Facundo Goñi
 
Tratado de las relaciones internacionales de España · 1848

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Facundo Goñi
Tratado de las relaciones internacionales de España
Madrid 1848, páginas 7-28

Lección I
Introducción

sumario.– Objeto y plan de este curso.– Mejoramiento sucesivo en las relaciones de los pueblos.– Tiempos antiguos.– Tiempos modernos.– Carácter de las relaciones internacionales en la época actual.– Conclusión.

 
señores:

Al volver a presentarme ante un público tan ilustrado y respetable, cuento más que nunca con su benevolencia de que me tiene ya ofrecidas demasiadas pruebas. Y sólo fundado en esta confianza me hubiera decidido a tratar una materia tan superior a mis fuerzas como la que va a ser objeto del presente curso.

Después de habernos ocupado el año anterior de la ciencia del derecho de gentes, he creído que sería oportuno examinar en el actual el estado de nuestras relaciones internacionales; materia harto descuidada entre nosotros, pero digna de atención y de estudio si se considera su inmensa gravedad e importancia.

Porque en efecto, señores, la cuestión de las relaciones exteriores sólo puede perder de su interés para aquellos Estados subalternos que carecen de voluntad propia, [8] y a quienes la suerte condena a girar en la órbita de otros más poderosos. Pero es una cuestión vital para todo pueblo independiente que aspire a regirse por sí mismo, y mayormente si, como la España, conserva tradiciones gloriosas de largos siglos, y tiene delante de sí un dilatado porvenir en los destinos humanos.

Sin duda que lo que más inmediatamente importa a toda sociedad es ser gobernada en el interior justa y benéficamente, y fuera absurdo aspirar a la grandeza exterior a costa de la dicha doméstica. ¿Pero acaso es posible a un pueblo asegurar su felicidad ni su reposo sin tener garantida su independencia política? A pesar de los progresos de la razón y de las luces, innegables en los tiempos que alcanzamos, no son por desgracia una verdad práctica y real sobre la tierra los principios de justicia y fraternidad, y no basta a un pueblo vivir aislado e inofensivo para que por sólo este hecho sea respetado de los extraños. Por otra parte, atendido el estado de comunicación rápida e incesante en que viven hoy las naciones , cuando apenas surge cuestión alguna en el ángulo mas apartado del mundo que no afecte instantáneamente a todas, ¿cómo podría un pueblo permanecer indiferente a sus relaciones con los demás?

El abandono con que hace años se ha mirado en nuestra patria cuanto se refiere a la política exterior , halla disculpa en lo azaroso de los tiempos que hemos atravesado. No es posible a una sociedad prestar la atención conveniente a las relaciones exteriores, cuando guerras y discordias intestinas concentran y absorben sus fuerzas físicas y morales. Los pueblos en tales circunstancias son semejantes a los individuos atacados de alguna grave dolencia: atentos a la conservación de su vida no pueden curarse de su existencia social, o sea de la comunicación [9] con los demás. Pero una vez recuperada la salud, fuerza es que los individuos como los pueblos piensen en el trato con sus semejantes, puesto que ni unos ni otros viven aislados sobre la tierra.

Y después de todo, señores, ¡habrá de ser indiferente para quien sienta justo amor hacia su patria, el que la España se encuentre débil y enflaquecida, sin voto en la grande asamblea de las naciones, o que se halle fuerte y respetada, y tan influyente como en otros tiempos en la suerte de los demás pueblos!

Por eso si la cuestión de sus relaciones internacionales es atendible y grave para las sociedades en general, lo es muy especialmente para la España. Y nunca con más motivos que en la época que alcanzamos importa que los hombres consagrados al examen de las cuestiones públicas conviertan la atención hacia el estudio de nuestras necesidades en el exterior.

Supuestas estas consideraciones, creo conveniente manifestar el pensamiento que me propongo desenvolver en el presente curso.

Mi objeto no es otro que bosquejar un cuadro de la situación internacional de España, exponiendo metódica pero sucintamente el estado de nuestras relaciones con cada una de las naciones civilizadas, tanto de dentro como de fuera de Europa. La situación internacional de un pueblo respecto a otro la determinan dos cosas: los intereses ya afines, ya opuestos que medien entre ambos, y los tratados que hayan celebrado y que crean obligaciones sagradas y respetables. La conducta exterior de las naciones no puede reconocer más que estos dos móviles. Fuerza será, pues, que nuestras observaciones se reduzcan a examinar los convenios que ha celebrado la España con cada pueblo, y los intereses que la naturaleza o el [10] tiempo han creado entre ellos, y de que resulta el espirita de benevolencia o de amistad que respectivamente los anima.

