Enrique Suñer Ordoñez Los intelectuales y la tragedia española

Capítulo III

Sumario: Síntesis evolutiva de la Institución. – Pesimismo y optimismo. – Estado paralítico de los gobernantes frente a la obra de los institucionistas. – Inopia de conspicuos políticos. – El «ejército» de la Residencia. – El Ateneo, centro conspirador y anarquizante.

En el final del anterior capítulo he pretendido probar cómo la evolución histórica en el curso de cincuenta años de vida institucional, había logrado pasar en la propaganda: 1º, por una fase filosófica y pseudo apostólica con verdadero «suaviter inmodo»; 2°, por una acción activa reclutadora de combatientes, y, 3°, por la formación de unas masas dispuestas a ejercer el imperio de la fuerza. Ya estaban las huestes preparadas para contribuir a la obra revolucionaria. El cuartel con las milicias, sin que a éstas les faltase incluso un Estado Mayor directivo, era la Residencia. Así, de modo gratuito y pérfido, se labraba, con el dinero del Estado, la ruina de ese mismo Estado, tan ayuno de hombres perspicaces o de leales consejeros que pusieran a las altas personas situadas en la cumbre del Régimen [32] constituido, en guardia contra el peligro que la marcha de los «intelectuales organizados» envolvía para toda nuestra sociedad. A este propósito, permítaseme una digresión que estimo de oportunidad en estos momentos. Es muy frecuente en nuestro país oír hablar, con poco sentido crítico, de optimismo y de pesimismo. Naturalmente, ambos estados de ánimo obedecen con frecuencia a una fórmula humoral, «endocrina», como podríamos decir empleando el lenguaje de la profesión médica; pero ¡cuántas veces los puntos de vista satisfactorios o amargos se derivan de la manera de pensar, de la perfección o imperfección del cerebro! Yo no he encontrado todavía un medio imbécil, o corto de inteligencia, con el resto de sus vísceras sano, que no sea optimista; ni tampoco un hombre de talento claro, profundo, y de espíritu sincero, que no haya apreciado con dolor las comprometidas situaciones por las que, desde que tengo uso de razón, ha pasado nuestra Patria.

Con verdadera severidad, rayana en la acrimonia, hizo D. Marcelino Menéndez y Pelayo la «disección» de muchos personajes inspiradores de Giner, entre ellos el filósofo importador de la doctrina krausista, Sanz del Río. En estos juicios del eminente polígrafo, ¿no rebosa la amargura? Sin duda que muchos lectores calificarán sus opiniones de «pesimistas». Joaquín Costa fue el más fuerte declamador de lo que se pudiera haber denominado «Delenda est Hispaniae». Sus acentos tremebundos, [33] verdaderos rugidos de león enjaulado, ¿no sonaban con expresión pesimista? Francisco Silvela, espíritu fino, hombre de cultura extensa y ordenada, ¿no traducía con aquella frase de la «falta de pulso», a través de un concepto quizás exagerado, la realidad de una sociedad descompuesta por tantos factores nocivos?

Nadie que sea justo se atreverá a negar que los mencionados eran espíritus selectos, cerebros cumbres de la cultura española.

Al hombre de gran inteligencia –y una de las propiedades de los grandes intelectos es la percepción aguda de lo presente y de lo venidero– las severas realidades, como las felices venturas, no le pasan desapercibidas y ven lo que no ve la masa mediocre de los mortales. Solamente cuando la falta de integridad, de valor o de amor a la verdad se ausentan, pueden aparecer sentimientos muy distintos a los que en lo profundo de su conciencia encierran. Entonces se califica de «conveniencias» lo que en el fondo no es otra cosa que cobardía o interés impuro. Como esos defectos del espíritu humano son, por desgracia, tan frecuentes, ello explica la escasez de los hombres sinceros. Ahora sí que viene de perilla recordar aquellos versos de Quevedo que dicen así:

«¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?» [34]

