene precisarle con un triunfo bajo a que eche la Malilla, por evitar el riesgo de que después, saliendo la jugada de otra parte, me coma con la Malilla el As, o el Rey. ¿Qué ingenio se ha menester para estas ilaciones? Ninguno. Y caso que se necesitase alguno, sólo sería necesario en el primero, que en tal, o cual Pueblo las hizo de propio marte. A los demás se va comunicando la noticia, y toman la lección de memoria.

5. Digo lo segundo, que el exceso de ingenio está por demás, o no hace al caso para el efecto de jugar bien. Supongamos que a Juan, que tiene un mediano entendimiento, y juega muy bien, Dios le diese tres, o cuatro grados más de ingenio. Afirmo, que ni por eso jugaría después mejor. La prueba se toma de lo dicho arriba. Ese exceso de ingenio estará como ocioso, y sin ocupación. Esto es, Juan más ingenioso no conocerá más principios, ni deducirá más consecuencias, que conocía, y deducía Juan menos ingenioso; porque en el juego todos los principios son obvios, y todas las consecuencias fáciles; y para conocer tales principios, y deducir tales consecuencias; está por demás el exceso de ingenio.

6. No ignoro yo que en el conocimiento de una misma cosa, o de una misma verdad cabe mucho más, y menos entre desiguales ingenios; porque aunque dos hombres desigualmente ingeniosos conozcan una misma verdad, puede conocerla con más claridad, y penetración el más ingenioso: porque en cuanto a esto sucede a la vista intelectual respecto de sus objetos lo mismo que a la corpórea respecto de los suyos. Pedro, y Juan, aquél de vista mucho más perspicaz que éste, ven a distancia de veinte pasos a Antonio. Entrambos le ven, y distinguen lo bastante para conocer con toda seguridad que es Antonio, y no Alonso, Diego, &c. Con todo le ve con mucho mayor claridad Pedro, distinguiendo, v. gr. en su semblante los lineamentos menudos, que Juan no distingue. De modo, que podría suceder, que poniéndose en el mismo sitio, o [134] a la misma distancia, no Antonio, sino el hombre más parecido a Antonio que haya en el Mundo, Juan se equivocase, y Pedro no.

7. De esta discrepancia en la claridad intelectual, (por advertir esto de paso, lo cual comúnmente es muy poco advertido) pende la desigualdad más substancial entre los Profesores de las Ciencias. Pondré ejemplo en la Jurisprudencia. Entre dos Profesores, que sepan de memoria los mismos textos, y leyes, uno hará, por lo común, muy recto juicio en las causas que le presenten, y el otro le errará muchas veces. ¿Cómo es esto, si éste está enterado del hecho, y sabe las leyes, y explicaciones de los Comentadores como aquél? El cómo es lo que niego yo. Las sabe, sí, mas no como el otro, porque no las penetra como el otro, no las ve con la misma claridad: es en su inteligencia más superficial: no llega a aquel fondo donde se representa con viveza la mente del Legislador, y la razón de la Ley. De aquí viene que éste yerra la aplicación de las Leyes a la práctica en muchos casos, en que aquél la acierta.

8. De aquí viene también, el dejarse, no pocas veces, engañar Jueces muy rectos, pero no muy perspicaces, por Abogados muy hábiles, pero nada escrupulosos. Aquella máxima de Juliano, que colocan los Juristas entre las reglas del Derecho: Ea est natura cavillationis, ut ab evidenter veris, per brevissimas mutationes disputatio ad ea, quae evidenter falsa sunt, perducatur, es rasgo de un bello entendimiento, y da a conocer el medio más sutil con que un Abogado muy hábil puede alucinar a Jueces que no lo son. Echa mano de una proposición, que sin serlo en realidad, por medio de una brevísima mutación suena ser equivalente a un Axioma recibido de los Juristas, o ser el mismo Axioma. Un Juez, poco penetrante, engañado de la semejanza superficial, tomará uno por otro del mismo modo que un hombre de corta vista corporal fácilmente equívoca a dos hombres muy semejantes, Antonio, y Jacinto, juzgando que Antonio es Jacinto, o Jacinto Antonio. Aquella brevísima mutación, que hizo el Abogado, [135] es como un lineamiento delicado que se esconde, por lo menos en cuanto al fondo de su significación, a la vista intelectual del Juez; como al de corta vista corporal se esconden aquellos tenues lineamientos, que distinguen los rostros de Antonio, y Jacinto. Si él penetrase bien el Axioma, o le viese con toda claridad, y asimismo la ilusoria proposición, con que quiere equivocarla el Abogado, al punto conocería la distinción.

