Hispania


 
Selección de artículos del
Anuario Republicano Federal
Madrid 1870

 


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Roque Barcia
Prólogo. Cuatro palabras al lector

Con el deseo de complacer a mi amigo el Sr. Castro, editor de este Anuario, escribo estas cuatro palabras.

El Anuario es un compendio de todos los descubrimientos, de todos los progresos y adelantos en artes, ciencias e industria.

Estos libros, que ocupan en todos los países uno de los puestos más distinguidos en el campo de las letras, son poco conocidos en España, y el que hoy se anuncia merece que el público le preste su noble y generoso apoyo.

El Anuario que hoy se ofrece al público, verdadera mesa revuelta, contiene importantes artículos sobre ciencias, literatura y política, de repúblicos eminentes; al lado de tan distinguidos escritores, figuran los nombres de varios jóvenes, esperanza y gloria de la prensa republicana federal.

No es nuestro ánimo hacer la apología de una obra en que figura nuestro modesto nombre, ni sabríamos tampoco hacerlo; pero sí conviene fijar la atención del público sobre un libro que representa notables desembolsos y grandes sacrificios de una empresa editorial.

La condición de los pueblos libres, su deber más sagrado e imprescindible, es la instrucción: desgraciadamente, a causa de los tiránicos gobiernos que por espacio de tantos años han dominado nuestro desventurado país, la instrucción del pueblo ha sido una ilusión, un verdadero fantasma, tan invisible como impalpable.

Mil veces el rubor de la vergüenza ha coloreado nuestras mejillas al contemplar, con lágrimas en los ojos y dolor en el alma, el negro color con que aparece nuestra desdichada patria en el mapa de la instrucción de Europa.

Sin instrucción, no es posible un pueblo verdaderamente libre; la instrucción es al alma lo que el pan al cuerpo, es decir, un alimento de primera, de absoluta necesidad.

El muchacho que crece en los campos y gana el sustento con su escaso, pero honrado trabajo; el hijo del pueblo que presta sus servicios en los talleres de una industria o en los telares de una fábrica; el niño que pulula por las calles de las populosas ciudades; todas esas criaturas, en cuyas mentes infantiles germina quizás la dirección del globo, el descubrimiento del polo Norte, o la navegación submarina; estos niños que podrían ser la honra y la gloria de su patria, adquiriendo un nombre tan grande como el de Homero, Galileo, Copérnico, Colón, Cervantes, Newton o Franklin, se ven hoy perdidos en la oscuridad de su ignorancia, aprisionados en un terrible calabozo, por cuyas fuertes rejas no ha penetrado todavía un rayo de ese sol claro y purísimo que se llama la instrucción.

El día en que el niño se instruya, y que al llegar a la mayor edad tenga la verdadera conciencia de su derecho y de su deber, ese día la humanidad habrá saltado la gran barrera que la tiranía ha levantado delante de ella; habrá rasgado la oscura venda con que el negro despotismo cubrió sus ojos, y podrá exclamar, como exclamó el sabio Guttenberg al descubrir esa invencible palanca que se llama la imprenta: Hágase la luz, y la luz fue hecha.

En la conciencia de todos están impresas nuestras reflexiones, y no queremos insistir sobre este punto.

El Anuario Republicano Federal merece las simpatías del público y el apoyo de nuestro gran partido; en él se encuentran firmas estimadas del público y nombres muy queridos de nuestros correligionarios todos: preciso es que el partido le preste su noble, aunque modesta ayuda.

El pueblo español, sediento de instrucción, debe acoger este libro como a un amigo cariñoso; en sus páginas se ven mezcladas las ciencias con la poesía, la literatura con la política: será un verdadero libro de consulta, que no vacilo en recomendar al público en general, y a nuestros correligionarios en particular, en la seguridad de que viene a prestar un gran servicio, así en el campo literario como en el terreno político.

Roque Barcia

Anuario Republicano Federal (1870), páginas 5-8.
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Roque Barcia
Soberanía nacional

Se nos habla de libertad. Todo el mundo grita: ¡Viva la libertad! Esto es muy bueno; pero no basta cuando esa libertad no se aplica, cuando de esa libertad no se saca un sistema, cuando no se crean intereses a esa libertad, cuando la libertad no hace a los hombres cultos, buenos y ricos; cuando la libertad no hace a los hombres libres, la libertad es un agregado de sílabas, un nombre, un sonido, y sílaba por sílaba, sonido por sonido, nombre por nombre, tanto vale el nombre de libertad, como el nombre de esclavitud.

La política de nuestro país ha llegado a un punto en que ciertas voces significan poco. No nos satisfacen las palabras. ¡Se nos han dado tantas palabras! No nos basta oír. ¡Hemos oído tanto! Nos sabe muy bien que todo el mundo diga: ¡Viva la libertad! pero queremos que se creen intereses liberales.

Se nos habla también de moralidad y de rectitud. Esto es algo; pero no es mucho. Estamos convencidos de la rectitud y moralidad de las personas que invocan estos nombres; pero no tenemos bastante con la invocación.

Martínez de la Rosa habló a España de paz, de orden y justicia, y con aquel orden hubo grandes desórdenes, con aquella justicia hubo injusticias escandalosas, con aquella paz hubo guerra civil; una guerra civil en que la sangre nos llegó a la garganta. Menos hablar y más hacer. Menos brindis y más reformas.

