Luis Araquistain
 
El peligro yanqui · 1921

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Luis Araquistain, El peligro yanqui, Madrid 1921, páginas 171-179

La política internacional · VII

La lucha por el petróleo

El nuevo vellocino que tienta a los más poderosos argonautas contemporáneos no es de oro, como tampoco lo fue, probablemente, el de la antigüedad, sino de otros múltiples y sustanciales productos de la tierra; pero si se nos preguntara que cuál, entre todos, suscita mayor codicia, diríamos que no es el hierro ni siquiera el carbón, sino el petróleo. Esta substancia bituminosa, cuyo uso ya conocía el hombre primitivo, para alumbrarse y a veces para curarse, apenas tiene para la inmensa mayoría de la humanidad otra aplicación que la bien conocida en la lámpara doméstica. Pero los conductores –y, en ocasiones, destructores– de pueblos, los grandes financieros e industriales, los políticos, los diplomáticos, los técnicos, saben ya que el petróleo rebasó hace tiempo los modestos límites de la lámpara familiar y que disputa al carbón la supremacía en las entrañas mecánicas del mundo. Petróleo significa poderío, y por poseerlo nacen la guerra y la revolución –véase el caso de Méjico–, y tal vez sea el combustible más peligroso para la paz del planeta: ninguna materia más inflamable y expuesta al incendio de otra guerra intercontinental.

El petróleo ha sido como una inmensa fuerza insospechada. fue necesario el gran desarrollo de los inventos mecánicos modernos para que del humilde papel de iluminador de lámparas saltase súbitamente a la alta categoría de propulsor de motores. Del quinqué pasa al automóvil. El motor de explosión, que aparece a principios del siglo XX, determina un portentoso uso del petróleo en el desenvolvimiento del automovilismo. Pero aprovechada la nafta, hay que desperdiciar o destinar a aplicaciones poco útiles el 70 por 100 de los componentes del petróleo. Uno de estos componentes es el masut o petróleo crudo, que va a revolucionar la mecánica y la economía del mundo al inventar Diesel su motor de combustión interna. Ambos factores, el motor Diesel y el masut, se complementan y engendran en su unión una prodigiosa energía, como la pólvora y el fuego en contacto. El masut destierra rápidamente el carbón como fuerza motriz, sobre todo en los buques de guerra y mercantes. Las ventajas son indiscutibles. En igualdad de peso, produce un 70 por 100 más calor que el carbón. No cuesta más. Ocupa menos espacio, y siendo más manejable, necesita menos personal. Un barco que con carbón sólo puede navegar quince días sin renovar su combustible, con masut puede andar cuarenta y cinco. Economía de espacio, de tiempo, de personal. Esto favorece principalmente a los grandes buques de guerra, que adoptan el masut. Las nuevas construcciones navales de varios países han renunciado al empleo del carbón. Lo mismo harán probablemente las marinas mercantes. Del masut, esto es, del petróleo depende, pues, el futuro dominio de los mares. El imperio británico, fundado en su riqueza carbonífera, que permite una mayor baratura en la producción, en la exportación de artículos elaborados y en la importación de materias primas, se ve amenazado en sus bases. «Como ocurre casi siempre, es una invención técnica la que debía modificar las relaciones entre naciones y comprometer la estabilidad de los imperios», dice Francis Delaisi en su libro Le Pétrole –excelente en lo informativo y tendencioso en lo político–, del que transcribimos algunos de estos datos.

