Juan Sánchez Valdés de la Plata
Libro quinto, de la concordancia entre Dios, y el hombre ❦ Capítulo XXXIIII
En que declara, cómo el hombre es semejante a las guerras y batallas, y cómo la vida del hombre es una continua guerra sobre la tierra
Cuál es cada uno, tales son sus hechos, y dichos, dice Tulio, y Demócrito decía que las hablas y palabras del hombre, eran imagen de su vida: pues el hombre tiene de costumbre de hablar cosas de guerras, y pendencias, y sus inclinaciones son siempre a tener contienda unos con otros, por lo cual parece que ellos deben de ser semejantes a las guerras, porque cada uno es inclinado a su semejante, diciéndolo así el Filósofo en los libros de generación, y corrupción, y pues los hombres por la mayor parte todos son inclinados a batallas, y guerras: y estar hablando de ellas, luego parece claro que deben de ser semejantes a la guerra para lo cual puede saber cada uno que la guerra es todo aquel tiempo que está en la guerra, y es una pelea, o contienda que unas gentes tienen con otras, matándose, o hiriéndose sobre alcanzar victoria de alguna cosa, y por tanto se verá claro que el hombre es semejante a este tiempo, porque como el tiempo se pasa, así el hombre se pasa, y como la guerra es una pelea, así el hombre es una pelea continua sobre la tierra, porque siempre está peleando con el diablo, que le está oponiendo ocasiones por las cuales caiga, y se aparte del fin para que fue creado, y batallando con el mundo que le está persuadiendo a sus negocios, y tratos, y con la carne induciéndole en los deleites.
Está también peleando consigo, ya en dichos, ya en hechos, y pensamientos, y consideraciones, las cuales siempre están batallando con el hombre, y el hombre con ellas, y el hombre consigo mismo, y por eso decía San Pablo, que sentía en sí otra ley, que peleaba con los apetitos de su carne, y consigo mismo, si peleaba consigo mismo, luego a sí mismo que es la misma pelea semeja: decía el Poeta Ovidio, Militat omnis amans, & quaerit sua castra Cupido, que pelea todo amador, ¿qué es la pelea de los amantes, sino que consigo mismo están peleando en sus pensamientos, e imaginaciones, y se les ponen delante de sus pensamientos mil dificultades, mil zozobras, mil congojas, mil tribulaciones, y todo se les hace dificultoso, y todo le parece que le viene a estorbar, y todo aquesto lo pasa consigo mismo, viviendo en una gran confusión, haciéndose la guerra a sí mismo?
Y de esta manera pelea todo amador, y así parece que el hombre es semejante a la guerra, pues él mismo es la guerra. Y que esta comparación se haga de la guerra al hombre, está en muchas partes, así de los escritores profanos, como de los sagrados.
El esposo en los Cantares decía de su esposa, cap. 6. Quæ est ista quæ progreditur quasi aurora consurgens, pulchra ut Luna, electa ut Sol, terribilis ut castrorum acies ordinata. Quién es esta que viene como el alborada cuando se levanta, hermosa como la Luna, escogida como el Sol, terrible como hueste bien ordenada de gentes de guerra: mira cómo la comparó a la guerra, y huestes de guerra.
Quinto Curcio también decía en el lib. 10 de los hechos de Alejandro: Illud scire debetis, militarem sine duce turbam corpus esse sine spiritu. Aquello habéis de saber, que la compañía, y hueste de gentes de guerra sin capitán, es cuerpo sin ánima, y sin espíritus: el hombre es el que hace la guerra, y la vida del hombre toda es guerra sobre la tierra: así lo decía Job a los 7 capítulos.
San Agustín en el sermón 17 de verbis Domini, dice: ¿Qué cosa es muy largo tiempo vivir, sino mucho tiempo ser atormentado en esta guerra, que el espíritu, y la carne tienen? Esta vida nuestra decía San Agustín, es vida dudosa, vida ciega, vida llena de miserias, a lo cual los humores hinchan, los dolores la enflaquecen, los ardores la desecan, los aires la enferman, los manjares, la hinchan y los ayunos la enflaquecen, los placeres, la desatan, y las tristezas la consumen, la solicitud, y congoja la estrecha, y la seguridad la embota, las riquezas la ensalzan, y la pobreza la abate, la mocedad la ensalza, y levanta, y la vejez la acobarda, la enfermedad la quiebra, la tristeza la apremia, y después de todas estas cosas la muerte la mata, y pone a todos los placeres fin, de tal manera que cuando dejare de ser, no piense haber sido.
