La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Cartas eruditas y curiosas / Tomo primero
Carta XXIX

Paralelo de Carlos XII, Rey de Suecia,
con Alejandro Magno


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1. Muy señor mío: La admiración con que Vmd. recibió la noticia, que le dio N. de que yo prefería, en línea de Héroe, Carlos, Rey de Suecia, Duodécimo de este nombre, a Alejandro Magno, es para mí objeto de otra admiración. Díceme Vmd. que habiendo leído la vida de aquel malogrado Príncipe, escrita, según se da por cierto, por Mr. Voltaire; y la de Alejandro por Quinto Curcio, no halla fundamento alguno para la preferencia que doy al primero, respecto del segundo. Esto admiro, porque en los mismos Escritos veo grandes motivos para la expresada preferencia; y porque me hallo ahora bastantemente desocupado, se los haré presentes a Vmd. a fin de que haga sobre ellos más reflexión, que la que hizo hasta aquí. [230]

2. Supongo, que en esta cuestión no hablamos de un Heroísmo perfecto, el cual consiste en la colección de todas las virtudes, poseídas en grado sublime; pero tampoco de un Heroísmo tan imperfecto, que se reduzca a una sola virtud, sea la que fuere. Dirase con verdad, pongo por caso, que un hombre de sumo valor tiene un valor heroico; mas no por eso se podrá llamar absolutamente Héroe. Las virtudes militares, valor, pericia, y prudencia, colocadas en grado eminente, son las que ganan la reputación de Héroes en la común aceptación. El valor, por sí solo, no basta; antes desasistido de una sabia conducta, ya no será valor, sino audacia y temeridad. Pero aun estas virtudes, sin la compañía de otras, constituirán un Heroísmo muy diminuto. No pido, que el Héroe sea un Santo, pues no da el mundo este significado a aquella voz; pero parece que de justicia se puede, por lo menos, exigir en el Héroe, que sea clemente, liberal, y observante de su palabra. La crueldad, la avaricia, y la perfidia, afean de tal modo a un Conquistador, que ajan todo el resplandor, que adquiere con las conquistas. Si a la clemencia, liberalidad, y buena fe, se añadieren la continencia, y la templanza, será aun más perfecto, y brillante el Heroísmo. La virtud de la justicia es la más difícil en un Conquistador; pero no imposible, pues pudo ejercerla, no sólo respecto de los suyos, mas aún respecto de los extraños, ciñendo sus designios a conquistas justas; y si se mira bien, todas las virtudes expresadas conducen, para que el valor logre sus fines; porque sobre el influjo del buen ejemplo en las Tropas, ganan la afición de propios, y extraños. Pero no se puede negar, que la virtud del valor sea la principalísima en el Heroísmo, porque las acciones propias del valor, exponiendo la vida, son las que tienen más arduidad, y por consiguiente logran más admiración. Sobre estos principios, que como dictados de una buena razón, debe admitir todo el mundo, voy a hacer el cotejo de los dos Héroes, Alejandro, y Carlos.

3. Por lo que mira al valor, poca diferencia puede notarse entre los dos. Uno, y otro pelearon, no sólo con la [231] cabeza, mas también con la mano en muchas ocasiones, Uno, y otro tuvieron arriesgada la vida en varios lances. Uno, y otro postraron con su brazo no pocos enemigos. Bien que en esta parte se mostró mayor el esfuerzo, o la felicidad de Carlos; pues aun en una batalla sola le contaron veinte Genízaros, y en otra doce Moscovita, o Calmucos, pasados a los filos de su espada; y no sé que Curcio cuente a Alejandro, en todas sus batallas, de seis, u ocho arriba. Es verdad, que en el número de los Genízaros hacía una gran rebaja el mismo Carlos; porque diciéndole al otro día de la batalla uno de los suyos, que se refería que había muerto veinte con su propia mano, respondió sonriéndose: Siempre en estas cosas se añade la mitad. Pero dígase la verdad: Más glorioso le hace la magnanimidad de minorar la opinión de sus hazañas, que tener esfuerzo para matar en un choque veinte enemigos.