9. Lo mismo sucede en todas las demás Ciencias. La mayor, o menor claridad, o perspicacia con que se entienden las verdades, inducen una desigualdad muy grande entre los Profesores. El que penetra profundamente una Definición, Sentencia, Axioma, o Aforismo, conoce su extensión, sus limitaciones, o excepciones; las aplicaciones que puede tener, los consiguientes que infiere. Y en todo esto puede padecer varios errores el que carece de aquel grado de claridad intelectual.

10. Pero esto no tiene lugar en orden a los principios, o fundamentos por donde se gobierna el juego, porque en ellos no hay distinción de superficie, y profundidad. Todo es superficie. El que Pedro jugó tal carta, Juan tal de Oros, salieron tantas, y tales cartas, de Copas tantas, y tales, &c. son los principios de donde se infiere, que se debe hacer tal, o cual jugada; y estos principios, como son unos meros hechos experimentales, tanto, y también los conoce el de corto entendimiento, como el ingeniosísimo.

11. Digo, pues, lo tercero, que el jugar con destreza pende, no de una sola, sino de dos dificultades, ambas distintas del entendimiento, que son Memoria, y Atención extensiva.

12. La voz, o complejo de voces Atención extensiva extrañará Vmd. como nuevo. Pero es preciso, que yo invente la voz para significar un objeto, de quien nadie habló, o por lo menos a quien nadie dio nombre hasta ahora.

13. Supongo que el juego pide atención; y ésta, aun prescindiendo de la calidad de extensiva, tomada de parte de la potencia, es una especie de prenda, o facultad muy apreciable, no sólo para el juego, mas para otras infinitas [136] cosas. Prenda, o facultad la llamo, porque es error pensar que el atender pende sólo de querer atender. Hay quienes, por más que se esfuercen para atender cuanto pasa en el juego, o cuanto se habla en una conversación, no pueden lograrlo; porque su volátil imaginación, cuyos movimientos son por la mayor parte involuntarios, se disipa hacia otros objetos, sin dependencia del albedrío. Y hay otros, que sin esfuerzo, o conato alguno para atender, fijan la imaginación en el objeto que quieren.

14. Más digo: nunca atenderá bastantemente, el que ha menester esfuerzo para atender; porque si ha menester esfuerzo, es porque su imaginación es muy inconstante; y siéndolo, padecerá muchas distracciones involuntarias, que ningún esfuerzo puede evitar.

15. Es menester, pues, esta prenda, la atención digo, o facilidad de atender para jugar bien. Mas no basta cualquier atención. Es menester la atención que llamo extensiva, esto es, que haga presentes simultánemente al entendimiento, no una, o dos cosas solas, sino muchas.

16. Supongo que Pedro, estando para hacer la quinta jugada en una mano de Malilla, retiene en la memoria todo lo que ha pasado en las cuatro jugadas antecedentes: qué cartas echaron todos los jugadores, y que se dijeron de las que tenían en la mano recíprocamente unos, y otros compañeros. Pero no es lo mismo retenerlo en la memoria, que tenerlo presente al entendimiento; pues no hay punto de tiempo en que yo no retenga millares de objetos en la memoria, en los cuales en aquel punto no pienso. Es necesaria, pues, demás de la memoria, la atención, aunque ésta supone indispensablemente aquélla. Pero hoc opus hic labor. Ve aquí Vmd. el punto de la dificultad. Hay en el juego, para terminar tal, o cual jugada, indicantes, coindicantes, y contraindicantes, del mismo modo que en la Medicina para prescribir tal, o cual remedio. Estos indicantes, coindicantes, y contraindicantes son las jugadas vistas, y las cartas que tienen, o no tienen los jugadores, de lo cual mucho consta por lo que dicen unos a otros. Hubo tal jugada, [137] o hay tal carta en tal mano, que infiere, que Pedro debe jugar, v. gr. el As de copas; coadyuva a esto, el que su compañero no tiene carta de copas, y puede irse de otra carta que le incomoda; pero por otra jugada antecedente, o porque lo dijo uno de los contrarios, sabe que éste está fallo a copas, y tiene triunfo mayor. Lo primero es indicante de la jugada del As de copas; lo segundo coindicante, y lo tercero contraindicante. No para aquí. Este mismo, que es contraindicante de aquella jugada, es indicante para que antes de hacerla se procure destriunfar al que está en estado de fallarle. Resta saber si se puede, lo cual se ha de colegir de otros principios, que también se deben combinar. Resta asimismo considerar, si destriunfando a los contrarios, se destriunfa también a sí, y a su compañero; y si en este caso los contrarios quedan con cartas falsas, seguras en las manos, en que se pierda más que se gana en asegurar el As de copas, por lo cual sería mas conveniente sacrificar éste.

