Ignacio Hernando de Larramendi y Montiano 1921-2001

Ignacio Hernando de Larramendi y Montiano Empresario español, organizador principal entre 1955 y 1990 de MAPFRE (el mayor grupo asegurador español –«Sistema Mapfre», «Corporación Mapfre»– con presencia trascendental y consolidada en hispanoamérica) e impulsor de instituciones y proyectos tendentes a la recuperación y difusión de la tradición hispánica, desde una inmarcesible fidelidad al carlismo. Fue el impulsor de la edición digital de las obras de Marcelino Menéndez Pelayo, que se publicó en 1999.

Su padre fue Luis Hernando de Larramendi (1882-1957) [hijo del segoviano Mariano Hernando, el que construyó la plaza de toros en el Trocadero de París, cuando la Exposición de 1889, empresa arruinada al lograr su cierre los franceses protectores de los animales; y de Luisa Larramendi, madrileña de origen alavés]. «Sobre todo, mi padre era carlista, para él lo más importante. No acabé de comprender cómo desde muy niño tenía esa firmeza de convicción; nunca se desvió un ápice de ella hasta su muerte» (2000:27). Abogado, se dio a conocer en el foro cuando, actuando de oficio, logró la absolución de Aquilino Martínez Herrero, hombre de confianza del revolucionario José Nakens, implicado como encubridor en la causa contra el anarquista Mateo Morral, Francisco Ferrer Guardia [el fundador de la Escuela Moderna, enseñanza científica y racional, fusilado en 1909], &c., cuando el regicidio frustrado de 31 de mayo de 1906, el día de la boda de Alfonso XIII, en que la bomba libertaria mató a dos docenas de personas pero no a sus reales destinatarios. Destacaba ya en la Juventud Carlista de Madrid y pertenecía a los Luises, la organización juvenil de los jesuitas. «A principios de siglo mi padre dedicó tiempo a trabajos de 'sociología del trabajo', inspirada en la escuela francesa del padre Garriguet, promovida en España por un grupo de carlistas aragoneses, editores de la Revista Paz Social y que fueron después los creadores del Instituto de Reformas Sociales.» (2000:30). En 1910 publica Como defendernos de las Escuelas laicas (Biblioteca de La Paz Social, Zaragoza 1910, 48 págs.) y se presenta, en Oviedo, a las elecciones a diputado, como candidato jaimista. Entre 1911 y 1914 publica en Madrid cuatro folletos titulados En la avanzada. Más adelante aparecen Papá, ¡Ministro! Sátira cómica en un acto (Imprenta del Asilo de Huérfanos del Sagrado Corazón de Jesús, Madrid 1918, 64 págs.) y Guía sociológica de aspirantes al matrimonio. Centón enciclopédico de Filosofía científica materialista pedantísima (El Correo Español, Madrid 1920). Se mantuvo fiel al jaimismo cuanto la escisión provocada por Vázquez de Mella en el seno del carlismo. «Con la Dictadura se paralizó absolutamente la actividad política de mi padre, que nunca quiso integrarse en la Unión Patriótica.» (2000:31). Cuando salió Primo de Rivera retornó a la actividad política: «que se inició en un famoso mitin en 1930 en Salamanca en el que participaron José María Gil Robles, Ángel Herrera Oria y mi padre. Comenzó entonces lo que luego sería la CEDA (a la que siempre fue contrario, por supuesto)» (2000:32). Se presentó a las elecciones de 1931 como candidato jaimista por Madrid, y puso en marcha Criterio, revista semanal de orientación política y literaria (aparecieron 45 números, hasta agosto de 1932, en la que colaboraron Víctor Pradera, José María Pemán, &c.). En 1933 se presentó a las elecciones por el Bloque Nacional, sin alcanzar escaño. En enero de 1936 redactó el real decreto firmado por don Alfonso Carlos que establecía la regencia de don Javier de Borbón Parma. Durante la guerra, en San Sebastián, escribió algunos artículos en La Voz de España, órgano de la Comunión Tradicionalista. «Acabó la guerra. Mi padre ya no tuvo actuación política, puesto que en mi familia, ni él, ni ninguno de nosotros, reconocimos en ningún momento la legitimidad del gobierno de Franco, ni admitimos ningún favor de él, directo o indirecto.» (2000:34). En 1952 pudo publicar su obra más ambiciosa, escrita en 1937, El sistema tradicional, que permanecía inédita: «Para mí fue una satisfacción, en 1952, en una minúscula aventura editorial con otros amigos carlistas, publicar ese libro, burlando la censura, bajo el cambiado título de Cristiandad, tradición, realeza [Cálamo, Madrid 1952, 227 págs.]» (2000:58). «Recuerdo en 1956 su conferencia en el Ateneo de Barcelona, a la que yo le acompañé por su salud muy debilitada; fue la última vez que le escuché y la última que intervino en público.» (2000:35). Falleció en 1957. Casado con María Montiano («Mi madre fue para mí muy importante; era una pura vasca que conocía hasta 240 apellidos de ese origen, tenía gran afición a la genealogía, con orgullo de su 'etnia'», 2000:37). Muy amigo del arquitecto Eduardo Gambra, esa amistad se trasladó a sus hijos, y Rafael Gambra Ciudad fue uno de los grandes amigos de Ignacio Hernando de Larramendi. Desde 1992 existe una «Colección Luis Hernando de Larramendi» (dedicada a cuestiones teóricas e históricas sobre el carlismo: teoría del Estado carlista, pensamiento político del carlismo, el requeté, las guerras carlistas, &c.), que comenzó a publicarse en la Editorial Aportes XIX [de Madrid, especializada en carlismo, publicó unos diez títulos entre 1987 y 1993] y es continuada desde 1995 por la Editorial Actas [de San Sebastián de los Reyes, Madrid, que presta especial atención al tradicionalismo e inició su actividad en 1991, con más de cien títulos publicados en sus primeros diez años], donde se publican las obras que obtienen el Premio Luis Hernando de Larramendi, que promueve la Fundación Hernando de Larramendi, constituida en 1986.