De tantos males, y tan grandes, decía San Ambrosio en el sermón cuadragesimal, esta nuestra vida está rellena, que en comparación de ella la muerte se piensa ser remedio, por lo cual decía Job: La vida del hombre es guerra sobre la tierra, que con los que tenemos por amigos, y parientes, tenemos mayores pendencias, y contiendas, pleitos, y revueltas. Las injurias hechas a los amigos, por pequeñas que sean son más grandes que si se hiciesen en los extraños, y en los que nunca conocimos, luego les buscan cómo los afrentarán, o matarán y los echarán de sus tierras, y los desposeerán de sus honras, y de sus bienes: y no solo esta contienda, y pelea es con los amigos, mas con los familiares, y criados, hijos, y mujer: y en tanto grado viene a ser la guerra más continua con estos, y más cierto, que diga el Sabio: Los enemigos del hombre son sus domésticos, y familiares, los de su casa: dice en los Proverbios: Mejor es vivir, y morar en la tierra desierta, que vivir con la mujer rijosa, y airada: y más abajo dice, que los tejados que están chorreando en el día del frío, y la mujer pendenciera, son comparados.
Mirad cuán grande debe de ser la guerra de la mujer, pues la compara a los tejados que están destilando hielos, que abrasan las carnes, diciendo más, que no hay cabeza más mala, que la cabeza de la culebra, y que no hay ira sobre la ira de la mujer: o que pendencias, o que riñas, o que contiendas hay siempre con las mujeres, por cierto es tan trabajosa la vida que hay con la mujer que es rijosa, o que no es buena, que dicen los Proverbios: De la mujer fue hecho el principio del pecado, y por ella todos morimos: y San Juan Crisóstomo sobre san Mateo en el cap. 19 dice: Que es la mujer, si no enemiga de la amistad, una pena que no se puede huir de ella, un mal necesario, una tentación natural, y un deseado daño, o desastre, y un casero peligro, y un deleitoso detrimento ¡Mirad si es buena la contienda, y guerra con las mujeres, pues que dice que el principal enemigo que el hombre tiene en su casa es la mujer! Pues la vida descansada que con los hijos tienen es enojos, y trabajos, y riñas, ya porque sean buenos, ya porque no trabajan, ya porque no les hurten y roben los bienes, ya porque no hagan cosa con que se afrenten a sí, y a sus padres, y parientes.
Y de aquí verán, y colegirán bien, si la vida del hombre es paz, o guerra: por cierto es guerra, y bien decía Job que era una perpetua guerra sobre la tierra.
Un devoto religioso quiso una vez asentar la paz en este mundo, y fingió que la paz buscaba posada a donde estuviese, y la paz anduvo de estado en estado buscando a dónde posar, y estar, y según allí dice, nunca la halló, y se hubo de volver al Cielo, a donde están en perpetua paz, y aún por esto el hijo de Dios nuestro Señor, y Redentor Jesucristo, encomendaba tanto la paz a los Cristianos que vivían en este mundo diciendo: Mi paz os doy, mi paz os dejo: no como el mundo la da, sino como mi Padre la da que está en los Cielos.
Pues si la paz nunca halló posada, ni estado de gentes en quien parase en esta vida, claro está que la vida de los hombres es perpetua guerra, y no les encomendara el hijo de Dios tanto la paz, si no viera él que tanto era menester, pues tan continua era la guerra.
Es tan continua, y tan trabada, que desde que nacemos hasta que morimos, otra cosa no tenemos más continua, ni más trabada, ni más proseguida, que es la pelea, y guerra que con todas las cosas tenemos. Nosotros peleamos con la sed, con la hambre, con el frío, con el calor, con los vientos, con las necesidades, con las prosperidades, con los vicios, con las virtudes, con los placeres, con los pesares, con los animales brutos, con los hombres, con los espíritus malignos, y con nosotros mismos, y con nuestras inclinaciones, y sensualidades queriendo uno la carne, y otro el espíritu, dice San Pablo.