Se nos habla también de soberanía nacional. Esto es mucho; pero no es todo. Bajo el imperio de la soberanía nacional fueron los hombres a presidio porque explotaban la sal y el tabaco. Bajo el imperio de la soberanía nacional fueron prohibidos muchos libros por la tiranía de un gobernador, privando a sus autores del derecho de parecer ante el jurado. Bajo el imperio de la soberanía nacional se restableció la contribución de consumos en 1854 y en 1868. Bajo el imperio de la soberanía nacional fueron bombardeadas Barcelona y Sevilla. Bajo el imperio de la soberanía nacional subieron muchos españoles las gradas infames del patíbulo.

La nación era soberana, y el individuo nacional era ajusticiado. Era soberana la madre, y el hijo moría a manos del verdugo. No tenemos bastante con esa clase de soberanía; una soberanía que bombardea, que confisca, que infama, que ahorca. No tenemos bastante con la soberanía del bombardeo, del fisco y del garrote.

Queremos y buscamos una soberanía más natural, más lógica, más sencilla, más fácil; una soberanía que es la ley de todas las leyes, la verdad de todas las verdades, la razón de todas las razones.

Queremos y buscamos la soberanía de la creación humana, la soberanía del hombre; la soberanía de lo que ha hecho Dios, si de Dios venimos; la soberanía de la naturaleza, si de la naturaleza procedemos. Naturaleza o Dios: queremos y buscamos la soberanía de ese eterno misterio, que piensa y que siente en nuestra alma como quema en el fuego, como corre en el aire, como alumbra en los astros. Todo ha reinado en este mundo: el padre absoluto, el guerrero, el clérigo, el monarca, el noble, el rico, el fuerte. Todos han reinado, menos el hombre. Esa es la soberanía que buscamos, esa es la soberanía que queremos: la soberanía de la humanidad, la soberanía de la criatura, la soberanía del ser, la soberanía de todos. Ese es nuestro monarca, ese es nuestro rey: el hombre.

¿Hay quien nos presente un rey mejor? ¿Hay un rey mejor que la humanidad? ¿Hay un rey como la naturaleza, si de la naturaleza venimos? ¿Hay un rey como Dios, si de Dios originamos?

¡Soberanía nacional! ¿Qué me importa a mí que la nación sea soberana, si el verdugo me da garrote? ¿Qué me importa a mí que la nación viva en la gloria, cuando yo vivo en el infierno? ¿Qué me importa a mí que la nación sea libre, cuando yo llevo en mi corazón el dolor inmenso del esclavo?

Sí, la nación puede estar o no estar en la gloria, pero haga de modo que yo no viva en el infierno. Sea menos libre, pero haga de modo que yo no sea esclavo. Sea menos soberana, pero haga de modo que a mí no me ahorquen.

Decimos esto, porque nuestro país tiene la costumbre de contentarse con las apariencias, y no busca la realidad. Ve la forma, y ya no piensa en la sustancia. Mira el modo, y ya no se acuerda de la esencia. Se le presenta una criatura vestida, y viendo el vestido se olvida de la criatura. Mucho afán, mucho ímpetu, mucho entusiasmo en el primer momento; pero se volatiliza después como los licores espirituosos. Sufrimos años y más años de un despotismo insoportable; viene luego un discurso, una música,una bandera, un arco de triunfo, una inscripción, un banquete, un brindis, un himno de Riego, unos cuantos vivas a la libertad, y ya nos parece que hemos llegado al fin del viaje.

No se entienda que llevamos a mal que un pueblo vitoree a sus hombres. No solamente hay jubileos religiosos, también hay jubileos políticos; también la política tiene sus festividades sagradas, y nada más justo ni más noble que solemnizar con nuestra alegría esas fiestas sagradas de un pueblo oprimido.

Los pueblos gritan cuando ven un rayo de libertad, como las aves cantan cuando el día amanece. Alabamos la santa alegría que siente el cautivo cuando presume que va a ver la luz; pero no aplaudimos que todo se vaya en alegrías. Demos al corazón lo que le toque; pero no dejemos vacía la cabeza.

Roque Barcia

Anuario Republicano Federal (1870), páginas 89-93.
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Francisco Pí y Margall
La revolución es la paz

¿Cómo, dirán algunos reaccionarios, han de traer la paz las revoluciones, que tienden a derribarlo todo? Que niegan las tradiciones más veneradas de la humanidad, y la remueve hasta en lo hondo de sus sólidos cimientos.

La revolución es, sin embargo, la paz: lo repito y tenedlo por seguro. ¿Data acaso de ayer la revolución? La lucha entre la libertad y el poder es tan antigua como el origen de nuestras sociedades. Presenta diverso aspecto, según las formas que el poder reviste, según las evoluciones que la idea de libertad ha dado; mas en el fondo ha sido y es aun la misma. Examinémosla en su último período. Nació un hombre en el siglo XVI, y negó el principio de autoridad en que durante mil seiscientos años venía apoyándose la Iglesia. Una negación implica siempre una afirmación contraria. Al paso que negó la autoridad de concilios y pontífices, proclamó la soberanía de la razón humana. Sujetó a examen todas las creencias, y condenó sin vacilar las que desechaba su razón, mas que viniesen sancionadas por los siglos.

