Ideólogos, teorizantes y videntes [1922]   Santiago Valentí Camp (1875-1934)

Arturo Schopenhauer

De todos los filósofos contemporáneos, es Schopenhauer el que ha motivado más discusiones y el que ha sido juzgado desde más opuestos y encontrados puntos de vista. Puede afirmarse que a ningún pensador de nuestro tiempo, exceptuando a Nietzsche, se ha dedicado una tan extensa bibliografía, pues suman algunos centenares los libros consagrados a estudiar la vida y la obra del maestro de Danzig. Los biógrafos, apologistas y contradictores de Schopenhauer pueden dividirse en dos categorías: la de los clásicos y la de los modernísimos. Entre los primeros figuran Mr. Gwinner, que en 1862 escribió un libro con el título: Arthur Schopenhauer aus persoehnlichen Umgange Dargestellt; Foucher de Coreil, con su obra, aparecida en París también en 1862, Hegel et Schopenhauer, y Theodule Ribot, que en 1874 dio a la estampa La Philosophie de Schopenhauer, reimpresa en 1903. Los modernísimos están representados por Brokdorff, que en la Vierte Jahrsschrift fuer Wissenschaftliche Philosophie und Soziologie publicó en 1904 un artículo intitulado «Schopenhauer y la Filosofía científica»; el doctor Wilhelm Ebstein, con su libro Arthur Schopenhauer seine wirklichen und vermeintlichen Kranheiten (Sus enfermedades reales y supuestas) –Stuttgart, 1907–; A. Marchesini con Osservazioni sulla Pedagogia de Schopenhauer, insertó en la Revista di Filosofía e Scienze Affini (1906), y Georg Simmel con Schopenhauer und Nietzsche ein Vortragszyklus –Leipzig, 1907–, notabilísimo paralelo psicológico entre ambos insignes filósofos, representantes de la misma tendencia nihilista, en dos momentos de la Historia del desenvolvimiento de la alta intelectualidad alemana. [178] Simmel en su interesantísimo volumen no se concreta a hacer un análisis comparativo de los dos colosos de la ideología, sino que alude a los pensadores actuales de más fama, como Guyau y Maeterlinck. G. Zuccante, en la Rivista di Filosofía e Scienze Affini, publicó en 1907 un artículo rotulado «Frammenti della storia d’un anima», bello análisis de la espiritualidad del autor de Parerga en algunos de sus aspectos menos conocidos. Stanislas Rzwuski en L’optimisme de Schopenhauer –París, 1908– hizo un ensayo concienzudo de la obra del filósofo, declarándose fervoroso admirador suyo y dedicándole elogios, a veces un tanto exagerados, que redundan en perjuicio del estudio, pues resulta un panegírico más que un examen objetivo. Arnold Kowalewski publicó en Halle en 1903, un libro muy notable con el título de Arthur Schopenhauer und seine Weltanschauung, en el que estudia la concepción del mundo de Schopenhauer, traza un acabado perfil biográfico y hace un análisis de su teoría del conocimiento, su metafísica de la voluntad, su filosofía de la Naturaleza, su estética y, por último, de su pesimismo.

La obra de Kowalewski es una de las críticas más profundas y certeras que se han escrito en los últimos tiempos acerca del célebre filósofo y de su doctrina, y tiene, como pocas, un positivo valor demostrativo. Desde el punto de vista histórico es digno también de especial mención el bosquejo curiosísimo publicado por A. Faggi, «Plotino e Schopenhauer», que apareció en 1908 en la Rivista Filosofica.

Asimismo el volumen de A. Cavotti La vita e il pensiero di A. Schopenhauer –Turín 1910–, puede considerarse como un examen objetivo del maestro y de su obra, pues el docto publicista italiano pone de relieve con gran imparcialidad las ideas fundamentales de Schopenhauer, haciendo notar la influencia que tuvo en vida y sobre todo la póstuma celebridad que alcanzaron sus doctrinas. Pero uno de los estudios más luminosos publicados en los últimos lustros acerca de Schopenhauer es el de F. Pillon, intitulado La troisième antinomie de Kant et de la doctrine de Schopenhauer, aparecido en 1910 en L’Annee Philosophique. El eminente crítico francés escudriña con acierto en la tercera antinomia del criticismo kantiano, o sea la oposición entre las ideas de libertad y de [179] causalidad necesaria, discurriendo acerca de esta intrincadísima cuestión ampliamente y extendiéndose en el examen de la tendencia neo-criticista representada por Renouvier en Francia. Por último Th. Ruissent publicó en 1911 su volumen Schopenhauer, estudio claro y completo del hombre y de la obra, de las fuentes en que bebió Schopenhauer y del poder que ejerció el maestro en la intelectualidad europea y en la cultura del siglo pasado.

El libro de Ruissent contiene una copiosa bibliografía y una acabada enumeración de los comentarios y de las tiradas inverosímiles que se han hecho de las obras de Schopenhauer, que, como es sabido, fueron traducidas a casi todos los idiomas. Según los cálculos hechos por Ruissent, el número de ejemplares de las obras de Schopenhauer se eleva a más de 300.000. En estos últimos años publicó la casa Alcan, de París, un libro de A. Faucounet titulado L’Esthétique de Schopenhauer (1914), que ha obtenido una acogida laudatoria de la crítica, porque es acaso el análisis mas documentado y minucioso que desde hace bastante tiempo se ha realizado, de la orientación estética del filósofo huraño.

