Ideólogos, teorizantes y videntes [1922]   Santiago Valentí Camp (1875-1934)

Félix Alejandro Le Dantec

Este notable investigador era, sin disputa, uno de las más genuinos prototipos de la ciencia francesa contemporánea. Como hombre de Laboratorio, otros compatriotas suyos le aventajaron, pero como expositor y divulgador de la filosofía biologista conquistó uno de los primeros puestos, no sólo en su país, sino en Europa entera. Le Dantec fue, además, un trabajador infatigable, no obstante su precario estado de salud. Su obra, considerada en conjunto, es importantísima. Con A. Dastré, Yves Delage, Blaringhem, Jouvin, Martel, Emilio Picard, Hericourt, Houssay, Guiart, Le Bon y el célebre Henri Poincaré, Le Dantec ha dado días de gloria a las nuevas direcciones de las ciencias físicas y naturales.

De todas los naturalistas que han cultivado la filosofía, es Le Dantec, el que en estos últimos lustros consiguió adquirir más fama. Quizás por esto mismo fue objeto de tan acres censuras por parte de los espíritus bien hallados; que ahora, como siempre, lo mismo en el orden de la investigación que en la esfera especulativa, existe un gran contingente de laborantes que miran con prevención a los que, llevados de una honda inquietud, buscan nuevas direcciones a la ciencia experimental. Le Dantec más como filósofo que como biólogo, dedicara su esfuerzo, siempre entusiasta, a abrir nuevos cauces a la indagación. Durante más de cuatro lustros, propagó y difundió las nuevas teorías mecanicistas. Aunque en algunas ocasiones sus contradictores opusieron a sus teorías objeciones de importancia, en lo fundamental, los principios sustentados por el eminente biólogo, han podido resistir los embates de la controversia.

Félix Alejandro Le Dantec nació en Plougastel-Daoulas en 1869. Desde muy joven sintió una extraordinaria [342] vocación por los estudios embriológicos, que compartió con la Fisiología y la Filosofía. Cursó en el Colegio Municipal de Lannión las primeras letras, trasladándose luego a Brest, en cuyo Liceo siguió la segunda enseñanza, que continuó en el de Janson de Sailly. En 1885 ingresó en la Escuela Normal Superior, en donde bien pronto descolló por su gran capacidad comprensiva y por su aptitud para apoderarse de las corrientes que entonces predominaban en la didáctica, sobre todo, en lo concerniente a la Filosofía de la Naturaleza. En 1888 ingresó Le Dantec en el Instituto Pasteur, siendo acogido con gran simpatía por el egregio Elías Metchnikoff, quien, como es sabido, tanta influencia ejerció en dos generaciones de investigadores. Después de haberse familiarizado con la técnica del Laboratorio, ensayando un sinnúmero de procedimientos, sintió Le Dantec la necesidad imperativa de contrastar algunas de las teorías de su maestro y a este objeto, en 1889 y 1890, con otros jóvenes investigadores, integró el grupo de la Misión Pavia Alaos. Poco después, con el propósito de estudiar la fiebre amarilla, trasladóse a Sao Paulo (Brasil).

Le Dantec, no obstante haber dedicado algunos años a las tareas del laboratorio con sincera devoción, no pudo substraerse al deseo de cultivar la filosofía científica y lentamente, en los instantes que le dejaba libre la investigación, fue forjando en su mente una concepción de la existencia que más tarde hubo de granjearle gran renombre. Favoreció sobremanera el que Le Dantec pudiera entregarse por completo a sus trabajos de gabinete, la circunstancia de haber obtenido en 1893 el cargo de profesor de la Universidad de Lyon. Allí, en el plácido ambiente de la segunda capital de Francia, el entonces joven doctor en Ciencias comenzó a dar a conocer el resultado de sus incesantes pesquisas y profundas reflexiones. Dos años después, publicó su obra Théorie nouvelle de la vie, que apareció en la Bibliotéque Scientifique Internationale, y Matiére vivante. Ambos volúmenes fueron, de momento, acogidos con cierta reserva, porque los principales órganos de publicidad científica y las corporaciones doctas, antes de saludar a Le Dantec, como a uno de los más prestigiosos colaboradores de la nueva concepción científica, trataron de comprobar sus aseveraciones.

