Emeterio Valverde Téllez (1864-1948) · Crítica filosófica o Estudio bibliográfico y crítico de las obras de Filosofía
escritas, traducidas o publicadas en México desde el siglo XVI hasta nuestros días (1904)

<< Capítulo I >>

La Filosofía Escolástica

I
Los enemigos de la escolástica

LA Filosofía Escolástica, que durante varios siglos dominó casi sola en las escuelas del mundo civilizado, ha sido blanco de tan rudos como injustificados ataques, principalmente de parte de los heterodoxos y renacientes. Ni podía ser de otra manera: los novadores veían en ella un ariete formidable que servía del modo más eficaz, para defender los fueros de la verdad, y allanar los reductos del sofisma; los humanistas a su vez, so pretexto de admirar y cultivar la belleza artística de la forma literaria, ridiculizaban el tecnicismo de la Filosofía, cometiendo la inconsecuencia de comprender en un común anatema, palabras y doctrinas: el fin era desprestigiarla, y a hombres sin conciencia, ¿qué les importan los medios?

No fueron más benignos los presuntuosos y pedantes enciclopedistas del siglo XVIII, quienes levantaron la bandera de una libertad sin límites, y se proclamaron nuevos redentores del entendimiento humano; pues fingían verlo aherrojado con cadenas de lógica inflexible y encerrado en fórmulas infranqueables. [2]

Cierto es que, por desgracia, coincidieron tales revoluciones con la decadencia de algunas escuelas que estaban ya muy lejos de parecerse a las del siglo XIII, en que floreciera el Angélico Doctor Santo Tomás de Aquino: algunas, repetimos, porque a decir verdad, nunca han faltado varones de buen juicio, dignos representantes del pensamiento escolástico. «Se ha exagerado muchas veces esta decadencia de la Escuela al hacerla general, escribe el Dr. Mercier, uno de los más ilustres filósofos contemporáneos. Si el siglo XV es para la Escolástica una época de decadencia, no faltan, sin embargo, herederos que mantienen fielmente la gran tradición doctrinal. A este siglo pertenecen nombres tan preclaros como los de Capreolo, llamado el príncipe de los tomistas; Silvestre Ferrariense, comentador el más apreciado de la Suma contra los gentiles; Gersón, el célebre Canciller de la Universidad de París; Dionisio el Cartujano, y sobre todo, Tomás del Vio, llamado el Cayetano.

«En los siglos XVI y XVII brillaron; la escuela dominicana de Salamanca, Francisco de Victoria y sus discípulos Domingo Soto y Medina; los teólogos y filósofos de la Compañía de Jesús, particularmente Gabriel Vázquez, Suárez, los profesores del Colegio de Coimbra; el Colegio de Carmelitas de Alcalá, Juan de Santo Tomás: todos ellos se inspiraron constantemente en Aristóteles y en el Doctor Angélico; más tarde, Fenelón, Bossuet y hasta Leibniz recibieron la influencia poderosa de Santo Tomás, si bien su filosofía ofrece ya un carácter ecléctico.

«Durante el siglo XVIII no queda interrumpida la tradición escolástica, pero no traspasa los umbrales de los monasterios, en cuyos claustros silenciosos se había refugiado.»{7}

La guerra ha continuado sin cuartel; testigos somos ele los extravíos y delirios de la razón arrebatada por la [3] corriente positivista, sin que sepamos a dónde irá a detenerse para volver al camino real de la verdad.

El liberalismo actual es también enemigo jurado de la Escolástica, como lo es de la Religión y del orden.

Fundándose nuestro criterio en los principios de la Filosofía de la Escuela, hemos juzgado oportuno ocuparnos de ella en el primer capítulo, a fin de que ante todo se estime su valor histórico y científico.

II
La filosofía antigua

El mundo debe agradecer a la Filosofía anterior al cristianismo que, mediante generosísimos impulsos, haya sabido acumular inestimables tesoros de verdad: sin embargo, bien mirada, es toda ella una prueba ineludible, tanto del poder, como de la debilidad y miseria del espíritu humano. Nos limitamos en nuestras apreciaciones a la Filosofía griega; porque sus ideas dominantes han venido influyendo directa o indirectamente, pero más que otras ningunas en la civilización romana, medieval y moderna. Desde Tales de Mileto, seis centurias antes de Jesucristo, hasta el genio moralista de Sócrates, van preparándose maravillosamente los elementos, para llegar una concepción armónica y completa del mundo físico y trascendental. Unas escuelas proponíanse penetrar a la íntima naturaleza de la materia y sorprender las leyes que presiden a los múltiples fenómenos que caen bajo el imperio de los sentidos: otras más atrevidas llamaban la misteriosa puerta del espíritu; las de aquí se empeñaban en sujetar a reglas fijas e infalibles, el proceso de las facultades cognoscitivas, hasta la elaboración y enunciación perfecta de las ideas; las de ahí se ocupaban en organizar un cuerpo de derecho y de moral, cuyas leyes asemejasen al [4] hombre a los dioses inmortales, y le conquistasen un puesto en el olimpo: todas, en fin, iban planteando por lo menos los más arduos problemas de la razón; aunque al resolverlos hayan tenido la adversa fortuna de mezclar los más groseros errores a las más sublimes verdades.

Casi simultáneamente aparecieron en el cielo de Grecia dos soles de primera magnitud, cuyos destellos pasarían indeficientes a través de todas las edades iluminando incontables generaciones de sabios. Platón y Aristóteles, constituyen la gloria más pura de aquel suelo sagrado, cuna de la Filosofía y del arte clásico: en alas del genio supieron remontarse a los más culminantes puntos de vista; porque en su noble ambición intentaron abarcar la creación entera, e investigar las supremas razones de las cosas. El primero, clava su penetrante mirada de águila en los arquetipos eternos o ideas primeras y universales de todos los seres, para descender de ahí hasta las cualidades sensibles del mundo real; el segundo, observa atento los fenómenos, los accidentes, las propiedades, las esencias, las causas inmediatas y últimas, todo lo clasifica, todo lo ordena, todo lo sintetiza por tal arte, que llega a construir el más portentoso organismo científico que nos legara la cultura antigua. Los dos fueron como predestinados para arrojar en el campo de la ciencia y del arte la misteriosa semilla que, como dice uno de nuestros filósofos, virtualmente contiene los conocimientos todos.{8}

Desde entonces, para siempre, la Academia y el Liceo serán dos escuelas que en todo o en parte, directa o indirectamente, consciente o inconscientemente, y aun dentro del cristianismo, en el sentido que veremos después, se disputarán palmo a palmo el dominio de las ideas.

Mas, ¿en qué se diferencian tan famosas escuelas que gozan de cierta perenne juventud? En pocas palabras lo dice [5] un sabio escritor: «No son menos notables y profundas las diferencias que separan a Platón y Aristóteles, por parte del método y de las tendencias o caracteres generales de la doctrina. El diálogo y las especulaciones a priori constituyen respectivamente el método externo e interno del primero: el raciocinio lógico, la inducción y la observación, constituyen el método aristotélico. El idealismo es el carácter dominante de la doctrina platónica; el realismo concreto es el carácter dominante de la doctrina de Aristóteles. Complácese Platón en sacar, por decirlo así, del fondo de sí mismo y de su razón, sistemas, ideas, teorías utópicas, y hasta los objetos de la ciencia. Aristóteles busca en la realidad externa el objeto de la ciencia, la base de los sistemas filosóficos, la razón suficiente de las teorías científicas. El punto de vista de Platón es más elevado, más indefinido; abarca horizontes más vastos; pero, por lo mismo, su pensamiento es más vago, más obscuro, más flotante; el punto de vista de Aristóteles, sin ser tan elevado y sin abarcar horizontes tan vastos como el de Platón, es más filosófico, más real y práctico, más objetivo, y su pensamiento es más preciso, más conforme a la realidad, más científico. Platón concibe, contempla y crea los objetos del pensamiento; Aristóteles observa, clasifica y raciocina acerca de los objetos del pensamiento. Platón se mueve y se agita en la región altísima y misteriosa de lo ideal; Aristóteles marcha con paso seguro por el camino de la realidad, y muévese siempre en la región de las existencias y de los hechos. Los sentidos y la experiencia, que, según Platón, nada significan en el orden científico, y que son elementos, si no dañosos, extraños a la ciencia, son por el contrario, elementos muy importantes e indispensables, según Aristóteles, con respecto al origen y constitución de las ciencias. En suma: en Platón hay más elevación intuitiva, más originalidad utópica, más genio creador, más espontaneidad de imaginación: en Aristóteles hay más seguridad de juicio, [6] más profundidad de ingenio, más conocimiento de la realidad, y, sobre todo, más ciencia y más verdad.»{9}

Todo lo que en esta Filosofía hay de razonable, de científico, de verdadero, principalmente en la parte aristotélica, constituye el primer elemento de la Escolástica.

III
La filosofía patrística

El objeto específico y adecuado de la Filosofía es, Dios, principio y fin de todas las cosas y causa suprema de todas las causas; el mundo, bellísima manifestación del poder, sabiduría y bondad del Criador; el hombre, que por sí y por el recto uso de las criaturas debe elevarse al conocimiento, amor y servicio del Ser Supremo; y todo esto en sus más sutiles y generales razones.{10} Esto para nosotros, que por dicha vivimos y nos movemos en una atmósfera de fe, es muy fácil entenderlo y decirlo; pero no lo era para el hombre caído, para la razón abandonada a sus propias fuerzas y ofuscada por vehementes e indómitas pasiones. Además de las contradicciones y errores que se deslizaron en las obras de Sócrates, Platón y Aristóteles, fuerza es confesar, que las verdades mismas eran sin cesar combatidas por los sofistas, y proclamadas en un medio estéril e ingrato, debido a la escandalosa corrupción de costumbres autorizada por el paganismo; hasta que sonó la hora bendita de la redención, y empezó a brillar la sublime y fecunda idea cristiana.

Conserva la historia tristísimos recuerdos, más que suficientes para conocer el lamentable atraso moral del mundo antes del advenimiento del Salvador. El hombre, entregado en manos de su consejo, hundíase sin remedio en el [7] insondable abismo de la degradación. Pero, apareció Jesucristo Señor nuestro, Él es la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo,{11} vino a restaurarlo todo, así lo que hay en el cielo, como lo que hay en la tierra,{12} y en fin, nos vivificó para que fuésemos nueva criatura y nueva obra{13} de este modo dio de lleno sobre las inteligencias el sol esplendoroso de la revelación, al paso que el poder divino de la gracia domeñó y purificó los corazones.

