Filosofía en español 
Filosofía en español


Viernes 12 de octubre de 1934

Discurso del Excmo. Mons. Leopoldo Eijo y Garay

Cristo Rey en la vida católica moderna, especialmente con relación a la Acción Católica en su vida eucarística




Salta de gozo mi corazón y late mi pecho con briosos y acelerados latidos al contemplarte, gloriosa Nación Argentina, cumbre la más alta de Hispanoamérica, convertida en trono de Cristo Rey Sacramentado, y en torno tuyo, de rodillas, adorándolo y aclamándolo, todas las naciones de la tierra, y con mayor entusiasmo sus hermanas americanas, y en medio de ellas, participando de tu gloria, con más santo orgullo que ninguna otra nación, pasando sus ojos, preñados de gozosas lágrimas, de Cristo a ti, a quien dio la vida de la civilización, su sangre, su lengua, su fe, y de ti a Cristo, para quien te formó y a cuyo redentor reinado te entregó, tu madre España, que en este día de tu exaltación se gloria más que nadie, y con las palabras de San Pablo te proclama “su gozo y su corona”.

El mensaje que hoy te manda Dios es, en substancia, el mismo que por medio de España te envió hace cuatrocientos años. Entonces se sembró la semilla; entonces se consagró la tierra americana en altar de Jesucristo; aquella semilla, regada con las bendiciones del cielo y con la sangre de los que por sembrarla dieron su vida, y con los sudores de misioneros y de soldados, de gobernantes y de maestros, se ha convertido en árbol frondoso, orgullo de la civilización cristiana; aquel altar se alza hoy a la faz del mundo como trono de la universal adoración a Cristo Rey, y los fieles de todas partes acuden presurosos a reunirse ante él, dándose el ósculo de paz fraternal, reconociéndose hermanos a los pies del Padre, militante bajo una misma inmaculada bandera, levantando sobre el pavés a su divino caudillo, aclamándole, con lágrimas de piadoso entusiasmo, con voces trémulas por la vehemencia del amor, mientras en el resto del mundo católico los fieles que no han podido acudir a la gran cita se les unen en espíritu, y con sus comuniones y funciones solemnes contestan al viva lanzado por los congresistas, de suerte que todo el pueblo católico extendido sobre la haz de la tierra clama, como en el pasaje bíblico: ¡Vivat Rex! ¡Viva nuestro Rey Jesús Sacramentado, Soberano de nuestras almas y de nuestros pueblos, de cielos y tierra!

Esta proclamación de la realeza de Jesucristo es una de las notas características de la vida católica moderna; y “para afirmar solemnemente la regia potestad de Cristo sobre la humana sociedad –son palabras del Padre santo Pío XI, felizmente reinante,– sirven de modo maravilloso estos Congresos Eucarísticos, convocados con objeto de adorar y dar culto a Cristo Rey, escondido bajo los velos de la Eucaristía, y ya por los sermones y discursos en las reuniones y en los templos, ya por la común adoración del Augusto Sacramento públicamente expuesto, ya por la magnífica pompa de los sagrados ritos, saludar conjuntamente a Cristo como Rey, dado por Dios. Con razón se diría que el pueblo cristiano, movido de cierto divino instinto, sacando del silencio retirado del templo, y llevando triunfalmente por las calles de las ciudades a aquel Jesús que los hombres impíos cuando vino a sus propiedades no quisieron recibirlo, lo quiere restablecer en todos sus regios derechos.

La tierra está sembrada de sagrarios, como el cielo de estrellas. Ante ellos los fieles en su hogar nacional, en sus pueblos, en sus parroquias, adoran prosternados al divino Sacramento y se nutren de él. Pero de vez en cuando las ungidas manos de un Legado del Pontífice Supremo levantan en alto la custodia de la Hostia divina en un escogido lugar de la tierra y llama a los pueblos para que allí congregados la aclamen, la adoren y se muestren fundidos en la unidad de su amor. Ante los fieles de todo el mundo allí congregados, o unidos en espíritu, la voz del Supremo Jerarca parece que clama ¡Ecce Rex Vester, Rex pacificus! Sobre las cabezas de los católicos, hijos de estos tiempos de brillantes progresos y maravillosos adelantos, parece que resuenan las palabras de San Pablo: Omnia vestra sunt; vos autem Christi. Todo es vuestro; dominad la tierra, desentrañad sus tesoros, descubrid sus secretos, dominad sus elementos, cabalgad sobre los vientos y los mares, esclavizad el rayo, los misteriosos fluidos, domeñad los brutos animales, analizad la vida, contad los astros, utilizad sus energías... Sois los reyes de todo: Omnia vestra sunt, Vos autem Christi! Mas vosotros sois de Cristo, sus súbditos, sus vasallos, con servidumbre de amor: adoradle, amadle, proclamad a la faz del mundo que Él es vuestro Rey; sed los heraldos y los paladines de su reinado; ajustad a sus leyes vuestros actos, y sean cristianas todas las manifestaciones de vuestra vida individual y social.

Hoy nos congregamos aquí para cumplir ese deber de solemne vasallaje a nuestro Rey celestial, y tú, amada y gloriosa Argentina, al abrir gozosa tus puertas y organizar este Congreso Eucarístico, das a la faz del mundo gallarda nota de gratitud y de progreso. Nota de gratitud, porque a Jesús se lo debes todo.