Entre nosotros uno de los que más contribuyeron a [343] que fuera conocida la labor ledantequiana, fue don Nicolás Salmerón, quien en su cátedra de la Universidad Central, dedicó algunas lecciones a desentrañar el valor que debía asignar la crítica filosófica al pensamiento del audaz investigador francés. En 1896 publicó Le Dantec La Bactéridie charbonneuse; en 1897 La forme spécifique y el notabilísimo ensayo Le déterminisme biologique et la personalité consciente, en el que, con gran diafanidad, expuso su teoría química de los epifenómenos. Este volumen, aparte del valor que reviste como trabajo analítico, ha servido para que no pocos psicólogos, basando en él algunas de sus inducciones, llegaran a explicarse, ciertos trastornos del yo conscio.

Puede decirse que el período de más intensa producción de Le Dantec, se inicia en L'Evolution individuelle et l'hérédité (1898). En este volumen y en los subsiguientes fue el ilustre teorizante y experimentador, aportando copiosos elementos para elaborar su concepción integral acerca de los problemas de la vida, desde un punto de vista, que no era otro que el de la doctrina transformista, ampliada y acomodado a los nuevos descubrimientos realizados en el Laboratorio, primero, y comprobados más tarde, en el Museo y en la cátedra. En el mismo año 1898 publicó L'individualité et lerreur individualiste, y al año siguiente, otros dos volúmenes, en los que subyuga al lector, tanto por su espíritu analítico como por sus altas dotes de crítico. Se intitulan La Sexualité y Lamarckiens et darwinistes. Algunos de los puntos de mira defendidos por Le Dantec, en estos dos libros y sobre todo en el último, han sido luego aceptados por otros conocidos tratadistas y entre ellos el célebre botánico holandés Hugo de Vries.

Los triunfos obtenidos por Le Dantec fueron premiados por el ministro de Instrucción pública en 1899 con la cátedra de Embriología general en la Sorbona. Los cursos que diera en aquel importantísimo centro docente, granjearon a Le Dantec la mayor consideración de la intelectualidad francesa y de los científicos extranjeros que pasaron por su cátedra. Le Dantec, multiplicando su actividad, organizó diversas series de conferencias, que constituyeron verdaderos éxitos, pudiéndose considerar su trabajo en dos aspectos: el de alta especulación acerca de las teorías bioquímicas y el de difusión de los postulados del credo determinista. [344]

En 1901, al agudizarse su padecimiento pulmonar, trasladóse, por prescripción facultativa, al Sanatorio de Hauteville, donde escribió sus causeries bajo el título de Le conflit, libro que viene a ser la expresión sincera de las dudas que en las horas de reposo constituían su más viva preocupación y uno de los trabajos que con más provecho pueden consultarse entre los publicados en estos últimos veinte años en Francia, porque refleja admirablemente la tortura moral que produce la inestabilidad de los juicios.

En 1902 apareció el volumen L'unité dans létre vivant, bellísimo trabajo apologético del monismo, sutilizado por el espíritu alado propio del genio francés. Al año siguiente, Le Dantec compendió su pensamiento en otros dos trabajos: Les limites du connaissable: la vie et les phenomenes naturels y Traité de Biologie. En 1904 Les lois naturelles; reflexions dun biologiste y Les influences ancéstrales; problemes de philosophie scientifique. En 1906 La lutte universelle y la Introduction a la Pathologie Générale. En 1907 L'Atheisme, el libro más discutido de los que escribiera en su última época y una de las más audaces contribuciones que ha producido la intelectualidad francesa acerca de la creencia en una causa suprema. Este hermoso trabajo, escrito en un estilo vibrante, desde el punto de vista filosófico, motivó polémicas enconadas y valió a su autor la acerba censura de los neoespiritualistas, que le reprobaron el haber tratado el problema de la existencia de Dios con un criterio unilateral y partiendo de supuestos faltos de lógica.