No se restringieron tamaños beneficios al orden sobrenatural; no, porque en todo sentido regeneraron al hombre colocándolo de una vez, e impulsando vigorosamente su marcha en el camino de la civilización que llamaremos humana, al propio tiempo que le abrían de par en par las puertas del cielo. «Dios benignísimo, dice el egregio Pontífice León XIII, en lo que respecta a las cosas divinas, dignóse manifestar con la luz de la fe, no solo aquellas verdades que la humana inteligencia es incapaz de alcanzar, sino también algunas otras no del todo inaccesibles a ella.»{14} Por esto en feliz momento, y como de un golpe, la misma Filosofía adquirió un inmenso caudal de ideas fijas y ciertas sobre Dios y sus atributos; sobre el hombre, su naturaleza, origen y destino; sobre el principio de autoridad y demás bases en que se asienta el edificio social.

La ciencia antigua yérguese ante los dogmas y la moral de Jesucristo, para interrogarles acerca de su razón de ser, esgrimiendo aún el arma del sofisma; pero, ¡oh fuerza portentosa de la verdad!, ¡oh triunfo gloriosísimo!, los Padres y Doctores eclesiásticos utilizaron muy oportunamente las luces de la Filosofía griega haciendo que sirviesen para preparar el camino a la fe, para exponer metódicamente las doctrinas y sostener polémica razonada contra los adversarios. [8] Así la Filosofía recibe el bautismo cristiano, y tenemos ya un segundo factor de la Escolástica.

IV
La filosofía escolástica propiamente dicha

De ese modo nació y fue paulatinamente desarrollándose la Filosofía cristiana; pero no formaba todavía un cuerpo rigurosamente científico, sus elementos andaban dispersos; para gozar de sus encantos, preciso era recorrer un número considerable de volúmenes; lo cual, junto con el alto precio de la copias, dificultaba el progreso metódico de la ciencia. A obviar tales inconvenientes vinieron «los Doctores de la edad media, que son los Escolásticos, que acometieron la grande empresa de recoger diligentemente y conservar reunidas en acervo común, para provecho de la posteridad, las ricas y fecundas doctrinas esparcidas en las voluminosas obras de los Santos Padres.»{15}

¿Qué debe la Escolástica a la Filosofía antigua, qué a los Padres ele la Iglesia, y qué a sus propios cultivadores?, ¿en qué se distingue de los demás sistemas?; veámoslo en estas breves palabras de un sabio jesuita: «En el decurso del siglo XI fueron poco a poco formándose la Filosofía y Teología Escolásticas, llamadas así, por el nombre de escolásticos que los monjes benedictinos daban en sus escuelas a los maestros.

«En la Filosofía Escolástica deben distinguirse tres cosas: la doctrina, el método y el criterio: 1º, la doctrina contiene no pocas sentencias u opiniones de Sócrates, Platón y Aristóteles estudiadas y aprobadas por los Santos Padres: 2º, el método que es también de los griegos y en especial de Aristóteles. Aunque los Santos Padres usaban la dialéctica [9] socrática o aristotélica para explicar y defender la fe, sin embargo, no se ocuparon en ordenar las cuestiones filosóficas en un solo cuerpo de doctrina; los escolásticos para conseguirlo prefirieron el método analítico, y en la polémica siguieron la táctica de explicar primero la proposición, refutar después las objeciones del adversario, y demostrar finalmente con propios argumentos: 3º, el criterio, en las disquisiciones escolásticas es la unidad en la verdad, o sea, que la verdad jamás puede estar en contradicción de la verdad: en consecuencia, si existe una verdad de orden superior suficientemente demostrada, no puede admitirse cosa alguna que la contradiga. En otras palabras, no puede existir experiencia contraria a una verdad analítica, ni conclusión racional opuesta formalmente a una verdad revelada; así es que ante todo debemos defender y nunca negar, ni alterar la verdad revelada por Dios, y enseñada por el infalible magisterio de la Iglesia. No por eso confundían el orden sobrenatural y el natural, ni tampoco deprimían la luz de la razón; sino que, a la falibilidad de ésta ayudaban con el beneficio de la luz infalible de un principio extrínseco. Mas, no todos los escolásticos estuvieron siempre en perfecto acuerdo acerca de esos tres elementos.»{16}

El escritor lovaniense a quien se deben esas líneas, no hace más que trazar los rasgos más generales de la noble escuela a que pertenece.

Hemos avanzado un paso más: vemos que por el espíritu de armonía entre la razón y la fe, espíritu que constituye un nuevo elemento que informa a la Escolástica, ésta se remonta hasta el origen del cristianismo, pues por Escolástica en sentido lato, entendemos, la cadena de oro que enlaza las ciencias divinas y las humanas; la ciencia que dispone convenientemente, para emprender el estudio científico de las [10] verdades de la fe; que suministra método y lenguaje a la Teología; que, sin atreverse a pasar las propias lindes, comprueba las verdades reveladas, o demuestra al menos, que no son contrarias a la luz natural de la inteligencia. La Escolástica, en suma, depuró y llevó a plena sazón los frutos que produjera la Filosofía antigua; «penetró con paso firme al fondo de las más abstrusas cuestiones; logró sorprender con su escrutadora mirada las íntimas y recíprocas relaciones de las cosas y sus causas, colocarlas y disponerlas como soldados en orden de batalla; formular luminosas definiciones y distinciones; hallar incontrastables argumentos y sostener agudísimas controversias, a fin de separar la luz, de las tinieblas, y lo verdadero de lo falso.»{17}

La Filosofía Escolástica ostenta en su organismo los caracteres de la verdad; es consecuente consigo misma; porque no se contradice en ninguna de sus partes, ni en las deducciones de sus principios; se basta para sostenerse y defenderse, como lo ha hecho hasta ahora; es inmutable en sus principios fundamentales, como toda ciencia digna de este nombre. Fortaleza sentada sobre inamovible roca, ha presenciado y sigue presenciando las apasionadas contiendas que en su derredor se libran, contempla majestuosa el nacimiento, vida y muerte de efímeros sistemas, y en cada paso decisivo de la ciencia, no hace más que acrecentar el rico caudal de sus conocimientos.

En el vasto y límpido cielo de la Escolástica se han cernido allá en vertiginosa altura, águilas del pensamiento, como San Alberto el Grande, Santo «Tomás de Aquino, san Buenaventura, Escoto, Suárez y otros ciento, ¿quién podrá enumerarlos? Remontáronse todos a las más sublimes especulaciones metafísicas, escudriñaron reverentes los recónditos misterios de la Divinidad y de sus atributos, como [11] anticipándose a la visión beatífica se abismaron en la contemplación de las ideas eternas de las cosas y de la creación, conservación y gobierno del universo, el cual brotó de la nada por obra de Dios, y en su orden, concierto y armonía, es un himno gigante entonado a la gloria del Hacedor Supremo.

La Escolástica, pues, enseña y demuestra hasta la evidencia, que existe un Dios, ser eterno, necesario e inmutable, el cual posee en sí de modo formal o eminente toda clase de perfecciones; que es infinitamente sabio, y es el primer fundamento de la posibilidad intrínseca y extrínseca de las cosas; es el arquetipo de todo lo que puede ser, no menos que la potencia absoluta y eficaz que con solo querer fecunda a la misma nada; que es providente y sapientísimo, por eso no hay cosa ni puede haberla que se oculto a su mirada, y todo lo gobierna con admirable acierto; que os bueno, misericordioso y bondadoso, bello, amante y amable, inmenso, santo y justo. Enseña también cómo el hombre consta de cuerpo y alma; de cuerpo maravillosamente organizado, para servir al espíritu que le informa y vivifica; de alma inmaterial, simple y espiritual, cuya causa eficiente no es el hombre, sino Dios que la cría de la nada. Enseña además, que esa alma es en nosotros el principio activo, suficiente y único de la vida orgánica, sensitiva y racional; que «el hombre, como dice en gallarda frase un Santo padre, tiene de común con las piedras el ser, con las plantas el vivir, con los animales el sentir, y con los ángeles el entender»;{18} que el alma posee el mágico secreto de depurar los seres materiales, desnudarlos de las notas de singularidad, universalizados y espiritualizarlos en la idea que es la noble y hermosa hija de la inteligencia. La Escolástica, en fin, aprovechando la ingeniosa teoría de la materia y forma, explica el constitutivo metafísico de los cuerpos: la materia prima, es un [12] algo misterioso que apenas se distingue de la nada, principio real, pero puramente pasivo e indeterminado de suyo, capaz, sin embargo, de recibir las sucesivas determinaciones de infinito número de formas: la forma substancial, es por el contrario, un principio esencialmente activo, que da ser concreto a la materia; principio intrínseco que distingue esencialmente a los seres, y es la causa eficiente de todas sus operaciones.

V
Cuadro sinóptico de la filosofía escolástica

Quien haya recorrido, aunque sea someramente, la historia de la Filosofía, habrá notado la más absoluta divergencia de escuelas, y aún de autores que militan bajo una misma bandera, al determinar y definir el objeto adecuado de dicha ciencia. Quizá los escolásticos hayan sido los más uniformes y consecuentes en este punto, cuya trascendental importancia nadie se atreverá a poner en duda. La armonía de la doctrina en su conjunto, y el acuerdo racional de sus partidarios, son garantías de verdad, e influyen de seguro en el valor de los raciocinios: no sucede lo mismo saliendo de dicha escuela; los acalorados contrincantes, al discutir sobre materias filosóficas, se enredan en paralogismos que en último análisis no son más que ignorantia elenchi; porque, o se supone el objeto fuera del lugar que le corresponde, o los observadores se sitúan en diversos puntos de vista. En realidad versan los argumentos sobre cosas distintas, con nombre igual, pero equívoco.

Ponemos a continuación un cuadro sinóptico de la Filosofía Escolástica, en el cual procuramos dar las más sencillas nociones de las diversas partes que la componen.

Para que el cuadro resulte completo y exacto hemos tenido delante las obras de los genuinos representantes de la [13] restauración escolástica, son estos los Padres jesuitas Mateo Liberatore, Domingo Palmieri, Santo Schiffini, Juan José Urráburu, Miguel de María, J. Van der Aa, Pío de Mandato, y G. Lahousse; el célebre Cardenal dominico Fr. Zeferino González; los Padres Balmes, Prisco y Mons. D. Mercier.

1. Filosofía

Es, de todas las ciencias humanas, la ciencia por antonomasia, y el fundamento lógico y racional de todas ellas, sin excepción.

Es una ciencia tan noble, que Santo Tomás para diferenciarla de las otras la denomina, Sabiduría.

Es tan bella y sublime, que el inmortal Pitágoras, y con él todas las generaciones de veintiséis siglos la han venido llamando: Amor a la Sabiduría.

