Filosofía en español 
Filosofía en español

Vidal Isidro Peña García  1941

Vidal Peña Catedrático de filosofía de la Universidad de Oviedo, ciudad en la que nació el día primero de enero de 1941. Estudiante de la Universidad de Oviedo, se licenció en Derecho en 1962, y en Filosofía y Letras (sección de Filología Románica) en 1967 –en ambas carreras, que culminó con la calificación de sobresaliente, obtuvo, además, el Premio extraordinario de licenciatura–. Durante cinco años –curso 1962-63 a curso 1966-67– fue profesor ayudante de clases prácticas de Derecho Romano, en la Facultad de Derecho de la Universidad de Oviedo, cada vez más interesado por las cuestiones filosóficas –desde el curso 1960 era catedrático de filosofía en esa universidad el profesor Gustavo Bueno–. A partir del primero de octubre de 1967 se incorpora, como profesor adjunto interino de Fundamentos de Filosofía e Historia de los Sistemas Filosóficos, a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Oviedo, en el Departamento de Filosofía, dirigido por Bueno.

Doctor en Filosofía en 1972 por la Universidad de Oviedo, con la tesis El materialismo de Espinosa, dirigida por Gustavo Bueno Martínez. Tribunal: Carlos París Amador, Emilio Lledó Iñigo, Emilio Alarcos Llorach y Carlos Clavería Lizana. Dos años más tarde fue publicada por la editorial de la Revista de Occidente: El materialismo de Spinoza. Ensayo sobre la Ontología spinozista.

El primero de septiembre de 1975 se convirtió en funcionario del Estado, al ocupar en propiedad la plaza de profesor adjunto de Fundamentos de Filosofía que venía desempeñando. En diciembre de 1978 fue nombrado Profesor Agregado, y a partir del 20 de julio de 1982, Catedrático de Filosofía en la Universidad de Oviedo, donde ejerce hasta su jubilación, en el curso 2010-2011. Fue miembro del consejo editorial de la revista Los Cuadernos del Norte, ha sido colaborador del suplemento cultural del diario ABC, y, muy aficionado a la música, ejerce la crítica de ópera y ha pronunciado diversas conferencias sobre temas musicales, colaborando con frecuencia con escritos en los programas de diversas temporadas de ópera (Oviedo, Madrid, Granada). Profundo conocedor de Espinosa, sus cuidadas traducciones al español –particularmente las de Descartes y Espinosa– gozan de un merecido prestigio.

Vidal Peña, Gustavo Bueno, Arturo Martín y Juan Cueto en el Departamento de Filosofía de la Universidad de Oviedo, en 1970 (José Vélez)
Vidal Peña, Gustavo Bueno, Arturo Martín y Juan Cueto en el Departamento de Filosofía de la Universidad de Oviedo, en 1970 (Fotografía: José Vélez).

Cumplida la edad reglamentaria fue jubilado como catedrático de la Universidad de Oviedo, pronunciando su última lección el viernes 13 de mayo de 2011, en el salón de actos de la Facultad de Filosofía y Letras, sobre «Relaciones entre la filosofía cartesiana y la filosofía kantiana».

Ignacio Gracia Noriega

Vidal Peña, el último filósofo

El catedrático de Historia de la Filosofía, discípulo de Gustavo Bueno, afronta su jubilación tras casi medio siglo de docencia en la Universidad de Oviedo

La jubilación del profesor Vidal Peña cierra un período de la Universidad en el que los catedráticos, es decir, los señores que ocupaban la cátedra, el asiento elevado sobre una tarima desde la que el maestro se dirige a los discípulos, eran más «filósofos» (en un sentido etimológico) que funcionarios. El propio Vidal contesta, en la respuesta a la alternativa entre filosofía y poesía, publicada en la revista «Estaciones», en 1981: «No soy filósofo y muchísimo me temo que tampoco científico, pues el estatuto de profesor de Historia de la Filosofía resulta curiosamente compatible con ambas carencias, pero contestaré de todas formas, aunque temo que sea la respuesta de un mediocre "hombre de letras"». No se trata de una paradoja, ni, mucho menos, una versión «humilde» del «solo sé que no sé nada».