Poner, pues, de relieve nuestros intereses más permanentes y nuestros derechos y obligaciones respecto de cada país, tal será el objeto de nuestros estudios.

Preciso es que volvamos la vista a la historia, porque sólo en ella encontraremos el origen y la explicación de los tratados, así como las causas que han producido la política tradicional de algunos Estados. Por lo mismo, y sin remontarnos nunca más allá del siglo XV, época de que data rigorosamente la historia diplomática, procuraremos seguir el curso sucesivo de las relaciones políticas y mercantiles que hayan mediado entre España y cada una de las naciones hasta venir a parar a nuestros días.

Pero debo advertir, señores, que no es mi ánimo entrar en una exposición prolija y minuciosa de los hechos históricos, ni detenerme a analizar las estipulaciones concluidas en cada época. Esto exigiría más espacio del que podemos disponer, y no podría encerrarse tan vasto trabajo en los límites del presente curso. No puedo por otra parte abrigar tales aspiraciones. He dicho que mi propósito es dar a conocer la situación de España en el exterior: y por lo mismo nos limitaremos a indicaciones generales y rápidas, mencionando únicamente los hechos más de bulto, los sucesos más culminantes, pero que sean suficientes para hacer resaltar el carácter de nuestras relaciones con cada pueblo.

Por lo demás el orden que he creído oportuno adoptar es el siguiente. Principiaremos dando a conocer a grandes pinceladas la historia de la política de Europa , y especialmente la de nuestra grandeza y decadencia nacional: [11] pasaremos después a examinar las relaciones particulares que han existido y existen en la actualidad entre España y los demás Estados del mundo, deteniéndonos más o menos en el examen de cada uno, según lo exija su importancia relativa: y por último, daremos término a este curso con un breve resumen del sistema de conducta política exterior que a juicio nuestro conviene seguir a España en vista del estudio de su situación actual.

Tal es el programa que procuraremos desenvolver en estas lecciones.

Entre tanto no será fuera de propósito presentar por vía de introducción una breve reseña de los progresos que han hecho los pueblos en su trato y comunicación recíproca en el curso sucesivo de la historia, concluyendo por delinear el carácter general que presentan hoy las relaciones internacionales.

No podemos menos de principiar observando que la humanidad ha adelantado considerablemente en este como en otros puntos. El mundo avanza siempre. De tiempo en tiempo, es verdad , experimenta conmociones profundas y catástrofes violentas: sociedades ricas y poderosas se elevan y caen borrándose de la superficie del globo sometidas a leyes generales y eternas; pero a través de estos trastornos el género humano, uno en su esencia y en su fin, adelanta constantemente en su carrera. Los pueblos desaparecen, las instituciones caen en el olvido; pero los principios, las ideas, las conquistas hechas por el espíritu de la humanidad que son a los pueblos lo que el alma a los individuos, sobreviven a las más hondas sacudidas, y se transmiten de pueblo en pueblo y de generación en generación. Del mundo oriental al griego, del griego al romano, de éste al europeo, se ha verificado un progreso evidente y sucesivo. [12]

Así bastará una breve ojeada histórica para convencernos del mejoramiento que a través de los siglos se ha ido efectuando en las mutuas relaciones de los pueblos. El odio con que en los tiempos primitivos se miraban las naciones, y que les hacía emplear siempre la fuerza y la violencia, ha hecho lugar a principios más justos y equitativos. Creemos suficiente indicar algunos rasgos característicos de las antiguas naciones, para que se nos revelen sus ideas respecto a los extranjeros. Prescindiendo de los pueblos primitivos y semifabulosos notaremos que el pueblo hebreo en medio de los ejemplos de moderación que nos ofrece, era sin embargo intolerante con los estrenos. Las siguientes palabras de la ley de Moisés reasumen su sistema en la materia. «Las naciones extranjeras, dice, que no adoran al verdadero Dios no significan nada a sus ojos; debéis subyugarlos o exterminarlos».

Las pequeñas naciones de la Grecia canonizaban el derecho de la fuerza, y consideraban justa toda usurpación, aun la más ilegítima, como que para ellos era reputada natural y santa la enemistad hacia las demás razas.

