Ideólogos, teorizantes y videntes [1922]   Santiago Valentí Camp (1875-1934)

Alfredo Fouillée

En España dio a conocer a este ilustre filósofo, el malogrado Clarín, que poco después, fue también el primero en hablar de otro filósofo contemporáneo insigne, H. Bergson. Más tarde, contribuyó a difundir la obra del autor de las ideas fuerzas, el entonces profesor de Oviedo, Adolfo Posada, en su notable libro Ideas pedagógicas modernas, en el que expuso, al estudiar a Fouillée como pedagogo, su concepción filosófica, considerándola en sus distintos aspectos.

En los últimos treinta años, el pensamiento filosófico en Francia encarnó principalmente en seis personalidades eminentes: Ribot, Guyau, Bergson, Boutroux y Le Dantec. El primero de estos filósofos ha sido el que ha ejercido una influencia más decisiva en el alma francesa, acaso porque consagró gran parte de su actividad a la aplicación de sus doctrinas a la Pedagogía, la Psicología colectiva y la Sociología. Durante cuarenta y cinco años, Alfredo Fouillée trabajó en la soledad del gabinete, contribuyendo, como pocos, a reconstituir la tradición cultural de su patria. Al bajar hace una década al sepulcro, en Lyón, a la edad de 74 años –había nacido en Poueze en 1838–, dejó una labor dilatada y admirable, que ha servido de pan espiritual a tres generaciones de intelectuales.

Los comienzos de este gran maestro, fueron obscuros y difíciles. Según afirma Emilio Faguet, Fouillée fue un ejemplo de lo que puede la individualidad consciente de su propio valer. Cabe, pues, reputársele como un autodidacta. En su juventud fue profesor de algunos Liceos de poblaciones de tercer orden, siéndolo a los [2] treinta años del de Burdeos, donde se reveló como gran expositor, cualidad que le granjeó el cariño de sus discípulos. En 1872 ocupó una plaza de profesor de conferencias en la Escuela Normal de Paris, que desempeñó hasta 1879, en que por motivos de salud hubo de renunciar a las tareas docentes. Desde entonces Fouillée empleó su prodigiosa actividad en escribir libros con ardor insuperable, dando pruebas de una gran resistencia para el trabajo mental. Sus Memorias acerca de la filosofía de Platón y la de Sócrates, fueron premiadas por la Academia de Ciencias Morales y Políticas, de Paris, y la crítica las ha juzgado como trabajos definitivos por su elevación y profundidad. Su tesis de doctorado, intitulada La liberté et le determinisme 1873, afianzó su reputación, avalorando sobremanera su ejecutoria científica. El catálogo de sus obras es extenso. He aquí las principales en él contenidas:

Une histoire de la Philosophie; L'idee moderne du Droit en Allemagne, en Angleterre et en France (Paris, 1878); La science sociale contemporaine (1880); La propriété sociale et la democratie (1884); Critique des systémes de morale contemporains (1883); La Morale, l'Art et la Religion d'après Guyau (1889); L'avenir de la Metaphisique fondée sur l'Experience (1889); L'evolutionnisme des idées forces (1890); Temperaments et caractères (2ª edición, 1895); Le mouvement positiviste et la conception sociologique du monde (1896); Le mouvement idéaliste et la reaction contre la science positive (1896); Psichologie du peuple français (2ª ed. 1896), La France au point de vue moral (1900); L'esquisse psychologique des peuples européens (1903); Nietzsche et l'immoralisme (1903), y Le moralisme de Kant (1905).

Así como hay filósofos cuyas doctrinas llevan el desconsuelo y la tristeza al ánimo del lector, los hay también por el contrario, cuyas teorías son atractivas por la simpatía que irradian y los beneficiosos efectos psicológicos que producen, no solo porque elevan el espíritu a las regiones más puras y serenas, sino porque confortan el ánimo y ofrecen al pensamiento dilatados y sonrientes panoramas. Schopenhauer fue, como es sabido, un filósofo huraño y su visión del mundo, pesimista. Consiguió, sí, admiración y fama universales; pero fue, más que por las ideas, por el vigor y la gallardía con que las dio a [3] conocer. La arquitectura de su sistema causó efecto que siempre producen las obras audaces; mas, considerada en conjunto, su construcción filosófica se ha desmoronado en gran parte, porque la pesadumbre y la negrura que proyecto no podía ser duradera, ya que en lo fundamental la doctrina carece de verdadera objetividad. El genio del artista se sobrepuso, deformándola, a la personalidad del pensador.