Luis Hernando de Larramendi, Cristiandad, tradición, realeza, Madrid 1952 Luis Hernando de Larramendi, Cristiandad, tradición, realeza, Calamo, Madrid 1952, 227 páginas. Índice: Prólogo, Revolución, Política, Tradición, Legitimismo, Nación y Estado, La Patria, Formas sustanciales, Dictadura, Monarquía electiva, El rey, Aristocracia, Constitución. En las solapas figura el siguiente texto: «Don Luis Hernando de Larramendi nació en Madrid, el 1882, y se ha dedicado siempre a la abogacía y a la política. Con antepasados que lucharon en las dos guerras carlistas, desde niño surgió su entusiasmo por los mismos ideales, comienzo de la línea firme de toda una vida. Pronto destacó en la política nacional, llevando a cabo campañas que fueron célebres en su tiempo, y luchando activamente en diversas elecciones parlamentarias. Intervino en la fundación y dirección de prensa carlista por toda España, y publicó algunos libros. En 1921, don Jaime le nombró Secretario Político, Jefe de la Comunión Tradicionalista. En ese puesto afrontó los difíciles momentos que la organización del jaimismo atravesó a consecuencia de la escisión de Mella. Durante la Dictadura estuvo retirado de toda actividad política, que reanudó en 1930. Tras la proclamación de la República, fue de los primeros que le hicieron frente de forma abierta, siendo el único candidato que se presentó como monárquico en las elecciones para las Cortes Constituyentes, en que luchó por la capital de España. Inmediatamente después publicó, dirigió y escribió, casi en su totalidad, el semanario «Criterio», de gran significado en la primera oposición al régimen republicano. En todo el período 1931-36 mantuvo una constante actividad como orador político, pronunciando más de cuatrocientos discursos por toda España. En sus campañas, la sinceridad, energía y firmeza de su oratoria, le granjearon simpatías en campos muy distantes del suyo, especialmente entre los grupos más puros del extremismo obrero, lo que le sirvió para salvar la vida durante la dominación roja en San Sebastián. Desde 1937 permanece apartado de toda actividad política. En la línea de su actitud ante las variadas situaciones, escisiones y vicisitudes con que se ha enfrentado el Carlismo, podría reconocerse la posición ortodoxa y estrictamente correcta del tradicionalismo español durante el último medio siglo. Este libro se escribió, en brevísimo tiempo, en San Sebastián, en el momento de más pureza del Movimiento Nacional, cuando una juventud, movida por un ideal, que más intuía que conocía en su integridad, regaba con su sangre los campos de España. En él presenta, con asombrosa sencillez y profundidad de alcance, una visión de los principios políticos, muy lejos de la mezquina interpretación que desde el siglo pasado venimos soportando, y que nos impide enfrentarnos con los problemas más acuciantes de cada día. El tradicionalismo y el sentido clásico español de la política aparecen en este libro entrelazados de un modo tan original como comprensible, llevando a conclusiones que constituyen un audaz jalón para una interpretación lógica de la vida social y política; un paso más allá de la línea que muchos consideran infranqueable. Su visión de la figura del Rey enlaza directamente con la que latía en el alma de la España tradicional, tan magníficamente plasmada en todo nuestro teatro clásico. Y así, aparte de su gran valor actual como aportación al estudio de la Monarquía, este libro será indispensable para la interpretación, cada día más necesaria, del sentimiento de la realeza en todo el mundo de la Cristiandad.»

«Al término de su vida profesional, tras su jubilación como primer ejecutivo del Sistema Mapfre, D. Ignacio Hernando de Larramendi y Montiano constituyó la Fundación que lleva su apellido, con el carácter de Benéfico-Cultural, para honrar con ella la memoria de su padre, D. Luis Hernando de Larramendi, que fuera ilustre tradicionalista, tribuno forense y político, escritor y hombre ejemplar en su vida y en la firmeza de sus principios. D. Ignacio Hernando de Larramendi nació en Madrid en 1921; participó en la guerra de España, en las fuerzas voluntarias Carlistas, cursó la carrera de Derecho y ejerció su actividad profesional en el campo asegurador, primero como inspector de Seguros y Ahorro del Ministerio de Hacienda y después como impulsor y ejecutivo del Sistema Mapfre, en cuyas empresas ocupó la presidencia en varios Consejos de Administración, así como del Patronato de la Fundación Mapfre. Se jubiló en 1990, pero su espíritu emprendedor, firmemente orientado hacia el mundo cultural español e hispanoamericano, le impulsó a continuar trabajando en estos campos hasta su muerte, el 7 de septiembre de 2001. La Fundación Hernando de Larramendi se constituyó formalmente en 1986 con aportaciones de la familia Hernando de Larramendi y derechos concedidos a Ignacio Hernando de Larramendi a su jubilación en Mapfre. Su actividad como presidente de esta Fundación la centró en el desarrollo de sus fines fundacionales y en el de proyectos históricos, en gran parte americanistas, a través de su colaboración con la Fundación Histórica Tavera, de la que también fue fundador. En especial se preocupó por la reflexión del pensamiento y análisis sociológico de España y la civilización occidental y el conocimiento de la cultura cristiana y española. Para ello promovió ediciones digitales de textos históricos en la Colección Clásicos Tavera, de textos de Ilustres Polígrafos, Comentaristas de Aristóteles y Pensadores Tradicionalistas y un ambicioso proyecto para dar a conocer aportaciones documentales de la Iglesia Católica a la historia de España y pueblos iberoamericanos.» (Texto que figura bajo el epígrafe Fundador en la página de internet de la Fundación Hernando de Larramendi, diciembre 2002.)

