Filosofía en español 
Filosofía en español

Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSSHistoria de la Filosofía, México 1962


Tomo 3 ❦ Capítulo V: 2

2. Las ideas del materialismo dialéctico e histórico en los trabajos de los continuadores de Marx y Engels. Lucha contra la influencia burguesa y pequeñoburguesa en el seno del movimiento obrero de Alemania.

Después de la revolución de 1848, y singularmente después de la constitución del Imperio Alemán, la burguesía del país –convertida en una fuerza contrarrevolucionaria–, en alianza estrecha con la reacción de [314] los junkers, orienta sus esfuerzos en el plano político e ideológico hacia la lucha contra el movimiento obrero revolucionario, contra el marxismo. Lo que la clase dominante exigía ante todo de sus ideólogos era la “refutación” del marxismo, o, al menos, la limitación de su influencia como fermento revolucionario, el desarme ideológico de la clase obrera al ser subordinada ésta al ascendiente de la ideología burguesa. Gran número de escuelas y corrientes filosóficas, nacidas al calor de estas nuevas necesidades, emprendieron una amplia campaña contra el marxismo y su filosofía. A esto se sumaba la dispersión ideológica del movimiento obrero de Alemania, dispersión sostenida por las corrientes pequeñoburguesas antimarxistas que se desarrollaban en su seno –lassalismo, duhringuismo y, más tarde, revisionismo.

El socialista pequeñoburgués Fernando Lassalle (1825-1864), que sin razón alguna se hacía pasar por amigo y partidario de Marx, fue en realidad un adversario del marxismo en la teoría y en la práctica. Por sus concepciones filosóficas pertenecía a los hegelianos. En su obra filosófica fundamental, La filosofía de Heráclito el Oscuro, de Efeso, desfiguró las concepciones de éste, modernizándolas al estilo de Hegel y presentándolas como creación de un “hegeliano” de la antigüedad. Con razón decía Marx de este libro que era una imitación escolar de Hegel. El mismo juicio emite V. I. Lenin cuando señala que “Lassalle repite simplemente a Hegel, lo copia, rumia un millón de veces a propósito de algunos pasajes de Heráclito, adobando su trabajo con la carga increíble de un lastre eruditísimo y archiescolástico.”73

Lassalle comprendía el proceso histórico de un modo subjetivo, como producto de la acción de personalidades eminentes, de héroes, entre los cuales se incluía él mismo.

Pero la labor política y de organización de Lassalle en el movimiento obrero, que tenía como meta final la creación de cooperativas socialistas de producción “por arriba”, con ayuda del Estado burgués de los junkers, equivalía objetivamente a acomodar ese movimiento a la vía prusiana de desarrollo de Alemania, era una fluctuación “hacia la política obrera nacional-liberal”.74 Lassalle estuvo a la cabeza de la Asociación General de Obreros Alemanes. La creación de esta Asociación obrera política, frente a la negación trade-unionista de la necesidad de una organización política de la clase obrera que mantenían los “progresistas” y cooperativistas encabezados por Schulze-Delitzsch, así como el trabajo de organización y agitación de Lassalle, fueron sin duda un importante avance del movimiento obrero alemán. Pero los objetivos y las posiciones ideológicas que él imponía a la Asociación apartaban a la clase obrera de sus tareas principales.

Adversario como era de la teoría marxista de la lucha de clases, de la revolución socialista y la dictadura del proletariado, Lassalle estimaba que la clase obrera había de cifrar todas sus esperanzas en un futuro mejor en la sensatez de las clases pudientes. A fin de asegurarse el apoyo de estas clases mostrábase contrario a las huelgas; con ayuda de la “ley [315] de bronce del salario”, que él toma de Malthus, trata de demostrar la inutilidad de la lucha del proletariado por elevar su nivel económico de vida. Era éste el programa del “socialismo gubernamental del rey de Prusia”, programa del que, según palabras de Marx, emanaba “un repugnante servilismo ante la reacción”.75

Aunque Lassalle participó activamente en el movimiento obrero y se mostraba contra la dominación política de la burguesía, sus confusas concepciones pequeñoburguesas llevaban la dispersión y la vacilación a las filas de la clase obrera. La dirección del Partido Socialdemócrata de Alemania cerraba los oídos a las reclamaciones de Marx y Engels y mostraba una actitud conciliadora hacia los lassalianos; en el Congreso de unificación de Gotha les entregaron sin combate una serie de importantes posiciones programáticas. La demoledora crítica de C. Marx a las tesis lassalianas del programa de Gotha ayudó a los elementos revolucionarios de la socialdemocracia alemana a comprender sus errores y a corregirlos, en medida considerable, en el curso de la lucha ulterior contra los adversarios ideológicos del marxismo que se habían infiltrado en el seno del movimiento obrero.

Cierta parte de la socialdemocracia alemana, poco estable en cuanto a las ideas y teóricamente débil, experimentó también la influencia de las ideas de Dühring. Eugenio Dühring (1833-1921), privat-dozent de la Universidad de Berlín, saltó en los años 60 a la palestra como nuevo “reformador del socialismo”, presentando una teoría confusa y ecléctica dirigida contra la doctrina de Marx y Engels. Era un período en que el Partido Socialdemócrata de Alemania, nacido de la fusión de lassalianos y eisenachianos, robustecía sus filas y en que los problemas teóricos habían adquirido singular importancia para el movimiento obrero.

Dühring, que se presentaba bajo la falsa bandera de “teórico” del socialismo y rechazaba los principios de clase del socialismo científico, manifiesta que el socialismo es producto del “principio universal de la justicia”, principio que, según él, podía florecer a la sombra y bajo la protección del Estado monárquico prusiano. Era una típica interpretación pequeñoburguesa del socialismo, que podía acarrear daños sin cuento a la socialdemocracia alemana y a todo el movimiento revolucionario obrero. Sus desmesuradas pretensiones, su vocinglera fogosidad polémica, su afectación seudocientífica y la propaganda periodística le proporcionaron a Dühring cierto número de partidarios dentro de las filas socialdemócratas. Un papel decisivo en el aplastamiento de esta tendencia tuvo la obra de F. Engels Anti-Dühring.76

En los años 80 y 90 son los revisionistas los que se encargan de propagar la ideología burguesa entre los obreros alemanes. Los revisionistas, que se encubrían con el reconocimiento verbal del marxismo, trataban de “completarlo”, es decir, de suplantarlo con “sistemas” filosóficos burgueses, se entregaban a la prédica de las concepciones antimarxistas de Lassalle y Dühring y “demostraban” que semejantes concepciones eran [316] compatibles con el comunismo científico. En un principio abrieron el fuego del revisionismo Blos, Hasenclever y otros representantes del Partido Socialdemócrata en el Reichtag. Las demagógicas intervenciones de los revisionistas en defensa de las teorías de Lassalle y Dühring dificultaban seriamente la labor del partido en cuanto a la educación y al temple ideológico de sus miembros, ahondaban las discrepancias y la dispersión ideológica en sus filas y fomentaban artificialmente las ilusiones reformistas, tanto más que la dirección del Partido Socialdemócrata de Alemania mostró en un principio tolerancia hacia las prédicas de Dühring y no apoyó a Engels en su lucha ideológica contra tales desviaciones. Los revisionistas enunciaron la tesis de la vía “legal” y pacífica del desarrollo social, es decir, de la adaptación del movimiento obrero al Estado burgués. Deslindaban sus posiciones respecto de la teoría marxista del Estado, en la que veían una concepción “anarquista” de su papel y su esencia, y manifestaban que se creían en la obligación de fortalecer y apoyar el Estado existente, el cual, según ellos, era una “institución moral” en la que tomaba cuerpo la revolución social que se estaba realizando. En las páginas de Die Neue Zeit, órgano teórico del Partido Socialdemócrata, comenzaron a aparecer calumniosas invenciones antimarxistas, en las que se ponía en duda los méritos de Marx en la elaboración del socialismo científico, así como artículos en los que se atacaba el materialismo y el ateísmo y se salía en defensa del idealismo.

En los años 90, viendo que el marxismo había vencido en el seno del movimiento proletario y que su negación abierta encontraría respuesta enérgica en la clase obrera, los revisionistas arreciaron en sus ataques ocultos contra la teoría marxista, encubriéndose con la falsa bandera de la socialdemocracia. Bajo el lema de “libertad de crítica” y de “libertad de conciencia filosófica”, los revisionistas siguieron su labor de zapa contra las bases teóricas del marxismo, al que tachaban de “carecer de fundamento filosófico”, con objeto de paralizar las conclusiones revolucionarias que de él se desprenden. Tras de declarar caduco al marxismo, trataban de combinar algunas de sus tesis económicas y socialistas con la filosofía del neokantismo, diluyéndolo en el lassalismo y duhringuismo, rechazaban la dialéctica materialista, sustituyéndola con un evolucionismo vulgar, etc.

En esos años se erigió en escudero teórico del revisionismo Eduardo Bernstein (1850-1932), quien en sus obras (Revista retrospectiva del movimiento socialista en Alemania, Problemas del socialismo, Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia y otras) afirmaba que la estrategia y la táctica revolucionarias del marxismo iban siendo cosa del pasado y que, por esta razón, era preciso someterlas a una revisión profunda; que la filosofía del marxismo necesitaba ser “fundamentada” con ayuda de la filosofía neokantiana y que el socialismo científico debía dejar paso al socialismo ético.77

Marx y Engels –luchadores infatigables por la pureza de la concepción científica .del mundo y por la ideología proletaria– señalaron siempre [317] el peligro real del revisionismo y encomendaron a sus discípulos y compañeros de armas la tarea de mantener una lucha resuelta contra las tendencias revisionistas en el seno del partido. Incluso la más pequeña divergencia o discrepancia entre la socialdemocracia alemana y la ciencia socialista, advertía Engels, significaría una calamidad sin paralelo. La situación a que se llegó dentro del partido después de la muerte de Engels imponía la necesidad de las acciones más resueltas contra los revisionistas. Sin derrotar al revisionismo en el terreno ideológico y de la organización, el partido no podía cumplir sus tareas.

Después de Marx y Engels, la lucha contra los enemigos del materialismo dialéctico e histórico, contra los ideólogos burgueses y los revisionistas, la mantuvieron, aunque no siempre con consecuencia, teóricos destacados de la socialdemocracia alemana como J. Dietzgen, W. Liebknecht, A. Bebel y F. Mehring. Discípulos y continuadores de Marx y Engels, llevaron a cabo un importante papel en la propaganda y difusión de la filosofía marxista, y en algunos casos ampliaron determinadas ideas del materialismo dialéctico e histórico.