Pero Inglaterra no se duerme. Vigilan sus financieros, sus estadistas, sus técnicos. Si el petróleo ha de sustituir al carbón y el Reino Unido carece del combustible destronador, es menester monopolizarlo en países extraños. El imperio británico necesita en sus bases navales, esparcidas por todo el orbe, depósitos de la preciosa sustancia, para no depender de nadie, sobre todo de los Estados Unidos, hasta ahora el país más petrolero, que suministra el 70 por 100 del consumo total del mundo. Sigilosamente, prepara sus tentáculos de absorción. Intervienen varias compañías petrolíferas. La más poderosa es la Shell Transport, que originariamente se dedica, como su mismo nombre lo dice, al comercio de conchas de nácar en los mares de Oriente, y más tarde se convierte en una de las más fuertes compañías petrolíferas del mundo. Su campo de operaciones es el Asia, la Oceanía y parte del África. Otra compañía inglesa de gran poderío es la Mexican Eagle, capitaneada por Pearson, que compite con la Standard Oil norteamericana en la explotación del petróleo de Méjico, rivalidad que está en la raíz de todas las convulsiones de este país desde la caída de don Porfirio, inclusivamente. El grupo Pearson quiso hacer en América lo que el grupo Marcus Samuel, de la Shell Transport, en el Oriente del Viejo Mundo, extendiendo sus tentáculos a Venezuela, Costa Rica, Colombia y el Ecuador. Pero la intervención de los Estados Unidos logró que se revocaran los contratos y entonces fue la Shell Transport la que, más cauta y aleccionada por el tropiezo de su afín, la Mexican Eagle, pudo diplomática e imperceptiblemente instalarse en los países más próximos al Canal de Panamá y sustraer así a los Estados Unidos el monopolio del petróleo en la misma boca de ese gran tránsito marítimo.

Mencionemos otras compañías inglesas: la Burmah Oil, en la cual está interesado el Gobierno inglés, dedicada al petróleo de Birmania; la Anglo-Persian Oil, con un monopolio de treinta años para explotar todo el petróleo de Persia, y la más grande de todas las europeas, la Royal Dutch. Esta compañía es holandesa y tiene sus pozos en las islas de la Sonda; pero durante la guerra hizo más apretada su asociación con la Shell Transport, iniciada años antes, y hoy ambas empresas son en realidad una misma cosa y la Royal Dutch es ya más inglesa que holandesa. En suma: estas cinco compañías, la Shell Transport, la Royal Dutch, la Mexican Eagle, la Burmah Oil y la Anglo-Persian constituyen un formidable trust petrolero, con influencia y aun ingerencia en él del Gobierno británico.

Frente a esta amalgama petrolífera se alza la Standard Oil yanqui, creación de Rockefeller. La grandeza de esta compañía no estriba en su magnitud, puesto que no es una, sino una serie, en que tuvo que dividirse por virtud de la ley contra los trusts, y puesto que existen millares de compañías norteamericanas –se calculan en más de 16.000 las que se dedican a la busca del petróleo– independientes de la Standard. Pero la independencia sólo es relativa. Un invento genial de Rockefeller las ha reducido a subordinación. La gran dificultad para la explotación del petróleo consistía en los transportes. Rockefeller tuvo la ocurrencia de instalar pipe-lines, líneas de grandes tuberías, llamadas oleoductos, por su semejanza con los acueductos, por donde se hace fluir el petróleo desde los pozos a los depósitos. Ya hay un proyecto para transportar el petróleo desde América a Europa, por medio del mismo sistema de tuberías, a través del Océano. El invento de Rockefeller revolucionó la técnica de explotación, y al tener él el monopolio de hecho de todo el complicado aparato requerido, se hizo el arbitro de los precios y, por consiguiente, de la producción. Así, cuando se habla de las compañías petrolíferas norteamericanas, apenas se menciona más que la Standard Oil, soberana de todas, aunque sólo le corresponda el 18 por 100 de la producción total de América.

Cuando la Standard Oil se percató del trabajo de conquista realizado por el grupo angloholandés después del armisticio, ya era tarde; el mundo estaba acotado. En octubre de 1919, los ingleses detienen a un agente de la Standard que había ido a Jerusalén a explorar las márgenes del mar Muerto. En noviembre del mismo año, el Gobierno norteamericano envía al inglés una enérgica Nota reclamando el régimen de puerta abierta para la explotación del petróleo en Mesopotamia. El asunto se traslada al Consejo de la Sociedad de Naciones, pero como los Estados Unidos no pertenecen a ella y carecen, por lo tanto, de representación en su Consejo, es de suponer que éste falle contra la República norteamericana. He aquí el petróleo como una de las causas de rozamientos y discordias entre las dos potencias mayores del mundo.