Ignacio Hernando de Larramendi nació en Madrid el 18 de junio de 1921. «Mis primeras actividades políticas, 'repartiendo octavillas', en 1931, cuando mi padre fue candidato a diputado a Cortes por Madrid. (...) Tardé mucho en ir al colegio; mi padre (...) apenas creía en la educación y me preparé hasta 2º de bachillerato con una maestra particular. (...) En 1932 ingresé, con mis hermanos Luis Manuel y Alfonso, en el colegio de El Pilar (...) hasta 1936, año en que acabé mis estudios de 5º de bachillerato en Madrid y pasé a San Sebastián al colegio de Santa María, también de marianistas.» (2000:80). «Vivíamos en San Sebastián en la calle Guetaria 20, en un piso que desde hacía más de treinta años teníamos alquilado todo el año para pasar normalmente el verano, por lo menos el mes de agosto.» (2000:82). [Tras el 18 de julio de 1936, en septiembre ya estaba «liberado» San Sebastián.] «Acabé el bachillerato en 1937 y ese verano me incorporé a un destacamento en Fuenterrabía del 'Requeté Auxiliar' en el Palacio de Miramar. (...) Cuando después del verano volví a San Sebastián, me dediqué a actividades políticas en la Agrupación Escolar Tradicionalista (AET)» (2000:84-85). En la primavera de 1938, con 16 años, estuvo durante tres semanas por Cataluña, buscando a su hermano Luis Manuel, de 15, que se había unido con nombre falso a un Tercio de requetés. En julio ambos hermanos se incorporaron al frente como voluntarios, inicialmente en la Segunda Compañía de Radio Requeté de Campaña y luego en la Compañía de Tolosa del Tercio de San Miguel. «Después de escaramuzas no demasiado peligrosas, hay que decirlo, llegamos a Barcelona al día siguiente de la entrada de las tropas nacionales.» (2000:87). «Yo volví de San Sebastián a la ciudad de Hellín, donde estaba mi Compañía del Tercio de San Miguel terminando su existencia. (...) En Hellín asistí a unos incidentes casi graves entre carlistas y falangistas, pues también allí había una Bandera de la Falange.» (2000:88).

«Después de la guerra, con la satisfacción de ver que dos hijos requetés –mi hermano Manolo y yo mismo– se reintegraban sanos y salvos al domicilio familiar, y con la amargura de ver que ese último estertor de generosidad carlista había servido poco para España, mi padre se refugia en sus despachos de abogado de la calle de Velázquez, en Madrid, y de su domicilio de la avenida de Francia nº 2 de San Sebastián. Aunque apartado de la política activa, nos nutrió de ideas y principios a un pequeño núcleo de carlistas madrileños, entre los que se encuentra mi amigo Rafael Gambra, agrupados bajo el discreto camuflaje de una academia de estudios, la Academia Mella.» (2000:59)

Inició en octubre de 1939 la carrera de Derecho, en los primeros curso intensivos después de la guerra, y en junio de 1941 ya era licenciado. «Lo que más me impresionó fueron las asignaturas que aprobé estudiando los famosos apuntes 'Agustina', un eterno estudiante de ese nombre que los vendía a los alumnos, incluso haciendo el pino, como método de propaganda, un clásico de esa época de la Universidad» (2000:89)

«Decidí en el curso siguiente [1941-1942] hacer las asignaturas de doctorado, no sé por qué proceso mental. Eran interesantes esas clases, muy reducidas, en especial en la asignatura de «Estudios Superiores de Derecho Político», a la que regularmente asistía, que daba Salvador Lissarrague, antiguo de la Institución Libre de Enseñanza. Éramos pocos, entre otros Torcuato Fernández Miranda, después duque de Fernández Miranda; Vicente Marrero, gran escritor y poeta; Luis García Arias, catedrático de Derecho Internacional, y otros menos conocidos. Aprobé las asignaturas, supongo que con sobresalientes, que era lo normal, y obtuve una matrícula que a mí no me interesaba, porque Vicente Marrero, que aspiraba a una carrera académica, me presionó para presentarme pues él no quería hacerlo solo; nos la dieron a los dos. Durante este período dediqué tiempo a la «acción política», modesta, como es lógico, continuando con mis actividades en AET [Agrupación Escolar Tradicionalista], que ya había comenzado en 1938, antes de incorporarme a Radio Requeté y al Tercio de San Miguel. Lo que hacía en ese momento era tener encuentros con otros estudiantes, algunos brillantes, en unos casos en casa de mis padres en Velázquez, donde vivíamos mi hermano y yo; y en la Academia Mella en la calle Barquillo, donde asistió a varias reuniones Jesús Fueyo, que llegó a ser presidente del Instituto de Estudios Políticos, hombre considerado muy inteligente y culto; casi no lo conocí. La Academia era propiedad de un sacerdote, don Máximo Palomar, alma de Dios, carlista, al que pagábamos la oportunidad de utilizar para la política sus aulas dando clases gratuitamente con cierta regularidad a sus alumnos; sobre todo Rafael Gambra, porque a mí nunca me ha gustado la docencia. (...) En aquella época también hacíamos lo que llamábamos 'saltos', es decir un grupo pequeño, generalmente los domingos, en el Retiro o en el paseo de Recoletos, que empezaba a gritar en contra del Régimen y a favor del carlismo. Fue siempre un fracaso, pues la gente por casualidad reunida era partidaria del Régimen de Franco y ahogaba nuestras intervenciones.» (2000:89-90.)