4. El matar más enemigos pudo ser, como acabo de decir, felicidad, o accidente. Pudo también pender de la mayor fuerza del brazo, y más destreza en el manejo de las armas; lo que a la verdad no es de gran consideración en la gloria de los Héroes. Otra desigualdad más esencial puede hacer sospechar al genio ardiente de Alejandro, cotejado con la serena índole de Carlos. En un hombre de genio fogoso, no todo lo que parece valor, es valor. Arrójase, tal vez, a los peligros, no por magnanimidad, sino por ira. Acaso se metió en algunos Alejandro, precipitado de su genio ardiente; lo que no se puede sospechar de Carlos, a quien siempre vieron muy dueño de sí mismo. Pero dado el caso de que una, u otra vez obrase Alejandro de encendido, y no de magnánimo, no se puede dudar de la natural grandeza de su corazón, la cual persuaden principalmente dos acciones suyas, en que no pudo influir la cólera. La primera fue dormir con tan quieto, y profundo sueño la noche que precedió la batalla decisiva con Darío, y a la vista del gran Ejército enemigo; lo que admiró al mismo Parmenión, cuando ya con bastante luz del día fue preciso usar de la mano para despertarle, no bastando la voz. La segunda,[232] aquella valentísima tranquilidad, con que para arrancarle del cuerpo la flecha, con que le habían herido, sufrió, que el cuchillo del Cirujano hiciese en su pecho varias aberturas, añadiendo a una herida varias heridas.

5. Entre los muchos lances, en que acreditó Carlos su singular grandeza de ánimo, es digno de notarse, que hubiese dos enteramente semejantes a los que acabamos de referir de Alejandro: Una operación quirúrgica, dolorosísima, sufrida con incomparable fortaleza, y un sueño profundo, en circunstancias en que no se podían esperar, sino acerbísimas inquietudes. Viose lo primero, cuando por la herida en el talón, que recibió en el Sitio de Sultawa, para precaver la gangrena que amenazaba, o empezaba ya, fue preciso hacer profundas incisiones, las cuales toleró con tal serenidad, que él mismo sostenía con las manos la pierna todo el tiempo que duró la operación. Lo segundo, inmediatamente a la batalla de Bender. Quien considerase aquel Monarca, perdidos todos los suyos, en la derrota que acababa de padecer; él, hecho prisionero por los Turcos, puesta su vida, y su fortuna en las manos de aquellos Infieles, ¿esperaría que en la noche inmediata gozase un momento de reposo? Sin embargo, ningún General, después de lograda una completa victoria, durmió con más quietud. Asombrado quedó Fabricio, Enviado de Holstein, cuando el día siguiente de mañana, yendo a su cuarto, le halló vestido, puestas las botas, cubierto todo de sangre, y polvo, entregado a un profundo sueño.

6. Pero entre tantas demostraciones como hizo Carlos de un ánimo absolutamente incapaz de terror, o quebranto alguno, ninguna me admira más, que una que dio hallándose sitiado en Stralsund. Estando Carlos dictando a un Secretario una Carta para Estocolmo, cayó una bomba en la cuadra inmediata al Gabinete, en que estaban los dos, y reventó en el mismo momento. Estaba abierta la puerta de comunicación del Gabinete a la cuadra; pero hubo la dicha de que ninguno de los cascos de la bomba se encaminó por aquella parte. A la vista, y al horrísono estallido de la bomba [233], despavorido el Secretario, dejó caer de la mano la pluma. Pero el Rey, como si ni con la vista, ni con el oído hubiese percibido novedad alguna, con rostro firme, con sosegada voz: ¿qué es eso, le dijo, por qué soltáis la pluma? Sorprendido aún el espíritu del Secretario: Sire::: la bomba, fue todo lo que pudo articular. A lo que el Rey replicó, con el mismo sosiego: ¿Pues qué conexión tiene la bomba con lo que yo estoy dictando? Proseguid. Y sin que hubiese más palabras en medio, se continuó la Carta. Verdaderamente este lance es capaz de hacer presumir, que aquel corazón era hecho de otra materia, que los del resto de los hombres.

7. No ignoro una objeción, que se me puede hacer sobre la partida del valor de Carlos; y es, que pasó las márgenes de lo racional; que pecó por exceso; que no fue valor, sino temeridad; que más pareció fiereza bárbara, que osadía heroica. Una prueba plausible de este asunto ofrece el caso de la batalla de Bender. Obstinose Carlos en no salir de los Estados del Turco, sino debajo de unas condiciones, que a él se le antojó proponer, no dictadas por la prudencia, ni por la equidad. Instó el Sultán en que saliese, repeliendo las condiciones propuestas. Resistiolo Carlos. Usose de parte de los Turcos de cuantos medios suaves pudieron discurrir para vencer su inflexibilidad, y después de experimentarlos todos inútiles, llegaron a las amenazas. Ni con ellas se logró el intento: con que se pasó a la ejecución, sitiando el Palacio, que habitaba, con diez mil Genízaros, y Tártaros, resueltos a matarle, si no se rendía; porque tal era el orden del Sultán. Toda la defensa de Carlos consistía en trescientos Soldados, metidos dentro de un débil atrincheramiento, y sesenta Domésticos dentro del Palacio. Con este puño de gente, mal resguardada, se atrevió a resistir a todo un Ejército. Al primer acometimiento superaron los Infieles la trinchera, y los trescientos Soldados fueron envueltos en un momento, y hechos prisioneros.