Joseph Dietzgen (1828-1888), de oficio curtidor, conoció una vida muy dura. Después de la revolución de 1848 emigró a América. En 1863, en busca de trabajo, llegó a Rusia, donde se colocó en una fábrica de cueros de San Petersburgo. Todo el tiempo libre lo dedicaba al estudio de la filosofía, la economía política y la teoría del socialismo; así escribe una extensa obra filosófica que lleva por título La esencia del trabajo cerebral del hombre (1869). En 1869 Dietzgen regresa a Alemania y luego pasa de nuevo a América, donde escribe otras obras filosóficas: Excursiones de un socialista por el campo de la teoría del conocimiento (1887) y Conquista de la filosofía (1887). De su pluma salieron también las Cartas sobre lógica y algunos otros trabajos.

Marx y Engels siguieron atentamente la evolución ideológica de este inteligente filósofo autodidacto y le prestaron amistosa ayuda y apoyo. Tenían en gran estima sus méritos ante la clase obrera y subrayaron el notable hecho de que, siendo un simple obrero, llegó por su cuenta a descubrir las tesis fundamentales de la dialéctica materialista.78

Las concepciones filosóficas de Dietzgen toman cuerpo bajo la acción liberadora del materialismo de Feuerbach. Pero una influencia incomparablemente mayor ejercieron sobre él el Manifiesto del Partido Comunista, Contribución a la crítica de la economía política y otras obras de Marx y Engels. “En tiempos –escribía Dietzgen a Marx– estudié con gran empeño el primer fascículo de Contribución a la crítica de la economía política, aparecido en Berlín, y confieso que ningún otro libro, por voluminoso que fuera, me ha proporcionado tantos conocimientos nuevos y positivos ni me ha sido tan instructivo como este pequeño folleto.”79 El posterior estudio de los fundamentos de la filosofía y la economía política marxista y del socialismo científico, así como la correspondencia con Marx y Engels, convirtieron a Dietzgen en un materialista dialéctico, en [318] un socialista científico y revolucionario proletario, en un ardoroso discípulo y propagandista de las ideas marxistas. V. I. Lenin habla de él como de uno “de los destacados escritores filósofos socialdemócratas de Aleinania”.80 A la vez que señalan los méritos teóricos de Dietzgen, los clásicos del marxismo-leninismo indican también ciertos defectos, errores e inconsecuencias de sus concepciones filosóficas.

La ciencia filosófica ha de ocuparse, según Dietzgen, del mundo material como un todo. El problema fundamental de la filosofía lo resuelve con un criterio materialista consecuente. “La controversia entre el idealismo y el materialismo... acerca de si la idea procede del mundo o el mundo de la idea –manifiesta Dietzgen–, acerca de lo que es causa y lo que es efecto, esta controversia forma el contenido de la filosofía.”81

Dietzgen se mofa del idealismo filosófico, que considera el mundo material, con existencia objetiva, como lo secundario, como algo derivado del espíritu, como un “fragmento de las ideas”, y compara la filosofía idealista con una gallina ciega que casualmente hubiese tropezado con un grano.82

Su monismo materialista lo expone Dietzgen en la doctrina del “universo”, al que define como la sustancia o materia única; la idea, el espíritu, es uno de sus atributos. Considera el mundo objetivo como un todo orgánico, un conjunto de fenómenos vinculados dialécticamente. El método dialéctico aplicado al estudio de los fenómenos del mundo real era para él la conquista más importante de la filosofía. Rechazando la concepción mecanicista de la materia como una sustancia inerte y la invención idealista de la sustancia espiritual como causa primera y fuerza motriz de todo lo existente, Dietzgen señala que la contraposición entre lo material y lo ideal queda explicada en la teoría materialista dialéctica del conocimiento y su lógica, que abren el único camino certero hacia la verdad.

Dietzgen se pronunció acertadamente en contra del idealismo y del materialismo vulgar, aunque, a veces, dejaba escapar algunas expresiones incorrectas. Así, por ejemplo, partiendo de que “también la representación no sensible es sensible, material, es decir, real”, llega a la conclusión equivocada de que el espíritu no se diferencia de la mesa, la luz o el sonido más de lo que estas cosas y fenómenos se diferencian entre sí.83 “El error es evidente –indica V. I. Lenin–. Que el pensamiento y la materia son «reales», es decir, que existen, es verdad. Pero calificar el pensamiento de material, es dar un paso en falso hacia la confusión del materialismo con el idealismo”.84

Dietzgen combina su materialismo filosófico con la dialéctica para el estudio de los objetos y fenómenos del mundo material desde el punto de vista de su concatenación universal y su interdependencia, en su movimiento y desarrollo, en la unidad y la lucha de los contrarios. La dialéctica [319] materialista, según sus palabras, “es el sol central del que emana la luz que nos alumbra no sólo la economía, sino todo el avance de la cultura y que, en última instancia, iluminará toda la ciencia en su conjunto, hasta “sus últimas bases”.85

También se guía Dietzgen por la dialéctica materialista cuando estudia las categorías de esencia y fenómeno, causa y efecto, lo general y lo particular, libertad y necesidad, etc. Siguiendo a Marx y Engels, según subraya V. I. Lenin, “insistía particularmente en los cambios históricos del materialismo, en el carácter dialéctico del materialismo, es decir, en la necesidad de mantener el punto de. vista del desarrollo, de comprender la relatividad de cada conocimiento humano, de comprender la concatenación multilateral y la interdependencia de todos los fenómenos del mundo, de elevar el materialismo histórico-natural hasta la concepción materialista de la historia”.86

El círculo de las inquietudes teóricas de Dietzgen era muy amplio, pero lo que en el plano filosófico le interesaba más eran los problemas de la teoría del conocimiento. El estudio que hace de los mismos está muy lejos del enfoque puramente académico. Le preocupaban las posibilidades de la razón humana para conocer las leyes objetivas del desarrollo de la naturaleza y de la sociedad, ante todo, con el fin de alcanzar la transformación revolucionaria de las relaciones sociales. El análisis científico de la capacidad del pensamiento humano, al igual que la investigación de otros aspectos de la gnoseología, lo ponía abiertamente al servicio del “cuarto estamento”, del proletariado, y de la lucha por su emancipación.

En su estudio de la teoría del conocimiento a la luz del materialismo dialéctico, se aliene a la gnoseología materialista de Feuerbach y la profundiza apoyándose en las ideas de Marx y Engels, a la vez que estudia los avances de las ciencias naturales de su tiempo. Dietzgen plantea el problema de la naturaleza del órgano del pensamiento –el cerebro– y de la estructura interna del proceso mental, y subraya los vínculos inseparables que unen la gnoseología y las ciencias naturales. El pensamiento, escribía tomando como base los datos de la fisiología de aquel entonces, es una función del cerebro, de la misma manera que el andar es función de las piernas. De aquí no se desprende, sin embargo, que el pensamiento haya de ser exclusivamente objeto del estudio de la anatomía. El pensamiento, como proceso cognoscitivo, es objeto del estudio de una ciencia específica, de la teoría del conocimiento, la cual ha de ser tan exacta como las ciencias aplicadas. “La teoría del pensamiento, o sea la teoría del modo, del método mediante el cual la función del cerebro engendra el conocimiento y produce las verdades científicas –dice Dietzgen–, ha de dar en lo general a nuestra capacidad de enjuiciar la misma seguridad en el resultado que, con ayuda de la teoría, ha adquirido hace ya tiempo en las ciencias particulares.”87 Esta ciencia es justamente la teoría del conocimiento del materialismo dialéctico. [320]

Paso a paso, con gran fuerza de persuasión, Dietzgen demuestra que el proceso del pensar se halla indisolublemente unido al mundo ambiente, a la experiencia, a la práctica. “... El aparato mental –escribía en sus Cartas sobre lógica– es una cosa, y como todas las cosas simples, es parte o accidente del todo universal; refiérese, ante todo, a la categoría más general del ser y representa un aparato que, mediante la división y clasificación por categorías, reproduce el cuadro detallado de la experiencia humana.”88 El pensamiento no es, por tanto, fruto exclusivo de la actividad neuropsíquica del hombre; no existe ni puede existir la “conciencia pura”, engendrada en la cabeza sin la ayuda de un material dotado de existencia objetiva; viene condicionada por las necesidades prácticas, es adquirida en el proceso de la experiencia y, como tal, es un reflejo de la existencia social.

Dietzgen examina también el proceso del conocimiento dialécticamente, como movimiento de lo inferior a lo superior. Esto le lleva a prestar gran atención a los grados del proceso cognoscitivo y al papel en este proceso de la experiencia, de la práctica. La experiencia, la práctica, señalaba, son el punto de partida del conocimiento. El hombre, escribía Dietzgen, aprendió primeramente a andar, y sólo más tarde resolvió el problema histórico de la esencia y las causas del andar; de la misma manera, los conceptos son también creados de un modo “instintivo” y “espontáneo” en el curso de la práctica antes de que su análisis consciente sea iniciado.

El hombre, al decir de Dietzgen, percibe el mundo objetivo en dos formas: una concreta, mediante los órganos de los sentidos (conocimiento sensible), y otra abstracta, mediante la actividad de análisis y síntesis del cerebro (pensamiento abstracto). Subraya con razón que el cerebro humano es un peculiar “órgano compendiador” que analiza y sintetiza los datos sensoriales, que revela la esencia y la concatenación, sujeta a leyes, de los fenómenos exteriores. “... La capacidad de pensar –dice él– convierte cada parte sensible en un todo abstracto y comprende cada todo sensible o cantidad como parte de la unidad universal abstracta.”89

Las abstracciones científicas, como formas superiores del reflejo de la realidad objetiva, son capaces de proporcionar un conocimiento correcto de las leyes de la naturaleza, de la vida social y del pensamiento mismo. La capacidad del conocimiento humano de penetrar en la esencia de las cosas, de conocer los vínculos sujetos a leyes que las unen y sus relaciones recíprocas, es, según Dietzgen, ilimitada. La veracidad de los conocimientos que el hombre adquiere es comprobada por la experiencia, la cual refuta mejor que nada el apriorismo kantiano. Ahora bien, aunque Dietzgen comprendía la experiencia no empíricamente, sino en un sentido amplio –como múltiple actividad del hombre–, no pudo llegar hasta la interpretación marxista consecuente de la práctica como la actividad de producción material e histórico-social del hombre.