Viniendo a Roma hallamos elevado a grado mayor de exageración su odio contra los otros pueblos. «Adversus hostem perpetua autoritas esto» decía una ley de las Doce Tablas, y sabido es que la palabra hostem significaba lo mismo que extranjero. Y precisamente este absurdo principio constantemente seguido en la práctica por el pueblo romano, fue la causa principal de su engrandecimiento, inspirándole en gran parte su actividad marcial y conquistadora. Los romanos se consideraban dueños de las demás naciones aun antes de haberlas subyugado, y todo lo que no fuese matar a los vencidos, lo creían sinceramente un acto de gracia. Tal fue el sistema profesado por Roma en la época de su desarrollo y de su grandeza, [13] siquiera en sus últimos tiempos se modificase considerablemente, sobre todo cuando se dejó sentir la influencia del cristianismo.

Después de la caída del imperio las naciones antiguas desaparecen, y la Europa se ve por largo tiempo cubierta de pueblos nómadas y errantes que presentan un espectáculo de confusión y de anarquía.

Pasemos, pues, por alto el oscuro período de la barbarie, a través del cual, y por medio de una elaboración larga y trabajosa pudieron fecundarse los elementos que habían de producir la formación de nuevas naciones.

En la edad media descubrimos ya movimiento y comunicación entre pueblos que hasta entonces habían vivido aislados en diferentes cantones.

Entre las causas que influyeron más eficazmente en este resultado deben contarse las Cruzadas. Arrastrados los pueblos por un impulso común hacia las regiones de Oriente en donde combatían por una misma causa y militaban bajo una misma bandera, sus costumbres se suavizaron, desapareció en gran parte la diversidad de sus caracteres, y en suma adquirieron cierto espíritu común de sociabilidad. Añádase a esto que los pueblos europeos encerraban dentro de sí propios dos elementos poderosísimos de asimilación, a saber, una misma religión y una misma jurisprudencia.

Sabido es, que después de la división del imperio hecha por Teodosio, el cristianismo se extendió por todos los estados de Europa, a excepción de su extremidad oriental. De aquí resultó que profesando los pueblos europeos una religión que considera a los hombres como hermanos, naturalmente habían de abdicar todo sentimiento de animadversión sistemática y hallarse predispuestos [14] a entrar en relaciones pacíficas y aun amistosas. Por otra parte, la jurisprudencia romana no sólo fue adoptada en su letra por base de todos los códigos civiles, sino que se infiltró en espíritu hasta en los eclesiásticos, haciendo nacer en los pueblos las mismas ideas de lo justo y de lo injusto, y creando iguales prácticas en sus transacciones especiales.

Estos dos hechos, pues, preparaban secretamente a los pueblos de Europa para entrar en una nueva vía con respecto a sus comunicaciones.

Eran los últimos tiempos de la edad media cuando prodigiosos acontecimientos contribuyeron a intimar más y más a las naciones, llegando a cambiar totalmente su situación. El descubrimiento de la América, dando al comercio un impulso desconocido, confundió los intereses de las familias en los países más apartados , y multiplicó las relaciones mercantiles y sociales. Análogos resultados produjo el del nuevo camino abierto hacia las Indias Orientales. A esto se añadió el perfeccionamiento de la brújula, la maravillosa invención de la imprenta, y la aplicación de la pólvora al arte de la guerra, hechos todos que no podían menos de agitar la vida y acelerar el desarrollo de las sociedades.

A pesar de esto, cuando en el siglo XV aparecieron ya consolidadas las naciones, tardaron muy poco en venir a las manos y en hacer uso de la fuerza.

Pero más ilustrada ya la conciencia de los pueblos, merced a las causas que dejamos señaladas, no pudo menos de sentirse una propensión universal a atenuar en lo posible las luchas encarnizadas y las escenas de sangre.

Entonces sucedió lo que acontece en épocas semejantes, y fue que algunos hombres pensadores se adelantaron a expresar este deseo general. La teoría del derecho [15] de gentes no estaba aún formulada , y cupo a Hugo Grocio principalmente la gloria de llenar este vacío, presentando a las naciones el libro de sus derechos y deberes. «He notado con dolor, dice en su obra, abusos y crímenes entre los pueblos: veo que se encienden las guerras por frívolos pretextos, y que una vez empuñadas las armas se conculcan todos los derechos divinos y humanos». Afectado a vista de este espectáculo proclamó Grocio ante las naciones de Europa que no les era lícito todo; que tenían deberes sagrados y respetables impuestos por la misma naturaleza.