8. Estaba, cuando esto sucedió, Carlos acompañado de [234] tres Oficiales Generales, entre aquel pequeño campo, y Palacio. No le había quedado más Tropa, que sus Domésticos, en que se incluían algunas Guardas de su persona. Con esta gente resolvió hacerse fuerte dentro del Palacio, a quien embistieron luego los Turcos; y para obligar al Rey a rendirse, con flechas envueltas en materias encendidas, pusieron fuego al Edificio. Ardía ya éste por muchas partes, sin que ni el riesgo de verse luego abrasado, ni las lágrimas, ni ruegos de los suyos pudiesen mover a Carlos a entregarse. Tomó, finalmente el expediente propuesto por uno de ellos, de tentar, rompiendo por medio de los Turcos, meterse en la Casa de la Cancillería, distante sólo cincuenta pasos; la cual, siendo toda cubierta de Bóvedas de piedra, estaba libre de padecer el fuego de las flechas. Salió, pues, Carlos con su gente, como sale el rayo de la nube, dando sobre los Turcos con un ímpetu tan violento, que los hizo retirar algunos pasos. Pero en el momento inmediato se vieron circundados del Ejército enemigo, y al mismo tiempo el Rey, tropezando en las espuelas de las botas, que nunca dejaba, dio consigo en tierra. Al punto se arrojaron sobre él veintiún Genízaros, que le hicieron prisionero; y sostenido en sus brazos, le condujeron al Bajá. La misma suerte tuvieron los que le acompañaban, y así se terminó aquella extraordinaria función.

9. ¿Quién no ve en todo el proceder de ella, más un León acosado de los Cazadores, que un Príncipe invadido de sus enemigos? ¿Más una obstinación damnable, que una constancia plausible? ¿Más un capricho ciego, que un aliento animoso? Así parece, que la intrepidez de Carlos más se debe llamar temeridad, locura, barbarie, que valor.

10. Ya he confesado, que la objeción es plausible. Sin embargo, se puede rebatir de dos maneras, y con bastante probabilidad. Lo primero, el que Carlos pecase una vez de temerario, no debe perjudicar a la opinión de Héroe, que adquirió con tantas acciones ilustres. Una acción viciosa no basta para denominar vicioso al sujeto. Demos de barato, que una vez fue loco. ¿Qué Guerrero, dominado de la [235] ambición de la gloria, y ocupado toda la vida en facciones militares, en todas es cuerdo? ¿Por ventura, lo fue siempre Alejandro? Acaso, menos que Carlos. Pongamos la consideración en lo que ejecutó en el asedio de la Ciudad de los Oxidracas. El fue el primero que arrimando una escala, trepó por ella a la altura del Muro. Esta ya fue una insigne temeridad: porque un Príncipe, ni aun otro cualquier General, no debe exponerse de ese modo; y mucho menos cuando no había necesidad, o motivo alguno para exponerse. Ni en aquella ocasión se disputaba algún grande Imperio, sí sólo una población de Bárbaros de corta defensa, la cual, sin la presencia del Rey, hubieran expugnado fácilmente las Tropas. Pero no paró aquí el arrojo. Queriendo los Soldados a porfía seguir al Rey, cargaron tantos sobre las Escalas, que se rompieron éstas, y el Rey quedó un rato solo sobre el Muro, rebatiendo los dardos enemigos con el Escudo. En este conflicto clamaron los Soldados, que se dejase caer sobre ellos, que estaban dispuestos a recibirle en sus brazos. Este era el partido que debía tomar; pero fue diametralmente opuesto el que abrazó. En vez de dejarse caer sobre los suyos, saltando dentro de la Ciudad, se colocó entre los enemigos, donde batallando solo, y recibiendo muchas heridas, llegó a verse ya sin fuerzas para sostener el cuerpo, ni mover el brazo; en cuya extremidad, habiendo hecho un esfuerzo extraordinario sus Soldados, concurrieron oportunamente a salvarle la vida.