Dietzgen era un adversario irreductible del agnosticismo; en sus obras hay ejemplos de una crítica de principio de los puntos débiles de la filosofía [321] de Kant y de los artificios teóricos del neokantismo, el empiriocriticismo y otras corrientes filosóficas afines. En su crítica de la “incognoscible cosa en sí” kantiana, crítica que él hace desde la izquierda, desde las posiciones del materialismo, Dietzgen pone de relieve que el apriorismo y el agnosticismo privan a la “cosa en sí” de caracteres racionales y la convierten en materia de fe, a semejanza de Dios. También sometió a fundada crítica las prédicas neokantianas acerca de la importancia del espíritu humano, al suponerlo incapaz de penetrar en los secretos del ser. El hombre, como hijo de la buena madre naturaleza, según la gráfica expresión de Dietzgen, es capaz de crear imágenes excelentes de todos los demás hijos de su madre. Desenmascara las argucias teóricas de los neokantianos y muestra que estos últimos, especulando con el nombre de Kant, colocan la filosofía al servicio de la política reaccionaria de la burguesía de su tiempo a fin de conciliar la ciencia con el idealismo y el misticismo religioso, de revivir el oscurantismo del medievo.

La incansable defensa de las bases del materialismo dialéctico que durante toda su labor filosófica hizo Dietzgen no estaba exenta de algunos errores, simplificaciones e imprecisiones. A veces subrayaba unilateralmente la relatividad del conocimiento humano, confundiendo la dialéctica con el relativismo; a veces caía en el otro extremo, afirmando erróneamente que es “consustancial” con el hombre el conocimiento de la verdad absoluta, etc. Estas contadas desviaciones del materialismo, cuya causa residía a menudo en el uso inexacto de la terminología filosófica, fueror manejadas más tarde por los adversarios del materialismo dialéctico –empiriocriticistas, neokantianos y ciertos elementos que querían enredar las cosas en el seno de la socialdemocracia– con el deseo de elevar los errores de Dietzgen a una doctrina específica –el “dietzgenismo”– y de enfrentarla al marxismo. V. I. Lenin salió en defensa del legado filosófico de este eminente materialismo alemán y se opuso enérgicamente a semejantes intentos, poniendo de relieve su hostilidad al materialismo .dialéctico y su completa inconsistencia teórica.90

Dietzgen tiene también en su haber no pocos méritos en cuanto a la propaganda del materialismo histórico y de la doctrina económica dé Marx. “El socialismo contemporáneo es comunista”, escribía. “... Marx proyectó finalmente un rayo de luz sobre el derecho, la política, la teoría histórica, el desarrollo general de la cultura; un rayo de luz que iluminó sus más profundas bases.”91 Dietzgen era un ateo proletario militante, que denunció implacablemente la esencia explotadora de la religión, y de la moral cristiana.

Refiriéndose a la labor teórica y práctica de Dietzgen y a su aportación a la historia de la filosofía marxista, V. I. Lenin escribe: “... En conjunto, J. Dietzgen era materialista. Dietzgen era enemigo del clericalismo y del agnosticismo... Para ser conscientes, los obreros han de leer a J. Dietzgen, pero sin olvidar ni un instante que no siempre hace una exposición fiel de la doctrina de Marx y Engels, quienes son los únicos [322] en los cuales se puede estudiar la filosofía.”92 Los errores de Dietzgen no restan valor a su importancia para la historia del despertar y el desarrollo espiritual del proletariado ni disminuyen sus méritos en la defensa y elaboración de muchos problemas del materialismo dialéctico.

Activos propagandistas del marxismo fueron los fundadores y líderes del Partido Socialdemócrata de Alemania, Wilhelm Liebknecht (1826-1900) y Augusto Bebel (1840-1913). Las concepciones teóricas de uno y otro se formaron bajo la influencia ideológica de Marx y Engels. El profundo estudio de las obras de los fundadores del marxismo, el trato personal y la correspondencia sostenida con ellos, a la vez que su activa participación en la lucha política e ideológica, convirtieron a Liebknecht y Bebel en convencidos partidarios de la filosofía marxista.

Liebknecht mantuvo relación estrecha con los fundadores del marxismo en Londres, a donde había emigrado después de la derrota de la revolución de 1848-1849. A su regreso a Alemania, en 1862, ingresó en la Liga Obrera de Sajonia, fundada por Bebel, y pasó a dirigir su órgano de prensa, el Demoleratisches Wochenblatt. “... Bebel –dice V. I. Lenin– supo encontrar en Liebknecht lo que necesitaba: un vínculo vivo con la gran actuación de Marx en 1848, con el partido fundado entonces, pequeño, pero genuinamente proletario, representante vivo de las concepciones y tradiciones marxistas.”93

W. Liebknecht, uno de los fundadores y dirigentes del Partido Socialdemócrata alemán, veía en la organización política independiente del proletariado, organización basada en las ideas del socialismo científico, la fuerza capaz de llevar a la emancipación del trabajo, sojuzgado por el capital. “... La creación de la asociación obrera menos numerosa –decía él– es un acto cultural más importante que todas las “grandes obras” llevadas a cabo por la Europa militar y monárquica o las que aún realicen en el llamado campo del honor; en la asociación obrera menos numerosa viven y actúan las ideas del presente, se prepara la solución de los grandes problemas que promueve nuestro tiempo... Cada asociación obrera es un brote de la novísima cultura..., es una escuela de la verdadera instrucción, que emancipa al hombre..., es un fragmento del mundo nuevo que se hunde como una cuña en el viejo mundo para contribuir a hacerlo pedazos.”94

El socialismo, subrayaba Liebknecht, es la fuerza incontenible de nuestro tiempo. La política reaccionaria de “sangre y hierro” no podrá hacerlo desaparecer. W. Liebknecht combatió las ilusiones reformistas de los lassalianos y denunció la naturaleza antipopular del Estado burgués, y en particular del Estado prusiano de los junkers.

La Historia de la revolución francesa (1887-1890), Qué son y qué quieren los sociáldemócratas (1894), De la defensa al ataque y otros trabajos de Liebknecht contribuyeron en alto grado a la divulgación del [323] socialismo científico y a la ampliación de su influencia entre las masas proletarias.

Un gran papel en la exposición de las ideas del socialismo científico y del materialismo histórico desempeñaron las obras de Bebel La mujer y el socialismo (1879), Cristianismo y socialismo (1874), Carlos Fourier (1888), Sobre Bernstein (1889), De mi vida (1910) y alguna otra.

Las inquietudes teóricas de Bebel giraban preferentemente en torno a los problemas del materialismo histórico. Refiriéndose a la revolución producida por Marx en la ciencia de la sociedad, Bebel decía: “Lo mismo que Darwin hizo con respecto a la historia de la naturaleza, lo que él estableció con respecto a las leyes que rigen el desarrollo de los seres vivos, lo ha . hecho Marx con respecto a la sociedad humana y sus instituciones.”95 Las leyes del desarrollo social descubiertas por Marx son leyes objetivas, que de ningún modo pueden ser abolidas o reemplazadas. La humanidad no puede saltar arbitrariamente ninguna fase del desarrollo social; lo único que está a su alcance es acelerar su avance apoyándose en el conocimiento de las leyes de la historia. Cualquier intento de rechazar la existencia de estas leyes equivale a falsificar la realidad para complacer a las fuerzas sociales reaccionarias. Bebel recurre al ejemplo de Bernstein para explicar esto con gran fuerza persuasiva. Desenmascara a Bernstein como “apóstol de la armonía”, que trataba de castrar el contenido revolucionario del marxismo, y demuestra que el bernsteinismo equivale al abandono del socialismo científico y es una repetición de los “argumentos” de los enemigos declarados de la clase obrera. Cualquier desviación del marxismo, explicaba, equivale a traicionar la misión histórica universal de emancipación de la clase obrera y de toda la humanidad trabajadora, a la que Bebel consagró su vida de revolucionario proletario. “... En el día en que tesis semejantes a las que propugna Bernstein triunfasen –confesaba–, yo me diría: has trabajado en vano durante treinta y seis años, ahora retírate y vive dedicado a la contemplación.”96

Bebel poseía amplios conocimientos en el campo de la historia, la economía y las ciencias naturales. El abundante material por él reunido encontró una síntesis teórica sistematizada en su obra La mujer y el socialismo. En ella se estudian los problemas del Estado, de la familia, la moral y la formación de la personalidad, viniendo a ser este trabajo úna continuación y ampliación de las ideas básicas expuestas por F. Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.

La situación de la mujer en la actual sociedad burguesa la considera Bebel históricamente, como consecuencia del desarrollo objetivo de las relaciones sociales. Sigue la evolución de la familia desde los tiempos primitivos hasta nuestros días y señala cómo las relaciones familiares –que son parte de la supraestructura que se levanta sobre la base económica– han cambiado y cambian en dependencia de los cambios que experimentan los modos de producción y las relaciones de propiedad. “Toda dependencia y opresión social –escribe Bebel– radica en la dependencia económica [324] en que el oprimido se encuentra respecto del opresor.”97 De ahí que el problema de la emancipación de la mujer sea parte del problema general de la emancipación de los trabajadores del yugo económico, político y espiritual, del derrocamiento del capitalismo y de la construcción de una sociedad nueva, socialista, en la que de una vez para siempre se ponga fin a la explotación del hombre por el hombre. El socialismo, decía Bebel, acabará con toda opresión, dará origen a una familia nueva, a una nueva moral, a nuevos principios de educación del individuo, ante el que se abrirán horizontes ilimitados para la expansión completa de sus facultades en interés de la sociedad entera. “Si las condiciones desfavorables de existencia de los hombres, es decir, los defectos derivados de la situación social, son la causa del insuficiente desarrollo individual, de aquí se desprende que cambiando sus condiciones de existencia, o, lo que es lo mismo, su situación social, el hombre se modifica a sí mismo. De lo que se trata, por tanto, es de crear unas condiciones sociales en las que cada persona adquiera la posibilidad de desarrollar plenamente y sin obstáculos su ser... Pero esto únicamente es posible con el socialismo.”98

Siguiendo a Marx y Engels, Bebel desenmascara la fábula, inventada por los teóricos burgueses y apoyada por los revisionistas, de que el Estado burgués es una institución que se encuentra por encima de las clases. El Estado, escribe él, “se hizo necesario para proteger la propiedad privada, cuando ésta apareció, y para poner orden, mediante los organismos estatales y las leyes, tanto en las relaciones de los propietarios entre sí como en las relaciones entre ellos y quienes carecen de bienes. Cualesquiera que sean las formas que la apropiación de los bienes adopte en el curso •del desarrollo histórico, su naturaleza es tal que los mayores propietarios son los individuos más fuertes dentro del Estado y lo dirigen de conformidad con sus intereses”.99 Para conservar e incrementar la propiedad robada, las clases explotadoras dominantes crean las correspondientes instituciones –el ejército, la policía, los tribunales, etc.–, toman a sueldo a teóricos y predicadores que santifican la arbitrariedad de la clase dominante y fomentan la ignorancia de las masas, pues saben que “los poderes públicos y todos los interesados en el mantenimiento del régimen estatal existente serían incapaces de sostenerlo durante largo tiempo contra una masa que no tiene el menor interés en él si esta masa conociera la naturaleza verdadera del orden existente.”100

Bebel advertía que las clases dominantes no han renunciado jamás de buen grado a su dominio, y se manifestaba decididamente contra las ilusiones de que sería posible transformar la sociedad burguesa mediante reformas y de que el capitalismo se convertiría por su propia marcha espontánea en socialismo. Los medios para que la clase obrera alcance la meta final dependen del tiempo y las circunstancias; lo único necesario, subrayaba él, es aplicar siempre los medios más eficaces y enérgicos que puedan conducir a la expropiación de la burguesía como premisa obligada para la organización socialista de la sociedad. [325]

Los trabajos de Bebel contienen muchas tesis profundas, científicamente argumentadas, acerca del carácter y la estructura de las futuras instituciones sociales: sobre la necesidad de una economía planificada, sobre la dirección de la sociedad, sobre los nuevos principios de la familia, la moral y la educación, sobre la supresión de la oposición entre “el trabajo en masa y el trabajo a mano” y entre la ciudad y el campo, sobre la función educadora del arte y de la literatura, etc.