En realidad, los contradictores del famoso profesor de la Sorbona dieron una interpretación arbitraria a la tesis que sirvió a Le Dantec para componer su libro. Los argumentos que aduce el insigne investigador no son tendenciosos, antes al contrario, cuando, por la concatenación de los hechos, pone de manifiesto la índole de los procesos del Cosmos, concreta su labor a la mera exposición, de la cual resulta que la existencia de un Ser supremo, próvido y unosciente, es una idea nuevamente mítica, cuyo origen hay que buscar en el miedo y en la vanidad del ser humano, que, no pudiéndose explicar racionalmente la vida del Universo, busca en hipótesis el modo de hacer menos doloroso nuestro paso por el mundo. [345]

La personalidad de Le Dantec adquirió en los dos últimos lustros singular relieve. Puede decirse que el insigne investigador, dueño ya de su propio ego, acaso por haber llegado a la madurez, intensificó su esfuerzo de tal suerte, que no sólo sus libros revelan un espíritu dotado de especiales cualidades para la investigación y el análisis, sino que el hombre de pensamiento surge con más brío que nunca como laborante de la ciencia. A su segunda época pertenecen los siguientes libros: Science et conscience (1908), publicado en la Biblioteque de Philosophie Biologique, aparecido en el propio año, y La crise du Transformisme, notable serie de lecciones que explicó Le Dantec en el curso dado en la Facultad de Ciencias de París durante los meses de Noviembre y Diciembre de 1908. En 1910 publicó otro trabajo por demás interesante intitulado Etude énérgetique de l'evolution des espéces; en 1911, Le chaos et l'harmonie universelle, y en 1913, La mécanique de la vie y L'égoisme. Este último es uno de los más curiosos análisis que se han publicado en la época actual acerca de la personalidad en su aspecto psicofisiológico.

En Francia obtuvo una acogida por demás lisonjera. También merece ser citado uno de los más recientes trabajos de Le Dantec: el volumen De l'home a la Science, que, si bien ofrece elementos al lector para conocer el pensamiento del famoso investigador francés, desde el punto de vista filosófico carece de interés y de la originalidad que revisten otros de sus libros.

Como escritor de Revista, Le Dantec ha obtenido grandes éxitos en la autorizada publicación que dirigió Th. Ribot, en la que colaboró con ligeras intermitencias durante veinte años. Fue prodigiosa la actividad desplegada por Le Dantec para exponer sus investigaciones, unas veces, y otras, ejerciendo de crítico de las orientaciones, sistemas, doctrinas y procedimientos preconizados por los cultivadores de la Biología contemporánea. Es tan vasta y en ciertos aspectos tan profunda, la obra de Le Dantec, que incluso sus adversarios no han podido negar que prestó señalados servicios a la cultura, contribuyendo con su estilo de expositor amable a difundir entre los no profesionales de la ciencia de la vida, los resultados a que ha llegado la alta investigación. Cualesquiera que sean los puntos de mira que adopte el [346] crítico, habrá de reconocer que se debe a este infatigable publicista y profesor, no sólo el haber aplicado a la ciencia social algunos de los descubrimientos realizados por los biólogos, sino el haber intentado elaborar una teoría filosófica de carácter general.

Conviene hacer notar que Le Dantec, desde 1899, en que publicó el volumen Lamarckiens et Darwinistes, sustentó el criterio que se denomina neolamarkiano, anticipándose a sus compatriotas y a la mayoría de los científicos ingleses, alemanes y norteamericanos. En los avances obtenidos por los partidarios del credo positivista, Le Dantec aportó algunas innovaciones, siendo uno de los autores que sustentaron con más gallardía la concepción monista. En este orden de estudios, en el que la especulación y la investigación se funden, Le Dantec descolló, defendiendo con gran copia de argumentos su parecer de que la ciencia biológica constituye la base de las demás ramas del conocimiento. Asimismo, al estudiar los orígenes de la vida, afirma que deben buscarse en los fenómenos del mundo inorgánico, una vez demostrada la complejidad que revisten.

