Luis Araquistain
 
El peligro yanqui · 1921

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Luis Araquistain, El peligro yanqui, Madrid 1921, páginas 195-201

Epílogo

El niño gigante

Envejecido, sustentándose en un bastón, arrastrando los pies, dolorosa ruina humana, Wilson salió por última vez del edificio donde se había celebrado el último Consejo de ministros. Hay en el expresidente norteamericano algo de rey destronado o de dios expulsado del Olimpo. O, quizá mejor, algo de héroe trágico, vencido por una fatalidad externa, más fuerte que su espíritu.

En el balance que la Historia haga de Wilson habrá dos partes: la de sus pensamientos y la de sus obras. Sus pensamientos fueron siempre nobles y encendidos de emoción humana. Era el suyo un lenguaje que pocos políticos contemporáneos entienden y casi ninguno habla, lindero de la lírica y del estilo profético, Sus obras, en su mayoría, son lamentables. ¿Sus obras? Mejor sería decir las de sus escuderos, las de sus ejecutores, las de los que van tras el botín y no tras la idea pura. Pero, aunque él no autorizara las obras de sus ejecutores y aunque probablemente las repudiara en su fuero íntimo, la posteridad le hará a él responsable de cuanto aconteció bajo su era presidencial, de todos los tratos y contratos de los Estados Unidos.

Quiso dotar al mundo de una constitución internacional denominada Liga de Naciones, y el mundo se rió de él después de aprovecharse las grandes potencias de lo que había de utilitario en la idea. Sus conciudadanos consintieron en que su idealismo apareciera como la encarnación de todo un pueblo; pero cuando llegó el instante de ponerlo en práctica, con los sacrificios a que se obliga ejemplarmente el propio idealista, su pueblo le dejó solo, y lo que parecía creación colectiva de los Estados Unidos, la Liga de Naciones, nadie la desautorizó tan pronto y mortíferamente como los propios creadores.

En el resto de América proclamó, renovando la doctrina de Monroe, la independencia y soberanía de todos los países. Pero el destino le reservaba la ingrata misión de presidir el período más intervencionista de los Estados Unidos, el más atentatorio contra la soberanía e independencia de gran número de repúblicas. En su tiempo, bombardearon fuerzas norteamericanas la costa de Méjico y desembarcaron tropas en Veracruz; hubo varias revoluciones en este país y se asesinó a Carranza, el mayor enemigo de la orgía internacional de petróleo mejicano. En su tiempo, los Estados Unidos convirtieron de hecho en protectorados a Haití, a Santo Domingo y a Nicaragua; Panamá lo era ya anteriormente. La teoría del «mare nostrum», del Caribe para los Estados Unidos, complementaria de la idea de un gran imperio que abrace la mitad del continente americano, desde el estrecho de Behring hasta el canal de Panamá, incluyendo el Canadá, las Antillas, Méjico y las repúblicas centroamericanas, nunca había hecho tan poderoso avance como en tiempo de Wilson.

El máximo imperialismo en el período regido por uno de los Presidentes más idealistas de los Estados Unidos. ¿Cómo explicarse este contrasentido? ¿Consistirá en que su idealismo era falso, nada más que de palabras? A pesar de todas las apariencias, creemos recalcitrantemente en la sinceridad de Wilson, y esa imagen suya de última hora, agobiado, deshecho física y moralmente, se nos aparece como la imagen de una tragedia íntima, de una conciencia elevada, pero débil, vencida por una realidad innoble, pero poderosa.

La explicación es mucho más sencilla, y tal vez el caso de Wilson sea representativo, y no infrecuente en otras esferas, de la época moderna. Los Estados Unidos venían oyendo de todas partes reproches de excesivo practicismo, de estar sobradamente dominados por apetitos y fines materialistas. Wilson, un hombre distante del mundo de los negocios, procedente del reino sereno del estudio, del desinterés y de la meditación, cubriría con el pabellón de su idealismo la mercancía y la nave utilitaria del Estado norteamericano. Wilson sería el capitán iluso que cree navegar en dirección a sus sueños, mientras el buque se deja arrastrar en sentido contrario por la corriente de los grandes intereses económicos. Wilson quiso recoger en su vela todos los vientos de un régimen económico tan pictórico y desbordante como el de la República norteamericana; pero, en vez de guiar él, y acaso creyendo que guiaba, ha sido él el arrastrado, y cuando en su ilusión fue demasiado lejos, o cuando ya no era necesario, le dejaron sin autoridad y en ridículo. La pesadumbre de la burla o del fracaso es la que súbitamente, como un rayo, le convirtió, de hombre público, en cadáver público.