Una gran importancia teórica, en el plano de las ideas, tuvo la lucha de Bebel contra el maltusianismo. Desenmascaró los delirios maltusianos acerca de que la inevitable superpoblación del globo, si en la futura sociedad desaparecen las guerras, las epidemias, la miseria y el hambre, conducirá a la humanidad a la desaparición, demostrando que la futura sociedad socialista traerá consigo tales progresos técnicos y creará tal abundancia, que será posible satisfacer las necesidades materiales y espirituales, en constante aumento, de los hombres. La desenfrenada propaganda del maltusianismo es síntoma característico de que el capitalismo se acerca a su fin. “El miedo a la superpoblación –escribía Bebel en La mujer y el socialismo– aparece siempre en los períodos en que el estado social existente comienza a entrar en descomposición. El descontento general que entonces surge se trata de atribuirlo, ante todo, al exceso de población y a la escasez de medios para la vida, y no a la manera como éstos se obtienen y distribuyen... En tales circunstancias, el plagio de Malthus, con su carácter superficial de aprendiz y su clerical tono declamatorio, era la fundamentación del mal existente, fundamentación que expresaba los secretos pensamientos y deseos de la clase dominante y la justificaba ante el mundo entero.”101

Son muy grandes los méritos de Bebel en la .propaganda y argumentación del ateísmo científico. Partiendo de las ideas ateas expuestas ya por Marx en su trabajo En torno a la crítica de la filosofía del derecho, de Hegel, señalaba que la religión es la aspiración del pueblo “a la felicidad ilusoria que se desprende de un régimen social necesitado de una ilusión, pero desaparecerá en cuanto las masas conozcan la felicidad verdadera y la posibilidad de alcanzarla. Las clases dominantes, en interés propio, tienden a dificultar el conocimiento, y por eso tratan de conservar la religión como un medio que les ayuda a mantener su dominio...”102 En Cristianismo y socialismo, Bebel denuncia el mito del denominado socialismo cristiano, que una y otra vez renace en nuestros días. “Cristianismo y socialismo –dice gráficamente– se oponen como el fuego y el agua... El socialismo es la doctrina más auténticamente popular y humana, porque desea de veras aplicar a la vida las leyes morales que durante dieciocho siglos utilizó la Iglesia únicamente como rótulo y que le sirvieron sólo para mantener a las masas en la sumisión y la opresión.”103 Bebel fue uno de los primeros marxistas que sometió a una crítica -minuciosa y bien argumentada el Evangelio, la Biblia y la historia oficial de la Iglesia. [326]

La labor teórica de Bebel no se hallaba exenta de ciertos errores, que él no pudo superar por completo. Bebel no estimaba suficientemente la significación del marxismo como concepción del mundo, como teoría única, íntegra y armónica, en la que se combinan orgánicamente las tres partes que la componen: la filosofía, la economía política y el socialismo científico. Suponía erróneamente, por ejemplo, que Carlos Marx no se había marcado la tarea de crear un sistema de concepciones filosóficas sustancialmente nuevo, que la filosofía no era para él sino un medio para fundamentar el socialismo científico y su doctrina económica. Bebel rindió en cierto grado tributo al socialdarvinismo, considerando que la lucha de clases es una de las formas específicas de la lucha por la vida. Los errores teóricos repercutieron en cierta medida sobre su actuación política. En los años 90 y más tarde comienzan a aparecer en sus artículos vacilaciones centristas, como es el apoyo que presta al programa agrario revisionista y a la reivindicación de sindicatos neutrales, la actitud conciliadora hacia los mencheviques rusos, etc.

A pesar de algunos errores sueltos, W. Liebknecht y A. Bebel fueron discípulos fieles de Marx y Engels. En los años más difíciles para la socialdemocracia alemana, en la lucha contra los lassalianos, bernsteinianos y otros enemigos del marxismo, y bajo el peso de la “ley de excepción contra los socialistas” y de las represiones policíacas, Liebknecht y Bebel se acreditaron como dignos dirigentes del partido e infatigables campeones y propagandistas de las ideas revolucionarias del marxismo, que supieron orientar a la socialdemocracia por el camino de la lucha irreconciliable por la emancipación de la clase obrera.

Franz Mehring (1846-1919). A fines de los años 80, en la prensa socialdemócrata comenzaron a aparecer artículos de Franz Mehring. Un profundo conocimiento de la filosofía, la gran erudición, la precisión y plasticidad del lenguaje y la pasión polémica en la lucha contra los adversarios ideológicos del marxismo, que se revelaban claramente en estos trabajos de Mehring, no tardaron en llamar la atención general.

Mehring llegó al marxismo después de recorrer un camino complejo y difícil. Comenzó su labor en el campo de las letras y de la filosofía en 1869, como colaborador y director del periódico Zukunft, que editaba un grupo de demócratas burgueses de izquierda, y, según confesión propia, “durante demasiado tiempo hubo de nutrirse de la leche pura del amor prusiano a la patria”.104 Durante ese tiempo en filosofía sustentaba concepciones idealistas. El viraje del idealismo al materialismo se produjo en él en los años 70, bajo la influencia de la filosofía de L. Feuerbach.

El conocimiento del marxismo en los años 80 y un profundo estudio de las obras de Marx y Engels le permitieron a Mehring comprender los puntos débiles del materialismo contemplativo feuerbachiano, pasar a las posiciones del materialismo dialéctico, superar las ilusiones pequeñoburguesas, que antes compartía, acerca de la transformación de las relaciones sociales mediante reformas, y entrar en la vía de la lucha política activa al lado de la clase obrera. En los años 80, siendo a la sazón director de Volkszeitung, emprendió en las páginas de este periódico una amplia [327] ofensiva contra la “ley de excepción” de que eran víctimas los socialistas, y tomó bajo su defensa al perseguido partido socialdemócrata. En 1889 Volkszeitung fue clausurado temporalmente por el gobierno y de ahí a poco Mehring era apartado del trabajo en el periódico. En 1891 pasó a la dirección de Die Neue Zeit –órgano teórico de la socialdemocracia– y vinculó para siempre su actividad teórica y política a la lucha de emancipación del proletariado alemán y al movimiento revolucionario internacional, en la historia del cual ha entrado como, uno de los “líderes mundialmente conocidos y famosos”,105 como un destacado teórico del marxismo.

La labor teórica de Mehring es amplia y multifacética. De su pluma salieron una serie de investigaciones fundamentales y numerosos artículos sobre filosofía, historia, literatura y cuestiones militares. Su Leyenda de Lessing (1893) y el artículo Sobre el materialismo histórico, que aparecieron simultáneamente, lo colocaron entre los defensores más brillantes y de mayor talento del materialismo militante y propagandista del marxismo. Entre sus obras más importantes figuran también Historia de la socialdemocracia alemana (1897), Historia de Alemania desde fines de la Edad Media (1910), Carlos Marx. Historia de su vida (1919) y otros.106

Mehring concebía el marxismo como una teoría revolucionaria creadora, como un guía para la lucha práctica del proletariado. “La incomparable grandeza de Marx –escribía– se debe sin duda en buena parte a que en él van unidos indisolublemente el hombre del pensamiento y el hombre de acción, completándose y apoyándose mutuamente el uno al otro.”107

Según la definición de Mehring, el marxismo, en el amplio sentido de la palabra, es la concepción del mundo y el método científico del proletariado, la doctrina del pensamiento y la actividad práctica del hombre, que vienen explicados por las condiciones materiales de vida. Sólo la concepción materialista de la naturaleza y la sociedad elaborada por Marx y Engels, subrayaba él, puede ser la teoría revolucionaria del proletariado; esta concepción la opone al revisionismo, el cual afirmaba que los miembros del partido socialdemócrata podían profesar cualquier doctrina filosófica.

A pesar de algunos errores de detalle, Mehring figura ya desde los años 80 y 90 en el campo del materialismo dialéctico como luchador fiel a los principios, que defendía la pureza de la teoría marxista contra la falsificación burguesa del marxismo y sus adulteraciones revisionistas. En su crítica de los ideólogos burgueses (L. Brentano, W. Sombart, P. Barth, P. Struve y otros), que trataban de presentar el marxismo como una combinación ecléctica de distintos sistemas filosóficos y doctrinas políticas, Mehring demuestra argumentadamente que el marxismo –heredero legítimo [328] de las mejores tradiciones del pensamiento filosófico y político-social de tiempos anteriores— es una filosofía cualitativamente nueva.