Toda esta digresión ha ido encaminada a facilitar la comprensión del «estado paralítico» en que se hallaban los hombres rectores de la política nacional frente a la obra de la Institución. ¿La conocían?, ¿es que la ignoraban? Seguramente había de todo en la viña del Señor; pero es incomprensible que algunas de las más reputadas inteligencias no hayan intervenido en contra con más decisión o eficacia. Sin duda, para ciertos comentaristas, esta indeterminación para actuar de las personas que por su autoridad oficial o social estaban más obligadas, debe ser achacada al placentero punto de vista que tomaban para mirar al país. Tenían colocadas delante de los ojos gafas de color de rosa, lo que les hacía ver las cosas con espíritu alegre y confiado.

El optimismo en los políticos gobernantes era, en la mayoría de los casos, desconocimiento profundo de la significación que tenían los acontecimientos. Así pudo suceder que D. Melquíades Álvarez me dijese, allá por el mes de marzo de 1931, contestando al peligro, por mí expuesto, de la posible implantación de un régimen comunista en España, y de las maniobras revolucionarias en este sentido llevadas a la práctica por los directores de la guerra civil e internacional, hoy claramente convertida en tragedia, «que ni una ni otra cosa podían suceder en nuestro país, donde nunca la masa popular aceptaría las ideas comunistas», &c., &c. Su triste fin a manos de los bolcheviques españoles, [35] ¡cómo le haría rectificar en los últimos momentos! Es increíble que un hombre consagrado a la vida pública durante tantos años, pudiese comulgar con tanta ignorancia. Pues lo mismo que el citado, otros muchos cultivadores profesionales de la política estaban ayunos de pensamientos seguros sobre esta materia, y carecían de la visión profética indispensable para quien aspira a dirigir los destinos de un pueblo. Y es que, en general, las figuras destacadas de la política española no estudiaban lo suficiente. Con excepción de Canalejas, Maura, algunos otros, pocos, y, por encima de todos, Calvo Sotelo, los demás, aun los que gozaban –empleo el pretérito porque todos ellos se pueden considerar dentro del panteón del olvido– de verdadero talento o de ingenio refinado, cuyos gustos literarios estaban probados en interesantes libros, no percibían los puntos flacos de la vida nacional. Por eso, la política que hacían era más de entretenimiento, de tertulia de amigos, de conversaciones chispeantes, de sátiras finamente aceradas, de intrigas y ambiciones, que labor profunda, austera, callada, aplicadísima, como la realizada por esos dos grandes hombres, genios de hoy y de mañana, que se llaman Mussolini e Hitler.

Entre los personajes de segunda línea dedicados en nuestra tierra a la cosa pública, existían algunos estudiosos, conocedores sorprendentes de la Historia española, especialmente de la moderna y la contemporánea; pero, en estos casos, razones que [36] se nos escapan, les mantenían retraídos del Poder, o no alcanzaban en las breves etapas de mando a producir en el país el ansiado beneficio.

Era, pues, unas veces, la falta de preparación o la escasez de dotes personales lo que esterilizaba el paso de nuestros ministros por las poltronas; otras, los «obstáculos tradicionales» –que yo considero no sólo como expresión en el sentido corrientemente dado a esta frase, sino como símbolo del escaso desarrollo de la disciplina y cultura sociales– se oponían al éxito de los gobernantes. Al lado de todas las causas mencionadas, con relieve especial, aparecían las concupiscencias, la falta de amor verdadero a la Patria y hasta la «locura senil», porque sólo por este motivo, caritativamente pensando, puede explicarse la triste actuación, en el desarrollo de los acontecimientos actuales, de don José Sánchez Guerra, político que, a mi juicio, deberá pasar a la Historia como uno de los hombres más funestos que ha tenido España, y para el cual está haciendo mucha falta la publicación de un dictamen médico autorizado, que permita ante la posteridad atenuar, si no suprimir, el juicio adverso de los que escriban las crónicas de los siete años últimos; juicio que entonces deberá recaer sobre los hombres que alentaron a un enfermo, con cerebro perturbado por la peor de las demencias, y que, al no querer evitar los perjuicios terribles producidos al país por su actuación, se hicieron reos del más grave de los delitos: el de «lesa patria». [37]

Como síntesis de lo expuesto, resulta que el optimismo de la inmensa mayoría de nuestros hombres públicos era ignorancia, concupiscencia o locura, y que el pesimismo –visión amarga para aplicar el remedio de la realidad exacta– de los que más valían se castigaba con el asesinato –casos de Canalejas, Dato, Calvo Sotelo– o con la muerte civil –Maura, Silvela–. ¡De este modo marchaba dando tumbos la Nación española!

