Facundo Goñi
 
Tratado de las relaciones internacionales de España · 1848

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Facundo Goñi
Tratado de las relaciones internacionales de España
Madrid 1848, páginas 29-51

Lección II
Bosquejo histórico de la política europea

sumario.– Objeto de esta lección.– Diferencia entre los antiguos y el actual sistema político de Europa.– Época de la irrupción de los bárbaros.– Invasión musulmana.– Dominación de Carlo Magno.– Feudalismo.– Prepotencia de los papas.– Su origen y progresos.– Principio de su poder temporal.– Política atrevida de Gregorio VII.– Conducta de sus sucesores.– Efectos del poder pontificio sobre los pueblos de Europa.– Decae la preponderancia de los papas.– Nuevo aspecto de Europa en el siglo XV.– Las naciones entran en un período de fuerza y lucha.– Rivalidades entre Carlos V y Francisco I continuadas en sus sucesores.– Paz de Westfalia.– Establecimiento del sistema de equilibrio.– Ambición de Luis XIV.– Paz de Nimega.– Grande alianza y guerra europea de sucesión.– Paz de Utrech.– Guerra de los siete años.– Revolución francesa.– Espanto de los monarcas.– Napoleón.– Guerra universal.– Congreso de Viena y nuevo arreglo de Europa.– Revolución de Francia en 1830 y sus resultados contra el sistema organizado en Viena.– Cuádruple alianza.– Nuevo aspecto de la política europea.– Revolución francesa de febrero de 1848.– Sus consecuencias en los demás pueblos del continente.– Situación actual.– Conclusión.

 
señores:

Dejamos ya trazado en la lección precedente el plan que hemos de seguir en este curso, y apreciado por vía de introducción el carácter que nos ofrecen hoy las relaciones entre los pueblos. Siguiendo el programa que nos hemos propuesto, debemos esta noche dirigir una rápida ojeada histórica hacia la Europa, indicando las [30] transformaciones por que ha pasado esta grande asociación, señalando sus principales bases políticas, y determinando el principio que ha predominado en cada una de ellas. De este modo tendremos descubierto el campo, e iluminados los objetos que han de caer bajo de nuestro examen en las lecciones sucesivas.

La situación internacional en que se encuentran hoy los pueblos del continente, y que ha sido el resultado de un trabajo lento y penoso por que han pasado a través de los siglos, no tiene ejemplo alguno que se le parezca en los tiempos de la antigüedad. La historia antigua nos presenta por una parte vastos imperios que oprimían con su omnímodo poder a todos los países a que podían extenderse sus armas, y por otra pueblos subyugados. La historia antigua, en suma, nos ofrece siempre dividido al mundo en dominadores y dominados, pero no nos ofrece un espectáculo en que multitud de naciones civilizadas y poderosas viviesen unas enfrente de otras, disfrutando respectivamente de individualidad e independencia propia. Veamos, pues, cómo se ha formado este conjunto de pueblos que ocupan nuestro continente, y las vicisitudes por que ha pasado la sociedad europea para llegar a resolverse en las grandes asociaciones en que se encuentra dividida en la actualidad.

En los primeros tiempos que se siguieron a la caída del poder de Occidente y a la invasión de los bárbaros, la Europa no fue más que un vasto campamento cubierto de despojos y ruinas. Por espacio de un siglo las hordas invasoras se agitaron en tumultuoso choque y confusión sobre este suelo devastado, hasta que cada raza se fue sucesivamente posesionando de las regiones que le deparaba la suerte de los combates.

La Europa había principiado a experimentar algún [31] tiempo de calma, pero no era todavía más que un agregado de masas informes y desorganizadas, cuando corrió riesgo de verse nuevamente devastada por la invasión musulmana. Desde el fondo de la Arabia había salido repentinamente un pueblo basta entonces oscuro y despreciado, pero que debía llevar el terror a la mayor parte de los países conocidos. El genio entusiasta y fanático de Mahoma supo hacer este prodigio. Pasando de profeta a guerrero y de guerrero a príncipe y conquistador , logró muy pronto verse seguido de cien mil sectarios, y poner en fermentación religiosa los ánimos de su pueblo. La muerte sorprendió a Mahoma en lo mejor de su empresa, pero el impulso estaba dado, y era imposible detenerlo ni contrariarlo. Aquel pueblo, inflamado por el espíritu que había sabido inspirarle su profeta, crece y se desborda como un torrente impetuoso fuera de los límites de la Arabia. Después de haber sujetado en poco tiempo a la Siria, la Persia, la Palestina y el Egipto, se extiende por las costas del África, y atravesando el estrecho se presenta en las playas meridionales de España. A su impulso sucumbe en el Guadalete la monarquía goda. Pasa los Pirineos, invade la Francia, y la Europa entera se ve en peligro inminente de ser dominada por los sectarios del Alcorán. Afortunadamente la fuerza marcial de este pueblo había llegado a debilitarse a causa de su extensión desmesurada: y el torrente se detuvo delante de Carlos Martel en los campos de Tours. La Europa, pues, pudo salvarse de esta nueva invasión.