Obsérvese ahora bien la ilación de las ideas. La autoridad, toda espiritual de la Iglesia, derivaba a los ojos del pueblo de una fuente eterna, de Dios, cuyo espíritu, decían, se manifiesta donde quiera que sus sacerdotes se reúnan. ¿De dónde emanaba la autoridad, toda temporal, de los monarcas? A los ojos del pueblo, de ese mismo Dios, por cuya gracia se suponían jefes supremos de su reino o de su imperio. En nombre de Dios imponía la Iglesia canones y dogmas; en nombre de Dios imponían leyes los príncipes y llevaban a sus súbditos al campo de batalla o al cadalso. Toda autoridad procedía, pues, de Dios, omnis potestas a Deo; negada, pues, la primera, estaba ya implícitamente negada la segunda. Así, no se hizo esperar mucho tiempo el Lutero de la política. Habría apenas transcurrido un siglo desde la reforma, cuando opuso Jurien a la soberanía de derecho divino la soberanía del pueblo, a la idea de gobierno el contrato, a la autoridad la voluntad, la razón de cada hombre.

La autoridad, ¿está con todo destruida en lo civil ni en lo eclesiástico? He aquí por qué seguimos aun combatiendo; he aquí por qué Iglesia, monarquía, Constituciones, concordatos, están incesantemente vacilando. Todo descansa sobre una negación, y una negación no puede vivir sin base. Hoy, ¿qué ha de ser ya la autoridad separada de la idea de Dios, su único sostén posible? La razón le busca un principio, y cada vez que ha de reconocer que no le tiene, le niega con más energía. ¿Para cuándo creéis posible la paz? Transformad como queráis las cosas que están ya negadas; llevarán siempre consigo la discordia. Destruidlas, empero, en vez de transformarlas; sentad la sociedad sobre la afirmación contraria, y tendréis desde luego un nuevo derecho, un derecho que tarde o temprano se impondrá universalmente a la conciencia. La paz entonces florecerá pronto entre vosotros, porque la paz es el orden, y el orden sin derecho es imposible. Si todas las aspiraciones de la revolución se dirigen a destruir la autoridad y establecer el contrato como base de todas las instituciones políticas y sociales, ¿quién ha de negar que la revolución sea la paz entre las naciones?

La revolución, como ha sucedido con la de 1868, partiendo de la soberanía del pueblo, tiene por objeto concentrar el poder en una Cámara elegida por el pueblo todo. Derriba así la monarquía, y con ella todo poder ejecutivo; el Senado, y con él todo privilegio y toda aristocracia. Trata de limitar luego el poder mismo, y declara fuera del alcance de la Cámara la libertad de emitir y la de aplicar el pensamiento; los intereses del individuo, de la localidad y la provincia; la forma de expresión de la soberanía a que debe su existencia; todo cuanto no afecte de una manera ostensible y directa la seguridad o el progreso de la nación entera.

¿Qué se desprende ya de aquí? Que la libertad individual, sacrificada por la monarquía, sintiéndose segura, no verá en el gobierno un enemigo, y depondrá sus armas; que reducido el poder a su antigua unidad, no promoverá conflictos como los que se suscitaban a cada paso durante el ominoso reinado de Isabel de Borbón; que limitaba la acción de la autoridad a los intereses verdaderamente sociales, y emanados siempre del pueblo, será menos odiosa y dejará de sublevar los ánimos; que hallando toda idea en la libertad de emisión del pensamiento los medios posibles de propaganda, y en el sufragio un paso abierto para llegar a traducirse en hecho, no tendrá necesidad de apelar a la rebelión, y se realizará pacíficamente sin excitar alarmas, causa principal de las crisis industriales; que la senda del progreso no estará marcada, como ahora, por la sangre de los que la recorren; que la insurrección no será ya un derecho, sino un crimen; que la palabra moralidad y justicia tendrán una justificación más determinada, y el juicio del hombre sobre el hombre, apareciendo, ya que no más legítimo, más motivado, se impondrá más fuertemente a la conciencia; que las luchas políticas no se verificarán, finalmente, en el campo de batalla, sino en los círculos, en la prensa y en los colegios electorales, donde no se esgrimen otras armas que las de la palabra. La revolución, no lo dudéis, con sólo proclamar la universalidad del voto y la libertad absoluta, modifica profundamente la naturaleza del poder, y cambia la faz de las naciones. El individuo se siente aún oprimido por las mayorías, y ha de protestar, aunque no quiera, contra las repetidas violaciones de su voluntad soberana; pero abriga cuando menos la esperanza de vencer en las urnas a sus dominadores; tiene cuando menos el consuelo de manifestar bajo todo género de formas su nuevo pensamiento.

¿Y los partidos viejos? se me preguntará tal vez. ¿Creéis que esperan a que les llame al poder la voluntad del pueblo? Advertid que todos los partidos creen tener al pueblo de su parte; que los desaciertos de los vencedores dan armas e inspiran todos los días más confianza a los vencidos; que unos y otros consideran como ilusiones pasajeras las creencias de sus adversarios.