En la literatura científica de nuestro tiempo, y especialmente entre los biólogos, la personalidad de Le Dantec se ha acrecentado por modo considerable hasta el punto de que, hecha excepción de Le Bon, no hay otro escritor que pueda parangonársele, pues cultivó un sinnúmero de disciplinas científicas con gran brillantez y, lo que vale más, señalando direcciones desconocidas antes o desbrozando las que sólo eran conocidas a medias. En su obra Eléments de Philosophie biologique, ya mencionada, ofrece Le Dantec un estudio de conjunto que tiene un singular valor, porque viene a ser como una revisión de casi todos sus libros del primer período, y lo mismo cuando se ocupa de la metodología que de los hechos, evidencia un gran amor a la veracidad. Tal vez este libro le fue sugerido por las censuras y críticas, un tanto implacables, con que se acogieron muchas de sus obras. Con lealtad, juicio sereno y expresión fácil, Le Dantec somete a un riguroso examen casi toda su producción anterior, llegando a la afirmación de que había conseguido, en primer término, hallar un método que era común a las ciencias de la naturaleza y de la vida, cuyos fundamentos radican en los [347] principios de asimilación y herencia, influidos por los de variación y los caracteres, y en segundo término, otro método propio, únicamente de la Biología, merced al cual se llega, de un modo directo, a la ley vislumbrada de la herencia o la costumbre de los caracteres adquiridos.

Se ha objetado a Le Dantec que, en su concepción de la Biología, no llegó a precisar los límites que abarca esta ciencia, y que cuando trata de definir los caracteres que asigna al fenómeno vital, no concreta su opinión e incurre en los mismos o semejantes defectos de aquellos biólogos a quienes se propuso rectificar.

Le Dantec, como casi todos los hombres de ciencia que no se circunscriben a la pura investigación, sino que, por el contrario, se dejan llevar de un noble espíritu proselitista, hubo de incurrir en errores y aun en precipitaciones al pretender dar carácter de generalidad a inducciones basadas en un hecho concreto o en hipótesis.

Desde el punto de vista filosófico, en la doctrina biomecanicista de Le Dantec hay, evidentemente, destellos de genialidad. Sus visiones acerca de los problemas morales y de la organización de la sociedad, son muchas veces, acertadas y sus estudios de la dinámica mental vienen corroborados por la analítica psicofisiológica, pudiendo considerarse en lo esencial su pensamiento como una continuación, algo más estructurada en el detalle del pensamiento de Darwin, Huxley, Maudsley, T. Ribot y otros célebres maestros.

Le Dantec es uno de los tratadistas contemporáneos que propugnara la doctrina determinista con más brío, y en cuyo ánimo hicieron menos mella el tradicionalismo intelectual. Sus defensas calurosas y vehementes del método evolucionista, le acarrearon innúmeras enemistades, pero también, como es consiguiente, le conquistaron el afecto cordial de los propugnadores del neotransformismo, que constituyen legión entre los hombres de ciencia. Sus análisis de los hábitos hereditarios y su concepto de que lo consciente es la traducción, en un lenguaje especial, del conjunto de movimientos que se verifican en nuestro cerebro en un momento dado, como sus estudios morfológicos que provienen del uso prolongado del mecanismo imitativo, le conquistaron uno de los primeros lugares en el mundo de la ciencia biológica y psicológica. [348]

Al afirmar Le Dantec, que la conciencia humana pertenece a nuestra estructura misma, fue acerbamente censurado, por los partidarios de la doctrina finalista y por los neometafísicos, a lo cual arguyó el autor de Les influences ancestrales, con esta fórmula: «Nada pasa de cognoscible al hombre, sin que se modifique alguna cosa que es susceptible de medida».

En Francia la obra de Le Dantec ha alcanzado una gran difusión y en estos últimos tiempos sus propios adversarios han debido reconocer que es uno de los autores que más trabajaron por dirigir a la intelectualidad francesa hacia los derroteros del experimentalismo. Como teorizante, se le sigue discutiendo, pero como hombre de laboratorio y como sistematizador de la ciencia biológica se le considera y respeta. Al ambiente de polémica agresiva ha sustituido la crítica reflexiva y serena. Le Dantec, falleció hace poco más de un año. [1917]

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Santiago Valentí Camp Ideólogos, teorizantes y videntes
Minerva, Barcelona 1922, páginas 341-348