Cristiandad. Al Reino de Cristo por la devoción
a los Sagrados Corazones de Jesús y María
año XIII, nº 283, páginas 6-7
Barcelona, 1 de enero de 1956

José Luis Vázquez Dodero

Religión y Letras

Ramiro de Maeztu Las relaciones entre la religión y la literatura o el pensamiento de algunos escritores españoles han sido objeto, durante los últimos años –en especial a partir del verano de 1951, que fue cuando tomó impulso extraordinario la campaña de exaltación de los intelectuales heterodoxos– de polémicas y controversias constantes.

De un lado estaban la Iglesia y los que con ella sienten; de otro, desde el que, poseyendo fe cristiana y practicándola, tiene muchas nociones confusas y erróneas sobre religión y moral, hasta el que, con fe tibia o nula, pero sin hostilidad hacia ella, figura como católico porque está bautizado y porque circunstancias diversas, algunas muy loables, le impelen a no renegar del catolicismo.

En estas batallas ha intervenido la Iglesia misma con mansedumbre y energía. Recordemos las Pastorales de los Prelados de Canarias y Astorga, los artículos de Monseñor Vizcarra, del Obispo de Teruel y del Auxiliar de Toledo, diversas intervenciones del Cardenal Segura, la reciente Pastoral de los metropolitanos, &c. (Es probable que al hacer el recuento olvidemos involuntariamente algún documento importante, por lo que presentamos nuestras excusas.)

Las razones alegadas por la autoridad eclesiástica nunca han sido, naturalmente, refutadas. Pero tampoco invocadas por el sector que no las tiene en cuenta. Es muy curioso lo que ocurre. Se ataca a la Iglesia y a lo que enseña arremetiendo contra el que defiende la doctrina eclesiástica, sobre todo si es seglar. Es decir, se arremete contra el defensor de la doctrina de la Iglesia enmascarando así un ataque que va dirigido contra esa doctrina y en definitiva contra la Iglesia misma. De la medida del respeto que esas enseñanzas inspiran dan idea clara la violencia y el desprecio empleado.

Pero otras veces, las más, lo que se emplea es la táctica del silencio. Rafael Monte-Acosta acaba de denunciarla en La Actualidad Española. Se ha hecho todo lo posible por silenciar a los escritores y pensadores católicos. Ha habido en España una auténtica conjura contra Menéndez y Pelayo. La hay aún. Siendo el crítico más eminente de las letras españolas, se le omite sistemáticamente en muchos libros de filología e historia consagrados a temas sobre los que frecuentemente pueden encontrarse, en las Ideas estéticas, en los Estudios de crítica literaria, en la Historia de la poesía hispanoamericana o en los Orígenes de la novela, por no citar sino algunos títulos, juicios de inapreciable valor.

En una de esas historias literarias hay todo un trabajo de especialista, que se diría consagrado a mostrar los errores –verdaderos o supuestos– de Menéndez y Pelayo sobre Calderón, más que al estudio de Calderón mismo. Sin duda los tuvo, pero ¡con qué falta de respeto, con qué intemperancia y dogmatismo se le ataca! Mas si los errores del atacante sobre el mismo tema fuesen objeto de idénticos palmetazos, al punto se levantaría su protesta y la de sus amigos contra la estrechez de criterio, la intolerancia, la incomprensión y demás embelecos del repertorio dialéctico de los profesionales de la «convivencia».

Nada digamos de ese Diccionario donde Ramón Gómez de la Serna tiene casi igual espacio que Menéndez y Pelayo y como la mitad que Juan Ramón Jiménez, el cual cuenta con bastante más que Lope de Vega.

El silencio sobre Balmes es una de las insolencias más superlativamente pedantes de la vida intelectual española. Unamuno le despreciaba como filósofo de un modo evidentemente excesivo, que aplicado a él mismo le dejaría muy malparado; pero al fin reconoció su valor como escritor político y social «que honraría a cualquier país». Ahora ni eso. Hay legiones de jóvenes para quienes Balmes no tiene derecho a vivir en nuestras letras ni en nuestro pensamiento. Son ellos los que por lo visto van a dejar en la historia una huella indeleble.

Este desprecio, increíblemente petulante, tiene dos formas: el silencio o el desdén explícito; la primera es la más usual; de la segunda tenemos muestras en algún libro de crítica del catolicismo español ya comentado en Cristiandad.

Maeztu y Morente son otros dos casos típicos para mostrar el sectarismo de los monopolizadores de la «comprensión».

Ramiro de Maeztu vivió bastantes años prácticamente apartado de la fe, aunque sin hacer pública apostasía de ella. En el reciente libro de Vicente Marrero sobre Maeztu puede verse la prosa ditirámbica que el autor de Hacia otra España merecía de los compañeros de letras que simpatizaban con su actitud política y doctrinal. Maeztu era entonces un pensador de altura, un gran periodista y ensayista, una pluma europea al tanto de los problemas modernos, densa, aguda, vigorosa. Pero, de pronto, Maeztu sintió una fe militante y llegó a ser, en Defensa de la Hispanidad, un apologista del catolicismo. La respuesta fue el más enconado, frío, implacable silencio por parte de quienes, antes, le brindaban su mayor apoyo. El escritor falangista Eugenio Montes ha referido que con ocasión de una felicitación a Maeztu, éste, con ademán muy suyo, le invitó a apartarse diciéndole: «soy un leproso...» Así expresaba él la [7] impresión que le producía el alejamiento y la guerra de silencio tenaz de sus antiguos amigos.