En España, donde la doctrina schopenhaueriana es bastante menos conocida de lo que se cree, causa cierta extrañeza, incluso a los espíritus más cultivados, el hecho de que entre la alta intelectualidad de los principales países de Europa, sea motivo de legítima preocupación por parte de los ideólogos, de los críticos, de los pedagogos, de los moralistas, de los sociólogos y aun de meros publicistas el estudio de lo que representó Schopenhauer en el proceso del pensamiento contemporáneo. Entre las gentes ilustradas España llegó a ser creencia general, hace tres lustros, la de que el éxito alcanzado por Federico Nietzsche ensombrecería a todos los propugnadores que, con anterioridad a él, habían representado los distintos matices de la tendencia y, sin embargo, los hechos han evidenciado lo contrario, pues el autor de La genealogía de la Moral, verdadero ejemplo de atletismo intelectual, alcanzó una notoriedad pocas veces igualada y con su crítica implacable y muchas veces certera sometió a una revisión entera todos los conceptos en que se apoyaba el edificio de la sabiduría. Pero por lo mismo que la labor de Nietzsche fue realmente colosal, al imponerse, aunque sólo fuera momentáneamente, hizo [180] resurgir una gran parte de la obra de sus predecesores y en primer lugar, la de Arturo Schopenhauer, que había marcado aunque sólo fuera en principio, el rumbo que hubo de seguir el infortunado creador de Así hablaba Zaratustra. Entre Schopenhauer y Nietzsche existe la misma relación que entre Lamarck y Darwin o que entre éste y Hugo de Vries, y así como el ilustre botánico holandés, con su doctrina de las mutaciones por explosión, ha remozado la teoría transformista tan admirablemente concebida por el autor del Origen de las especies, Nietzsche llevó a sus ulteriores consecuencias algunas de las admirables inducciones de Schopenhauer, que en la hora actual sigue siendo uno de los filósofos predilectos del gran público, sobre todo en Francia, y uno de los pensadores que más han influído, despertando la duda y la inquietud en los espíritus, a que los hombres desconfíen de las enseñanzas ajenas y se conviertan en autodidactas.

A medida que la crítica, afinando el análisis y sutilizando el comentario, fue poniendo de manifiesto los apriorismos y los errores en que había incurrido Schopenhauer, llevado de sus apasionamientos y de la exaltación que en su espíritu producía su casi ingénito malhumor, su personalidad se agrandó y algunas de sus conclusiones, aquellas que escribiera en momentos de suprema lucidez, adquirieron un mayor valor al disiparse la atmósfera de recelo y de suspicacia que se tejió en torno del filósofo insigne. En los momentos actuales, en que las preocupaciones de su tiempo se han desvanecido, el examen de su obra se realiza prescindiendo del tono polémico y sólo con el propósito de descubrir cuanto hay en la doctrina que merezca ser de nuevo vivido, porque ha resistido la acción corrosiva del tiempo, llegando a adquirir los caracteres de la universalidad.

La figura de Schopenhauer, a medida que sus críticos la han analizado en todos sus aspectos, adquiere mayor relieve, pues es innegable que fue un pensador de penetrante visión, un filósofo en ciertos respectos genial y que, contra lo que creen no pocos de sus lectores, singularmente los españoles, descolló también como sistematizador y como moralista, habiéndose, en este último aspecto, superado a sí mismo. Schopenhauer sorprende y asombra por la originalidad con que exorna su concepción, apelando a detalles siempre admirablemente [181] ensamblados con el conjunto. Su concepción, integralmente considerada, no reviste la grandeza de la de Schelling, Hegel o Spencer y sin duda, por esto aquellos de sus lectores que se formaron en la especulación rigurosa, los filósofos propiamente dichos, no advirtieron muchas veces en los libros de Schopenhauer toda la riqueza que atesoran. Schopenhauer, a pesar de que se le motejó de soberbio, acaso con algún fundado motivo, no tuvo, sin embargo, al decir de Ribot (uno de sus más concienzudos biógrafos) el propósito de ser un espíritu sistemático. Su aspiración se concretó más bien a crear una filosofía que fue elaborando acomodándose a los datos que le ofrecía su ansia de saber y a los resultados de la experiencia.

Si para conocer la obra de los filósofos conviene seguir paso a paso su vida, es imposible desentrañar lo que significó Schopenhauer en la Historia de las ideas en el primer tercio del siglo XIX, sin tener en cuenta las vicisitudes que experimentó aquel hombre insigne que a un tiempo fue un misántropo hosco y un budista contemplativo.

En los cinco últimos lustros, merced a los estudios de Ebstein, Kowalewsky, Cavotti y Ruissent, se ha reconstituido, incluso en sus menores detalles, la biografía de Arturo Schopenhauer, pudiendo decirse que la vida del famoso filósofo, toda inquietud y lucha con el medio intelectual y moral de Alemania, se conoce ya au jour le jour de una manera verídica y no como la reflejaba la falsa leyenda tejida, más aún que por los adversarios de la doctrina del maestro, por sus enemigos personales, que aun después de muerto no le perdonaron las audacias de pensamiento y la acometividad con que había flagelado a la pedantería alemana. En los tres lustros de la centuria actual en que tan de moda estuvo el proclamar la hegemonía cultural de Alemania, conviene hacer, constar que en aquel país, como en todos, ha existido y existe todavía, aunque en menor escala que hace cuarenta años, un chauvinismo que lo mismo revierte en la política que en la vida del espíritu. Por esto hasta hace poco tiempo, en el ex Imperio alemán, se consideraba la obra de Schopenhauer con un espíritu estrecho y mezquino.

Ahora, afortunadamente, debido a la influencia de la alta crítica, que se sobrepone al concepto de nacionalidad, [182] se han rectificado no pocos de los apriorismos con que habían sido juzgados el gran hombre y su obra.