Se define, con el Cardenal González: «el conocimiento científico y racional de Dios, del mundo y del hombre adquirido con las fuerzas de la razón y por causas o principios más elevados.»{19}

Con el Padre Palmieri: «la ciencia adquirida por la luz natural, y cuyo objeto es considerar las supremas razones de las cosas.»{20}

Más lacónica, exacta y clara nos parece la definición que da Mons. Mercier: «la ciencia de la universalidad de las cosas por sus más simples y generales razones»: o de otro modo: «la ciencia de las cosas por sus primeros principios.»{21}

Definiciones que, como observa oportunamente el mismo Mons. Mercier, «traducen la siguiente profunda frase del grande Aristóteles: La Filosofía es la ciencia de las primeras causas y de los primeros principios, y la sentencia del sabio Maestro Tomás de Aquino; La sabiduría es la ciencia [14] que estudia las causas primeras y universales de las cosas.»{22}

2. Lógica, o también, Arte de pensar.

Es un conjunto ordenado de reglas científicamente demostradas, que enseñan a inquirir, alcanzar, exponer y defender fácil y metódicamente la verdad.

Claro es que se trata aquí de la lógica adquirida, artificial o científica, producto de la observación y del raciocinio, y no de la natural o innata, que es la disposición que el entendimiento humano trae consigo para conocer la verdad.

Veamos ahora las divisiones; además de la que acabamos de mencionar y cuyo sentido es obvio.

  1. Divídese la Lógica en dialéctica y crítica: la primera busca la rectitud en los actos del entendimiento, a saber, percepción, juicio y raciocinio, así como de sus respectivas manifestaciones por medio de la palabra, es decir, del término, proposición y argumentación: ocúpase la segunda en la rectitud o verdad de los conocimientos, o sea en la conformidad de estos con el objeto.
  2. A esa misma división corresponden los nombres que otros autores suelen usar de Lógica menor y mayor; general y especial; particular o aplicada; subjetiva y objetiva; formal y material.
  3. Algunos antiguos llamaron modus sciendi (modo de saber) a la Lógica en general y Summulas (o Lógica breve) a la dialéctica.
  4. Son partes complementarias de la Lógica, la:
    Criteriología, o tratado de los criterios de verdad.
    Metodología, o tratado del método científico.
    Gramática general, o filosofía del lenguaje.
  5. A Aristóteles pertenece la gloria de haber dado organización científica a la Lógica, y en especial, de haber formulado las inmortales leyes del silogismo. Su Lógica u Organon scientiarum comprendía: 1º el libro de las [15] Categorías, o predicados generales aplicables a un sujeto: 2º el Perihermenias, o de la Interpretación, en que se trata de la proposición lógica: 3º. los dos libros llamados Priora analytica o Priorum analyticorum, que versan sobre el silogismo: 4º los dos de Posteriorum analyticorum, que tienen por objeto la demostración y la definición científicas: 5º los ocho libros Topicorum, en los cuales se enseña el arte de disputar y se señalan los lugares filosóficos: 6º los dos Elenchorum, que exponen los sofismas.{23}

3. Metafísica. Etimológicamente es lo que sigue de la física, lo que está más allá de la física; pero en realidad significa, la ciencia que escudriña lo que está sobre la experiencia y observación sensibles. Estudia las causas y principios más universales de las cosas. Aunque su objeto es abstracto, descansa, sin embargo, en la experiencia y observación, sintetizando y deduciendo lógicamente.

La Metafísica es, en rigor, la verdadera Filosofía. También suele llamársela, Sabiduría. Su división es como sigue:

4. Ontología, o Metafísica general, o también Filosofía primera, que se ocupa del ente en sí, en sus relaciones, propiedades, categorías, &c.

5. Cosmología, o Metafísica especial, o Filosofía segunda, o Somatología (Tratado de los cuerpos), o Física (según los antiguos); es la parte de la Filosofía que vaca a los cuerpos en general; es decir, en su íntima naturaleza.

Algunos dan aquí lugar a la Biología filosófica, que es el tratado sobre la vida, o sobre los organismos vivientes, de los cuales el hombre es el más interesante, como que reúne las tres manifestaciones de la vida, a saber: vegetativa, sensitiva e intelectual.

6. Psicología: es propiamente la parte de la Filosofía que versa acerca del alma humana, en su esencia, en sus potencias o facultades, y en sus relaciones con el cuerpo, &c. [16]

Algunos la denominan Antropología filosófica; tuvieran razón, si a la antropología no se la diera el sentido concreto de tratado del hombre en su origen y desarrollo étnico.

  1. Divídese, en Psicología empírica, que trata de los actos y facultades, fundándose en la observación de conciencia: y racional, que se ocupa de la naturaleza del alma, deducida del conocimiento de dichos actos y facultades.
  2. Se subdivide en Organología, o tratado de los órganos de la vida orgánica y sensitiva en el hombre, en los animales y en las plantas.
  3. Estética, en el sentido que a esta palabra da el insigne Balmes: ciencia cuya materia la constituyen, la naturaleza, relaciones y leyes de la sensibilidad.
  4. Ideología pura, que inquiere el origen, naturaleza, relaciones, leyes y objetividad de las ideas.
  5. La Estética y la Ideología, consideradas con relación al sujeto, constituyen, en sentir del P. Prisco, la Dinamología general y especial, o sea el análisis de las facultades del alma humana, como medios del conocimiento.
  6. Los estudios psicológicos, sin variar sus tesis fundamentales, han tenido últimamente una verdadera evolución, merced a los adelantos de las ciencias físicas. A ese terreno ha sido llevada la Psicología por los sabios, y a ese terreno quiso el Sumo Pontífice que fuese; a lo cual obedece la fundación del Instituto superior de Filosofía en la Universidad de Lovaina. Dase pues, el nombre de Psicofísica, a la Psicología estudiada en sus relaciones con la anatomía, la histología y la fisiología, &c.

7. Pneumatología, o tratado de los espíritus puros: entre los autores que hemos citado al principio de este párrafo, sólo el Padre Palmieri se ocupa de esta materia. Y en efecto, no hay razón para excluir de la Filosofía el estudio de la posibilidad y naturaleza de seres puramente espirituales. Quizá pudiera demostrarse en el orden racional su existencia [17] por hechos innegables de espiritismo, y sobre todo por las revelaciones, consideradas desde el punto de vista histórico.

8. Teodicea o Teología natural, en que se estudia científicamente, y en cuanto es posible, con solas las fuerzas de la razón, la naturaleza y atributos de Dios.

9. Ética o Moral filosófica, que comprende dos partes: la ética general, nomológica o monástica, la cual da a conocer la moralidad de los actos humanos en sí considerados. La ética especial, particular, aplicada, deontológica o política, que de esos varios modos es apellidada, determina los deberes y obligaciones del hombre, como ser social.

10. Sociología: que es la ciencia que trata de las leyes que determinan el desarrollo físico, intelectual y moral de los pueblos en especial, y de la humanidad en general.

11. Historia de la Filosofía y, además la Filosofía de dicha Historia. En ella se estudia el desenvolvimiento de la Filosofía en el tiempo y en el espacio, sus vicisitudes, sus luchas, su influjo en la civilización de los pueblos, el origen, vida y muerte de incontables sistemas que embarazan la marcha de la humanidad.

Estas son las ciencias trascendentales cuyo conjunto es la Filosofía, sólida base en que se asientan todas las ciencias humanas, legisladora suprema de todos los conocimientos que hayan de ingresar al rico tesoro de la verdad.

El cuadro que torpemente hemos trazado basta, de seguro, para advertir, aun a primera vista, que hay profunda diferencia entre la Filosofía y las demás ciencias. El objeto material es el mismo; porque no hay ciencia que no verse o sobre Dios, o sobre el hombre sobre el mundo; pero el objeto formal sí es distinto: la Filosofía escudriña la esencia o íntima naturaleza de las cosas, las causas más recónditas, aunque por nuestra natural manera de conocer, proceda partiendo de los fenómenos y accidentes, a las propiedades, y de éstas a la substancia y esencia: las ciencias se [18] limitan, por lo general, a lo que cae bajo la observación sensible. Aun en las matemáticas media grande diferencia entre la filosofía de la cantidad y de la extensión, y la ciencia del cálculo. También se distinguen en el objeto formal quo, o en el medio de demostración que en Filosofía, como hemos dicho, son los principios más fundamentales, las más simples razones.

Hállanse, por tanto, muy lejos de la verdad los que desprecian a la metafísica, no más porque pretenden encadenar a la razón dentro del círculo de hierro de los fenómenos observados por los sentidos, sin pasar a ninguna trascendencia.

VI
El método escolástico

Algunos párrafos de este capítulo se publicaron ya en la Gaceta Eclesiástica del Arzobispado de México, porque así nos pareció oportuno; pero éste es el lugar que en nuestras obras les corresponde.

Nunca se llega al conocimiento científico de alguna verdad, sino por tales o cuales caminos que la razón indeclinablemente debe seguir. El fin supone intrínseca relación con los medios que conducen a obtenerlo. No se da, pues, organismo de verdades que con justicia merezca el alto nombre de ciencia, si por acaso no media lógico y riguroso enlace de dichas verdades, ora entre sí, ora con los primeros principios de donde se deducen. Las mismas artes objetiva o subjetivamente consideradas, no pueden carecer del correspondiente sistema de reglas. No hay, en suma, aprendizaje ni enseñanza racional, que no requiera cierta disciplina. Pues bien; esos caminos, ese enlace, esas reglas, esa disciplina son, lo que técnicamente se denomina, Método.

Empeñarse en demostrar la necesidad del método en las ciencias y en las artes, casi es un insulto a los que [19] pretenden cultivarlas; porque todos sin distinción de escuelas, admiten, que la enseñanza y educación ya carecieran de método se reducirían a un juego vano, propio para perder miserablemente el más precioso tiempo de la vida. Sí, en todo y para todo se necesita método, esto es rudimentario; y sin embargo, por una inexplicable inconsecuencia, suele ser lo que menos se practica, debido, al menos en parte, a la natural impaciencia por saber, y a errores y preocupaciones, que sin sentirlo ciegan al hombre.

Lo peor es que tan grave defecto hace ahora terribles estragos, no sólo en casos aislados, sino en casi toda la enseñanza oficial. Con efecto, la pedagogía moderna, tal como entre nosotros y en la actualidad se la ejerce, prescindiendo de algunas teorías y detalles que significan positivo adelanto, es inmensamente más nociva que provechosa, porque inutiliza inteligencias y pervierte corazones. ¿Qué otros resultados pudieran esperarse de una enseñanza hinchada y presuntuosa en la que se han suprimido los estudios clásicos; se ha pretendido implantar una moral sin base, trunca y por mil puntos errónea; se engaña vilmente a la juventud con historias falsas y groseras interpretaciones; y en la que se marea al entendimiento con superficial y petulante enciclopedismo? ¿Qué otra cosa puede esperarse de la abolición de los internados, cuando éstos rigurosa y convenientemente reglamentados forman a los hombres, templándolos en hábitos de disciplina intelectual y científica? ¿Qué fruto puede dar el olmo del jacobinismo, que no es más que odio gratuito, sistemático e infernal, contra todo lo que en manera alguna proviene de la Iglesia Católica?