Fouillée, en cambio, es de esos filósofos que cautivan por su absoluta sinceridad. Ponía siempre el alma en los puntos de su pluma. Acaso por su deseo de expresar constantemente sus ideas tal cual las había concebido, le hiciesen aparecer algunas veces como un tanto contradictorio; pero esto solo se refiere a ciertos detalles; en lo fundamental puede afirmarse que el célebre filósofo francés no hubo jamás de rectificarse, pues su concepto más original, el de las ideas-fuerzas, palpita en casi todas sus obras.

Alfredo Fouillée era un espíritu independiente, sin otra preocupación que la de trabajar con ahínco para ampliar la esfera de acción de la mente humana. En su obra total se advierte el sello de una personalidad robusta y en toda ocasión demostró una decidida tendencia por el idealismo, considerándolo como derivación de la experiencia. Formóse en el comercio con los grandes filósofos de la antigüedad y en sus cuatro volúmenes, dedicados a La philosophie de Platon y los dos que comprende La philosophie de Socrates, reveló su gran conocimiento helénico. Pero no concretó su estudio a la historia de la filosofía, sino que sus inquietudes lleváronle a interesarse por la filosofía de todas las épocas, singularmente la moderna y contemporánea. Su preocupación por los más hondos problemas que afectan directamente a la conciencia humana le llevó a examinar hasta su misma entraña las cuestiones morales, jurídicas y sociológicas. En la Critique des sistemes de morale contemporaine, L'idée moderne du Droit y La sciencie sociale contemporaine muestra Fouillée la generosidad de su temperamento, que le impulso a sostener críticas y polémicas con algunos de sus contradictores.

En estos libros es en los que se observa de un modo más preciso el fondo de simpatía que caracteriza, por así decirlo, su idiosincrasia. No puede negarse que [4] Fouillée tenía cierta afinidad espiritual con Víctor Cousin; solo que lo que en este era eclecticismo y aburguesamiento, era en aquél sincretismo y fe en el porvenir. El autor de las ideas-fuerzas era, ante todo, un pensador esperanzado y en ciertos respectos un optimista a outrance. Las luchas filosóficas, las controversias ideológicas, levantaron su ánimo y dieron mayor vigor a su espíritu, impregnado de benevolencia. Fue uno de los prototipos del psicologismo armónico. Constantemente, aun en los instantes en que la duda ensombrecía su entendimiento, conservó la posición adoptada desde un principio, por lo que resplandece en todas sus obras su criterio sintético, en el que lo orgánico se funde con lo espiritual; es decir, Fouillée cree firmemente en la posibilidad teórica y práctica de una fusión de los elementos antagónicos o de aquellos que, dado el actual nivel de cultura, aparecen como opuestos.

Fouillée, que ejerció la alta crítica durante algunos lustros en la Revue Philosophique y en otras revistas francesas, mostró siempre una invencible propensión hacia el armonismo, porque estaba convencido de la profunda crisis que atraviesa la Moral. Ante el derrumbamiento de todas los dogmas, colocóse en una actitud expectante y en toda ocasión aconsejaba a sus amigos prudencia para abrirse peso por el laberinto de los sistemas. A su juicio, la crítica no debía ser nunca obra demoledora y negativa, toda vez que las distintas creencias morales, aunque en sí mismas harto limitadas, son, sin embargo, útiles en ciertos respectos, porque hallamos en ellas elementos que se complementan, y, aunándolos, nos es posible llegar a una síntesis ulterior y elaborar un sistema personal. La razón de ser de la crítica es que resulte constructiva, único medio de que tenga virtualidad.