Arturo Schopenhauer nació en Danzig el 22 de Febrero de 1788. Pertenecía a una familia distinguida. Su padre, de origen patricio, gozaba de una desahogada posición económica, habiendo sido uno de los comerciantes más acreditados de aquella ciudad. Las características del progenitor de Schopenhauer eran la energía, la actividad y la obstinación. Refiere Ribot que el padre de Schopenhauer era un enamorado de la vida, que, no acertando a sustraerse a la ostentación, había gastado cuantiosas sumas en la adquisición de libros raros, obras de arte y objetos de gran valor. Sentía asimismo una gran pasión por los viajes. Después de haber pasado largas temporadas en las principales ciudades de Europa, a los 38 años contrajo matrimonio con una joven de 18, hija del consejero Trosiener. Según el testimonio de Feuerbach, que conoció más tarde a la dama, esta era inteligente y lo que ahora se llama en psicología un tipo verbal, pero sin corazón ni alma. De ahí se explica que se casara, no por amor, sino por conveniencia, pudiendo decirse lo mismo del padre de Schopenhauer, según afirman algunos biógrafos. Al hijo se le impuso el nombre de Arturo, al decir de su padre, porque en todos los idiomas se pronuncia de un modo semejante y porque era a propósito para figurar en una razón social.

Los cinco primeros años de su existencia pasólos Arturo Schopenhauer en su ciudad natal; pero, habiendo dejado de ser en 1793 Danzig ciudad libre su familia, que ostentaba en sus armas la divisa «no existe honor sin libertad», trasladóse a Hamburgo, donde residió durante doce años. En su mocedad, realizó Schopenhauer largos viajes. Cuando sólo contaba nueve años, su padre le acompañó al Havre, dejándolo en una casa de comercio de un íntimo amigo suyo. Allí paso dos años, transcurridos los cuales volvió a casa de sus padres para luego emprender un largo viaje 1803-1804, visitando las principales ciudades de Suiza, Bélgica, Inglaterra y Francia. Cuenta un biógrafo, que su permanencia de seis meses en un colegio de Londres, le hizo aborrecer el modo de ser de los ingleses en materia religiosa, siendo tal su aversión, por la gazmoñería británica, que, algunos años después, refiriéndose a ella, decía: «Ha degradado de tal suerte [183] a la nación más inteligente y acaso la primera de Europa, que llegará un día en que sea necesario enviar a Inglaterra, contra los reverendos, misioneros de la razón con los escritos de Strauss en una mano y la crítica de Kant en la otra.

Schopenhauer, mientras permaneció en la casa de comercio del senador Jenisch, en Hamburgo, no mostró otra vocación que la del estudio. Reñida en absoluto su idiosincrasia con la vida mercantil, en vez de ocuparse en los negocios del establecimiento, devoraba los estudios de frenología de Gall. Ya en su juventud se expresaba con gran vehemencia, dando una cierta causticidad a sus palabras cuando decía que el mundo civilizado le causaba la impresión de una inmensa mascarada, en la que los comerciantes eran los únicos que se presentaban sin antifaz, porque se mostraban francamente especuladores. Advertía, sin embargo, que la conducta de los comerciantes repugnaba. El profesor Meyer, en su libro Schopenhauer als Mensch und Denker, publicado en 1872, que contiene datos y observaciones de innegable valor, refiere que el padre del filósofo murió violentamente. Según se cree, no sin fundamento, se suicidó por el temor extraordinario que sentía ante la idea, que llegó a ser obsesión torturante, de que pudiera sobrevenirle un revés de fortuna. El trágico suceso parece que influyó no poco en la formación del carácter de Schopenhauer, siendo el germen de su pesimismo, que le llevó a rehuir el trato con gentes, buscando en la soledad un lenitivo a sus amarguras.

Muerto su padre, Schopenhauer quedó bajo la tutela de su madre, Juana Trosiener, mujer de gran capacidad intelectual, que cultivó la amistad de hombres de letras, artistas y políticos. Entre sus contertulios de Hamburgo figuraba Klopstock, el pintor Tichbein Raimarus y un sinnúmero de personalidades ilustres en todas las ramas del saber. Poco después de enviudar, la madre de Schopenhauer trasladóse a Weimar, donde no tardó en trabar conocimiento con Goethe, viviendo en el mismo círculo de relaciones que el autor de Fausto. Incitada reiteradamente por los artistas y literatos que frecuentaban su casa, decidióse, por fin, a publicar algunas novelas, trabajos críticos de arte y narraciones de viajes, revelando en sus obras una extraordinaria finura de observación, [184] condiciones nada comunes de expositora y un espíritu perspicaz y optimista.

En la época en que su madre triunfaba, Schopenhauer vivía sumamente contrariado porque el comercio repugnaba cada vez más a su modo de ser. Tras mucho batallar consiguió que su familia le consintiera ingresar en el Gimnasio de Gotha y en 1809 cursar en la Universidad de Gotinga, dedicándose, predominantemente al estudio de la Medicina, a las Ciencias Naturales y a la Historia. Schulze, discípulo de Kant, le inició en la Filosofía y, siguiendo los consejos del autor de Enesidemo, consagróse casi exclusivamente a desentrañar las obras de Platón y de Kant.

Más tarde, cuando ya había penetrado en el fondo del kantismo, estudio a Aristóteles, a Espinosa y a los tratadistas alemanes entonces en boga. Ya en pleno dominio de la Filosofía, Schopenhauer hubo de confesar noblemente su gratitud hacia Schulze por haberle orientado en la especulación, que tan vastos horizontes ofrecía a su espíritu inquieto, a su afán insaciable de saber. En 1811 se estableció en Berlín con objeto de recibir las enseñanzas de un gran filósofo: Juan Fichte; pero, al decir de Frauenstaedt, no tardó en sentir por el autor de los Discursos a la nación alemana un profundo menosprecio. Dos años después trató de presentar su tesis de doctor en la Universidad de Berlín, no pudiendo realizar su proyecto por habérselo impedido la guerra. En vista de este contratiempo, presentó su Memoria a la Universidad de Jena, desarrollando el tema «De la cuádruple raíz del principio de la razón suficiente». En su tesis estudiaba Schopenhauer las cuatro formas en que, a su juicio, debía considerarse tal principio: la primera es el principio de razón suficiente del devenir, que dirige todos los cambios, constituyendo lo que se denomina ordinariamente ley de causalidad; la segunda es el principio de razón suficiente del conocimiento, el juicio; en la tercera forma estudió la esencia que dirige el mundo formal y las nociones a priori del tiempo y del espacio con las verdaderas matemáticas que se derivan de ellas; en la cuarta estudió la acción que él denominaba ley de la motivación y que se aplica a la causalidad de los acontecimientos internos.