Queda en pie la necesidad imprescindible del método, sin que de ella se substraigan ni las ciencias sagradas. Los teólogos de todos los siglos cristianos han trabajado solícitos en ordenar, como mejor han podido, las verdades reveladas, logrando así profundizar cada vez más y conocer con mayor [20] perspicuidad las divinas enseñanzas, desbaratar toda clase de sofismas, y debelar las más audaces herejías. La Filosofía les ha suministrado el método, y de ahí ha resultado la Teología escolástica, expositiva, o polémica, según el fin que se proponga.

Método en las ciencias, es el arte científico de proceder ordenadamente en ellas.{24} Los filósofos lo dividen de esta manera:

  1. Método inicial, que determina y aplica los primeros principios que sirven de punto de partida a la ciencia de que se trate, es decir, que en cada ciencia sienta las verdades fundamentales y prepara, ya como virtualmente, el enlace de las consecuencias entre sí y con los primeros principios. El método inicial es el objeto formal quo de que se habla en la Escuela.
  2. Método evolutivo, que preside al desarrollo de la ciencia, o, lo que es lo mismo, gobierna lógicamente al entendimiento en la observación de los hechos, en las suposiciones y verificaciones, en la inducción o deducción de las consecuencias, en la demostración, en la defensa, &c., todo conforme a la naturaleza de cada ciencia, pues proceden de distinto modo la Teología, la Filosofía, las matemáticas, las ciencias físicas, la historia y ciencias morales, &c.
  3. Método analítico, el cual se emplea cuando la razón procede pasando del todo a las partes, de lo compuesto a lo simple, de lo singular a lo particular o a lo universal y, en general, de la causa al efecto, propia o metafóricamente hablando.
  4. Método sintético, que enseña a raciocinar en orden inverso del analítico, a saber, cuando el entendimiento pasa de las partes al todo, de lo simple a lo compuesto, de lo más a lo menos universal y del efecto a la causa. [21]
  5. Método deductivo e inductivo. Si no en todo, al menos en gran parte, corresponde esta división a la anterior. Sabido es que el positivismo ha querido hacer de la inducción el único procedimiento científico, y la ha tomado como arma de partido por modo tan exclusivo, que para los más avanzados, no hay más conocimiento legítimo que el de la experiencia y observación sensible, y niegan radicalmente la verdad, y aun posibilidad de toda ciencia trascendental. Lo indudable es que uno y otro método, aunque diferentes entre sí, son legítimos, siempre que se use de ellos con arreglo riguroso a las prescripciones de la lógica. Es falso que la deducción prescinda de la experiencia y observación: los grandes escolásticos la han tenido como base de sus especulaciones filosóficas, van en ellas de lo conocido a lo desconocido, de lo sensible a lo insensible; admiten que la íntima naturaleza de las cosas nos es inmediatamente desconocida y que, por tanto, tenemos que deducirla de los accidentes, fenómenos y propiedades. Además, si bien se observa, ambos métodos se usan a la vez y, en consecuencia, reprobar la deducción es un absurdo. Y si no, ¿cómo podrá hacerse el tránsito de los casos concretos semejantes. suficientemente enumerados, a formular la ley o proposición universal, sino en virtud de otro principio general, cuya aplicación a su vez, concreta o deductiva, garantice dicho procedimiento?
  6. Método de invención y de enseñanza. El primero, es el que debe seguirse para inquirir la verdad; el segundo, para comunicarla a los demás; aquél es, por lo general, el método analítico; éste el sintético. Decimos en general, porque en la práctica, según las circunstancias, habrá que emplear el que convenga.

Concretémonos ya al método escolástico.

El método escolástico, por su misma naturaleza, impone al entendimiento y demás facultades cognoscitivas rigurosos [22] hábitos de disciplina, necesarios, así para el cultivo de los ingenios, como para el adelanto de las ciencias.

a) En Filosofía constituyen el método inicial escolástico, el principio de contradicción o sea el primer principio; nada puede ser y no ser al mismo tiempo; el primer hecho, pienso, luego existo; y la primera condición o principio de evidencia subjetiva, es decir la aptitud de la mente para conocer.{25}

El Emmo. Cardenal González formula así las leyes iniciales o fundamentales de la Filosofía Escolástica: «1ª Que no enseñe ni contenga nada, que sea contrario a las verdades reveladas. 2ª. Que juzgue y resuelva los problemas fundamentales de la Filosofía, de manera, que el resultado no conduzca a conclusiones o consecuencias inconciliables con la doctrina revelada. 3ª. Que tenga siempre y constantemente fijo el entendimiento en las verdades reveladas, para que, apoyada en ellas como en firmísimo fundamento, pueda la razón humana proceder con seguridad, a dilucidar y exponer los problemas filosóficos; pues, siendo aquellas unas manifestaciones de la razón divina, derraman copiosísima luz sobre la razón humana y sobre las verdades del orden natural. 4ª. Que se esmere en explicar, confirmar y demostrar científicamente, las verdades reveladas que no superan las fuerzas de la razón; como la existencia de Dios, la Providencia, la creación libre del mundo, la inmortalidad del alma y otras semejantes; y en cuanto a las que están del todo sobre la razón y se conocen solamente por revelación, prepararles en lo posible el camino, demostrando su enlace y relaciones con las que estén al alcance de la experiencia y de la razón, como los dogmas que se refieren a la necesidad de la gracia y a la existencia del pecado original. 5ª Que tenga presentes las obras de los Santos Padres y en especial las de Santo Tomás de Aquino.»{26} [23]

b) El método evolutivo escolástico, comprende al objeto y al sujeto; ve los fines y los medios; prepara, desarrolla y perfecciona al hombre y edifica con solidez. En las escuelas donde reina el escolasticismo, se educa de la manera que sigue: en primer lugar se procura que los alumnos se instruyan y ejerciten en las letras humanas. ¡Oh, qué influencia tan decisiva de los estudios clásicos en todo el hombre! La contemplación de las bellezas de inmarcesible juventud que se hayan en la literatura griega y romana; el noble entusiasmo que engendran los ejemplos de sus poetas, de sus oradores, de sus sabios y de sus héroes; las aficiones lingüísticas que se despiertan, la profunda filosofía de esas lenguas, todo en fin, constituye la primera parte de la educación científico-escolástica.{27}

En segundo lugar, dedica dos o más años a la Filosofía Escolástica, juntamente con las matemáticas y demás ciencias naturales. Pero en Filosofía, que es de lo que se trata, expónese con la mayor claridad el estado de la cuestión; se definen con toda exactitud los términos; se hacen las divisiones y distinciones necesarias para evitar sentidos equívocos, y para que se trate idem, de eodem, et secundum idem, [25] quoad rem et sensum verborum; se formula la proposición sin rodeos ni figuras retóricas; se prueba la tesis con solidísimos argumentos, según el orden que corresponda al valor de la prueba en sí, y según el lugar común de donde ésta se haya tomado: cuando es necesario, se procede de deducción en deducción hasta las más remotas consecuencias, ya para profundizar en las cuestiones, ya para comprobar la verdad [26] demostrada, y percibir sus relaciones con todo el sistema; se resuelven las objeciones que los adversarios oponen y, en fin, tanto en el curso de la demostración, como en la polémica y discusiones orales, se emplea la forma silogística.

¡Cuánto, diremos de paso, cuánto han trabajado los enemigos de la Iglesia por ridiculizar y desacreditar el silogismo, para desterrarlo de las escuelas!; pero en vano, aunque se quiera envolver a la Escolástica toda en el despectivo apodo de ergotismo, siempre será imposible romper el eterno, necesario e inmutable molde de todo raciocinio deductivo que pretenda tener derecho a la verdad; apartarse de sus leyes equivale a precipitarse en el sofisma. Pensemos o no pensemos en ello, queramos o no queramos, en muchas o en pocas palabras, explícita o implícitamente, en numerosa o en pedestre forma, cualquier discurso será sofístico y carecerá de legitimidad, si en el fondo no hay silogismo. Lo cierto es que le temen los discutidores impíos, y los explotadores de la ignorancia del vulgo, y los que confían el efímero triunfo de sus errores a una tan hueca como ruidosa palabrería, que es a lo que va reduciéndose la elocuencia moderna.

No queremos, ni debemos negar, que alguna vez se haya abusado del método escolástico, perdiéndose quizá en sutilezas excesivas, u ocupándose de triviales e inútiles cuestiones; pero nunca ha sido general este abuso, ni es razón suficiente para renegar del escolastismo; probaría demasiado, habría que renunciar a todo; porque, ¿de qué no abusa el hombre?

VII
Los sabios escolásticos

La Filosofía y la Teología escolásticas, estrictamente consideradas como ciencias, consisten en un perfecto organismo de verdades demostradas hasta la evidencia, y de las cuales sólo dudan talentos orgullosos, o desequilibrados por [27] el error, o ignorantes, aunque en otras materias sean sapientísimos. Allí, la noble tarea del sabio consiste en exponer con más claridad, probar con más solidez, y enlazar más lógicamente las proposiciones. Fuera de esto, la Filosofía por su propia naturaleza, como que va en pos de lo desconocido, y la Teología por lo que tiene de humano, comprenden también otras muchas cuestiones que no han pasado aún los límites de la probabilidad; aquélla, cuando no ha llegado a formular una demostración completa; ésta, cuando la Iglesia no ha creído prudente ni oportuno dejar oír su autorizada voz, y cuando al propio tiempo se trata de cosas meramente opinables; pues hay verdades que, aunque no definidas como de fe, no pueden negarse sin impío atrevimiento y sin escándalo. Además, no obstante la firmeza incontrovertible de los principios teológicos y filosófico-escolásticos, y a pesar de la evidencia en muchos puntos conquistada, no puede aseverarse que en todo hayan llegado a tal ápice de perfección, que deban vivir estacionarias, sin avanzar un solo paso bajo ningún respecto; no, la ciencia es una, las verdades se subordinan, se dan recíprocamente luz, la ciencia es indefinida en su progreso, caminan hacia el infinito: la Filosofía va encontrándose frente a frente de los nuevos problemas que en su marcha va planteando la razón, correspóndele utilizar los positivos adelantos del saber, enlazar las verdades con los principios, comprobar las propias tesis, resolver conflictos aparentes o reales, y desbaratar los nuevos errores que vayan surgiendo.

Ese ha sido, y no dejará de ser, el campo en que han batallado los ingenios ejercitando sus fuerzas intelectuales; por eso vemos dentro de la misma Escolástica partidos contrarios, organizados y formidables; los vemos acordes en la fe, en los principios, en la pureza de intención y en la docilidad a las enseñanzas de la Iglesia; pero aguerridos en los combates de escuela, intransigentes en sus opiniones particulares. [28]

Hemos explicado ya, cómo la Filosofía Escolástica es la misma Filosofía griega cristianizada por los Padres de la Iglesia; pero en el método y forma externa, por decirlo así, con que ha florecido desde la edad media, comenzó a ser cultivada en las escuelas anexas a los monasterios y, según algunos, en la famosa escuela palatina fundada por Carlo Magno, y dirigida por el célebre Alcuino al expirar el siglo VIII.