En 1942, tras hacer unas pintadas, fue detenido junto con su hermano y un amigo, y tras cuatro días en los calabozos de la Dirección General de Seguridad, interrogado en un Juzgado Militar. «Recibimos anónimos de grupos falangistas amenazándonos, no los hacíamos caso ni realmente nos acobardaban. El 10 de marzo de 1942 mi hermano fue apaleado en la Cibeles. Ocurría siempre algún incidente en esa fecha, día de los 'Mártires de la Tradición' para los carlistas. (...) En esta época se pensó que podía haber una invasión alemana, y recuerdo que empezamos a pensar en prepararnos para organizar alguna clase de resistencia; afortunadamente no fue necesario.» (2000:91)

«En principio quise ser abogado del Estado, pero mi padre se enfureció, la consideraba profesión inmoral porque decía que se dedicaban a ejercer contra el Estado.» (2000:91) Y preparó y ganó unas oposiciones, con lo que se integró como Inspector en la Dirección General de Seguros y Ahorro. Desde septiembre de 1947 hasta abril de 1948 estuvo en Londres, para mejorar el idioma y conocer mejor el mercado británico, «mientras seguía pagándome el sueldo la Dirección General de Seguros», estancia que sería muy importante en su evolución profesional posterior. En 1950 contrajo matrimonio con Lourdes Martínez Gutiérrez [con la que tuvo cinco hijos –Luis, Ignacio, Carlos, Miguel y Ramón– y cuatro hijas –Carmen, Coro, Lourdes-Tachi y Margarita–, todos vivos cuando falleció en 2001], aprovechando la luna de miel para otra estancia de dos meses en Londres.

«Aventura editorial. En 1951 inicié una «gran pequeña» aventura, la creación con poquísimo dinero mío de la Editorial «Cálamo». A ello me indujo Vicente Marrero, oriundo de Arucas, en Canarias, que después de la Universidad se había ido a Alemania a estudiar con Heidegger en Friburgo. Todos creíamos que había muerto en los últimos años de la guerra o primeros de la posguerra, hasta se llegó a celebrar su funeral en la Universidad. Pero un día apareció, nos volvimos a ver, también con Rafael Gambra, y decidimos crear esa editorial que tenía la sede en mi propio domicilio; mi esposa [Lourdes Martínez Gutiérrez] escribía los libros y llevaba la contabilidad con la ayuda de un joven canario, González, que la ayudaba y hacía recados. Publicamos cuatro libros, en la Colección Esplandián, pero Rafael Gambra no llegó a preparar el que nos había prometido. Los dos primeros fueron de Vicente Marrero: Picasso y el toro y El embrujo de la danza española, también fue suyo el cuarto, El poder entrañable. Picasso y el toro fue un gran éxito, traducido a muchos idiomas y con varias ediciones. Nadie podía esperar que de un grupo carlista saliese en 1952 una de las primeras obras no críticas sobre Picasso en España. Mi libro fue Tres claves de la vida inglesa a que antes me he referido. Los tres de Marrero fueron excelentes y merecería la pena editarlos en papel y también trataré de hacerlo digitalmente con todas sus obras escritas para difundirlas; la Fundación MAPFRE Guanarteme tiene interés en ello. De este modo es probable que en el año 2000 los tres creadores de la Editorial Cálamo tengan reproducida digitalmente su obra completa, porque también pretendo editar la de Rafael Gambra y la mía propia.» (2000:98-99.)

En 1953, como «no podía soportar la vida burocrática en la que a uno le pagaban por hablar mal de los jefes», aceptó una oferta de la empresa Royal Insurance y abandonó la Dirección General de Seguros, para ser jefe de la oficina en Madrid de esa compañía inglesa. En enero de 1955 se reintegró a la Dirección General de Seguros durante tres meses, hasta que volvió a abandonar definitivamente la administración pública al ser contratado como gerente de Mapfre. En 1955 Mapfre contaba con 200 trabajadores y estaba prácticamente en quiebra. Cuando en 1990 Ignacio Hernando de Larramendi decidió jubilarse (un año antes de la edad reglamentaria) como alto consejero y consejero delegado (nunca llegó a ser presidente de esa Mutua), Mapfre tenía 10.000 trabajadores y se había convertido en la principal empresa del sector en España, con una importante presencia en América.

«Puede que haya preservado a D. Ignacio su capacidad para el asombro y la admiración el no haber permitido, de manera deliberada y voluntaria, que la televisión entrara en su hogar. Ello, con ayudar a la mejor comunicación familiar, como antes se decía, es sin duda causa también del tiempo enorme que para todo encuentra D. Ignacio y, por supuesto, justificación añadida de que no haya perdido la disposición de ánimo que, permitiendo el asombro, faculta para estudiar las causas de la situación que lo produce y dominarlas. Otro rasgo curioso en D. Ignacio ha sido su negativa a conducir e, incluso, a obtener el carné de conducir.» (Ignacio H. de Larramendi y Montiano, Mapfre, Madrid 1991, pág. 38.)