Pues la pelea, y guerra que con la codicia, y deseo de la vida el hombre tiene desde que es de razón hasta que es muerto, es muy grande por cierto, y que cada uno la puede considerar en sí: la cual no solo se extiende por todo el discurso de su vida, mas para después de su muerte, buscando a dónde se han de enterrar, y lo que han de hacer de ellos después de muertos: y considerando a questo Plinio libr. 7 de la natural historia decía: ¡Qué locura es aquesta de los hombres que han de tener codicia de vivir después de muertos, y tener cuidado de la sepultura en que los han de enterrar como si hubiesen de sentir algo, porque los deje por ahí arrojados después de muertos!
No lo sienten por cierto: y haciendo burla de esto el Filosofo Diógenes decía: Cuando me muriere, échame en el campo, y poneme un palo en la mano, para dar a quien allegare a mí: y como le dijeron, Señor no lo sentirás después de muerto, respondió: Si no lo tengo de sentir, que se me da a mí que me entierren, que me echen a las aves, aunque este hombre parece que muestra que no peleaba con la codicia que todos pelean de que les guarden, y entierren sus cuerpos después de muertos, mas no dejaba de pelear con la codicia que tenía a que le tuviesen por Sabio, y más mirado que los otros.
Y porque la codicia es una cosa con la cual siempre guerreamos, decía Inocencio en el libro de vilitate conditionis humanæ, que tres cosas en gran manera suelen desasosegar a los hombres, y traerlos en perpetua guerra, conviene a saber, las riquezas, y los deleites, y las honras, de las cuales se hace un grande escuadrón, y hueste contra el hombre, que lleva estos tres capitanes que tengo dichos, riquezas, deleites, y honras.
De las riquezas proceden cosas malas, que son codicia, y avaricia, y los deleites paren cosas torpes, que son gula, y lujuria, y las honras hacen cosas vanas, y mantienen a la soberbia, y vanagloria, y así este escuadrón anda siempre guerreando con el hombre toda la vida peleando contra él.
La vanagloria, la soberbia, y la gula, y la lujuria, y la codicia, y la avaricia, guiándolos los tres capitanes nombrados, riquezas, deleites, y honras. Por esto decía el mismo Inocencio más abajo: ¡O fuego que no se puede apagar, codicia que no se puede hartar! ¿Quién por ventura fue en algún tiempo contento a su voluntad?
Pues que cuando alcanza ya lo que deseaba, entonces codicia otras cosas mayores, siempre en las cosas que tienen por alcanzar, y no en las que tiene por alcanzadas constituye el fin, y por esto decía San Pablo ad Timotheum cap. 6 que la codicia es raíz de todos los males, a la cual algunos que la deseaban, se apartaron de la Fe, y se ingirieron a muchos dolores, que dice Inocencio donde tengo alegado.
La codicia es raíz de los males, ésta comete sacrilegios, y hurtos, y ejercita robos, y presas, y trae guerras, y hace muertes, y estragos en las gentes, y otros muchos males que de ella va allí contando, que quebranta los votos y juramentos, y negocia injustamente y con engaños, y mentiras, y quebranta los conciertos y puesto entre las gentes.
Así que con estos engaños, y negocios andaba la vida del hombre vacilando como navío en el agua, y por esto decía San Gregorio en el registro: Nuestra vida es semejante al que navega, porque el que navega, que esté en pie, o sentado, que este echado, siempre va andando, porque con el movimiento, y andar a delante del navío, él es llevado, y así nosotros, o velando, o durmiendo por movimientos de tiempos, cada día vamos corriendo al fin de la vida, no mirando, ni considerando a do va, sino corriendo sin parar al fin de la codicia que le lleva.
Y por esto decía Séneca en la epístola 74, que la codicia no entiende su felicidad, porque no mira de adonde viene, sino a donde va, que es que no mira que viene de Dios, sino mira que va a los placeres, y deleites de esta vida, y así molesta el hombre, y de honrado le hace deshonrado, y de noble vil, y de amigo le hace enemigo, y de quieto, y pacífico, le hace desasosegado, y guerreador, y así la vida del hombre es una continua guerra sobre la tierra, porque allende de tener guerra con todo lo que tengo dicho, tiene también guerra con unas sabandijas pequeñuelas, que de pensarlas decir es vergüenza, y dan tanta guerra que aun entre aquellos guerreadores que Dios envió a los Egipcianos, a los del Rey Faraón, se cuenta que les fueron las moscas, y los mosquitos, y aún las pulgas, y chinches, y piojos, estos dan harta molestia, y hacen harta guerra a la vida del hombre.