Pero si los Estados Unidos solos producen un 70 por 100 del petróleo que se gasta en el planeta, ¿qué puede importarles, se dirá, que los ingleses lo acaparen fuera de su país? Si los yacimientos petrolíferos norteamericanos fueran inagotables, las inquietudes yanquis no estarían justificadas. Pero esos yacimientos no son eternos. Según el departamento geológico de los Estados Unidos, la cantidad de petróleo que puede extraerse de la tierra se calcula en unos 60.000 millones de barriles, de los cuales hay descubiertos, por los sondajes hechos hasta ahora, unos 43.000 millones. De ese total, 7.000 millones corresponden a los Estados Unidos, la mitad aproximadamente a América, y la otra mitad al resto del mundo. Los Estados Unidos contaban en 1920 con 8 millones de vehículos movidos por petróleo, que consumen 400 millones de barriles al año. De suerte que si el consumo se mantiene en la misma proporción, la República norteamericana habrá agotado sus reservas de petróleo en diez y ocho años. En cambio, todos los demás países juntos consumen sólo 200 millones de barriles al año; de suerte que aún les queda petróleo para 250 años.

Por consiguiente, si no se descubre otro combustible tan eficaz y económico como el petróleo, los Estados Unidos, al cabo de veinte años, tendrán que ser tributarios de Inglaterra, y su industria y sus marinas de guerra y de comercio no podrán rivalizar con las inglesas. Sólo les queda un recurso: apoderarse del petróleo de otros países. Pero esto es difícil en Europa, Asia y Oceanía, porque lo ha acaparado Inglaterra y porque a impedirlo acudiría también otra potencia también necesitada en gran escala de ese combustible: el Japón. La esperanza de los Estados Unidos es América, y aunque los ingleses han tendido sus redes en ese Continente, incluso en los propios Estados Unidos, y sobre todo en el Centro, cerca del canal de Panamá, es posible que los norteamericanos traten de querer aplicar el principio de Monroe a la cuestión petrolera, como ya lo hicieron cuando el grupo Pearson inició su obra de absorción. ¿Se resignarán los ingleses a abandonar los pozos petroleros de América? He ahí un grave peligro para la paz del mundo, y si los yanquis acentúan la política petrolífera que siguen en Méjico, para la independencia de este pueblo y de todos los países centroamericanos.

Como queda dicho, las reservas de petróleo del mundo se dividen aproximadamente mitad por mitad entre América y los otros Continentes. Hasta ahora, los países que más producen, por orden de su importancia, son los siguientes: Estados Unidos, Rusia, Méjico, Indias holandesas, Rumania, India, Galitzia, Japón y Formosa, Perú, Trinidad, Alemania, Argentina, Egipto, Canadá e Italia. También se han señalado yacimientos de menos importancia en España, en la provincia de Zaragoza, en Portugal, en Francia, en el Reino Unido, en Suiza, en Grecia, en Albania y en Turquía; en África, además del Egipto, han dado indicios de petróleo Argelia y la República del Sur de África; en Asia, Siria y Palestina, Asia Menor y Armenia, Mesopotamia, Curdistán, Afghanistan, Beluchistan y algo China; en Oceanía, Nueva Guinea, las Filipinas y Australia; en América, Venezuela, Costa Rica, Colombia y casi todo el Centro. (Véase Das Erdoel, en cinco volúmenes, obra publicada en Leipzig, 1919, por C. Engler y H. V. Hoefer.)

Como factor internacional, por su inmensa riqueza y por su situación geográfica, el más importante de los países petroleros es Méjico. Proporcionalmente, el aumento de su producción petrolífera ha sido el mayor del mundo. En 1907 extrajo un millón de barriles (cada barril tiene 42 galones). En 1913 había ascendido la extracción a más de 25 millones de barriles. En 1917 había pasado de 40 millones. Pero la capacidad de producción anual de los pozos actuales –según el geólogo mejicano don Miguel de Bustamante, en su libro El petróleo en la república mejicana, 1918– es mucho mayor: en 1917 pasaba de 200 millones de barriles, o sea, cinco veces más de la producción efectiva. La causa de que no se extraiga más es la escasez de vías de comunicación y de buques tanques. Sin embargo, la capacidad de producción en todo el país se eleva enormemente sobre la señalada. Esos 200 millones de barriles potenciales de los pozos actualmente en explotación corresponden a 600.000 hectáreas. La superficie total de los terrenos donde los estudios geológicos calculan que debe haber yacimientos petrolíferos es de 7.670.000 hectáreas, esto es, doce veces más. Suponiendo que la producción fuera equivalente, si todo el país estuviera en explotación, se tendría, por lo tanto, un total de doce veces 200 millones de barriles, o sea, 2.400 millones. En 1913, la producción del país más rico del mundo en petróleo, los Estados Unidos, fue de 2.800 barriles, poco más de lo que podría rendir Méjico. Pero la riqueza petrolífera de la república norteamericana se agota rápidamente –ya hemos visto que al consumo actual sólo durará unos veinte años– y la mejicana puede decirse que todavía está intacta. En suma, no será aventurado augurar que dentro de pocos años Méjico será tal vez el mayor productor petrolífero del mundo, el mayor productor de la sustancia más codiciada por las grandes potencias, puesto que es la base de su industria y de su poderío naval. Tamaña riqueza es a la vez la fortuna y la tragedia de Méjico.