Siempre se dice que España descubrió América; paréceme más acertado decir, como López de Gomara a Carlos V en la Historia General de las Indias, no ya que la descubrió España, sino que Dios se la descubrió a España, para que la convirtiese a su santa ley. Dios se la descubrió y fue su vicario en la tierra el Papa Alejandro VI, quien otorgó a España el título de posesión y la misión jerárquica de evangelizarla. Todo ello fue obra de Dios y para Dios. Para mover el ánimo de Isabel a los riesgos de la gigantesca empresa, ¿qué fibra sensible tocó Colón? “La gloria inmortal que lograría si resolviese llevar el nombre y la doctrina de Jesucristo a tan apartadas regiones”.

“¡Tierra!” gritó con épico entusiasmo Rodrigo de Triana; y aquella voz que ponía fin al exordio y principio a la nunca igualada empresa civilizadora, resonó en el corazón de España, que recordó las palabras del Redentor: “Fuego he venido a traer a la tierra”, y al amparo de sus heroicos soldados, mandó ejércitos de apóstoles que implantaron en estas tierras el reinado de la Cruz.

El estandarte real clavado por Colón en la primera isla descubierta llevaba la imagen de María Santísima; así quedasteis, americanos, consagrados y vinculados para siempre a nuestra celestial Madre, cuyo amor es siempre heraldo del reino de su Hijo.

Justa es vuestra gratitud. Pero, dais, además, nota de progreso. Porque la hora presente, en todo el mundo, no es la hora de la impiedad, ni de la indiferencia que a la piedad conduce; es la hora de la fe, de la vuelta a Dios. La impiedad ya consumó su obra, ya amargó el paladar y el corazón de la humanidad con sus venenosos frutos. La fascinación de los errores filosóficos que la sedujeron ha terminado ante la realidad de las ruinas. Ya la luz del nuevo día dora las cumbres, las más altas inteligencias, lo más escogido y culto de cada nación; pronto descenderá al valle; pronto será clamor popular la voz que ya se escucha, repitiendo la evangélica frase de San Pedro: “¡Señor!, ¿a quién, sino a Tí, iremos? ¡Tú tienes palabras de eterna vida!”

Ni la humanidad puede vivir sin Dios, ni Dios quiere vivir sin el hombre; y cuando esos dos necesitados el uno del otro, el necesitado por su miseria y el necesitado por su misericordia, se abrazan, aquél queda redimido y éste queda glorificado en su victoria sobre el mal. Esa hora ha sonado ya. Llegado el hombre al paroxismo de la soberbia y a la máxima humillación de su desgracia, el corazón de Jesús, su Rey celestial, le da redentoras lecciones de humanidad; enzarzados los pueblos y las clases sociales en rencorosas luchas, el corazón mansísimo les enseña la verdadera fraternidad; desacreditado el materialismo egoísta y brutal, que se había erigido en único norte de vida y a la par en verdugo de todos los débiles, en explotador de todos los necesitados, Jesús le abre su corazón, escuela de abnegado y amoroso sacrificio de los unos por los otros. Esa es la nueva etapa que se abre a los ojos de la humanidad, la cual, tras la experiencia de unos y otros principios, no tiene que escoger sino entre la vida con Cristo o la muerte de los pueblos en el fangal ensangrentado de las frenéticas convulsiones revolucionarias.

En este día de vuestra gloria religiosa, argentinos, habéis tenido empeño que en el concierto de alabanzas a Cristo Rey Sacramentado resuene solemnemente la voz de España; ciertamente es muy de lamentar que hayáis puesto los ojos en mí; pero no hay duda de que es muy de alabar vuestro deseo de que se manifiesten conjuntamente vuestra gratitud a Jesús y vuestro amor a España, la madre que Dios os dio al engendraros para Él. Llena el alma de santa y embargadora emoción levanto mi pobre voz ante vosotros para desarrollar el tema que me ha sido señalado: Cristo Rey en la vida católica moderna; especialmente con relación a la Acción Católica en su vida eucarística. Tema es éste de universal trascendencia y utilidad; pero, amados congresales católicos del mundo entero que me escucháis, no os parezca desatención que alguna vez en mi discurso me dirija especialmente, en nombre de España, a mis amados hermanos de Hispanoamérica; sobre todo, por ser hoy, 12 de octubre, el día de nuestra raza, el día de la hispanidad. ¡Oh, ciertamente no llevaréis a mal que delante de vosotros la madre bese a sus hijos!

En la vida católica moderna, la realeza augusta de Jesucristo Nuestro Señor, ha sido solemnemente proclamada como remedio de los males del mundo. La única novedad es la solemne proclamación pontificia; porque la doctrina no es nueva, sino más antigua que la Iglesia; antes de que ésta existiese, ya en numerosas profecías había sido vaticinado Cristo Rey.

A Cristo, divina Verdad e infinita Caridad pertenece el supremo dominio de las inteligencias y los corazones.