Así que el hombre cuando piensa que ha escapado de sus enemigos, porque no tenga hora sin pelea, cuando va a dormir, o reposar, entonces estas sabandijas los mosquitos, las moscas, y los demás le dan guerra, y no le dejan reposar, ni sosegar, unos por una parte, y otros por otra.
Y pues todos los días de nuestra vida todos los pasamos en perpetua guerra, hagamos de manera que digamos lo que Seneca decía en la epístola 12. Alegres digamos yo viví, y el curso que la fortuna me ha dado he cumplido, si mañana me añadiere alegres lo recibamos para vivir en esta continua guerra, y acabar en ella como todos acabaron.
Pues avisemos que ya que acabamos aquí esta vida, que es de obrar, que en ella hayamos comenzado a hacer, y tener la otra vida que para siempre nunca se acaba, antes después de muertos la perfeccionamos, en ella permaneciendo, que es comenzando a contemplar a Dios, y conocerle y pensar en él siempre, lo cual es la felicidad, y bienaventuranza de paraíso, diciendo San Juan a los 17 capítulos: Haec est vitae aeterna, ut cognoscant te.
Esta es la vida eterna que conozcan a Dios, y le vean, y gocen, lo cual para siempre sin fin dura en Paraíso, en la cual vida no hay guerra, ni contienda, ni tristeza, ni sinsabor alguno, sino toda es una holganza, y toda es una alegría, y placer sin comparación, en la cual se le da al hombre lo que nunca pensó, ni ojo de hombre vio, ni oído lo pudo oír, ni pudo venir en corazón de hombre lo que le está aparejado en la gloria, como lo decía San Pablo: pues escoja, y tome el hombre la vida más segura, para que en esta batalla de esta vida fenezcamos de arte, que esta vida no nos haya sido guerra continua, y la otra no sea guerra eterna, sino que habiendo comenzado bien a considerar, y servir a Dios, acabemos considerando en él, no teniendo los principios de la vida buenos, y los fines malos, conforme a aquello de Salomón en el cap. 14 de los Proverbios diciendo: Hay un camino que parece al hombre que es justo, y el fin de él los lleva a la muerte.
Y porque no hay cosa más dificultosa al hombre que elegir la vida, y estado en que ha de permanecer, y salvarse, ni sabe cuál es la cosa mejor, ni le estará mejor para continuar, por lo cual debe cualquier hombre todas estas cosas encomendarlas a Dios, rogándole que le enderece en aquel camino que le es más cumplidero, según que lo escribe Tobías en el capítulo cuarto. Omni tempore benedic Deum, & pete, ut vias tuas dirigat, & consilia tua in ipso permaneant.
En todo tiempo bendice a Dios, y pide que tus caminos los enderece, porque no es en poder del hombre del todo hacer su camino, como lo decía Jeremías, a los diez capítulos, sino en Dios está enderezar los pasos de los hombres, y el hombre dispone su camino.
Así lo decía Salomón en el capítulo diez y seis de sus Proverbios: Él nos enderece, y encamine en su santo servicio, y para su gloria, y haga que esta guerra continua que siempre tenemos, sea parte de descargo de las culpas que por nuestros pecados merecemos, y quitados de esta guerra, vengamos a aquella paz que Dios nuestro Señor Jesucristo por su santísima pasión nos ganó.
Y por tanto sea loor, y gloria, y honor, a aquel que nos da entendimiento para entender las cosas oscuras, y si alguna cosa buena fuere dicha, dense las gracias a Dios, y si en algo pareciere defecto, o error, el lector perdone, corrigiéndolo con caridad, la cual a todas las cosas buenas nos mueve, a la censura del cual que mejor lo entendiere lo someto, y a mí, y a todo lo en él escrito, a la corrección de la santa madre Iglesia de Roma, y de sus santos ministros, Amen.