Mehring defiende también la concepción marxista del mundo y sus bases materialistas en numerosos artículos sobre historia de la filosofía, dedicados al materialismo inglés y francés, Spinoza, Kant, Hegel, Feuerbach y otros pensadores. Para la definición de las tendencias filosóficas partía del criterio clásico, tal como lo había formulado Engels. Refutando a E. Bernstein –quien afirmaba que ser materialista significa, ante todo, reconocer la necesidad de todo lo que sucede–, F. Mehring escribía que el principal punto de discusión entre el idealismo y el materialismo no es el determinismo, sino el problema de la primacía del espíritu o la materia.108 Cierto que el análisis que Mehring hace del materialismo premarxista es un tanto unilateral: muestra los lados positivos de la anterior filosofía materialista, pero es incapaz de revelar su limitación. Al propio tiempo, subraya que “Marx no tomó sin crítica ni el método dialéctico de Hegel ni el materialismo aislado y abstracto de Feuerbach: el primero lo echó por tierra, al demostrar que no son los pensamientos los que se encarnan en las cosas, sino que las cosas se reflejan en los pensamientos; el segundo lo amplió hasta el materialismo histórico, demostrando cómo actúa en él el ininterrumpido flujo del proceso dialéctico.”109

Mehring tenía en gran estima la dialéctica materialista como base teórica de la lucha revolucionaria, comprendía la significación histórica ,de la dialéctica y en muchas de sus obras ofrece modelos de análisis dialéctico de los fenómenos sociales. Uno de los defectos cardinales del revisionismo lo veía en el desconocimiento y la no aceptación de la dialéctica. La piedra de toque para Bernstein, decía Mehring, ha sido su negativa a comprender el proceso dialéctico, su aspiración a suprimir la dialéctica de la historia. El teórico que niega el método dialéctico no tiene derecho a llamarse marxista. Con gran abundancia de datos históricos, Mehring demuestra que la dialéctica materialista es un arma de lucha, y no sólo un método, un instrumento de la investigación científica. “... Quien conoce las leyes del pensamiento dialéctico penetra de manera completamente distinta en la dialéctica de la realidad que quien se rompe la cabeza ante hechos difícilmente comprensibles hasta que acaba por ver con más o menos claridad su verdadera relación recíproca.”110

Mehring mantuvo desde las posiciones del materialismo dialéctico una lucha apasionada e irreductible contra la ideología burguesa: contra el materialismo vulgar de Büchner, Vogt y Moleschott, el irracionalismo de Schopenhauer, E. Hartmann y Nietzsche, contra el neokantismo y la revisión neokantiana del marxismo.

Continuando la crítica marxista del materialismo vulgar, Mehring presenta [329] con trazos vigorosos su impotencia e inconsecuencia científicas, su incapacidad completa para resolver los problemas radicales planteados por la ciencia y la práctica social. Los defensores del materialismo vulgar, según la atinada expresión de Mehring, “corrían al trote en el tren regimental de las ciencias naturales, que en los años 50 se desarrollan enérgicamente...”111

“No sabían –prosigue Mehring– ni siquiera delimitar correctamente los conceptos filosóficos y salvaban esta dificultad enviando al diablo a cualquier filosofía que no puede ser comprendida inmediatamente por cualquier hombre culto, es decir, por cualquier burgués. Pero justamente porque no comprendían en absoluto el idealismo, no supieron tampoco acertar en el punto más vulnerable de la religión. Tropezaron en el pensar de la misma manera que el idealismo tropezó en el ser. Vogt pudo lanzar su vigorosa frase sobre la relación entre el pensamiento y el cerebro y encuentra satisfacción en este presuntuoso absurdo, pero Büchner, que miraba más seriamente las cosas y había probado algo del chispeante vino de su hermano mayor George, fue arrojado, por sus estrechas ideas sobre la materia y la fuerza, hacia atrás, a los brazos de los primeros padres de la Iglesia.”112

Mehring se burla mordazmente de la indigencia e impotencia de la ideología del burgués reaccionario prusiano, encarnada en la filosofía de A. Schopenhauer y E. Hartmann, con su hostilidad hacia el materialismo, la dialéctica y la ciencia contemporánea.113 Entre los filósofos marxistas fue el primero en comprender acertada y profundamente la naturaleza reaccionaria de la doctrina de Nietzsche, en la que veía el reflejo ideológico de los intereses de la burguesía imperialista, entonces en formación y señaló el peligro que encerraba la prédica nietzscheana de la “moral de los señores” y del “superhombre” capitalista, supuestamente situado “más allá del bien y del mal”.114

Mehring invirtió muchas energías en la lucha contra el neokantismo y la revisión neokantiana del marxismo. Advertía claramente que en esta doctrina tenía el socialismo científico no un aliado, como afirmaban reiteradamente los revisionistas y centristas, sino un enemigo rabioso en el plano filosófico y político, que utilizaba ampliamente a Kant, y especialmente su ética, en sus incesantes ataques contra el socialismo científico. Siguiendo a Engels, Mehring se manifestó contra la consigna de la “vuelta a Kant”, lanzada por los neokantianos burgueses (Liebmann, Cohen, etc.) y recogida luego por los revisionistas (K. Vorländer y otros), que se fingían hipócritamente partidarios del marxismo. “Tal como lo entienden Cohen y Vorländer –escribía Mehring–, la “vuelta a Kant” equivale (claro que en forma puramente ilusoria) a estrangular todo el socialismo –estrangulación imaginaria solamente, por fortuna–, un salto mortal hacia [330] atrás, hacia las fatales ilusiones del siglo XVIII, que el siglo XIX desarraigó hasta el fin en una de sus empresas más gloriosas.”115

Mehring arrancó el velo seudocientífico que encubría la predica neokantiana del “socialismo ético”, puso al desnudo la naturaleza burguesa de cuantos propugnaban la revisión neokantiana del marxismo, quienes declaraban compatible la ética kantiana y el marxismo y trataban de “renovar” el socialismo con ayuda del “imperativo categórico” kantiano. Replicando a los neokantianos, que querían colocar en el vértice del movimiento obrero contemporáneo la “sublime” ética de Kant, escribía: “Esta sublimidad, sin embargo, es de tal género que de ella a lo ridículo sólo hay un paso. En ningún otro sitio es Kant tan filisteo como en su ética, y un filisteo por cuyas venas corre toda la mala sangre de la teología. Su doctrina del deber, con el imperativo categórico, no es otra cosa sino los diez mandamientos de Moisés, y la doctrina del mal absoluto en la naturaleza humana no es sino el dogma del pecado original.”116 La prédica neokantiana del “socialismo ético”, dice Mehring, es un recurso muy importante para robustecer la dominación de clase de la burguesía y un antídoto contra el marxismo y el movimiento obrero en auge, un estéril intento de “cubrir el cuerpo de un gigante con los podridos andrajos de un traje de niño”.117

F. Mehring fue un brillante defensor y propagandista del materialismo histórico de Marx. Lo aplicó y elaboró en sus monografías sobre historia de Alemania y de la socialdemocracia alemana e historia del arte militar, así como en sus artículos sobre el método de la investigación histórica, entre los cuales hay que destacar, ante todo, su artículo Sobre el materialismo histórico, publicado en 1893.

La atención preferente que Mehring presta a los problemas del materialismo histórico en los años 90 encuentra explicación en las condiciones de la lucha ideológica de aquel entonces, pues el revisionismo centraba principalmente sus tiros contra la interpretación materialista de la historia y las conclusiones revolucionarias de ella derivadas, y también en la necesidad de ampliar la teoría del materialismo histórico, singularmente en la interpretación de las distintas ideologías y de su influencia sobre la vida económica de la sociedad, cosa que Engels había hecho ver a los marxistas en sus cartas de los años 90.

El primer trabajo importante en el que F. Mehring, según él mismo había de confesar más tarde, “quería declararse” discípulo de Marx y Engels, produjo excelente impresión en los fundadores del comunismo científico. La leyenda de Lessing proporcionó gran satisfacción a Engels, según señala éste en su carta a A. Bebel del 16 de marzo de 1892. “Es un trabajo en verdad excelente –escribía–. Yo lo habría razonado y matizado de manera algo distinta, pero en general ha acertado en la diana. Agrada el ver que la interpretación materialista de la historia, después de que durante veinte años, en los trabajos de los jóvenes miembros del partido, ha sido de ordinario sólo una frase sonora, comienza por fin a [331] ser empleada debidamente como hilo que nos guía en el estudio de la historia.”118 También V. I. Lenin incluye La leyenda de Lessing entre los mejores trabajos sobre el materialismo histórico.119

En su defensa de la interpretación materialista de la historia, Mehring consideraba el materialismo histórico como un descubrimiento científico formidable, como una revolución en las concepciones de la sociedad. Con este descubrimiento, escribía, Marx y Engels se ganaron “la categoría de pensadores que han hecho época en la historia de las ideas”.120

El materialismo histórico, tal como Mehring lo define, es la única teoría científica de la sociedad que “descarga un golpe de muerte sobre todo género de construcciones históricas arbitrarias”, “elimina todo género de fórmulas desnudas a las que se quiere ajustar la mutable vida de la humanidad entera”.121 En su exposición del materialismo histórico parte Mehring de la fórmula clásica enunciada por Marx en el prefacio a la Contribución a la crítica de la economía política y en las últimas palabras del tomo segundo de El Capital, donde, además de enunciar las tesis iniciales de la concepción materialista de la historia, deslinda decididamente los campos con los “teóricos” que identificaban la dialéctica materialista con el método dialéctico de Hegel y confundían el materialismo histórico con la “filosofía de la historia” hegeliana.

El materialismo histórico, escribía Mehring, no es una recopilación de tesis provistas de axiomas y teoremas, sino una doctrina viva y creadora que se desarrolla y enriquece en el proceso de la práctica social y sobre la base de la lucha de clases. “El materialismo histórico no es un sistema cerrado coronado por la verdad absoluta. Es un método científico valedero para la investigación del proceso de desarrollo de la humanidad.”122

El materialismo histórico descansa sobre una sólida e inconmovible base científica y no tolera ningún patrón ni dogmatismo. “En los casos en que se abusó de la concepción materialista de la historia recurriendo a patrones determinados –y tales casos se han dado–, esto condujo a la deformación de la verdad, lo mismo que cualquier otro patrón aplicado a la filosofía de la historia...”123 El carácter científico del método marxista y los frutos de la investigación marxista son sometidos a comprobación sólo en el curso de la propia práctica social. “Únicamente es posible criticar el método de la investigación histórica –decía Mehring– poniendo en duda sus resultados, por ejemplo, refutando la teoría de la lucha de clases. Los historiadores y filósofos burgueses, naturalmente, se guardan muy bien de hacerlo, y, al contrario, califican el método marxista de obra de Satán justamente porque gracias a él se ha conseguido ver en la lucha de clases la poderosa palanca del desarrollo histórico.”124