El gran filósofo francés intitula uno de sus libros más notables L'avenir de la Metaphisique fondée sur l'Experiénce, y en él, con gran discreción, sin incurrir en exageraciones, afirmó más su tendencia armónica a que antes hice referencia. Fouillée amplió el punto de vista de Spencer de hacer compatibles los datos de la experiencia con la Metafísica. A su juicio, esta no había de vivir en regiones inaccesibles y abstractas, huyendo hacia el ideal, como pretendían Lange y Renan. La corriente [5] metafísica en este filósofo, como en Wundt, Spencer, Secrètan y Renouvier, tendía a sistematizar la experiencia, de suerte que la consideraba principalmente como un método de investigación relativa y progresiva. En su sentir, este método es fuente inagotable y fértil en nuevas y cada vez más amplias concepciones. Casi toda la filosofía de Fouillée se dirigió a considerar a las ideas como fuerzas impulsivas y no como meras representaciones pasivas, porque creía que este era el medio de llegar a una identificación del ideal, como apariencia, con la realidad psicológica y virtual de las ideas.

En L'evolutionisme des idées-forces expone así su punto de vista:

«Llamarernos ideas, formas mentales o formas de conciencia, todos los estados de conciencia en cuanto son susceptibles de reflexión y, por reflexión, de reacción sobre ellos mismos, sobre los otros estados de conciencia, y, en fin, gracias al lazo de lo físico y de lo mental, sobre los organos del movimiento.»

Fouillée fue más lejos en sus afirmaciones, ya que considera a las ideas, entendidas así, con potencialidad suficiente para convertirse en factores reales, dinamógenos, de la evolución mental, y sus análisis psicológicos le indujeron a pensar que las fuerzas interiores están dotadas de capacidad para reobrar y por su mediación ejercer una influencia en el proceso del Universo. De ahí arranca su concepción original de las ideas-fuerzas. Considerándolas en su aspecto dinámico, quiso significar la influencia que la idea puede tener, en tanto que factor, causa y condición de cambio, para otros fenómenos. Para desentrañar la eficacia de los valores ideales distinguía las ideas matrices, aquellas que se infuturan, de las ideas sombras, que no tienen otra consecuencia que el ser meros símbolos o aspectos. Fouillée dio a las ideas-fuerzas un poder reobrante y un gran generador de vida real. Su Evolucionismo de las ideas-fuerzas tiene toda la profundidad y la Lógica para que pueda disputársele como un verdadero sistema filosófico. Y si examinamos su concepción a través de un riguroso método psicológico, veremos que sus afirmaciones tienen gran trascendencia práctica y un sentido positivo que permite vislumbrar la solución, lo mismo del problema moral que del educativo, ya que las ideas, [6] además del elemento impulsor, que contribuye a elaborar nuevos estados de conciencia, llevan en sí mismas, en lo esotérico, en lo íntimo, en su contenido, la finalidad. Las ideas están dotadas de un poder propio y los rayos de luz que irradian se descomponen, al igual que la luz natural, en múltiples colores, matizándola y dando lugar a una gama cromática en la esfera de la idealidad. Por esto es preciso examinar las relaciones, que existen entre las ideas aparentemente contradictories, pero, que en el fondo, no solo convergen, sino que se compenetran. Las ideas, en tanto que fuerzas, son elementos condicionantes y condicionadores, y por esto es evidente la mutua influencia que ejercen unos y otros. Lo genial en la concepción de Foullée es la clarividencia con que éste acertó a expresar cuánto influyen las ideas en la producción de las cosas, de que suerte el progreso de las ideas determina el perfeccionamiento del orden moral y cómo las ideas, a medida que van siendo más expansivas y humanas, trasforman las sociedades.

En su otro libro L'Enseignement au point de vue national estudia la actuación de las ideas-fuerzas como productos de la acción y reacción constantes, no solo en el individuo, sino también en la colectividad. A este propósito dice con frase muy acertada.

«La potencia de la instrucción y de la educación, que unos exageran y otros niegan, no es más que la fuerza de las ideas y de los sentimientos.»