Mas apenas sus pueblos débiles e incoherentes se vieron libres de esto peligro, cuando estuvieron a punto de caer bajo la dominación universal de Carlo Magno. Este príncipe, primer conquistador y guerrero célebre de [32] Europa, aprovechándose sin dificultad del estado de fraccionamiento en que se encontraban los pueblos en aquella época, extiende sus armas sobre la mayor parte de las naciones germánicas, se apodera de la Dinamarca, de la Hungría y de la Lombardía, y llega a formar el más vasto imperio que existió en la edad media. Pero sólo treinta y dos años duró la dominación de Carlo Magno, y poco más tiempo sobrevivió a su fundador aquella grande monarquía. Muerto Carlo Magno en el año 814, sucedióle su hijo Luis Benigno, príncipe harto débil para poder conservar los estados de su padre, y que se desembarazó de ellos dividiéndolos entre los tres hijos que había tenido de la reina Hermengarda.

Disuelto el imperio que había constituido Carlo Magno, la Europa volvió a caer en su anterior estado de división y anarquía. Entonces principió a organizarse y a dominar el régimen feudal, cuyos gérmenes habían sido depositados por los bárbaros, y cuyo desenvolvimiento entorpeciera la ambición de Carlo Magno.

Hemos dicho que el feudalismo tuvo su origen en las costumbres de los bárbaros. Y así fue en efecto. La mayor parte de los conquistadores habían dejado a los pueblos una gran porción de sus tierras para que las cultivasen con condiciones más o menos onerosas, atendida la diferencia natural entre vencedores y vencidos: y este ejemplo fue seguido más tarde por los reyes y caudillos respecto de sus vasallos. Así en el siglo VIII principiaron los monarcas a conceder terrenos a las personas que quisieron adherírseles particularmente imponiéndoles diferentes obligaciones, principalmente las de obedecerles y militar bajo de sus banderas. La conducta de los reyes fue imitada en menor escala por los propietarios poderosos, quienes a la vez que eran vasallos [33] de los príncipes, se crearon un vasallaje subalterno, concediendo territorios a sus vecinos menos fuertes, y de esta manera quedó generalizado el sistema feudal en la mayor parte de Europa.

Entre las causas que contribuyeron a la creación del feudalismo, debe contarse principalmente la inseguridad que aquejaba en aquellos tiempos a los habitantes de Europa en sus personas y en sus cosas, inseguridad que les impelía instintivamente a ponerse bajo la protección de sus vecinos capaces de defenderlos. Bajo este régimen anárquico y basado esencialmente sobre la fuerza, vivieron la mayor parte de las sociedades de Europa, y claro es que ninguna de ellas pudo llegar a hacerse fuerte ni temible sobre las demás.

Sin embargo, sobre aquel caos se elevaba un poder que sirvió hasta cierto punto de centro de unidad entre los pueblos, y fue árbitro de sus destinos. Hablamos del poder de los papas.

No nos incumbe entrar en la cuestión canónica o teológica del derecho de los obispos de Roma: sólo diremos, siguiendo la historia de los hechos, que en los primeros siglos, y aún después que Constantino declaró religión dominante a la religión cristiana, el obispo de Roma no era más que un obispo metropolitano, cuya superioridad le disputaban a un mismo tiempo las iglesias de Antioquía, de Alejandría, de Jerusalén y de Constantinopla. Pero por una serie de sucesos propicios Roma llegó a absorber la supremacía espiritual de la Iglesia y más después la supremacía temporal de la Europa. Sigamos desde su origen el desarrollo del poder pontificio.

En el siglo V, abandonada Roma por los emperadores, no tuvo más protectores que sus obispos. El valor [34] y el celo que desplegaron estos prelados para desarmar la furia de los bárbaros y para calmar su ferocidad, les atrajeron el reconocimiento y la sumisión de los romanos.

Sabido es entre otros hechos históricos que cuando Atila devastaba la Italia, y convertía en polvo y escombros cuanto tocaban las plantas de su caballo, se detuvo ante las puertas de Roma, sintiendo ablandarse su feroz corazón por las lágrimas y súplicas del venerable anciano San León. Así los obispos de Roma se adquirieron gran prestigio y veneración, y fueron considerados como los protectores y padres de los pueblos.

En tan buenas circunstancias sobrevinieron varios sucesos favorables, todos al ascendiente de la iglesia romana. Antioquía, Alejandría y Jerusalén fueron conquistadas por los árabes y forzadas a profesar el dogma del Alcorán, desapareciendo por consecuencia estas tres temibles rivales que disputaban a Roma su supremacía religiosa. Y en cuanto a Constantinopla, habiéndose suscitado las famosas disputas sobre el culto de las imágenes entre la iglesia griega y la latina, se consumó una separación y un divorcio que no ha vuelto a repararse. Desde entonces el obispo de Roma quedó jefe y pontífice supremo de la Iglesia de Occidente.