En la nona centuria, tuvo la discusión escolástica pábulo inagotable en la objetividad ontológica de las ideas o, lo que es lo mismo, en la asendereada cuestión de los Universales. Juan Roscelín y Abelardo, personaje un tanto novelesco, acaudillaron el partido nominalista; San Anselmo y Guillermo de Champeaux, defendían un realismo moderado y más puesto en razón. Andando el tiempo, suscitóse de nuevo la disputa por Guillermo de Occam y Pedro de Alíaco.

No fue menos fogosamente debatida la existencia y naturaleza del entendimiento agente, sobre todo entre escolásticos y árabes.{28} El concepto del ente y sus atributos, la distinción real o de razón entre la esencia y existencia, la naturaleza metafísica y propiedades de la misma, la substancia y sus accidentes, la subsistencia y la personalidad, la eficiencia de las causas segundas, las especies sensibles, las relaciones entre el cuerpo y el alma, la distinción real o modal entre las facultades y la esencia del alma, &c., &c., cuestiones fueron que conservaron en incesante actividad a las escuelas. Más tarde fueron ruidosísimas las diferencias entre tomistas y escotistas. Celebérrimas fueron también las controversias, que acerca de la predestinación y del modo de conciliar el auxilio divino y la libertad humana, se agitaron por los teólogos más eminentes jesuitas y dominicos de España e Italia, llegando las cosas a tal grado, que el Papa Clemente VIII quiso presidir unas Congregaciones, a [29] que concurriesen los más aguerridos campeones de uno y otro bando.{29}

Ahora que los filósofos católicos, dóciles a las sabias insinuaciones del Padre Santo, buscan las huellas de la ciencia antigua, para librar al entendimiento humano del escepticismo materialista que lo ahoga, unámonos a ellos, y trabajemos con afán en la medida de nuestras débiles fuerzas, para infundir en la juventud la afición al estudio de la Filosofía Escolástica,

No será fuera de propósito, que recordemos aquí los gloriosos nombres de algunos preclaros escolásticos, añadiendo los sobrenombres con que se les distinguía en las escuelas; porque éstos en una palabra expresan la importancia científica que se daba respectivamente a cada escritor.

1. Eusebio Pánfilo, Obispo de Cesárea. Padre de la Historia Eclesiástica. (†338).

2. San Gregorio Nacianceno. El Teólogo. (n. 328 †391).

3. San Juan, duodécimo Patriarca de Constantinopla. El Crisóstomo, o labios de oro, apellidado así por la sublime elocuencia con que le dotara el cielo. (n. 344 †407).

4. San Jerónimo. Doctor Máximo, elegante y vehemente escritor, que es sobre todo, respetabilísima autoridad en el conocimiento y exposición de los Sagrados Libros. (n. 340 †420).

5. San Agustín. Águila de la Iglesia y Doctor de la gracia, nombres que mereció justamente, por el atrevido y constante vuelo de su ingenio, y por el denuedo con que defendió los fueros de la gracia y del libre albedrío (n. 354 †430).

6. San Pedro, Obispo de Rávena. El Crisólogo o Palabra de oro (†450). [30]

7. Cristiano Drutmaro. El Gramático. Monje benedictino del siglo IX.

8. Anselmo Laudunense. El Escolástico. (†1117).

9. Pedro Abelardo. Maestro Universal (n. 1072 †1142).

10. San Bernardo, Abad de Claraval. Doctor melifluo, por la suavidad e incomparable dulzura de su estilo. (n. 1091 †1153).

11. Pedro Lombardo, Obispo de París. Maestro de las Sentencias, por sus cuatro magníficos libros Sententiarum, que tuvieron la fortuna de ser comentados por varios insignes Doctores, entre los cuales se encuentra Santo Tomás de Aquino. (n. 1100 †1164).

12. Alano de Isle. Doctor Universal. (†1202).

13. Alejandro de Halés, religioso franciscano. Doctor irrefragable, por la contundente lógica que brilla en sus escritos: llamábasele también, Monarca o Rey de los teólogos. (†1245).

14. San Alberto Magno, religioso dominico, a quien por su pasmosa erudición se le dio el dictado de Doctor Universal. (n. 1193 †1280).

15. San Buenaventura, Cardenal franciscano, Doctor seráfico, así por la sublimidad de su doctrina, como por su amor ardiente a Dios Nuestro Señor. (n. 1221 †1274).

16. Santo Tomás de Aquino, fraile dominico, Angélico Doctor, o Sol de las escuelas o Ángel de las escuelas. Ángel, por su pureza, santidad y sabiduría sobrehumanas; Sol, por la indeficiente luz de verdad que ha difundido y difunde sobre la humana inteligencia. (n. 1225 †1274).

17. Rogerio Bacón, franciscano. Doctor admirable, entusiasta cultivador de las matemáticas y de las ciencias experimentales. (n. 1214 †1294).

18. Enrique Gandavense o de Gante, Arzobispo de Tornai. Doctor solemne, por la especial gravedad de su doctrina y estilo. (†1293). [31]

19. Ricardo de Midletown, franciscano. Doctor sólido, por la solidez de todas las pruebas que brotaron de su pluma. (†1300)

20. Juan Duns Escoto, franciscano también. Doctor sutil: como muy oportunamente observa el Cardenal González, Escoto es el Kant de la Filosofía Escolástica: fue fundador de una célebre escuela opuesta al tomismo, se entiende, en puntos opinables. (n. 1275 †1307). Algunos creen que nació en 1266.

21. Egidio Colonna, agustino. Doctor fundadísimo. (n. 1247 †1316).

22. Guillermo Warrón. Doctor fundado.

23. Francisco Mayrón. Doctor agudo o Maestro de las abstracciones. (†1325).

24. Antonio Andrés. Doctor dulcifluo. (†1320).

25. Juan Bassolis. Doctor elegantísimo.

26. Pedro Auréolo. Doctor facundo. (†1320).

27. Waltero Burleo. Doctor llano o clarísimo. (n. 1275 †1337).

28. Raymundo Lulio, franciscano: Doctor iluminado. (n. 1235 †1315).

29. Durando de Saint Pourçain, religioso dominico y obispo de Meaux. Doctor resueltísimo, por el desenfado e independencia de sus opiniones. (†1333).

30. Guillermo de Occam, religioso franciscano, filósofo regalista, de vida azarosa y apellidado por sus partidarios: Doctor singular e invencible, o Maestro venerable. (†1343?).

31. Juan Ruijsbroeck, célebre místico alemán. Doctor extático. (n. 1293 †1381).

32. Pedro de Ailly o de Alíaco, Cardenal. Águila de los doctores de Francia. (n. 1350 †1419).

33. Juan Charlier de Gersón. Célebre Canciller de la Universidad de París: Doctor cristianísimo. (n. 1363).

34. Marsilio de Inghen. El ingenuo. (†1396). [32]

35. Juan Capréolo. Príncipe de los tomistas.

36. Padre Francisco Suárez, jesuita y uno de los más grandes escolásticos. Doctor eximio. El sabio P. Lossada en la dedicatoria de sus Cursus Philosophici dice del «Venerable P. Francisco Suárez»: Ab Apostolica Sede dum viveret, Doctoris Excmii, Pii, ac Divina gratia Eminentis in Ecclesia Dei appelatione decorato.» (n. 1548 †1677).

Hubo además en distintas épocas y lugares otros muchos doctores escolásticos de fama universal y justa, como los insignes dominicos Melchor Cano, llamado por Menéndez Pelayo, el Quintiliano de los teólogos, inmortal autor de la obra De Locis Theologicis, y Domingo Báñez a quien se debe el debatido sistema de la Premoción física, para explicar el influjo de Dios en la libertad humana: los jesuitas Pedro Fonseca, ingenioso inventor de la Ciencia media, Luis de Molina celebérrimo por su teoría relativa a la eficacia y suficiencia de la divina gracia, teoría atenuada y más satisfactoriamente explicada por el Congruismo del Eximio Suárez, y del Padre Gabriel Vázquez apellidado por algunos, el Agustín español.

Para escribir este párrafo hemos consultado la Historia de la Filosofía por el Emo. Cardenal González; la Introduction universam Philosophiam por el Padre Juan José Urráburu S. J., Historia Philosophiae por el P. J. Van der Aa, de la misma Compañía y otras varias obras.

VIII
Santo Tomás y sus escritos

El egregio Pontífice León XIII dijo: «entre los Doctores escolásticos descuella inmensamente, como príncipe y maestro de todos, Santo Tomas de Aquino, el cual, como [33] observa Cayetano,{30} por haber venerado profundamente a los antiguos Doctores, tuvo en cierto modo los talentos de todos. Santo Tomás supo reunir las doctrinas que eran, por decirlo así, partes dispersas de un mismo cuerpo, las enlazó, las dispuso en orden admirable, aumentándolas tanto y por tal manera, que con justa razón es considerado, como especial sostén y ornamento de la Iglesia Católica. De dócil y penetrante ingenio, de fácil y tenaz memoria, de vida angelical, sediento de verdad, riquísimo de divina y humana ciencia, a semejanza del sol vivificó la tierra con el calor de sus virtudes, y la bañó toda con el esplendor de su doctrina. No hay parte de la Filosofía que él no haya tratado profunda y sólidamente: por tal arte se ocupó de las leyes del raciocinio, de Dios y de las substancias espirituales, del hombre y de los seres sensibles, de los actos humanos y de sus principios, que no se echa de menos, ni abundancia de cuestiones, ni orden riguroso, ni método excelente, ni firmeza de principios, ni sólidos argumentos, ni claro y propio lenguaje, ni facilidad para explicar lo más abstruso.

«Agréguese a esto, que el Angélico Doctor estudió las cuestiones en la esencia misma y principios de las cosas, los cuales, por su vastísima extensión encierran dentro de sí la génesis de infinitas verdades, oportunamente desarrolladas con óptimos frutos por los maestros que vinieron después. Habiendo comprendido su procedimiento filosófico la refutación de los errores, logró por sí solo destruir cuantos habían aparecido en tiempos anteriores, y suministró armas invencibles para pulverizar los que después hubieran de surgir. Distinguiendo además perfectamente, como debe ser, la razón y la fe, a la vez que uniéndolas con recíproco amor, sostuvo sus respectivos derechos y miró por su dignidad de tal suerte, que parece increíble, que la razón llevada a la [34] mayor altura en alas del Ángel de las Escuelas pueda elevarse más, y que la fe pueda esperar de la razón más numerosos y eficaces auxilios, que los obtenidos por el Santo Doctor.»{31}

¿Nos atreveremos a añadir alguna cosa a tan elocuente panegírico?

