Luis Araquistain
 
El peligro yanqui · 1921

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Luis Araquistain, El peligro yanqui, Madrid 1921, páginas 53-56

La evolución social · III

Una gran burocracia obrera

Subiendo por la calle 9 se encuentra, en la intersección con la Avenida de Massachusetts, en Washington, la capital federal de los Estados Unidos, un espléndido edificio. Se trata de una institución nacional. La conoce todo el mundo. Basta pronunciar su nombre a un cochero o a cualquier transeúnte, sin especificar las calles en que está enclavada –exactamente como si se mencionase la Casa Blanca, el Capitolio o cualquier otro gran edificio público–, para que el visitante sea conducido y orientado al momento. Es el edificio de la Federación Americana del Trabajo. Al penetrar por su amplia puerta se tiene la impresión de que se entra en un Ministerio. Dos grandes ascensores transportan a los funcionarios o visitantes de la casa a los nueve pisos de que consta la construcción. Es un edificio nuevo, limpio, suntuoso. Cada cuarto u oficina parece un despacho ministerial: abundan los empleados, singularmente las mujeres, tecleando sin cesar en las máquinas de escribir. Nos dirigimos al despacho del secretario, Frank Morrison. Ante nosotros tenemos un ejemplar del perfecto americano del norte: un hombre de estatura más bien alta que media; joven aún, pero de cabello plateado; cara rasurada del todo y, seguramente a diario; ancho de hombros, afable y, sin embargo, consciente de su importancia y su fuerza: correctamente vestido, como un gentilhombre británico; mano amplia, pero fina –que no conoce desde hace tiempo o no conoció nunca los oficios duros y encallecedores–; mano que estrecha cordialmente. Una secretaria entra y sale de continuo, trayendo papeles a la firma. Oye distraídamente nuestra presentación. ¿Españoles? Se despierta su interés. ¿De qué República? Para todo norteamericano, todos los que hablamos español somos españoles: españoles de Méjico, o de Nicaragua, o de la Argentina. Manda venir al secretario de la Federación Panamericana, apéndice o tentáculo de la Federación Americana del Trabajo, que aspira a absorber y dirigir el movimiento obrero del resto de América, paralelamente a la acción de absorción y dirección que Gobiernos y diplomáticos ejercen sobre los Estados del Norte, Centro y Sur del continente americano.

Corregimos: somos españoles de España; hemos ido a la Conferencia del Trabajo de Washington. Sorpresa del secretario de la Federación Americana del Trabajo. Esto ya no le importa profesionalmente, pero le interesa como hombre. ¡Es tan raro ver españoles de España en Washington! ¿De qué oficio somos? Largo Caballero define el suyo: estuquista. Fernando de los Ríos es profesor. (Nueva sorpresa del secretario. ¡Un profesor de Universidad representando a los Sindicatos españoles!) El cronista se queda perplejo ante la necesidad de ficharse gremialmente. ¿Dirá que ha sido marinero, que ha sido dependiente de comercio, que ha sido dibujante lineal, que ha sido profesor de idiomas? Gompers, cuando sostiene que los obreros no pueden estar representados sino por obreros manuales, y le reprochan que él no lo es, replica que hace unos treinta años fue cigarrero. Tímidamente, como quien se ve cogido en delito, el cronista confiesa su último oficio, por ahora: periodista. El secretario se ríe con suficiencia y exclama:

—De modo que sólo uno de ustedes es obrero manual.

Miramos al secretario de la Federación Americana del Trabajo, con su aire superburgués –y, debajo del aire, al funcionario que gana más que un ministro español–, y sonreímos por dentro discretamente.

He aquí la primera impresión de la Federación Americana del Trabajo: una viva desconfianza de todo hombre que no se presente con las manos encallecidas o pretendiendo que las tuvo encallecidas un día. Desconfianza, sobre todo, de los llamados intelectuales. Estos nuevos Platones norteamericanos no se conforman con desterrar de su República a los poetas; quieren desterrar también a todo hombre cuyo corazón e inteligencia deseen incorporarse al movimiento obrero; siempre que sus manos no lleven el sello de un trabajo brutal. Esta cuestión de los intelectuales en sus relaciones con el movimiento obrero se discutió largamente en el Congreso panamericano que se celebró en la ciudad de Nueva York en julio de 1919. El presidente Samuel Gompers dijo:

«El Comité recomienda substancialmente que en los futuros Congresos sólo asalariados sean elegibles como delegados.»

A esto replicó el delegado de Nicaragua:

«Soy abogado, y, en consecuencia, me sorprende esa declaración. El presidente cree que los abogados no deben representar los intereses del pueblo trabajador, porque si admitimos a los intelectuales –o políticos–, sería peligroso para los obreros, a causa de que puede llegar un día en que las facciones políticas y los capitalistas nombren hombres que no pertenezcan a la clase obrera y trabajen, por lo tanto, contra los intereses de los obreros. En nuestras Repúblicas, las condiciones del pueblo trabajador son tan malas, que el Estado presta apoyo a los hombres que explotan a los obreros; los obreros no son capaces de presentar sus reclamaciones, y nadie con sentido común puede privar a honrados y patrióticos intelectuales del privilegio y del derecho de ser los portavoces del pueblo que sufre y carece de ocasión de presentar sus reclamaciones por sí mismo.»

La polémica es vieja. La tesis de los que combaten la intervención de los intelectuales en el movimiento obrero se funda en una razón confesada, en una razón insinuada y en una razón callada. La razón confesada es la expuesta: que los no obreros manuales pueden traicionar a la clase obrera. Pero en la historia del movimiento obrero de todos los países, ¿no abundan los casos de trabajadores manuales que, en la primera ocasión favorable, se pasaron a la clase enemiga? La honradez de un hombre es un hecho a posteriori de experiencia, no una hipótesis apriorística derivable de su profesión. ¿Fueron obreros manuales Marx –universitario– y Engels –un hombre de negocios–, los dos creadores del movimiento obrero moderno? ¿Han sido obreros manuales de toda la vida, aunque temporalmente lo fueran algunos, la mayoría de los que han dado dirección espiritual a la clase obrera y más han contribuido a despertar y elevar su conciencia de hombres?

La razón insinuada es que los llamados intelectuales –¿y quién no pone su inteligencia y su esfuerzo físico, a la vez, en su trabajo?– pueden llevar a la clase obrera por derroteros políticos. Pero todos hacemos política, por acción unos y por omisión otros. Todo es política, mala o buena; y los que, so pretexto de abominar de ella, pretenden excluir a los supuestos políticos, es decir, a los que se guían por un sistema de ideas políticas, no hacen en el fondo sino confesar el temor de verse vencidos en su ceguera. Son los topos que se cierran en cuadro contra los videntes. Y, en fin, la razón callada, correlativa con la anterior, es que ciertos directores obreros, sacrificando los intereses de la clase que representan, temen a los llamados intelectuales por motivos de puro orden personal. Los directores españoles, digámoslo de paso, en su honor, no sólo no los temen, sino que los buscan con extremada solicitud. La Federación Americana del Trabajo, para desgracia suya, no ha pasado aún de ese período de inmadurez en que, por una razón u otra, se teme la inteligencia. Esa es su debilidad. Es como uno de esos octopos gigantescos, todo masa, sin cerebro y casi sin sentidos, que en la obscuridad de las aguas marinas sólo aciertan a moverse tanteando con sus tentáculos en las rocas.


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Luis Araquistain
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