Mientras esto sucedía, se estaban creando en las órdenes monásticas los más poderosos auxiliares del poder de los papas. Los conventos existían ya desde el siglo III principalmente en el Egipto y en la Siria; pero por lo que hace a Europa, no se conocieron hasta que los fundó y organizó San Benito. La existencia de las congregaciones monásticas es un fenómeno que se manifiesta naturalmente en toda sociedad en que ejerzan grande influencia las creencias religiosas. Las almas dotadas [35] de aspiraciones sublimes, y a quienes por lo mismo impresionan dolorosamente los reveses y las tristes realidades de la vida, propenden en estas épocas de fe a aislarse del mundo, abandonándose al sentimiento religioso predominante, en el que hallan pábulo y satisfacción a sus necesidades morales. Por eso se multiplicaron considerablemente los anacoretas desde los primeros tiempos del cristianismo. Pero organizados los conventos en Europa, muy pronto dejaron sus individuos la vida puramente contemplativa, para entregarse a la activa y militante. Y de su seno salieron los misioneros infatigables que iban predicando el evangelio por países bárbaros, y sometiéndolos al mismo tiempo a la autoridad de la Iglesia romana.

Tal era la situación de los papas a fines del siglo VIII, cuando de jefes puramente espirituales se convirtieron en reyes temporales. Debióse a la munificencia y gratitud del monarca francés Pipino el origen del poder temporal de los papas. La protección que le dispensó el pontífice Zacarías sancionando la expulsión de Childerico III, hizo a Pipino durante su vida propicio hacia la sede romana. De aquí resultó que viéndose el papa Zacarías inquietado por los lombardos, acudió Pipino en su socorro, y después de haberlos vencido y expulsado del exarcado de Rávena, hizo de él donación a San Esteban en reconocimiento del favor que había recibido de su antecesor Zacarías.

Eran los principios del siglo XI, cuando ascendió a la silla de San Pedro el famoso Gregorio VII, hombre de genio osado y emprendedor, que concibió el proyecto de hacer a la sede pontificia árbitra y soberana de los destinos de Europa.

Los primeros esfuerzos de Gregorio VII se encaminaron [36] a asegurar la elección de los papas contra toda intervención de parte de los emperadores que hasta entonces habían tenido el derecho de confirmación. Gregorio VII logró muy pronto dejar abolida esta práctica, y conseguido su primer triunfo sobre la prerrogativa imperial, se consagró a aumentar y robustecer su propia autoridad. Al efecto principió proclamando las más atrevidas y extrañas doctrinas en orden a los derechos de los pontífices. Sentó como principios inconcusos que no era lícito a los legos conferir beneficios eclesiásticos, so pena de incurrir en simonía y excomunión; que la sede pontificia era la soberana de la tierra; que los monarcas eran vasallos suyos y sus estados dominios naturales de la silla romana. Además no vaciló en sacar del olvido y poner en vigor las absurdas máximas contenidas en las falsas decretales, haciendo que prácticas y leyes se ajustasen a sus vastas miras de dominación absoluta.

Sólo la audacia singular y la firmeza de carácter de Gregorio VII pudieron realizar tan temerarios proyectos. ¡Ni que otro obispo de Roma se hubiera atrevido a luchar de frente contra tantos obstáculos y singularmente contra el poder y arrojo personal del emperador de Alemania Enrique IV! Y sin embargo el osado pontífice supo vencer todos estos estorbos, y salir airoso de las dificultades en que se vio envuelto. En vano se opuso a sus pretensiones Enrique IV, llegando a deponerle en un sínodo nacional celebrado en Worms. Lejos de intimidarse el papa, fulminó los rayos del anatema contra el emperador, y dispensó a sus súbditos del juramento de fidelidad que le habían prestado. Al fin Enrique IV sucumbió en esta lucha. Y habiéndose resignado a impetrar el perdón pontificio, todavía Gregorio [37] VII le hizo pasar por una nueva humillación, teniéndole tres días en medio de los rigores del invierno cubierto con una túnica de lana y desnudos los pies en el patio exterior del palacio de Canossa, antes d« concederle la absolución que demandaba. A vista de este espectáculo sin ejemplo todos los príncipes inclinaron sus frentes ante el poder de los pontífices.

Los sucesores de Gregorio caminaron todos por la senda que éste les trazara, y aprovechándose fácilmente de la debilidad de los estados de Europa y de la falta de comunicaciones entre sí, circunstancia que hacía imposible todo género de coalición, lograron consumar la obra de su completo predominio. Señaláronse principalmente en este perseverante trabajo los papas Urbano II, Inocencio II y III y Alejandro III. Sus medios de dominación eran la influencia por las ideas, y sus armas las excomuniones religiosas. De esta manera llegó la sede pontificia a ser soberana de Europa hasta el punto de quitar y poner a los príncipes, y erigir y abatir imperios. Su poder no se detuvo en la vía de progreso hasta los tiempos de Bonifacio VIII.