17. A cada paso se ven en la Malilla, y otros juegos de destreza casos más complicados que el propuesto; y en que hay más cabos que atar. Contemple ahora Vmd. por una parte, de qué servirá en ellos un gran ingenio, si no puede abarcar con la atención todos aquellos cabos; y considere por otra, poniendo la vista en el caso, que he propuesto, cuán poco entendimiento es necesario, una vez que los cabos se abarquen, para conocer las conveniencias, o inconvenientes que tiene tal, o cual jugada.

18. Mas hay que reflexionar en la materia; y es, que ni aun ese medianísimo entendimiento, que a Vmd. le parecerá que basta para hacer todas aquellas advertencias, ni aun ése, es por la mayor parte necesario. Esta, que parece paradoja, se demuestra simplicísimamente. Es el caso, que por lo común estas advertencias son lecciones, que los jugadores toman unos de otros. Danse ordinariamente los jugadores unos a otros, y también a los mirones razón de las jugadas, y también recíprocamente corrigen unos a otros los yerros. De este modo van aprendiendo los [138] que por sí no eran capaces de instruirse bastantemente. Por el continuo comercio de unos Pueblos con otros puede suceder, que de cien jugadores, que hay en una Provincia, todos hayan sido aprendices de otros, y éstos de otros.

19. Pero por lo menos dirá Vmd. aquél, que fue el primer Maestro, y de propio marte hizo todo el cúmulo de advertencias necesarias para jugar con perfección, no se puede negar que era un hombre muy reflexivo. Respondo lo primero, que probabilísimamente no hubo jamás tal hombre en el Mundo. Nunca, o rarísima vez la perfección en un juego, o en un arte se debe al talento de un hombre solo. Siempre concurren muchos. Uno descubre una cosa, otro otra, y después se van congregando todos los descubrimientos. Respondo lo segundo, que si ese hombre solo en brevísimo tiempo advirtiese todo cuanto es menester para jugar con excelencia, no por eso le concedería un entendimiento muy sutil, o profundo, pero sí muy pronto, y ágil.

20. Mas si en un gran espacio de tiempo, y con mucha aplicación arribase a aquel grado de destreza, ni uno, ni otro. Yo he visto jugar muchas veces varios juegos de destreza, y en ellos algunos grandes jugadores; pero nunca, dando éstos razón de sus jugadas, percibí cosa alguna que pidiese ingenio, ni aun medianamente sutil, o que mereciese llamarse sutileza de ingenio. Así, el que en poco tiempo de propio marte adquiriese una gran destreza, sería de un entendimiento muy ágil, mas no por eso sutil.

21. Concluyo diciendo, que si los grados de destreza en jugar correspondiesen a los de entendimiento, los grandes jugadores de Ajedrez serían los mayores ingenios del Mundo; y aquel hombrecillo Calabrés, llamado Joaquino Greco, que se hizo admirar en todas partes por su eminencia en el manejo de aquel laberinto de piezas de varios movimientos, sería por lo menos igual en discurso a los Leibniz, y a los Newton. ¿Pero en qué otra cosa dio muestra de tener algún particular talento? La gran dificultad de este juego consiste únicamente en la multitud de combinaciones [139], que es menester tener presentes para determinar el movimiento de tal, o tal pieza: y esta presencia de multitud de combinaciones no pende del ingenio, sino de la facultad que llamo Atención extensiva, en la cual cabe mucho más, y menos. Lo mismo, a proporción, sucede en el juego de las Damas, aunque es la complicación de combinaciones mucho menor. Y bien lejos de pedir mucho ingenio este juego, puedo asegurar que el mayor jugador de Damas, que he conocido, era, y es de muy limitado discurso.

He obedecido a Vmd. en la forma que pude, y con igual voluntad lo haré en cuanto quiera ordenarme. Nuestro Señor guarde a Vmd. muchos años. Oviedo, &c.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Cartas eruditas y curiosas (1742-1760), tomo tercero (1750). Texto tomado de la edición de Madrid 1774 (en la Imprenta Real de la Gazeta, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo segundo (nueva impresión), páginas 131-139.}


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