Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS
Tomo 1 ❦ Capítulo V: 2
2. La filosofía materialista y las ciencias naturales se desarrollan durante el siglo XVII en Italia en un proceso de lucha contra la teología. Galileo Galilei.
El gran sabio italiano Galileo Galilei (1561-1642), cuya obra científica florece en los primeros decenios del siglo XVII, contribuyó inmensamente en el siglo XVII al desarrollo del saber científico y de la concepción materialista del mundo.
Galileo Galilei nació en Pisa, en cuya Universidad estudió; más tarde cursó matemáticas en Florencia; desde 1589, fue profesor de matemáticas, primero en su ciudad natal, luego en Padua y, posteriormente, a partir de 1610, en Florencia, En 1611, fue nombrado miembro de la Academia de Roma. Galileo era hombre de formación enciclopédica: matemático, físico, astrónomo, filósofo, además de gran conocedor del arte y brillante escritor. Sus trabajos sobre mecánica tuvieron gran importancia para la ciencia y la filosofía. La fundamentación de la mecánica, llevada a cabo por Galileo, ejerció una considerable influencia sobre toda la ciencia de su época, así como sobre la trayectoria posterior de las ciencias naturales y de la filosofía.
Las tesis científicas esenciales de Galileo en el campo de la mecánica quedaron expuestas en su libro, fruto del trabajo de toda su vida, Discurso y demostraciones en torno a dos nuevas ciencias, que tratan de la mecánica y del movimiento local (1638), y también en su Diálogo del movimiento, dirigido contra las ideas aristotélicas sobre el movimiento.
Las exigencias de la vida práctica y de la técnica en desarrollo condujeron a la profunda necesidad de abordar y resolver los problemas de la mecánica. Sin embargo, en el camino de la solución de esta tarea histórica se alzaba como un obstáculo la doctrina especulativa de Aristóteles sobre el movimiento, que los escolásticos habían tergiversado y convertido en dogma.
Galileo impugnó la errónea concepción del movimiento que dominaba en la escolástica medieval. Basándose en sus propios experimentos, llevados a cabo con gran rigor e ingenio, estableció la tesis fundamental, y, a su vez, punto de partida, de la mecánica experimental: el movimiento de los cuerpos bajo la acción de fuerzas constantes no discurre a una velocidad constante, como suponían los exégetas medievales de Aristóteles, sino a una velocidad uniformemente acelerada; es decir, a iguales intervalos de tiempo, la velocidad del móvil no aumenta en la misma magnitud. También demostró que el movimiento que se imprime a un cuerpo no puede cesar o desaparecer por sí solo, sino que continúa como movimiento rectilíneo uniforme mientras no haya una fuerza exterior u obstáculo que actúe sobre el móvil o se oponga a él. Esta importantísima tesis entró a formar parte de la mecánica, donde se mantiene firmemente hasta hoy día con el nombre de ley de inercia. [311]
Galileo descubrió las leyes matemáticas exactas de la caída de los cuerpos, que representan uno de los ejemplos de movimiento uniformemente acelerado más extendidos en la naturaleza; demostró también que en el vacío, es decir, en un medio espacial sin aire, todos los cuerpos, cualquiera que sea su peso, caen a tierra con la misma velocidad. Estudiando los casos de movimientos de cuerpos sometidos a la acción simultánea de varias fuerzas, Galileo sentó la conclusión, excepcionalmente importante, de que los resultados de la acción de dichas fuerzas son independientes entre sí.
Galileo estableció asimismo que si un cuerpo se mueve uniformemente, esto no se refleja en el carácter de los procesos mecánicos que se operan en el cuerpo dado. Así, por ejemplo, el movimiento uniforme de un cuerpo con respecto a la Tierra no se refleja en el movimiento de un cuerpo con relación al propio barco. Esta tesis se conoce en la ciencia con el nombre de principio de relatividad de Galileo, y tuvo una gran importancia para el desarrollo de los fundamentos teóricos de la física y, en particular, para el progreso de las ideas del espacio y del tiempo, características de las ciencias naturales durante los siglos XVII-XIX.
La obra científica de Galileo se distingue por su relación efectiva e íntima con las exigencias de la vida. Entre sus trabajos hallamos tratados de construcción de fortalezas; a él se debe también la creación de una máquina especial de riego. Galileo escribió obras sobre hidráulica, en las que abordaba los problemas prácticos de la construcción de canales en Toscana; abordó y resolvió problemas relacionados con la resistencia de materiales y elaboró métodos para determinar la longitud y la latitud, que constituían una necesidad vital para la navegación marítima, etc.
Galileo publicó sus trabajos en el lenguaje vivo, coloquial, de su pueblo, rompiendo así con la tradición secular de las encastilladas corporaciones científicas de escribir los trabajos científicos exclusivamente en latín.