Parece difícil querer armonizar ningún idealismo con las fuerzas prácticas que constituyen la esencia del mundo moderno. A veces, el materialismo imperante gusta de cubrirse con el prestigio de una personalidad como Wilson, para obrar más desenvuelta y vorazmente a su sombra. Pero la tragedia del individuo crédulo y desinteresado es inevitable. La época actual sólo es provechosa para los hombres de presa, de garras y dientes. Sobran las ideas.

De todos los países modernos, en ninguno ha sido el materialismo tan preponderante como en los Estados Unidos. Toda la vida de la nación está dominada por el apetito de utilidad. Hay un libro, Our America, de un joven y brillante escritor norteamericano, Waldo Frank, en que aparece convincentemente descrito el proceso psicológico del utilitarismo yanqui, desde los tiempos originarios del pioneer, explorador, hombre fronterizo, y del puritano del Mayflower, como consecuencia de la doble lucha con la naturaleza exterior y con los instintos. «Bajo el imperio de las exigencias del pioneer –dice Frank,– en la completa absorción de las energías humanas por los negocios empíricos, se materializó la religión. Quedaron las palabras místicas. De hecho, sin embargo, la religión se convirtió en importante auxiliar de los asuntos de la vida», y «la negación de los sentidos dejó en libertad una mayor energía para la caza del poder y la riqueza», y «los sentidos, mortificados por los preceptos ascéticos –que tan bien se ajustaban a las crudas condiciones del país– tomaron su venganza en una desatraillada busca de riquezas.»

El utilitarismo fue universal. «La misma convicción utilitaria –prosigue Frank– se afirmó en nuestras universidades. La mayor parte de las primitivas instituciones de enseñanza superior tenían en los Estados Unidos raíces teológicas. Y los lazos íntimos entre la Iglesia y el comercio fueron atemperados por la enseñanza. Al principio, solo una minoría, las clases adineradas fueron al colegio. Aquí se preparó a la juventud americana, ya para aquellas profesiones que sostenían el sistema social de explotación o ya, más directamente, se le educó en una cultura académica general, cuyas significaciones todas coincidían con el sentido de la santidad de la propiedad y con la moral del éxito. La literatura y las artes hallaron su lugar en las universidades. Hallaron su lugar en la primitiva vida urbana de los Estados del Este. Pero existía una implícita inteligencia de cuál debía ser ese lugar. La «cultura», que el americano se había visto obligado a dejar atrás, en Europa, se convirtió en un artículo que podía recobrarse con dinero: una insignia de posición y prestigio, y, finalmente, una especie de cebo para la pesca de peces menos astutos.» «La convicción utilitaria rige en las universidades de Yale y Harward, no menos que en los cursos de extensión de los colegios del Oeste y en las difundidas escuelas para empapelar y para escribir cuentos. Así también la única filosofía que América puede justamente proclamar como propia. Estábamos en el nivel cultural en que apetecíamos pensamiento sistemático, y desarrollamos el pragmatismo. La medida pragmática de los valores es la utilidad.» «Conforme a su norma, el mundo es el paradigma de progresar, del éxito. Los valores de la vida pierden su inherencia y se subordinan a la concepción abstracta del progreso, en el cual está realmente colocado el mundo como una especie de locomotora.» «La vida es una máquina, y como una máquina, produce externamente. En consecuencia, el deseo individual es malo, salvo en tanto que se conforma a la actividad abstracta de la máquina.»

Hay en el libro de Frank una imagen que representa exactamente al pueblo americano: la de un niño gigante. «Nada hay más horrible que un cuerpo físicamente maduro, movido por un cerebro infantil.» «El cerebro de un niño en el cuerpo de un niño es una flor. El cerebro de un niño en el cuerpo de un hombre o de una mujer es un espectáculo repelente.» El resultado de este infantilismo que podría llamarse elefantino es un exagerado y ciego optimismo. «América –continúa Frank– fue construida sobre un sueño de tierras encantadas, y el sueño se ha hecho realidad. Persiste el sueño en los problemas, infinitamente más duros, de salud social y física. Creemos en nuestra estrella. Y no creemos en nuestra experiencia. América está llena de pobreza, de enfermedades sociales, de opresión y degeneración física. Pero no queremos creer que sea así. Nos asoleamos en el benigno engaño de que nuestra libertad es perfecta. Del mismo modo, el pioneer, destrozado por los indios, destruido por las fiebres malarias, destruido por el desierto y la montaña sin cima, no quería creer en todo eso; sólo creía en avanzar. Sin embargo, hay una gran diferencia. La hazaña física tenía mejor éxito inconscientemente y estimulada por un sueño. El crecimiento espiritual, sin afrontar el mundo, es una concepción imposible.»

