Luis Araquistain
 
El peligro yanqui · 1921

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Luis Araquistain, El peligro yanqui, Madrid 1921, páginas 155-161

La política internacional · V

Un profeta del yanquismo

Para la mayor parte de la Humanidad, las grandes guerras suelen ser una dolorosa sorpresa. ¡Quién había de decirlo!, exclama todo el mundo ante la inesperada catástrofe. Y sin embargo, siempre hay profetas que las anuncian y, al anunciarlas, contribuyen a su creación. Los tuvo Alemania, pero el mundo no los conoció hasta que la guerra había estallado. Entonces pareció evidente la tragedia y casi todos nos avergonzamos de nuestra ceguera. De haberla previsto, de haber tenido conciencia de la tempestad que se estaba fraguando y de haber hecho sentir a Alemania la noción de esta conciencia del peligro, es probable que se hubiera evitado. Nada paraliza tanto al malhechor como el conocimiento de que sus bravatas, si las vocea, se toman en serio, o de que sus planes no son un secreto. Nadie prestó atención a las profecías, mezcla de cinismo e ingenuidad, de los Bernhardi alemanes, que eran numerosos, y pocos se propusieron profundizar seriamente en el secreto de sus propósitos, como lo revela la confianza de los pacifistas y la impreparación de los países atacados. Y la guerra sobrevino, como un ladrón en la noche.

El luctuoso hecho amenaza repetirse con los Estados Unidos. Los móviles son casi idénticos a los del caso de Alemania. La América del Norte anhela también desbordarse sobre sus fronteras. En rigor se ha desbordado ya. En este impulso entran diversos componentes, de diversa raíz, pero con una finalidad común. La empuja primero una fuerza puramente biológica, un deseo ciego de crecimiento y dominio. La mueve después un estímulo económico, apetito de nuevos mercados y de nuevas explotaciones industriales y agrícolas, esto es, de mayor riqueza. En algunos, estos ímpetus primarios van seguidos de un sentimiento de rivalidad, frente a naciones como Inglaterra, o de terror, frente a naciones como el Japón, o de soberbia mesiánica, que les induce a creerse dotados de la misión de salvar de su supuesta barbarie a pueblos como los del Centro de América, o de librar al mundo de peligros como el amarillo asiático o como el rojo ruso. Otros se sienten emparentados con el espíritu de Luis XIV, de Felipe II, de Napoleón, de Guillermo II, y sueñan con un imperio universal fundido y organizado por los Estados Unidos del Norte de América. Se dan todas las variedades del imperialismo. Hay, claro es, excepciones. Lo fue Wilson con su proyecto de una Liga de Naciones para establecer la paz en el mundo; pero el espíritu del quimérico presidente fue derrotado en las elecciones presidenciales de 1920, que fue como derrotar la Liga de Naciones que estorba a los Estados Unidos para realizar todas sus ambiciones en el Norte y Centro de América, en el Atlántico y en el Pacífico. La hostilidad de Alemania a la Conferencia del Haya la repite la República norteamericana frente a la Liga de Naciones. Nadie quiere escarmentar en cabeza ajena.

Esta sorda amalgama y ebullición de fuerzas imperialistas tienen en los Estados Unidos cuantiosos y diáfanos profetas. Lo es casi toda la prensa diaria, esclava de los grandes trust, unas veces directamente y otras de modo indirecto, por la acción corruptora del anuncio. Pero un profeta moderno no entra en la categoría de peligroso hasta que adopta la forma del libro, que suple la menor difusión con la mayor intensidad, al dirigirse a lo que podría denominarse vulgo de la clase media intelectual, políticos, profesores de segundo rango, periodistas sin pensamiento propio, grandes hombres de negocios que se permiten el lujo de despilfarrar unos minutos en la lectura de libros inspiradores, o sea, fabricantes de opinión pública por diversos conductos y a favor de una falsa autoridad de hombres informados y celosos del bien de la patria. En estos últimos años se han publicado en la América del Norte muchos de estos libros proféticos. Algunos llegarán a ser con el tiempo biblias del yanquismo. Examinemos uno, verdaderamente representativo, que se titula El mañana de América, de Snell Smith. Obsérvese que cuando un norteamericano dice América, quiere decir Norteamérica, como si el resto del Continente no existiese o fuera un apéndice suelto que ya se encargará la nación yanqui, con la ayuda de su ejército, de su escuadra y de Dios, de reintegrar al cuerpo donde tiene su puesto y su función.