El libro de Grocio se hizo muy pronto el Manual de los reyes, de los príncipes y de los hombres de estado, y su doctrina no pudo menos de tener una influencia muy marcada en los destinos de los pueblos.

El nacimiento del derecho de gentes merece, pues, señalarse como un suceso de grande trascendencia en los progresos de las relaciones internacionales.

Proclamada la igualdad y la independencia de todos los pueblos; reconocido el principio de que ninguno tenía derecho de preeminencia sobre los demás, los soberanos fueron más morigerados en su conducta, y no pudieron entregarse tan libremente a abusos y a actos opresores y tiránicos con los pueblos débiles como había sucedido en tiempos anteriores.

Desgraciadamente el derecho de las naciones no alcanzó un imperio absoluto sobre los actos de los monarcas, ni lo ha alcanzado aún en nuestros días; la fuerza ha encontrado siempre pretextos con que disfrazarse y ejercer su tiránico dominio; pero era ya un adelanto el que la opinión pública la condenase.

Una vez aceptados por los pueblos los principios del derecho internacional, y preparados consiguientemente [16] a mirar como un mal toda colisión sangrienta, nació y se formó la diplomacia, es decir, nació una institución destinada a dirimir pacíficamente y por medio de transacciones y avenimientos las diferencias que pudiesen suscitarse entre las naciones.

La diplomacia, tomada esta palabra en su acepción moderna, no existió en los antiguos pueblos. Verdad es que desde que hubo en el mundo naciones independientes, y en situación de comunicarse unas con otras, fue preciso que se valiesen de representantes para ventilar sus encontrados intereses; pero ni por su carácter, ni por la índole de sus funciones pueden compararse aquellos a los modernos agentes diplomáticos.

Inútil es hablar de los pueblos primitivos, entre quienes no podían existir otras comunicaciones que las que demandaban accidentalmente las circunstancias.

En cuanto a los pueblos de la Grecia sabemos que se enviaban recíprocamente comisionados, y lo que es más que tenían a grande honor las repúblicas de Esparta y Atenas el recibir y escuchar en sus asambleas a los enviados extranjeros que solicitaban protección o alianza, porque en esto veían un homenaje tributado a su poder, y que por lo mismo lisonjeaba su orgullo.

Por lo que hace a los romanos, vemos en su historia que empleaban los enviados, legati, y que tenían el congreso titulado de los feciales encargado de conocer todo la relativo a la paz y a la guerra. Pero tanto en Roma como en Grecia los embajadores no ejercían su misión sino en circunstancias dadas, y singularmente en el caso de declarar una guerra o de ajustar una paz. La razón de esta diferencia entre los enviados de los pueblos antiguos y los embajadores modernos, es muy obvia y natural. En los tiempos antiguos no se conoció nunca una reunión de naciones [17] tan vasta y dilatada cual la que existe después del siglo XVI en Europa. Los pueblos entonces lejos de hallarse como hoy en una comunicación permanente, vivían aislados, y si se acercaban era casi siempre para trabar contiendas. No pudo, pues, crearse una institución tan respetada y tan poderosa por sus decisiones como ha llegado a ser en Europa la diplomacia.

Para apreciar la naturaleza de la diplomacia europea y sus efectos en las relaciones de los pueblos, conviene que tomándola desde su origen la sigamos en su desenvolvimiento.

Ya hemos dicho, señores, que en el siglo XV se efectuó una revolución que cambió la faz de la Europa. Los descubrimientos verificados en aquel tiempo dieron nueva dirección a los espíritus, y pusieron en movimiento y en roce más íntimo a los pueblos. Por otra parte en aquella misma época llegaron los soberanos a concentrar y robustecer su poder sobre las ruinas del feudalismo, y pudieron adoptar una marcha más firme y segura. Temiendo todos por el dominio de sus estados, y comprendiendo, cuánto interesaba un orden de cosas en que las naciones por medio de influencias recíprocas se mantuviesen todas dentro de la línea de sus deberes, contribuyeron por sus repetidas comunicaciones a crear una política nueva. Entonces se creó gran número de embajadas, y se entablaron muchas negociaciones que pueden considerarse como el principio de la diplomacia europea.

