La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Cartas eruditas y curiosas / Tomo primero
Carta Octava

Con ocasión de haber enterrado, por error, a un hombre vivo en la Villa de Pontevedra, Reino de Galicia, se dan algunas luces importantes para evitar en adelante tan funestos errores


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1. Señor mío: Con ocasión de la tragedia, que acaba de suceder en ese Pueblo, se lastima Vmd. de que leyendo todo el mundo con gusto mis Escritos, en ninguna manera se aprovecha de sus más importantes advertencias. El caso es sin duda lamentable. Un vecino de esa Villa, que tenía el oficio de Escribano, acometido de un accidente repentino, dió consigo en tierra, privado de sentido, y movimiento. Después de las comunes pruebas, para ver si estaba vivo, o no, fue juzgado muerto, y le enterraron, pasadas catorce horas no más, después de la invasión del accidente. Al día siguiente se notó, que la lápida que le cubría estaba levantada tres, o cuatro dedos sobre el nivel del pavimento. Esta novedad dió motivo para descubrir el cadáver, el cual en efecto se halló en distinta postura de aquélla con que le habían colocado en el sepulcro; esto es, ladeado un poco, y un hombro puesto en amago de forcejar contra el peso, que le oprimía; de que se coligió, que la imaginada muerte no había sido más que un profundo deliquio: volviendo del cual el paciente, después de sepultado, había hecho el inútil esfuerzo, que manifestaba su positura, y la elevación de la losa.

2. Un sujeto de virtud, y letras, que frecuentaba mi Celda cuando yo estaba escribiendo el Quinto Tomo del Teatro, y se divertía algunos ratos en la lectura del manuscrito, [105] habiendo en uno de ellos leído el sexto Discurso de aquel Tomo, encareció su utilidad, diciendo, que cuando yo no hubiese producido al Público otra Obra, que aquel Discurso, debería todo el mundo quedarme muy agradecido; y que él sólo bastaba para hacer famosa mi pluma. Yo hice sin duda en él todo lo que pude, para que no se reiterasen en el mundo los funestos ejemplos de sepultar los hombres vivos, sobre las falsas apariencias, que tal vez engañosamente los representan difuntos: asunto ciertamente utilísimo al linaje humano. Pero los ejemplos se repiten, y la utilidad no se logra, por la inatención del Vulgo a mis avisos.

3. Digo, que se repiten los ejemplos, y no tan pocos, como a primera luz puede parecer. No afirmo, que sean frecuentes; pero tampoco son extremadamente raros. Prueba de esto es, que hablando yo, uno de estos días, con dos sujetos sobre el asunto de la Carta de Vmd. los dos refirieron dos tragedias recientes de la misma especie, (cada uno una) que habían sucedido en los Pueblos, donde a la sazón se hallaban. Acaeció la una en la Ciudad de Florencia. La otra en esta de Oviedo. En aquélla un hombre, que habían sepultado en bovedilla, en la Iglesia de un Convento de Monjas, dió voces de noche, que oyeron algunas Religiosas; pero con timidez, y aprehensión, propia de su sexo, juzgándolas preternaturales, huyeron del Coro medrosas. Comunicada la especie a la mañana a gente más advertida, se abrió la bóveda, y se halló al hombre sepultado verdaderamente muerto ya; pero con señas claras de que un rabioso despecho le había acelerado la muerte; esto es, mordidas cruelmente las manos, y la cabeza herida de los golpes, que había dado contra la bóveda. El caso de Oviedo fue perfectamente semejante al de esa Villa. Un mozo, caído de alto, habiendo sido juzgado muerto, fue enterrado; y al día siguiente se notó también bastante elevación en la losa. Fue mayor este error, porque los que asistieron al entierro, observaron nada alterado el color del rostro, o nada distinto del que tenía en estado de sanidad. Yo me hallaba entonces [106] en esta Ciudad, y oí la desgraciada caída del mozo; pero nada de las señas de haber sido enterrado vivo. Refiriómelas un Caballero muy veraz, que conocía mucho al mozo, y asistió a su entierro.