El filósofo es un «hombre de letras» porque escribe, a no ser que sea filósofo oral como Sócrates (pero sus discípulos reescribieron sus palabras). Cómo escribe importa poco, siempre que lo haga con claridad, que es la única manera de entenderse. Parménides escribió en verso, Nietzsche lo hizo poéticamente y Ortega y Gasset en multitud de artículos de periódico (género que también cultivó Vidal, muy de cuando en cuando). Platón, el filósofo que hizo todas las preguntas y aventuró algunas respuestas, introdujo la poesía en la prosa, hasta entonces distintas. En cambio, Aristóteles es prosa pura: fue el primer didáctico y el primer periodista. Vidal Peña escribió algún cuento hace años que no publicó, y ensayos y artículos que se publicaron. Es, pues, un «hombre de letras» culto, y un «filósofo». Alguien que escribe bien porque tiene la cabeza bien organizada. Como decía Montaigne, escribir bien es pensar bien.

A lo largo de su larga trayectoria universitaria, cuarenta y nueve años de enseñanza ininterrumpida en la misma Universidad, publicó poco y poco a poco se fue apartando del mundo, como corresponde al sabio. ¡Para la que hay que ver y oír! Pero su palabra, esa voz suave, un poco ronca, siempre en voz baja, prevalece. Es el último catedrático a la antigua usanza, el que dictaba sus saberes sin preguntar a sus alumnos si pretendían hacerse funcionarios: le bastaba con que llegaran a ser «filósofos».

En las tertulias mañaneras del bar Rosal, en la calle del Rosal, el profesor Santiago Melón insistía para que Vidal opositara a cátedra de Universidad. Irrenunciablemente pesimista, Vidal se pasaba la mano por la amplia y despejada frente y susurraba, casi imperceptible: «¡Me tumban!». Ganó la cátedra con el número uno. Había vacante en Murcia y viajó allá para ver cómo era aquello: volvió desanimado. Murcia quedaba muy lejos de Oviedo, hacía calor. Como buen «hombre del Norte», como a Pío Baroja y a Álvaro Cunqueiro, a Vidal no le gusta el calor. Iba a echar en falta en el sur el orvallo y la niebla. En compensación, Murcia tenía un buen teatro, pero Vidal temía que no albergara una temporada de ópera como la de Oviedo: por lo que regresó a Oviedo y en Oviedo se jubila. Melón le decía: «Ya no habrá catedráticos como tú». Le quedaban muchos años por delante, pero pasaron rapidísimos, como un sueño. Ahora Vidal se jubila. No lo creo. Lo de jubilarse está bien para socialistas y empleados de oficinas siniestras. Pero un verdadero filósofo no se jubila nunca, como no se jubilan los poetas. Obstinándose, Jorge Guillén continuó escribiendo poemas aún después de la publicación de sus «Obras completas»: ese libro jubilar del escritor, que no es otra cosa que su lápida.

Con tantos años en la Universidad, Vidal Peña conoció su antes, su después y su aproximación al vacío. En pleno frenesí de que las cosas no sean lo que son ni se parezcan a lo que parecen, la Universidad lleva camino de convertirse en una oficina de empleo, y los estudiantes pisan el primer día las aulas pensando en que las pisarán, por última vez, jubilados. Así que la gente que va a la Universidad o a cualquier empleo público lleva consigo la caña de pescar con la que sueñan todos los policías gordos y corruptos a punto de jubilarse de las películas americanas. El comienzo del descenso barranca abajo de la Universidad se produjo, según Emilio Alarcos, con la estabulación del profesorado: los departamentos se convirtieron en cuadras, y los estabulados, no teniendo cosa mejor que hacer durante horas de obligada convivencia, conspiran burocráticamente. Dejaron de ser filósofos para ser funcionarios. ¿Perderá la Universidad ovetense, la Universidad española, la voz de Vidal Peña con su jubilación? Sería un derroche, sería algo absolutamente injusto. Recordamos la traumática jubilación de Gustavo Bueno, cuando el filósofo insistía en seguir diciendo, aunque fuera en la escalera. No es el caso de Vidal, que saldrá de la Universidad por última vez para volver a su casa, a sus libros, sin ningún gesto. Los grandes gestos están bien en las grandes óperas, del mismo modo que los sabios deben estar en la Universidad. Esperemos que Vidal Peña continúe en la que fue su casa durante cuarenta y nueve años como emérito: es lo menos que puede hacer la Universidad de Oviedo por sí misma. Vidal, un perfecto caballero, una de las personas más sosegadas que conocí en mi vida (con los nervios a punto pero controlados), no pide: sólo da.