F. Mehring mantuvo una lucha irreductible tanto contra los falsificadores [352] burgueses del marxismo como contra los revisionistas, que atacaban la concepción materialista de la historia escudándose en la “libertad de crítica”. Con una visión marxista de la dialéctica de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción, no descendió nunca hasta la “teoría de las fuerzas productivas” –en boga entonces entre los “teóricos” de la socialdemocracia occidental–, que predecía el hundimiento automático del modo capitalista de producción. El materialismo histórico –insistía una vez y otra Mehring– no afirma en modo alguno que la humanidad sea un juguete sin voluntad del mecanismo de las fuerzas productivas. Al contrario, reconoce el papel activo de las ideas sociales, sin que por eso deje de ser materialismo, pues estas ideas, hallándose como están condicionadas por la existencia social material, son a su vez un factor que actúa sobre la base económica que las engendra; su fuerza es tanto mayor cuanto mejor y más fielmente reflejan la existencia social y las aspiraciones de clase de los hombres. “No hay nada más infundado –escribe– que la afirmación de que Marx y Engels profesaban con su concepción materialista de la historia un fatalismo obtuso y apartaban del desenvolvimiento histórico de la humanidad todas las fuerzas motrices de carácter ideológico. De su método dialéctico se deduce por sí mismo que si la sociedad tiene una influencia determinante sobre el Estado, la acción de éste repercute inversamente sobre la sociedad; que si los hechos económicos deciden en última instancia, sobre ellos pueden influir también las representaciones ideológicas; que si la ideología no es capaz de producir una acción independiente, de ello no se desprende en modo alguno que no produce acción alguna.”125

Guardan con esto relación las manifestaciones de F. Mehring contra los partidarios del “materialismo económico”, en especial de E. Bernstein, quien negaba el papel activo de las ideas, las teorías y las instituciones políticas en el desarrollo social, y trataba, suplantando la dialéctica marxista con razonamientos sofísticos y eclécticos, de reducir el materialismo histórico a un vulgar determinismo económico. Refiriéndose a la interacción dialéctica entre el ser social y la conciencia social, Mehring señala que el materialismo histórico, al fundamentar el carácter primario del ser social, explica qué es lo que pone en movimiento los impulsos ideológicos de los hombres. El individuo sólo puede pensar y obrar conscientemente como ser social, pues sus fuerzas espirituales son estimuladas y orientadas por la sociedad de que él es miembro. Pero cada formación social tiene su base en el modo de producción de los bienes materiales. Por consiguiente –concluye Mehring–, este modo de producción condiciona en última instancia el proceso vital espiritual con todas sus variadas ramificaciones.”126 Tras de subrayar el papel determinante del modo de producción en la vida de la sociedad, señala la acción contraria de los factores políticos e ideológicos sobre la economía, la interacción dialéctica entre la economía y las distintas formas de la conciencia.

Mehring presenta en sus trabajos ejemplos excelentes de fecunda aplicación de las tesis del materialismo histórico al análisis de diversos fenómenos de la vida social y espiritual: de la literatura, el arte, la ética, etc. [333]

En su crítica de las concepciones idealistas sobre la creación artística y la crítica literaria, Mehring resallaba los profundos vínculos internos que hay entre el desarrollo de la literatura y la situación económico-social, la lucha de clases y la correlación de las fuerzas de clase. “Si exponemos la historia de la literatura de una u otra época sin conocer la historia económica y política de esa época –escribía–, nuestra exposición quedará reducida, en el mejor de los casos, a unas pobres consideraciones estético-filológicas.”127

Entre la producción teórica de Mehring correspondiente a los años 90 hay algunos trabajos dedicados a la doctrina marxista de la moral. Enfoca la ética a la luz de la concepción materialista de la historia, aplica consecuentemente el punto de vista proletario de clase y demuestra convincentemente que el origen de la moral hay que buscarlo, en última instancia, en las condiciones de la vida material de la sociedad, que “en el desarrollo de las concepciones morales se refleja el desarrollo de la lucha económica de las clases”.128

Refuta Mehring las falsas afirmaciones de los ideólogos de la burguesía sobre la existencia en la sociedad de clases de una moral eterna, común a todos los hombres e independiente de sus diferencias sociales y de clase, de la lucha económica y política, y escribe: “No existe en absoluto una ética común para todos, que se eleve sobre esta lucha como una instancia suprema. Y las concepciones morales manifestadas en esta lucha por los distintos individuos, se sobreentiende, vienen determinadas exclusivamente por su situación política, o más exactamente, por su posición social de clase.”129 En la sociedad explotadora es imposible la existencia de una ética única para los opresores y los oprimidos. Esto no significa, empero, que la clase obrera niegue en redondo toda moral. “Yo afirmaba que sobre la lucha de clases no se cierne ninguna ética común en calidad de instancia suprema –subraya Mehring–, pues cada clase tiene su moral particular. Dicho de otro modo, esto significa: las clases oprimidas no pueden mantener su lucha de clase con arreglo a las prescripciones morales de las clases opresoras. Pero esto no quiere decir en modo alguno que la mantengan sin sujetarse a ningún principio moral. La mantienen de conformidad con los postulados de su moral propia.”130 De esto deducía Mehring la conclusión, muy importante para la teoría y la práctica, de que la base de la ética proletaria es la lucha de clase del proletariado por el socialismo contra las condiciones propias de la sociedad capitalista, “bajo las cuales cientos de miles de personas son oprimidas, languidecen, son asfixiadas y se ven sometidas a la rapacidad y al sufrimiento”.131

La vasta y variada labor teórica de F. Mehring no se halla exenta de ciertos defectos. Al hablar de las concepciones de Marx y Engels, a veces incurría en errores e imprecisiones, empleando para definir la filosofía [334] marxista términos como “materialismo mecánico”, “materialismo científico-natural” y otros semejantes, sin tomar en consideración la diferencia cualitativa que hay entre el materialismo anterior a Marx y el materialismo dialéctico. En ocasiones subestimaba el valor del método dialéctico para la comprensión de la naturaleza y, considerando la evolución filosófica de Marx, exageraba la influencia que sobre él ejercieron Feuerbach y Spinoza. En algunos casos hacía Mehring concesiones a las ideas lassalianas del Estado “libre” “por encima de las clases”, del carácter “reaccionario” de los campesinos, etc. Pero no son estos defectos lo que define su labor teórica y práctica. Ya en los años 80 y 90 era Mehring un marxista creador, un revolucionario proletario consciente, que ponía a prueba sus concepciones teóricas en el fuego de la lucha revolucionaria y siempre tuvo el valor de reconocer sus propios errores. Posteriormente, en el siglo XX, se acercó cada vez más al punto de vista leninista sobre importantes problemas de la teoría y la estrategia del movimiento revolucionario internacional. Con su labor teórica y práctica, puesta al servicio de la gran causa de la emancipación de los trabajadores del yugo del capitalismo, Mehring demostró ser un pensador que, según la expresión de V. I. Lenin, no sólo quería, sino que sabía ser marxista.132

En los años 90 del siglo XIX, cierto papel positivo en la propaganda de la doctrina económica marxista y de la concepción materialista de la historia desempeñó Carlos Kautsky (1854-1938), destacado dirigente del partido socialdemócrata alemán, que entonces se tenía por marxista ortodoxo.

Antes de ingresar en la socialdemocracia, Kautsky no era marxista. Sobre sus concepciones ejercieron gran influencia el positivismo de Spencer, el maltusianismo y el socialdarvinismo. Consideraba, por ejemplo, que la “ley” de la población de Malthus era ley incontrovertible de la naturaleza y de la sociedad. En Influencia del crecimiento de la población sobre el progreso de la sociedad (1880) defendía la tesis, enunciada por F. Lange, de que la ley de la población es una premisa imprescriptible para el examen del problema social, y trató en vano de ganarse en este punto el apoyo de Engels. El darvinismo era para Kautsky la base teórica de donde arranca la sociología. Trataba de demostrar que la “sociabilidad” del hombre radica en sus instintos, que la ética humana deriva del reino animal. En la explicación del desarrollo social sustentaba Kautsky la ecléctica teoría de los factores.

Después de adoptar las posiciones del marxismo, en los años 80 y 90, Kautsky escribió una serie de trabajos en los que sostenía, aunque no sin errores, las tesis del materialismo dialéctico e histórico. Entre ellos figuran: Influencia del crecimiento de la población sobre el progreso de la sociedad (1880), Aparición del matrimonio y de la familia (1882), La doctrina económica de Carlos Marx (1887), Tomás Moro y su utopía (1890), El programa de Erfurt (1891) y El problema agrario (1899).

También por ese tiempo, en los años 90, escribió artículos en los que combatía el revisionismo de Bernstein y sus adeptos, aunque su crítica no era consecuente y no ponía al desnudo hasta el fin ni las bases filosóficas [335] ni las bases políticas del revisionismo. A menudo eludía los más agudos problemas filosóficos y políticos, y ocupaba en muchas cuestiones una posición centrista, conciliadora, ya que sobre él pesaba la carga de los anteriores errores antimarxistas.

Marx y Engels criticaron duramente a Kautsky sus intentos de conciliar con el marxismo algunas teorías reaccionarias burguesas, su eclecticismo y sus prematuras conclusiones ...En él (en Kautsky. –N. de la Red.) –escribía Engels a Bebel el 24 de julio de 1885– no hay ni la más leve idea de lo que el trabajo verdaderamente científico significa. Varias veces se ha quemado ya en serio, con la historia de la población y luego con los artículos sobre el matrimonio primitivo. Entonces, en el tono más amistoso, le solté una buena reprimenda; en este sentido no le guardo consideraciones y critico implacablemente desde este punto de vista todo lo que escribe.”133 Bajo la influencia de Marx y Engels, Kautsky renunció a algunas de sus teorías burguesas, aunque nunca llegó a superarlas por completo.134

La lucha de Marx, Engels y sus compañeros de armas y continuadores –Dietzgen, Liebknecht, Bebel, Mehring y otros– por el triunfo de la concepción marxista científica del mundo en el movimiento obrero alemán e internacional, contra las influencias de la filosofía burguesa y del revisionismo, lucha sostenida también por J. V. Plejánov, Paul Lafargue, Labriola, Blagóev y otros marxistas, fue continuada a fines del siglo XIX y comienzos del XX y elevada a un nivel superior por los marxistas creadores de la nueva época histórica, a la cabeza de los cuales se encontraba Lenin.

Un lugar específico entre los partidarios del materialismo dialéctico ocupa el eminente químico alemán, socialdemócrata y amigo íntimo de Marx y Engels, Karl Schorlemmer (1834-1892).

Schorlemmer nació en Alemania; era hijo de un carpintero. En 1858 se trasladó a Inglaterra, donde en 1871 fue elegido miembro de la Sociedad Real de Londres.

Marx y Engels conocieron a Schorlemmer a comienzos de los años 60, tiempo en el que el descubrimiento de la dialéctica de las transformaciones químicas permitió los extraordinarios avances que entonces conoce la química orgánica. Al intimar con los fundadores del marxismo, Schorlemmer se entregó a un profundo estudio del materialismo dialéctico, que se esforzó por aplicar a las ciencias naturales.