4. No hay lágrimas que basten a llorar dignamente la impericia de los Médicos, a quien son consiguientes tales calamidades. Horroriza la tragedia, y horroriza la ignorancia que la ocasiona. ¿No están estampados en muchos Autores de su facultad muchos de estos casos? ¿No he citado algunos en el expresado Discurso? ¿No se halla en algunos de dichos Autores el aviso, de que en los accidentes de caído de alto, de síncope, de apoplejía, de toda sufocación, o ya histérica, o ya por inmersión, cordel, humo de carbones, vapor de vino, embriaguez, por herida de rayo, inspiración de aura pestilente, y otros análogos, o semejantes a éstos (que es lo mismo que comprehender todos los accidentes repentinos, y cuasi repentinos) se haga más riguroso examen, y se espere mucho más largo plazo para dar el cuerpo a la tierra? También he citado algunos en el lugar señalado. Nada de esto sirve. La vida temporal, y aun la eterna de un hombre, pues una, y otra se aventuran en uno de estos lances, son de levísimo momento para muchos Médicos. Lo que sobre negocio tan importante previnieron los Maestro de la Facultad, se estampó para que lo leyese, y tuviese presente el Padre Feijoo; pero no los Profesores. ¿Y no podremos discurrir, que tal vez, no la ignorancia, sino la codicia causa este desorden? ¿Será temeridad pensar, que uno, u otro Médico no se detengan en la exacta exploración, de si un hombre está vivo, o muerto, por no perder entretanto el estipendio de algunas visitas, que sin riesgo pudieran omitir? No lo sé.

5. Es natural, que se escuden con el riesgo de la putrefacción de los cadáveres, y el daño que de la infección puede resultar en los vivos. Pero ¡oh qué piadosos son por una parte, cuando tan despiadados por otra! ¿Tan presto adquiere un cadáver aquel grado de corrupción, en que puede dañar a los circunstantes? Permítase que suceda así en los [107] que llegan a la muerte por los trámites ordinarios de una enfermedad conocida, donde se puede hacer juicio, que la corrupción empezó algunos días antes de la extinción. Pero es ajeno de razón discurrir el riesgo expresado en toda muerte violenta, y aun casi en todas las que son ocasionadas de accidentes repentinos. En el que murió, por haber caído de una gran altura, es necedad temer alguna infección nociva en el espacio de dos, ni tres días. Los mismos melindrosos Físicos, que están preocupados de tan injusto temor, sin melindre, ni asco, comen el carnero, la vaca, y otras carnes, tres cuatro, y cinco días después de muertas.

6. La misma indemnidad se puede considerar en toda, o casi toda muerte repentina. ¿Qué más tiene morir del rompimiento de un aneurisma, que de una estocada? En toda sufocación, ¿qué vicio tenían antes de ella los líquidos, ni los sólidos del cuerpo? ¿O qué vicio induce ella, por el cual se pueda recelar una pronta corrupción? Lo mismo se debe decir en la muerte inducida por vapor, u otro cualquier afecto vehemente, en la que es causada por cualquier disrupción de arteria, o vena interna. En las disecciones, que se han hecho de aplopécticos, apenas se ha descubierto jamás vicio, que tuviese conexión con corrupción de líquidos, o sólidos. Aun en los que mueren por apostema, juzgo mal fundado el miedo, que comúnmente se tiene a la infección. Se horroriza la gente, cuando el cadáver arroja la materia de la apostema. ¿Y qué hay que temer entonces del cuerpo ya libre de aquella materia corrupta? Pero ni aun detenida dentro de él puede ofender a los circunstantes, pues ni aun inficiona los cuerpos de los mismos pacientes, que la contienen dentro de sí, como se ha visto en muchos, que sanaron por la expulsión del pus, después de muchos días de engendrado éste. Etmulero refiere, que curó a una mujer pleurítica empiemática, más de dos meses después que estaba engendrada, y formada la apostema, haciendo expeler por tos la materia con el cocimiento de hojas de tabaco, no obstante ser la apostema tan grandiosa, que en el espacio de tres días arrojó más de seis libras de materia purulenta [108] (Tomo 2. in Pleurit. pag. mihi 504) Pues si aquella materia en tanta copia, y en tanto tiempo no inficionó al mismo cuerpo continente, ¿qué fundamento hay para temer, que en dos, o tres días apeste a cuerpos extraños? Vanísimos terrores, que inspira, y fomenta en el vulgo la inconsideración de los Médicos.