«La vinculación de D. Ignacio con el Carlismo, que ya quedó apuntada al hablar de su participación en las fuerzas voluntarias carlistas durante la Guerra Civil, ha continuado siempre. Aunque hay que distinguir la coincidencia con unas ideas o principios, de la participación activa y real en las organizaciones que se reclaman sus defensoras.
En los años de la posguerra inmediata interviene activamente en la reorganización clandestina de la A.E.T. (Asociación de Estudiantes Tradicionalistas), que se reunía en los locales de la Academia Mella que en la calle del Barquillo ofreciera a los estudiantes tradicionalistas su propietario, el sacerdote D. Máximo Palomar del Val. Participaban en aquellas reuniones Rafael Gambra, Francisco Diez Tejada, Pueyo Alvarez, Fernando Polo, Portabales, entre los jóvenes, y también iban, «con más años pero idéntico entusiasmo», según nos dice Manuel de Santa Cruz en el tomo correspondiente a 1939 de su obra Apuntes y Documentos para la Historia del Tradicionalismo Español, 1939-1966, su padre, D. Luis Hernando de Larramendi, así como D. Luis Ortiz y Estrada, D. Luis Alonso y D. Amancio Portabales.
Las reuniones, que tenían un claro enfoque intelectual, con orientación distinta a la del momento político imperante, se mantuvieron pese a las frecuentes visitas de la policía, hasta que por problemas económicos D. Máximo Palomar hubo de vender la Academia Mella.
Tras un periodo de una menor proximidad a las actividades de la Comunión Tradicionalista, se involucra nuevamente en éstas ya en los años cincuenta, tratando de propiciar un clima de unidad en los carlistas para la solución del problema sucesorio, fomentando la candidatura de D. Javier de Borbón Parma.
En esos momentos en que, además, se debate el colaboracionismo o anticolaboracionismo con el Régimen (con sucesos que tanto le impresionarían como el enfrentamiento físico y jurídico de Juan de Diego y José María Valiente), participa directamente en las actividades de la Comunión.
Las masas carlistas le ven siempre como un hombre serio, valioso, honesto y anticolaboracionista. Y así, las juntas de Navarra y de Valencia, entre otras, le proponen para formar parte de la secretaria general de la Comunión Tradicionalista que D. Javier pretende designar. Tratan, además, de que su presencia sirva de contrapeso a la figura de D. José María Arauz de Robles, de quien ya entonces se sospechaba su intención de reconocer la rama dinástica de D. Juan de Borbón.
D. Javier de Borbón Parma, en carta dirigida a José María Valiente el primero de febrero de 1956 (que recoge Manuel de Santa Cruz en el tomo 18.1, correspondiente a 1956, de su obra citada), le dice: «La junta de Navarra me escribe para pedir que coadyuvase en el Secretariado Ignacio Hernando de Larramendi. Es un 'chico listo' que vale. Tiene muchas relaciones con elementos fuera y dentro de la Comisión y en el extranjero. Pero no contesto a los navarros antes de haber recibido tu parecer, si lo crees oportuno o no, de aceptar a Luis Larramendi (¡el hijo!).»
Finalmente se integra, en 1956, en el Secretariado Político de la Comunión Tradicionalista, pero no se incorporo nunca, probablemente de manera deliberada, a las reuniones de ese órgano, que pronto desapareció.
El año siguiente, en diciembre de 1957, fallece su padre, a quien tanta devoción tenla, y cuya memoria ha guardado y honrado siempre, dedicándole el legado más duradero de una vida de trabajo, la Fundación Hernando de Larramendi, de la que más adelante hablaremos.
Desde entonces, aunque sigue sintiendo el Carlismo, rara vez participa de sus actividades, absteniéndose de tomar postura en las sucesivas banderías y divisiones internas que corroen, cada vez más, hasta reducirlo a una mínima expresión, ese movimiento político.
En los años 60 acude a Montejurra con sus hijos, reuniéndose con algunos antiguos amigos: Querejeta, Aramburu, Fernando Roda, teniendo así ocasión de lucir ese característico distintivo carlista, la boina roja, que desde posiciones políticas tan distantes calificara D. José María de Pemán como «sombrero de hombres decentes».
Todavía poco antes de que D. Javier de Borbón Parma y su familia fueran expulsados de España en 1969, acude a su residencia madrileña de Villa Covadonga, con toda su familia, en muestra de adhesión y respeto.
Cuando en 1970 se hace patente una vertiginosa descomposición y desorientación en la Comunión Tradicionalista, no quiso dejar muda su voz en las turbulentas reuniones y asambleas que se celebran. Presenta por ello su candidatura para compromisario a la reunión que habría de celebrarse en Arbonne, Francia y, sin haber frecuentado reuniones políticas y no haber aparecido por los locales de la Comunión Tradicionalista en los últimos quince años, es elegido por abrumadora mayoría por los carlistas madrileños. Su postura en la reunión de Arbonne, para muchos enigmática y malinterpretada, es simple: Hacer en vez de hablar. Dice así que si ese socialismo al que tímidamente se empieza entonces a aludir en el seno del Carlismo implica una distribución más justa de la riqueza, hay que empezar por nosotros mismos, y que él es el primero en estar dispuesto a ello. Algunos creen que se trata de una adhesión de D. Ignacio al socialismo, y pocos se percatan de que es, simplemente, un capítulo más de esa coherencia personal que siempre ha practicado, incluso cuando implica desprendimiento personal o desventaja para los suyos.» (Ignacio H. de Larramendi y Montiano, Mapfre, Madrid 1991, págs. 39-41.)

«Pero el conjunto cooperativo más importante asegurado en MAPFRE ha sido el de Mondragón, grupo de cooperativas coordinadas por la Caja Laboral Popular que surgió de una escuela profesional fundada en 1943 en Mondragón por el sacerdote José María Arizmendarrieta, con quien Larramendi tuvo gran amistad personal. Las relaciones entre las cooperativas de Mondragón y MAPFRE se iniciaron en 1960 y se han desarrollado desde entonces con especial satisfacción recíproca.» (Ignacio H. de Larramendi y Montiano, Mapfre, Madrid 1991, pág. 124.)

