Ideólogos, teorizantes y videntes [1922]   Santiago Valentí Camp (1875-1934)

Juan Stuart Mill

La mentalidad británica durante el siglo pasado dio a Europa algunas figuras de indiscutible mérito, entre las que descuellan Darwin, Spencer, Bein, Huxley, Grote, Maudsley, Lewes, Bailey, Sigwick, y más recientemente, Clifford, Barratt, Leslie Stephen, Mackenzie, Morley, Bradley, Maxwell, Kidd y en cierto respecto Stuart Mill, que no fue solo un tipo representativo de la producción psicológica inglesa, sino que su obra filosófica alcanzó la extraterritorialidad y, al difundirse, se impuso en el continente entero, llegando a ser uno de los primeros prestigios de la intelectualidad contemporánea.

Stuart Mill es acreedor a la gratitud de cuantos luchan por los ideales de emancipación, porque, al mismo tiempo que amplió con su clarividencia la esfera del conocimiento, fue un combatiente esforzado, que demostró desinterés y amor sincero hacia la causa de los débiles y los oprimidos.

Nació el insigne pensador en Londres en 1806, hijo de James Mill, el psicólogo y economista que tanta fama conquistó en el primer tercio del siglo pasado. Desde la niñez formóse Stuart Mill en un ambiente de laboreo intelectual, iniciándole su padre en los estudios y sometiéndole a un sistema pedagógico que, al decir de uno de sus biógrafos, pocos padres se atrevieron a emplear por lo arriesgado y peligroso. James Mill cultivó de un modo intensivo las facultades intelectuales de su hijo, y tuvo la inmensa fortuna de alcanzar un éxito colosal pocas [90] veces registrado, pues pudo haber hecho de su hijo un monstruo por atrofia de los sentimientos al trazarle una orientación unilateral para el desenvolvimiento de la personalidad. Pero el tierno educando, que estaba dotado de una receptividad psíquica enorme y que era un caso de precocidad insólita y de vigorosa constitución física, resistió al principio, admirablemente el rígido sistema impuesto por su padre.

A este propósito, cuenta G. Lyon que a los tres años James Mill hizo aprender a su hijo el inglés, la gramática, la aritmética y listas de palabras griegas; de los cuatro a los siete años, Stuart Mill devoraba cuantos libros de Historia caían en sus manos y a los seis y medio, escribió un ensayo de Historia romana, breve compendio de la obra de Hooke y bosquejo asombroso en que revelaba el pequeñuelo una cantidad extraordinaria de lecturas. A la edad de trece años escribió a Samuel Bentham, hermano del célebre filósofo, una carta en la que transcribía una relación de las obras griegas y latinas y de los libros de Filosofía y Ciencia, con que había atiborrado su inteligencia prodigiosa. La potencia retentiva de Stuart Mill solo ha tenido par en la de Menéndez y Pelayo.

Como no podía menos de acontecer, Stuart Mill, después de haber resistido sin quebrantos durante un largo periodo aquel trabajo predominantemente intelectual, hubo de experimentar una aguda crisis a consecuencia de la fatiga y su emotividad, que había sido subalternada, quiso recobrar los fueros propios. La narración de este episodio es una de las más significativas y conmovedoras páginas de la vida del filósofo inglés. La juventud del sistematizador de la doctrina liberal no se circunscribió a las lecturas, ya que, llevado de su afán de conocer de visu hombres y cosas, viajó por espacio de algún tiempo, visitando en repetidas ocasiones Francia y residiendo algunas temporadas en París, durante las cuales se acrecentó su viva simpatía por la nación vecina. Su predilección por las ideas, las costumbres, y, en general, por la nación francesa, fue tal, que llegó a ser el francófilo más entusiasta y competente de su época.