Las distinciones de Schopenhauer, como advirtió León Dumont [185] en la Revue Scientifique de 26 de Julio de 1873, tenían menos solidez filosófica que la doctrina de Leibniz, que reducía estos principios a dos: la razón suficiente y la identidad, que otros filósofos, en un último análisis, reducen a uno sólo: el principio de causalidad, pues todos los hechos, incluso los inherentes al orden lógico, refiérense en último término a cambios o transformaciones, así como las relaciones entre nuestras ideas y lo abstracto las derivamos necesariamente de la realidad fenoménica y están sujetas a los principios que la dirigen.

Schopenhauer, después de defender con más elocuencia que verdadero rigor lógico su discurso doctoral, trasladóse a Weimar, donde invernó, asistiendo a la tertulia de Goethe, con quien llegó a tener una amistad sincera e íntima, a pesar de la notable diferencia de edad que existía entre ambos. Por aquel entonces púsose también en relaciones con el célebre orientalista Federico Majer, cuyas conversaciones abrieron un nuevo cauce a su actividad intelectual, familiarizándole con el estudio de la filosofía y la religión índicas. Las enseñanzas de Majer ejercieron una poderosísima influencia en el ánimo de Schopenhauer, hasta el extremo de que, no solo se encariñó con el budismo, en su aspecto teórico, sino que fue prácticamente un devoto de aquella religión, llegando a vivirla en sus menores detalles. Durante cinco años, de 1814 a 1818, residió en Dresde, donde no solo frecuentaba los establecimientos docentes y en particular la Biblioteca y el Museo, permaneciendo horas enteras extasiado ante las maravillosas obras de arte que allí se guardan, sino que buscó el trato de algunas damas galantes y cortesanas de fama. Los episodios de esta época de su vida están en contraposición con su pretendido misoginismo y con su aparente odio a las mujeres, pudiendo, acaso, afirmarse que la agresividad y la violencia que en tantas ocasiones fueron el primum movens de su actuación, respondían a un temperamento apasionadísimo, que le impedía refrenar sus impulsos, y por esto muchas veces se observa en él, un predominio de la emotividad sobre la razón.

La relación afectuosa que sostuvo Schopenhauer durante una larga temporada con Goethe hubo de influir sensiblemente en el autor de Parerga, quien, al escribir, en 1810, [186] su libro Ueber das Sehen und die Farben (Teoría de la visión y de los colores), dejóse llevar de las ideas del famoso poeta. En este volumen expone Schopenhauer la expresada teoría, considerando los colores sólo en sí mismos, es decir, como una sensación específica recibida en el órgano visual, y examina las inducciones de Newton y de Goethe acerca del valor objetivo de los colores, o, dicho en otros términos, las causas externas que producen en el ojo la sensación. Al defender su teoría, Schopenhauer se puso resueltamente al lado de Goethe porque, en su sentir, el autor de Fausto había examinado objetivamente las leyes de la Naturaleza y, al interpretar el fenómeno, habíase acomodado a ella, en tanto que Newton, procediendo como un matemático, se concretó a hacer cálculos, pero sin pasar de la superficie de lo fenoménico. La teoría de Schopenhauer fue muy discutida y según la opinión de Czermak, tiene grandes puntos de contacto con la teoría de los colores expuesta por Jouny y Helmholtz. La crítica de su tiempo no concedió al libro de Schopenhauer el valor y la importancia que realmente reviste, habiendo sido, en sentir de Czermak, recibido con frialdad y desvío, porque los físicos y fisiólogos no podían perdonar a Schopenhauer el modo despectivo con que trataba a Newton, de una parte y de otra la admiración que rendía a Goethe. Si ambas circunstancias no hubiesen bastado para que la opinión científica se mostrara hostil a Schopenhauer había, además, otro motivo poderoso; las tendencias metafísicas que se advertían en varios pasajes del libro. No obstante, puede afirmarse que todos los actos de la vida de Schopenhauer, anteriores a la publicación de su obra más importante, titulada Die Welt als Wille und Vorstellung (El mundo como voluntad y como representación), aparecida en 1819, tenían un mero carácter episódico, ya que no había enfocado todavía los grandes problemas que planteó en el mencionado libro, una vez preparado y más dueño de su ego íntimo.

En efecto, El mundo como voluntad y como representación es una obra que ha sido consagrada por la crítica y que evidencia un vigor de pensamiento y una profundidad verdaderamente extraordinarios. Se compone de un volumen, dividido en cuatro libros; en el primero concibe la inteligencia sometida al principio de la razón [187] suficiente y produciendo en tal respecto el mundo de los fenómenos; en el segundo estudia la inteligencia independientemente de aquel principio y dando ocasión a la producción estética; en el tercero hace un examen de la voluntad desde dos puntos de vista y como principio ulterior al cual es referible todo; en el cuarto expone los fundamentos de la Moral, que viene a ser una superfetación del budismo.