7. Convengo en que cualquier cadáver, a segundo, o tercer día exhalará algunos fétidos efluvios; pero, o pocos, (exceptuando el caso de tiempo muy caliente) o de un hedor muy remiso, de modo, que sólo serán sensibles a personas de olfato muy delicado; y ni aun a éstas harán daño alguno. ¿No estamos oliendo, y aun comiendo diariamente carnes, y pescados, tres, o cuatro días después de muertos, cuando ya se percibe su olor a cuatro, o seis pasos de distancia, sin que esto nos ofenda? Es cierto, que aquel olor señala ya una corrupción incipiente; pero esta corrupción nada tiene de nociva, antes se puede decir, que mejora las carnes, y es como madurez, que las da el más alto grado de sazón. Pero dado caso, que los efluvios fétidos de los cadáveres incomodasen ya al segundo día, ¿no es fácil precaver este daño con sahumerios de espliego, romero, y otras hierbas olorosas?

8. Es, pues, contra toda razón, es inhumanidad, es barbarie dar los cadáveres a la tierra por tan mal fundados miedos de infección, antes de explorar debidamente, si son verdaderos cadáveres, o sólo aparentes. Soy de Vmd. &c.

Adición.

9. Aunque para el intento de persuadir al Público la dilación de sepultar los cadáveres, hasta asegurarse de que realmente lo son, podría ser conducente confirmar la común persuasión, de que los que son enterrados vivos, volviendo del deliquio en el sepulcro, mueren desesperados, y su rabioso despecho los conduce a la condenación eterna; en obsequio de la verdad, y para minorar el desconsuelo en los que son noticiosos de tales tragedias, [109] manifestaré, que soy en el asunto de dictámen opuesto al común. Voy a dar la razón.

10. Cualesquiera extremos que hagan los que se ven en aquella angustia, los juzgo indemnes (por lo menos) de pecado mortal; porque es imposible que procedan de una perfecta deliberación. Es común entre los Teólogos, que en un breve espacio de tiempo, inmediatamente posterior al sueño, por estar aún bastantemente ofuscada la razón, no hay la advertencia necesaria para cometer pecado grave. Si esto sucede al salir de un sueño ordinario, ¿qué será al despertar de un letargo profundísimo? Es natural, que queden como atronados por un buen rato. Doy que la perturbación del espíritu, en el que vuelve de un deliquio, no dure más que un minuto, (sexagésima parte de la hora) basta esto para que nunca llegue a lograr perfecto uso de la razón el que despierta en el sepulcro; pues antes de cumplirse el minuto, estorbada la respiración por la tierra, y la lápida, que le oprime, empezará a sofocarse, cuya angustia le causará otra ofuscación, o perturbación de la mente, mucho mayor que la que padecía al salir del desmayo. Bien se sabe, que los que se ahogan, o por sumersión, o por lazo, en menos de la sexta parte de un minuto pierden enteramente el uso de la razón. No hay que pensar, pues, que puedan cometer pecado grave los que se hallan en aquella infeliz situación. Y aun leve, se puede dudar; porque me parece, que en aquel estado la ofuscación de la mente es igual, o mayor que la que padece un perfecto ébrio.

11. La reflexión hecha procede de los que son enterrados al modo ordinario. En orden a los que son sepultados en bovedilla, no es tan corriente la decisión. Es cierto, que también éstos llegarán a sofocarse; porque el ambiente contenido en una concavidad estrecha, con las repetidas inspiraciones del que está en aquella concavidad, dentro de breve tiempo se adensa de modo, que se hace inútil para aquel uso, que pide la conservación de la vida. Pero este breve tiempo no lo es tanto, que no haya el suficiente para que el sepultado en bóveda, después de salir del accidente, [110] recobre enteramente el uso de la razón. Con todo pretendo, que ni aun éste, llegando el caso de despedazarse furiosamente con dientes, manos, y golpes, peca gravemente.

12. Esto infieren las razones, con que en el Tom. 6 del Teatro, Disc. 1, Paradoja 15, probamos, que rara, o ninguna vez, hombre que tenga libre el uso de la razón, se mata a sí mismo. Después de escrita aquella Paradoja, me dijo un Compañero mío, que había leído una Consulta hecha en Salamanca, sobre si se daría sepultura Eclesiástica a uno, que se había quitado la vida ahorcándose; y que uno de los hombres más sabios de aquella Escuela, había apoyado el dictamen benigno, (el cual se siguió) pronunciando la absoluta sentencia de que nemo sanae mentis se ipsum interimit. Puse, en el lugar citado, la limitación, de que el que se mata no padezca error contra la Fe, o no haya vivido ateísticamente, de cuya extraordinaria circunstancia prescindimos ahora.