La omnipotencia de los papas en Europa produjo como todos los hechos históricos bienes y males para los pueblos. Produjo bienes, porque en medio de la anarquía universal que reinaba en aquellos siglos atrasados, el pontificado sirvió de centro de unidad a los pueblos, fue el foco común de donde recibían todos la luz en aquella noche tenebrosa, y por último sirvió para atenuar en gran parte los males del feudalismo, y para corregir en ocasiones el despotismo de los príncipes. Pero también produjo males la omnímoda autoridad de los papas, al menos en la época de su apogeo, ya porque comprimió demasiado el desarrollo intelectual de las naciones, [38] ya porque en sus abusos excitó guerras y divisiones entre los Estados.

Así vivió la Europa hasta fines del siglo XV, desde cuya época aparece ya notablemente cambiado su aspecto político. Al paso que el poder de los papas estaba pronunciado en decadencia, los reyes se robustecían, y las naciones puede decirse que desde niños habían pasado al estado de adultos. Este cambio había venido produciéndose lentamente desde siglos atrás, ya por efecto del roce y comunicación que ocasionaron en Europa las cruzadas, ya por la extensión que había adquirido el comercio, ya por la propagación de las luces, causas todas que contribuyeron a echar por tierra el edificio feudal, afirmando sobre sus ruinas las monarquías absolutas. A su vez el poder y prestigio de los pontífices había disminuido considerablemente. La actitud que supo tomar Felipe el Hermoso en sus desavenencias con Bonifacio VIII, la traslación de la silla pontifical a Aviñón en donde permaneció setenta años, el cisma de Occidente en 1377 que ofreció a la Europa por espacio de treinta y ocho años el triste espectáculo de verse disputada por tres pretendientes la silla de San Pedro; y finalmente, las predicaciones de Wiclef, Juan Huss y Jerónimo de Praga, todos estos hechos que se sucedieron en no muy largo período, contribuyeron eficazmente a socavar la autoridad y el ascendiente de los papas.

Pero una vez libres las naciones de la tutela pontificia, relajado el vínculo común que las unía, y entregadas cada una a sus propios instintos, sucedió que la que se sintió fuerte trató de subyugar a las débiles, y como era natural, se inauguró el imperio de la fuerza. Entonces tuvieron su origen entre los monarcas las gigantescas luchas [39] que trajeron revuelta a la Europa por espacio de dos siglos.

Gran papel tocó jugar a la España en este sangriento drama. Viéndose Carlos V en posesión de los estados de Alemania, de los Países Bajos y de Italia, aspiró a ser el monarca universal de Europa. Reinaba a la sazón en Francia Francisco I, el cual, sintiendo amenazada la independencia de sus estados, excitó a la Inglaterra y a la Suecia para que le ayudasen a combatir al común enemigo, y principió desde luego una larga serie de turbulencias europeas.

Descollaban en ellas Carlos V y Francisco I, enemigos constantes e irreconciliables durante su vida. Afortunadamente para Carlos V, casi siempre logró obtener la ventaja contra su rival, caminando de victoria en victoria y de conquista en conquista.

Las rivalidades entre las casas de Austria y de Francia fueron heredadas por los sucesores de Carlos y Francisco. La suerte fue siempre favorable a la primera durante el siglo XVI; pero se le mostró adversa en el siguiente, y a medida que iba declinando la España, fue a su vez alzándose prepotente la dinastía de los Borbones de Francia. Aparte de estas diversas alternativas, la lucha continuaba todavía a mediados del siglo XVII, y la Europa se encontraba hacía ciento y cincuenta años gobernada por el derecho del más fuerte. En semejante situación, y ante el espectáculo de tan prolongada tiranía, pensaron los pueblos instintivamente en poner su tranquilidad y su reposo bajo la garantía de un principio más tutelar que el de la fuerza. Entonces se verificó la famosa paz de Westfalia, cuyo tratado fue admitido en Europa como su carta diplomática, habiéndose sustituido en él al principio de la fuerza otro menos repugnante, el del equilibrio de las naciones. [40]

La Europa quedó constituida de tal modo, que pudiesen contrabalancearse respectivamente las fuerzas de los Estados, sin que a ninguno le fuese posible adquirir preponderancia exclusiva sobre los demás. Desde esta época, pues, y no antes, data la organización política y oficial de la Europa.

Pero el sistema de equilibrio europeo había de experimentar en el tiempo alteraciones varias, a causa de la ambición, imposible de reprimir en los príncipes más poderosos.