La paz en España es tanto más inasequible, cuanto que apenas hay un sistema de administración, de economía, de hacienda, que no lastime los intereses y las opiniones de una localidad, aun cuando parece que ha de favorecerlas todas. Muchas de las antiguas provincias conservan todavía un carácter y una lengua que las distinguen de las demás del reino. Estas siguen viviendo a la sombra de sus viejos fueros; aquellas se rigen, aún en lo civil, por leyes especiales que alteran gravemente las condiciones de la propiedad y de la familia. Al paso que en una hay hábitos agrícolas e industriales, en otras hay hábitos puramente agrícolas. Cual pide a voz en grito el proteccionismo, cual el libre tráfico. Si no todas, las más tienen una historia y una literatura propias, donde no pocas veces hallan consignados sus recíprocos odios y combates; y hoy, a pesar de su unión de siglos, se miran aún como rivales. Intentad sujetarlas todas a un sólo tipo, y fomentáis otros motivos de discordia. Aumentáis el antagonismo queriendo disminuirlo, y favorecéis lo que tanto pretendéis evitar, la guerra.

Pero la revolución salva estos escollos, porque la revolución ama más la unidad, y hasta aspira a ver realizada la de la gran familia humana; quiere la unidad de la variedad; rechaza esa uniformidad absurda por la que tanto claman los que hoy piden la abolición de los fueros vascongados. ¿Por qué? La unidad en la variedad es la ley del mundo. ¡Qué de fenómenos distintos bajo la bóveda del cielo! Una sola fuerza los produce. ¡Qué de seres diversos pueblan los espacios! Los anima un sólo espíritu. El universo entero, ¿qué es más que una sola idea en miriadas de miriadas de evoluciones sucesivas? Nuestra especie es una, y mil las razas a que pertenecemos; una la verdad y la belleza, y mil las formas bajo que se presentan a la inteligencia y a los sentidos. La diferencia de clima y de producciones une cada día a los hombres de distintos pueblos en más estrechos lazos; la de necesidades, funciones y talentos imposibilita la disolución y el aislamiento mutuo de las sociedades constituidas. Como la unidad engendra la variedad, la variedad lleva a su vez a la unidad, y hasta cierto punto la produce.

La revolución es hoy tan social como política, y tiende tanto a la emancipación como a la paz de las naciones. Se propone reformar a los pueblos, no sólo en su organismo, sino también en lo que las constituyen esencialmente. He dicho antes que su objeto es destruir el poder y celebrar un contrato. Todo contrato es un acto de justicia conmutativa; la justicia conmutativa del dominio de la economía. La revolución se compromete, por lo tanto, a armonizar las fuerzas económicas, o lo que equivale a lo mismo, a resolver el difícil problema de redimir a los pueblos de la tiranía, al derecho del privilegio y a la inteligencia del error y del fanatismo.

Francisco Pí y Margall

Anuario Republicano Federal (1870), páginas 123-129.

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Ramón de Cala
¡El Hambre!

Las manifestaciones del hambre se repiten en España: dos se han hecho ya en Madrid solamente.

Triste sobre manera y desconsolador hasta romper todas las fibras del sentimiento humano, es el espectáculo de la clase trabajadora, diciendo a la sociedad que tiene hambre. Porque juntamente con esos hombres pálidos, desfallecidos, que clamorean la miseria en numerosa comitiva, se vislumbran otros seres, también hambrientos, allá en el escondite del apagado hogar, y aparecen a nuestra consideración los padres, las esposas y los niños inocentes, que empiezan a conocer el mundo por sus horribles miserias y a la sociedad por su indisculpable y feroz egoísmo.

Pero las manifestaciones del hambre no son en nuestros días la simple exposición de un hecho particular, no el descubrimiento de una miseria determinada que puede apreciarse y medirse, sino la expresión de un desorden económico permanente, que sale a la luz como una queja y como un remordimiento.

Al decir un necesitado de la comitiva que tiene hambre, dice a la vez que la tiene la clase trabajadora; expresando que la padece en aquel momento, quiere decir que los trabajadores la sufren todos los días, más o menos inclemente, pero siempre cierta y mortificadora; buscando una solución a la miseria en aquel lugar, da a entender que la miseria tiene sus soluciones; y por último, si a la frase de tengo hambre agrega la palabra trabajo, significa claramente que la miseria se produce por falta de productos y que es una aberración terrible que no haya producción cuando están de sobra las fuerzas para el trabajo.

En efecto: el desorden es extremado en las relaciones económicas del trabajo y del capital, que no viven armónica existencia de amigos, sino que riñen batallas interminables y trastornadas. Rigorosamente el hambre se ha convertido ¡parecerá inconcebible! en uno de los resortes de la producción. Ella determina las paradas, fija el precio de los jornales y sirve de hecho, que se analiza y estima, para arreglar la oferta y la demanda.

El obrero huye de la ocupación que por darle poca utilidad lo sume en la miseria, e imagina para su hijo un oficio diferente, que elige entre muchos, guiado por la sola observación de que los que los ejercitan están soportando la situación o en la miseria.

El negociante se hace cargo de que la especulación que trae entre manos es mala cuando experimenta grandes trastornos; y por este medio solamente conoce que en la sociedad sobra el trabajo a que se aplica.

Se descubre que hay más albañiles, por ejemplo, que los que hacen falta cuando los obreros de este oficio paran frecuentemente, y vive en la miseria toda una generación de albañiles.

En una palabra: la hambre en los trabajadores, la ruina en los negociantes, la miseria con mil caras son los reguladores de la producción y del consumo.

Y a esto, sin embargo, se le llama un orden social; y los hombres claman contra las reformas, y sienten convulsiones cuando se les habla de otros sistemas más generosos, como si hubiera de perderse mucho, ensayando por cambiar de mecanismo que se mueve solamente por el hambre y la desesperación.

