Monita Secreta
o Instrucciones Reservadas de la Compañía de Jesús

Biblioteca Filosofía en español, Oviedo 2000
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Capítulo Primero

De qué modo debe conducirse la «Sociedad» cuando comienza alguna fundación.

1. Para hacerse agradables a los vecinos del pueblo, importa mucho explicarles el objeto de la Sociedad, tal como está prescrito en las reglas, donde se dice que la Sociedad debe aplicarse con tanto afán a la salvación del prójimo como a la suya propia. Para esto deben desempeñarse en los hospitales las funciones más humildes, visitar a los pobres, a los afligidos y a los presos. Es preciso oír las confesiones con benevolencia, y ser con los pecadores muy indulgentes, a fin de que las personas más importantes admiren a los nuestros y los amen, tanto por la caridad que muestren para todos, como por la novedad de su blandura. [280]

2. Que todos tengan presente que deben pedir modesta y religiosamente los medios de ejercer los ministerios de la Sociedad, y tratar de alcanzar la benevolencia, principalmente de los eclesiásticos y de los seglares que ejercen autoridad, a los que algún día podrán necesitar.

3. También deberá irse a los lugares apartados, en los que se recibirán las limosnas que quieran dar, por pequeñas que sean, después de hacer presente la necesidad que de ellas tienen los nuestros. Luego deberá darse limosna a los pobres, a fin de hacer formar buena opinión de la Sociedad a los que aún no la conocen, y de que sean con nosotros muy generosos.

4. Que todos parezcan estar inspirados por el mismo espíritu, y que aprendan a tener las mismas maneras, para que la uniformidad en tan gran número de personas los haga simpáticos y respetables. A los que así no lo hagan, despedirlos por perjudiciales.

5. Al principio los nuestros deben guardarse bien de comprar propiedades; pero si juzgan necesario comprarlas, que lo hagan en nombre de amigos fieles, que den la cara y que guarden el secreto. Para que nuestra pobreza se vea mejor, conviene que las tierras que se posean junto a un colegio se asignen a otros que estén lejanos, lo que impedirá que príncipes y magistrados sepan a cuánto ascienden las rentas de la Sociedad.

6. Que no se establezcan colegios más que en las ciudades ricas.

7. A las viejas viudas hay que [281] encarecerles nuestra extrema pobreza, para sacarles el dinero que se pueda.

8. Que sólo el provincial sepa en cada provincia a cuánto ascienden nuestras rentas; que a lo que asciende el tesoro de la Compañía sea un misterio sagrado.

9. Que los nuestros prediquen, y digan en sus conversaciones, que han ido a enseñar a los niños y a socorrer a los pobres gratuitamente, y sin distinción de personas, que no somos una carga para los pueblos, cual las otras órdenes.


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Fernando Garrido
¡Pobres jesuitas!
Madrid 1881, páginas 279-281