Tras jubilarse desplegó Larramendi gran actividad: preparando libros, promoviendo iniciativas de ámbito hispano americano y, por supuesto, vinculadas al carlismo y a la tradición. No cesó su vinculación personal con Mapfre, que mantuvo inicialmente a través de la Fundación Mapfre América, institución que alcanzó gran protagonismo en el contexto de las celebraciones del quinto centenario del Descubrimiento. En 1991 promovió, junto con Ignacio de Medina y Fernández de Córdoba, duque de Segorbe, la creación en el seno de la Fundación Mapfre América del Instituto Histórico Tavera, que entre otras actividades puso en marcha el Centro de Referencias (REFMAP) y el Centro de Publicaciones Digitales (primero Digimap, después Digibis). En 1995 renunció a la presidencia de la Fundación Mapfre América, e intervino activamente en la constitución, en marzo de 1996, de la Fundación Histórica Tavera. En 1997 se creó Digibis, como empresa especializada en publicaciones digitales: «Mi deseo en estos momentos es la profesionalización y consolidación definitiva de Digibis como empresa casi de carácter familiar, con protagonismo de mis hijos y dedicada a desarrollar principalmente proyectos con Fundaciones y entidades de carácter cultural y académico. El último producto de esta empresa, de la cual me siento orgulloso, ha sido el CD Rom con las obras completas de Marcelino Menéndez y Pelayo, al que ya he hecho referencia, y que considero un logro no sólo cultural, sino también tecnológico.» (2000:131). Tras cesar en la Fundación Histórica Tavera dedicó todos sus esfuerzos y recursos a potenciar la Fundación Hernando de Larramendi. Estos eran los proyectos en marcha a principios de 2000:

«P.S. Como complemento, ya en pruebas de imprenta, incorporo la relación de actividades a que me estoy dedicando últimamente, con esfuerzo personal y recursos de la Fundación Hernando de Larramendi, desde que decidí cesar en la Fundación Histórica Tavera y hasta que Dios me dé fuerzas para continuar. Señalo que a finales de 1999 el patrimonio aproximado, no todo líquido, de la Fundación Hernando de Larramendi era de 800 millones de pesetas, sin que tenga ningún gasto de administración. Con independencia de otras actividades y donaciones, que han sido en 1999 casi veinte millones de pesetas, dedico mi atención personal y algún recurso de Fundación Hernando de Larramendi (FHL) a:
1. Biblioteca Virtual «Proyectos Históricos Tavera», proyecto muy importante para las naciones iberoamericanas y sus historiadores. En principio en el año 2000 deben prepararse 10 monografías, financiadas por FHL. Destaco el último texto recibido del Dr. Víctor Tau Ansoátegui, La costumbre hace ley, sobre este fenómeno en la colonización hispana. El compromiso es además editar digitalmente estos textos y autorizar a cada autor que lo imprima por su cuenta.
2. Biblioteca Virtual «Clásicos Tavera». En este proyecto FHL tendrá poca participación económica, aunque alguna ha tenido hasta ahora al financiar 3 CD-Rom's sobre la historia vasca. Hay fondos suficientes en la Fundación Histórica Tavera para una actuación en el año 2000, de unos 15 discos y hasta 20, con financiación externa. El problema será más de tiempo de preparación y ejecución en DIGIBIS que económico.
3. Biblioteca Virtual de polígrafos «Menéndez y Pelayo». Es el proyecto al que voy a dedicar mayor atención personal. La FHL aportará a cada polígrafo una cantidad de 200.000 pesetas; la Fundación Histórica Tavera aportará una cantidad semejante; y la Fundación Caja de Cantabria aportará hasta un millón de pesetas, con lo que prácticamente estará garantizado un sustancial núcleo duro, siendo necesario obtener el resto de Fundaciones o cajas de ahorros locales. Estamos trabajando con polígrafos ilustres, aparte de Menéndez y Pelayo, como Ramón Llull, Francisco Mayans y Rafael Altamira, de España; así como Andrés Bello, de Venezuela y Chile; y Alfonso Reyes, de México.
4. Biblioteca Virtual de «privilegios, becerros, tombos (o tumbos), cartularios, libros de cadena y actas capitulares» en catedrales de nuestra historia. Se está iniciando su preparación en Túy, pero cada catedral es muy distinta. Lo hemos propuesto ya, y ha sido aceptado, en la Catedral de Santiago, y se va a proponer en León, Burgos, Segovia, Salamanca, Valencia, Orihuela, Oviedo, Sevilla, Toledo, Huesca, Jaca y La Seo de Zaragoza. Este proyecto es muy importante y no basta la reproducción sino que exige en cada caso acción personal, en parte mía. Para la financiación el ideal sería llegar a una fórmula semejante a la de polígrafos, con una «financiación madre» de una institución o Caja de Ahorros.
5. Biblioteca Virtual de «Aristóteles y sus comentaristas». Se editaría directamente por DIGIBIS, con respaldo de FHL en caso de déficit; su contenido tendrá interés especial en universidades europeas y de Estados Unidos. Además incluirá reproducciones de textos de teólogos españoles del siglo XVI relacionados con el Derecho Natural y Derecho de Gentes. En principio se editará en coordinación con la Universidad de León, la Universidad de Friburgo, en Alemania, y otras instituciones de ese carácter. Podría solicitarse ayuda europea.
6. Biblioteca Virtual de «pensadores tradicionalistas». Se está iniciando con Rafael Gambra y se seguirá con Vicente Marrero y después con las obras completas de mi padre y mías (las no empresariales), así como las de Francisco Elías de Tejada. En ella se incluirán pensadores, como Aparisi y Guijarro, Cándido Nocedal, Donoso Cortés, Balmes, Torras y Bages y otros que se determinen, así como pensadores iberoamericanos, comenzando con Pedro Galváo de Sousa, de Brasil. La financiación puede ser difícil y FHL pondrá una parte importante. No se solicitarán fondos europeos ni públicos.» (2000:762-763.)