La verdad de esta observación triste aparece con las mismas manifestaciones del hambre.

Los ricos gozan, los poderes dormitan aletargados, la sociedad alegre se revuelca en el cenagal de los vicios, y todos, todos creen firmemente que el mundo marcha bien, que los negociantes prosperan, que los obreros trabajan felices y comen abundantemente; y no salen de su tranquila equivocación hasta que los hambrientos se echan a la calle y enseñan las irritadas heridas de la miseria.

El hambre no es un dolor pasajero, sino una enfermedad social permanente de la sociedad.

El desconcierto de los resortes económicos la produce y los vicios la irritan.

No crean los optimistas que es un accidente de estos tiempos. Si algo hay accidental es el derecho de manifestarla; pero de todas maneras hambre es la callada, porque no deja de sentirse.

¿Se convencerán alguna vez los bien hallados de que es urgente el remedio para que la enfermedad no sea contagiosa y les inficione a ellos mismos, convertida quizás en otros males más terribles?

Contesten los partidarios de la tradición y de la monarquía.

¿Es posible seguir así?

Díganlo los adoradores del error.

Ramón de Cala

Anuario Republicano Federal (1870), páginas 130-133.
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Fernando Garrido
La redención social

El redentor ha venido;
¿pero la redención está hecha?
(Luis Blanc.)

Vivimos en una época de crisis, de transición para la humanidad, a quien vemos navegar a ciegas y sin brújula en el piélago tortuoso de la historia. La generación actual asiste al espectáculo más animado, más sorprendente y grande que jamás produjeran los siglos. Es todo un mundo de ideas y de hechos, que sucumbe con todos los dolores, con todas las angustias, con todas las fluctuaciones y alternativas de una lenta agonía. Es todo un mundo nuevo, que nace con todas las dificultades, con todas las esperanzas y con toda la debilidad de un engendro y de un parto difíciles y largos. Es todo un mundo de ciencia y de ignorancia, de fe ciega y de profunda convicción; es toda una nueva edad, antítesis de la que, muriendo, le abre el paso a la vida; es, en fin, un nuevo templo que levanta en sus hombros titánicos la Humanidad, decrépita ayer, y que rejuvenece hoy bajo la benéfica influencia del nuevo sol que brilla en los horizontes del porvenir, y que se levanta radiante y majestuoso, esparciendo mayor claridad a medida que el hombre abandona sus babeles infectas, receptáculos de vicios, donde la vida excitada se apaga con rapidez, según va abandonando sus desaciertos estériles; donde el hombre, embrutecido por el aislamiento, degenera, se enerva y se asemeja a las bestias.

¿Cuándo brillará en el zénit el astro benéfico del nuevo día? ¿Cuándo la Humanidad entera habrá sentido penetrar en su corazón, marchito por tantos siglos de dolores, sus rayos vivificantes?

Despierta, levántate, Humanidad; alégrate y bendice a la idea; sube a la alta región de la inteligencia, adonde tu espíritu te lleva, y mira y siente, y goza de esta sublime perspectiva que te ofrecen dos mundos, dos épocas palingenésicas, que mueren y nacen a tu vista y bajo tu planta, que mueren y nacen en tu corazón que siente, y en tu cerebro que juzga.

¡Desecha las dudas y los terrores que asedian y anonadan tu alma! No llores, no temas, no vaciles, joven Humanidad. Que el nuevo sol te ilumine; viéndote a su armónica luz tal como eres, te amarás a tí misma, desaparecerán las sombras y las dudas que te cercan, y todos tus individuos, miembros de un mismo cuerpo, hijos de un mismo padre, se abrazarán, y en la embriaguez de su dicha creerán y bendecirán a la causa hacedora con reconocimiento.

Levanta, despierta, abre tu corazón a la esperanza, a la alegría, a la felicidad: marcha, mira las nubes de púrpura y zafiro del horizonte; mira las lontananzas del porvenir doradas por los rayos del astro benéfico del nuevo día; no te detengas, atraviesa esta tierra de Egipto, y no temas a los soldados de Faraón; que el mar Rojo, embravecido, sepultará en sus profundos abismos señor y vasallo, caballo y caballero...

No temáis los caminos oscuros y desconocidos del desierto; no temáis las fatigas de la marcha; uníos, amaos, esperad; andad, y Moisés hará brotar de nuevo agua refrigerante de la dura peña, y los peces volverán a multiplicarse bajo la mano de Dios.

Despierta, levanta, camina, joven Humanidad; marcha, y no vuelvas la cara atrás, porque creerás ver siempre detrás de tí, como fatídicos fantasmas, las torres malditas de Sodoma con sus horcas, sus grillos y potros sangrientos, y con ellos los espectros de sus hijos malditos, viciosos, gastados, decrépitos y perdidos desde los vientres de sus madres. Verdugos, víctimas, pobres, ricos, patricios y siervos; ciegos todos, y empujándose, y chocando los unos con los otros en una algarabía infernal.

Tápate los oídos, joven Humanidad, y corre a saludar al nuevo sol que sale para todos.