11. Si se examinan con atención los dos casos, se hallará, que en ambos fue igual el peligro; pero más irracional el arrojo de Alejandro, porque careció de todo motivo, que tuviese la más leve apariencia de honesto. Carlos consideró, que era deshonor entregarse a los Turcos, y esto le movió a exponer la vida. Alejandro no concibió, ni pudo concebir interesado su honor en cargarse de aquel riesgo.

12. De aquí se saca la segunda solución a favor de Carlos. Yo no negaré, que fue error suyo contemplar como deshonra, ya el ceder a las órdenes del Sultán, saliendo de [236] sus Dominios, ya entregarse a los Turcos, después de invadido. Pero supuesto aquel error, la resolución que tomó fue propia de un Héroe. En los casos apretados, en que es forzoso perder, o el honor, o la vida, lo que pide indispensablemente el Heroísmo es, que se prefiera a la vida el honor. Carlos se consideró, aunque erradamente, constituido en este caso: así lo refiere Mr. Voltaire. Luego supuesto el error, la consideración no fue temeraria, sino heroica.

13. Habiendo cotejado los dos Héroes, en orden a la partida del valor, en que lo menos que se puede decir de Carlos es, que no le excedió Alejandro; vamos prosiguiendo el Paralelo sobre otros capítulos, según el orden con que los he nombrado arriba. Que uno, y otro Príncipe fueron insignes en la Conducta, y Pericia Militar, lo demuestran las muchas victorias que obtuvieron. Pero hay a favor de Carlos, el que peleó contra Tropas muy disciplinadas muchas más veces que Alejandro. Este sólo tuvo dos choques dentro de la Grecia, y en ellos peleó con fuerzas muy superiores a las de sus enemigos: todas las demás batallas fueron con las inexpertas gentes del Asia. Carlos, con ejército inferior en el número, triunfó muchas veces de Tropas Europeas muy arregladas, y conducidas de esforzados Caudillos.

14. Es verdad, que Alejandro siempre fue vencedor. Carlos fue vencido en la fatal batalla de Pultawa; mas no por falta suya, antes ejecutó en ella cuanto correspondía a un gran Héroe. No podía excusarse de darla, y era casi evidente perderla. Retirándose, era cierta su ruina; porque ni tenía Plazas adonde asegurarse, ni provisiones con que mantenerse. Así era preciso arriesgarse al combate, aunque con pocas esperanzas de la victoria, por la poca gente que tenía, y esa medio muerta de hambre, y de frío. Componíase el ejército del Zar de más de sesenta mil hombres; el de Carlos de veinticinco mil, de los cuales, apenas llegaban a doce mil las Tropas arregladas. Había en el campo Sueco solas cuatro piezas de artillería, setenta y dos en [237] el Moscovita. Con todo, el no ganar Carlos la victoria pendió de un accidente, o revés fatal, que no se pudo prevenir. Había a medianoche despachado al General Creuts con cuatro, o cinco mil Dragones, para que dando un gran giro, viniese, después de trabada la batalla, a dar por el flanco sobre las Tropas Moscovitas. Si esto se hubiese ejecutado, la victoria era ganada; porque al primer encuentro, los Suecos rompieron, y desordenaron los Escuadrones enemigos; con que llegando entonces Creuts estaban los Moscovitas sin remedio. Pero la adversa fortuna de Carlos dispuso, que descaminándose aquel General, por falta de conocimiento del País, no pudiese llegar a tiempo; con que hubo lugar a rehacerse los Moscovitas, y ganar la batalla; lo que debieron principalmente a su numerosa Artillería, y a la corta provisión de pólvora del Ejército Sueco.