* * *

Preparado el ejército combatiente en la Residencia de Estudiantes; colocadas sus huestes bajo la directiva sugestión de los agentes sabiamente emplazados para comenzar la «Era revolucionaria», la primera finalidad estratégica de aquella «jarca» fue lanzarse, por imperio de la violencia, a la conquista de las cátedras más importantes, especialmente las de Madrid y Barcelona. Una de las primeras batallas se libró algunos años antes de la dictadura de Primo de Rivera con motivo de la provisión de una vacante de Patología médica en la última población citada. En ella tuvo que salir el tribunal de mala manera, entre denuestos y silbidos de los escolares «residentes» unidos a otros secuaces captados por los primeros. Por cierto que uno de los jueces en aquellas oposiciones, el doctor Royo Villanova, de Zaragoza, hizo una valiente intervención en el Senado, acusando de la dirección de las «turbas» al boyante e inquieto Dr. Marañón, [38] a quien puso «como no digan dueñas» con alusiones al valor del proteccionismo familiar en la propaganda de su persona y de su fama. Después –no he seguido bastante cuidadosamente la pista– no sé si las malas relaciones surgidas de aquellas violentas controversias se atenuaron con motivo de alguna intervención azañista, desagradable para el eminente profesor aragonés.

El aludido –una de las acciones más formidables de los «escolares organizados»– fue de los primeros escándalos producidos por la injerencia de los institucionistas en la adjudicación de cátedras universitarias. Con marcha rápida, las coacciones «del público estudiantil» fueron ejerciéndose en otras ocasiones. Recordamos, entre ellas, las realizadas en la provisión de una cátedra de Derecho mercantil en la Facultad de Madrid; la de otra de Anatomía, en la que el glorioso Cajal, por el enorme delito de votar en blanco, fue abucheado, insultado, golpeado con productos hortelanos, hasta el extremo que algunos de los profesores asistentes al acto de la provisión –malas lenguas decían que para animar a sus tropas al cumplimiento de la violencia–, viendo que peligraba la integridad física del gran histólogo español, se creyeron en la obligación de hacerle muralla defensiva con sus cuerpos. Uno de los vocales de aquel tribunal hubo de huir por una de las puertas laterales del anfiteatro, buscando en el sucio rincón de una carbonera albergue y escondite, al mismo tiempo, que le [39] pusiera al abrigo de las turbas perseguidoras de su persona, a la que iban a buscar con el claro propósito de «pasearle», según el trágico vocablo de triste actualidad hispana.

Estos y otros desmanes que a continuación narraré lograron crear dentro de la vida universitaria, con extensión a otros Centros docentes más alejados de la Universidad, un ambiente de intranquilidad, desasosiego e indisciplina que hacían difícil ya, hacia los años 20, 21 y 22, el desenvolvimiento normal de los cursos, el mantenimiento de la autoridad en los Tribunales y el prestigio de esta misma autoridad en los rectores y decanos. Indudablemente, se estaba creando una atmósfera revolucionaria en los Claustros, a la que no eran ajenos, ciertamente, bastantes profesores, ayudados por algunos directores de importantes Centros académicos. Para ser completo en la exposición de los hechos, diré que en la conducta escolar había una gran parte de buena fe, con sobra de inconsciencias. Los jóvenes, de la Residencia o de fuera de ella, obedecían a la clara sugestión que sobre la masa han ejercido en todas las épocas de la Historia los que han sabido envenenarla.