Comenzó Stuart Mill sus tareas de publicista en 1822, viendo la luz sus primeros ensayos en la revista Traveller. Seguir paso a paso su biografía es poco menos que imposible, pues su obra, profunda y admirable, alcanzó [91] proporciones vastísimas y es sólo comparable a la de Spencer. Las publicaciones inglesas más prestigiosas del primer tercio del siglo pasado disputábanse el honor de contar a Stuart Mill entre sus colaboradores. Sus artículos más notables aparecieron en las publicaciones Westminter Review, Edimburg Review y Examiner, en las que colaboró hasta 1840. En dicho año publicó System of Logic, que en un principio, fue acogido con frialdad y recelo por la crítica y la mayoría de los cultivadores de aquella disciplina. La doctrina de Stuart Mill es indudable que no fue bien comprendida, viéndose obligado el autor, en sucesivas ediciones, a defender sus puntos de mira, al mismo tiempo que rechazaba enérgicamente los ataques de que había sido objeto. En 1848 apareció Principles of Political Economy, uno de sus mejores libros. En 1856, la poderosa Compañía India Housse, a la que desde hacía algunos años prestaba sus consejos, le confirmó la dirección; pero Stuart Mill sólo permaneció al frente de dicha Empresa durante breve plazo, porque en virtud de un acuerdo del Parlamento fue disuelta la mencionada entidad y sus poderes transferidos a la Corona. Habiéndosele ofrecido un puesto en el nuevo Consejo de administración, lo rehusó porque sus aficiones no se compaginaban con los cargos oficiales.

En 1854 vio la luz el libro que con el tiempo había de ser famoso, Essay on Liberty, y en 1860, Considerations on Representative Government. Al año siguiente, en forma de artículos, publicóse en Fraser's Magazine su tan citado estudio «Utilitarianism». A fines de 1864 escribió dos artículos admirables acerca de la personalidad de Augusto Comte y su sistema filosófico. En la primavera de 1865 apareció Examination of Sir W. Hamilton's Philosophy, obra de la que se hicieron varias ediciones.

Tres años después dio cima a la tarea de corregir la gran obra de su padre Analyse, que publicó más tarde.

A Stuart Mill también le atrajo la política activa. Cuentan algunos de sus biógrafos, y entre ellos el pedagogo Alejandro Bain, que poseía todas las cualidades que [92] se asignan al orador: pensamiento original, razonamiento vigoroso y una palabra elocuente y vibrante.

De 1865 a 1868 tomó asiento en la Cámara de los Comunes, volviendo luego a la vida de gabinete y consagrando su actividad al problema femenino. Fruto de sus estudios de aquel entonces fue un volumen que se caracteriza por su dialéctica vigorosísima y su estilo elocuente. Se titula Subjection of Women (La esclavitud femenina), que tradujo al castellano la ilustre escritora doña Emilia Pardo Bazán. Este libro es uno de los alegatos más formidables que se han escrito en favor de las reivindicaciones de la mujer.

Además de los libros citados, escribió Stuart Mill Dissertations and discussions (1874), Autobiography (1873). Nature the utility of religion and Theism (1874), y, por fin, Essays, que apareció después de su muerte y en el que estudia preferentemente el problema religioso desde distintos aspectos.

En la vida de Stuart Mill influyó por modo poderosísimo la señora Taylor, por la cual sintió primero una simpatía cordialísima y más tarde una pasión avasalladora. Cuando esta dama enviudó, Stuart Mill contrajo matrimonio con ella. El propio filósofo reconoce noblemente la influencia que la señora Taylor ejerció en su espíritu, al referirse a ella en el capítulo tercero de La esclavitud femenina.

Stuart Mill fue un lógico insigne, un filósofo de altos vuelos, un economista perspicaz, un educador que conocía perfectamente los procedimientos más adecuados para desarrollar el entendimiento humano y un tratadista de Derecho Público que, anticipándose a su tiempo, columbró no pocas de las conquistas que había de alcanzar la democracia en lo porvenir.

Stuart Mill falleció en 1873 en Avignon, a donde había ido a pasar una corta temporada. Con su muerte desapareció uno de los espíritus más exquisitos y que mayor lealtad evidenciaron durante el último siglo. Su vida, afirma Höffding, es una fuente de enseñanzas para cuantos aspiran a un ideal y de sus libros surge [93] una nueva luz intensísima, que ha iluminado los más importantes y trascendentales objetivos del pensamiento humano. Sus conceptos acerca de la lógica inductiva no envejecerán, porque son una admirable síntesis de lo que puede la mente humana al proponerse relacionar los problemas del conocimiento. Sus principios acerca de la ética descansan en los datos de la experiencia contrastados en la piedra de toque de la realidad, y sus juicios respecto de la ética social, el problema femenino, la cuestión social y los problemas religiosos perdurarán asimismo. Actualmente se leen con tanto interés como a raíz de su publicación. En síntesis: la obra de Stuart Mill es imperecedera, porque en ella alienta una idealidad potentísima que ha conquistado la inmortalidad para su autor.

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Santiago Valentí Camp Ideólogos, teorizantes y videntes
Minerva, Barcelona 1922, páginas 89-93