Cristo es Rey con eternal derecho, porque es Verbo del Padre, según el cual y por el cual todo ha sido creado; por eso el Concilio Niceno, al par que declaraba como de fe católica la consubstancialidad de Dios-Hijo con Dios-Padre, puso en su símbolo de la fe que el reino de Cristo no tendrá fin: Cujus regnum non erit finis.

Por la unión hipostática, Cristo es naturalmente, esencialmente, Rey de toda criatura, y lo es además por derecho de conquista, pues nos ha comprado y redimido al precio de su divina sangre, rescatándonos de la eterna esclavitud del pecado y de la muerte. Así fue profetizado; llenas están las páginas del testamento antiguo de frases anunciadoras de Cristo Rey y de su reinado redentor y pacífico; y no menos por las del nuevo testamento consta que es de fe católica creer en Cristo Rey, dotado de la triple potestad, sin la cual no se concibe el imperio: potestad legislativa, potestad de juzgar, que íntegra ha puesto el Padre en sus manos, y potestad ejecutiva, a cuyos mandatos hay que obedecer, sin posibilidad de huir las penas correspondientes a la transgresión. “Dada me ha sido toda potestad, en el cielo y en la tierra.”

Detenerme en desarrollar estos puntos sería consumir el tiempo de que dispongo en demostrar lo que de vosotros todos es bien sabido; Cristo es Rey, y lo demostraré mojando mi pincel en la paleta de las epístolas de San Pablo; así quedará más en evidencia que no se trata de novedad teológica, sino de doctrina, tan antigua como el cristianismo.

San Pablo en su predicación y en sus escritos, trataba repetidamente del Reino de Dios; muchas veces en sentido escatológico, significando la gloria eterna; pero otras muchas refiriéndose a la iglesia militante, o sola o con la triunfante, y algunas veces significa con las palabras Reino de Dios el espíritu cristiano, la esencia del Evangelio. Dice de sí –y casi todas mis palabras son ahora palabras del Apóstol– que predica el Reino de Dios; habla de los que le ayudan en el Reino de Dios; se goza en ver los que por medio de su predicación Dios ha llamado a su Reino; proclama que el Reino de Dios no consiste en la palabra, sino en la virtud; ni en ciertos ritualismos de la vieja ley, sino en la justicia, la paz y el gozo, según el Espíritu Santo. Ese Reino de Dios de que habla el Apóstol es el mismo Reino de Cristo: Dios –dice– nos ha librado de la potestad de las tinieblas y nos ha transferido al Reino del Hijo de su amor; es necesario que Cristo reine hasta que ponga bajo sus pies a todos los enemigos; el fin de la misión redentora es el establecimiento de ese reinado; cuando esté consumada su obra, cuando todas las potestades adversas a Dios hayan sido domeñadas, cuando como último enemigo haya sido dominada la muerte, devolverá el mandato a su Padre, pondrá en sus manos el Reino que le había conferido, pero seguirá eternamente reinando a la diestra del Padre sobre toda criatura.

La esencia y peculiar carácter del Reino de Cristo la declara el mismo San Pablo en su epístola a los Romanos, donde en maravillosa síntesis presenta el reino del pecado y de la muerte, y en frente de él, como divino remedio, el reino de la gracia y de la vida eterna; la antítesis de Adán pecador y Cristo redentor, y concluye diciendo: “A fin de que, como reinó el pecado para la muerte, así reine la gracia por la justicia para la vida, eterna, por Jesucristo señor nuestro”. Jesucristo –escribe el Apóstol a los Colosenses– por ser imagen de Dios invisible, engendrado antes que toda criatura, como que en Él y por Él han sido creadas y subsisten, tiene la primacía en todo, y encierra en sí la plenitud de todo, recapitula en sí y restaura, devolviéndolas a su principio, que es Dios, todas las cosas; de suerte que Cristo es el coronamiento de toda la creación, el supremo poder que lo rige y lo restaura todo.

Pues si la realeza, como decía el Papa León XIII, es la suprema potestad de dirigir todo al bien común, ¿qué realeza habrá comparable con la de Cristo? Y si ya desde el principio de nuestra religión San Pablo lo proclama Rey, y Jesús mismo dice de sí que lo es, y en los evangelios aparece en repetidas ocasiones hablando de su Reino y si los profetas del antiguo testamento lo habían vaticinado Rey, ¿podrá haber quien diga que la realeza de Nuestro Señor Jesucristo es una novedad religiosa de nuestros días? Hace veinte siglos, señores, que la humanidad redimida en la oración esencial a todo cristiano, suplica a diario, y aun muchas veces cada día: ¡Venga a nos él tu reino!

No, no tiene nada de nuevo esa doctrina; y quienes la tengan por novedad religiosa moderna, ponen en evidencia, con su olvido o su ignorancia, la necesidad de predicarla y la oportunidad con que los Sumos Pontífices León XIII y Pío XI la han proclamado solemnemente.