Schopenhauer, veinticinco años después –1844– hubo de añadir al primer volumen otro en el que trató nuevamente de algunas cuestiones que sólo había esbozado y a las cuales les dio un mayor desenvolvimiento, pero sin introducir modificaciones de entidad. Las ampliaciones no afectaban en lo más mínimo a su pensamiento, puesto que en el primer volumen se halla casi íntegramente contenida su concepción filosófica. Contra lo que suponen algunos admiradores entusiastas del filósofo nihilista que, llevados de su apasionamiento, tratan de olvidar o desvirtuar los hechos; este libro, a raíz de su aparición, no obtuvo ni siquiera un mediano éxito. La opinión lo recibió con frialdad glacial primero y después se levantó por doquier una verdadera tempestad de protestas. Schopenhauer, una vez hubo entregado el original de su libro al editor, dirigióse a Italia, donde permaneció más de año y medio, consagrándose al estudio del Arte, visitando los Museos, los monumentos sagrados y profanos, frecuentando el trato de algunas mujeres insignes y entregándose a la galantería, que con tanta saña había combatido. Regresó a Berlín en 1820 y durante un semestre ejerció el cargo de privatdozent; pero tampoco triunfó en sus explicaciones en el aula, pues por aquel entonces estaban en moda Hegel y Schleiermacher, que profesaban en la misma Universidad y a cuyas cátedras acudía una gran parte de la intelectualidad berlinesa. Al observar Schopenhauer la acogida poco cordial que merecieron sus lecciones, sintióse sumamente contrariado, siendo seguramente esta circunstancia el origen de la aversión profundísima que tuvo hacia los Centros docentes en lo concerniente a la enseñanza oficial y, sobre todo, a los catedráticos de filosofía.

Apesadumbrado hasta lo íntimo, abandonó en la primavera de 1822 su patria, dirigiéndose de nuevo al país del Arte, en donde buscó calma para su espíritu [188] conturbado, sol y alegría. Durante tres años residió en distintas ciudades de Italia, dedicándose por completo a los estudios estéticos y a contrastar, por medio de la observación y el análisis en vivo, sus ideas acerca de la Moral. En 1825 regresó a Berlín e intentó de nuevo dedicarse a la enseñanza de la Filosofía; Pero, aunque parece que en el programa de los cursos figuró su nombre, no llegó a explicar. Ante esta nueva contrariedad, vivió durante algún tiempo en Berlín, sin frecuentar los círculos en donde se reunían los intelectuales y puede decirse que en plena soledad. A raíz de la epidemia de cólera que hizo grandes estragos en Berlín, Schopenhauer se trasladó a Francfort del Main, donde se estableció, pasando allí veintinueve años, hasta su muerte. Afirman algunos de sus biógrafos que por aquel tiempo Schopenhauer era muy poco conocido y que su nombre no había trascendido más que entre los cultivadores de la Filosofía, que sentían por él el mismo menosprecio que el autor de Parerga por sus compañeros.

En su retiro de Francfort, en vez de serenarse, creció su malhumor y su desafecto contra los que el denominaba charlatanes intelectuales, quizás porque atribuía su fracaso a una conspiración de silencio tejida en torno a él por sus enemigos. A pesar de su confinamiento, Schopenhauer dio en 1836 una nueva prueba de potencialidad intelectual con el libro Ueber den Willen in der Natur (La voluntad en la Naturaleza), que fue recibido con la misma reserva que los anteriores. Este volumen, que ha sido traducido al castellano por el ilustre vicerrector de la Universidad de Salamanca, don Miguel de Unamuno, es un trabajo hermoso, profundo y original. Desenvuelve en él Schopenhauer su concepción de la voluntad, aplicándola a distintas cuestiones de las Ciencias naturales y físicas y relacionándolas con la Anatomía comparada, la Fisiología humana y vegetal, la Patología, la Astronomía física, &c. Es realmente asombroso el caudal de conocimientos que revela Schopenhauer al examinar detenidamente la influencia que de continuo ejercen las facultades volitivas en un gran número de fenómenos, y a este propósito el egregio filósofo analiza el magnetismo animal, la magia, la lingüística y todas las disciplinas científicas que se cultivaban en su tiempo, [189] evidenciando una ilustración vastísima, grandes dotes de observador, y una gran capacidad para la síntesis. Al lado de juicios clarividentes, figuran en el libro frases enconadas y verdaderas diatribas en contra de la Filosofía universitaria, a la cual denomina «ancilla theologiae», esa mala envoltura de la escolástica, cuyo más elevado criterio de la verdad filosófica es el Catecismo del país.

La figura de Schopenhauer permaneció obscurecida hasta 1839, en que de un modo inopinado hubieron de trascender su nombre y su obra, debido a una verdadera casualidad. La Sociedad Real de Ciencias de Noruega abrió un concurso para premiar una Memoria. Schopenhauer acudió al llamamiento de la docta Corporación enviando una Memoria titulada La libertad de la voluntad, que obtuvo el premio, valiendo a su autor el nombramiento de individuo de la Sociedad. En 1840 envió a la Sociedad Real de Ciencias de Copenhague otra Memoria acerca del Fundamento de la Moral, que fue asimismo premiada por aquella Corporación, la cual, sin embargo, reprochó a Schopenhauer los ataques que dirigía, en su trabajo, a Fichte y Hegel. En 1841 publicó ambas Memorias en un solo volumen, con el título genérico de Die beiden Grund, probleme der Ethik.

La mayoría de los biógrafos del insigne filósofo están acordes en afirmar que la notoriedad de Schopenhauer tuvo su origen en el homenaje que le tributaron las dos Corporaciones escandinavas. Desde entonces comenzó a ser conocido, iniciándose en la crítica una corriente de relativa simpatía hacia él. Después de cuatro lustros de permanecer obscurecido, la opinión docta de alemania reobró en parte, formándose un grupo de admiradores del maestro de Danzig, al propio tiempo que sus adversarios emprendían con más energía la labor de discutir y juzgar con severidad su doctrina. Por aquel entonces publicáronse de nuevo sus libros y sus más devotos discípulos, Frauenstaed y Linder, se esforzaron en divulgar las doctrinas del maestro, a quien elogiaban con verdadero apasionamiento. Schopenhauer correspondía a la consideración de sus discípulos llamando a uno de ellos su querido apóstol y su evangelista al otro. Refiere un crítico francés que Arturo Schopenhauer era un carácter tan dominante, que en cuanto alguno de sus [190] discípulos discrepaba de él le conminaba con severidad.

