La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Cartas eruditas y curiosas / Tomo segundo
Carta XXVI

¿Si hay otros Mundos?


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1. Muy señor mío: Si Vmd. viviese en una Aldea, o pequeño Pueblo, no extrañarían muchos recurriese a mi corto saber para enterarse de lo que realmente pasó en la Consulta del Arzobispo San Bonifacio, al Papa Zacarías, y respuesta de éste sobre el error atribuido al Presbítero Virgilio; porque al fin, aunque mi saber sea corto, muchos le dan la amplitud que no tiene. Pero habitando en la Corte, donde no puede menos de haber varios sujetos muy versados en la Historia Eclesiástica, a la cual pertenece el caso propuesto, irregular diligencia parece la de enviar la Consulta desde Madrid a Oviedo. No ignoro lo que Vmd. puede responderme, y acaso responderá; y es, que le cuesta menos [315] trabajo escribir una Carta dentro de su Gabinete, y enviarla por un criado a la Estafeta, que ir personalmente a tal, o tal Comunidad, o Casa a buscar tal, o tal sujeto, a riesgo de no hallarle, y repetir la diligencia; siendo por otra parte cierto, que el largo viaje, que debe hacer la Carta desde esa Villa a esta Ciudad, en ningún modo incomoda, o fatiga al que la escribió. ¿Pero quién quita a Vmd. solicitar también por un papel, que lleve un criado, de cualquier Docto de la Corte la satisfacción a su duda? Sirva esta advertencia, por si en adelante ocurriere a Vmd. consultarme en otro asunto, pues por lo que mira al presente, el yerro, si lo fue, ya está cometido.

2. Entrando, pues, en materia, digo, que el hecho de que se trata hizo más ruido entre los Controversistas, que debiera; porque los Herejes se asieron ridículamente de él para impugnar la infalibilidad de los Sumos Pontífices en sus definiciones. El caso pasó de este modo. Habiendo llegado a la noticia de San Bonifacio, estando este Santo ocupado en el ministerio Apostólico de los Infieles en Alemania, que el Sacerdote Virgilio, el cual al mismo tiempo ejercía el ministerio en distinto País de la misma Región, había publicado cierta doctrina en orden a hombres habitadores de un mundo distinto del que nosotros habitamos, la cual pareció errónea a San Bonifacio; delató éste la doctrina, y el Autor al Papa Zacarías, quien, respondiendo al Santo, condenó la doctrina como inicua, y perversa, añadiéndole, que si se certificase de que Virgilio enseñaba aquel error, le expeliese de la Iglesia, privado del Sacerdocio.

3. Sobre este hecho, más ha de dos siglos empezaron a levantar el grito los Herejes, y aun hoy le levantan, clamando, que el Papa condenó, como error opuesto a la Fe, el decir que hay Antípodas; esto es, habitadores de otro Continente opuesto al nuestro. Responden bien nuestros Doctores, que no se trataba de Antípodas en aquella cuestión. La Carta en que Bonifacio delataba [317] la doctrina de Virgilio, no sé que hoy subsista, ni impresa, ni manuscrita. Pero la respuesta del Papa da bastante luz para reconocer, que no hablaba de Antípodas Virgilio, sino de hombres habitadores de otro Globo total, distinto del que nosotros habitamos, y que por consiguiente no tenían el mismo origen que nosotros. Estas son sus palabras, hablando de Virgilio: De perversa autem, & iniqua doctrina eius, qui contra Deum, & animam suam locutus est, si clarificatum fuerit, ita eum confiteri, quod ALIUS MUNDUS, & alii Homines sub Terra sint, seu Sol, & Luna, hunc, habito consilio ab Ecclesia, pelle, Sacerdotii honore privatum. Es claro, que las voces otro mundo, y otros hombres no se pueden explicar sin violencia de otro Continente de nuestro mismo Globo, ni de hombres descendientes del mismo Padre común que nosotros. Es verdad, que vulgarmente se llama a veces el mundo nuevo la América; pero es expresión impropísima, la cual por consiguiente es creíble tenga esa significación en la Epístola Doctrinal de un Papa, y en el directo asunto de ella.