Ahora que por desgracia se han resucitado todos los antiguos errores; ahora que los implacables enemigos de la Religión han extremado sus violentos ataques contra la verdad; ahora que la orgullosa razón duda de todo, menos de la materia y goces sensuales, volvamos nuestros ojos a la Filosofía de Santo Tomás, y esforcémonos por seguir la senda que nos indicara el Pontífice Romano.

Santo Tomás por todos motivos es un portento, un genio; por su santidad, es merecedor del culto que le tributa la Iglesia; por su ciencia, es digno Patrono de todas las escuelas; por la sorprendente multitud de acabadas y magníficas obras que brotaron de su áurea pluma en los pocos años que viviera, es acreedor a la admiración de los siglos. En breves palabras ha trazado el erudito patrólogo, Presbítero D. Miguel Sánchez, los rasgos más brillantes de la preciosa vida del Doctor Angélico, y dice así:

«Nació Santo Tomás el año 1225{32} en el castillo de Rocca Secca, cerca de Aquino, en el reino de Nápoles. Su padre fue Landulfo; conde de Aquino, y su madre Teodora, hija de un conde oriundo de la Normandía. A la edad de cinco años entró Santo Tomás en el monasterio de Monte Casino, para recibir en él su primera educación. A pesar de la violenta oposición de su familia, entró en un convento de Santo Domingo. Para impedir la realización de sus deseos, su madre lo tuvo un año entero encerrado en una verdadera prisión. Sus hermanos lo trataban mal, y todas las [35] personas que lo rodeaban hacían increíbles esfuerzos, para disuadirlo de su propósito y mantenerlo en el siglo. Su familia, con el intento de ladear la vocación del santo niño, despertando en él malas pasiones, permitió que penetrara en su habitación una joven impúdica, deshonesta en su trato, y sin recato ninguno en sus palabras. Santo Tomás la miró con horror y la alejó de sí lanzándole un tizón encendido, que fue lo primero que encontró a la mano.

«Esta prueba de heroica resolución, este evidente testimonio de la vocación divina, sirvió para desengañar a su madre, para desarmar a sus hermanos, y demostrar a todo el mundo, que Santo Tomás no había nacido para morar como hombre en la tierra, sino para volar como ángel al cielo. Desaparecieron todos los obstáculos de su familia y se le abrieron las puertas del convento. Entró en la orden de Santo Domingo, e hizo sus estudios en Colonia, bajo la dirección de San Alberto el Grande.

«Santo Tomás poseía las tres grandes virtudes que más contribuyen a santificar el alma y esclarecer el entendimiento. Era muy puro en sus costumbres, tenía una humildad profundísima, y consagraba a la oración todo el tiempo que le permitían sus estudios, o las obligaciones del claustro. Pudiera añadirse, que su vida entera era una continua oración, porque todas sus obras las refería al cielo, y en todos sus deseos y pensamientos buscaba la gloria de Dios.

«A causa de su profunda humildad, parecía taciturno y aun tímido. Como hablaba muy poco, sus condiscípulos empezaron a llamarle el Buey mudo. San Alberto, que había comprendido la verdadera razón del silencio de Santo Tomás, al tener noticia del nombre que le imponían, dijo: ¡«Buey mudo!»; pues tened en cuenta, que los mugidos de este Buey resonarán en todo el universo.»

«Cuando Alberto el Grande fue llamado a París, le acompañó Santo Tomás de Aquino. Aunque todavía carecía de [36] la edad necesaria para ejercer el magisterio, con dispensa, fue encargado de explicar en la universidad de París la Sagrada Escritura y el Libro de las Sentencias.

«En 1248, se encargó Santo Tomás de la cátedra que desempeñaba San Alberto el Grande en la Sorbona. Inútil es advertir que el discípulo continuó sus explicaciones con el mismo crédito, y quizá con más provecho que su maestro. Por este tiempo se suscitó en París la gran cuestión de las órdenes religiosas. Guillermo de San Amor las combatía; adhiriósele una gran parte de la universidad, y llegó el encono hasta el punto de no querer admitir Santo Tomás para el grado de doctor, solo porque profesaba la vida monástica. Santo Tomás, con este motivo se trasladó a Anagni, donde a la sazón se hallaba el Papa. En esta ciudad se encontraban al mismo tiempo San Alberto el Grande y San Buenaventura. Los tres trabajaron mucho cerca del Papa Inocencio IV, para darle a conocer los errores que contenía la obra de Guillermo de San Amor, titulada: Peligros de los últimos tiempos.

«Por fin, restablecida la paz, recibió Santo Tomás el doctorado en el año 1257. El Papa Clemente IV le ofreció con insistencia el Arzobispado de Nápoles; pero el Doctor Angélico lo rehusó siempre, juzgándose verdaderamente indigno de tan pesada carga y de tan alta honra. San Luis rey de Francia, conociendo el mérito de Santo Tomás, lo llamaba con frecuencia para tenerlo a su lado. Cuéntase que comiendo en una ocasión con el rey, Santo Tomás, después de un rato de profunda distracción, dio un golpe en la mesa y dijo: esto es concluyente contra los maniqueos. Cuando advirtió su falta, lleno de rubor, pidió humildemente al rey que lo perdonara. San Luis por el contrario, estaba maravillado de lo que había visto. ¡Es tan poco frecuente ver en la mesa de los reyes hombres que se olviden de la propia persona, para pensar solo en el bien de la Iglesia y de [37] la sociedad, que San Luis, excelente conocedor del corazón humano, no pudo menos de admirar y bendecir la involuntaria distracción de Santo Tomás! Aquella distracción le demostraba que el Santo iba al palacio por obedecer, y no por buscar mundanos honores. Aquella distracción le demostraba que en la grande alma de Tomás habitaba el Señor, y no se albergaban las miserias y ambiciones de los hombres. Aquella distracción, en fin, le demostraba que el corazón de Santo Tomás no podía saciarse con la humana gloria que circunda la mesa de los reyes...

«Gregorio X citó a Santo Tomás para que asistiese al concilio de Lyon, celebrado en 1274. Se hallaba entonces el Santo en Nápoles, a donde había sido enviado por el capítulo general de su orden, celebrarlo en Florencia en 1272. Apenas recibió el precepto del Papa, emprendió el camino de Lyón. Cayó enfermo al atravesar la Campaña. Como en las cercanías no había ningún convento de dominicos, entró en la abadía de Fosanova, en la diócesis de Terracina, que pertenecía a los monjes del Cister. Su enfermedad se agravó, y murió en dicha abadía el día 7 de Marzo de 1274, a la edad de 48 años. El Papa Juan XXII, lo colocó en el número de los santos en 1313. San Pío V lo declaró Doctor de la Iglesia en 1567.»{33}

Los Padres Fretté y Maré, eruditísimos anotadores de las obras del Santo Doctor de Aquino, en la edición de 1882, hecha por Luis Vivès, consignan algunas curiosas noticias que conviene recordar, entre ellas, que cuando se le administró el Sagrado Viático, el Santo se arrodilló y con palabras de profunda y sublime adoración y alabanza saludó y adoró a su Divina Majestad, diciendo antes de recibirle: «Yo te recibo, ¡oh precio de la redención de mi alma!; yo te recibo, ¡oh viático de mi peregrinación!, por cuyo amor velé, trabajé y prediqué; Tú has sido el objeto de mis [38] enseñanzas, y jamás he dicho palabra alguna contra ti. Si por ignorancia, en algo hubiere errado, no me obstino en mi parecer, y todo lo someto al juicio de la Iglesia Romana:» que la causa de su muerte fue, a lo que se cree, un lento veneno suministrado por Carlos rey de Sicilia, temeroso de que los condes de Aquino ganasen ascendiente, si Tomás llegase al cardenalato.

Citando varios documentos, aseguran los entusiastas tomistas que hemos nombrado, que el confesor del Santo juró solemnemente haber oído su confesión general, y estar plenamente satisfecho de que su castidad jamás había sufrido el menor detrimento. Era hombre de tanta contemplación espiritual, que más parecía vivir en el cielo que en este miserable mundo; levantábase de noche a la oración, a la cual recurría en sus dudas; su libro predilecto era un crucifijo, a cuyos pies se postraba anegado en lágrimas; comía una sola vez al día, sucediendo con mucha frecuencia, que le pusiesen y se llevasen el plato sin que él lo advirtiera; en las discusiones era sumamente manso y humilde; su paz era inalterable; nunca se escapó de sus labios una palabra ociosa; cuando los religiosos sus hermanos lo conducían a la huerta para la recreación, acto continuo, solo y abstraído, volvíase a la celda; diariamente celebraba la Santa Misa y oía otra en acción de gracias; siempre se reconciliaba antes de decirla; su vida toda la empleaba en orar, enseñar, escribir o dictar aun a cuatro amanuenses a la vez: dotóle el cielo de arrebatadora elocuencia, y numeroso concurso acudía para escucharle; era, finalmente, alto y grueso de cuerpo, de agradable fisonomía y de frente muy despejada.{34}

Léese en las lecciones del Breviario Romano una interesante anécdota, que revela cómo la sabiduría y la santidad se adunaban en el Salomón de la edad media, como le [39] llamaba un eminente dominico, Fr. Joaquín Fonseca: oraba en Nápoles ante una imagen de Jesús crucificado, y en el momento de mayor fervor sonaron en sus oídos estas palabras: Bien has escrito de mí, !oh Tomás!, ¿qué recompensa deseas?, a lo cual respondió el Santo: no otra, Señor, que Tú mismo.