Resumiendo el sombrío cuadro de Waldo Frank: «El industrialismo barrió la tierra americana y la hizo rica. Penetró en el alma americana y la hizo pobre. Nuestras aldeas y ciudades estuvieron pronto llenas de tullidos y destrozados. Un mundo doblegado, increador, fue testigo del destino del espíritu humano en una civilización que sólo podía persistir negando la experiencia, por la mecanización del deseo. Pues el deseo no podía negarse. Se enfermó, se encogió, se desenvolvió perversamente. Buscó expresión en las artes neuróticas, en religiones obversamente sensuales, en un sádico impedimento de los deseos de los demás: en todas esas torsiones mentales que hicieron que un exacto observador como el señor Chesterton nos juzgara avejentados y decrépitos.»

Este niño gigante, todo mecanización e incapaz de toda crítica, es el que está ahora en el cruce principal de los caminos del mundo, entre Europa y Asia, todo apetencia, sin idea de límite, mesiánico, ávido de poder, riqueza y gloria, ebrio de propia Historia, no aleccionado aún por la experiencia común, que es la Historia universal. La conjunción y armonía de todos sus componentes en esas rutas psicológicas y geográficas del dominio han de engendrar grave inquietud en todo observador de los trágicos destinos del mundo. No hay ninguna disonancia. La clase capitalista sigue su ley de crecimiento y absorción, por encima de las fronteras de la tierra y del mundo moral. La clase obrera no ha madurado aún en el sentido de que sus males deben buscar remedio en un cambio de raíz del régimen imperante: su ideal es todavía el del individuo primitivo, el pioneer, cuya suerte puede transformarse y llegar a convertirse de paria en multimillonario a poco que la suerte, el capricho de los hados ayude. La prensa, en vez de ser reflexión, freno, prudencia, maestra experimentada en el destino de otros pueblos, es, con rarísimas excepciones, fuelle de todas las pasiones de la riqueza y el poderío, instigadora y encubridora de todos los extravíos de los conductores. La mujer es otro acicate: flojo el sentimiento de la familia y no ganada aún por el espíritu público, necesita constantes, crecientes, ilimitadas riquezas que la distraigan de un estéril ocio en que todavía no ha hallado su nueva personalidad. El oro indígena –en sus innumerables formas de dones naturales– se agota y sus guardianes miran sobre las fronteras y sobre los mares, al Sur y a Occidente, al centro de América, a Oceanía y Asia, en busca de nuevos campos de explotación; el águila inquiere con los ojos los países y pueblos donde ha de clavar sus garras. Tiemblan las víctimas, actuales ya o en potencia: Méjico, las Antillas, las repúblicas centroamericanas, las islas del Pacífico; Inglaterra y el Japón se inquietan, secan su pólvora y afilan sus armas; los pueblos hispánicos sienten sobre sus espaldas el escalofrío de las invasiones y ven en las escalas del mundo el problema de su independencia, de su integridad y de su personalidad histórica formada por la raza y la lengua. El planeta vuelve a un período de zozobras semejante al que media entre 1870 y 1914 y acaso se resuelva en análoga tragedia intercontinental, que sería la catástrofe definitiva de una civilización milenaria. La preparación armada sería inútil para impedir el desastre; antes bien, lo agravaría, precipitándolo. No hay más esperanza que el clamor moral, y antes el conocimiento de lo que se fragua. A eso responden las páginas de este libro. Quieren ser un aviso y el comienzo de una actitud. Sentimos excesiva estimación por los Estados Unidos para callar ante un proceso de su desarrollo que está destinado a destruir tantas energías y bienes propios y ajenos. No olviden la reciente tragedia de Alemania, ni la anterior de la Francia napoleónica, ni la de la España filipina, ni la de todos los que soñaron con un imperio universal, idea-tumba de tantos imperios.


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