Ideólogos, teorizantes y videntes [1922]   Santiago Valentí Camp (1875-1934)

Urbano González Serrano

Durante el siglo pasado la mentalidad española dio escasas pruebas de actividad en la esfera de la Filosofía; el movimiento psicológico que en Francia y en Italia alcanzó en algunos instantes, y singularmente con el triunfo del Positivismo, un gran esplendor, apenas repercutió en nuestro país. La producción intelectual quedó aquí circunscrita a la Literatura y a la erudición aplicada a la Historia y a la Arqueología. Puede afirmarse que, fuera del escolasticismo, no hubo otra manifestación ostensible de resurgimiento que los intentos de los krausistas y de los neokantianos y positivistas. No hubo en España la intensa germinación ideológica que en las demás naciones latinas, y de ahí que en la Política y en la vida social los intelectuales ejercieran escasa influencia. Por otra parte, la Universidad no ha sido en nuestro país un foco de agitación ni un laboratorio; de suerte que las corrientes filosóficas iniciadas por las distintas escuelas en Francia, en Inglaterra y en Italia, no llegaron a penetrar en España.

González Serrano, que fue un filósofo de pensamiento robusto y un espíritu amplísimo, bien orientado, conocedor de todas las direcciones de la sabiduría y que poseía una cultura enciclopédica, una idealidad potente y un juicio certero, en otro país hubiera podido ser una figura de primer orden. Pero en el nuestro –triste es confesarlo– su obra pasó poco menos que inadvertida, pues jamás obtuvo aquella popularidad indispensable para que sean fructíferas las concreciones del filósofo. González Serrano fue un pensador de criterio elevado y uno de los pocos publicistas que, teniendo una personalidad vigorosa, consiguieron sustraerse a la [274] inflexibilidad que ha caracterizado casi por igual a los propugnadores españoles de todos los sistemas filosóficos.

Nació el ilustre maestro en Navalmoral de la Mata en 1848 y bien pronto evidenció una invencible vocación por el estudio, cursando con aprovechamiento la segunda enseñanza en colegios privados incorporados a los institutos de Toledo y Madrid. Ingresó en la Universidad Central en 1864, siguiendo las carreras de Filosofía y Letras y Derecho. Desde muy joven demostró sus aficiones y, sobre todo, por la rapidez en la comprensión. González Serrano y su condiscípulo Manuel de la Revilla, el que con el tiempo hubo de ser uno de nuestros primeros críticos, fueron los alumnos predilectos de don Nicolás Salmerón y los únicos que acertaron a penetrar en el sentido íntimo de la doctrina krausiana, sin perderse en el laberinto de aquella terminología intrincada y oscura. A los 23 años había obtenido González Serrano el grado de doctor en Filosofía y Letras y el de bachiller en Derecho. Por sus excelentes cualidades de expositor fue nombrado sustituto de Salmerón en cátedra de Metafísica y a partir de aquella fecha, frecuentó el antiguo Ateneo de Madrid, donde se dio a conocer terciando en los debates y erigiéndose en defensor de las doctrinas científicas que allá por los años del 70 al 73 se consideraban como más avanzados. No tardó en adquirir una gran reputación como orador elocuente y persuasivo y como polemista temible. Poco después hizo oposiciones a la cátedra de Psicología y Lógica del Instituto de San Isidro, de la Corte, obteniendo aquella plaza en noble lid a pesar de que sus ideas no eran compartidas por la mayoría de los individuos que formaban el Tribunal.

González Serrano figuró entre los krausistas y colaboró con su maestro don Nicolás Salmerón en la traducción y anotación de las obras de Thibergien; pero antes que sus compañeros, y al igual que Sales y Ferré, mostró sus simpatías por el positivismo y tuvo una sincera admiración por Spencer, y más tarde por Lange, Wundt, Fouillée, Fecner, Latze, y, por último, el malogrado filósofo francés Guyau. De todos los krausistas españoles González Serrano, fue el menos rígido; ya que supo romper con la pose de esa austeridad antipática, por lo severa, que ha distinguido a casi todos los discípulos [275] de don Julián Sanz del Río, y en sus últimos años, al igual que Joaquín Costa, Leopoldo Alas y Alfredo Calderón fue en cierto respecto, discípulo no conformista de don Francisco Giner de los Ríos y como aquéllos, permaneció un tanto alejado del núcleo que se formó en la Institución Libre de Enseñanza.

González Serrano fue a un tiempo pedagogo, psicólogo y crítico, demostrando en el cultivo de las tres disciplinas excelentes cualidades. Sus características eran la agilidad intelectual, la perspicacia para la observación y la impersonalidad y el equilibro para la exposición. Como crítico tuvo en grado superlativo la facultad de adecuación; de ahí que siempre hubiese logrado compenetrarse con el espíritu de la época y no le fueron extrañas ninguna de las modalidades del pensamiento, ni ninguna de las fases que atravesó el gusto literario. fue aun analista agudo y perspicaz y tenía una facultad admirable para desmenuzar las construcciones sintéticas, las cuales volvía a reconstruir después de su examen minucioso y sutil. González Serrano fue uno de los publicistas de su tiempo que habiendo ejercido la función de crítico asiduamente, jamás incurrió en el defecto de la unilateralidad y acaso como ninguno de las escritores de su generación, se connaturalizó con el método inductivo y tuvo una clara noción de lo que representa lo contemporáneo, como fenómeno social. Por esto, al discurrir acerca de los diversos y encontrados problemas morales, filosóficos, religiosos, pedagógicos, &c., lo hizo con alteza de pensamiento y permaneciendo apartado de todos los sectarismos.