Desde que derrocado y muerto el paganismo, sepultados los ídolos y triunfante la religión cristiana, la Santa Cruz coronó las torres de las iglesias y las coronas de los reyes; y ya cristianos los individuos y las naciones fue públicamente reconocido y adorado N. S. Jesucristo como rey de las almas y de los pueblos, nunca ha sido tan necesario como en nuestros días hacer constar su reinado social y defenderlo de los ataques de sus enemigos. En los pasados siglos iban asestados sus golpes contra la recta inteligencia de alguna verdad de fe, pero todos, hasta los más fanáticos impugnadores del dogma y de la moral reconocían la soberanía de Cristo, y si combatían era presentándose errónea o hipócritamente ante los pueblos como defensores de la pureza de las enseñanzas cristianas. No así en nuestros tiempos. Cual el pueblo romano, de quien decía San León Papa que creía haber abrazado una gran religión porque reconocía todas las falsas religiones y daba albergue en su panteón a todos los ídolos; así los criados al pecho de la filosofía racionalista, los partidarios del llamado derecho nuevo, alardean de haber alcanzado la cima del progreso en materias religiosas reconociendo a toda religión iguales derechos; y como esto es incompatible con la realeza social de Jesucristo, han clamado nolumus hunc regnare super nos! Non habemus regem nisi Caesarem!; es decir, proclamamos y defendemos como fundamento de vida pública la absoluta soberanía e independencia de la potestad civil ante la religión cristiana. Este es, señores, el laicismo, al que nuestro Padre Santo llama “peste de nuestra edad”. El laicismo que, mientras repta para enroscarse en el árbol del poder, miente respecto a Cristo y a la libertad de sus fieles, e indiferencia y neutralidad religiosa. Pero, señores, ante Cristo la indiferencia es imposible; o se le ama o se le odia; desde la página del Evangelio hasta las de la historia moderna, siempre a continuación del “no queremos que reine sobre nosotros; no tenemos más rey que al César”, se oyen los rugidos coléricos: ¡Tolle, tolle, crucifige eum! La mentida neutralidad se trueca en persecución; las conciencias de los creyentes se ven oprimidas; la Cruz arrancada y el nombre de Cristo borrado de las instituciones y de las leyes.

Y no es porque el reino de Cristo sea enemigo de la potestad civil; antes al contrario es su más firme sostén, ¡como que la avala con la autoridad divina y la arraiga en lo íntimo de las conciencias!; el reino de Cristo guerrea únicamente con el reino del pecado; no se opone a la libertad sino a que –según frase del Apóstol San Pedro– se haga de la libertad velo encubridor de la malicia; no se impone por la impresión, sino al contrario rechaza a los fingidos y a los hipócritas y no quiere más adhesiones que las libres y amorosas; no despierta en el corazón los odios ni excita a la violencia, sino que mueve a sus fieles a que despegados de las cosas de la tierra profesen la bondad y la mansedumbre, tengan hambre y sed de justicia, se nieguen a sí mismos y tomen su cruz. Les manda someterse a la autoridad, no por servidumbre humana, sino por obediencia a Dios; y al que manda le dice que su misión no es la de ser servido sino la de servir. Y así la justa libertad, la disciplina, la tranquilidad, la concordia y la paz son naturales frutos de la doctrina y del reinado de Cristo.

Por el contrario, señores, ved en la realidad de la vida moderna los estragos a que conduce el laicismo; el Estado no puede llegar a él, lógicamente más que por el ateísmo oficial; pero al ateísmo no se llega sino o por el agnosticismo, que es la anulación fundamental de la razón humana, y por lo tanto la negación radical del derecho dictado por la razón y el reconocimiento de la fuerza de los hechos, por brutales que sean; o por el positivismo, o el panteísmo, o sea el determinismo, que es la negación del albedrío, y por lo tanto del deber y del derecho; es decir, igualmente el imperio del hecho fuera del ámbito de la conciencia; y eso, señores, es no sólo cerrar el paso a la tendencia ascensional cristiana, que por la moderación de las pasiones, por la constante apelación a la propia conciencia, que al fin es hábito de reflexión y flor de intelectualidad, por el cultivo de la idea de solidaridad y fraternidad humana, por la oración, que es elevarse a hablar con Dios, por la abnegación, que es la lima para la ajustada concordia de unos con otros, por la austeridad, que es superación de los instintos animales en aras del espíritu, por la pureza, que es vigor de cuerpo y de alma, y por la veracidad, que es nobleza, impulsa a los hombres a la altura excelsa de los hijos de Dios; sino que es peor, es imprimir una tendencia peyorativa, de irracionalidad, de inconsciencia, de fuerza bruta; es lanzar a la humanidad cuesta abajo a la sima de la barbarie.

¿Qué extraño es que veamos deshecha la paz doméstica por el olvido de los sagrados deberes y las juradas lealtades; y barrenada por el divorcio la santidad del matrimonio, y divididas las clases sociales en bandos de odios enconados, y al demonio de la destrucción adueñado de los laboratorios científicos, explotados para daño y muerte cuando sólo debían servir para progreso y vida, y las naciones esclavas del recelo y ahogadas bajo la pesadumbre de los armamentos, y hasta profanado el santo amor de patria al convertirlo en encubridor de locas soberbias de razas o de la intemperancia de las ambiciones y la prepotencia?

