Luis Araquistain
 
El peligro yanqui · 1921

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Luis Araquistain, El peligro yanqui, Madrid 1921, páginas 162-170

La política internacional · VI

El intervencionismo en Méjico

Se dirá que las elucubraciones del señor Smith son el sueño de un loco. Palmario error. Más bien son expresión de una realidad amenazadora, hace tiempo iniciada. Los Estados Unidos están ya en el proceso de dominio de todo el territorio que va desde el estrecho de Behring hasta el canal de Panamá. Excluyamos al Canadá de nuestro examen, aunque la idea de su integración a la república norteamericana sea uno de los motivos de rozamiento con Inglaterra. Que el Canadá siga vinculado a la Gran Bretaña, que se declare independiente o se incorpore a los Estados Unidos, será un hecho sin trascendencia para el mundo en general y para el espíritu hispánico en particular. Las inquietudes comienzan al Sur de la República yanqui, en las fronteras de Méjico.

Pero el espíritu anexionista de los Estados Unidos no es de ahora. La trayectoria viene señalada de bien antiguo. Los métodos de adquisición territorial han sido dos: por compra y por conquista armada; a veces, por una mezcla de ambos métodos. En 1803 adquieren la Luisiana; en 1819, España les cede por tratado unos territorios entre Mississipí, Florida, Luisiana y el Golfo de Méjico; en el mismo año incorporan la Florida; en 1845 se anexionan Tejas, lo cual da lugar en 1846 a la guerra con Méjico, que acaba desastrosamente para este país con la cesión compulsiva, en 1848, no solo de Tejas –separado de Méjico desde 1836–, sino de la Alta California, Nuevo Méjico, Nevada, Arizona, Utah y parte de Wyoming y Colorado; en total, 918.355 millas cuadradas. En 1846 se anexiona Oregón; en 1853, Gadsden compra para los Estados Unidos, cuyo ministro era en Méjico, un territorio que redondea con este país los límites de Arizona y Nuevo Méjico; en 1867, adquiere Alaska; en 1898 se anexiona las islas Sandwich; el mismo año, como consecuencia de la guerra con España, se queda con Puerto Rico, islas Filipinas y Guam; en 1899, con Samoa; en 1901, compra algunas islas Filipinas más; en 1904, adquiere el derecho perpetuo de ocupación, uso y control sobre la zona del canal de Panamá; en 1917, adquiere las Antillas danesas. En suma: durante poco más de un siglo, desde 1803 hasta 1917, se incorpora, por las armas y por la bolsa, territorios que miden 2.851.313 millas cuadradas, casi dos tercios de la superficie total de los Estados Unidos, que hoy es de 3.743.448 millas cuadradas. No podrá negarse la tendencia vorazmente expansiva de la República yanqui.

Y todavía no puede decirse que haya llegado, ni mucho menos, a la saciedad. Más bien se ha acrecentado su apetencia, sobre todo respecto de Méjico, por una razón que domina a todas y que más adelante explicaremos. Los norteamericanos gustan de repudiar toda sospecha de intervención en Méjico; pero uno de los tristes destinos del más idealista de sus jefes de Estado, de Wilson, fue bombardear Veracruz en Abril de 1914 y desembarcar fuerza armada, y en 1916, cuando la incursión de Pershing en territorio mejicano para dar caza a Villa, estuvo a punto de concluir en guerra entre ambos países vecinos. La obsesión de la guerra entre los dos pueblos es una de sus más angustiosas fronteras psicológicas.

Lo que se llama pueblo norteamericano, la masa anónima que no ve los dedos que manejan los hilos internacionales y que está siempre a merced, como en todas partes y acaso más que en ninguna, de las campañas sensacionalistas de una prensa corrompida, no desea la guerra con Méjico, porque no comprende su finalidad y porque, después de todo, el hombre de la calle, que no posee acciones en las poderosas compañías explotadoras de territorios extranjeros, nada tendría que ganar en un conflicto armado y mucho que perder. Pero tanto le han hablado sus periódicos de la anarquía y el bandidaje mejicanos y de los crímenes cometidos contra sus compatriotas, que la atmósfera bélica está bien preparada en los Estados Unidos y cualquier choque no le parecería sino el resultado de una necesidad de ética internacional.