4. Pero lo que acaba de quitar toda duda es la adición seu Sol, & Luna, cuyas voces cayendo también, como no deja dudar el contexto, debajo del adjetivo alii, manifiestan, que el Papa entendía la doctrina de Virgilio de hombres habitadores de otro Globo, donde eran alumbrados de otro Sol, y otra Luna.

5. Esto es en substancia lo que responden, y bien, nuestros Controversistas a esta objeción heretical. Pero yo, para que se vea más la flaqueza de ella, quiero admitirles que el Papa haya entendido que Virgilio hablase precisamente de nuestros Antípodas, y que haya reprobado como doctrina inicua, y perversa el afirmar que los hay. ¿Se sigue de ahí algo contra lo que afirman los Doctores Católicos de la Infalibilidad del Papa? Nada. Los mismos Herejes saben, que en esta materia vale entre nosotros por muchas la autoridad de Cano. Este ilustrísimo Autor, dando solución a un argumento, que contra [318] la Infalibilidad de las definiciones Pontificias se forma, de que Nicolao I, respondiendo a una Consulta de los Búlgaros, afirmó, que el Bautismo conferido precisamente in nomine Christi es válido, sobre lo cual definieron lo contrario otros Papas: dice, que los Sumos Pontífices suelen responder a las cuestiones propuestas por este, o aquel Obispo, según su particular opinión, sin pretender que esto se admita como sentencia definitiva, que obligue a los Fieles a la creencia: Respondent enim saepe Pontifices ad privatas huius, aut illius Episcopi quaestiones, suam opinionem de rebus propositis explicando, no sententiam ferendo, qua Fideles obligatos esse velint ad credendum. (Lib. 6. de Locis, cap. 8).

6. Este es puntualmente el caso en que estamos. Con que aunque el Papa Zacarías errase probando en la respuesta al Arzobispo de Moguncia la sentencia, que afirmaba la existencia de los Antípodas, nada obsta esto a la Infalibilidad Pontificia, que reconocemos los Católicos; siendo fácil decir, que no habló ex Cathedra, sin prefiriendo su juicio como Doctor particular, y siguiendo la opinión dominante en su siglo, como también en los anteriores, y en algunos de los posteriores; pues hasta que el décimo quinto se descubrió la América, apenas especialmente entre los Cristianos, había quien asintiese a la existencia de habitadores de otro Continente; porque considerando imposible la transmigración del nuestro a aquél, juzgaban, que de admitir Antípodas, se seguía la existencia de individuos de nuestra misma especie, no descendientes de Adán, lo que es contrario a la Escritura. Todos saben que San Agustín no por otra razón negó que hubiese Antípodas.

7. Esta secuela sería legítima, admitidos hombres habitadores de otro Globo; pues siendo imposible el pasaje a él desde el nuestro, aquellos hombres no podían descender de Adán. Así el Papa Zacarías, extendiendo en este sentido la doctrina de Virgilio, justísimamente le reprobó, pero cuál haya sido la mente de Virgilio [319] ciertamente no nos consta. No nos ha quedado monumento alguno de este negocio, más que la respuesta del Papa a San Bonifacio. No hay tampoco en la Historia Eclesiástica noticia alguna del éxito de la cuestión, ni de diligencia que se hiciese para terminarla. Por la respuesta del Papa sólo puede constar lo que le escribió San Bonifacio; mas no lo que sentía Virgilio. Vivían estos dos Venerables Varones, aunque dentro de una misma Región, distantes cien leguas uno de otro. ¡Cuán natural es, que a aquél llegasen muy alteradas las noticias de lo que éste sentía! Lo que sabemos con toda certeza es, que Virgilio fue un gran Siervo del Señor, y un grande Obrero Evangélico, que convirtió a la Fe de Jesucristo toda la Carintia, y muchísimas almas en otras Provincias: que fue, después de la delación de San Bonifacio, electo Obispo de Saltzburgo; y finalmente, que está en el Catálogo de los Santos canonizados por la Iglesia.

8. Acaso la doctrina de Virgilio, ni fue la que le atribuyen los Herejes, ni la que suena en la respuesta del Papa Zacarías; sino otra, que se ha hecho algún lugar entre los Modernos: esto es, ni habló de los Antípodas, ni de los Individuos de nuestra especie, habitadores de otro Globo, sino de individuos de otra, u otras especies, bien que intelectuales, constituidos en otro, u otros mundos.