15. Podrá oponérseme, que siendo tan grande la capacidad de Carlos, como se pretende, pudo prevenir las cosas de antemano, tomando providencias para no verse en aquellas angustias, o evitando los lances, o pasos que le condujeron a la necesidad de dar la batalla. Respondo: Es cierto, que si Carlos no se hubiese metido en la Ucrania, no se hubiera visto en aquel ahogo. Pero cuando tomó aquella resolución, ninguna otra se pudo representar igualmente conducente para lograr el fin que se había propuesto de derribar al Zar del Trono. Los motivos que intervinieron en ella, debían determinar a la prudencia más remirada. Iba siguiendo al Zar por la rota de Moscú; pero llegó el caso de ser imposible proseguir el alcance. Había el enemigo hecho impracticables los caminos, y quemado todos los lugares situados en ellos, y en sus cercanías. Iba entrando el Invierno, y las dificultades de los pasos habían de hacer muy perezosa la marcha. Se le iban acabando a Carlos las provisiones, y no podía hallarlas en un País enteramente desolado. Con que le era preciso, o retroceder a Polonia, o avanzarse a la Ucrania. Para preferir este segundo partido, intervenían dos poderosos motivos. El primero, que tenía inteligencias con el General Mazepa, Príncipe, o [238] Gobernador de aquel País, el cual resuelto a sacudir el yugo del Zar, había ofrecido a Carlos asistencias de gente, de dinero, y de todo género de provisiones, sublevando la Provincia a favor suyo, como en efecto tenía las mejores disposiciones del mundo para ejecutarlo. El segundo, que invernando en la Ucrania, se hallaba en la Primavera próxima más cerca de Moscú, y sin embarazo alguno, más que el de la gente que se le opusiese, y a quien con mucho fundamento esperaba vencer fácilmente, para arrimarse, y entrar en aquella Capital. A este fin había dado orden al General Levenhaupt de que le condujese quince mil hombres más de Suecia con muchas municiones, siguiéndole por el camino de la Ucrania. Pero un proyecto tan bien concertado, se hizo infeliz por la concurrencia de varios accidentes adversos. La Armada Sueca erró el camino de la Ucrania, apartándose de él más de treinta leguas, y con gran trabajo le recobró. Casi toda la Artillería, y municiones que llevaba, quedaron sepultadas en muchas lagunas que encontraron. Llegaron los Soldados a la Ucrania medio muertos de hambre, y de fatiga. Antes que llegasen, había sido descubierta la conspiración de Mazepa, y disipada por el Zar, que derrotó sus Tropas, se apoderó de la mayor parte del riquísimo tesoro de aquel General, e hizo perecer gran número de sus confidentes en el suplicio de la Rueda. El General Levenhaupt no pudo partir tan presto como era menester; con que tuvo el Zar tiempo para salirle al paso con un poderoso Ejército, en que había cuatro Moscovitas para cada Sueco. Cinco choques sangrientos resistieron éstos, en que mataron veinte mil Moscovitas; pero reducidos los quince mil Suecos a sólo cinco mil, hubieron de ceder, perdiendo todo el Convoy. A estas desgracias se agregó la de sobrevenir el Invierno más cruel (el del año de nueve) que vio la presente generación. La hambre, y el frío consumieron en aquel Invierno una buena parte de las Tropas Suecas. En una marcha sola murieron dos mil de frío. Los que no mató, ni el hambre, ni el frío, quedaron tan debilitados, que se podían contar por medio muertos. [239]

16. Menores reveses de la fortuna, que hubieran sobrevenido a Alejandro, no sólo hubieran cortado enteramente el curso de sus victorias, mas aun se puede creer, que hubieran abatido su espíritu. El de Carlos se mantuvo constante entre tantas contrariedades de la suerte. Por su rostro nunca se pudo distinguir, si era infeliz, o dichoso, vencedor, o vencido.

17. Pero así como, si las adversidades, que padeció Carlos, hubieran caído sobre Alejandro, le hubieran reducido a un estado bien mísero: si Carlos hubiera tenido la fortuna de Alejandro, es muy verosímil, que se hubiera hecho mucho más ilustre que él. Esto se demuestra con el hecho de que, conspirando a un mismo tiempo contra él tres Monarcas, de los cuales, el que menos era tan poderoso como él; con repetidas victorias, en breve tiempo humilló a uno, quitó la Corona a otro, y al tercero tuvo cerca de lo mismo. Esto en Europa nunca se había visto, ni en Alejandro hallamos motivo para creer, que hubiera logrado lo mismo, batallando con las Naciones Europeas de su tiempo; pues de sus conquistas sobre los Bárbaros de la Asia no se puede deducir tal consecuencia. Pero la más fuerte demostración de que Carlos, con igual fortuna que Alejandro, se hubiera hecho más ilustre, se toma de las pruebas que vamos dando, de que en el complejo de las virtudes propias de un Conquistador, excedió el Héroe de Suecia al de Macedonia.