Como casi todos las espíritus iconoclastas, Schopenhauer era, en el fondo, un ingenuo. Más que los acontecimientos mismos, le preocupaban los detalles nimios, insignificantes. Así se explica que cuando recibía la felicitación de algún escritor desconocido o tenía noticia de la aparición de algún artículo en que se comentaba alguna de sus obras, se apresurase a comunicarlo a sus amigos, sin ocultar la impresión que había producido en su ánimo la lisonja o la censura.

La corriente hegeliana, que tan poderosa llegó a ser en 1832, a la muerte del insigne maestro, en que puede decirse que abarcaba todas las manifestaciones de la cultura, impulsando las creencias religiosas, las teorías estéticas, el movimiento político y la orientación social; fue debilitándose más tarde, debido a las luchas intestinas a que dio lugar la disparidad de criterio entre sus sustentadores. En 1840 el hegelianismo se escindió en tres grupos, denominados centro, derecha e izquierda, siendo el último el más importante, puesto que de él llegaron a formar parte filósofos de tanto relieve como Feuerbach, Bruno Bauer y Marx Stirner. La corriente representada por la extrema izquierda defendió las soluciones más avanzadas en Filosofía, en Ciencias Sociales y en Política, alcanzando una relativa influencia en el despertar de la actividad nacional alemana; pero su eficiencia fue meramente circunstancial, pues bien pronto operóse una reacción, y, una vez fracasado el movimiento, aunque solo fuera durante un breve lapso de tiempo, surgió una corriente metafísica que fue sumamente favorable para Schopenhauer y que vino a significar una resurrección de las tendencias metafísicas.

Las continuas agitaciones políticas que se desarrollaron en Francfort durante el bienio 1848 y 1849 ocasionaron a Schopenhauer innúmeras contrariedades, malquistándole con una parte de la opinión, que vio con marcado recelo su actitud hostil a los movimientos populares, pues el filósofo de Danzig se había mostrado partidario resuelto de las tendencias del Gobierno, el cual había iniciado una represión enérgica para conservar el orden público.

Schopenhauer, un tanto subjetivista, suspiraba ante todo por gozar de tranquilidad para entregarse a sus [191] trabajos especulativos, y, llevado de su aristocratismo intelectual, no disimuló su simpatía por los gobernantes, aplaudiendo sin reserva la represión, que tanta sangre costo, y especialmente la llevada a cabo en Francfort en 17 de Septiembre de 1848, y legando sus bienes de fortuna a la Casa de Socorro establecida en Berlín, en favor de los que en dicho año y en el siguiente defendieron el orden, así como de los huérfanos de aquellos que sucumbieron en la lucha.

Restablecida la normalidad publicó, en 1851 su obra Parerga und Paralipomena, notable colección de ensayos, bosquejos y fragmentos, que apenas sí tienen relación directa con el cuerpo de su Filosofía. Este volumen, cuya segunda edición vio la luz en 1852, aunque no añade nada nuevo, en lo substancial, a su doctrina; es por demás curioso, ya que contribuye a esclarecer ciertos aspectos de las líneas generales de su pensamiento. De ahí que la crítica lo haya considerado indispensable para descubrir determinadas modalidades del filósofo y, sobre todo, para conocer al moralista y al escritor de un modo completo.

Afirman algunos de los biógrafos de Schopenhauer que, una vez terminado Parerga, abrigó el firme propósito de no intentar otros trabajos, dedicando únicamente su actividad a revisar y corregir sus obras. En Abril de 1853 la Westminster Review publicó un artículo que fue sumamente comentado y que poco después tradujo Lidner, apareciendo en la Gaceta de Voss. Desde este instante puede decirse que Schopenhauer comenzó a gozar de la satisfacción del aplauso, que significaba la iniciación de la gloria. En 1854 Frauenstaedt publicó un libro, titulado Briefe Ueber die Sehopenhauer'sehe Philosophie (Cartas sobre la Filosofía de Schopenhauer), en el que hizo una exposición completa de su doctrina en términos concisos y de gran claridad, si bien, a juicio de algunos críticos, para ser un Manual perfecto adolecía de falta de seriación. También contribuyó en no escasa medida al éxito que iba alcanzando en Alemania la obra de Schopenhauer, el concurso abierto en 1855 por la Universidad de Leipzig acerca de la Filosofía del maestro. De esta suerte fue acrecentándose su fama y multiplicándose el contingente de sus lectores, así como el de sus discípulos, de sus censores y de sus adversarios a ultranza. [192]

Si bien en los primeros tiempos sufrió Schopenhauer amarguras sin cuento por la frialdad y el desvío con que eran recibidos sus ensayos, en el último período de su vida experimentó la íntima satisfacción de ver cómo iba trascendiendo su obra más allá de las fronteras de la patria, conquistando adeptos por doquier. Los continuos triunfos le compensaron con creces de los sinsabores que le había producido la hostilidad del medio intelectual llegando a verse coronado de gloria en su propio país y homenajeado por las mismas Universidades que no habían querido recibirle en su seno.

A pesar de que Schopenhauer, en el círculo de sus amistades íntimas, expuso en muchas ocasiones su convicción de que, merced al régimen severo de vida que se había impuesto, llegaría a cumplir los cien años, falleció en 23 de Septiembre de 1860, cumplidos los 72, a consecuencia de un ataque de apoplejía pulmonar.