De su actividad como publicista es una prueba incontestable la relación de sus libros. Hela aquí:

Estudios de Moral y Filosofía, 1875; Ensayos de crítica y de Filosofía, 1881; Cuestiones contemporáneas, 1883; La Sociología Científica, 1884; La Sabiduría popular, de la que se publicaron dos ediciones, la última en 1886; La Psicología fisiológica, de la misma fecha, libro muy estimable como trabajo de exposición y de glosa; Crítica y Filosofía, que apareció en 1888, formando el volumen 41 de la Biblioteca Económica Filosófica que dirigía Zozaya; La Asociación como ley general de la educación, publicada el propio año en la Biblioteca del maestro; Estudios críticos, 1892 –colección [276] notabilísima de ensayos acerca de infinidad de cuestiones de psicología literaria; Estudios psicológicos, del mismo año y uno de los libros en que resumió su concepción de una manera más diáfana; En Pro y en contra, 1894, admirable colección de trabajos críticos, algunos de los cuales despiertan actualmente el mismo interés que cuando fueron escritos; Psicología del amor, del que se hicieron dos ediciones, la segunda en 1899, y que puede ser considerada como una de los joyas del pensamiento filosófico hispano y como un breviario para la juventud; Preocupaciones sociales, cuya segunda edición, notablemente corregida y aumentada, vio la luz en 1899, siendo un libro que no desdeñaría firmar ningún sociólogo francés o alemán de fama; Goethe, Ensayos críticos, del cual se han publicado tres ediciones, la última en 1900, y en el que aprendieron a admirar al autor de Fausto, miles de españoles y de hispano americanos; La Literatura del día, 1890 a 1903 –volumen que tiene mucho que leer y en el que se tratan los problemas que revestían mayor interés al terminar el siglo XIX y comenzar el actual.

Además, publicó González Serrano un Manual de Psicología y rudimentos de Derecho, formando cuatro volúmenes, que fueron reimpresos varias veces, y dos folletos intitulados Siluetas y Pequeñeces de los grandes. También fue colaborador del Diccionario Enciclopédico de Montaner y Simón redactando los artículos de Filosofía antigua y moderna y algunas biografías de filósofos.

Laborante infatigable, también descolló como articulista intencionado, vibrante y doctísimo, colaborando asiduamente en varios periódicos madrileños y en La Ilustración Ibérica de esta ciudad. Sería imposible, sin alargar excesivamente este ensayo, exponer los distintos aspectos en que puede ser considerada la obra de González Serrano, pues lo mismo como psicólogo que como rectificador y como crítico, sus libros interesantísimos, sugieren un mundo de ideas, ya que, penetró en lo íntimo de las cuestiones fundamentales y siguió al día las manifestaciones de todas las tendencias filosóficas contemporáneas. Pero González Serrano no fue sólo un intelectual pues le atrajeron siempre las luchas políticas, convencido de que la acción de los hombres generosos [277] y cultos no debe circunscribirse a una sola esfera de actividad. Su anhelo de contribuir al mejoramiento de España llevóle a afiliarse al partido republicano y en las Cortes de 1881 formó parte de aquella minoría republicana que tan enérgicamente protestó de la restauración del régimen monárquico. En 1890, con Salmerón, Azcárate, Pedregal, Labra, Odón de Buen, Salas Antón y otros, fundó el partido Centro republicano, que tan efímera vida tuvo. En esta ocasión sus coterráneos le obligaron a presentar su candidatura por Navalmoral, de la Mata; pero fue derrotado por la coacción que ejercieron los caciques, que entonces, como ahora, tenían sometidos a los extremeños.

En la obra entera de González Serrano se advierte una gran idealidad y un completo dominio de los problemas de la vida y de la conciencia. Trató siempre los temas concienzudamente, evidenciando en todas ocasiones serenidad, buen sentido, y lo que vale más, una disciplina mental extraordinaria. En este respecto González Serrano fue superior a Clarín y a Menéndez Pelayo, pues no incurrió en los apasionamientos del autor de La Regenta, ni en el sectarismo religioso del polígrafo montañés, tal vez porque fue más objetivo aunque memos brillante en el estilo, que sus dos Ilustres colegas en el profesorado y porque su personalidad se había formado en un ambiente más europeo.

Falleció González Serrano en Madrid en Enero de 1904, a consecuencia de un padecimiento crónico del estómago y cuando todavía podían esperarse de su privilegiado entendimiento nuevos trabajos que contribuyeran a fecundar la mente hispana. Su memoria perdura en cuantos tuvimos la fortuna de recibir sus enseñanzas. Ahora, en estos instantes de desorientación, es cuando más se echa de menos el consejo de un maestro como aquél, todo cordialidad y sabiduría.

<<   >>

filosofia.org Proyecto Filosofía en español
© 2006 filosofia.org
Santiago Valentí Camp
Urbano González Serrano
Ideólogos, teorizantes y videntes
Minerva, Barcelona 1922, páginas 273-277