13. ¿Pero no admitimos en el caso propuesto recobrado el uso de la razón? Respondo, que aun no llegó el caso de admitirlo, ni negarlo. Lo que únicamente se ha dicho es, que hay bastante tiempo para recobrarle, y que efectivamente le recobraría el paciente en igual espacio de tiempo, si hubiese vuelto del desmayo, colocado en su lecho. Pero recobrado el aliento en la angustia del sepulcro, es harto dudoso que se recobre también la razón: porque al empezar a meditar sobre el sitio, en que se halla, ¿qué confusión, qué asombro, qué estupor se apoderará de su espíritu? Pero demos que se recobre. Es cierto, que no procederá a la extremidad de despedazarse, hasta que comprehenda el calamitoso estado, en que le ha constituido su suerte infeliz; porque hasta entonces, ¿qué motivo tiene para tan horrible ejecución? Llega, pues, el caso de conocer, que le han enterrado vivo. Da voces, no es oído. Empieza a afligirse, repite los clamores, es en vano. Crece la aflicción. Al mismo tiempo empieza a padecer una respiración congojosa por la densidad del ambiente, que le circunda. Ya mira cerca de sí la muerte, con el más horrible semblante, que jamás se puede [111] presentar al discurso. ¿Quién en la funesta situación de este hombre, no divisa el último término del uso de su razón? ¿Qué se puede ya considerar en su ánimo, sino un tumultuante movimiento de las más violentas pasiones, de ira, tristeza, miedo, horror, y angustia, de las cuales cada una por sí sola bastaría para conducirle a una bruta insensatez, y despojarle enteramente del dominio de sí mismo? Aún podemos contemplar más apuradas las cosas, porque desde aquí, hasta su entera sufocación, aún restan no pocos momentos; y yo con toda claridad veo en este intermedio la razón tan perdida, como lo está la del más desconcertado frenético.

14. De modo, que desde que empiezan las angustias, hasta que se acaban, podemos considerar a aquel miserable en dos estados: el primero, en que ofuscada bastantemente la razón, carece de la claridad, y advertencia que es menester para cometer pecado grave: el segundo, en que ya la ceguera es tan grande, que le falta aún aquella tenue luz que se necesita para el leve. Teniendo estos dos estados, en que no se le puede imputar a pecado grave cualquiera destrozo que haga en sí mismo; y siendo por otra parte sumamente difícil, si no moralmente imposible (exceptuando el caso de error capital contra los primeros fundamentos de la Fe) que un hombre que goza entero el uso de la razón, se quite la vida, tengo por totalmente irracional el temor de la perdición eterna, por aquel acto de desesperación.

15. Digo por aquel acto de desesperación, pues por otra parte habrá muchas veces muy grave motivo para temerla; esto es, siempre que el accidente caiga sobre sujeto de vida poco ajustada, suponiendo, que el insulto fue tan feroz, y tan pronto, que no le dió lugar para el arrepentimiento. ¿Quién no ve que este riesgo por sí solo obliga sobradamente la justicia, y la piedad a dilatar el entierro, hasta asegurarse de que el sujeto verdaderamente está difunto?

16. Me ocurre ahora, que no faltarán quienes dificulten, o juzguen imposible el hecho, de que un hombre sepultado en la forma ordinaria, en la falsa suposición de muerte, [112] recobre el sentido, pasadas algunas horas después de enterrado; persuadiéndose, a que luego que echen sobre él la tierra, y la lápida, perderá la vida sufocado. Pero los que hicieren esta objeción, podrán ver la solución de ella en el Tomo 5 del Teatro, Disc. 6, num. 7, y 8. Dios nos libre a todos de infelicidad tan lamentable, y guarde a Vmd. muchos años, &c.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Cartas eruditas y curiosas (1742-1760), tomo primero (1742). Texto tomado de la edición de Madrid 1777 (en la Imprenta Real de la Gazeta, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo primero (nueva impresión), páginas 104-112.}


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