El mañana de América lo ha deducido el señor Smith de una ley histórica y natural descubierta en varias fuentes de conocimiento, pero, sobre todo, en la Enciclopedia Británica, el gran abrevadero de su saber. Esta ley viene a ser algo así como lo siguiente: Los pueblos, para progresar de continuo, necesitan una constante transfusión de sangre de otras razas; en cuanto cesa, se inicia el decaimiento y la muerte. Con el auxilio de la citada Enciclopedia, el señor Smith demuestra la tal ley hasta la saciedad. ¡Pobres los pueblos no vacunados continuamente por las inmigraciones! Los Estados Unidos han gozado en esto de la mayor fortuna. La amalgama de sangre comenzó para ellos en 1638. Según la referida ley, el apogeo lo alcanzarán a los tres siglos, o sea hacia 1938, y su robustez durará otros tres siglos, hasta el año 2238. Realmente es envidiable el futuro norteamericano, pues «teniendo nosotros –escribe el señor Smith– la más profusa transfusión de sangre desde Adán, nada debemos temer de ninguna raza, reino ni clima, y en nuestro tiempo sojuzgaremos a todas, si es necesario, con objeto de enaltecer nuestro ideal de libertad para el género humano».

El libro del señor Smith no tiene desperdicio y es lástima no poder reproducirlo íntegramente; pero habremos de conformarnos con un somero extracto. Después de consignar la «energía superabundante que es inherente al pueblo norteamericano», pasa a sentar su teoría de la historia: «Un pueblo –dice– lucha en la flor de su existencia y de ese modo se agota en obtener dominio, que no tiene otro límite que su poder de adquirir, y sólo retiene este territorio hasta que surge un poder más viril para arrancarle la supremacía. Entonces vuelve a los límites que tuvo antes del período de expansión.» Como se sobreentiende que los Estados Unidos atraviesan la flor de su existencia, de aquí la necesidad de que «tengan, si el resultado no puede lograrse pacíficamente, que empuñar la espada como ningún predecesor lo ha hecho sobre el haz de la tierra, y así necesitan un adecuado servicio militar y una marina que no sean inferiores a los de nadie.» (Por de pronto, con el señor Smith coincide en esto el Gobierno norteamericano, que se da vertiginosa prisa en construir buques de guerra, en tal cantidad y de tal magnitud, que no parece sino que la última catástrofe bélica le ha dejado más apetencia de nuevas luchas que hartazgo de viejos horrores.)

El señor Smith es un ferviente apologista de la guerra. «Cuando (una nación) es juvenil y vigorosa –escribe con palabras que recuerdan las de los más furiosos pangermanistas, los Bernhardi, los Moltke, los Chamberlain–, se ejercita y realiza sus fines en conquistas.» «Así como el hombre nada puede lograr sino en la lucha, así los Estados nada pueden dar a la Humanidad sino en la guerra. En la batalla se defienden hasta que han expresado su civilización. Con la guerra la extienden sobre los territorios que conquistan.» «La guerra estimula los más altos y nobles impulsos del hombre... Los que elogian la paz por sí misma se satisfacen con un charlatanismo barato y ensalzan la flaqueza en nombre de la Humanidad. La paz es estancamiento. La guerra, vida.» «Cada guerra ha dejado a la Humanidad mejor de lo que estaba.» «La pólvora aclara el aire. Los hombres contemplan a Dios de nuevo.» ¿Quién dice que importa la vida? El señor Smith profesa, para su dicha, una doctrina sobre la pluralidad de existencias. «Muchos –asevera categórico– sostienen que cada uno de nosotros ha muerto muchas veces y que cada uno vivirá de nuevo. ¿Qué importa entonces que nos salten la tapa de los sesos? Sobrevive el espíritu.» En suma: la guerra es un supremo bien, como conquistadores y como conquistados, como matadores y como muertos.