En su vida personal, académica y ciudadana, las tres la misma persona, Vidal es ejemplo de independencia. Fue alumno destacado de Gustavo Bueno, pero siguió el camino de Espinosa (cuando Bueno no proponía precisamente ese camino). Sus trabajos sobre el tallador de lentes holandés (el libro «El materialismo de Spinoza», «Baruch Espinosa, entre la necesidad y el deseo», «Espinosa: potencia, autoconciencia, Estado», la traducción y edición de la «Ética»), lo convierten en el primer espinosista español. También tradujo las «Meditaciones metafísicas» de Descartes y la «Historia calamitatum» de Pedro Abelardo, esa autobiografía intelectual curiosísima en la que el filósofo refiere sus enfrentamientos con sus colegas, sus peores enemigos, envidiosos, chivatos y grandes dialécticos: «Irritadísimos, se pudieron a gritar...». Tales enfrentamientos permanecen hoy, cuando la Universidad procura no parecerse a sus fuentes.

Al lado de Spinoza (o Espinosa), Escoto Erígena, Aristóteles, Descartes, Vidal dirige también su atención hacia los grandes poetas (la «Ode on a grecian urn», de John Keats) y hacia los grandes novelistas («Bouvard et Pecuchet», con motivo del centenario de Gustave Flaubert), o bien a Schopenhauer y la música, a Brahms y Mahler, a la ópera (en diversas ocasiones) e incluso al hockey sobre patines. Según Juan Cueto, su pasión por la ópera es más de ovetense que de filósofo. (Cueto puede apreciarlo porque vive en Gijón). Pero cuando Vidal escribe sobre ópera («de lo vivo a lo cantado») tiene en cuenta que «la ópera, como el ser de Aristóteles, "se dice de muchas maneras"»; y como es Vidal un ovetense tan clásico que parece británico, lo mismo que Jaime Buylla, acota para no incurrir en una afirmación contundente: «por lo menos, de algunas». Nadie espere excesos en Vidal salvo cuando la injusticia lo altera. En cierta ocasión fuimos a ver un partido del Sporting: era la época de Ferrero, de Quini, de Castro. Vidal opinaba que la entrada de la banda por la que corría Ferrero tenía que ser más cara, aunque es cierto que en el segundo tiempo correría por la otra banda. Comimos en un bar próximo al Molinón, para no llegar tarde. Yo sólo le concedo importancia a la puntualidad en los toros, debe de ser porque el fútbol me interesa menos. Pero como tardaban en servirnos, Vidal empezó a ponerse nervioso, y como el camarero hubiera empezado a servir a unos recién llegados, se puso de pie, apretando la servilleta con la mano, para increpar al camarero: «¡Eh! Ésos llegaron después, nosotros estamos aquí desde hace media hora, ¿qué va a ser esto?».

Vidal Peña es uno de mis mejores amigos más constantes: aunque transcurran décadas sin vernos. Al cabo, siempre sigue igual, y vivo, que es lo que importa, y con el pelo negro. Porque Vidal es hipocondríaco, pesimista y tímido. Habla tan bajo que siempre acabamos hablando a voces: «¡No te entiendo!», le digo, y él: «¡Estás sordo!». Su humor es auténtico «humour»; sus frases, justas; sus juicios, certeros: el compañero ideal para una apacible tarde de copas sin movimiento. Y aunque poco dado a la vida pública, figuró como asesor junto con José Luis García Delgado de la «Revista de Asturias», dirigida por Juan Cueto: el equipo que haría posible «Los Cuadernos del Norte», con la incorporación de Evaristo Arce y Fructuoso Miaja. ¿Será exageración insinuar que fue una de las mejores revistas de la segunda mitad del siglo pasado?

Muchas otras cosas, y todas muy buenas, podrían decirse de Vidal Peña, a quien llega la hora de la jubilación: esa hora que está sonando para una generación muy brillante que si no dio más de sí fue porque las resonancias asturianas eran muy limitadas. Como lo son ahora. Somos una región de segunda en un país que se volvió de tercera. Pero Vidal Peña es un tipo de primera, como dice, siempre como elogio, Gustavo Bueno.

(La Nueva España, Oviedo, miércoles 11 de mayo de 2011, página 8.)

