Filosofía en español 
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La cuestión del cinematógrafo y la de la moral de la calle

Carmen Karr

Contestación al cuestionario sobre la moral del Cinematógrafo

I. Someterlo a un control.

II. En absoluto hasta los 7 años, y más adelante utilizar el Cinematógrafo para cooperar a la instrucción mediante películas de viajes, costumbres, industrias, agricultura, episodios históricos, &c. &c., cuyo espectáculo puede combinarse con pequeñas conferencias amenas y a la vez instructivas.

Aplíquese lo dicho al teatro.

III. Por diversiones y ejercicios al aire libre haciendo construir squares –jardines públicos exclusivos para los niños,– grandes pistas, &c.; inclinando al niño al contacto de la Naturaleza por medio de los árboles, de las plantas, del agua, de los animales. Y si preciso es un espectáculo cualquiera ¿por qué no, los títeres, al aire libre o en locales construidos al efecto en los que no pudieran entrar más personas mayores que aquellas que acompañen a los niños?

IV. Entiendo que la sacratísima labor del Maestro no ha de salir de la Escuela más que al través de la conducta del niño. No debe ni puede ejercer jurisdicción alguna fuera de ella, más que imponiendo su ejemplo irreprochable.

Nota. No es solo en el camino de la Escuela donde se pervierte el niño. Es, –en gran número de casos– en su propio hogar, en el que los mayores no cuidan ademanes ni lenguaje; en el que se reduce el presupuesto de lo necesario para pagar semanalmente las entregas del novelón odioso o imbécil, –para costear las sesiones de género ínfimo y las de la echadora de cartas.

Desde el hogar en que el padre deja abiertas sobre la mesa publicaciones perniciosas, obscenas, –que comenta luego en familia,– donde la madre hace la vista gorda a las intimidades del noviazgo oficial de sus hijas olvidadas de todo recato; donde las criadas vocean coplas indecentes, y bailan y jalean a los niños de la casa garrotines y machichas... todo es, a mi ver, mucho más pernicioso para la inocencia del niño que el cruzar por la calle la infeliz ramera que pregona sus gracias, –más de una vez ¡ay! con menos provocación que algunas vírgenes casaderas o alguna dama comme il faut (?) en busca de aventuras.

V. Por medio de unas Juntas de barrio, permanentes, de protección al niño, reelegibles por quinquenios y compuestas de padres y madres de familia, de los maestros, de un delegado de la Junta de la Enseñanza, de un sacerdote, del alcalde de barrio y de un médico higienista. Estas Juntas presidirán al emplazamiento y condiciones del local de la Escuela y vigilancia de la misma, cuidando además de gestionar de las autoridades unas leyes que castigarán severamente toda manifestación pública que pueda herir la inocencia del niño.

Nota. Cualquier individuo de la Sociedad protectora de Animales y Plantas, puede recabar la asistencia de los agentes de orden público y su protección para toda transgresión a los estatutos de la benemérita entidad. ¿Porqué no ha de poder obtener el niño –cuya inocencia mancillan las exhibiciones públicas de postales, cartelones, coplas obscenas, ademanes indecorosos consentidos en la calle protección.. así mismo, –en el sentido de que, a la primera indicación o queja formulada por un transeúnte, miembro o no de esas Juntas de saneamiento,– pueda hacer retirar, –el agente de la autoridad– todo aquello que pueda ser semilla perniciosa para un cerebro que se despierta?

Y ¿por qué no obligar las empresas de tranvías, por ejemplo, a retirar esos inútiles letreros que prohíben fumar y escupir, substituyéndolos por otros que digan: “Se suplica compostura en el gesto y en la palabra...?”

Carmen Karr.

Octubre 1911.