Todas las guerras pasadas (por lo menos las de los Estados Unidos) y todas las futuras tienen su justificación según el criterio del señor Smith. «fue la guerra con Méjico –prosigue– la que condujo a la anexión de Tejas, Nuevo Méjico y la costa del Pacífico. En vista de las bárbaras condiciones que han prevalecido en Méjico durante la última década, ¿puede dudarse de que la tierra ganada por el espíritu del Álamo [Afluente del Río Grande, en la frontera de Méjico y los Estados Unidos], con su mansa población, goza de mayores dichas bajo la égida de las instituciones americanas que si el territorio hubiera permanecido en poder de los mejicanos?» Los yanquis van adquiriendo poco a poco la técnica de la conquista. «La nación –explica el señor Smith– no se encoge ya de horror ante una matanza ni ante el toma y daca.» «Las Filipinas y Puerto Rico, arrancados a España por la intervención armada, y Hawai y Alasca nos han acostumbrado a la idea de mantener la soberanía sobre otras tierras.» Esta costumbre, claro es, lleva necesariamente a su repetición. «Como (los Estados Unidos) no tienen intención de lograr poderío permanente ni territorios en Europa ni en África, en el Sur de América ni en Asia, no hay razón para que no se expandan en esas tierras, más próximas y al alcance de la mano del Canadá, más extensas en superficie que los Estados Unidos, y en ese pequeño país turbulento... que es a los ojos y sentidos tan fascinante como lo fue a los hombres de Cortés cuando lo contemplaron por primera vez hace cuatro siglos.» Aunque no lo quieran, pues, «es más que posible que los Estados Unidos se vean obligados a ejercer en este continente (América) una mayor suma de libertad que en el pasado, y acaso, finalmente, a emprender la tarea de capacitar a todos los territorios, desde el estrecho de Behring hasta el Canal de Panamá, para el disfrute de los beneficios de su ideal de gobierno.» Por si hay dudas de que el final del penúltimo párrafo se refiere a Méjico, el señor Smith quiere ser más explícito con las palabras siguientes: «En vista de la ignorante superstición, la crueldad y el desorden que reinan, ¿puede dudarse de que la tierra de los aztecas sería más feliz, más industriosa y devota del goce de una civilización superior si los Estados Unidos enviasen un ejército de 250.000 soldados, restaurasen la ley y el orden a punta de lanza y exterminasen sin límite los enemigos de la verdadera libertad?»

Después de haber extendido su mirada aquilina desde el estrecho de Behring hasta el canal de Panamá y de haber trazado un rotundo programa para la conquista de Méjico y el exterminio de los enemigos de la «verdadera libertad» –que son todos cuantos rechacen el «ideal de gobierno» norteamericano–, el señor Smith vuelve sus ojos a diestra y siniestra y los detiene ante los dos enemigos potenciales de su país: el Japón e Inglaterra. «Frente al Japón, en este lado del gran Océano, están los Estados Unidos amantes de la libertad, ansiosos de vender sus productos en legítimo cambio al Oriente, determinados a extender su civilización. Se expandirán sobre las aguas donde están ya sus intereses por la posesión de las Filipinas». Y probablemente será inevitable «una lucha por la supremacía, próxima o remota, pacífica o no, que aclarará el aire y determinará el futuro del Oriente y del Occidente».

Pero Inglaterra es un obstáculo a éstos y otros propósitos «y con el tiempo pueden luchar». «Ahora surgen los Estados Unidos con vastas posibilidades en hombres y riquezas y una energía superabundante, para arrancar a la Gran Bretaña su supremacía en el comercio y acaso su dominio naval en el Atlántico, y para estampar su civilización sobre todos los países del Este y Oeste de ese Océano durante los futuros siglos, como parte de una vida de hombres genuinamente libres. Así como la civilización de la Gran Bretaña fue superior a la de sus predecesores, así la nuestra es superior a la de la Gran Bretaña. La mayor obra de Inglaterra está realizada». Los sueños de dominio del señor Smith son legítimos, pero no el dominio real de Inglaterra, porque «su ambición nace del imperio y no de la virilidad de conquistar con sus propias fuerzas. En este sentido es decadente, y con el tiempo los Estados Unidos deben vencerla con su mucho mayor poder, a menos que entretanto ceda pacíficamente su dominio sobre tierras que piden libertad para gobernarse a sí mismas». Alusión preponderante al Canadá.

El cuadro no es nada tranquilizador. Pero el señor Smith no se hace ilusiones: «Seguirán más guerras –prosigue.– Habrá más dolor.» Todo esto es necesario, sin embargo, para llegar a la federación del mundo que idea nuestro profeta. «El Estado universal del futuro –concluye– tendrá una ley y un gobierno», que después de todo lo expuesto, no pueden ser sino los de los Estados Unidos. «El inglés llegará a ser finalmente la lengua de la tierra.» «Esta es la justicia, porque los pueblos de habla inglesa han hecho más por la libertad humana que todas las demás razas juntas.» «La tarea de los Estados Unidos es estar preparados para tal obra, con la ayuda de Dios.» Lo que nos desconcierta un poco es que el señor Smith designe Jerusalén para capital de esta inmensa federación. ¿No será un poco lejos para trasladar allí la Casa Blanca?


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