Así, desde que se estableció oficialmente, el primero que atentó contra él fue Luis XIV. Después de haberse hecho dueño de los Países Bajos y de haber contraído alianzas con varios príncipes de los estados de Alemania, intentó apoderarse de la España, a cuyo fin había celebrado con el emperador de Viena en 1668 un tratado secreto de partición de nuestra monarquía, previendo la muerte sin sucesión de Carlos II. Pero conocidos los designios de Luis XIV, se coligaron para desbaratarlos la Holanda, la Inglaterra y la Suecia, y después de una lucha que duró largos años, quebrantadas las fuerzas de Luis XIV con reveses repetidos, se vio en el caso de solicitar la paz, que en efecto se ajustó en Nimega y en Risvick, por cuyos tratados se obligó la Francia a devolver gran parte de los países que había conquistado.

Esta coalición nos revela bastantemente que el sistema de equilibrio formulado en Westfalia estaba ya aceptado y reconocido por todas las naciones, no siendo solamente como antes un instinto de los pueblos, sino el código diplomático universal. Por eso sucedía que cuando una nación trataba de adquirir un engrandecimiento extraordinario, todas las demás se aprestaban a la lucha, y terminaba ésta por nuevas separaciones y agregaciones [41] de territorio, que diesen por resultado el contrapeso de las fuerzas respectivas.

A principios del siglo XVIII rompióse otra vez el equilibrio con motivo de la guerra de sucesión. Llamado el duque de Anjou a heredar el trono de España, alarmáronse las naciones de Europa, excitadas por el Austria, con el temor de que, unidas las coronas de España y Francia en la familia de los Borbones, volviesen éstos a intentar adquirir una dominación universal. Entonces se formó la liga titulada Grande alianza, y principió la larga guerra de trece años, en que combatieron la España y Francia contra las demás potencias coligadas. El congreso de Utrech vino a poner término a tan dilatada contienda , siendo el segundo congreso que tuvo la misión de restablecer el equilibrio de las naciones. Entre las principales condiciones con que se ajustó la paz, debe contarse la renuncia de Felipe V a la corona de Francia para sí y sus sucesores, y la agregación que se hizo a la casa de Austria de los estados de Cerdeña, Milán, Nápoles, y varias ciudades de los Países Bajos. La Francia salió en esta ocasión más favorecida que era de esperar, merced a la Inglaterra que llevó el designio de que aquella nación contrabalancease en el continente el poder del Austria. Porque es de notar que desde esta época quedó ya la Inglaterra en la condición de nación preponderante de Europa, como en el siglo XVII lo había sido la Francia, y en el XVI la España.

Restablecida en Utrech la paz de Europa, no volvió a turbarse de una manera general hasta mediados del siglo. La guerra de siete años, provocada por Federico el Grande de Prusia, apoyado por la Inglaterra, empeñó a estas dos potencias contra la Francia, el Austria y la Rusia, nación que pocos años antes había sido elevada [42] por Pedro el Grande desde oscuro ducado de Moscovia a estado respetable y poderoso. La guerra de Prusia, sin embargo, no conmovió profundamente el equilibrio de las fuerzas europeas, habiéndose terminado por el tratado de París en 1763. Pero ya en esta época, con el colosal y repentino engrandecimiento de la Rusia, se sintió un tanto cambiada la faz política del continente.

A fines del siglo XVIII vino a asombrar al mundo el grande acontecimiento de la revolución francesa. La Francia en esta ocasión quiso impulsar a las naciones por un nuevo camino, y produjo una alteración general y profunda en el sistema político de Europa. Proclamando con toda la exageración del fanatismo el principio de libertad, declaró libres no sólo a los individuos sino a los estados constituidos que, siendo iguales e independientes por naturaleza , debían emanciparse de las viejas máximas a que hasta entonces habían obedecido. Los reyes estremecidos en presencia de la actitud marcial y propagandista de la Francia, reunieron sus fuerzas para conjurar a este enemigo, desconocido hasta entonces, y para contener el desbordamiento de sus pasiones. Pero la Francia, agitada por el vértigo revolucionario, lejos de intimidarse a vista de la coalición de los monarcas, llevó a la guillotina a su rey, y envió sus ejércitos a combatir fuera de sus fronteras. Emprendida la lucha, y envuelta la Europa en una conflagración universal, aparece Napoleón, el gran genio militar de los tiempos modernos. Napoleón conquista sucesivamente la Holanda, la Italia, la Confederación del Rin, la Suiza, Portugal; intenta dominar a España, amenaza con sus iras a la Inglaterra, y aspira a revestirse de la dictadura europea.

Entonces la Inglaterra, blanco principal de los designios del conquistador, empleó toda su energía y perseverancia [43] para destruir el poder de aquel coloso. Después de haber sufrido repetidas derrotas, y estar experimentando los conflictos del bloqueo continental, la Inglaterra, haciendo esfuerzos sobre sí propia, preparó la coalición de la Prusia y de la Rusia en 1805; impulsó la guerra del Austria en 1809; y por último, cuando en 1812 faltó la fortuna a Napoleón, animó a las demás naciones a perseguirle hasta el exterminio. Reunidos, en efecto, los ejércitos coligados en 1813, invaden el territorio francés, ocupan a París, y arrancan a Napoleón la abdicación de su imperio. El tratado de 1814 viene a coronar esta obra, y poco después se abre para consolidarla el congreso de Viena.