Esa riqueza se la disputan dos grandes compañías: la Standard Oil, norteamericana, y la Águila Mejicana, inglesa; mejor dicho, dos países, los Estados Unidos e Inglaterra. La guerra civil que azota a Méjico desde hace años arranca de la rivalidad de esas dos empresas. Cuando se descubrieron los primeros pozos de Tampico, la Standard Oil se apresuró a querer apoderarse de esos yacimientos del país vecino. Tropezó con grandes resistencias, que la opusieron el entonces ministro Limantour y el partido de los «Científicos» que rodeaba a Porfirio Díaz. Este grupo de hombres de gobierno apoyaba con preferencia al Águila Mejicana, de Pearson, en parte por hostilidad histórica a los Estados Unidos y en parte porque veía en los ingleses mayor consideración a los intereses de Méjico. La Standard Oil secundó entonces, incluso financieramente, la campaña de Madero contra don Porfirio, y con el triunfo de su protegido tuvo la preponderancia en las concesiones de petróleo. A continuación, el grupo inglés imitó a su rival, prestando su apoyo a Huerta contra Madero; detrás estaba el Gobierno británico, que se apresuró a reconocer a Huerta, emitió un fuerte empréstito y encomendó al sindicato Pearson un gran suministro de petróleo para el Almirantazgo. La lucha ha proseguido. Carranza, según todos los indicios, quiso que Méjico dejara de ser peón en la contienda entre empresas e intereses extranjeros y tendió a nacionalizar la riqueza petrolífera, para que fuera el pueblo mejicano su principal beneficiario. Esto hería a todos los intereses extranjeros, pero más a los norteamericanos, en sus esperanzas y ambiciones de monopolio absoluto. El asesinato de Carranza fue un episodio en la acerba pugna. La elección de Obregón pareció tranquilizar a los Estados Unidos, si ha de juzgarse por las muestras de júbilo con que fue recibida; sin duda, la Standard Oil estaba satisfecha. Pero al escribir estas líneas, se anuncian nuevos levantamientos en algunas provincias de Méjico: tal vez la Mexican Eagle no ve con buenos ojos la presidencia de Obregón.

¿Hasta cuándo durará esa guerra civil mejicana en que colabora la eterna ambición de los hombres al poder político con los apetitos de rivales empresas extranjeras? Una manera de concluir con esta rivalidad sería para los Estados Unidos la intervención en Méjico, so pretexto de desórdenes y daños a sus intereses; de ese modo, la Standard Oil podría someter o expulsar del territorio mejicano a su antagonista la Mexican Eagle; así la República norteamericana se desquitaría de la sigilosa labor de acaparación consumada por Inglaterra desde el armisticio. Si hay una lógica histórica, todo anuncia un desbordamiento de los Estados Unidos sobre sus fronteras meridionales: la trayectoria de un impulso tradicional, y, sobre todo, la enorme valoración ganada por el petróleo, en que Méjico es tan rico y en que la Unión se agota. ¿Consentirá Inglaterra que la eliminen de ese magnífico campo petrolífero? Los Estados Unidos argüirán la doctrina de Monroe contra toda ingerencia, e Inglaterra no podrá recurrir a la Sociedad de Naciones, porque por algo su rival ha eludido el ingreso. Pero mediando tan poderoso interés, es de temer que, por primera vez, no sea respetada la doctrina de Monroe y que las guerras civiles de Méjico se conviertan en terrible guerra incontinental. En los pozos petrolíferos mejicanos se está jugando la paz del mundo y, desde luego, la independencia del pueblo que ha tenido la suerte y la desgracia de haber sido dotado de tan gran riqueza.


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