¿Pero qué es eso del bandidaje mejicano? Ciertamente, desde la caída de Porfirio Díaz, Méjico no ha recobrado su equilibrio. El poder tienta a los hombres, allí como dondequiera, y hasta ahora el único medio de lograrlo ha sido la fuerza. Pero el procedimiento no es privativo de Méjico. Lo han usado todas las Repúblicas americanas, y salvo algunas como el Uruguay y la Argentina, donde el proceso de la acción directa de las armas parece definitivamente reemplazado por la acción política o indirecta del sufragio, todavía lo emplea la mayor parte. Y sin ir tan lejos, ¿no fue el siglo XIX en varios países de Europa un período de constantes revoluciones, de violentos asaltos al Poder? ¿Y estamos seguros, después de lo que viene ocurriendo desde la guerra en todo el Oriente de Europa y amenaza extenderse al centro y occidente, que se ha cerrado para siempre la era de la lucha armada por el poder político? ¿Y tiene ningún país derecho a interponerse en los conflictos internos de otro, en lo que son, después de todo, maneras suyas de buscar su propia libertad, e imponerle determinados métodos supuestamente superiores?

El bandidaje mejicano, de que habla continuamente la prensa norteamericana, tiene una difícil definición. Para los Estados Unidos, hay mejicanos que un día son bandidos execrables y otro excelentes patriotas, según se crea que fomentan o lesionan los intereses yanquis en Méjico. Sobre Villa, por ejemplo, se han acumulado todos los dicterios y todas las loas, en momentos distintos. El criterio norteamericano es demasiado subjetivo para que pueda aspirar a una validez universal. Y, sin embargo, hay una clara distinción objetiva entre un revolucionario y un bandido. Un revolucionario no se conforma con menos de codiciar el Poder público; en su actuación podrá haber atropellos e iniquidades con hombres y cosas; pero su finalidad es el timón del Estado. La República norteamericana no ha permanecido nunca indiferente ante lo que ha acontecido en el Méjico revolucionario: simpatizó con Madero contra don Porfirio; ayudó a Carranza contra Huerta, y después a Obregón contra Carranza, según veía amparado o en peligro el dólar en tierra mejicana. Esta ayuda, unas veces ha sido moral; algunas, material. El armamento con que se hacen las revoluciones mejicanas es casi siempre yanqui. Hay, pues, una poderosa industria norteamericana, la que fabrica armas, vivamente interesada en que Méjico no se pacifique. Suponemos que este interés por un fructífero mercado de armas habrá acrecido después de la guerra, al cerrarse el pingüe mercado de Europa. El contrabando de armas en la frontera de Méjico y los Estados Unidos ha sido tan escandaloso, que el Gobierno norteamericano ha tenido que prometer más de una vez, por indicación parlamentaria, su supresión. Pero no se ha suprimido.

El bandido es una especie distinta. No tiene ambiciones de poder político, sino codicia económica. Al amparo del desequilibrio del país, roba lo que puede y ejerce el chantaje contra extranjeros, destruyendo trenes y explotaciones industriales, para que le compren espléndidamente su inacción y, a veces, su amistad. Hombres como Villa y Zapata pertenecen a una categoría indecisa, son fronterizos de la revolución y del bandidaje. Otros, de chantajistas se convierten en policía de los chantajeados. Tal es el caso del llamado «rey» Peláez, un sujeto que cuenta con una fuerza de cuatro o cinco mil hombres bien armados, encargada de velar los pozos petrolíferos de Tampico, contra otros posibles bandidos y contra los funcionarios del Gobierno que van a cobrar los impuestos sobre el petróleo. Es un franco insurrecto a quien pagan los explotadores norteamericanos de los pozos petroleros, según declaración de la embajada de los Estados Unidos en Méjico (véase The plot against Mexico, de L. J. de Bekker, de donde tomamos algunos de estos datos), alrededor de un millón de pesetas por mes. ¡Y hay petrolero que en tiempo de Carranza soñaba con hacer presidente de Méjico al «rey» o «general» Peláez!

Como se ve, el bandidaje y la revolución de Méjico tienen sólidos puntos de apoyo en los norteamericanos. Si los Estados Unidos no tuvieran enormes intereses en la República vecina y pudieran desentenderse de sus acontecimientos interiores, podría asegurarse que habría menos revolucionarios y, sobre todo, menos bandidos. Pero no pueden inhibirse; les empuja la mecánica fatal de su economía expansiva, imperialista, y especialmente la necesidad de adueñarse del territorio más rico en el más rico de los productos naturales: el petróleo, piedra angular de la presente política internacional, y en el futuro, probable causa de grandes guerras y del crecimiento o decadencia de algunos imperios, como pronto veremos. Los Estados Unidos necesitan de orden en Méjico, y no hay más que dos modos de lograrlo, por servidumbre espontánea o por conquista violenta. Pero el pueblo mejicano es demasiado independiente para someterse por temor o por abyección; sólo se rendirá a la fuerza. Por esto los norteamericanos que le conocen y quieren rendirle para apoderarse de su inmensa riqueza petrolífera, nueva base de potencia internacional, saben que no hay más que un camino: la intervención.