El congreso de Viena, a semejanza del de Utrech, tuvo por objeto restablecer el equilibrio de las naciones de Europa. No era, a la verdad, cosa fácil, después del profundo trastorno que habían experimentado los pueblos, distribuir justa y equitativamente las fuerzas para constituir la paz y armonía continental. Pero sobre ser difícil este repartimiento, los representantes que constituyeron el congreso, atentos más bien a sus intereses egoístas y mezquinos que a la justicia y conveniencia general, se distribuyeron las naciones a título de conquistadores y dueños absolutos, dando a la Europa una organización, sobre injusta e impía, efímera y deleznable en sus bases. En este repartimiento no se tuvieron en cuenta las afinidades de razas, costumbres, idioma y religión de los pueblos, ni se atendió al impulso espontáneo de las fuerzas vivas de las nacionalidades; sino que, despreciando escandalosamente tan atendibles circunstancias, se sacrificó el bien de los pueblos a la ambición personal de los monarcas representados. Por lo demás este congreso sólo tuvo de común con los que le habían precedido la [44] misión que se dio asimismo de desmembrar y aumentar los imperios, y suprimir y crear estados subalternos.

Las potencias que más se habían esforzado en la lucha contra Napoleón procuraron sacar para sí el mejor partido. Así, al Austria se adjudicó Milán y Venecia, a la Prusia las provincias del Rin, a la Rusia la Polonia, distribución injusta que había de producir más tarde guerras desastrosas. Creáronse además pequeños estados, independientes en el nombre, pero que necesariamente tuviesen que vivir bajo la tutela de las grandes potencias vecinas. Tales fueron, en el Norte, el reino de los Países Bajos ; en el Mediodía, el Piamonte; en el centro, la Confederación Germánica, compuesta de principados unidos por un lazo federativo, y la Suiza, dentro de sus antiguos límites, y puesta bajo la garantía de las grandes potencias europeas, y después en la Italia una multitud de estados soberanos para que sirviesen de intermedio entre la Francia y las posesiones austriacas, dejando a su extremidad los dominios pontificios y el reino de Nápoles. La Francia quedó reducida a su antigua demarcación, y la España fue abandonada a su aislamiento. Así quedó constituida la Europa en el congreso de Viena, y una vez disuelto éste, las potencias se entregaron al reposo de sus fatigas, confiadas y satisfechas en la duración de su grande obra.

Pero una organización tan violenta, y en la que se comprimían tiránicamente los impulsos y los sentimientos de los pueblos, no podía durar largo tiempo. Así es que no tardaron en sentirse demostraciones contra el sistema establecido en Viena. No otra cosa fue la revolución de Italia del año 20, si bien por entonces pudieron sofocarla las potencias signatarias, vueltas a reunir en Verona. [45]

En 1830 sobrevinieron ya sucesos que dieron en tierra con la organización creada en Viena. La Francia arrojó del trono a una dinastía patrocinada por aquellos plenipotenciarios. Al eco de esta revolución se conmueven varios estados oprimidos. La Bélgica se insurrecciona contra la Holanda, y consigue recobrar su independencia y constituirse en reino. La Italia vuelve a rebelarse contra el Austria; la Polonia contra la Rusia. Y aunque el movimiento de la Italia es comprimido, y la Polonia sucumbe víctima del Zar, ya desde entonces puede considerarse quebrantado y sin vigor el tratado de Viena, puesto que quedó impunemente infringido en sus partes más esenciales.

Antes de continuar reseñando los acontecimientos que siguieron a la revolución francesa de 1830, convendrá que dejemos consignado que en los diferentes períodos de la historia europea, recorridos hasta la época indicada, han dominado tres principios. El principio de la autoridad pontificia, que gobernó a la Europa durante la edad media: el principio de la fuerza, si puede merecer este nombre, que predominó desde el siglo XVI hasta la paz de Westfalia en 1648: y el principio del equilibrio, que desde esta fecha ha regularizado las naciones hasta nuestros días, o más especialmente hasta 1830. Como que en esta época perdió, si no su autoridad, al menos su prestigio el tratado de Viena, puede afirmarse que desde 1830 la Europa ha carecido de un principio respetable y único que la gobernase, en cuya situación ha continuado hasta nuestros días. Prosigamos la historia.

Cuando se verificó la revolución de Julio, primera protesta eficaz contra los tratados de Viena, las potencias del Norte hubieran aprestado sus armas contra la Francia; [46] pero advirtiendo que la Inglaterra le ofrecía una mano amiga, temblaron a vista de esta alianza, y no se atrevieron a acometer la empresa de una guerra universal. Ni fue poderosa para sacarlas de esta prudente reserva la sublevación de la Bélgica, que se verificó un año después. Lejos de eso creyeron más prudente transigir con estas revoluciones y reconocer los nuevos gobiernos constituidos.