Para remedio de todos estos males el Sumo Pontífice León XIII proclamó la realeza de Jesucristo, no sólo sobre los individuos sino también sobre las naciones y Pío XI ha vuelto a preconizarla en la forma más eficaz, instituyendo su fiesta litúrgica, medio de que la doctrina se extienda y llegue a todos los fieles, y no sólo con razonamientos discursivos, sino con el calor de la piedad y la suave y dulce sugestión de las solemnidades del culto.

Anhela el Padre amadísimo que felizmente rige los destinos de la Iglesia, y expresamente lo dice en su encíclica Quam primas, porque los católicos con su acción y sus trabajos aceleren la restauración del reinado de Dios en la sociedad. ¿Qué es esto, sino un paternal llamamiento a la Acción Católica, a la cooperación de los fieles en el apostolado de la Jerarquía? Ciertamente no pesan los creyentes en la cosa pública en la medida que corresponde a su número, a su calidad y a las excelencias de su doctrina; contentos tal vez con salvar su alma no se preocupan lo debido de que en la sociedad tengan sus creencias el ambiente no ya respetuoso sino francamente favorable que para bien de las demás almas y de la vida común humana deben tener. Y no es decoroso para ellos que la verdad que profesan sea impugnada y no cuente con su defensa. Si obran por espíritu de comodidad, o de timidez, o de blandura, es menester que piensen que se hacen indignos del divino Maestro, cuyas doctrinas son despreciadas, del rey celestial, cuyos derechos son desconocidos y conculcados; por manera que considerándose soldados de Cristo Rey se persuadan del deber de militar valerosa y constantemente bajo sus banderas; e inflamados en el fuego del apostolado se esfuercen blandiendo las armas de la luz y de la caridad en ganar para Cristo a los que se han alejado de Dios, en reconciliarlos con la Verdad y el Bien, en redimir del error y del pecado las almas y los pueblos.

He ahí la eficacia de la proclamación de la realeza de Cristo en la vida católica moderna, y la gran cruzada de Acción Católica, en cuyas filas deben formar cuantos no quieran bajar avergonzados la frente ante su Rey Divino.

Y estos cruzados de Cristo Rey, ¿dónde han de templar sus armas, armas de luz y caridad, que son las únicas que les pueden dar el triunfo? En el estudio y en la piedad. La idea y el fervor; la verdad, pero no fría en el cerebro, sino inflamada por el corazón. Es decir, el cultivo y mejoramiento de cuanto tiene de más noble el ser humano.

San Pablo cifraba en dos nombres la civilización cristiana y la pagana; luz, tinieblas. Viven los gentiles, escribía a los Efesios, según la vanidad de sus sentidos, teniendo obscurecido con tinieblas el entendimiento; siendo ajenos a la vida de Dios por su ignorancia y la ceguera de su corazón, desesperanzados se dieron a las bajezas de la sensualidad. Pero vosotros no habéis aprendido así a Cristo; si realmente habéis oído su verdad y estáis doctrinados en ella, despojaos del hombre viejo que se corrompe siguiendo los deseos del error; renovaos en el espíritu de vuestra mente; revestíos del hombre nuevo que ha sido creado, según Dios, en la justicia y santidad de la verdad, deponed la mentira y comunicaos unos a otros la verdad.

No es original de San Pablo esta idea; Cristo mismo había dicho que él era la luz que había venido al mundo para que todo el que crea en él no permanezca en las tinieblas. Calcando, pues, las palabras del Redentor, San Pablo compendia la vida cristiana diciendo: “Sois luz; obrad como hijos de la luz”.

Militantes de Cristo Rey, avivad por el estudio de la verdad cristiana ésa luz en vuestras inteligencias y difundid luego iluminando a vuestro prójimo; la causa principal de que sea menospreciada la religión es que no se la conoce; ¡tristísima realidad; muchos que por fieles católicos se tienen, ni siquiera recuerdan el catecismo! Estudiad y enseñad la doctrina de Cristo. Y estudiad y enseñad también su eficacia redentora a través de los tiempos. Los cruzados de la Acción Católica, como todos los hombres de acción, deben familiarizarse más que nadie con los estudios históricos para que su acción esté orientada y por su raigambre en lo pasado tenga savia para el futuro.

Hay que completar, integrar el valor de la historia en el espíritu humano; no ha de ser sólo conocimiento en lo pretérito, sino orientación para el porvenir; como la brújula, su polo positivo, su terno de datos y conocimientos adquiridos mirará al pasado; pero su polo negativo apuntará a lo carente aun de realidad en el porvenir y marcará el norte que debe guiar nuestra ruta. Hay que desentrañar la historia sacando de ella programas para lo futuro. Especialmente vosotros, los pueblos americanos hijos de Portugal y de España, si estudiáis a fondo los cuatrocientos años de vida civilizada que debéis a Cristo, ¡qué venero inagotable hallaréis de grandezas en el pasado y de esperanzas para el porvenir! Yo sé bien que aquí como allá el sectarismo anticristiano, falseando los hechos y tejiendo la insostenible y execrable leyenda negra, cubrió de desprestigio los sublimes ideales que enardecieron el corazón y templaron en el heroísmo la voluntad de nuestros padres para las más grandiosas gestas que registran los anales de la humanidad, y que ese desprestigio ha desorientado y pervertido a muchos. Pero la verdad triunfa siempre, y saliendo del fondo de los archivos en que se guardan los documentos auténticos y fehacientes, ha vuelto por el honor de nuestros padres, que es nuestro honor, y por la gloria de nuestra religión, que es nuestra vida. Estudiad historia eclesiástica, historia de la civilización cristiana, y fijaos –os diré con palabras del profeta Isaías– “fijaos en qué piedra habéis cortado”: de un pueblo de titanes. Estirpe de héroes y de santos es la vuestra. En nombre de nuestra madre común os digo: cuando querráis ser buenos hijos, cumplid con el cuarto mandamiento: defended a vuestros padres, defendedlos con la verdad histórica que prueba la pureza de su fe, la grandeza de sus obras y la nobleza y el heroísmo de sus almas.