Uno de los datos más elocuentes que en este orden de cosas pueden aducirse es el siguiente: Defensa de la Hispanidad no tuvo un solo comentario –ni favorable ni adverso– en la prensa diaria, ni en revistas, populares o no, del campo contrario.

Don Manuel García Morente sufrió y sufre una prueba parecida en expiación de su retorno a la fe y de su sacerdocio. Él y Maeztu siguen siendo silenciados por quienes ensalzan –con idolatría y fanatismo, unas veces; otras con devoción que no llega a tales extremos– a los escritores que representan desde el escepticismo hasta la irreligión y el ateísmo.

El fenómeno no es exclusivo de España. Podríamos alegar muchos ejemplos, sobre todo franceses. Hoy nos limitamos a registrar la documentada denuncia que hizo hace años la revista madrileña Mundo sobre el estudiado silencio que se ha hecho en Europa a un escritor de la categoría de Chesterton. Chesterton es también en España uno de los autores cuyas citas «no visten»; por ello se le omite fervorosamente.

Pero, en cierto modo, esto tendría alguna lógica en determinados sectores de la cultura. Lo peor es cuando esa actitud va ganando terreno en el campo católico, por encontrar ambiente en él los que vienen observándola sin rebozo.

Entre algunos católicos de fe sincera y piadosas costumbres se despierta entonces la conciencia de que el problema se remediaría con caridad. Y esa caridad se quiere ejercitar sin tener demasiado en cuenta los derechos de la fe a ser nítida, firme e inquebrantable en la conciencia de los católicos. En consecuencia, se tiende a veces a conceder ciertas cosas, a pasar por alto otras, en aras de un entendimiento y una cordialidad que nunca da frutos que compensen la confusión, el titubeo, la evaporación de muchas seguridades plenamente tales en la conciencia de los lectores de periódicos o revistas.

Hay gente buena que cree ingenuamente conocer los problemas que en España plantea la existencia de la heterodoxia intelectual. Y ocurre que esta gente escucha, «por caridad», a los representantes de esa heterodoxia, ya en su hechura descarada y paladina, ya en la de un supuesto catolicismo que ve en tal religión una forma cultural «interesante», pero nada quiere saber del magisterio vivo, efectivo, de su jerarquía. Mas no escucha a los católicos que realmente, y con todas sus consecuencias, sienten con la Iglesia. La razón de no escucharlos es que creen conocer sus razones. Esta es una de las fuentes importantes de su error. Porque la verdad es que entre estos católicos que sienten con la Iglesia los hay que han seguido y estudiado, durante muchos lustros, las vicisitudes de las luchas intelectuales en España y están preparados, por su catolicismo y por su documentación, para aportar datos de Interés, desconocidos de esas gentes que anteponen a todo un vago y confuso sentimiento de caridad.

No hay mayor caridad que tratar de preservar al católico de cualquier quebranto en su fe. La Iglesia ha tenido siempre en esto un sistema de suspicacias y defensas muy firme y enérgico; y sobre todo muy lógico.

¿Hay alguien que viendo merodear a un sospechoso en la soledad del campo no apercibe al punto el arma para evitar o rechazar el presunto ataque contra sus bienes o su persona?

El que ama la fe viva más que cualquier otro bien, pues ella es el fundamento de su caridad, de su paz, de su esperanza y sobre todo de su salvación eterna, ¿cómo no verá con recelo cualquier postura que, con arreglo a las verdades que le ha enseñado el magisterio de la Iglesia, puede menoscabar ese bien inapreciable?

Las razones fundamentales de este recelo son, naturalmente, sobrenaturales; con ellas y por ellas tiene el cristiano un formidable arsenal para resistir siempre en la fortaleza incólume de su fe. Pero a los que no las comprenden, o comprendiéndolas no las hacen vida, cabe argüirles con el argumento puramente racional, y aun vital o existencial, que encierran las siguientes palabras, escritas precisamente por Ortega: «Cuando se ha aprendido a ver lo que para la vida humana representa una fe sólida y a la vez rica de contenido, no hay hecho que supere en dramatismo a su volatilización.»

Esta es una de las formas puramente humanas y naturales con que un católico puede responder a quien no lo es, o a quien lo es a medias, para explicarle su aferramiento a la fe. La otra, la verdaderamente poderosa, es la que brota de la fe misma, de su luz cegadora y de su seguridad imperturbada.

El P. Antonio Pacios, MSC, ha estudiado en un pulcro ensayo de reciente publicación –Cristo y los intelectuales– el canon de las relaciones que a la luz del Evangelio deben existir entre creyentes e incrédulos, y también entre los católicos que dicen serlo en su vida privada y no lo son de hecho como intelectuales, y los que se atienen al magisterio de la Iglesia. El libro, que sepamos, ha sido acogido con ese silencio que constituye el cruel destino de tantas obras. Y, sin embargo, el estudio del P. Pacios contiene buena copia de razones extrañas del Evangelio con originalidad. Como tenemos el dictamen de un teólogo, y la obra nos ha confirmado en la más firme doctrina, valdrá la pena darlo a conocer a los lectores de Cristiandad.

Hace falta crear en la juventud una pujante voluntad de fe católica pura, de fe sin atenuaciones; sólo desde ella y con ella se puede adquirir con salud plenaria esa actitud ante la investigación científica, la filosofía, el pensamiento y las letras que no desdeña ninguna verdad genuina, proceda de dolido proceda, y que, sin embargo, elimina los riesgos para la fe: la actitud constante de la Iglesia, renovada en la Humani géneris.

J. L. Vázquez Dodero


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