18. La clemencia fue una de aquellas, en que más se pudo notar el exceso. Es verdad, que no siempre ejerció Carlos esta virtud. Obró contra ella, y con nimio rigor en el suplicio del General Patkul. Mas al fin, sólo una vez, y sólo con un hombre fue riguroso, y aun concederé, que cruel. Mas Alejandro, ¿cuántas veces, y no con uno, u otro, sino con millares de hombres, igualó en la crueldad al hombre más bárbaro? Díganlo el saco, y desolación de Tebas. Dígalo la ruina de Tiro, donde sin más delito de parte de los habitadores, que haberse defendido con valor, dio orden para que fuesen pasados al filo de la espada cuantos no se hallasen refugiados en los Templos; y después de saciada la [240] ira del Soldado en muchos millares, que cayeron por las calles, hizo morir en cruces dos mil que quedaron, cubriendo toda la orilla del Mar Tirio con tan horrible espectáculo. Dígalo la horrenda matanza de toda la Nación, o estirpe de los Branquidas, que hizo ejecutar a sangre fría. Dígalo su barbarie con el Príncipe Arimaces Sogdiano, y todos los Nobilísimos de aquella gente, que habiendo, después de poca resistencia, bajado de la Montaña a rendirse, después de azotarlos, a todos los hizo crucificar. Omito casos menos notables.

19. Mayor aún que en la clemencia, fue la ventaja, que hizo Carlos a Alejandro en la continencia. No fue, a la verdad, Alejandro de los Príncipes más desordenados en el capítulo de la lascivia. Pero estuvo muy lejos de ser continente. Plutarco dice, que fuera de las nupcias, no tocó a mujer alguna, sino a Barsene. Debió de olvidarse Plutarco de la prostituta Tais, que no calló Curcio, y de la concubina Campaspe, de quien hablan Plinio, Eliano, y otros. Curcio introduce también en el lecho de Alejandro a Talestris, Reina de las Amazonas. Pero ya Juan le Clerc, en la Crítica que hizo de Quinto Curcio, con gran fundamento notó esto de fábula. Su circunspección, respecto de la hermosísima mujer de Darío, es laudable. Pero su detestable comercio con el Eunuco Bagoas, que sobre las torpezas del lecho le hizo cometer algunas muy graves en la conducta, no permite presentarse Alejandro a la imaginación sin horror.

20. Al contrario, no se halla en las Historias Príncipe más limpio por esta parte, que Carlos. Jamás se notó en él el más leve defecto, ni en obra, ni en palabra contra la más escrupulosa pudicicia; lo que es digno de notar en un hombre, que pasó toda la vida sin casarse. Lo que sucedió con él a la célebre Condesa de Konismar, puede reputarse por un brillante rasgo de continencia heroica. Era esta Señora una de las mayores hermosuras de Europa; y no sólo una de las mujeres más discretas, pero acaso la más discreta de todas. El Rey Augusto, que se había familiarizado demasiado con ella, cuando llegó a ver vacilante su Corona, y al Rey [241] de Suecia inflexible en el propósito de quitársela de la cabeza, juzgó tener en la hermosura, y discreción de esta Señora los dos instrumentos más oportunos del mundo, para doblar el ánimo de Carlos a algún decoroso partido: en cuya consecuencia la envió, para que le hablase; lo que ella podía hacer, ocultando al público el motivo; porque sobre ser de una familia ilustre de Suecia, y poseer algunos bienes en aquel Reino, había estado algún tiempo en Estocolmo, y allí conocido a Carlos. Pero por más instancias que hizo para lograr audiencia de él, no la pudo conseguir. Fácil es discurrir el motivo de la negación. Las mismas prendas que hacían que todo el mundo amase a la Condesa, hacían que Carlos la temiese. Constante en no cometer alguna acción indigna de su Heroísmo, se resolvió a apartar una tan peligrosa ocasión. No por eso desistió del intento la Condesa. Como Carlos salía todos los días dos veces a hacer algún ejercicio a caballo, se determinó a esperarle, ya por un camino, ya por otro; y en efecto, logrando ya una vez hallarse en la vereda por donde venía Carlos, al acercarse éste, bajó de la Carroza para hablarle. Pero Carlos, reconociendo por las señas ser la bella Condesa de Konismar quien le esperaba, firme en evitar el peligro, no hizo más que saludarla cortésmente con el sombrero; y volviendo la brida, retrocedió a tomar otra senda: De suerte, que la Condesa (dice el discreto Autor de la Historia de Carlos) no logró de su viaje más, que la satisfacción de poder creer ser ella en el mundo el único objeto, a quien temía el Rey de Suecia.