Javier Neira

Abismo

Un filósofo jamás se jubila, así que me atrevo a ponerle tarea a Vidal Peña: el mantra del Estado de derecho.

Recuerdo a Vidal I. Peña –o sea, a Vidal Peña, o sea, a Vidal– dando clase en lo que había sido Delegación de Hacienda y antes y durante siglos hasta la torpe Desamortización, monasterio de San Vicente –ahora debería ser Museo Arqueológico, pero las comisiones por hacerlo todo nuevo superan a las propias de las remodelaciones–, pues eso, lo recuerdo al borde de la tarima, con las punteras de los zapatos sobre el vacío, los ojos cerrados y los discentes apostando si se iba a caer antes de acabar con los presocráticos o inmediatamente después.

Mañana será la última oportunidad para contemplar semejante acrobacia, doblemente meritoria porque Vidal es tan sabio como buen profesor y esa cualidad bifronte es necesario buscarla con el farol de Diógenes y aun así no están asegurados los resultados.

Recuerdo la tesis de Vidal sobre Espinosa, iluminada desde el materialismo de Gustavo Bueno y aquel artículo aparecido en Triunfo, que en su tiempo fue un bombazo –terminaba, à quoi bon?–, en donde Sabater, paradigma del pijo progre, ponía al nuevo doctor por las nubes a cambio de arremeter contra el maestro, contra Bueno, que ya se sabe que disparar hacia arriba es la fórmula capital de los mediocres para encumbrarse.

Vidal I. Peña deja la Universidad de Oviedo demostrando, sin pretenderlo, que el Estado de derecho es de risa porque a ver cómo se jubila a un filósofo. De risa y de pena, ya que el pensamiento oficial no sabe decir dos palabras sin mentarlo, ignorando que el Estado nazi y el estalinista lo eran de derecho y cómo.

Los testigos siempre acaban hablando de sí mismos, por eso el foco de estas líneas se ha ido por otros derroteros. No sobra recordar que Vidal inventó la moderna ópera del Campoamor, que es lo único que Asturias puede exportar. A ver si mañana, en la lección magistral jubilar, por fin salimos de dudas: sea como fuere, el abismo es el territorio de todo buen filósofo y de todo filósofo bueno.

(La Nueva España, Oviedo, jueves 12 de mayo de 2011, página 2.)

Peña, Kant y Descartes: filosofía del adiós

El catedrático de la Universidad de Oviedo dictó su última lección, desde los prejuicios y el magisterio de Bueno, sobre las posibilidades del conocimiento racionalista e idealista.

Vidal Peña llega al aula para dar su última lecciónOviedo, Javier Neira. Vidal I. Peña trató de evitar la escena del camarote de los hermanos Marx, la clásica efusión lacrimógena de las despedidas y los fuegos pirotécnicos –y fatuos– propios de ciertos académicos y lo consiguió.

El catedrático de Filosofía de la Universidad de Oviedo se despidió, ya que se jubila, con una lección común, sin declaraciones solemnes y tras elegir una aula grande del campus del Milán porque, efectivamente, acudieron muchos compañeros, estudiantes, ex alumnos, amigos y familiares.

Consiguió sus fines porque, como declaró en el exordio, «al ser de Oviedo aún me queda cierto sentido del ridículo».

La última lección se centró en Descartes y Kant, nada menos, y ya que apareció y reapareció el yo puro, desnudo y al pairo de saberes científicos se podría decir, hilando muy fino, que el profesor Peña dio una larga cambiada y realmente su explosión fue personal, emocional, técnicamente compleja y con el público apretujado al menos simbólicamente porque el afecto que se respiraba en el aula unía mucho. Quien sabe, sutilezas de filósofo.

En la primera fila, su maestro Gustavo Bueno. Aquí y allá, dos amigos del alma y de los primeros tiempos, Juan Cueto e Ignacio Gracia Noriega y su esposa y compañera de departamento Elena Ronzón con su hija Catalina. También otros profesores de Filosofía como el vicerrector Vicente Domínguez y Julián Velarde, Alberto Hidalgo, Luis Valdés, David Alvargonzález, Gustavo Bueno Sánchez, José Antonio Méndez Sanz o Alfonso García Suárez. También estaban catedráticos de otras facultades como los psicólogos José Muñiz y Marino Pérez o la jurista Paz Andrés Sáenz de Santa María. Apenas a unos cientos de metros, en el edificio histórico de la Universidad de Oviedo, Juan Ignacio Ruiz de la Peña, catedrático de Historia Medieval, coetáneo, paisano y colega, dictaba su correspondiente lección jubilar de despedida.