«Ignacio Hernando de Larramendi: He renunciado a mi patrimonio para no dejar hijos de rico. Entrevista de Luján Artola y Alex Rosal al máximo ejecutivo e impulsor de MAPFRE (1955-1990). Ignacio Hernando de Larramendi es modelo de muchas cosas, pero lo que más llama la atención es el haber «construido» una empresa de prestigio a lo largo de 40 años con las «herramientas» de la Doctrina Social de la Iglesia. Un ejemplo poco común en España. Este empresario vasco cogió las riendas de Mapfre en 1955 con 200 trabajadores y prácticamente en quiebra. 50 años más tarde se jubiló despidiéndose de sus 10.000 trabajadores y situando a Mapfre como la primera aseguradora del país, además de incluirla en el IBEX-35 durante varios años. Un empresario de éxito, cuyo legado es la obra de un católico ejemplar «con fe de carbonero», y que sin proponérselo ha creado en Mapfre un modelo de empresa según la Doctrina Social de la Iglesia.
—¿Usted ha renunciado a ser rico, verdad?
—No he tenido la tentación de ser rico. Me ha gustado vivir bien, pero no dejar a «hijos de rico» que siempre han tenido una existencia fatal. Creo que a mis hijos le ha beneficiado el saber que no iban a tener rentas. En vez de dárselo a mis hijos, he cedido todo mi patrimonio –1.000 millones de pesetas– a la Fundación Hernando de Larramendi que tiene por objeto favorecer proyectos de la Iglesia católica y premios de Historia del Carlismo.
—¿Cuál es el secreto de su éxito como empresario?
—El secreto de mi triunfo en Mapfre se basa en un cierto instinto empresarial. Tratar a la gente bien; ser veraz y serio. Cuando entré en Mapfre la empresa estaba en quiebra y tenía 200 trabajadores. Tuve que echar a 100. No había más remedio. Y siempre di la cara ante los despedidos. Entonces esos empleados no tenían la esperanza en cobrar la nómina. De los que entonces despedí sólo uno se enfado conmigo. Los demás lo comprendieron. Hay que dar la cara en estas situaciones difíciles y no procurar que los puestos intermedios hagan ese papel.
—¿Cuál ha sido su manera de dirigir Mapfre?
—He tenido por norma dar siempre la cara. En la empresa hemos creado una cultura que algunos denominan «mafristas». Los propios trabajadores se sienten parte de una empresa seria, y eso es muy importante para que se sienten orgullosos. La prueba es que nunca ha habido una tensión social dentro de Mapfre. Durante muchos años no había ni comité de empresa. Teníamos que buscar a los más anarquistas para que organizarán la cuestión sindical porque nadie tenía necesidad de reclamar o luchar por algún derecho ante la empresa.
—¿En qué se basa la llamada «cultura Mapfre»?
—En defender la verdad frente a la mentira y el engaño, y es que sólo la verdad dignifica y salva. También el respeto a los hombres, exigiéndoles pero sin desbordarlos. Me han dicho que soy un directivo humanista; he tratado de serlo y en muchas ocasiones lo he conseguido, aunque no haya dedicado mucho tiempo a lo que llamaríamos la vida individual de mis colaboradores, me lo reprochaba normalmente mi esposa. La «cultura Mapfre» también tiene obsesión por la calidad. En todos los servicios y los trabajos de mi dependencia, y también en otras actividades fuera de Mapfre, he tratado que se hagan con calidad y que ésta caracterice a Mapfre. Y es que la calidad procede del amor a Dios y del amor a la verdad, que una empresa necesita, aunque algunos lo creen inconveniente; a la larga creo que no sólo no lo es sino que es la única posibilidad de éxito.
—¿Es un hombre afortunado?
—He de reconocer la suerte que he tenido en mi vida. He sido un hombre con suerte, de mucha suerte por lo que doy gracias a Dios. He conocido personas y amigos en los que se ha acumulado la mala suerte; a mí me ha ocurrido lo contrario, con mis actividades, mi familia y con mi vida más íntima. Dios me ha favorecido y lo agradezco, nunca bastante.
—¿Y su gran tesoro, su mujer y su familia?
—Así es. Mi mujer Lourdes me ha ayudado no sólo cuando éramos novios, sino posteriormente cuando teníamos más hijos. Ha sido también como mi madre, la mujer fuerte del Evangelio, que acepta todo, soporta todo y sonríe cuando resuelve los innumerables problemas de una familia en una vida agitada. Para mí, y para las empresas Mapfre, Lourdes ha sido un Don de Dios.
—En un mundo donde el poder y el dinero lideran a los hombres... usted, dejará un gran legado y el mejor de los ejemplos.
—Por razones personales quiero que se sepa que todo el patrimonio que dejaré a mi muerte, y la de mi esposa, es de unos 50 millones de pesetas. Pero lo importante de mi acción han sido las aportaciones anuales que se destinan a Fundaciones de interés general, no empresarial. Creo que en 1999 han sido más de 2.000 millones de pesetas. Pienso que en mi vida he contribuido a mejorar situaciones, a crear bienestar a empleados y delegados, y a dar ejemplo para que otros mejoren. Tengo conciencia de no haber hecho mal nunca a nadie a sabiendas. Debería haber hecho más pero no he podido. Señalo con orgullo que me he mantenido en mis creencias religiosas, con «fe de carbonero», como aprendí de mis mayores y dejo a mis descendientes; me honra. Mi actuación además demuestra que es posible el éxito sin pelotazos ni dependencia política ni financiera, cuando esto parece un obstáculo en la sociedad en que vivimos. Sólo para el final una palabra a Lourdes, mi esposa. Gracias.
—¿Cuáles son los consejos que recomendaría a los ejecutivos de hoy en día para tener el éxito en la gestión empresarial que usted ha tenido a lo largo de su carrera?
—Básicamente diez principios, sencillos pero claros: es indispensable ser ético para ser rentable; austero en los gastos; decir la verdad; no hacer trampas... ni con Hacienda; ser serio en el trabajo; equidad en las decisiones; transparencia ante trabajadores y clientes; objetivo en el juzgar; dar la cara ante las dificultades, y por último, gran respeto por los trabajadores.» (La Razón, Madrid, 4 de julio de 2001, sección Religión.)