Fichte le llamó un hipocondríaco; pero tal vez exagere en su apreciación del modo de ser del maestro, pues más bien puede ser considerado como un misántropo que sintió siempre un profundo descontento de los hombres y de las costumbres de su tiempo. Acaso, más que de las propias inclinaciones, su carácter hosco era, en gran parte, producto de la herencia patológica, pues en Schopenhauer se observan algunas de las modalidades fisiopsíquicas que llevaron a su padre al suicidio. En el autor de El mundo como voluntad y como representación, estuvieron en la lucha constante las influencias paternas y las maternas. El propio Schopenhauer creía hallar en sí mismo una doble herencia orgánica y psíquica: de su padre el carácter y de su madre la inteligencia y la agilidad de pensamiento.

Sin embargo, estas apreciaciones de Schopenhauer acerca de su modo de ser son más hipotéticas que reales, pues, según el testimonio de algunos de sus biógrafos, están poco conformes con los hechos y, además, pueden ser calificadas de simplistas y absolutas para juzgar en toda su complejidad la obra de un metafísico de tan altos vuelos. Asimismo parece que la mayoría de los autores que han estudiado a fondo la vida del filósofo se inclinan a creer que el carácter de su madre influyó en el juicio que aquel tenía de las mujeres, lo cual, sin embargo, está en contradicción con los hechos, pues Schopenhauer sostuvo amistad y relaciones con mujeres galantes, no solo en su país, sino en Italia, y al menos en la práctica parece que no siempre las detestó. La aversión que pareció sentir era más teórica que efectiva y a su defensa de la castidad absoluta no cabe darle otra significación que la de una consecuencia de su extraña doctrina. Su afirmación de que las mujeres tienen largos los cabellos y cortas las ideas, más que un pensamiento profundo es una frase extravagante, debida, quizás, a su idealismo exagerado y a su tendencia hacia la concepción pesimista de la vida. Quizás su odio al bello sexo, lo mismo que el que profesaba a los judíos, ha de achacarse a su animadversión al realismo característico de los israelitas y a que las mujeres, con su afán de agradar, encarnan una fase del optimismo.

Schopenhauer era de hecho un budista extraviado en Occidente, para quien cuanto significase acción y positivismo constituía una provocación y un ultraje. Partidario de la contemplación, fue uno de los adversarios más enconados de la mujer como instrumento del amor.

Tan intenso como el que profesaba a los judíos y a las mujeres, era el que sentía hacia los profesores de Filosofía, como demostró en su folleto intitulado Philosophieprofessoren, que apareció en 1831 y en el que hace una detenida exposición de los agravios que recibiera en distintas ocasiones del régimen que informaba la enseñanza oficial. Con su gran clarividencia señalaba el hecho de que la labor docente hallábase condenada a navegar entre dos escollos, que él denominaba poderes envidiosos: el Estado y la Iglesia, y decía de los profesionales de la enseñanza que, más que de realizar una función objetiva, se preocupaban de acomodarse a lo estatuido para triunfar, añadiendo que los hombres que prestaban más señalados servicios a la cultura eran los pensadores que vivían aislados, los sabios que permanecían encerrados en su gabinete, no los que explicaban en las cátedras ni los que decían las cosas a medias en las Corporaciones académicas. A este propósito hacía observar que siempre fueron objeto de persecuciones y confinamientos los espíritus independientes.

Schopenhauer exageró un tanto sus censuras a las Universidades, pues la misión de estos centros docentes, tanto como elaborar la ciencia, consiste en enseñarla. [194] Como arguye Ribot, es preferible difundirla en una forma imperfecta a permanecer en la inacción. En lo que acertó Schopenhauer fue en su crítica del hegelianismo que pretendió vincular la dirección intelectual entera durante algún tiempo. Pero también al hacer el análisis de la mencionada escuela dejóse llevar de su ingénito apasionamiento y en todas sus críticas se observa que repugnaba a su temperamento exaltado una norma en que la ponderación y el equilibrio dirigieran sus actos. A pesar de su gran capacidad comprensiva, el filósofo de Danzig no tuvo jamás en cuenta que por muy intenso que sea el entusiasmo de los ideólogos y de los hombres de Estado, no puede jamás prescindirse de las resistencias que opone el medio a toda labor de transformación, pues aun los espíritus audaces han de acomodarse a la realidad ambiente.

Schopenhauer, contradiciendo la tesis de Schleiermacher, quien afirmaba que nadie puede ser filósofo sin ser religioso, dijo: «Ningún hombre religioso puede llegar a ser filósofo ni tener necesidad de ello; y, por el contrario, ningún filósofo verdadero es religioso.» Y añadía: «El filósofo marcha sin andaderas, y, aunque no sin peligro, lo hace libremente.» Quizás en lo que más se distingue Schopenhauer es en su poder para expresar sus juicios en términos concretos y categóricos. He aquí dos frases verdaderamente sentenciosas: «Toda religión positiva es, propiamente, una usurpadora del trono que pertenece a la Filosofía.» «Desde hace 1800 años la religión ha puesto un freno a la razón.»

Aunque se ha creído que la moral budista de Schopenhauer significaba como consecuencia una negación de la intervención en la política, es incuestionable que tenía opiniones arraigadas respecto al gobierno constitucional, al poder de la nobleza, la esclavitud, libertad de la Prensa, los derechos individuales, el jurado y otras muchas cuestiones jurídico-políticas de las cuales se ocupó de un modo desinteresado, pues su espíritu contemplativo no le impidió conocer ni valorar el alcance de los hechos históricos y sociales. Su tendencia al aristocratismo le inclinaba a reclamar de los gobernantes, ante todo, el mantenimiento del orden y el afianzamiento de la paz y su aversión hacia los propugnadores de la [195] demagogia de su tiempo estribaba en que estos, por lo general, eran optimistas. Al referirse a la soberanía popular declaraba que el pueblo es un soberano eternamente menor que necesita estar sometido a una tutela y en Parerga und Paralipomena afirma que el pueblo no podrá jamás ejercer sus derechos sin correr un riesgo inminente, porque, como todos los menores, se convierte con facilidad en juguete de astutos fulleros, a quienes por esta razón se les ha llamado demagogos.