Tápate los oídos, porque helará la sangre en tus venas y destrozará tu alma el satánico concierto de los soldados de Faraón, que blasfemando cayeron sepultados bajo las ondas del mar proceloso; la confusa algarabía de los sofistas y doctores, que disputan y ergotean como energúmenos; el desenfreno y las voces impúdicas de las saturnales, de los fariseos y patricios de la ciudad maldita, y los ayes lastimeros del pobre, montón de harapos, máquina doliente y viviente, que aúlla en los pórticos de los templos, profanados por los mercaderes, y en los umbrales de los palacios, que mina y socava la corrupción.

Confiad, marchad y tapáos los oídos, y no volváis la cara atrás; con el corazón y la esperanza puestos en el cielo, y con la vista fija en el suelo que pisáis, id a saludar el nuevo sol que sale para todos.

La redención se cumple, sí; porque la Humanidad no perece. De las ruinas de una civilización que degenera en la injusticia, que recae en la barbarie, nace y se levanta otra más vigorosa, más justa.

¿Y cuándo la Humanidad ha tenido más perdida la esperanza, ni más ardiente el deseo, ni medios más gigantescos para alcanzarle? ¿Cuándo ha estado animada de un entusiasmo más grande, de un soplo de vida más fecundo, de actividad tan prodigiosa, ni sus fuerzas más esparcidas ni homogéneas que hoy? Nunca, jamás, no. Por eso el imperio de la ignorancia, de la guerra, de las enfermedades, del egoísmo, del dolor, en fin, que han reinado seis mil años sobre la tierra, caen y se deshacen, y se extinguen ante la luz del nuevo día, contra el cual las sombras luchan; pero luchan en vano.

Por eso yo, nuevo y hermoso día, esperado y comprendido por todas las almas que el mal no ha degradado, siento en mi corazón tu fuego vivificante, oigo la armonía de las mil voces acordes y sonoras de la naturaleza que despierta de su largo sueño de muerte, y se despierta risueña; y mezclando mi voz débil y oscura a su mágico concierto, me levanto y te saludo, y amo, creo y espero.

Y tú, generación contemporánea, Humanidad de nuestro siglo, madre, hermana e hija nuestra, sal de una vez de debajo de las ruinas de este viejo mundo de iniquidad que degrada tu cuerpo y envilece tu alma; examina, reconoce, juzga, y verá que estamos en una de esas grandes épocas de crisis, de renovación, de evolución social, en que la Humanidad, como la oruga de los jardines, abandona su viejo sayo por las alas ligeras y brillantes de la mariposa.

Oye la voz de los nuevos profetas que te anuncian la tierra prometida; nuestro deber, de acuerdo con las necesidades de nuestra existencia, es marchar y ocupar en la vanguardia nuestro puesto.

El gran día se deja ver en el horizonte... Es el primero del reinado de la justicia que se va a empezar.

Fernando Garrido

Anuario Republicano Federal (1870), páginas 134-138.
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Roberto Robert
Lo blanco y lo rojo

Y va usted a ver cómo una misma idea, unas mismas palabras, pueden ser el ampo de la nieve o la viva llama; por ejemplo:

«Dios hizo a los hombres iguales, les dotó de libre albedrío para que buscasen el bien, les dijo que se amasen unos a otros y que se perdonasen las ofensas.»

Pues bien; esto, dicho en un púlpito, es blanco, es inocente, es sembrar buena semilla, es afirmar el verdadero cimiento de la moral.

Pero dicho en un club, es rojo, es incendiario, es demagógico, es disolvente, es impío.

En el púlpito, el ser los hombres iguales no excluye el privilegio del trono ni el del sacerdocio; el libre albedrío no significa libertad de examinar las cosas para elegir las que nos parezca mejor; el amarse los hombres unos a otros, no excluye el verdugo ni se opone a que una minoría privilegiada vea morir de hambre e ignorancia a la muchedumbre, y la tolerancia no significa que no se deba achicharrar al judío, al hereje, al protestante, al turco y al indiferente.

En el púlpito, el ponderar la vida en común, citando a este propósito las órdenes religiosas y los actos de los primeros cristianos, es blanco, es nítido, es ascético, es casi divino.

En el club, esto mismo es rojo, es brutal, es grosero, es diabólico.

Si se trata de frailes, es comunismo, es poco menos que una continuación de aquella vida de cristianos perseguidos, que no tenían una piedra en que reclinar la cabeza.

Si se trata de trabajadores, el comunismo es doctrina nacida del infierno, es aquelarre.

En el púlpito, amenazar a los que poseen riquezas mal adquiridas, anunciarles que no les harán provecho, increparles porque no restituyen lo usurpado ni ejercitan la virtud de la caridad, es blanco, es diáfano, es moral, es estímulo para el mejoramiento de las almas piadosas.

En el club, lamentarse del desequilibrio de los caudales, proponer un repartimiento equitativo en las cargas públicas, decir que la muchedumbre está expuesta de continuo a los horrores de la miseria, es rojo, es sombrío, es inmoral, es excitar los odios del pobre contra el rico.

En el púlpito, compadecerse de los que huyan de las vanidades y negocios mundanos, sólo aspirar a la perfección de sí mismos y de sus semejantes para alcanzar las promesas de Jesucristo, es blanco, es seráfico, es divino.

En el club, sostener idénticamente lo mismo, apartar de todo lo mundano, del poder de la riqueza, de los negocios a los que han ofrecido consagrarse exclusivamente a los bienes de otro mundo, es rojo, es perverso, es irreligioso.