Urge desgarrar del fondo del corazón, donde yace vivo, pero durmiente, el concepto de nuestro ser tradicional, que proyectado hacia el porvenir nos trae la ruta que en los designios providenciales nos corresponde: hay que elevarlo a la categoría de deber, y con hierro enrojecido al fuego del entusiasmo grabarlo en nuestras conciencias; eso será fortalecer nuestro ser, el peculiar nuestro y levantarnos fuertes y eficaces como antaño por lo que Dios quiera de nosotros en defensa, difusión y afianzamiento del reinado de Cristo en el mundo.

Pero para militar bajo sus banderas en las filas de la Acción católica no basta la verdad; se necesita el fuego, ¿dónde encontrarlo sino en la divina brasa de amor que es la Santa Eucaristía? La acción es hija y manifestación de la vida, como la inactividad es fruto o anticipo de la muerte. Y la vida del alma no se alimenta sino con ese celestial manjar. Pan de Dios, bajado del Cielo se llamó a sí mismo Cristo. Yo soy el pan de la vida. Quien comiere de este pan vivirá eternamente. Si no comiereis mi carne ni bebiereis mi sangre, no tendréis vida en vosotros. La Eucaristía da la perseverancia: la permanencia de los fieles en Cristo y de Cristo en los fieles da energías de vida divina: como yo vivo por el Padre, quien me come vivirá por mí. Hasta tal punto es esencial en la Acción Católica la vida eucarística, que los que no la sienten, los que no la viven, están de más en el apostolado, y como aquellos discípulos de Jesús que en Cafarnaum, escandalizados de su predicción de la Eucaristía, lo abandonaron, más pronto o más tarde se alejan de la Acción Católica. Se aridece su corazón –según frase del Rey Profeta–, porque se olvidan de comer su pan. Sólo perseveran los que en el pan eucarístico cobran alientos de vida eterna.

Da, además, la Eucaristía, el sentido de unión jerárquicamente organizada, que es esencial en la Acción Católica; la conciencia de ser miembro de un cuerpo y del deber de la mutua subordinación y ayuda. “Porque es uno el pan –decía San Pablo– formamos muchos un cuerpo; todos los que participamos de un mismo pan”.

Este divino Sacramento, centro de nuestra liturgia, es la fuente de vida de la Iglesia, el alma de los ejércitos del Reino de Cristo y el secreto de sus perennes triunfos.

Contemplad ese Reino, aun sólo en su iniciación, sin prever el gigantesco desarrollo que aún le espera, ni su futura consumación y asentamiento glorioso, y comparadlo con los más fuertes y poderosos reinados de la historia en el momento del apogeo y máxima grandeza de cada uno de ellos. Aquél se extiende por todos los continentes, abarca todas las razas, todos los climas, las lenguas todas: buscadlo en las catacumbas donde se entierran más que para librarse de la saña de los tiranos, para echar los cimientos de una nueva civilización; miradlo extenderse trascendiendo sobre todos los reinos del mundo, implantando su señal, la Santa Cruz, en los lábaros guerreros y en las diademas de los reyes; vedlo en los centros de estudio y enseñanza difundiendo la luz de la verdad; en los laboratorios de humana perfección, que son los claustros de vida religiosa; en los hogares, en el corazón de la madre, de la esposa, elevada a dignidad desconocida por la moral pagana; en el niño, acariciado por la mano del mismo Rey Jesús; en el padre, que extiende sobre la madre y el niño, para amparo de su debilidad, el escudo protector de su honradez, de su trabajo y de su fuerza; buscad ese Reino en el corazón del patricio como en el del siervo, en el del sacerdote como en el del soldado, en la asamblea de los magnates o en los comicios de la plebe; vedlo crecer y extenderse en latitud y en profundidad durante veinte siglos; luchar por elevar a la humanidad de etapa en etapa, de perfecciones intelectuales, morales y políticas, y ganar siempre cada nueva altura con su sangre derramada para redimir; y cuando, asombrados de ese fenómeno único en la historia humana, queráis conocer el secreto resorte, el principio de vida, el corazón que palpita, la fuente del valor de sus mártires, de la pureza de sus vírgenes, de la luz de sus sabios, del fuego de sus apóstoles, del temple de sus héroes, de la constancia de sus fieles, de la abnegación que sublima los sacrificios, de la esperanza que anima en los desfallecimientos, del amor que funde los corazones antes rivales y ahora hermanos, todos, los de todas las lenguas y razas, los señores y los esclavos, los reyes y la plebe, los de las catacumbas y los triunfadores, os señalarán el altar y sobre el altar la Víctima santa inmolada por amor: Dios, su caudillo, Rey sacramentado.