En este estado de cosas, y merced a los progresos siempre crecientes de las ideas liberales, aparecieron en revolución Portugal y España disputando a la vez sus tronos a los príncipes que se decían representantes de la legitimidad. Las potencias del Norte, cada vez más amenazadas, habían celebrada en 1833 las conferencias de Munchen-Gratz, formando entre sí una nueva y especial coalición. Y todos estos sucesos dieron ocasión al tratado de la cuádruple alianza, ajustado en 1834 entre la Inglaterra, la Francia, España y Portugal. De aquí resultó un nuevo sistema europeo, consistente en la separación de las potencias del Norte y las del Mediodía, cuya separación no tenía ya origen en el choque o armonía de las fuerzas materiales, sino en la diferencia de principios políticos. El principio de libertad fue el fundamento y la base de la unión del Mediodía, al paso que las naciones del Norte se coligaron a nombre de la política de resistencia, simbolizada por el principio teocrático y monárquico. Así, puede decirse que la revolución de Julio inauguró un nuevo sistema europeo, y que la cuádruple alianza lo consumó.

Sin embargo, la nueva división europea, fundada en la diferencia de principios políticos, no fue poderosa para anular por completo el tratado de 1815, resultando de aquí que la Europa quedase desde entonces entregada a [47] dos sistemas diferentes, de los cuales ninguno predominaba con exclusión, y a veces ambos se eclipsaban ante nuevas divergencias de intereses entre los mismos pueblos especialmente coligados. Así sucedió en la cuestión de Oriente, en que la Rusia prescindía de sus aliadas, y en otras cuestiones que han surgido en Europa en estos últimos años.

En medio de esta oscilación de principios y de esta ineficacia y falta de autoridad en que habían caído los sistemas, lo que sucedió en estos últimos años fue que cada nación sólo pensó en su engrandecimiento particular, y si se invocó el tratado de Viena o el de la cuádruple alianza, fue únicamente cuando convino a intereses de un momento dado. Por lo demás, la organización política creada en 1815 ha ido debilitándose sucesivamente por los actos de casi todas las naciones. Así lo demuestran la anexión de la Cracovia al Austria, ejecutada en 1846 por las potencias del Norte, el nuevo movimiento de la Italia, impulsado por el pontífice, y la revolución de Suiza en el año pasado, sucesos todos de los cuales unos fueron atentados directos, y otros amenazas contra el sistema organizado en aquel congreso.

Veamos ahora en resumen cuál era el aspecto que presentaba la Europa la víspera de la revolución francesa de 24 de febrero, ya que este suceso constituye una época, quizá la más notable en los anales europeos, y que inaugura un mundo nuevo.

Bajo la ausencia de un principio común que regulase su conducta, cada una de las naciones de primer orden aspiraba a un fin particular. La Rusia, después de haberse absorbido la mayor parte de la Polonia y de la Suecia, marchaba a apoderarse de la Persia, de la Tartaria y de la Turquía, hasta llegar a establecer su capital [48] en Constantinopla. La Inglaterra, procurando siempre retener bajo su tutela a Portugal, aspiraba a estancar los mercados de la América, a abrirse el comercio de la India por el Mar Rojo, tal vez a apoderarse del Egipto, pero de cualquier modo a contener los progresos de la Rusia su rival. La Francia marchaba a recuperar sus límites del Rin, a engrandecer sus colonias de África, y estaba interesada en proteger al Egipto y ejercer su protectorado sobre Italia. El Austria, después de adherir recientemente la Cracovia a sus dominios, pugnaba por no perder su influencia en la península italiana; y la Prusia, por último, tenía fijas sus miradas en los estados de Alemania, que procuraba asimilarse por medio de sus ligas mercantiles, contrarrestando en este punto las tendencias del Austria. Nada diremos de los demás estados europeos, cuyos movimientos, sin carecer de importancia absoluta, parecían eclipsarse ante los de las grandes potencias.

En tal estado, y al contemplar la marcha sorda y latente con que cada una de las grandes potencias caminaba hacia su engrandecimiento particular, parecía natural, y tal era la opinión de muchos publicistas, que el equilibrio europeo se rompiese cuando llegasen a punto de chocar estos intereses opuestos. Mas, sin embargo, las cosas han sucedido de otra manera. A vista del movimiento de reforma en que principiaban a agitarse los estados de Italia, la Francia se inflama, y en un día, con la rapidez del rayo, destrona a su rey, suprime la monarquía y se constituye en república. Este acontecimiento llena de asombro y de sorpresa al mundo. Pero a la sorpresa debían seguirse más graves consecuencias. El espectáculo de la Francia no podía esta vez, como no ha podido en ocasión alguna, dejar de agitar a todas las naciones de Europa. [49] La Francia es el pueblo que va a la cabeza de la civilización moderna y sirve de guía a los demás. Siempre a la vanguardia de la marcha social, ella sufre la primera los peligros y se ciñe los primeros laureles. Así, su última revolución ha causado en Europa un estremecimiento instantáneo y general, semejante a un terremoto.