La personalidad de Schopenhauer, a pesar de los innúmeros estudios biográficos que se han publicado en estos últimos años, es muy difícil de reconstituir integralmente. Aun estudiando sus obras en el idioma original, poniendo especial atención para descubrir los matices casi imperceptibles de su estilo, un tanto paradójico el lector siente cierta perplejidad al hallar en aquel hombre cumbre, verdadero prototipo del atletismo intelectual, dotes singulares que es difícil conciliar, porque se repelen unas a otras. Ribot, el perspicaz psicólogo y crítico francés, indica que en el carácter de Schopenhauer adviértese algo del indio, del inglés y del francés, a lo cual podría agregarse, no sin fundamento, que en su modo de ser, un tanto atrabiliario, acaso hubo de influir asimismo la lectura de algunos escritores españoles, pues es sabido que Schopenhauer conocía nuestra literatura, que le infundió cierta tendencia al conceptismo y a la vehemencia en la expresión y que sentía especialmente por Baltasar Gracián una invencible atracción, hasta el punto de que en 1832 escribía a Keil diciéndole: «Mi escritor favorito es este filósofo Gracián. He leído todas sus obras; su Criticón es para mí uno de los mejores libros del mundo.»

También dice Ribot que la concepción pesimista del mundo, de Schopenhauer, sus hábitos contemplativos, su horror a la acción, son propios de un discípulo de Buda; pero en las cualidades del insigne filósofo alemán se advierte una gran disparidad, pues no es fácil compaginar su doctrina filosófica y ética, con la afición que sentía por los hechos concretos y su preferencia por informaciones verídicas. En no pocos respectos puede ser parangonado su empirismo con el de Locke y Hartley, y algunos de sus biógrafos hacen notar la admiración que sentía por Inglaterra, el país práctico por excelencia. Tenía por la cultura británica una marcada predilección y [196] todas las mañanas, devoraba con verdadera ansiedad The Times para seguir paso a paso los acontecimientos políticos y sociales. También conocía muy a fondo a los moralistas franceses La Rochefoucauld, Labruyere, Vauvenargues y, principalmente, a Champfort, a quien mencionó en multitud de ocasiones. De los escritores franceses adquirió el dominio de la frase, la claridad y la viveza en la exposición y el arte de esmaltarla con imágenes ingeniosas y brillantes.

Schopenhauer, al verter su doctrina, consiguió como pocos pensadores de su tiempo, seriar los conceptos con un orden rigurosísimo, ateniéndose a los principios de la Lógica. Comenzó con la teoría del conocimiento, a la cual siguió la teoría de la Naturaleza, la Estética y, por fin, la Moral. No cabe negar que reveló una gran profundidad y riqueza de matices al estructurar su concepción, aportando datos sumamente originales que demuestran su complejidad intelectual y su perspicacia como observador. Al afirmar que la Metafísica había de basarse en la experiencia que debe condicionar el laborero intelectual entero, demostró una gran penetración, así como al sentar la tesis de que la Metafísica, por su misma naturaleza, está por completo desligada de la Teología. También dio una prueba de visión certera, cuando proclamó que la Filosofía es por igual indiferente al teísmo como al ateismo y que la especulación filosófica, ha de reducirse a una cosmología, pues consideraba que debía limitarse a nuestro mundo y de ahí su tendencia resueltamente antiteológica. Al concebir el mundo de tal suerte, examinando su fenomenología, tan varia y compleja, Schopenhauer lo redujo a un elemento único, que denominó voluntad, cuando para otros filósofos, es la fuerza o la energía. Los principios generales de su doctrina, pueden sintetizarse en la voluntad, a la que consideró como la explicación última, la cosa en sí, de la que a los humanos nos es imposible averiguar si obedece o no a una causa, ni cuál es su origen, ni su finalidad, por qué existe, ni si realmente tiene un porqué. Sólo sabemos –añadía– que es y que todo cuanto existe se refiere a ella.

También es de notar, que en el espíritu de Schopenhauer ejerció, en ciertos respectos, poderosa influencia Manuel Kant, con quien guarda no pocos puntos de [197] contacto, si bien Schopenhauer, que tuvo la fortuna de vivir en una época en que la ciencia había logrado un mayor desarrollo, pudo amasar su doctrina, disponiendo de más datos experimentales que el fundador del racionalismo y logró adquirir un mayor dominio de lo fenoménico, libertándose de determinadas logomaquias y tautologías. En suma Schopenhauer, tanto por su carácter como por la alteza de su espíritu, que propendía, como hemos dicho, a la paradoja; ha sido reputado como uno de los hombres que han tenido una personalidad más original, ocupando lugar preeminente entre los tipos representativos de la cultura contemporánea en la primera mitad de la centuria pasada.

Su célebre frase «Mi Extremaunción será mi bautismo; se esperará mi muerte para canonizarme», tiene el valor de una profecía que se ha realizado. La crítica entera, sin distinción de razas, sectas ni escuelas, tras una larga labor de depuración y de controversia, no ha podido menos de proclamar a Schopenhauer como uno de los precursores de la doctrina voluntarista y como uno de los pensadores que más han contribuido a remover la conciencia social.

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Santiago Valentí Camp Ideólogos, teorizantes y videntes
Minerva, Barcelona 1922, páginas 177-197