Acerca de las obras del Sol de las escuelas, séanos permitido copiar aquí el catálogo formado por Bartolomé de Capua, logoteta o gran tesorero{35} del reino de Sicilia, discípulo del Santo y testigo de su vida;

  1. Contra impugnantes Religionem.
  2. De operibus occultis naturae.
  3. De iudiciis astrorum.
  4. De principiis naturae.
  5. De reglo, (seu de regimine Principum, ad Regem Cypri).
  6. De substantiis separatis.
  7. De rationibus fidei.
  8. De perfectione vitae spiritualis.
  9. Contra retrahentes a religione.
  10. De sortibus.
  11. De forma absolutionis.
  12. Contra errores Graecorum.
  13. Solutio XXVI Quaestionum.
  14. De regimine Judaeorum.
  15. Solado XLIII Quaestionum.
  16. Solutio XLIII Quaestionum.
  17. De ente et essentia.
  18. De mixtione elementorum.
  19. De motu cordis.
  20. De unitate intellectus.
  21. De aeternitate mundi. [40]
  22. In primam Decretalem.
  23. In secundam Decretalem.
  24. De articulas fidei et sacramentis.
  25. Brevis compilado Theologiae.
  26. Libri quatuor Super Sententias.
  27. Tres partes Summae.
  28. De quaestionibus disputaos. (De veritate et ultra, Parisiis: De potentia et ultra, Italia: De virtutibus et ultra, iterum Parisiis.)
  29. Quodlibeta undecim.
  30. Summa contra gentes.
  31. Super quatuor Evangelia. (Sin duda es la Catena aurea.)
  32. Super Epistolam ad Romanos.
  33. Super Epistolam primam ad Corinthios.
  34. Super Isaiam.
  35. Super Jeremiam.
  36. Super Threnos.
  37. Super Cantica.
  38. Super Dionysium, «De divinis nominibus.»
  39. Super Boetium, «De hebdomadibus.»
  40. Super Boetium, «De Trinitate.»
  41. De fide et spe.
  42. Super primum «Perihermeneias.»{36}
  43. Super «Posteriora analytica.»
  44. Super libros «Physicae.»
  45. Super «De coelo et mundo.»
  46. Super primum librum De generatione.»
  47. Super duos libros «Meteororum.»
  48. Super secundum et tertium librum «De anima.»
  49. Super «De sense et sensato.»
  50. Super «De memoria et reminiscentia.» [41]
  51. Super librum «De causis.»
  52. Super libros «Metaphiysicae.»
  53. Super Libros «Ethicae.»
  54. Super «Politicae libros quatuor.»

El expresado Logoteta añade que: «las demás obras (que quizá alguna vez se atribuyeron al Santo Doctor), no fueron escritas ni dictadas por él, sino que otros las formaron poco a poco después de sus lecciones o sermones, así las Lecturas sobre las Epístolas de San Pablo, desde el capítulo undécimo de la primera Epístola a los Corintios, tuvieron por autor a Fr. Reinaldo de Piperno, al cual se debe también un Comentario sobre el Evangelio de San Juan, aunque fue corregido por Santo Tomás; los Comentarios sobre los cuatro nocturnos del Salterio: el Pater noster, el Credo, los diez Mandamientos fueron escritos por el P. P r. Pedro de Andrés, autor de un Comentario sobre San Mateo, que se conserva incompleto, y sobre el primer libro «de Anima» del que hace mención Fr. Reinaldo de Piperno.»{37}

IX
Restauración de la filosofía escolástica

El siglo XIX había avanzado no poco en su larga y triunfal carrera; parecía que al rudo empuje del más grosero sensualismo, no menos que del más extravagante idealismo, ayudados eficazmente en su demoledora tarea por la refinada molicie de costumbres, iba a caer por tierra sin esperanza de salvación el augusto edificio de la Filosofía antigua y, en especial, de la Escolástica, cuyas teorías se encontraban como desacreditadas y sepultadas en el olvido. Las mismas escuelas que en otro tiempo la cultivaran con esplendor y fama, franquearon sus puertas y dieron asiento en sus [42] cátedras, a lo que con aire de satisfacción se llamaba filosofía moderna, y que no era más que una monstruosa confusión de las ciencias matemáticas y físicas con las metafísicas y trascendentales, y fue moda arrojar notas de ignominia sobre la Escolástica, y renegar de sus venerandas tradiciones.

Iba operándose una desastrosa anomalía; el espíritu humano arrebataba a la naturaleza sus secretos por una parte; pero por otra se hundía rápidamente en el más desesperante escepticismo, y la revolución paseaba sus teas por todos los pueblos. ¿Cómo salvar la sociedad del inminente peligro que corría? Unos volvían sus ojos a la filosofía ecléctica, cifrando en ella sus esperanzas, como si quisiesen reconstruir un templo derruido recogiendo acá y allá basas subvertidas, truncadas columnas y rotos capiteles; mas, el criterio estaba viciado, el edificio carecía de sólidos cimientos y de unidad de plan; en consecuencia, la obra de Cousin y sus discípulos era insubsistente.

Otros, con imprudente celo, quisieron cortar a la razón sus alas, y exageraron el valor de la tradición en el ser y progreso de los conocimientos. Lamennais, Bautain, Ráulica, Donoso Cortés y otros derrocharon en ese sentido talento y elocuencia, y fue en vano; porque aun en esto sucede que in medio consistit virtus. Dios, soberano autor de la fe, lo es también de la razón, y nos la ha dado para discurrir y adelantar.

Aparecen entonces, como providencialmente suscitados, hombres de superior ingenio y discreción, que levantaron muy alto la gloriosa bandera de la Escolástica. En Italia florecieron Sanseverino y Liberatore; el segundo adunaba a su claro entendimiento y vasto saber, los encantadores atractivos de una literatura ciceroniana; en España, Balmes el gran filósofo del sentido común, y el humilde religioso dominico Fr. Zeferino González, el cual murió de Cardenal, Arzobispo de Toledo; ellos y otros a su ejemplo, se [43] propusieron el nobilísimo fin de restaurar la antigua Escuela, presentándola digna de sus mejores tiempos; procuraron remozar aquellas sólidas doctrinas, conciliar de nuevo la fe y la razón; corregir los defectos que alguna vez sirvieron de pretexto para despreciarlas y, en fin, incorporar ellas los positivos adelantos del espíritu humano. Por esto, en la lógica, daban mucha importancia estos escritores a la teoría de los métodos; en psicología e ideología, trataban muy concienzudamente de la esencia, facultades, y operaciones del alma, así como de sus relaciones con el cuerpo; en la cosmología, tenían en cuenta los prolijos análisis verificados, para esclarecer los misterios de la composición de la materia y del problema de la vida; en la ética, ventilaban los fundamentos racionales de los nuevos derechos, privado y público, que van informando a las sociedades modernas.

X
León XIII y la escolástica

Desde el momento venturoso en que el esplendente Sol de Aquino empezó a brillar en el cielo de la Iglesia, los Romanos Pontífices, a porfía y sin perder ocasión, han encomiado y recomendado con entusiasmo las doctrinas de Santo Tomás; los concilios, las universidades, los sabios en particular lo han proclamado su maestro y modelo: hasta los más fanáticos enemigos de la religión, rendidos al peso de la evidencia, no han podido menos que tributar homenajes de admiración al gran genio de la Escolástica, el cual, dicho sea sin hipérbole, personificó la ciencia toda de la edad media. Pero entre los más entusiastas y competentes admiradores del Angélico Doctor, debe justamente contarse nuestro Santísimo Padre el Señor León XIII, como lo demuestran varios actos de su por mil títulos glorioso pontificado. [44]

En 4 de Agosto de 1879 expidió su famosa Encíclica Aeterni Patris, cuyo objeto era dar conocer la grandeza e importancia de la Filosofía Escolástica y, en especial, de la doctrina de Santo Tomás de Aquino. Ese documento es un bosquejo histórico trazado por mano maestra: sus efectos son patentes; pues ha logrado restablecer definitivamente los estudios de la Escuela. Después de tan calurosos como merecidos elogios al Santo Doctor, se expresa así: «Por tanto, Nos... os exhortamos con todas nuestras fuerzas, Venerables Hermanos, a que para honra y defensa de la fe católica, bien de la sociedad y progreso de todas las ciencias, restablezcáis y propaguéis lo más extensamente que podáis la áurea ciencia de Santo Tomás... Procuren los maestros por vosotros con discreción elegidos, imbuir en los ánimos de sus discípulos la doctrina de Tomás de Aquino, poniendo de manifiesto su solidez y excelencia sobre las demás. Expónganla con la mayor claridad y defiéndanla las Academias que hayáis establecido, o cuya institución ordenéis, y usen de ella en la refutación de los errores que infestan el mundo.»{38}

Además, el mismo Padre Santo fundó la Academia Romana de Filosofía, compuesta de diez filósofos de Roma, diez del resto de Italia y diez de otras naciones, encaminada a promover la defensa y propagación de la Escolástica. Mandó se hiciese una esmerada y monumental edición de las obras de Santo Tomás y de San Buenaventura, nombrando al efecto una comisión capaz de llevarla a cabo. En sus escritos, en sus conversaciones, en todo tiempo y sin perder ocasión aplaudió y recomendó el estudio de la Filosofía cristiana, dio pruebas de benevolencia suma a las Universidades católicas ya existentes, procurando se fundaran cátedras de Filosofía, o se las diese más amplitud...»{39} [45]

A esto debemos agregar, que en varios Breves ha elogiado y alentado a los escritores que trabajan en difundir la doctrina tomista; entre otros, recordamos ahora del que dirigió en 1º de Abril de 1886 al Padre Miguel de María, al emprender este benemérito jesuita una edición de los opúsculos filosóficos y teológicos del Santo.

Débese, en fin, a la munificencia del egregio Pontífice León XIII la reciente creación de un Instituto Superior de Filosofía Tomista en la Universidad de Lovaina, Instituto admirablemente organizado por Mons. Desiderio Mercier, persona que ha comprendido el gran pensamiento del Papa, el cual quiso que se hiciesen muy profundos estudios de Filosofía, en sus relaciones con el estado actual de las ciencias.

Este enérgico y sostenido impulso se ha comunicado más o menos todas nuestras escuelas esparcidas por el mundo; esperamos, por tanto, que la restauración sea completa, y plegue a Dios Nuestro Señor que lo sea; pues va en ella la recta orientación del progreso moderno.

———

{7} Los orígenes de la Psicología contemporánea, por D. Mercier. Traducción castellana, por el P. M. Arnáiz. Madrid 1901.

{8} El P. Jesuita D. Alejo Orrio, escritor del siglo XVIII, y del cual hablaremos en su oportuno lugar.

{9} Emmo. Card. Fr. Zeferino González, Historia de la Filosofía, vol. I.

{10} D. Mercier. Lógica. Trad. de F. Lombardía y Sánchez.

{11} Evang. de S. Juan, c. I, v. 9.

{12} Ep. de S. Pablo a los Efesios, c. I, v. 10.

{13} El Papa S. León. Sermón I sobre la Natividad.

{14} Encíclica Aeterni Patris, sobre la Filosofía de Sto. Tomás, 1879.

{15} El Señor León XIII. Encíclica Aeterni Patris ya citada.

{16} Praelectionum Philosophiae Scholasticae brevis conspectus. Auctore F. Van der. Aa S. J. Lovanii 1889, vol. V, pág. 55.

{17} Bula Triunfantis del Papa Sixto V. citada en la Encíclica Aeterni Patris del Señor León XIII.

{18} El Papa San Gregorio, Homilia 29 in Evang.

{19} Philosophia Elementaria. Matritri 1877. vol. I Prolegomena.

{20} Institutiones Philosophicae. Romae 1874. vol. I. Ontologia

{21} Curso de Filosofía. Lógica. Traducción de D. Francisco Lombardía y Sánchez, Madrid, «La España Moderna».

{22} Obra antes citada.