9. Este pensamiento, como acabo de insinuar, ha cuajado a algunos Modernos. Consideraron éstos, y con no leve fundamento, habitables los Cuerpos Planetarios. Sobre que puede Vmd. ver lo que he escrito en el Tomo VIII, Discurs. VII, desde el número 38 al 41, inclusivè. Y de contemplarlos habitables, pasaron a concebirlos habitados. Su motivo es meramente conjetural. Inútilmente, dicen, los haría Dios habitables, para no hacerlos habitados. Esto sería poner en ellos una potencia ociosa, que nunca se reduciría a acto. Esfuerzan esta reflexión con otra. Ciertamente, añaden, si un Príncipe [320], u hombre muy poderoso edificase algunos Palacios, más, o menos magníficos, y grandes unos que otros, nadie creería, que sólo destinaba a ser habitado uno de los menores, dejando todos los demás sin otro empleo, que recrear la vista de los que los mirasen de lejos. Este, dicen, es el caso en que estamos. La Tierra es una fábrica de mucho menor grandeza, que cualquiera de los cuatro Planetas superiores. Aun sacando al Sol de la cuenta, con la admisión graciosa de que, a causa de su intensísimo ardor, no permita en su esfera algún viviente, quedan tres Globos mucho mayores, y más magníficos que el nuestro, capaces de ser habitados. No es creíble que Dios sólo haya querido dar habitadores a este pequeño Palacio, dejando aquellos para que sólo sirvan de objeto a nuestra vista.

10. Por otra parte, viendo que no podían señalar Individuos de la especie humana por habitadores de los Astros, porque es decisivo lo que se lee en los Actos de los Apóstoles, que dijo San Pablo, predicando a los Atenienses: Fecitque ex uno omne genus hominum inhabitare super universam faciem Terrae, discurrieron en Individuos de otra, u otras especies intelectuales, y juntamente corpóreas, incógnitas a la verdad, pero con suma verosimilitud consideradas posibles; porque aunque nosotros no conozcamos otras criaturas compuestas de cuerpo, y espíritu, que las de la especie humana: no se puede sin temeridad pensar, que en los senos de la posibilidad no las haya, o lo que es lo mismo, que Dios no pueda producirlas. Si no viésemos en el mundo más que una especie de brutos, creerían muchos que ni entre los posibles había otra. Y no veo más repugnancia en que haya muchas especies de animales intelectuales, que en que haya muchas de animales brutos. Hagamos otro paralelo. Si no nos constase, ni por revelación, ni por tradición, más que la existencia de una especie Angélica, creerían muchos, que ni entre los posibles había más que una especie de Espíritus puros; [321] y sólo sabemos, que hay muchas posibles, porque sabemos, que hay muchas existentes. Preguntaré yo: ¿qué más repugnancia se encuentra en que haya muchas especies de Espíritus no puros, o Espíritus informativos de cuerpos orgánicos, que en que haya muchas de Espíritus puros? Clemente Alejandrino, Orígenes, Tertuliano, y otros Padres, que concibieron los Angeles corpóreos, erraron sin duda en ello; pero no erraron en considerar posibles Espíritus de muchas especies distintas de la humana, e informativos de cuerpos; y así nadie los impugna por este medio.

11. Supuesta la posibilidad de estos Espíritus, u de animales intelectuales de especies distintas de la humana, no sólo la Escritura, que nos enseña, que todos los Individuos de nuestra especie descienden de Adán; mas también la Filosofía dicta, que los Pobladores de estos mundos no pueden ser de nuestra especie, sino de otras diversas. La razón es, porque como advertí en el Discurso de la corruptibilidad de los Cielos, número 38, hay señas claras de que todos los Cuerpos Planetarios son de distintísima constitución, y temperie que el Globo Terráqueo; por consiguiente en ninguno de ellos podría vivir cuerpo animado alguno de la misma especie que los que sustenta nuestro Globo. Pongo por ejemplo: La Luna no tiene atmósfera sensible: de aquí se infiere con evidencia, que cualquier animal, que de nuestro Globo se trasladase a ella, perecería al momento, como todos perecen en la máquina Pneumática, por faltarles allí esta atmósfera gruesa, donde respiramos.

