Filosofía en español 
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La cuestión del cinematógrafo y la de la moral de la calle

Fernando de Sagarra

Contestación al cuestionario sobre la moral del Cinematógrafo

A. I. Soy completamente contrario a radicalismos de ninguna clase, pero en lo tocante al Cinematógrafo me siento acérrimo adversario, por considerarlo instrumento de inmoralidad, y opino, que de organizarse moralmente, el Cinematógrafo degeneraría en lo monótono e insulso, y en su consecuencia desaparecería.

La inmoralidad del Cinematógrafo procede de una parte, de la necesidad de producir a millares las películas, y de otra, de su limitado campo de acción; todos los recursos los halla en la mímica, y la mímica por fuerza debe ser sensacional, rústica, desequilibrada, por consiguiente, anti-artística y en definitiva inmoral; porque toda diversión pública que no esté inspirada en un sentimiento artístico fatalmente tiene que embrutecer a la multitud.

¿Cómo puede ser moral una diversión que se alimenta solamente de casos clínicos y morbosos? Todas las transgresiones de la justicia, todos los desequilibrios, todos los dolores humanos hallan un objetivo fotográfico que les presta asilo en una película. ¿Qué diríamos de una sociedad que para buscar distracción de su trabajo acudiera a los hospitales a contemplar las dolencias y sufrimientos de sus semejantes con un fin puramente de distracción y recreo? Este puñado de hombres y mujeres que condujera de la mano a sus hijos infantes a buscar goces en un hospital, sería merecedor de que se les arrancara el corazón de humanos. Pues bien; el Cinematógrafo presenta como diversión, casos arrancados de los Palacios de Justicia, (que son los hospitales del corazón humano) y los traslada vivos, sangrando, en el escenario, con una rapidez mareadora; y allí acuden hombres y mujeres conduciendo de la mano a sus hijos infantes; y allí en medio de los sufrimientos humanos, se presenta la película de la risa, que es en aquella ocasión el colmo de la inmoralidad, por saltar bruscamente de la sensiblería a la impía burla, con una indiferencia cínica.

Y afirmamos que el Cinematógrafo con la popularidad de que goza es malo en absoluto, porque si se le quita toda esta parte sensacional (inmoralidades, injusticias, crímenes), ¿qué le queda?... el cinematógrafo decae y muere para la multitud; porque purificando dicho espectáculo, carece de interés, y por esto opinamos que es muy difícil encauzarlo en buen camino.

II. Opino necesario apartar absolutamente del mismo a los niños; porque todo este conjunto de espectáculos de índole sexual y criminosa, contemplados con asiduidad, obran en el alma del niño, ávida de enseñanzas, de una manera perniciosa, introduciendo (gracias al instinto de imitación) en sus tiernos corazones los gérmenes del crimen, despertando tempranamente pasiones aletargadas. No es necesario citar, por ser harto conocidos en la historia del crimen, los realizados por niños, con el exclusivo deseo de reproducir en la realidad, escenas leídas y contempladas en obras literarias de una bondad muy dudosa.

B. En cuanto a la cuestión de “la inmoralidad de la calle” debo decirle, que creo una idea acertadísima la iniciada por la redacción de esta Revista, y que sería muy útil una junta compuesta del Maestro en compañía de un número determinado de padres de los niños que con el auxilio de los tribunales de justicia cuidasen de neutralizar la calle. El Maestro es la personalidad más indicada para realizar esta empresa, porque el Maestro ejerce un sacerdocio que la sociedad debe mirar con el respeto más profundo, y que es justísimo esté acompañado de los medios necesarios para desempeñarlo. La inmoralidad de la calle está socavando los cimientos donde el Maestro levanta el edificio de la educación, los niños al salir del ambiente de la escuela, respiran aires mortíferos que matan el alma de la escuela y es el Maestro quien en primer término debe velar por la pureza de esta alma.

Fernando de Sagarra