Luis Araquistain
 
El peligro yanqui · 1921

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Luis Araquistain, El peligro yanqui, Madrid 1921, páginas 188-194

La política internacional · IX

Rivalidad yanqui-japonesa

«La era mediterránea declinó con el Imperio romano y murió con el descubrimiento de América. La era del Atlántico está ahora en la cima de su desenvolvimiento y pronto agotará los recursos de que dispone. La era del Pacífico, destinada a ser la más grande de todas y a unir a toda la raza humana, al fin, en un gran consejo de naciones, está justamente en su aurora. El hombre, en su emigración hacia Occidente, ha recorrido, al fin, toda la redondez del Planeta, y los hijos del más reciente Oeste están ahora en la costa de América del Pacífico y se dan la mano, por encima del mayor de los Océanos, con aquellas antiguas razas de Asia, que habitan desde tiempo inmemorial en sus actuales países. El destino de la nación americana es estar situada al frente del disturbio que debe acompañar a este nuevo desplazamiento de los pueblos. Yo creo que la contienda será amistosa y pacífica, y lo será seguramente, si nos mantenemos tan fuertes que no tengamos que temer ninguna injusticia y si al propio tiempo respetamos escrupulosamente los derechos y sentimiento de los demás.»

Así habló en una ocasión Roosevelt, tendiendo su mirada de profeta y de águila sobre el Pacífico. El mundo, en efecto, va a cerrar el círculo de su errático movimiento de Oriente a Occidente. Como Europa ponía su proa a América, vuelve ya América sus ojos a Asia. La expansión de los Estados Unidos se dirige al Sur y al Oeste, al Oriente histórico convertido en Occidente por el rodar de los siglos. La posesión de las islas Filipinas fue una de las primeras etapas en el proceso expansivo. Pero la aspiración yanqui, y, tras ella, el comercio y algún día quizás sus armas, alcanza al mismo Continente asiático. La Mandchuria y Corea tientan de antiguo al Estado y al capitalismo norteamericanos.

Pero hay una potencia obstructora a esta marcha: el Japón. Este país es al Asia lo que los Estados Unidos a América: la fuerza rectora y absorbente de los pueblos amarillos y la barrera de los pueblos blancos. Todavía no ha proclamado ninguna doctrina al modo de la de Monroe; pero, tácitamente, hace años que comenzó a practicarla. Asia para los asiáticos. Y no para todos, sino para los más fuertes, para los únicos fuertes: para los japoneses. La guerra de 1894 con China, por la posesión de Corea, reveló de pronto uno de los mayores misterios de la Historia, hasta ahora sin precedente: la transformación de un pueblo milenariamente decrépito y estacionario en una de las grandes potencias del mundo. La guerra rusojaponesa fue la apoteosis del Japón como pueblo moderno y el principio de su política continental: el empujón atrás de Rusia en su expansión asiática.

El gran problema de Asia es la incapacidad de la China de mantener la coherencia de su inmenso Imperio. Su indefensión ha sido el cebo de las grandes potencias. Todas han acudido a aprovecharse de su inercia y, si llegaba el momento, de sus despojos. Se había iniciado el sutil e hipócrita proceso de colonización pacífica. Durante mucho tiempo, imperó, por voluntad de Inglaterra, el régimen de «puerta abierta» o de igualdad económica para todos los países. Más tarde comenzó a substituirse este sistema por el de «esferas de influencia», que consiste en tomar asiento en un territorio determinado e irse quedando gradualmente con él. Rusia se había instalado en Mandchuria como en casa propia, y aspiraba a extender su influencia también a Mongolia. Alemania se había apoderado de Kiao-Chou y se había convenido en concederle otra esfera al Sur de las de Rusia. Inglaterra contaba con Wei-hai-wei, en el saliente peninsular de Shantung, y tenía puestos los ojos en el valle del Yangtse, en el Thibet y en la China meridional. Francia miraba a las provincias adyacentes de sus posesiones de Tongking. El destino de la China era el común a tantos otros imperios agónicos: el reparto. Pero la guerra rusojaponesa aventó la política de esferas de influencia y restauró el régimen de puerta abierta. ¿Lo hizo el Japón por China? Sería necedad suponerlo. Lo hizo por sí mismo, tal vez con la secreta esperanza de ser él, el Japón, algún día el único arbitro del gran hormiguero chino y con el tiempo quizá de la mayor parte de Asia. No se pierda de vista el paralelo biológico, expansivo, imperialista entre el Japón y los Estados Unidos, y se comprenderá mejor la política de ambos países en las dos orillas del Pacífico.

