La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Cartas eruditas y curiosas / Tomo tercero
Carta XXIV

Exterminio de ladrones


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1. Habiendo mostrado a un Amigo mío la Carta antecedente sobre la erección de Hospicios, me hizo una objeción contra el proyecto que le pareció formidable, y aun concluyente; porque bien lejos de convenir conmigo en que la denegación de limosna, y mucho más [261] cualquiera especie de castigo a los mendicantes válidos, sea útil a la República, insistía en que antes bien al contrario sería esta providencia muy perniciosa. ¿Qué harán, decía, estos vagabundos, enemigos de todo trabajo, e ignorantes de todo oficio, viéndose obligados a abandonar la mendicidad, sino meterse a Ladrones, e infestar con sus robos los caminos, y los Pueblos? Haránse enjambres de éstos, que la mayor vigilancia de las Justicias no podrá disipar. Y aunque para robar en los poblados no sean los más hábiles, hasta ejercitarse en ello algún tiempo, ningunos más aptos para dañar en los Pueblos, como a quienes la antecedente profesión de mendicidad, no sólo hizo conocer entradas, salidas, y senos de Templos, y habitaciones, mas también facilitó la noticia de quiénes son las personas, en cuyo poder se hallan el oro, y la plata: es incomparablemente menor inconveniente el que algunos de estos holgazanes hagan tal cual hurtillo, que andando desligados, como andan, puede reducirse a algún plato, a alguna almilla vieja, u otra cosilla igualmente leve; que el que coligados en cuadrilla, y proveídos de armas, con asaltos nocturnos desvalijen las casas del oro, y plata, que hay en ellas, como lo harán por evitar un trabajo, que de cualquiera modo que sea, no los indemnizará de una vida muy incómoda.

2. Así me arguía este Amigo, bien persuadido a que con su argumento me haría suprimir, no sólo como inútil, mas aun como nociva la Carta antecedente. Pero yo estuve tan lejos de eso entonces, como lo estoy ahora; así ahora, como entonces enteramente satisfecho de que es, no sólo posible, sino fácil precaver el daño, que, como moralmente inevitable, me proponía.

3. En algunas partes de mis Escritos he propuesto dos providencias sumamente conducentes para extinguir, o por lo menos minorar muchísimo los latrocinios. Una es, abreviar todo lo posible las causas de los Ladrones, especialmente de los Ladrones homicidas. Otra, aplicarles inviolablemente las penas que prescriben las Leyes. Pero mis [262] declamaciones sobre uno, y otro punto de nada han servido. Las cosas siguen el paso que llevaban antes, especialmente en orden a la fastidiosísima pereza de los procesos. Los rompimientos, y fugas de las prisiones se repiten, porque a los delincuentes se les da sobrado tiempo para discurrir el cómo; y porque en un largo espacio de tiempo es natural, que por tal, o tal accidente se les presente alguna ocasión favorable. También he representado con la mayor viveza posible, que no es éste el único inconveniente, que tiene la dilación de las causas. Igual a éste es, que cuanto más se dilata la sentencia, tanto más, y más se van enfriando el celo de los Jueces, la ira del Público, y el sentimiento de la Parte; de lo cual, junto con la importunidad de los intercesores, suele resultar un levísimo castigo; y tal vez ninguno más, que el de la prisión padecida.

4. Pero yo grito a sordos. Los Jueces se disculpan, ya con los términos legales, en que no pueden dispensar; ya imputando las demoras a los Abogados, Procuradores, y Escribanos. Mas ni una, ni otra solución alcanza. No la primera, porque ya sabemos lo que son términos legales; y sabemos, que sus detenciones pasan muchas leguas más allá de esos términos. ¿A quién harán creer, que la instrucción de un proceso pide el espacio de dos, o tres años, sino en algún caso muy raro? ¿O a quién hará creer, que el delito, que no se puede probar en tres, o cuatro meses, se podrá probar ni en veinte años? Tampoco sirve la segunda solución, porque siendo esos, con quienes se disculpan, súbditos suyos, en su mano está avivarlos, y castigar sus demoras.

5. Mas ya que inútilmente me fatigo en este asunto, propondré otro arbitrio, para evitar los latrocinios, que tendrá la ventaja de ser menos severo, sin ser menos eficaz. Este es el mismo que he propuesto en el sexto Tomo del Teatro Crítico, Disc. 1. num. 81, y 82; esto es, que se haga constar al Magistrado de qué se sustentan todos los individuos del Pueblo.

6. Esta averiguación se puede hacer con facilidad, y [263] seguridad; porque cualquiera individuo, examinado sobre la materia, no tiene que discurrir para responder la verdad, y así se le obligará a que responda sin dilación. Si se sustenta de algún oficio, podrá decirlo al momento, y aun comprobarlo con los vecinos. Lo mismo digo, si vive de su hacienda, u de alguna especie de comercio. En que no es menester, que la inquisición proceda a ajustar muy por menudo el valor, o utilidad, que resulta de lo uno, u de lo otro, sí solo prudencialmente, y como dicen, a buen ojo. Cuando no parezcan las fincas, en que se funda su sustento, o las fincas sean muy insuficientes para el porte que tiene, funda certeza moral de que vive del robo, u de otra alguna negociación inhonesta: con que se deberá poner en prisión, y tenerle en ella, hasta que se explore cuál era su fondo; lo que, si se hacen bien las diligencias, será fácil lograr. Y la primera, a mi parecer, será la de registrar sus casas, y las de aquellos con quienes se hallare, que tienen más frecuente comercio, no siendo personas, cuyas circunstancias las eximan de toda sospecha. La segunda, si a tiempos hacía algunas ausencias del Pueblo adonde vive, inquirir adónde fue, y adónde estuvo.

7. ¡Oh cuántas aves de rapiña con plumas de pavo, y aun de paloma se descubrirán en los Pueblos, tomando esta providencia! ¡De cuántos robos se descubrirán los autores, que antes no se pudieron averiguar! ¡Cuántas obediencias detestables a personas poderosas! ¡Cuántas fullerías en el juego! ¡Cuántas estafas con el falso ofrecimiento de útiles servicios! ¡Cuántos empréstitos, cuya paga se reserva para el Infierno! &c. De modo, que con la providencia dicha, no sólo se descubrirán los robos, mas también otras especies de delitos, cuyo castigo, y cuya preservación importa infinito a toda la República.

8. Cuanto mayores son los Pueblos, tanto más necesario es, y tanto más frecuente, y estudioso debe ser el examen propuesto, especialmente en las Cortes, porque illic reptilia, quorum non est numerus. Tal vez sucederá, que [264] el descubrimiento de uno de estos delincuentes sirva para el descubrimiento de muchísimos. El famoso Carduche que no ha muchos años fue castigado en París con el tormento de la rueda, con su declaración, que no quiso hacer, aunque estimulado de una violentísima tortura, hasta que se vió en el sitio del suplicio, dio luz para la prisión, y castigo de seiscientos cómplices, que hurtaban debajo de su imperio, y dirección. Nuestro Señor guarde a V.E. &c.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Cartas eruditas y curiosas (1742-1760), tomo tercero (1750). Texto tomado de la edición de Madrid 1774 (en la Imprenta Real de la Gazeta, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo segundo (nueva impresión), páginas 260-264.}


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