21. Habiendo sido tan superior Carlos a Alejandro en la continencia, lo fue mucho más en la templanza. En esta materia no hay otro Paralelo entre los dos, que el de dos extremos sumamente opuestos, uno de templanza, otro de destemplanza. Carlos muy parco, Alejandro muy glotón. Carlos no usó jamás de otra bebida, que agua: Alejandro fue vinoso con sumo exceso, pasando mucho más allá de la cantidad de vino que podía resistir, ni su estomago, ni su cabeza. Así, era en él muy frecuente la embriaguez. Ateneo, citando a Eumenes Cardiano, y a Diodoro de Eritrea [242], refiere, que había tal borrachera, que le hacía dormir dos días continuados con sus noches.

22. A la observancia de la palabra dada, no veo que hayan faltado jamás, ni uno, ni otro. Pero hallo en Carlos una sublimidad de pundonor en este punto, de que no nos ministra ejemplo alguno Alejandro. Cuando estaba para salir de los Dominios Otomanos, muchos de los suyos, que no tenían con qué hacer el largo viaje a sus tierras, sacaron prestadas de algunos Turcos varias cantidades de dinero, a gruesos intereses, a cuenta del Rey. Habiendo llegado a entenderlo el Comandante Turco, que de orden del Sultán le había de conducir a la Frontera, le dijo al Rey, que siendo la usura contraria a la Ley Mahometana, suplicaba a su Majestad, que haciendo liquidar todas aquellas deudas, diese orden al Residente que dejaba en Constantinopla, de no pagar más que el capital. No, (dijo el Rey) si mis domésticos hicieron obligación de cien escudos, yo quiero pagarlos, aun cuando no hayan recibido sino diez.

23. Por lo que mira a la liberalidad, todo lo que se puede decir con verdad de Carlos, es, que estuvo más distante que Alejandro de la avaricia, porque pecó en el extremo contrario. Alejandro fue liberal; Carlos prodigó, y lo peor, que sus profusiones se hicieron muchas veces a cuenta ajena. Pocos días después, que fugitivo del Zar, entro en los Estados del Turco, el Sultán, con magnificencia propia de tan gran Príncipe, sobre dar orden, que a él, y a los suyos, (que eran mil ochocientos) se asistiese abundante, y gratuitamente con todo lo necesario, le consignó a la persona del Rey, para gastos supernumerarios, quinientos escudos cada día, que cobró efectiva, y puntualmente los cinco años, que se mantuvo en Bender. Esta contribución, que se podía considerar larguísima para un Rey reducido a vivir de limosna, en las manos de Carlos, era poco más que nada. En aquel estado de mendicidad, pasaba a su Tesorero Grotusen, que eran tan perdigo como él, y por eso muy amado, cuentas más alegres que las del gran Capitán. Dábale, un día el Tesorero satisfacción al Rey de algunas [243] cantidades, que habían entrado en su poder; había entre ellas una partida de sesenta mil escudos, de la cual se descargó en dos líneas, de este modo: Ha de haber, que obedeciendo los órdenes generosos de su Majestad, repartí diez mil entre Suecos, y Genízaros, y el resto me lo comí yo. Lo que recibiendo el Rey festivamente: Ve aquí (dijo) como yo quiero que me den cuenta mis amigos. Mullern (éste era el Canciller) es un hombre pesado, que me hace leer páginas enteras sobre la cantidad de diez mil francos: Yo me hallo mejor con el estilo lacónico de Grotusen. Tan sin reparo, y tan inútilmente consumía el dinero; y así, con ser asistido del Sultán con tanta generosidad, a cada paso buscaba considerables cantidades por vía de empréstito, por lo que se cargó de crecidas deudas; para cuya satisfacción, antes de salir de Bender, pidió al Sultán mil bolsas (el valor de cada una de mil quinientos florines de plata) ¡Monstruosa demanda! Con todo, el generoso Otomano, no sólo le dio las mil bolsas, pero aun añadió doscientas más. No se puede negar, pues, que la profusión de Carlos fue muy viciosa; pero tampoco se puede negar, que este es un vicio, que pide gran corazón. Acaso también la bizarría de Alejandro pasó de los límites, en que debía contenerse; pues Plutarco refiere, que su madre Olimpias frecuentemente en sus cartas la corregía como excesiva.