La tendencia del Japón es adueñarse de la China. La anexión de Corea fue el primer peldaño. La guerra rusojaponesa le otorgó privilegios importantes en materia de líneas ferroviarias en la Mandchuria. La última guerra europea le ha dejado Kiao-Chou, punto de apoyo en China del imperialismo alemán. El mar del Japón y el mar Amarillo están destinados a formar un «mare nostrum» japonés, como el de los Estados Unidos en el Caribe. ¿Quién podrá impedírselo? ¿Quién podrá estorbarle en sus ambiciones de expansión Asia adentro, movido en parte por presunción mesiánica, como la Alemania de 1914, como la América del Norte actual, y en parte por necesidad económica? No Rusia, demasiado entretenida ahora con su profunda revolución. Ni Alemania, encogida por la derrota. Ni Francia, cuyo imperialismo nunca fue tan ambicioso. Ni Inglaterra, cuya previsión la ha aconsejado concertar una alianza con un país como el Japón, tan próximo a la India y a sus dominios del Pacífico, además de ser geográfica y navalmente un formidable aliado para el caso, de ningún modo imposible, de un conflicto con la América del Norte. No hay más que un país que quiera ser obstáculo a la política expansiva del Japón: los Estados Unidos.

Tres son los motivos principales de rozamiento: Mandchuria, Corea y la emigración japonesa a la República norteamericana. Hasta la guerra ruso- japonesa, las relaciones entre el Japón y los Estados Unidos fueron cordiales: tenían de común el interés de despojar a Rusia de su influencia en Mandchuria. Ninguna neutralidad fue tan benévola y alentadora como la de los norteamericanos por los japoneses. Pero concluida la guerra, tan victoriosamente para el Japón, la actitud de los Estados Unidos cambió visiblemente. En la China, uno de los más eficaces instrumentos de dominio es el ferrocarril, favorable a la estrategia, a la penetración pacífica y al desenvolvimiento económico del país que lo posee. Los ferrocarriles chinos son o francamente extranjeros o construidos y dirigidos por capitalistas y técnicos extranjeros. Unos son ingleses; otros rusos. A modo de indemnización, Rusia se vio obligada a ceder al Japón unas líneas del Sur de Mandchuria. Esta ingerencia de los japoneses en la China por medio de vías férreas suscitó inquietudes en los Estados Unidos. ¿No daban esas líneas al Japón ventajas militares y económicas de tipo semejante a las que antes había gozado Rusia?

El primer acto de rivalidad de los Estados Unidos hacia el Japón fue proponer a las diversas potencias interesadas en la China la neutralización de sus ferrocarriles. Como es natural, rusos y japoneses se indignaron y las demás potencias se encogieron desdeñosamente de hombros. Más tarde, el mismo autor de esa malograda proposición, el ministro de Estado norteamericano, Knox, obtuvo de la China autorización para construir una línea férrea de unas mil millas, paralela a la japonesa del Sur de Mandchuria y contraria a varios tratados vigentes; pero el Japón cedió a este proyecto, tal vez por no extremar la enemistad de los Estados Unidos, acaso porque parcialmente le conviniera, aunque no sin sentirse irritado por el ostensible entrometimiento de los norteamericanos.

Comercialmente, la rivalidad entre el Japón y los Estados Unidos es también palmaria. Los japoneses compiten ventajosamente con los comerciantes del Norte de América, en Mandchuria y Corea, en parte porque también son mejores consumidores de los productos de estos países; en parte por la mayor baratura de los productos manufacturados, debido a que la mano de obra del Japón está peor pagada que en los Estados Unidos, y también a la posición geográfica, que requiere menor gasto de transporte; y en parte a las afinidades de raza y de lengua, que hacen más fácil el comercio. Los norteamericanos se resisten a reconocer la natural evidencia de estas ventajas y creen que es la astucia y la mala fe de los japoneses lo que dificulta su asentamiento en Asia y lo que engendra una tendencia a decrecer de su comercio con esos territorios del Pacífico. No sería extraño que en lo más íntimo del ánimo de los japoneses anidara el propósito de expulsar gradualmente de Asia a todos los pueblos de raza blanca, para ejercer la hegemonía en ese Continente y servir en él de aglutinante para elaborar un gigantesco bloque de la mayor parte de los pueblos asiáticos –¿sería sorprendente que el Japón sufriese también con el tiempo la enfermedad ideológica de un Imperio Universal, como la que acaba de padecer Alemania y está ya padeciendo la República del Norte de América?–; pero si hay un país cuya eliminación del Asia y tal vez de todo el Pacífico ansían los japoneses más que la de ningún otro, son los Estados Unidos.