Desde esta época hasta nuestros días, la diplomacia europea ha pasado por diversas fases que conviene indicar.

Durante el siglo XVI en que la España fue el centro de todos los movimientos políticos, la diplomacia llegó á tomar carácter y formas determinadas. Las transacciones [18] de nación a nación se verificaron con ciertas ritualidades y garantías desconocidas hasta entonces: los monarcas en su mayor parte crearon un departamento particular en sus secretarias para entender de los negocios extranjeros: se formó un ceremonial de las cortes, y hasta se inventaron las cifras para asegurar el secreto de las correspondencias.

En el siglo XVII avanzó notablemente el sistema de negociaciones. El congreso de Westfalia puede decirse que inauguró una diplomacia nueva más influyente y trascendental que lo había sido antes. Desde que el tratado de paz ajustado en aquel congreso en 1648 fue reconocido como el código universal de Europa, las embajadas tomaron el carácter de perpetuas y se propagaron extraordinariamente. En consecuencia celebraron los gabinetes considerable número de tratados no sólo políticos, sino de comercio y navegación, y se introdujo el uso, nuevo hasta entonces, de añadir artículos secretos y separados a las estipulaciones.

Aun cuando en el siglo XVIII no adelantó la diplomacia ostensiblemente en sus formas exteriores, sin embargo experimentó un progreso si invisible, real y positivo. Habiéndose efectuado en la región de las ideas una revolución portentosa en favor de los débiles y de los oprimidos, necesariamente había de influir benéficamente en las negociaciones políticas. Así es que el espíritu de conciliación y de fraternidad vino a templar los cheques y colisiones de los pueblos, y las guerras perdieron mucho de su acritud y violencia. Los reyes y los ministros no pudieron menos de pagar tributo, aun sin conocerlo, a las ideas de la época.

Por otra parte el comercio por mar recibió en este siglo un impulso prodigioso, particularmente en Asia y [19] en América; se regularizó y perfeccionó la jurisprudencia marítima descuidada hasta entonces, y se determinaron dentro de ciertos límites las funciones de los cónsules, fijándose clara y precisamente su jurisdicción.

En el siglo XVIII, y especialmente en sus últimos años, se alteró gravemente la índole de la diplomacia. La Francia en 1789, proclamando un nuevo derecho político , provocó contra sí una coalición de los monarcas de Europa, y la larga guerra que de aquí se originó y que fue continuada por Napoleón , no fue ya en el fondo como lo habían sido las anteriores una guerra de nación a nación, sino guerra de un pueblo contra los reyes.

En vano sobrevino la restauración del año 15, porque como el principio democrático proclamado por la Francia hubiese ido después ensanchando su círculo e invadiendo otros pueblos de Europa, la lucha llegó a formalizarse entre los pueblos y los reyes, viniendo en consecuencia a desnaturalizarse el carácter de la diplomacia.

Y en efecto, antes la diplomacia de los monarcas era a un mismo tiempo la diplomacia de los pueblos que gobernaban, como que sus intereses estaban unidos, y como que al dar frente el gabinete de una nación a otro gabinete extraño nada tenía que temer del pueblo cuyos destinos regía. Pero desde que surgió esta pugna moral entre los reyes y sus súbditos, la diplomacia que antes que todo es instrumento de príncipes y de dinastías, se declaró en consecuencia enemiga de los pueblos. De aquí resultó que la diplomacia adquiriese un carácter doble y anómalo que embaraza a cada paso y hace por lo mismo infecundas sus negociaciones. Ni puede suceder de otra manera, porque los reyes en sus relaciones recíprocas no pueden menos de ver al lado de la divergencia de intereses de [20] sus respectivos pueblos la identidad de sus intereses personales amenazados.

Pero este dualismo desaparecerá muy pronto, y a vueltas del movimiento que hoy trabaja a la Europa, no se hará esperar el día en que la diplomacia no reconozca otra base que la razón y la conveniencia de las naciones.

Por lo demás, y aun prescindiendo de los sucesos que estamos destinados a presenciar en su porvenir muy cercano, y limitándonos a considerar el aspecto que hoy nos ofrecen los pueblos en sus relaciones, es imposible desconocer las ventajas que en este punto llevan a todos los que les han precedido en la historia. Jamás se ha conocido una comunicación tan rápida, tan activa y tan pacífica entre los más lejanos países , cuyo resultado es debido a los grandes adelantos que se han verificado en las ciencias , la industria y las artes.