¿Quiere usted que una mancha negra parezca blanca? Muéstrela desde el púlpito.

¿Quiere usted que se vea que es negra? Pues no la muestre en el club, porque parecerá roja.

La Inquisición llevaba una cruz blanca.

A las víctimas les ponía un aspa roja.

Roberto Robert

Anuario Republicano Federal (1870), páginas 143-145.
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José Joaquín Muñoz
La pena de muerte

La justicia humana, sabido es, tiene grandes errores y grandes crímenes de que reprocharse; enormes son sus faltas todas, como hijas de su viciada constitución; pero entre todos estos lamentabilísimos errores descuella uno, que estremece, que anonada: la sentencia de muerte.

Desde Caín hasta hoy, ¿cuántos seres han dejado de existir víctimas de una mano alevosa? Y alevosa decimos, porque alevosía y crimen es despojar a un semejante de la vida, ese don precioso, el mayor que poseemos.

¡La pena de muerte! ¿Sabéis lo que significa esta frase? ¿Comprendéis todo lo horrible que es esa sentencia?

Porque no es la pena de muerte, como algunos dicen, la satisfacción de la vindicta pública, que por otra parte no existe; es el ensañamiento de la ley contra el criminal, es el robo hecho al ladrón, es la culpa castigando al culpable.

Uno de los primeros derechos del hombre es el derecho a la vida, unido al cual va el deber de conservar la vida. El juez lo comprende, el legislador lo aplaude, lo sanciona; pero la ley varía de opinión.

El asesino es juzgado por haber privado a un ser de la existencia, y la ley le arrebata la suya.

La ley es más severa con el criminal cuanto más premeditado ha sido el crimen; y esa misma ley premedita, discute, sanciona ese crimen mismo.

El asesino puede serlo por causas particulares. La deshonra de la persona querida, el ridículo ante la sociedad, el insulto; todo esto puede producir el asesinato, que en estos casos podríamos llamar legal, porque no es otra cosa que una venganza lógica.

Y para castigar esta venganza se satisface la de la ley.

¡Lastimoso es que la sociedad admita tales crímenes en su seno! Pero la sociedad no medita, la sociedad no ve en la ejecución otra cosa que un espectáculo, y asiste a él como a otro cualquiera.

La pena de muerte considerada como castigo es criminal; considerada como correctivo, es inútil.

¿Creen acaso que la muerte es castigo para el hombre que ha delinquido? ¡Cuánto se equivocan!

El verdadero castigo es el moral, no el material.

¿Qué sufre el que es condenado a muerte? Unas cuantas horas.

¿Qué sufre el que es condenado a una pena temporal? Un número determinado de años, todo sufrimientos, todo llanto, todo horror; es la verdadera expiación, el sufrimiento continuo, el roedor del reconocimiento del crimen.

Bajo ningún aspecto es admisible esa pena.

Si bien es verdad que la vida es lo más grande que poseemos, que el hombre es lo más grande de la naturaleza, y que únicamente aquella vale tanto como el hombre, de que es esencia, también es cierto que la pena capital aplicada a un delincuente, agrava el daño causado a la sociedad en vez de remediarlo: existe un crimen, y se hace que existan dos.

Los legistas comprenden esto perfectamente, y no son ellos los que escriben en los códigos esa ley.

Esa ley está hecha por los grandes criminales, por los verdugos de los pueblos, por esos tiranos que llevan el nombre de reyes. Ellos necesitan de la pena de muerte para encubrir sus liviandades; necesitan que este castigo esté escrito, para escudarse con la ley, y quedar a salvo de la responsabilidad de su delito.

Por eso existe desde muy antiguo, por eso subsiste hoy, para escarnio de la civilización.

Sin esa ley no hubiera podido Fernando IV arrojar a los Carvajales desde la peña de Martos. Sin la pena de muerte, no hubiera condenado Carlos I a Padilla, Bravo, Maldonado, Caro, Gimeno, Morcillo, Ayala, Péris, Acuña, Merino, Sarabia, Sorolla, Blasco de Suara, y tantos otros ilustres defensores de las Comunidades; ni Carlos IX se hubiera ensañado con los hugonotes, ni Felipe II hubiera hecho rodar la cabeza de Lanuza, ni hubiera muerto Riego, Zurbano, Torrijos, Cayo Muro, Mariana Pineda, Juana de Arco, Lacy, el Empecinado... por último, sin esa ley, Isabel de Borbón no hubiera asesinado a militares como el capitán Espinosa y poetas como Plácido, y el papa no hubiera firmado la sentencia de Monti y de Tognetti.

Pero estas víctimas eran necesarias para la tranquilidad de sus verdugos, y la pena de muerte les protegió de los cargos que pudieran hacérseles.

Los Reyes Católicos crearon un tribunal con amplios poderes para sentenciar a muerte en nombre de la religión; es te tribunal era el Santo Oficio.

En aquel tiempo se convirtieron las ejecuciones en verdaderas festividades. Ya no se redujo el acto a colgar al sentenciado o a dividirle la cabeza de un hachazo; había más ceremonia, y la justicia de Dios, como la llamaban, ofrecía a los curiosos el repugnante espectáculo de ver achicharrarse en la candente hoguera de seres desnudos, atados, que se revolvían luchando con el calor y la asfixia.