Aparte una comunidad de apetitos primarios, propios de países jóvenes rejuvenecidos, que establece una seria competencia entre los Estados Unidos y el Japón en Asia, y aparte las maneras, demasiado rudas y altivas de los norteamericanos, que chocan con las sutiles y delicadas de un pueblo con tanta historia como el japonés, hay otra razón que explica la animosidad de los japoneses contra los norteamericanos, y es el régimen de lo que podía llamarse puerta cerrada contra la emigración japonesa a los Estados Unidos. Hasta 1884, los japoneses emigraban poco al Norte de América. Pero en ese año la República norteamericana dicta la ley de exclusión de los emigrantes chinos y esta medida favorece la inmigración japonesa, que en el año de su mayor cifra, en 1907, asciende a 30.000 individuos. Pero en ese año culmina también la agitación de las sociedades obreras de California contra la emigración de japoneses, campaña que se resuelve con un convenio de exclusión de cierto tipo de emigrante japonés, generalmente el tipo de obrero no cualificado, con objeto de evitar la competencia de salarios. La persecución de japoneses en los Estados del Pacífico, pero sobre todo en California, ha sido acerba. Se ha querido prohibir a los niños japoneses la asistencia a las escuelas comunes. Se han asaltado establecimientos de japoneses. Hay leyes locales que les impiden adquirir tierras y ejercer, por lo tanto, determinadas actividades. Millares de japoneses han regresado a su país, llenos de explicable rencor. Los norteamericanos los aborrecen y no lo disimulan. Los japoneses callan sombríos y meditabundos. Todo lo darían por bien sufrido si, por lo menos, los Estados Unidos les reconocieran el derecho de la nacionalización, que hoy se otorga a todos los inmigrantes menos a los japoneses.

¿Se comprende que el Japón quiera, en su fuero íntimo, cerrar las puertas del Asia a un país que de tal modo se las cierra a sus ciudadanos y de añadidura los desprecia y en más de una ocasión los ultraja? La actitud de los Estados Unidos estará justificada por la necesidad de mantener los altos salarios de su clase obrera, por más que los de los japoneses no hayan sido, en general, tan bajos que la competencia fuera imposible. Tal vez los norteamericanos no quieren acrecentar y agravar con la inmigración amarilla un problema trágico de raza: el de los millones de negros que no quieren asimilar ni pueden deportar ni destruir; el problema más grave de cuantos hay planteados en los Estados Unidos, a juicio de algunos de sus hombres más inteligentes. Pero esa actitud tiene que causar irritación en los japoneses y es una más en el montón de substancias inflamables que se está formando entre los dos países desde la guerra rusojaponesa.

Entretanto, ambas potencias se dan prisa en aumentar indefinidamente sus armamentos navales, que ya son, después de los de Inglaterra, los mayores del mundo. El Japón teme, sin duda, que los Estados Unidos neutralicen por las armas los privilegios económicos de su posición geográfica frente a China. Los Estados Unidos acaso teman que el poderío japonés quiera extenderse hacia los archipiélagos de Oceanía, donde ya los norteamericanos han puesto el pie y donde hay islas que incitan a la codicia, ya por razones estratégicas, ya por su riqueza en valiosísimos productos, como el petróleo de las de la Sonda. La concesión de la isla Yap, en las Carolinas, por la Liga de Naciones a los japoneses no hubiera suscitado tal descontento en los Estados Unidos, aun siendo grande su importancia como estación de cables, sino por lo que hay de sintomático. Inglaterra vigila a lo lejos la rivalidad de las dos novísimas potencias, tan semejantes en sus apetitos, necesidades y quimeras, y acaso piensa, conforme a una fatal filosofía de la Historia, siempre confirmada por el curso de los siglos, que es inevitable que esos dos astros ascendentes choquen un día de manera espantosa, para que el mundo recobre su equilibrio, otra vez amenazado. Triste destino el de esta pobre Humanidad que parece no tener otro objeto que el dar vueltas al planeta, erigiendo imperios sobre las ruinas de los caídos y destruyendo inmediatamente los que acaba de levantar, castigando la soberbia de unos pueblos y cayendo en seguida los castigadores en el mismo pecado de los que recibieron castigo. La rivalidad americano-japonesa indica, o que la vida de los pueblos tiene exigencias superiores a la vida y riqueza de sus individuos, o –sin meternos en honduras– que pocos son bastante discretos para escarmentar en cabeza ajena, acaso porque les falta o les sobra la propia...


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