Luis Araquistain
 
El peligro yanqui · 1921

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Luis Araquistain, El peligro yanqui, Madrid 1921, páginas 57-60

La evolución social · IV

Empirie contra teoría

Examinados algunos de los prejuicios de la Federación Americana del Trabajo, queda por ver, más ampliamente, su ideología o, si se quiere, su ausencia de ideología. Su pensamiento está contenido en numerosos folletos, en las reseñas detalladas de sus Congresos anuales y en los artículos de su órgano mensual, The Federationist. Pero hay una síntesis o resumen excelente de todos esos trabajos, que es la información hecha por Samuel Gompers ante la Comisión sobre Relaciones industriales de Nueva York, en el mes de mayo de 1914, publicada después con correcciones y carácter de autenticidad, en opúsculo. Esta publicación puede considerarse como la Biblia de la Federación Americana, y a Gompers, como a su profeta.

¿Cuáles son los fines de la Federación Americana del Trabajo? Sus fines abarcan todo cuanto «pueda ayudar, promover, adelantar o proteger los derechos e intereses del pueblo obrero, para instaurar mejores condiciones y trabajar por la mayor suma de felicidad humana». ¿Cuáles son los medios para estos fines tan vagos? Por de pronto, sorprende un hecho: que «la Federación Americana del Trabajo no favorece el fijar, mediante leyes, ciertos salarios mínimos. Las tentativas del Gobierno para establecer salarios por los cuales puedan trabajar los obreros, resultará, según la enseñanza de la historia, en una larga era de esclavitud industrial». Gompers teme que una vez fijado el salario mínimo, los Tribunales puedan compeler a trabajar conforme a ese mínimo. Sus temores los extiende también a la jornada máxima: «Temo que si se permitiese a la legislatura establecer una jornada máxima, podría obligar a los obreros a trabajar hasta el máximo permitido». Sólo en el caso de que los obreros trabajen por cuenta del Gobierno o de sus agentes podrá aceptarse la jornada máxima, y también para el trabajo de los niños y las mujeres. La Federación Americana del Trabajo no quiere ningún trato con el Estado. Aspira a sostener directamente sus luchas con los patronos. Esencialmente, es una organización apolítica, esto es, una organización sin un concepto político de la sociedad. La única táctica es el tanteo en lo económico.

Pero, al propio tiempo, se declara en favor de ciertas medidas políticas. Preconiza, por ejemplo, una «absoluta libertad de Prensa, de palabra y de reunión»; «el sufragio sin restricciones, e igual para hombres y mujeres»; «la iniciativa, el referéndum y la revocación de cargos públicos»; «la elección de presidente y de vicepresidente de los Estados Unidos por voto directo del pueblo»; «la restricción de facultades de los jueces para anular leyes y desecharlas como anticonstitucionales»; «la enmienda de la Constitución de los Estados Unidos por un método más fácil que el que existe al presente»; «las medidas de enseñanza general, y particularmente de enseñanza vocacional, para fines útiles». Pero todo esto cabría en un programa liberal moderno. La Federación Americana del Trabajo es partidaria de la acción política como la fisiología es partidaria del aire, sin exigir nada sobre su renovación y, mucho menos, sobre un cambio radical de su naturaleza.

Como carece de doctrina que guíe permanentemente sus pasos, la Federación Americana del Trabajo se contradice en su concepto de la sociedad actual. Gompers sostiene en su información que «a causa de que los patronos, como clase, están interesados en mantener o aumentar su participación en la producción general, y a causa de que los obreros están determinados a pedir una participación mayor y siempre mayor en esa misma producción general, los intereses económicos entre ambos no son armónicos. Los escritores y oradores socialistas han falseado repetidamente este punto, y la frecuente repetición de ese falseamiento les ha convencido, al fin, de la verdad de su aserto». ¿Pero es esto exacto? En un trabajo que lleva el título de Organized labor, Gompers lo comienza así: «No hay necesidad de molestarse acerca de cómo pueden reconciliarse el capital y el trabajo, pues son una misma cosa. Pero el cómo los trabajadores y los capitalistas pueden reconciliarse, está totalmente dentro del campo de una investigación adecuada, y a ello deben prestar sus mejores pensamientos y su atención todos los que estudien economía y los devotos del bienestar social. Y puede llevar a la conclusión de que, a despecho de los clamores que oímos y de los conflictos que ocasionalmente acontecen, hay una tendencia constante hacia un acuerdo entre trabajadores y capitalistas, obreros y patronos, en pro de una ininterrumpida producción y distribución de la riqueza, y también de consideración ética para los comunes intereses de todo el pueblo». Pero, en suma, ¿son armónicos los intereses de trabajadores y capitalistas?

En otra parte dice Gompers: «No se requiere una complicada filosofía social o un gran discernimiento para saber que un salario de tres pesos por día y una jornada de ocho horas, en talleres saludables, son mejor que 2,50 pesos por día y una jornada de doce horas en condiciones peligrosas. El pueblo trabajador no se detendrá al alcanzar ese punto particular; no se detendrá nunca en sus esfuerzos por obtener una vida mejor para sí mismos, para sus mujeres, para sus hijos y para toda la humanidad. El objeto es lograr una completa justicia social». Pero ;qué justicia es ésta? ¿Cuáles sus límites? ¿Cuál es su línea divisoria en la distribución de la riqueza entre trabajadores y capitalistas?

No lo dice Gompers. Pero teme el socialismo y toda teoría de transformación social. «El partido socialista –afirma– tiene por propósito suyo la abolición del presente sistema de salarios... Pero la Federación Americana del Trabajo va más allá del sistema que esos soñadores han concebido.» ¿Hasta dónde? No lo revela Gompers. «El movimiento del pueblo trabajador, bajo la Federación Americana del Trabajo o no, seguirá simplemente el impulso humano de mejoramiento en sus condiciones, sea donde sea adonde conduzca, y adonde quiera que conduzca irá sin proponerse ninguna meta teórica». Biología pura. Odio a toda teoría. Odio a la inteligencia. «El movimiento de la clase obrera, para serlo más efectivo, deben conducirlo los obreros mismos.» Esta exclusión de la inteligencia constructiva y teórica ha hecho del movimiento obrero norteamericano una de las fuerzas más ciegas y estériles del mundo moderno.

«Todo el movimiento sindical de América –prosigue Gompers– está absolutamente sin ningún partido y sin afiliación política.» ¿Debe existir un partido obrero? «En los Estados Unidos hemos logrado una legislación del carácter más substancial sin el uso o la necesidad de ser llamado partido obrero independiente.» Y todo un trabajo titulado ¿Debe formarse un partido obrero? Gompers lo dedica a refutar esta tendencia. Pero en noviembre de 1919 se constituyó en Chicago un partido obrero político, respondiendo, sin duda, a una necesidad de la clase trabajadora, cansada, por lo visto, de andar a ciegas por los laberintos de la contradicción teórica. Si ese partido, que podría definirse como liberal radical, no se consolida, la Federación Americana del Trabajo está expuesta a disolverse en la organización de los Trabajadores Industriales del Mundo, o en el partido socialista. La constitución que la ha regido durante cuarenta años, bajo la presidencia de Samuel Gompers –hombre de su tiempo, pero limitado por el tiempo; gran organizador, pero sometido, como toda realidad, a la anquilosis de su organización– pertenece al pasado.


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