Vidal Peña habló, como dijo, desde sus prejuicios y desde el magisterio de Bueno. Unos prejuicios con raíces en Hegel. Resumiendo y exagerando, el filósofo prusiano no dijo nada, fue un artista de la razón que se limitó a sistematizar las dificultades. Pero, ojo, sistematizar no es ofrecer soluciones. Kant sigue a la ciencia aunque a veces, añadió Peña, se presenta el proceso al revés. Las condiciones del saber vienen dadas por la ciencia antes que por la filosofía. Peña indicó que visto así Kant parece un tramposo o medio tonto. Pero no. Fue más cartógrafo que navegante o según Ortega le importaba más guardar la ropa que nadar. ¿Y Descartes? No cuenta con la física de Newton que maneja Kant, el yo del cogito es más trascendental que empírico. Vidal Peña remató diciendo: «Aquí acaba mi larga representación académica, la comedia e finita». Los alumnos le dieron una placa y los profesores, una cartera idéntica a la que llevaba, lo que le hizo exclamar con sorna: «¡Qué observadores!».

(La Nueva España, Oviedo, sábado 14 de mayo de 2011, página 6.)

Bueno: «Vidal es el escéptico, una figura típica de la fenomenología del espíritu»

Oviedo. J. N. El filósofo Gustavo Bueno, a fin de cuentas maestro de casi todos los que ayer se reunieron en Oviedo, en el campus del Milán, para asistir a la última lección de Vidal Peña, recordó, tras la disertación jubilar, los primeros tiempos del llamado Grupo de Oviedo, en el arranque de los años sesenta del pasado siglo. «Asocio a Vidal y a Juan Cueto en los seminarios de la facultad en los que al hablar de clases, aparentemente mezclábamos marxismo y lógica. También iban otras personas como el cirujano Luis Estrada y algún físico. Vidal era ayudante de Derecho Romano y entró en mi cátedra. Hizo la tesis cuando yo escribía "Ensayos materialistas" y probó que el materialismo filosófico no era una extravagancia. Es el verdadero prototipo de escéptico, siempre en la epojé, siempre poniendo todo entre paréntesis. No se compromete con nada y está al tanto de todo. Está al cabo de la calle, de ahí su retraimiento. Leía lo que yo escribía y era una garantía, me daba el visto bueno por así decir. Su pudor no es psicologista, es una figura típica de la fenomenología del espíritu: es el escéptico».

El periodista Juan Cueto, por su parte, dijo que la lección de Vidal Peña había sido «brillante, como siempre». La catedrática de Derecho Paz Andrés Sáenz de Santa María afirmó que Peña «es un gran universitario. He venido para acompañarlo en esta clase. Forma parte de la historia de la Universidad de Oviedo». José Muñiz, catedrático de Psicología, destacó «la honradez intelectual de Vidal y sus saberes de filosofía y música» e hizo voto para que pronto sea emérito.

(La Nueva España, Oviedo, sábado 14 de mayo de 2011, página 6.)

Tesis doctorales dirigidas por Vidal Peña García

1. Juan Manuel García Serrano, Sustancia y Acción. Consideración semántico-pragmática partiendo del paradigma del Tractatus de Wittgenstein, acerca de la presencia de la razón práctica en el lenguaje, Universidad de Oviedo, 1º de julio de 1988. Director: Vidal Peña García. Tribunal: Javier Muguerza Carpintier, Adela Cortina Orts, José Antonio López Cerezo, Luis Javier Álvarez Fernández, Amelia Valcárcel Bernaldo de Quirós.

2. Carmen González del Tejo, Los fundamentos críticos del conocimiento histórico. La Filosofía de la Historia de R. G. Collingwood, Universidad de Oviedo, 16 de febrero de 1989. Director: Vidal Peña García. Tribunal: Gustavo Bueno Martínez, Julián Velarde Lombraña, Cirilo Florez Miguel, Francisco Jarauta Marión y Francisco J. Fernández Conde.

Selección bibliográfica de Vidal Peña García

«Dialéctica en los textos iniciales de la 'Ética'de Spinoza», Revista de Occidente, nº 138 (1974), págs. 171-189.