A este propósito merecen señalarse principalmente tres hechos, a saber: el vuelo que ha tomado la imprenta, el desarrollo prodigioso del comercio, y el descubrimiento de nuevos medios de comunicación.

La imprenta, libre hoy en la mayor parte de las naciones de las trabas que la habían contenido hasta aquí, ha puesto a los pueblos más distantes en su comercio intelectual perpetuo y no interrumpido. Los obstáculos que se oponían a la propagación de las ideas, han desaparecido por completo ante este poderoso agente, contra cuya fuerza invasora no hay dique alguno posible.

El desarrollo admirable que ha adquirido en estos tiempos el comercio, es también otra de las causas que mas poderosamente ha contribuido a crear el estado de civilidad y correspondencia en que se encuentran hoy los pueblos. El comercio ha sido siempre así en los tiempos antiguos como en los tiempos modernos el más activo [21] vehículo de civilización. Ante su fuerza y su poderse embotan las espadas de los conquistadores y se quebrantan los cetros de los más poderosos monarcas. El comercio es el agente que civilizó a los pueblos de América después de su descubrimiento y su conquista. El comercio es el elemento que principalmente está destinado a civilizar al África , hacia cuyas costas gravitan hoy los pueblos de la Europa. El comercio renueva actualmente la antigua e inmóvil civilización del Indostán: y contrayéndonos a Europa, el comercio en el progresivo desenvolvimiento que ha ido experimentando desde el siglo XIII, ha producido más que otra causa alguna la cultura de los pueblos de nuestro continente.

Desde que para libertarse de las persecuciones ciegas y tiránicas se refugió el comercio europeo bajo la protección de la famosa liga anseática hasta que venciendo innumerables obstáculos ha llegado a adquirir la extensión y la libertad de que hoy disfruta, los adelantos sociales han correspondido casi siempre a los progresos comerciales. Y es que el comercio no se limita a cambiar unos productos materiales por otros. Sus resultados son más trascendentales. El comercio material lleva consigo inherente el comercio moral y el comercio intelectual. Juntamente con los productos se transportan las ideas, las costumbres, los usos, y hasta los idiomas, y esta comunicación amplia y extensa, impulsa y desarrolla la ilustración general. Júzguese, pues, hasta qué punto son deudores al comercio los pueblos modernos de la civilización y del mejoramiento de sus relaciones, y cuánto pueden esperar todavía de un elemento para quien está cercana la hora de su más completa y absoluta emancipación.

El comercio se ve hoy favorecido por los descubrimientos [22] hechos en los medios de comunicación y de transporte.

El invento maravilloso del vapor ha hecho por sí solo adelantar al comercio y en general a la cultura de los pueblos hasta un punto a que quizás no hubiesen éstos llegado en siglos. Porque no son solamente las comunicaciones terrestres y marítimas las que han recibido un vuelo increíble a impulsos de aquel agente poderoso. El influjo del vapor se siente y se revela hoy en todos los ramos de la industria, en todos los objetos de actividad humana. Después de haberse salvado las distancias en la superficie del globo, se aguarda casi con confianza el día en que se haga posible la navegación por los aires. Y todavía no se han hecho todas las aplicaciones de que es susceptible el vapor; pero ¿quién es capaz de calcular los resultados que nos aguardan de tan admirable descubrimiento? Tales son, señores, las principales causas que más ostensiblemente han traído a los pueblos al estado en que hoy se encuentran.

Y sin embargo, todavía se deja sentir el imperio de la fuerza, aunque sea oculto y disimulado. Pero es que como la historia y la experiencia nos enseñan los derechos sólo prevalecen prácticamente en el mundo, cuando van acompañados del poder de hecho.

Los hombres reunidos en sociedad tienen tribunales y un poder coactivo, real y palpable que los proteja y apoye; pero las naciones no han llegado todavía al punto de vivir bajo una garantía común que ponga a cubierto su independencia y sus prerrogativas.

En vano se han ligado siempre por tratados especiales, procurando por este medio hacer más firmes y valederos sus derechos. Careciendo de un poder superior, lo que es lo mismo, siendo cada nación juez de sí propia [23] los tratados han sido infringidos con la misma facilidad que los derechos naturales y primitivos.