{23} Esta ligera reseña de la Lógica de Aristóteles la tomamos, en extracto, de la Historia de le Filosofía, González, vol. I.

{24} Card. González, Philosophia elementaria. Vol. I, donde aprendimos en substancia la división que sigue.

{25} P. Domingo Palmieri. Institutiones Philosophicae. Logica. Critica, cap. I, Thesi V.

{26} González, Philosophia elementaria. Prolegomena. Leges Philosophiae.

{27} Conviene reproducir aquí, siquiera sea por vía de nota, algunas reflexiones que sobre este importantísimo punto hicimos en la Gaceta Eclesiástica. Decíamos ahí con pequeñas variaciones:

Según el método de educación científica, constantemente practicado por el clero, en sus universidades y colegios de segunda y profesional enseñanza, se pone como fundamento el estudio de las humanidades, figurando en primer término la hermosa lengua del Lacio. Tal procedimiento tiene sus adversarios, que son casi todos los actuales enemigos de la Iglesia Romana; pero en especial el vulgo protestante y los fanáticos partidarios de la instrucción liberal, ahora llamada, neutra, civil o laica.

Lo cortés no quita lo valiente; mas en esto, como en todo aquello en que ha puesto la mano el liberalismo, ha podido más el espíritu de facción, que el puro amor a la ciencia y al bien de la juventud: así, vemos con dolor, que el inmortal idioma de Horacio, Ovidio, César y Cicerón ha sido ignominiosamente desterrado de los colegios oficiales, y con él se van sepultando en el olvido, los eternos modelos de belleza y de buen gusto literario que aquellos genios nos legaran. No se nos hable de una raquítica y ridícula clasecilla de raíces latinas y griegas, que al cabo no será capaz de substituir nunca, ni con mucho, al paciente y concienzudo estudio de las lenguas, ni jamás opondrá dique infranqueable a la corrupción de las letras patrias, de la cual son tristísimo argumento el decadentismo en la poesía, la ignorante y la grosera palabrería, (no oratoria), que ha resonado en los congresos, sobre todo desde 1857 en adelante; y el degenerado periodismo de información que, por lo común, parece elaborado en los presidios.

Para la Iglesia, para los Sacerdotes, para los católicos, es la lengua latina un tesoro inestimable; por ser ésta la lengua litúrgica, o sea, en la que así por tradición, como por ley constante, se celebran y celebrarse deben los divinos oficios en el mundo entero; la que se presta, mejor aún que los mármoles y bronces, para recordar las heroicas virtudes de los Santos; es en cierto modo el idioma oficial en que el Padre común de los fieles, y en que los Concilios dictan y promulgan sus sapientísimas leyes; es en fin, como áureo lazo de unión entre todos los hombres, a pesar de las más hondas diferencias étnicas que se supongan; pues siendo la expresión de la fe, esperanza y caridad de la [24] inmaculada y fecunda Esposa de Jesucristo, uniforma por maravillosa manera las ideas y los afectos de la humanidad, a través del tiempo y del espacio.

Poderosas a no dudarlo son estas razones; pero no son las únicas que impulsan a la Iglesia, a empezar por la enseñanza de las humanidades, la educación literaria y científica que imparte en sus institutos.

El aprendizaje gramatical y filosófico de una lengua cualquiera representa de suyo un conjunto magnífico de conocimientos; porque supone la apreciación de las relaciones que median entre las palabras y las ideas, entre éstas y los objetos por ellas significados; el estudio del organismo filosófico de un idioma; la comparación que naturalmente se establece entre diversas lenguas, y el examen que se hace de la vida religiosa, política y literaria del pueblo o pueblos que así han hablado. Profunda verdad encierra aquella sentencia: las cabezas se forman por las lenguas. Condillac, célebre filósofo sensualista, teníalas en tanta estima, que no vaciló en afirmar, que las lenguas son otros tantos métodos analíticos y que, si bien se mira, el arte de raciocinar y aun las ciencias, se reducen a idiomas bien formados.» (* Cours d'etude pour instruction des Jeunes gens, par Condillac, París 1821. Tome III. Logique, Sec. Part. Chap. III.) Nuestro Ilmo. Munguía dice: «que deben ser consideradas, no sólo como los conductos de comunicación que tiene el pensamiento, sino también, como un instrumento principalísimo de que el alma se sirve para fijar sus ideas, determinar sus juicios, ordenar sus raciocinios, ligar sus principios y sus consecuencias, o valiéndonos de una expresión metafórica, para zanjar los cimientos y poner la última piedra del edificio grandioso del saber.» (** Disertación sobre el estudio de la lengua Castellana. Parte primera, II)

Esas consideraciones generales, aplicables, si se quiere, al lenguaje menos culto, suben a inmenso valor al tratarse del latín, lengua verdaderamente sabia, llevarla al ápice de la perfección por el pueblo más grande de la antigüedad, considerado bajo el punto de vista humano; pueblo que supo extender su poderoso imperio a todo el mundo entonces conocido; que aprovechó la civilización de todas las naciones o vencidas o aliadas; que preparó providencialmente la más fácil difusión de las luces del Evangelio y, a su manera, sirvió para realizar la unidad espiritual del linaje humano, y que dejó en herencia a las siguientes generaciones el glorioso e imperecedero monumento de su Derecho.

Cuenta el latín con varios elementos, que contribuyen eficazmente a obtener la cultura humana del espíritu, tales como la asombrosa riqueza de la lengua, así por la propiedad, precisión y energía de los vocablos, como por la multiplicidad, y elegancia, y gallardía de los giros a que se presta, por la libertad ilimitada del hipérbaton; los acabados y casi divinos modelos de oratoria y de poesía que, con la debida discreción, pueden ponerse en manos de los jóvenes, para formar en ellos el buen gusto literario; las reglas sapientísimas formuladas por los grandes preceptistas Horacio, Quintiliano, Cicerón y otros, no habiendo mayor placer que paladearlas en sus mismos textos, y verlas prácticamente aplicadas, por los clásicos; la parte histórica, porque no es posible estudiar con [25] formalidad el latín, sin necesitar y adquirir nociones, aunque sean ligeras, de la mitología pagana, no menos que de la organización civil, y costumbres públicas y privadas del gran pueblo, cuyas maravillosas conquistas, más aún que las del efímero imperio de Alejandro, hicieron que el mundo enmudeciera, para recibir al Deseado de las naciones.

Desde los orígenes de la era cristiana, luego, durante toda la edad media, y aún en el renacimiento, la ciencia y el arte del occidente hablaron, casi exclusivamente, en latín; de suerte que, quien conozca la lengua latina, puede espigar mucho en esa labor científica, inmensa base sobre que se yergue airosa la civilización moderna; y posee la llave de oro para penetrar por sí mismo los misterios de esas épocas, ahora tan poco conocidas, como injustamente tratadas.

Se ha pensarlo mucho en la necesidad que hay de una lengua universal, necesidad tanto más ingente, cuanto mayor es el desarrollo de los conocimientos humanos, y más fácil y rápida la comunicación de los pueblos por la imprenta, el vapor y la electricidad. No perdamos el tiempo en vanas cavilaciones, reflexionemos sólo, que entre todos los idiomas conocidos, el que más ha contribuido a la generalización de las ciencias y de las artes en el mundo, es el latín. ¿No son éste y el griego los que suministran nombre adecuado a cada nuevo descubrimiento?

A este propósito dice un concienzudo y elegante escritor: «si es utopía la lengua universal para todos, no es la lengua universal para los sabios. Esta unidad de idioma ha existido en la ciencia por medio del latín, mediante el cual todos los sabios delimitado no formaban más que un solo cuerpo, se entendían, discutían sus opiniones, se comunicaban sus inventos de una nación a otra sin dificultad alguna. La universalidad de esta lengua hacía, que los admirables descubrimientos de Newton, diesen la vuelta por Europa en el espacio de dos años. A pesar de ser en su tiempo tan lentas las comunicaciones. El latín hacía posible la correspondencia epistolar científica entre Leibniz alemán y Clarcke inglés, y favorecía la publicación y difusión de sus trabajos, que cualquier hombre instruido del mundo podía conocer y examinar.

Esta misma unidad de lengua, facilitaba que las obras de medicina y química del holandés Boerhaave, se estudiasen como textos en todas las universidades de Europa. El que escribía una obra, se dirigía a todos los sabios del mundo, seguro de ser entendido... La unidad de lengua, hizo que los más insignes profesores, con suma facilidad, pudieran pasar de un país a otro, y pudieran difundir de esa manera en más vasto espacio las luces de su sabiduría; y que los estudiantes preparados en diversas partes pudieran acudir a las más famosas universidades extranjeras, entrando a examinarse u oír las lecciones en el momento de llegar de su patria, sin necesidad de aprender idioma alguno extraño. Con la lengua latina, un Santo Tomás estudiaba la Teología en Alemania y la enseñaba después en París y en Nápoles; Alejandro de Halés tenía su cátedra primero en París y después en Oxford; y Clavio, Kircher y Copérnico iban desde Alemania y Polonia a enseñar en Roma las ciencias naturales y matemáticas.» (* Juicio crítico sobre la educación antigua y moderna, por el P. Pablo Hernández, S. J., Madrid, 1888.)

{28} De éstos principalmente Al-Farabi y Averroes.

{29} Estas famosas Congregaciones ascendieron al número de 85, a saber: 68 ante Clemente VIII y 17 ante Paulo V; empezaron a 19 de Marzo de 1602 y terminaron a 19 de Marzo de 1606. El libro más curioso y completo que sobre esto conocemos se intitula: Controversiarum de divina gratiae liberique arbitrii concordia... por el P. Gerardo Scheneemann S. J.

{30} Este es el famoso Cardenal Tomas de Vio, quien tomó aquel nombre de Gaeta ciudad de su naturaleza.

{31} Encíclica Aeterni Patris, ya citada.

{32} Según otros, en 1227, lo cual omite el expresado autor.

{33} Los Santos Padres, por D. Miguel Sánchez, Presbítero. Madrid 1864.

{34} Hemos tomado estos datos de «Praefacio generalis» que precede a la Doctoris Angelici... Opera omnia. Parisiis, 1882.

{35} Así llama Darrás a Simeón Metafraste. Historia General de la Iglesia, vol. II, pág. 554.

{36} Este y los siguientes tratados son comentarios a los libros de Aristóteles por antonomasia llamado el Filósofo.

{37} Doctoris Angelici... Preafacio generalis a PP. Fretté et Maré, op. cit.

{38} Traducción del Boletín Eclesiástico de Toledo. (España).

{39} Praelectionum Philosophiae Scholasticae brevis conspectus, Auctore J. Van der Aa, S. J. Lovanii, 1888, vol., V. pág. 117.

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Emeterio Valverde Téllez Crítica filosófica o Estudio bibliográfico
y crítico. México 1904, páginas 1-45