Los estados de Italia no se han limitado a constituirse todos bajo un régimen liberal, sino que han declarado la guerra al Austria. Las nacionalidades alemanas se han removido en su constitución social y en su organización, política, y trabajan para refundirse sobre bases sólidas y duraderas. El Austria y la Prusia, antes de apercibirse de la actitud de sus vecinos y protegidos, se han visto sorprendidas por la revolución dentro de sus mismas metrópolis. Y finalmente, la Rusia y la Inglaterra no se ven libres del peligro general. En suma, el espíritu de libertad y de independencia agita y descompone todos los estados, y la Europa entera se encuentra en una fermentación de que no nos ofrece ejemplo la historia. ¿Qué queda ya del edificio levantado en Viena? Sólo quedan escombros esparcidos, sirviendo para enseñar elocuentemente a sus autores que no se violan impunemente los derechos de los pueblos, ni se hieren a mansalva sus sentimientos y su dignidad. Cuando se menosprecian las fuerzas de las naciones, cuando se comprimen violenta y caprichosamente sus instintos y sus caracteres, su explosión es semejante a la del vapor encerrado y sin salida.

La Europa, pues, experimenta una descomposición rápida y completa en su organización política, y está destinada a constituirse de nuevo cuando hayan cesado las hondas revoluciones que hoy la trabajan, cuando haya terminado la lucha de los encontrados elementos que hoy se chocan y se combaten en su seno. ¿Pero cuál será la organización [50] en que se resuelva la Europa regenerada? Este es un problema cuya solución corresponde al porvenir.

Lo que únicamente podemos decir en presencia de los hechos que pasan a nuestra vista, es que en medio de esta universal conflagración se debaten a la vez dos cuestiones diversas: 1.ª, la cuestión de reforma social, o sea de régimen interior de los pueblos; y 2.ª, la cuestión de reconstrucción de nacionalidades, o más propiamente, de asimilación de razas.

La primera de estas cuestiones, tal cual la Francia la inauguró hace medio siglo (pues en estos momentos ha resucitado bajo una nueva fase), puede considerarse ya resuelta en Europa, a pesar de la resistencia pasajera de los países del Norte. Como quiera, esta cuestión no puede menos de terminar por el triunfo completo de la doctrina liberal.

La segunda cuestión afecta principalmente a los estados italianos y alemanes que, sobre pretender ser gobernados libremente en su interior, aspiran a organizarse en el exterior con arreglo a sus instintos y afinidades.

Ahora bien, ¿cuál será el desenlace de esta gigantesca y complicada contienda a que sirve hoy de teatro todo el continente? ¿Cuál será la nueva Europa que aparezca formada a vueltas de esta perturbación universal?

¿Alcanzará su unidad la Península italiana?

¿Se refundirán las nacionalidades alemanas en un estado federativo?

¿Extenderá la Francia sus fronteras hasta el Rhin?

¿Conseguirá la Rusia mantenerse compacta realizando sus proyectos de apoderarse de Constantinopla, o bien se descompondrá a impulsos de una revolución liberal?

¿La Inglaterra conservará en el interior la paz para realizar sus designios políticos en el Egipto, o llegará a [51] desmembrarse la actual organización del Reino Unido?

Tales son las cuestiones que se presentan en primer término en medio de la tormenta que experimenta la Europa, cuestiones que nos limitamos únicamente a indicar, persuadidos de que sólo al tiempo es dado ofrecernos su resolución.

He aquí, señores, la historia, las vicisitudes y la situación de la política internacional de Europa.

Si apartando por un momento nuestra vista del continente europeo, la dirigimos más allá del Estrecho, encontraremos en África una civilización que acaba y una sociedad que se disuelve, y hacia cuyo suelo por lo mismo gravita hoy parte de la vitalidad de Europa. Más allá del Océano se ofrece a nuestros ojos otro mundo en donde se forman y crecen multitud de estados, descollando entre ellos una nación que nació ayer, y que excita ya universalmente recelos y temores. Pero no fuera oportuno entrar en el examen de la política de estas regiones, habiendo sido nuestro ánimo contraernos especialmente a la Europa de que formamos parte.

Después de este rápido bosquejo del estado político del mundo, justo es que en conclusión volvamos nuestras miradas hacia nosotros mismos, siquiera sea para lamentarnos de la triste posición de la nación española, que en su actual abatimiento sólo tiene para consolarse la memoria de su grandeza pasada, y la perspectiva de más venturoso porvenir. ¡Recuerdos y esperanzas!

En la próxima noche nos consagraremos a bosquejar la historia política de nuestra patria, procurando evocar sus recuerdos y formular sus esperanzas.


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Facundo Goñi
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