Mercurio Peruano
Revista mensual de ciencias sociales y letras

 
Lima, septiembre de 1919 · número 15
año II, vol. III, páginas 238-240

Nota Editorial

Nuestra protesta

No cumpliría Mercurio Peruano con naturales requerimientos de solidaridad periodística ni, por encima de éstos, con los predicados que le marcan sus más puras y nobles tradiciones nacionalistas, si sus columnas editoriales guardaran tímido silencio ante los increíbles desmanes a que se entregaron en esta capital, el día 10 del mes que corre, turbas de gentes maleantes que, confundidas entre los concurrentes al mitin celebrado en dicho día, creyeron, o fingieron creer, que la finalidad de aquella manifestación pública no quedaría satisfecha si no culminaba en el ataque salvaje y cobarde contra las personas y las propiedades de quienes en la prensa, o fuera de ella, no participaban de sus ideas y sentimientos políticos.

Lima ha presenciado, atónita y avergonzada, los incendios y saqueos de que en esa tarde aciaga fueron víctimas las imprentas de dos de los más importantes diarios del país y los hogares de algunos personajes de alta figuración social y política. El oprobioso baldón con que estos bolcheviques de nuevo cuño han maculado la conciencia nacional y el prestigio exterior de la República, pesará como hierro y por muchos años sobre nuestra infortunada patria.

Honda y cálida, como que surge de la brecha abierta en lo más íntimo de los fueros de nuestra cultura cívica y de nuestro decoro de nación libre y soberana, nuestra protesta se alza tanto más sentida y vibrante cuanto que nace al margen de toda sospecha de pasionismo circunstancial o de prejuicio de bando. Nuestra fe de bautismo, escrita con sinceridad en las «Palabras iniciales» del primer número de esta Revista, anota expresamente [219] el firme propósito de que «no entrabarán nuestra acción ni sectarismos de escuela ni estrechos intereses de círculo». –Haremos siempre honor a este lema.

Contempladas así las cosas, desde inaccesible cumbre a la que no alcanza la perturbadora influencia de nuestras mezquinas luchas domésticas, cabe y urge que, dominando el profundo desconsuelo que aflige nuestro espíritu con el torturante recuerdo de tanto abominable extravío en que parece sucumbir la majestad de la idea y amenaza disgregarse el cuerpo social, hagamos un fervoroso llamamiento invitando al pueblo a la cordura y a nuestras clases dirigentes al celoso respeto de los postulados y realidades en que descansan las democracias de verdad.

Es indispensable que no se pierda de vista, ni un sólo instante, el grave y trascendental momento que la República atraviesa, empeñada como se halla en cimentar sus bases institucionales y en buscar solución satisfactoria a sus problemas exteriores. E indispensable es, también, convencerse de que sólo a precio de dedicarnos sinceramente a una labor constructiva, limpia de inútiles aderezos oratorios, e inspirada en ideales puros de regeneración y enmienda, nos será dable lograr buen éxito en tarea de tan enorme responsabilidad.

Sacudámonos, de una vez por todas, de los ismos, tratándose de las personas y de las doctrinas, que tánto nos dañan avasallándonos con el falso miraje de pretendidas omnisciencias y con la vana promesa de infalibles panaceas. Acostumbrémonos a pensar que en los tiempos que corren es difícil, si no imposible, encontrar en un solo hombre o en una sola idea la clave segura de ninguna redención ni el pedestal sólido de ningún resurgimiento. Otro salvador del mundo, después del Nazareno, acaso nunca podrá ya venir, a menos que se repita el milagro de una nueva religión a base de amor, de concordia y de paz. Y es precisamente la absoluta ausencia de estos sentimientos, en el orden político-social, la que entorpece y anula toda obra de provecho colectivo.

Tratemos, entonces, de fomentar y abrir amplio cauce a una corriente de verdadero nacionalismo, a la cual afluyan las voluntades y las inteligencias de todos los hombres de bien, sin exclusivismos odiosos ni petulantes pretensiones.

Tal el sentido de nuestra protesta: condenación franca y rotunda de los bárbaros métodos que, en hora menguada, [240] recitaron las multitudes inconscientes con el inútil intento de subyugar la independencia y la libertad de las ideas. Y, conjuntamente con ese anatema, afirmación de inquebrantable fe en días mejores para nuestra patria si, escapando a peligrosos y engañadores fenómenos de espejismo mental, queremos entregarnos de lleno a edificar valores ciertos, cansados al fin de destruir situaciones pre-existentes para proporcionarnos, como único goce, el de una incomprensible vida eternamente estéril sobre ruinas y escombros.

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