Las observaciones astronómicas de Galileo asombraron, de modo particular, a sus contemporáneos. En 1609 construyó por su propia cuenta el anteojo. Por primera vez se revelaron a la mirada humana, en forma sencilla y natural, muchos secretos del cielo. Galileo descubrió varios satélites de Júpiter, las fases de Venus, la existencia de manchas solares oscuras y de montañas y valles en la Luna; descubrió igualmente que la Vía Láctea estaba formada por cúmulos de estrellas singulares, etc.
La construcción del telescopio y los descubrimientos colindantes provocaron una verdadera revolución en la astronomía. Gracias al telescopio, la teoría heliocéntrica de Copérnico fue objeto de nuevas confirmaciones, excepcionalmente importantes. Galileo era un convencido seguidor de Copérnico. Públicamente declaró que los descubrimientos copernicanos testimoniaban irrefutablemente que la Tierra no permanece inmóvil ni se halla en el “centro del mundo”, sino que gira, junto con otros planetas, alrededor del Sol. No dejó piedra sobre piedra de la doctrina escolástico-eclesiástica de la diferencia esencial entre las esferas terrestre y celeste, de la perfección de la forma esférica de los cuerpos celestes y de la pureza impecable y absoluta del Sol.
Pero lo que constituyó, tal vez, el descalabro más duro para la Iglesia fue el hecho de que los resultados de las observaciones astronómicas de Galileo y sus conclusiones en favor del heliocentrismo se convirtieran en objeto de discusión no sólo entre las personas cultivadas, sino también entre los amplios medios del pueblo. Los descubrimientos copernicanos eran glorificados en multitud de versos y a Galileo se le llamaba el “Colón del cielo”.
No pudiendo refutar científicamente las ideas de Copérnico y de Galileo, los clérigos persiguieron por todos los medios a este último, afirmando la incompatibilidad de la doctrina copernicana, defendida por Galileo, con la “Sagrada Escritura” y calificando sus obras de “más terribles y funestas” que los escritos de Lutero y Calvino. Atendiendo a una denuncia de los jesuitas, que habían tergiversado y falsificado deliberadamente una carta de Galileo, los inquisidores instruyeron un proceso judicial en su contra. Con este motivo, la llamada “Congregación del Santo Oficio” expidió un decreto especial que prohibía la doctrina de Copérnico.
Pero Galileo no renunció a la lucha en favor de la ciencia. Cambiando simplemente la forma de lucha, publicó su obra polémica, El ensayador de oro (1623), en la que, sin referirse directamente a la teoría copernicana que había sido declarada herética, demostró la falsedad de la doctrina geocéntrica de Ptolomeo. En 1632 vio la luz la obra fundamental de Galileo sobre astronomía, los Diálogos de los dos máximos sistemas del mundo, el ptolemaico y el copernicano, escrita en forma de una disputa, en la que tres interlocutores discuten sobre los méritos y errores de ambos sistemas, como si uno y otro tuvieran el mismo carácter hipotético. Pero esta disputa era sólo un ropaje exterior. El meollo del Diálogo consistía en uña brillante y multifacética defensa y fundamentación de la doctrina copernicana y, a la vez, en una refutación de las tesis de Ptolomeo y de la escolástica. Esta obra constituyó un verdadero programa de la nueva ciencia y de la moderna concepción materialista del mundo.
Los trabajos de Galileo revisten gran importancia filosófica. Su filosofía es el materialismo mecanicista, que desempeñó un papel histórico considerable en la lucha contra la concepción teológico-escolástica del mundo.
Galileo admite la existencia objetiva del mundo material, infinito y eterno, sin comienzo ni fin. En la naturaleza nada se destruye ni se crea totalmente de la nada; sólo existe el cambio en la disposición mutua de las partes. Galileo acepta, y a la vez transforma, el atomismo de los filósofos antiguos. La materia se compone de átomos absolutamente inmutables. Así, por ejemplo, el fuego es un compuesto especial de gran número de átomos que poseen determinada magnitud y forma y se mueven a cierta velocidad. Todas las propiedades de la materia se reducen a poseer elementos mensurables, puramente cuantitativos. Su movimiento es un movimiento mecánico universal y único.