Y en el mismo libro, algunas páginas más adelante, añade:

«El principio de la lucha por la existencia y de la selección, si se toma esta palabra en su sentido más general, se aplica a las ideas, tanto como a los individuos y a las especies vivas; una selección se produce en el cerebro en pro de la idea más fuerte o de la más exclusiva, que arrastra todo el organismo.»

Aunque en todo este libro el aspecto filosófico predomina sobre los demás, es digno de elogio, porque en él desarrolla un vasto plan pedagógico que puede considerarse como magistral por su ordenación y amplitud de miras.

Durante toda su vida, y particularmente en las dos últimas décadas, Fouillée cultivó con vivo interés, y a [7] veces con pasión, las indagaciones sociológicas. En este periodo escribió la Psychologie du peuple français, que Emilio Faguet califica de excelente, y Esquisse psychologique des peuples-européens, que tiene visiones geniales, aunque, desde el punto de vista científico, algunos críticos lo han considerado un tanto endeble. Por lo que atañe a España, resulta un poco superficial, sin duda porque el autor carecía de suficiente información para fundamentar sus juicios respecto a nuestro pueblo. No obstante, en la citada obra hay aciertos en los análisis acerca de Alemania, Rusia, Italia y los países escandinavos. Sus otros libros Eleménts sociologiques de la morale y Le Socialisme et la Sociologie reformiste, son dos trabajos curiosos y originales, y, sobre todo, están admirablemente escritos; su prosa es impecable y elocuente.

Si grande fue Fouillée como filósofo –pues, como dice Höffding, continuó en los dominios de la filosofía los trabajos de Taine–, más grande aún fue como pedagogo y psicólogo, porque en su concepción de las ideas fuerzas, no solo hay un sistema cerrado, sino una orientación amplísima, donde pueden canalizar todas las iniciativas que tengan un móvil generoso y redentor. De sus esfuerzos valiosos en la esfera del pensamiento es posible que a través de los tiempos solo quede una mínima parte; pero su apostolado en pro de la acción fundada en los principios de la confianza en hallar aspiraciones y anhelos que satisfagan a la conciencia humana, probablemente será imperecedero. No puede negarse que sus desvelos hallarán la compensación que merecen, si algún día una Humanidad más perfecta acierta a convertirlos en realidad palpitante.

Fouillée, afirma Höffding, dirigió sus esfuerzos a hallar la más grande síntesis posible de la experiencia, completando de tal modo esta, que el principio de continuidad se mantenga tan lejos como sea posible.

Departiendo años atrás con nuestro insigne filósofo Diego Ruiz, decíanos, refiriéndose al filosofo recientemente fallecido:

«Comparados con Fouillée, todos los demás intelectualistas tienen el aire de haberse rendido; él solo apura las consecuencias. El intelectualismo de Aristóteles cede ante el Acto; el de Platón, ante el Bien; los [8] intelectualismos modernos se han teñido siempre de afectividad, de voluntad. Pero Fouillée, por su noción de fuerza, insuperable de la idea, ha hecho filosofía sin salir (y sin pasar, porque ya estaba dentro) de la Mecánica. Diríamos, en fin, que Fouillée es el más consecuente de los intelectuales, el más riguroso de método y el más claro y convencido de su sistema.»

En efecto; es el filósofo que en la centuria pasada llevó al intelectualismo a sus consecuencias más extremas, sin temores ni vacilaciones y tuvo la inmensa dicha de ver compartidos algunos de sus puntos de vista por un espíritu clarividente y esclarecido como el incomparable Guyau, su discípulo predilecto y una de las almas más puras y anhelantes que ha poseído Francia y con ella Europa entera. En resumen: Fouillée fue un sabio enamorado de un ideal de perfección, al que dedicó su existencia entera con el mayor de los fervores. Fue en todo momento un paladín de los principios de la sabiduría, que elevan y dignifican al hombre, y contribuyó, sin perdonar sacrificio, a formular normas que pueden hacer más sana, más buena a la Humanidad.

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Santiago Valentí Camp Ideólogos, teorizantes y videntes
Minerva, Barcelona 1922, páginas 1-8