La raíz del intervencionismo de los Estados Unidos en Méjico corresponde a dos móviles: por una parte, necesitan de un régimen de estabilidad para explotar con pingües resultados los pozos petrolíferos, y con objeto de lograrlo, mediante la intervención, no tienen inconveniente en multiplicar el desorden –propio de un país que todavía no ha completado el proceso revolucionario que se inicia con el fin de la dictadura de don Porfirio– ya por la acción privada de las Compañías, sosteniendo a sueldo a rebeldes armados como el «rey» Peláez, ya por la acción semioficial, revelada en la complicidad del agente consular Jenkins a fines de 1919 con Villa y otros facinerosos de su jaez. Por otra parte, los explotadores norteamericanos del petróleo de Méjico quieren eludir todo gravamen fiscal sobre esta riqueza. Esta es la causa principal del conflicto, agudizada por consecuencia de la Constitución promulgada en Querétaro el 31 de enero de 1917.

Dos son los puntos de la nueva Constitución que hieren los privilegios de los extranjeros que explotan el petróleo. Según el uno, «sólo los mejicanos, por nacimiento o naturalización, y las Compañías mejicanas, tienen derecho a adquirir propiedad sobre tierras, aguas y sus pertenencias, o a obtener concesiones para explotar minas, aguas y combustibles minerales en la república de Méjico. La nación puede conceder el mismo derecho a extranjeros, con tal que se avengan ante el Ministerio de Relaciones Exteriores a ser considerados como mejicanos en lo que respecta a tal propiedad, y consiguientemente a no invocar la protección de sus Gobiernos respecto a la misma, bajo pena, en caso de infracción, de ser confiscada por la nación la propiedad así adquirida». Según el otro, artículo 27 de la Constitución, se establece el dominio directo de la nación sobre el subsuelo, conforme a un principio jurídico español, por oposición al principio contrario de las leyes inglesas, que otorgan al propietario de la superficie el derecho de propiedad sobre la riqueza subterránea. En una palabra, Carranza quiso implantar en la Constitución promulgada por él el principio de nacionalización de la riqueza del subsuelo, singularmente del petróleo, que hasta entonces no pagaba derechos, o eran insignificantes, en relación con la riqueza extraída. Estas dos disposiciones fueron combatidas rudamente por los concesionarios extranjeros, sobre todo por los norteamericanos, y no será aventurado suponer que en la trágica muerte de Carranza, a que condujo el levantamiento de Obregón, intervino en no escasa parte esta actitud suya frente al petróleo. Toda explicación que se dé a los acontecimientos de Méjico de estos últimos años, sin vincularla con el problema del petróleo, ha de ser por fuerza errónea o defectuosa. La intervención de los Estados Unidos, hasta ahora indirecta o intermitente, es de temer que algún día sea franca y permanente. La sustitución de Wilson por Harding en la presidencia de la república norteamericana está preñada de amenazas. Hay enormes intereses e influencias intervencionistas, como lo revela el afán de la Prensa yanqui, en presentar a Méjico como un país de forajidos, indigno de la independencia. Lo revela, sobre todo, el caso del periodista norteamericano Bekker, que merece referirse.

El eje de la política interior y exterior de Méjico, repetimos, es su riqueza petrolera. La codicia de este tesoro –uno de los más cuantiosos del mundo– ha dado origen a lo que el honrado escritor norteamericano, J. L. de Bekker, ha definido como el Complot contra Méjico, título de un reciente libro suyo, ya mencionado. Este escritor fue enviado por la Tribune, de Nueva York, a la República mejicana para «escribir la verdad acerca de la situación». Pero la Prensa norteamericana, salvo tal o cual diario o semanario, no quiere sobre Méjico más verdad que la que halaga a su público y a las grandes Empresas petrolíferas, o sea que es un país de facinerosos y confiscadores de riqueza extranjera, en el cual hay que intervenir para bien del propio Méjico, de los Estados Unidos y de la especie humana. No es extraña esta actitud de los periódicos. Algunos, como la Tribune, de Chicago, y los amarillos de Hearst, tienen participación en las explotaciones del petróleo mejicano. En Nueva York funciona una agencia de Prensa, cuyo director gana 20.000 duros anuales, sostenida por una Asociación de propietarios de pozos de petróleo para promover campañas antimejicanas con artículos, noticias y... anuncios bien pagados. Por todo esto, la Tribune, de Nueva York, no quiso publicar las verdades vistas por Bekker en Méjico, y éste hubo de darlas a la estampa, primero, en la Revista neoyorquina The Nation, opuesta a toda intervención en la República del Sur, y luego, en el libro The plot against México.