La materia no es un “ser en potencia”, sino el ser real mismo, susceptible de un análisis cuantitativo. Galileo expresó con toda claridad su concepción mecanicista de la naturaleza con las siguientes palabras: “... Al pensar en la materia o en la sustancia corpórea, la concibo limitada o poseyendo tal o cual forma; grande o pequeña o con respecto a otra cosa; situada en tal o cual lugar y en este o aquel tiempo; en movimiento o en reposo; relacionada o sin ninguna relación con otro cuerpo; [313] única y siendo mucha o poca. No hay imaginación alguna que pueda separarla de esas condiciones.”8
Galileo rechaza los vanos esfuerzos de los escolásticos para alcanzar la verdad mediante el cotejo de los textos de reconocidas autoridades. Afirma que la experiencia es el fundamento de la ciencia y que la verdadera filosofía “se halla escrita en el grandioso libro abierto permanentemente ante nuestros ojos”; éste no es otro que el universo mismo, la naturaleza, y sólo necesitamos aprender a leerlo. Por dicha razón, a Galileo le interesa poco que sus deducciones contradigan la idea de muchas personas, siempre que concuerden con la razón y con la experiencia.
Galileo es un convencido y resuelto paladín de la libertad de investigación científica. En verdad, según dice él mismo, existen “dos libros”: el libro de la naturaleza y el de la salvación. Galileo rinde así su tributo a la concepción teológica del mundo a la sazón imperante. La religión tiene, ante todo, una significación moral y la razón “es incompetente” en asuntos religiosos. Pero, a juicio de Galileo, la religión no tiene ningún valor en los problemas científicos; en éstos le corresponde el “último lugar”.
Después de haber recibido el primer impulso, el impulso divino que Galileo admite, la naturaleza existe conforme a sus propias determinaciones y a sus leyes inquebrantables, formando así el “orden natural de las cosas”.
La experiencia y la razón nos hacen conocer la naturaleza tal como es. Galileo se opone resueltamente a las bases mismas del método escolástico, al principio de autoridad y a la silogística formal.
A los escolásticos que creen ciegamente en las viejas autoridades y no quieren estudiar por cuenta propia los fenómenos de la naturaleza sobre la base de la observación y del experimento, Galileo los llama mentes serviles”, los considera indignos de ostentar el nombre de filósofos y, finalmente, los pone en la picota como “doctores empollones”.
Decía de la escolástica que pretendía “retirar y alejar del cielo a los nuevos planetas” por medio de fórmulas verbales convertidas en “hechizos mágicos”. En otros términos: querían argumentar contra los descubrimientos científicos no con los hechos de la experiencia, sino con palabras vacías.
En una de sus cartas, Galileo escribía que, en cierta ocasión, un estudiante hablaba a su maestro de las manchas que había observado en el Sol. “Vete a casa, hijo mío –dijo el escolástico al estudiante–; nada se dice de manchas en la Sagrada Escritura ni en Aristóteles; las manchas están en tus ojos, no en el Sol.”
Galileo se hallaba convencido de la necesidad de buscar la verdad con ayuda de la experiencia, no confrontándola con los textos de viejos libros. Sustentaba firmemente la idea de que el conocimiento es ilimitado, de que éste no conoce frontera alguna. Pero el mundo es de una multiformidad excepcional, De ahí que nadie se atreva a decir, subrayaba Galileo, que ya conocemos todo lo que puede ser conocido en la naturaleza. Sin embargo, a su modo de ver, aunque el número de verdades conocidas por el hombre es insignificante en comparación con toda la riqueza [314] del universo, la razón humana puede conocer algunas verdades en toda su plenitud, es decir, absolutamente.
La cuestión no estriba en establecer las leyes de la naturaleza, sino en fijar el método con el que pueden ser obtenidas, o sea el modo de abordar la naturaleza.
Según Galileo, el libro abierto de la naturaleza puede leerlo todo aquel capaz de entender su lenguaje, que, a juicio suyo, es el de las matemáticas, De aquí deriva también el método de Galileo: conjugar íntimamente la observación y la experimentación con un análisis matemático exacto de los resultados obtenidos. Este método se hallaba en contradicción con las concepciones tan arraigadas de los escolásticos medievales, y todavía en 1614 se escuchaban sus irritadas demandas de que se condenara a los matemáticos por herejes y se prohibieran las matemáticas por ser una “ciencia diabólica”. Ya en los tiempos en que Galileo estaba en la Universidad de Pisa, las matemáticas no se enseñaban en absoluto en dicha Universidad, y las observaciones experimentales eran descartadas por considerarse completamente innecesarias e incluso nocivas.
Según Galileo, conocer la naturaleza significaba conocer la magnitud, la forma y la cantidad de los cuerpos materiales, así como sus movimientos sujetos a las leyes de la mecánica. Todo debía reducirse a relaciones cuantitativas, medidas exactamente. Galileo arrojaba por la borda implacablemente todas las “cualidades ocultas”, formas sustanciales y accidentales, y otras fantasías escolásticas por el estilo Al reducirlo todo a índices cuantitativos, Galileo no interpretaba estos últimos, de ninguna manera, desde un ángulo simbólico místico-numérico. Así, por ejemplo, ironizaba a cuenta de la divinización del número “3”. En efecto, decía, no es mejor tener tres pies que dos o cuatro. A los “nombres generales”, vacíos y carentes de contenido, Galileo contraponía la realidad expresada matemáticamente, en forma cuantitativa.