24. En orden a la virtud de la Justicia, no hay proporción alguna de uno a otro Héroe. Apenas hizo Guerra alguna Alejandro, que no fuese injusta. Nada le debía todo el Oriente. Ningún Príncipe de la Asia le había provocado. Ningún derecho tenía a los Reinos que conquistó. Ni aun las Guerras que tuvo dentro de la Grecia, se pueden llamar justas. Es verdad, que se armaron contra él Atenienses, y Tebanos; pero podían hacerlo según derecho, porque le tenían para recobrar lo que les había usurpado su padre Filipo. Así, fue tiranía de Alejandro tratarlos como rebeldes.

25. Carlos, al contrario, no hizo Guerra alguna, que no fuese justa. Dado al ocio, y entregado todo a pensamientos pacíficos estaba en su Corte de Estocolmo, cuando conspiraron [244] unánimes contra él el Zar, el Rey de Dinamarca, y el de Polonia. No tenía entonces Carlos más que dieciocho años. Confiriéndose en su Consejo, sobre los medios de desviar la formidable tempestad, que amenazaba a la Suecia, no hallaban los Consejeros otro arbitrio, que el recurrir a las negociaciones, y éste fue el único que propusieron al Rey. A cuya representación levantándose el generoso Joven, en un tono, que respiraba majestad, y valentía: Monsieures, les dijo, tengo tomado mi partido. Yo me he propuesto no emprender jamás Guerra alguna injusta; pero al mismo tiempo no desistir jamás de la que fuese legítima, hasta arruinar a mis enemigos. Iré a atacar el primero que se declare; y cuando le haya vencido, creo inspiraré algún miedo a los demás. En efecto, él no hizo Guerra, sino a los Príncipes que le habían provocado. El Rey de Dinamarca, sobre quien cayó el primer ímpetu, en breve tiempo se vio reducido a bajar las Armas, y pedir la Paz, que consiguió con las condiciones, que quiso prescribir el Vencedor. El de Polonia, después de vencido en muchas batallas, fue despojado por Carlos de la Corona. El Zar padeció muchas derrotas, y verosímilmente hubiera llegado al mismo infortunio, si tantos accidentes adversos, como hemos insinuado arriba, no hubieran desbaratado los designios de Carlos.

26. Es verdad, que algunos le acusan de haber excedido en la satisfacción que tomó del Rey Augusto, pareciéndoles nimio rigor privarle de la Corona, y que no era menester tanto para castigar una invasión injusta. Yo me arrimaría a esta sentencia, si la Corona fuese hereditaria; ya porque en ese caso el castigo se extendería a su inocente posteridad; ya porque estando más unida al sujeto una Corona radicada en su misma sangre, viene a ser más violento el despojo. Ni uno, ni otro tropiezo hay en una Corona electiva, cual era la que quitó Carlos a Augusto. A que se añade, que en éste no eran tan lamentable como lo sería en otro el descenso del Trono, por quedar siempre, como Duque de Sajonia, Príncipe Soberano.

27. Y sea lo que fuere de esto, no tiene duda, que al [245] mismo tiempo que quitó el Reino a Augusto, mostró Carlos un desinterés heroico, y un amor grande a la justicia. Es constante, que pudo entonces, como le dio a otro, tomar para sí mismo el Cetro de Polonia; porque sobre hallarse dentro del Reino con un ejército victorioso, a quien nadie se atrevería a resistir, tenía entre los mismos Polacos un gran partido. Su Valido el Conde Piper, le aconsejaba, que no perdiese tan bella ocasión. Pero Carlos sacudió la tentación, diciéndole, que más se complacía en dar Reinos, que en adquirirlos. Y añadió al Conde, sonriéndose: Tú eres bueno para Ministro de un Príncipe Italiano. Dicho, en que mostró su repugnancia a adquisiciones injustas: y al mismo tiempo el concepto de que la Política Italiana no es escrupulosa sobre este capítulo.

28. He concluido, Señor mío, el cotejo de los dos Héroes, con que pienso traer a Vmd. a mi opinión, de que la ventaja está de parte del Alejandro del Norte. Este nombre dan unánimes las Naciones a Carlos Duodécimo, Rey de Suecia: como a Margarita de Valdemar, Reina también de Suecia, llamaron la Semíramis del Norte. Y yo hallo entre los dos la conformidad, de que poseyendo las virtudes del Alejandro de la Grecia, y de la Semíramis de la Asiria, carecieron de los vicios de esta Heroína, y de aquel Héroe. Soy en todo tiempo de Vmd., &c.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Cartas eruditas y curiosas (1742-1760), tomo primero (1742). Texto tomado de la edición de Madrid 1777 (en la Imprenta Real de la Gazeta, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo primero (nueva impresión), páginas 229-245.}


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