12. Es, pues, forzoso, que los habitadores de los cuerpos Planetarios tengan unos cuerpos de diversísima temperie, y organización que los nuestros; a cuya diversidad específica de organización, y temperie corresponden también, según buena Filosofía, almas informantes de diversa especie. Diversa organización específica pide diversa forma informante; por cuya razón [322] la organización específica de un bruto, no sólo no es capaz de ser informada del alma racional, mas ni aun del alma sensitiva de otro bruto de distinta especie.

13. De este Sistema es dependencia consiguiente, que los habitadores de los Planetas sean, no sólo de diversa especie que la humana; mas también de diversidad específica, recíprocamente entre sí mismos, los que habitan diversos Globos, pues los mismos Globos son en constitución, y temperie, no sólo diversos de nuestro Globo, mas también recíprocamente entre sí mismos. Y a esta proporción se debe discurrir, que cuanto los Cuerpos Planetarios sean más, o menos diversos de nuestra Tierra, sean también los habitadores de cada uno más, o menos diversos de nosotros. Pongo por ejemplo: El Planeta Marte es, como he dicho en el citado Discurso, el que más simboliza con nuestro Globo. De aquí es razón conjeturar, que sus habitadores sean menos diversos de nosotros, que los que moran en los demás Planetas. Por la misma razón, tomada inversamente, es preciso que los habitadores del Sol, si hay en el Sol habitadores, sean sumamente diversos de nosotros, porque el intensísimo ardor del Sol sólo puede permitir vivientes de una temperie, y organización diversísima de la de todos los vivientes sublunares.

14. Los Antiguos, que daban habitación a los Astros, no sólo los ponían poblados de vivientes intelectuales, mas también de brutos, y aun de plantas. No sé si dan esta extensión al Sistema los Modernos, porque ninguno he visto de los que tratan de intento esta materia; y ello, mirado por sí, es cosa de pura adivinación. Pero lo que se puede asegurar como cierto es, que si en los Astros hubiese brutos, y plantas, serían de otra clase diversísima de los brutos, y plantas, que hay por acá, por la razón que he dicho de la diversísima constitución, naturaleza, y temperie de aquellos Globos.

15. Esto es, expuesto a mi modo, lo que he concebido de este Sistema. Si Vmd. me pregunta qué siento [323] de él, digo, que en cuanto a la posibilidad no hallo el menor tropiezo: que en orden a la existencia le juzgo un sueño bien concertado, y nada más. El fundamento, en que estriba, sobre ser meramente conjetural, tiene la nulidad de ser una intrusión temeraria en los designios de la Divina Providencia, como si sus soberanas Ideas se hubiesen de ajustar a nuestras imaginaciones. ¡Qué discurso tan inepto de que los Globos Celestes estén desiertos, inferir que Dios sólo hizo para objeto delicioso de nuestra vista! ¿De dónde consta, que no tengan otro empleo? ¿De qué no sabemos cuál es? Bella prueba. De dos, que son el Sol, y la Luna, se sabe el uso importante, que ejercen respecto de nosotros; el Sol, la iluminación, y el influjo: la Luna ciertamente ilumina, y probablemente influye. De los demás Astros es tenuísima la iluminación, y muy dudoso su influjo. Pero aun cuando, respecto de nosotros, no ejerzan algún oficio muy útil, ¿no podrán tener otros muy importantes a la constitución del Universo? Sería sumamente necio el que entrando en la Oficina de un Arte, que enteramente ignora, y viendo en ella varios instrumentos, cuyo uso no conoce, sin otro motivo los condenase por inútiles. El símil no necesita de aplicación.

16. Tiene Vmd. en esta respuesta mía más de lo que pedía la pregunta. En materia de Erudición soy liberal de lo poco que tengo; y siendo pobre, me porto como rico.

Nuestro Señor guarde a Vmd. Oviedo, &c.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Cartas eruditas y curiosas (1742-1760), tomo segundo (1745). Texto tomado de la edición de Madrid 1773 (en la Imprenta Real de la Gazeta, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo segundo (nueva impresión), páginas 315-323.}


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