Cayendo en un error, Galileo negaba la existencia objetiva de propiedades de la materia como el sabor, el color, el olor, etc. “No me creo obligado a admitir que (la materia. Red.) es blanca o roja, amarga o dulce, sonora o muda, que huele bien o mal... Los sabores, olores, colores, etc., respecto al sujeto no son más que meros nombres, tienen su asiento en nuestro cuerpo y con la supresión de este último desaparecen todas esas cualidades...”9
Para Galileo sólo son propiedades de la materia aquellas que pueden reducirse a determinaciones cuantitativas. “Nunca exigiré de los cuerpos exteriores –decía Calileo– otra cosa que no sea la magnitud, la figura, la cantidad y los movimientos más o menos rápidos.”
De acuerdo con la gnoseología de Galileo, los sentidos son el punto de partida del conocimiento; su remate se halla en la actividad de la razón (ratio). El análisis cuantitativo sensible prosigue con la elaboración racional de los datos aportados por él.
El método analítico, o resolutivo, que se mueve “desde las conclusiones más elementales hasta lo más complejo” es sustituido, en el proceso ulterior del conocimiento, por el método sintético o compositivo. Con [315] él se comprueban los datos empíricos y se unifican los elementos dispersos del conocimiento.
A juicio de Galileo, no podemos detenernos en la mera descripción de los fenómenos, limitándonos a una simple enumeración de los hechos. Hay que explicar los nexos causales, el origen de los fenómenos y sus leyes. Conociendo los nexos causales, se puede llegar también al conocimiento de fenómenos aún desconocidos. En la naturaleza todo se halla sujeto a una rígida causalidad. Según Galileo, el verdadero objeto de la ciencia consiste en la indagación de las causas de los fenómenos, no en una mera recopilación y descripción de los hechos por sí solos. Galileo subrayaba que comprender las causas de donde procede todo significa mucho más que conocer simplemente los hechos por las palabras de otro e incluso mucho más que una experiencia repetida multitud de veces. El descubrimiento de la necesidad interna de los fenómenos es, según Galileo, la “fase superior del conocimiento”.
Los conocimientos adquiridos en el curso de la investigación no representan una verdad definitiva, acabada. La verdad es resultado del proceso de conocimiento, que es infinito. “¿Quién se atreverá a afirmar que ya conocemos todo lo que se puede conocer en el mundo?”, se preguntaba Galileo.
Basándose en esto, los historiadores idealistas de la filosofía se han empeñado en atribuir a Galileo ciertos elementos de agnosticismo, cuando en realidad sólo se refería a la limitación histórica del conocimiento humano en un momento dado, pues estaba convencido de que es posible alcanzar verdades objetivas y de que el poder de la razón humana es infinito.
En sus Diálogos, Galileo estudiaba el “entendimiento” en dos aspectos: intensivo y extensivo.
En su aspecto extensivo se caracteriza por el número de objetos cognoscibles. El número de los ya conocidos es insignificante en comparación con la cantidad infinita de cosas que hemos de conocer en el futuro.
Desde el punto de vista intensivo, muchas verdades que ya poseemos son profundas y perfectas, “como la naturaleza misma”. Entre ellas figuran, al decir de Galileo, los conocimientos puramente matemáticos, la geometría y la aritmética.
El sabio italiano fue un gran innovador, uno de esos hombres de ciencia que saben destruir lo viejo y crear lo nuevo, remontándose sobre todos los obstáculos.
El Diálogo de los dos máximos sistemas del mundo de Galileo llamó la atención de todos los científicos de la época y tuvo un éxito enorme. Los jesuitas se percataron del peligro que entrañaba dicha obra para la Iglesia Católica Romana, para toda la vetusta “sabiduría” escolástica. El papa ordenó que se incoara un proceso contra Galileo. Estando enfermo el sabio fue encarcelado; se le amenazó con someterle a tormentos y así se logró que abjurara de la teoría de Copérnico. Firmó, en efecto, un acta de abjuración que revestía, sin embargo, un carácter puramente formal. En el fondo, Galileo siguió manteniendo, en todo momento, las tesis de la teoría copernicana, desarrollada sucesivamente en su propia doctrina, Hasta el momento mismo de su muerte se vio sujeto a la vigilancia más severa por parte de la Inquisición. [316]
Las fuerzas sombrías de la reacción, apoyadas en los lacayos de la inquisición papal y de los jesuitas, no pudieron detener el impetuoso desenvolvimiento de la ciencia avanzada.
{8} Galileo Galilei, Le opere, t. IV, pág. 333. Florencia, 1844.
{9} Galileo Galilei, Le opere, t. IV, págs. 333-334.