«Muere Ignacio Hernando, fundador de Mapfre. (Efe) Ignacio Hernando de Larramendi, fundador y presidente de honor de Mapfre, falleció ayer a los 80 años. Hernando de Larramendi fue el principal impulsor de la transformación de Mapfre en una aseguradora internacional, tras entrar en la entidad cuando ésta sufría una crisis debido a su condición de mutua agrícola. Durante su mandato, la compañía se convirtió en el primer grupo asegurador español e inició la diversificación y la expansión internacional. Hernando renunció a sus cargos en 1990, aunque mantuvo la presidencia de la Fundación Mapfre América hasta 1995.» (La Vanguardia, 8 de septiembre de 2001)

«Obituarios. Ignacio Hernando de Larramendi: El timonel del milagro de Mapfre. Cuando en 1955 llegó a Mapfre, se encontró una avejentada empresa de seguros, con apenas 200 empleados y al borde de la quiebra. Poco antes de su marcha, en 1990, la aseguradora se había transformado en un mastodóntico holding con más de 10.000 empleados y 1.500 sucursales repartidas por todo el mundo. Empresario heterodoxo, católico a la antigua usanza, carlista recalcitrante y esclavo de su trabajo, Ignacio Hernando de Larramendi fue el timonel de una de las más sorprendentes y milagrosas travesías de la historia empresarial española. Llegó a Mapfre con 32 años recién cumplidos y una trayectoria académica intachable. Empezó a ir al colegio muy a pesar de la opinión de su padre y, acabada la guerra, se licenció en Derecho y sacó la oposición de inspector de la Dirección General de Seguros. Lo primero que hizo al frente de Mapfre fue bajarse el sueldo y despedir al chófer. Al chófer y a la mitad de la plantilla: «La empresa tenía entonces 200 empleados y yo tuve que echar a 100. No había más remedio. Y siempre di la cara ante los despedidos. Entonces, esos empleados no tenían esperanzas de cobrar la nómina. De los 100, sólo uno se enfadó conmigo. Los demás lo comprendieron. En este tipo de situaciones hay que dar la cara». Larramendi remozó la vetusta compañía, diversificó sus servicios, instó a los directivos a compartir secretarias para reducir costes y estableció unos principios éticos desconocidos hasta entonces en cualquier empresa española. Mapfre empezó a asegurar camiones, autobuses o negocios arriesgados. Muy influido por su experiencia en EEUU, Larramendi introdujo las llamadas técnicas de control de riesgos. Reducía las primas a aquellas empresas que instalaran alarmas antiincendios o sistemas de seguridad. El resultado, según un amplio artículo que The Financial Times dedicó a la empresa en 1991, fue «una compañía eficiente con una revolucionaria organización que minimizaba la jerarquía y otorgaba mayor poder a los mandos intermedios». Mapfre factura hoy más de 3.000 millones de euros (unos 500.000 millones de pesetas). Ignacio Hernando de Larramendi siempre rehuyó la notoriedad. Jamás le dio un duro a ningún partido político. Nunca hizo vida social ni tuvo jamás yates, ni fincas, ni aviones, ni cortijos. Sus nueve hijos supieron desde antes de acabar el colegio que no iban a poder pelearse por su herencia. Su patrimonio actual no superaba los 50 millones de pesetas. El resto lo había donado a diversos proyectos benéficos y a la investigación sobre la causa carlista. «Nunca he querido que mis hijos fueran como esos hijos de millonarios que siempre han vivido existencias fatales. Creo que a ellos les ha beneficiado el saber que no iban a tener rentas». Ni rentas ni sueldos, porque don Ignacio prohibió a todos sus familiares (hasta el tercer grado de parentesco) ocupar cargos en la empresa. Ignacio Hernando de Larramendi, ex director general de Mapfre, nació el 18 de junio de 1921 en Madrid, ciudad donde falleció el 7 de septiembre de 2001.» (Eduardo Suárez, El Mundo, sábado 8 de septiembre de 2001.)

 
Ignacio H. de Larramendi y Montiano, Madrid 1991 Sobre Ignacio Hernando de Larramendi y Montiano:
  • Ignacio H. de Larramendi y Montiano, Editorial Mapfre, Madrid 1991, 182 págs. Contiene: Introducción [por Julio Castelo], I. Semblanza familiar [por Luis Hernando de Larramendi Martínez], II. Pensamiento empresarial [por José Luis Catalinas & Alberto Manzano], III. Mapfre [por Julio Castelo & alia], IV. Principales publicaciones y conferencias.
Bibliografía de Ignacio Hernando de Larramendi y Montiano:
  • El riesgo catastrófico en los seguros personales, Consorcio de Compensación de Seguros, Madrid 1948, 199 págs.
  • Tres claves de la vida inglesa, Cálamo (colección Esplandián 2), Madrid 1952, XXIII+189 págs.
  • Anotaciones de sociopolítica indepediente, Plaza&Janés, Barcelona 1977, 249 págs.
  • Manual básico de seguros (en colaboración con J. A. Pardo y Julio Castelo), Mapfre, Madrid 1981, 186 págs. 2ª ed. 1982.
  • Utopía de la nueva América: reflexiones para la edad universal, Mapfre (colección América 92, 9), Madrid 1992, 296 págs.
  • Crisis de sociedad. Reflexiones para el siglo XXI, Actas Editorial, Madrid 1995, 242 págs.
  • Panorama para una reforma del Estado, Actas Editorial (colección Reforma del aparato público español 1), Madrid 1996, 262 págs.
  • Bienestar solidario. Cementerio de buenas intenciones, Actas Editorial (colección Reforma del aparato público español 2), Madrid 1998, 323 págs.
  • Prólogo a Comunidad humana y tradición política. Liber Amicorum de Rafael Gambra, Actas Editorial, Madrid 1998, 335 págs.
  • Así se hizo MAPFRE. Mi tiempo, Actas Editorial, Madrid 2000, 798 págs.
  • Irreflexiones provocadoras, Actas Editorial, Madrid 2001, 191 págs.
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