Aun por esto mismo, si hoy no se presencian en el mundo las violencias de que ha sido teatro en tiempos menos ilustrados, debido es en gran parte a la propagación de las ideas que han llegado a constituir en la opinión pública un tribunal respetable, cuyos fallos, si no van seguidos de una ejecución material, no por eso dejan de ser temibles y eficaces.

Como quiera es evidente que los pueblos han hecho adelantos considerables en sus relaciones, llegando ya a comprender que todos son miembros de una sola familia y que los intereses de nacionalidad no deben ser exclusivos ni intolerantes.

A vista de esta aproximación de los pueblos y de esta intimidad que ha llegado a crearse en su trato y relaciones recíprocas, naturalmente se pregunta uno, ¿cuál es el porvenir que les aguarda y el término a que se dirigen?

No creemos conveniente ni propio de este lugar entrar de lleno en la debatida cuestión de la unidad del género humano que tan vivamente ha preocupado a inteligencias elevadas.

En el siglo actual, sobre todo, en que el mundo moral se agita y descompone tan hondamente , y en que las máximas humanitarias tienden a llenar el vacío de las antiguas creencias, naturalmente había de llegarse a pensar en la fraternidad universal como último término y rigorosa consecuencia de aquellos principios. Por eso la doctrina del cosmopolitismo ha sido proclamada, y ninguna fórmula más bella ni más comprensiva podemos citar a este propósito que la que nos ofrece Lamartine en los siguientes versos: [24]

¿Et pourquoi nous haïr et mettre entre les races
Ces bornes et ces eaux qu'abhorre l'oeil de Dieu?
... ... ...
Les bornes des sprits sont les seules frontiéres;
Le monde en s'eclairant, s'eleve a l'unité.
Je suis concitoyende tout bomme qui pense
La verité, c'est mon pays.

Cierto, señores: es indudable que el mundo a medida que se ilustra se eleva a la unidad. El género humano puede compararse bajo este aspecto a un grande ejército disperso en una noche tenebrosa, y cuyos grupos se hostilizasen en concepto de enemigos hasta que la luz del día les hiciese conocerse como hermanos. La historia viene en abono de esta verdad.

Pero si no rechazamos la idea de la unidad como término lógico y natural en la marcha de las sociedades, no nos atreveríamos a afirmar que los pueblos modernos hayan de caminar sin embarazo hasta obtener aquel resultado. En los momentos de mayor prosperidad para las sociedades, han sobrevenido accidentes que las han derribado de su esplendorosa cumbre, borrándolas de la superficie del globo, o sumergiéndolas de nuevo en la barbarie de que salieran a costa de penosos esfuerzos.

Por lo que hace especialmente a Europa, ya antes de ahora se habían ideado por diferentes publicistas muchos proyectos de unidad y paz universal. El principal de aquellos cuyas huellas siguieron los demás, fue el famoso abate Saint Pierre «¡Cómo! exclamaba este hombre virtuoso y filantrópico, ¿no ha de llegar el mundo moderno, a favor de las luces y de los progresos de la razón, a constituir una solidaridad completa a semejanza de la que estableció el mundo antiguo por medio de la conquista?» [25]

Llevado de este pensamiento el buen abate Saint Pierre, proponía un pacto de alianza entre las naciones mediante el cual los derechos estuviesen garantizados por el poder de hecho, y la fuerza física, lejos de vivir aislada como hasta aquí, estuviese al servicio de la razón y de la fuerza moral. Partiendo del principio de que entre todos los pueblos de Europa, a excepción de la Turquía, existen íntimas afinidades de religión, costumbres y hábitos, quería que todos se organizasen bajo un gobierno federal, cuya constitución llegó a redactar, reduciéndola a cinco artículos. Pero el proyecto del abate Saint Pierre sólo excitó una sonrisa de compasión hacia sus candorosas intenciones, quedando relegado a la región de las bellas teorías.

Sin embargo, no le han faltado secuaces e imitadores en los tiempos modernos, y si bien han discrepado en los medios que cada uno ha propuesto, todos han partido de un mismo principio y se han encaminado al mismo fin. Así lo han hecho Kant, Bentham y otros publicistas partidarios del sistema de pacificación europea.