Schorlemmer, escribía Engels, fue “el único naturalista eminente de su tiempo que no desdeñó el estudio de Hegel, entonces despreciado por todos, sino que, al contrario, lo tuvo en gran estima. Y tenía toda la razón. Quien desee alcanzar algo en el campo de las ciencias naturales teóricas, generales, ha de considerar los fenómenos de la naturaleza no como magnitudes invariables, como lo hace la mayoría de los investigadores [336], sino como magnitudes variables, fluidas. Y todavía actualmente, donde mejor se aprende esto es en Hegel”.135

En posesión de la dialéctica materialista de Marx y Engels, Schorlemmer la aplicó a sus investigaciones teóricas y experimentales en la química orgánica. Puso de relieve la dialéctica objetiva de las transformaciones recíprocas de los cuerpos orgánicos y estableció el punto de partida de su complicación (desarrollo); apoyándose en esto, construyó un sistema científico de la química orgánica, que reflejaba el desarrollo dialéctico de la sustancia orgánica de lo inferior a lo superior, de lo simple a lo compuesto, de los hidrocarburos más simples a sus derivados, cada vez más complejos, hasta la albúmina, donde el proceso de desarrollo rebasa ya el campo de la química para entrar en el de la naturaleza viva.

Schorlemmer muestra cómo de los compuestos orgánicos más simples, los hidrocarburos, se deriva una variedad cada vez mayor de cuerpos orgánicos, es decir, tiene lugar su desarrollo. “Los hidrocarburos –escribe– son no sólo las combinaciones más simples del carbono; teóricamente son también las más importantes, puesto que todas ellas se obtienen a partir de los hidrocarburos, mediante la incorporación de otros elementos en el lugar del hidrógeno...

De ahí que la parte de nuestra ciencia que de ordinario se conoce con el nombre de química orgánica la definamos nosotros como química de los hidrocarburos y sus derivados.”136

Los trabajos de Schorlemmer ampliaban y argumentaban la teoría de la estructura química enunciada por A. M. Bútlerov.

En su valoración de Schorlemmer como químico dialéctico, Engels escribe: “Sus descubrimientos en química, que hicieron época en esta ciencia, se remontan a los años sesenta. La química orgánica llegó por fin a un grado tal de desarrollo, que del cúmulo de datos sueltos más o menos perfectos sobre la composición de los cuerpos orgánicos que era, pudo convertirse en una ciencia real. Schorlemmer eligió para sus investigaciones los más simples de estos cuerpos, con la seguridad de que precisamente aquí había que sentar las bases de la nueva ciencia: los cuerpos que en un principio se componen solamente de carbono e hidrógeno...”137 Eran las parafinas, de las que sustituyendo el hidrógeno por otros átomos y grupos de átomos se obtienen las más diversas sustancias orgánicas. Schorlemmer estudió detenidamente las parafinas conocidas y fue el primero en identificar muchas de ellas; predijo teóricamente y preparó por vía experimental aquellos cuerpos que debían existir, pero que no eran aún conocidos. Así llegó a convertirse, según palabras de Engels, en uno de los fundadores de la actual química orgánica científica.

Los trabajos de Schorlemmer ofrecen interés para la historia de la filosofía y de las ciencias naturales, ante todo, como modelo de la primera aplicación del método dialéctico marxista por un químico a la solución [337] de las tareas concretas de la investigación teórica y experimentaren un campo concreto de las ciencias naturales (de la química orgánica). La aplicación de este método presupone el descubrimiento de la “célula” en que comienza el proceso del desarrollo dentro de un objeto dado. Antes de Schorlemmer, la exposición en la química orgánica no se iniciaba en absoluto por los cuerpos más simples, ni se tomaban éstos como base del sistema general de las combinaciones orgánicas; al contrario, a veces se tomaban otros bastante complejos, como los alcoholes y hasta los ácidos orgánicos.

El mérito de Schorlemmer consiste en lo siguiente: primero, valoró acertadamente la significación y el lugar de los hidrocarburos, señalando que son, en efecto, los más simples de entre todos los cuerpos orgánicos; segundo, él mismo estudió experimentalmente esta clase de cuerpos, des * cubrió los miembros que fallaban en la serie de los hidrocarburos simples e hizo ver la posibilidad de su transformación en compuestos orgánicos más complejos; tercero, dio la vuelta a todo el sistema de la química orgánica, que antes descansaba sobre compuestos más complejos, tomados como punto de partida, y la construyó sobre la base de los cuerpos más simples, de los que realmente parle el proceso de desarrollo, sobre la base de las parafinas (y en general de los hidrocarburos), adoptadas como “célula” inicial de toda la química orgánica. En este sentido tuvo excepcional importancia el original tratado de química orgánica salido de su pluma (1871), que en su traducción rusa apareció con un prefacio de A. M. Bútlerov.

Al valorar en un plano filosófico la importancia de la revolución producida por Schorlemmer en un sector determinado de la química, hemos de tener presente, ante todo, que ello fue posible por la aplicación consciente que él hizo del método dialéctico marxista a esta rama de las ciencias naturales. En el fondo, Schorlemmer llevó a cabo en la química orgánica (con el descubrimiento de su “célula”) la misma tarea que, en escala infinitamente mayor, cumplió Marx en El Capital con respecto a la economía política, al descubrir que la mercancía es la “célula” económica de la sociedad burguesa. Es de señalar que Schorlemmer leyó el primer lomo de El Capital cuando de esta obra se tenían sólo las pruebas de imprenta.

Aquí se confirma palmariamente el hecho de que –como más tarde había de indicar V. I. Lenin–el método de exposición de la dialéctica ha de ser el mismo que se observa en El Capital, puesto que la dialéctica de la sociedad burguesa no es en Marx más que un caso particular de la dialéctica. Y la dialéctica en general presupone que su exposición comienza por lo más simple, por lo más común y corriente, dentro de lo cual se encuentran, como en una “célula”, todas las contradicciones (y en consonancia con ello, los gérmenes de todas las contradicciones) del desarrollo ulterior y, por consiguiente, del propio desarrollo del objeto. La exposición ha de señalar después este desarrollo –crecimiento y movimiento– de dichas contradicciones, que se encuentran en el objeto estudiado desde su comienzo hasta su fin.

Así es justamente como procedió Schorlemmer, ateniéndose al principio [338] de Marx y aplicando concretamente la dialéctica marxista al campo de la química orgánica.138

Schorlemmer se muestra también como materialista dialéctico en la historia de las ciencias naturales, donde aplica con éxito igual el método dialéctico marxista. Su posición frente al pasado científico, lo mismo que cuando se trata de la ciencia actual, la determina el principio dialéctico del desarrollo y cambio universal. No se desarrollan sólo los cuerpos y los fenómenos de la naturaleza; también nuestros conceptos, teorías y representaciones sobre ellos se encuentran en estado de cambio continuo. Este enfoque sirve de garantía contra el dogmatismo y el conservadurismo en la ciencia. “No debemos olvidar –escribe Schorlemmer– que nuestra teoría actual no es un dogma, sino que cambia constantemente de conformidad con la ley de la dialéctica.”139

Schorlemmer se vale de los materiales de la historia de la química orgánica para mostrar cómo actúan las leyes fundamentales de la dialéctica en el avance del conocimiento científico. Pone de relieve el carácter contradictorio de ese conocimiento, en virtud del cual el desarrollo de la ciencia sigue el camino de la negación de la negación. Berzelius, por ejemplo, consideraba los cuerpos orgánicos como combinaciones de radicales. Cuando la teoría de los radicales fue desplazada por la teoría de los tipos, pareció que se había llegado a la negación completa de las anteriores concepciones de Berzelius. Más tarde, empero, la teoría de la estructura reflejó en su unidad los aspectos contradictorios del cuerpo orgánico, aspectos que, contrapuestos uno a otro, quedaban reflejados en las teorías anteriores, de los radicales y los tipos. Prodújose en cierto grado un retorno a los lados positivos de las concepciones primeras, según las cuales las fórmulas químicas no son puramente convencionales, sino que reflejan relaciones recíprocas reales de los átomos en la partícula de la combinación orgánica. Schorlemmer escribía a este respecto que la concepción de Berzelius no fue nunca admitida generalmente, quedó luego casi abandonada y sólo más tarde renació bajo un aspecto nuevo y más perfecto. “El ejemplo indicado muestra –concluía– que la química se desarrolla según la ley de la dialéctica.”140

Schorlemmer se vale del ejemplo de la serie homologa de las parafinas, citando además las manifestaciones de Engels en el Anti-Dühring, para ¿lustrar la ley del tránsito de los cambios cuantitativos a cualitativos.141

Para la valoración de cuestiones relativas a la historia de la filosofía y las ciencias naturales y de sus problemas contemporáneos, Schorlemmer partía de las ideas del materialismo dialéctico. Así, al juzgar las diversas [339] doctrinas filosóficas del pasado, lo mismo que el contenido de las distintas ciencias naturales de su tiempo, los enfoca guiándose por la solución que el materialismo dialéctico da al problema de la relación entre materia y movimiento, siguiendo en este sentido por completo a Marx y Engels. Por ejemplo, señala la falta de fundamento del desprecio que los estrechos empiristas de aquel entonces muestran hacia los pensadores antiguos, a los que tachaban de entregarse a vacuas especulaciones en lugar de seguir el camino seguro de las observaciones empíricas. Remitiéndose a las obras de Estrabón, Posidonio (sobre las causas de las mareas) y Heráclito, Schorlemmer encontraba en ellos “pruebas de una comprensión más clara de la vinculación inseparable entre la materia y el movimiento que en muchos físicos actuales”.142

La misma relación de ideas y la misma exposición por Schorlemmer de las tesis fundamentales del materialismo dialéctico, enunciadas por Marx y Engels, podemos encontrar en otros problemas relativos a las ciencias naturales de la segunda mitad del siglo XIX. Así, en lo que se refiere al contenido de las ciencias naturales, compartía en un todo las opiniones que Engels expone en Anti-Dühring y en otras obras suyas, que Schorlemmer conocía. “La química, como ciencia de los átomos –escribía–, es una rama de la física –ciencia de las moléculas–, y esta última descansa, a su vez, sobre la mecánica, que es la ciencia de las masas. Por consiguiente, la física y la mecánica habían de desarrollarse. siquiera embrionariamente, algo antes que la química para hacer posible la aparición de ésta.”143

La solución dialéctica materialista del problema de la relación entre las ciencias naturales y el contenido de éstas como formas distintas del movimiento de la materia permitía a Schorlemmer aplicar también el método dialéctico marxista al análisis de la aparición y el desarrollo de las distintas ciencias en su orden de sucesión histórico. “Una ciencia nueva no nace toda ella de súbito...”,144 subrayaba.