En este libro, ejemplarmente escrito por un hombre que subordina a la veracidad y la justicia sus sentimientos nacionales y aun sus intereses profesionales de escritor, enemistándose con el periódico que quiere pagarle por servirle, no por decir la verdad, aparece diáfana la tragedia de Méjico, y sobre todo, la de Carranza. No falta un eslabón de la cadena intervencionista. El punto de partida es la determinación de Carranza de que en la riqueza petrolífera de Méjico sea partícipe, en grado debido, la nación mejicana, en vez de entregársela casi íntegra al capital extranjero. Tiende a nacionalizar los pozos de petróleo. Las grandes Compañías explotadoras de este codiciado producto se indignan, organizan campañas de Prensa, inducen a agentes consulares, como Jenkins, a prestar todo género de ayuda a Pancho Villa y otros condotieri seudorrevolucionarios de su laya; suministran medios materiales a Peláez para que arme un ejército de varios miles de hombres, y le nombran tragicómicamente «rey» de los campos petrolíferos, en abierta rebelión contra el Gobierno de Carranza.

Pero la campaña contra este defensor de la riqueza mejicana frente a la voracidad extranjera culmina en el período de las elecciones presidenciales, cuando todo anunciaba que sería elegido Bonillas, el embajador de Méjico en Washington, un hombre de enérgico carácter, que tiene el valor, tan contrario a la diplomacia tradicional, de combatir con su firma el capitalismo norteamericano en sus relaciones con el petróleo de su país. Sería un continuador de la política de Carranza, y había que impedir su elección. En efecto, se sublevan Obregón y González, es asesinado Carranza –su política del petróleo tenía que serle trágica, como la de un héroe shakesperiano–, hoy es presidente Obregón y los Estados Unidos están satisfechos. Tanto peor para Méjico. Esta es la enseñanza que se desprende del valeroso y noble libro de Bekker, publicado antes de la última revolución de 1920.

Desgraciadamente para el buen nombre de España, el libro que no quiso escribir ese escritor norteamericano, por ser un hombre antes que un condotieri de la pluma, ha tenido la debilidad de redactarlo un compatriota nuestro, el Sr. Blasco Ibáñez. También fue a Méjico a escribir la verdad; pero la suya es una verdad caricaturesca de las cosas y hombres mejicanos, una verdad de lugares comunes, gratos a los norteamericanos, sobre el bandidaje y el militarismo de Méjico, sobre el no intervencionismo de los Estados Unidos y sobre otros tópicos, que hacen de su serie de artículos, desventuradamente recopilados luego en libro, la más leída y remunerada de la Prensa yanqui en estos últimos tiempos. En la tragedia de Carranza, inducida por la hostilidad de las compañías petrolíferas, la intervención de Blasco Ibáñez tiene algo de macabra bufonería. Soy de los que más han celebrado y celebran su gran éxito literario en los Estados Unidos, no tanto por la consagración de una obra de arte sobre cuyo valor discrepo de sus admiradores norteamericanos, como por haber puesto en boga la literatura española en el Norte de América. Esto hay que agradecerle.

Pero sus impresiones sobre Méjico, frívolas, incomprensivas del fondo dramático del país, del profundo proceso histórico en que este pueblo de nuestra lengua lucha tan rudamente por la busca de su libertad, contra enemigos interiores y exteriores, sin un dato ni una reflexión sobre el problema capital: la riqueza del petróleo; sin ver que todo ese falso militarismo se debe, más que a la pugnacidad indígena, a los intereses extranjeros, que le engendran y alimentan cuando se trata de un Gobierno poco grato, son un motivo de sonrojo para él y, en general, para España, desde el punto de vista de una política intercontinental de América, en que los valores más altos están representados por la independencia de los pueblos, por la socialización de la riqueza y –last, but not least– por el espíritu de nuestra lengua y de nuestra cultura. Libro infortunado –de cuyo título vale más no acordarse– que no enaltecerá en un ápice la gloria ni el carácter del señor Blasco Ibáñez.


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