Por nuestra parte no podemos poner fe en el resultado de ninguno de estos medios artificiosos y sistemáticos. Si la sociedad no se detiene en su marcha progresiva, todo puede esperarse de los adelantos de la razón y de las luces. De cuatro siglos a esta parte se viene sintiendo, sobre todo en Europa, un movimiento rápido y no interrumpido hacia la unidad. Que esta tendencia continúe, y ella misma traerá forzosamente consigo la absorción de las nacionalidades. Imposible es sin embargo rasgar el velo del porvenir. La Europa se encuentra en estos momentos en una de esas grandes crisis orgánicas de que apenas nos ofrece ejemplo la historia; pero en la que un mundo nuevo tiene que constituirse sobre los escombros [26] y ruinas de otro que acaba. ¿Quién podrá asegurar cuáles son los destinos que aguardan después de tan honda perturbación a esta gran familia tan revuelta de las naciones? En el orden físico como en el orden moral hay sucesos que se prevén y calculan; pero hay espacios inmensos a donde no puede penetrar la inteligencia humana.

Dejando ya a un lado la cuestión del porvenir de las naciones para contraernos al objeto de esta lección, diremos en resumen que los pueblos modernos, merced al vuelo del comercio y al desenvolvimiento de la industria, han llegado a crear intereses comunes entre sí, que sobre ponerles en recíproco y continuo contacto, constituyen una garantía de paz y de reposo. El comercio y la industria además, en cuanto fijan la atención de los pueblos en el aumento y mejora de sus intereses, siquiera bajo otro aspecto tiendan a fomentar el materialismo, les hacen inaccesibles a pasiones ciegas y arrebatadas.

Los pueblos modernos, merced a la propagación de las luces por medio de !a imprenta, han llegado a asimilarse en ideas y en creencias, y más ilustrados que en época alguna, ejerce por lo mismo en ellos más completo dominio la razón pública y universal.

Los pueblos modernos, por último, constituidos la mayor parte bajo una organización democrática, se hallan libres de experimentar guerras exteriores por caprichos personales de sus monarcas, como pudiera suceder en otras épocas.

En suma, la industria y el comercio, la ilustración y la libertad , son los elementos que han cambiado la condición y el carácter de las sociedades actuales, y que garantizan al mismo tiempo el mantenimiento de la paz, y la armonía de sus relaciones recíprocas.

Esto supuesto, puede considerarse ya caducada la diplomacia [27] de los príncipes que dirigían a los pueblos según convenía a sus intereses personalísimos. El principio de fraternidad de las naciones que acaba de proclamar la Francia en su última revolución, debe ser la base de la nueva política que se levante sobre los vestigios de la diplomacia dinástica.

Resulta, señores, de cuanto dejamos dicho esta noche, que el aspecto y la índole de las relaciones entre los pueblos modernos es el más lisonjero y satisfactorio que nos ofrece la historia. Cierto es que no siempre se respetan sus más sagrados derechos; cierto es que no reina aún toda la lealtad y buena fe que exige la justicia en sus convenios y transacciones respectivas; cierto es, por último, que no han desaparecido del todo las prevenciones y los recelos de nacionalidad, y que por medio del cálculo y de la astucia se dirigen todavía las naciones al mismo fin a que antes marchaban por el camino de la violencia, al engrandecimiento y bienestar propio y exclusivo. Pero al menos han venido a tierra las barreras que antes las dividían, constituyéndolas en un aislamiento salvaje; al menos ha desaparecido la prevención sistemática que en otros tiempos las hacía mirarse como enemigas; y por último, como consecuencia lógica de aquellos hechos han disminuido las causas de las guerras y cesado el derramamiento de sangre humana. Y si el sentimiento de justicia y fraternidad no es tan poderoso en el ánimo de los pueblos que baste para mantener la paz y armonía general, los intereses materiales han venido a constituir un lazo firme de unión, cuyo rompimiento interesa a todos evitar, por lo mismo que trae perjuicios para todos.

Debemos, pues, felicitarnos de que si las naciones no han llegado en sus relaciones al grado de perfección [28] que fuera de desear, han dado al menos pasos muy avanzados en este camino, y podemos abrigar la esperanza de mayores adelantos para el porvenir, según las tendencias que las impulsan y dirigen.

Expuestas por vía de introducción las consideraciones anteriores, y conocido en general el curso, progresos y carácter actual de las relaciones internacionales, procederemos a desenvolver el programa que dejamos consignado, dando principio desde la lección inmediata.


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