Y si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? ¡Confianza! Ese es dogma fundamental cristiano, convertido en carne y huesos de España en nuestros tiempos heroicos. Confianza absoluta en la bondad infinita de Dios y en el todopoderoso auxilio de su gracia eficaz, que no tiene más límite que el que le ponga nuestra falta de cooperación. Profunda humildad, junto con los más sublimes encumbramientos místicos. Todos caídos y pecadores, pero todos posibles santos. “Quien a Dios tiene nada le falta”. ¡Confianza! Resuene siempre en nuestros corazones la alentadora promesa: “Ego tecum”. “Yo estaré contigo”, tan generosamente cumplida por la presencia real de la Eucaristía; promesa repetida después por Cristo: “Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos”, y confirmada en la Epístola a los Hebreos: “No te dejaré ni abandonaré”.

Nada de fatalismo depresivo, que en el triunfo borra de las frentes para que no vuele a la altura. Ni dar por bueno lo que la corrupción de la naturaleza dicta, ni creernos irredimibles esclavos de la desgracia ¡como si su mano no pudiera hacer de las piedras hijos de Abraham! Nada de vinculación de lo divino a la carne y a la sangre; sino reconocimiento de la natural igualdad humana, confianza en el auxilio omnipotente de nuestro divino Rey. Nada de raza superior ni de monopolio de excelencias, ni difusión de su reinado, al ideal redentor de toda la humanidad; en una palabra: catolicismo.

Arriba, pues; despertemos del funesto sueño cuantos queremos servir a nuestro Rey Jesús; nunca maldigamos la cizaña sin hacer examen de conciencia preguntándonos reverentemente si con nuestra perezosa somnolencia hemos cooperado a que el enemigo la siembre.

¡Alentemos! La civilización antirreligiosa y materialista está en bancarrota; su fracaso está a la vista; ya los frutos del árbol desacreditan a la diosa de la prosperidad material, contrapuesta a los bienes y a los deberes espirituales, que fue su adorado becerro de oro, no puede ya sostenerse sobre su altar. Esa prosperidad material fue el sol deslumbrador que a sus ojos carnales eclipsó los astros y apagó las luces del cielo. Pero ese sol se pone, se va; tras él una noche negra y trágica avanza. Las doctrinas materialistas, ellas mismas con lógica consecuencia empujan ese sol a la tumba y tiran de las tinieblas para entronizarla en el cénit.

Eso era el mundo que maldecía a nuestros padres y los calumniaba, los deprimía, despreciaba su histórica gesta y como un paño funerario la cubría con la “Leyenda Negra”; ése era el mundo que se apartaba de Dios, perdía pie por no asentarlo en la roca firme de las creencias y entregarse a la duda, al escepticismo; el que como de España maldecía del Vaticano; el que arrancaba la cruz del campo de las ciencias, de las artes, de la política y de la moralidad. Ahora que ese mundo vuelve a Dios y desengañado de su desvarío tiende sus brazos a la cruz redentora, bendecirá, no lo dudéis, mejor dicho, bendice ya por los escritos de sabios historiadores la España de antaño, la católica, apostólica, romana, la misionera y civilizadora, la siempre fiel al Papado, la debeladora de las escisiones que desgarraron la túnica inconsútil de Cristo Rey, la que puso las empresas de Dios muy por encima de su propio medro. ¡Baldón sería para nosotros que, por haber degenerado, no nos alcanzaran las bendiciones y alabanzas dirigidas a nuestros padres!

Ante el fracaso, hoy ya evidente, de las ideas contrarias a las que nos caracterizaban en nuestro siglo de oro, ¿no alentará en nosotros la confianza de que el éxito está vinculado a nuestras tradiciones, que son las genuinamente cristianas?

Hace dos años el Padre Santo Pío XI se dignaba conversar conmigo sobre el lamentable estado social de la humanidad; con mirada de águila y trazos sintéticos de suprema sabiduría dibujaba el cuadro ruinoso de la crisis transformadora que sufre hoy la civilización, y terminaba diciendo: “El mundo no se basta para salvarse; al fin tendrá que acudir a la Iglesia, y la Iglesia lo salvará.”

Para esa hora de redención Dios cuenta con nosotros. Lo que Dios unió no lo separe el hombre. Avivemos el espíritu de la hispanidad. Hispanidad no viene de Hispania, sino de Hispaniae, de las Españas; incluye a Portugal y a todos los pueblos y razas por Portugal y España ganados para Cristo. La característica de nuestra unidad no es la carne ni la sangre; es el espíritu sobrenatural que nos constituyó en instrumento y brazo de Dios para la defensa del Papa y de la Iglesia, del dogma y de la moral cristiana y para difundir el Evangelio y el criterio cristiano por el mundo.