El materialismo de Spinoza. Ensayo sobre la Ontología spinozista, Revista de Occidente, Madrid 1975.

Traducción al español de Baruch de Espinosa, Ética demostrada según el orden geométrico, con introducción y notas. Editora Nacional (B100U, nº 4), Madrid 1975. Reedición en Alianza Editorial, Madrid 1987; hay varias reimpresiones.

«Ontología», en Diccionario de filosofía contemporánea, Sígueme, Salamanca 1976, págs. 348-362.

Traducción al español de Descartes, Meditaciones metafísicas con objeciones y respuestas. Introducción, traducción y notas. Ediciones Alfaguara, Madrid 1977.

«Schopenhauer y la música: un caso de 'romanticismo formalista' musical», El Basilisco, nº 4 (1978), págs. 29-34.

«El existencialismo, la provincia, el revival», Los Cuadernos del Norte, nº 0 (1980), págs. 2-7.

«De literatura y filosofía: 'Bouvard y Pecuchet' (en el centenario de Flaubert)», Los Cuadernos del Norte, Año 1, nº 1 (especial) (1980), págs. 14-25.

Traducción de Pierre Aubenque, El problema del ser en Aristóteles, Taurus, Madrid 1981.

«Descartes, razón y metáfora», Arbor, tomo CVIII, nº 422 (1981), págs. 27-35.

Traducción de Stuart Hampshire, Spinoza, Alianza Editorial (AU), Madrid 1982.

«Acerca de la razón en Descartes: reglas de la moral y reglas del método», Arbor, tomo CXII, nº 438 (1982), págs. 23-39.

«Eternidad y temporalidad 'en' Spinoza 'hacia' Hegel», en Varios autores, Estudios sobre filosofía moderna y contemporánea, Centro de Estudios metodológicos e interdisciplinares, Universidad de León 1984, págs. 57-76.

Traducción de Peter Burke, Montaigne, Alianza Editorial, Madrid 1985.

«Espinosa: orden geométrico y alegría», Contextos, III/5 (1985), págs. 7-24.

«Algunos problemas metafísicos de Aristóteles y 'metafísica' de la Ode on a grecian urn de John Keats: un ensayo ucrónico», ER, revista de filosofía, nº 3 (1985), págs. 23-48.

«Juan Escoto Erígena: informitas y enajenación», Scripta in memoriam J. B. Álvarez-Buylla, Universidad de Oviedo, Oviedo 1986, págs. 247-257.

«Anglosajonia filosófica en España», Los Cuadernos de Norte, VIII, nº 42 (1987), págs. 8-11.

«Espinosa», en Victoria Camps (ed.), Historia de la ética, Ed. Crítica, Barcelona 1992, vol. 2 (La Ética Moderna), págs. 108-140.

Traducción de Pedro Abelardo, Historia calamitatum, con notas. Pentalfa Ediciones, Oviedo 1993.

«Silogismo y emoción», El signo del gorrión, nº 3 (1993), págs. 35-42.

«Algunas preguntas acerca de la Idea de Progreso», El Basilisco, 2ª época, nº 15 (1993), págs. 3-14.

«Espinosa: categorías jurídicas y ontología dinámica», Cuadernos del Seminario Spinoza, nº 5, Ciudad Real 1995.

«Espinosa: potencia, autoconciencia, Estado», en Jesús Blanco-Echauri (Ed.), Espinosa: Ética e Política (Encontro Hispano-portugués de Filosofía, Santiago de Compostela, 5-7 de abril de 1997), Universidad de Santiago de Compostela, 1999, págs. 393-410.

«La razón siempre a salvo (pequeña glosa a Parménides, 135bc», Studia Philosophica II, Departamento de Filosofía, Universidad de Oviedo 2001, págs. 51-56.

«El Discurso de las ciencias y las artes: consideración panfletaria», Ábaco, revista de cultura y ciencias sociales, 2ª época, nº 27-28 (2001), págs. 269-281.

«Razón y 'fundamento': las definiciones de Causa sui, Substancia y Dios, en Espinosa», Studia Philosophica III, Departamento de Filosofía, Universidad de Oviedo 2003, págs. 227-240.

Textos de Vidal Peña García en el Proyecto Filosofía en español

1974 El materialismo de Spinoza. Ensayo sobre la Ontología spinozista

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