Leyes de psicología colectiva explican el comportamiento de las multitudes ilusionadas o alucinadas. El «tono moral» de las colectividades presas de la ira –como dice Payot–, es, casi siempre, superior o inferior al que corresponde a la verdad y a la justicia. La «masa», dicen otros psicólogos, [40] modifica desfavorablemente las soluciones equitativas. Por eso explícase la posibilidad de que un individuo ajeno a la mentira cuando se produce en el aislamiento, difame, injurie y calumnie, en contacto con una multitud enfurecida. Es así como se ha creado siempre el «espíritu revolucionario» en las agrupaciones numerosas. Por eso volvemos a decir que la «psicología de esta revolución española» se había implantado ya en la época a que aludimos, y aun antes de ella, en la Universidad madrileña.

No era solamente en la Universidad donde esta «perturbación de los espíritus» se realizaba. Coincidente con ella, en otras partes se trabajaba ardientemente en el mismo sentido. Hombres muy inteligentes, aunque gravemente desequilibrados, como Unamuno y Valle Inclán, en Salamanca y en Madrid; otros, en todas partes de España, intervenían constantemente con discursos, conferencias, conversaciones o libros demoledores. En el recuerdo de muchos están las diatribas, incluso personales, contra los monarcas, de Unamuno. En la «cacharrería» del Ateneo se podía oír a Valle Inclán preconizar, ante un grupo bastante nutrido de oyentes, la necesidad de hacer un «degüello de las personas reales». Esta institución –el Ateneo– había dejado de ser, por la época del 21, un centro cultural, para convertirse en un club de agitación política de la peor especie. La masonería, con todos sus precedentes, aledaños y subsiguientes, se había apoderado del salón de conferencias y de los pasillos para [41] intrigar y conspirar contra lo constituido. Allí acudían los hombres del «caos», convertido en catastrófica realidad; allá pululaban los Azañas junto con los que estuvieron después «al servicio de la República». En aquel antro, Marañón y compañía se deshacían en invectivas contra las «altas personas», sin guardarles ni el respeto ni la consideración obligados por el que había sido «invitado» en viaje a Las Hurdes, como niño mimado de la aristocracia y de la prensa. Eran los «intelectuales», dispuestos a la acción, los que, en el Ateneo como en la Universidad, conspiraban para vengar supuestos agravios, y todos para arribar locamente a los altos puestos directores del país, atrapando de paso cátedras y academias, indispensables en la saturación de una ambición que no se atrevía a luchar en las lides de las oposiciones, propias, según algunos de los superhombres, para los modestos cerebros de los que no estábamos tocados con la divina llama del genio o, por lo menos, del «superior talento». Así, pues, desacreditándolo todo: oposición, enseñanza, gobierno, monarquía, se aspiraba a recoger, por la destrucción de lo existente, el botín de lo que restara, sin fijarse –o sabiéndolo muy claramente– en que todos estos arrivismos y vanidades estaban alentados, sostenidos e incrementados por las «fuerzas ocultas», que, para la fecha a que nos referimos, habían ya decidido hacer de España una «colonia rusa». A partir de esta determinación se desencadenó una ofensiva general contra el Trono. [42]

Era menester derribar el baluarte conservador de un Estado burgués, para sustituirlo por esa situación de tipo anárquico en que, al cabo de pocos años, sumieron a España. Claro está que en un principio sólo se hablaba de corrupciones de la organización estatal existente, de la revisión de los poderes constitucionales. La palabra «República», aún no salía a los labios de los revolucionarios. Por todas partes se hablaba de inmoralidades y de «abusos del poder personal». Con paso rápido se caminaba, por los directores de la empresa, a la consecución de los fines propuestos. Annual fue la ocasión propicia para desatar la ofensiva, que hubiese logrado, tal vez, de un modo inmediato, sus fines, si no hubiese aparecido la providencial figura de aquel buen español que se llamó D. Miguel Primo de Rivera.

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Enrique Suñer Ordoñez Los intelectuales y la tragedia española
2ª ed., San Sebastián 1938, págs. 31-42