Schorlemmer enfocaba también según el criterio de la filosofía marxista el problema de la relación entre la química y la biología; esto se pone particularmente de relieve en su visión del origen de la Tierra. Tras de someter a dura crítica la concepción idealista de la “fuerza vital” y el agnosticismo y de valorar muy elogiosamente la línea materialista de avance de las ciencias naturales, Schorlemmer escribía: “... La fe en la fuerza vital hace tiempo que ha desaparecido; actualmente sabemos que unas mismas leyes químicas gobiernan tanto la naturaleza viva como la inerte. Cuanto antes conozcamos acertadamente la estructura de la combinación formada en el mundo orgánico, antes nos encontraremos en condiciones de obtenerla artificialmente en el laboratorio.”145 Apoyándose en los avances en la ciencia de su tiempo y en las concepciones de los investigadores progresivos, Schorlemmer enjuiciaba estos avances y estas concepciones con su criterio marxista, materialista dialéctico. Cita, por ejemplo [340], un discurso de Kekulé (1877) y escribe: “La idea aquí expuesta parece ser equivalente a la afirmación de que si los químicos lograsen obtener artificialmente cuerpos albuminoides, estos cuerpos se encontrarían en el estado del protoplasma vivo...”146

Si bien señala que todos los intentos de obtener sustancia viva habían fallado hasta la fecha, Schorlemmer se cuida muy bien de deducir de ahí que la ciencia es impotente y no puede lograrlo; antes al contrario, siguiendo las manifestaciones de Engels, incluye este problema en el programa de los naturalistas y subraya que “el enigma de la vida sólo puede ser aclarado por la síntesis de las albúminas”.147

Así, a la vez que fundamenta con los datos de las ciencias naturales las concepciones de sus grandes amigos, Marx y Engels, Schorlemmer se vale de los informes de su ciencia –la química orgánica– para ampliar los principios generales del materialismo dialéctico.

Las ideas del materialismo se abrían insistentemente camino en las ciencias naturales. Schorlemmer es el único naturalista que en ese tiempo se eleva hasta el materialismo dialéctico. Pero la línea materialista, aunque en otra forma –en forma materialista espontánea–, es defendida por toda una pléyade de eminentes científicos alemanes de la segunda mitad del siglo XIX.




{73} V. I. Lenin, Cuadernos filosóficos. Obras completas, ed. rusa, t. 38, pág. 339.

{74} V. I. Lenin, Bajo pabellón ajeno. Obras completas, ed. rusa, t. 21, pág. 121, nota.

{75} C. Marx y F. Engels, Correspondencia, Obras completas, ed. rusa, t. XXIII, pág. 248.

{76} Acerca de las ideas filosóficas de Dühring y de la crítica de las mismas por F. Engels, véase el capítulo III del presente tomo.

{77} En el tomo V de nuestra HISTORIA DE LA FILOSOFÍA haremos uq análisis crítico detallado de las concepciones revisionistas, de E. Bernstein.

{78} F. Engels, Ludwig Feuerbach, C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, en dos tomos, ed. esp. cit., t. II, pág. 361.

{79} Cartas de J. Dietzgen a C. Marx y F. Engels. "Problemas de filosofía", 1958, núm. 3, págs. 137-138 (en ruso).

{80} V. I. Lenin, En el veinticinco aniversario de la muerte de Joseph Dietzgen. Obras completas, ed. rusa, t 19, pág. 59.

{81} J. Dietzgen, Obras filosóficas escogidas, ed. rusa, Moscú, 1941, pág. 248.

{82} Ibídem, págs. 308-309.

{83} Ibídem, pag. 22.

{84} V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, ed. esp. cit, pag. 268.

{85} J. Dietzgen, Obras filosóficas escogidas, ed. cit., pág. 295.

{86} V. I. Lenin, En el veinticinco aniversario de la muerte de Joseph Dietzgen. Obras completas, ed. rusa, t. 19, pág. 60.

{87} Cartas de J. Dietzgen a C. Marx y F. Engels. “Problemas de filosofia”, 1958, núm. 3, pág. 141 (en ruso).

{88} J. Dietzgen, Conquistas de la filosofía y cartas sobre lógica, ed. rusa, San Petersburgo, 1906, pág. 154.

{89} J. Dietzgen, Obras filosóficas escogidas, ed. rusa, pag. 23.

{90} V. I. Lenin, Materialismo y. Empiriocriticismo, ed. cit., pág. 273.

{91} J. Dietzgen, Obras filosóficas escogidas, ed. rusa, págs. 247, 249.

{92} V. I. Lenin, En el veinticinco aniversario de la muerte de Joseph Dielzgen. Obras completas, ed. rusa, t. 19. pág. 60.

{93} V. I. Lenin, Augusto Bebel. Obras completas, ed. rusa, t. 19, pág. 265.

{94} W. Liebknecht, De la defensa al ataque, ed. rusa, Rostov del Don, 1904, paginas 9-10.

{95} A. Bebel, Sobre Bernstein, ed. rusa, Odesa, 1905, pág. 8.

{96} Ibídem, pág. 56.

{97} A. Bebel, La mujer y el socialismo, ed. rusa. Petrogrado, 1919, pág. 41.

{98} Ibídem, pág. 229.

{99} Ibídem, pág. 265.

{100} Ibídem.

{101} A. Bebel, La mujer y el socialismo, ed. rusa, Petrogrado, 1919, págs. 378-379.

{102} Ibídem, pág. 347.

{103} A. Bebel, Cristiánismo y socialismo, ed. rusa, Petrogrado, 1917, pag. 43, 39.

{104} F. Mehring, La leyenda de Lessing, ed. rusa, Moscú, 1924, pág. 11.

{105} V. I. Lenin, Carta a los obreros de Europa y América. Obras completas, ed. rusa, t. 28, pág. 408.

{106} En el presente tomo se expone la labor teórica de F. Mehring en la segunda mitad del siglo XIX. Sus trabajos relativos a las dos primeras décadas del siglo XX serán examinados en el tomo V de nuestra HISTORIA.

{107} F. Mehring, Carlos Marx. Historia de su vida, ed. cit., pág. 27.

{108} F. Mehring, Algunas observaciones sobre la teoría y la práctica del marxismo, ed. rusa, Ivánovo-Voznesensk, 1924, pág. 12.

{109} F. Mehring, Historia de la socialdemocracia alemana, ed. rusa, t. I, Moscú-Leningrado, 1923, pág. 279. Esto nos prueba el error en que se incurre al considerar, cómo lo hace, por ejemplo, el revisionista húngaro G. Lukacs, que Mehring subestimaba e incluso no comprendía la revolución llevada a cabo en el plano filosófico por. Marx y Engels.

{110} F. Mehring, Algunas observaciones sobre la teoría y la practica ael marxismo, ed. cit, pág. 29.

{111} F. Mehring, Historia de la socialdemocracia alemana, ed. cit., t. II, Petrogrado, 1922, pág. 209.

{112} Ibídem.

{113} Algunos juicios de Mehring sobre la filosofía de A. Schopenhauer, E. Hartmann y F. Nietzsche figuran en el apartado anterior del presente capitulo.

{114} F. Mehring, Artículos de crítica literaria, ed. cit., t. II, págs. 508-509.

{115} F. Mehring, En defensa del marxismo, ed. rusa, Moscú-Leningrado, 1927, pág. 99.

{116} Ibídem, págs. 175-176.

{117} Ibídem, pág. 124.

{118} C. Marx y F. Engels, Correspondencia. Obras completas, ed. rusa, t. XXIX, 1946, pág. 41.

{119} V. I. Lenin, Carlos Marx. Obras completas, ed. rusa, t. 21, pág. 69.

{120} F. Mehring, Algunas observaciones sobre la teoría y la práctica del marxismo, pág. 29.

{121} F. Mehring, En defensa del marxismo, ed. cit., pág. 33.

{122} Ibídem, pág. 37.

{123} Ibídem, pág. 77.

{124} Ibídem, págs. 79-80.

{125} F. Mehring, Historia de la socialdemocracia alemana, ed. cit., t. I, pág. 281.

{126} F. Mehring, En defensa del marxismo, ed. cit., pág. 38.

{127} F. Mehring, Artículos de critica literaria, ed. cit., t. I, pág. 282.

{128} F. Mehring, ¿Existe una ética única? En la recopilación El marxismo y la ética, ed. rusa, Kiev, 1923, pág. 11.

{129} Ibídem, pág. 4.

{130} F. Mehring, La ética y la lucha de clases. En la recopilación El marxismo y la ética, pág. 12.

{131} F. Mehring, En defensa del marxismo, ed. cit., pág. 230.

{132} V. I. Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, ed. cit., pág. 397.

{133} C. Marx y F. Engels, Correspondencia, Obras completas, ed. rusa, t. XXVII, 1935, pág. 482.

{134} La exposición crítica de las concepciones filosóficas y sociológicas de C. Kautsky, que en el siglo XX evolucionó del marxismo al centrismo y al oportunismo, será hecha en los tomos siguientes de la presente HISTORIA DE LA FILOSOFÍA.

{135} F. Engels, Karl Schorlemmer. C. Marx y F. Engels, Obras completas, ed. rusa, t. XVI, parte II, 1936, pág. 311.

{136} K. Schorlemmer, Aparición y desarrollo de la química orgánica, ed. rusa, Moscú, 1937, pág. 122.

{137} F. Engels, Karl Schorlemmer. C. Marx y r. Engels, Obras completas, ed. cit, t. XVI, parte II, pág. 310.

{138} Es interesante señalar que Schorlemmer supo expresar incluso cuantitativamente el progreso de su ciencia, apoyándose en el rumbo que seguía el estudio de su “célula”. “La química orgánica avanza a pasos agigantados –escribe en 1889–; hace cincuenta años se conocían sólo doce hidrocarburos, y hace doce su número se elevaba ya a 200. Actualmente conocemos más de 400, y muchos de ellos, lo mismo que sus numerosos derivados, han sido estudiados detalladamente.” (K. Schorlemmer, Aparición y desarrollo de la química orgánica, pág. 284.)

{139} K. Schorlemmer, Aparición y desarrollo de la química orgánica, ed. cit., pág. 164.

{140} Ibídem, pág. 87, nota.

{141} Ibídem, pág. 170.

{142} K. Schorlemmer, Aparición y desarrollo de la química orgánica, ed. cit., pág. 142.

{143} Ibídem.

{144} Ibídem.

{145} Ibídem, pág. 64.

{146} K. Schorlemmer, Aparición y desarrollo de la química orgánica, ed. cit., pág. 284.

{147} Ibídem.