En esa hispanidad fundió Dios muchas razas: la latina y la árabe, las blancas y las de color, la malaya y la india, como para prepararse más caracterizado instrumento de catolicidad; todas las razas de todos los climas y latitudes de la tierra, unidas en un lazo común de fe y de amor para fermento de catolización universal. Ni siquiera ha querido Dios, ya desde el principio, unidad de cetro humano; Portugal y España, soberanas e independientes, engendradoras de pueblos también independientes y soberanos. Ni siquiera unidad de lengua. Sólo unidad de espíritu, de pureza de fe, de indefectible sumisión a Roma, de entrega rendida, amorosa, abnegada, sin orgullos de propia exaltación ni logrerías de propio medro, a difundir la civilización cristiana y el reinado de Cristo en el mundo. Eso es la hispanidad y esa es su gloria. “La hispanidad –dice un ilustre y profundo pensador– no es en la historia sino el imperio de la fe.” ¡Hijos de la hispanidad, Dios confía a vuestro honor la continuación de las glorias pretéritas! Lo que España y Portugal hicieron en sus hijas de Occidente y de Oriente, eso han de hacer sus hijas y ellas en el resto del mundo, casi paganizado hoy; recristianizarlo, infundirle espíritu y vida y criterio cristiano.

Estos inmensos territorios sobre los cuales irradia hoy más luminosa que nunca, como con fulgores de solemne proclamación, la realeza de Cristo Sacramentado forman la reserva de la humanidad; el porvenir es vuestro, y por vosotros, para bien de la civilización, debe ser de Cristo; ¡Que a la evolución económica presida el espíritu cristiano; que cuantos encuentren aquí tierra y pan para el cuerpo hallen también luz divina para el alma; que no sea ahogado por el aluvión de lo extraño el fermento de la hispanidad; y así devolveréis centuplicado el bien que Dios os hizo y os levantaréis en el mundo a la cabeza de los pueblos por los caminos de la verdad y del bien! Porque, no lo dudéis, el mundo civilizado, si quiere salvarse en la mortal crisis que atraviesa, tiene que rectificar el rumbo y poner proa hacia la ideología que en los siglos XVI y XVII animó la vida hispana; esa ideología es la vuestra, la que os dio el ser y la vida civilizada; si no renegáis de ella, si antes bien la cultiváis y desarrolláis al volver el mundo a ella, quedaréis a la cabeza del mundo. Y volverá el movimiento retrógrado, iniciado por la reforma protestante, retrogradado porque conducía al paganismo, del que la cruz nos había redimido, ha terminado su ruta; el neopaganismo, no encierra ni libertad, ni igualdad, ni fraternidad, sino rebeldías insolventes, explotaciones, inhumanos y caínicos odios; la humanidad puede salvarse, y Dios la salvará, guiándola de nuevo a los brazos de la cruz.

El sometimiento del espíritu a la sensualidad, de la fe y criterio sobrenatural al materialismo degradante, de la tradición paterna a los gustos extranjeros es romper con nuestra vida propia de antaño. No. Frente a la sensualidad, enervadora, que abate los ánimos y depaupera y envilece los cuerpos, la austeridad, la sobriedad, la virtud, que no apaga los bríos de las pasiones, pero las domeña, las unce al cargo del espíritu y pone en manos de éste las riendas de los poderosos corceles. Frente al naturalismo rastrero, que acorta el horizonte y tiene por norma de vida humana lo que piden los instintos de la carne y de la sangre, lo que dicta el retrógrado paganismo moderno de tendencias infrahumanas; el sobrenaturalismo, que con la gracia de Dios levanta al hombre a horizontes suprahumanos, encomienda sus pasos a la deliberación razonada, al consciente albedrío, los vincula al orden general trazado por Dios al Universo, cifra la gloria de su virilidad en el esfuerzo ascensional de la propia superación y lo lanza por caminos de perfección en que el modelo es Dios mismo. Contra el afán de extranjerización, que es renegar de lo propio para amar y malcopiar lo ajeno y apocarse y descender a discípulos los que Dios hizo maestros, y abandonar el señorío de la casa paterna para mendigar de puerta en puerta; propugnemos la consolidación del propio ser la savia del propio tronco, el cultivo de nuestras características, para ser lo que Dios quiso que fuéramos cuando nos forjó para instrumento suyo en el mundo.

Eminentísimo señor cardenal Pacelli, dignísimo Legado Pontificio, cuya asistencia honra singularísimamente este Congreso; cuando regreséis a Roma dad al amadísimo Padre Santo el consuelo de decirle que, al abrazarse en esta hora de gloria los viejos y los nuevos pueblos hispanos han prometido firmemente a Jesús Sacramentado consagrarse a la acción católica, avivar a la luz del ejemplo de sus mayores el criterio netamente cristiano y las tradicionales virtudes, entre las cuales descuellan el fervor eucarístico que unge toda su historia; la entrañable devoción mariana; el celo misionero, a lo Francisco Javier, y la sumisión inquebrantable, la entrega filial a la Santa Sede, que caracteriza a Ignacio de Loyola, y que sin ceder a nadie en fidelidad a la cátedra de Pedro, lucharán denodadamente, derramando su sangre y arriesgando su vida por el triunfo de Cristo Rey en el mundo.


Concluido el discurso, que fue largamente ovacionado, impartió la Bendición con el Santísimo, el señor Obispo de Blois, Mons. Jorge Audollent, Presidente del Comité Nacional francés.