Y cuando no era así, cuatro caballos tiraban de sus piernas y de sus brazos, que se desgajaban del cuerpo, entre los aterradores gritos de los infelices reos.

La Inquisición inventó cuanto puede imaginarse para acabar con el hombre, y el pueblo, temiendo a la Inquisición, no protestaba de aquellos crímenes.

Y la pena de muerte, modificada en la forma, se ha perpetuado hasta nuestros días, y se han inventado nuevos sistemas, que se han admitido y generalizado.

La pena de muerte, bajo cualquier aspecto que se mire, es un crimen, y al que comete un crimen se le llama criminal.

¿Y qué se adelanta, en último caso, con arrebatar a un hombre la existencia? Sólo una cosa: robar a la sociedad uno de sus individuos.

Coged al delincuente, encarceladle, instruidle si no lo está, dadle libros, que el libro es el gran juez. Si le dejáis reflexionar, si le recordáis su crimen todos los días, a todas horas, él, reconcentrado en sí propio, comprenderá lo que ha hecho, y su pensamiento, fijo en la idea del mal que ha cometido, será su mayor martirio.

Aquel hombre podrá llegar a ser útil, porque los consejos, sus padecimientos, harán comprender a sus semejantes lo que es el delito.

Legisladores, borrad de vuestros códigos la pena de muerte: el mundo os lo agradecerá y el criminal será más castigado.

¿Qué castigo es unas horas de sufrimiento para expiar el mal que causa aquel que asesina a un padre, que al morir deja abandonada a su familia?

¿Y qué es de la familia del ajusticiado?

La vergüenza la rodea, la sociedad la repele, y falta de recursos perece, llevando tras de sí el sello de la infamia. ¿Es esto justo?

¿Acaso pueden ser responsables los hijos de las faltas de sus padres, o los padres de las faltas de los hijos? ¿Aceptaréis acaso el anatema aquel de que «Las culpas de los padres las pagarán los hijos hasta la cuarta y quinta generación»?

No, esto es imposible, esto no puede ser hoy, porque no tiene razón de ser.

De un padre malo puede nacer un buen hijo, como de un hombre ignorante nace un varón ilustre.

Pero si el padre ha muerto en un patíbulo, el hijo no puede ser bueno.

No puede menos de recordar que la sociedad insultó a su padre, y él odia a la sociedad, y tras el odio a la sociedad viene el odio a la familia; y tras esto, el odio a sí mismo, y después... después viene la despreocupación, la pérdida de las dotes morales, la perversión, la maldad, el crimen, a que añadís el patíbulo.

Hora es ya de que desaparezca ese escarnio de la civilización que se llama pena de muerte. La sociedad lo manda, la razón lo exige, la justicia lo necesita.

El criminal encarcelado se hace digno de la sociedad, porque el presidio hace que se medite.

Silvio Pellico hizo una gran obra del relato de sus prisiones.

Cervantes escribió en un calabozo parte de un gran libro.

Galileo se afianzó en las prisiones en la verdad de su idea.

El presidio es para el criminal la razón que ilumina.

El patíbulo es la violencia, que mancha cuanto toca. La humanidad quiere la luz.

Si no queréis ser criminales, no os opongáis a la marcha de la humanidad.

La pena de muerte es una mancha social; la generación que la borre se inundará de gloria.

¿Por qué no ha de ser la presente?

José Joaquín Muñoz

Anuario Republicano Federal (1870), páginas 187-193.
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Jesús Lozano
La República Ibérica

Desde el alto observatorio de la historia vemos las constantes conmociones de la sociedad, ese movimiento borrascoso de los pueblos en las luchas de la ambición, y ese flujo y reflujo de la ignorancia después de la ciencia, y de la ciencia después de la ignorancia.

Las civilizaciones se suceden, y pasan unas tras otras con la bandera de su nacionalidad.

En los tiempos de barbarie, el hombre se hacía dueño del hombre por la superioridad de la fuerza; más tarde, los pueblos se apoderan de los pueblos por el falso derecho de conquista; los ejércitos de diferentes razas, vestidos de distintos colores, luchan, se rozan, se confunden y se mezclan las nacionalidades, se cambian las costumbres, los vencidos toman de los vencedores lo que creen más conveniente, los vencedores de los vencidos lo que bien les parece, y en este incesante movimiento se cumple una ley precisa de la sociedad: la ley del progreso.

La infancia de la sociedad, como la infancia del hombre, fue ignorante.

Nace el primero con las condiciones propias al ser humano: encuéntrase rodeado por las grandes maravillas de la naturaleza; encima una bóveda celeste tachonada de brillantes luminares; a sus pies la verde alfombra matizada de flores; allá la inmensidad de las aguas; en otro lado las gélidas montañas de Siberia; acullá las soberbias llamaradas del Popokatepek; ve a la luz que nace y que después se esconde, y a los reptiles que se arrastran, a los peces que nadan, a las aves que vuelan; se sorprende ante esta marcha majestuosa del Universo, y piensa.

Conserva en su memoria los fenómenos que pudo ver en aquella máquina grandiosa. Busca, como ser comunicativo, a quien hacer partícipe de sus observaciones, y lo encuentra al fin en los seres más inmediatos a él; en la familia.

Su imaginación compara, y después discurre. El resultado de sus estudios lo enseña a sus hijos.

Así los primeros padres fueron los primeros sabios y los primeros maestros.

La familia se multiplica y la sociedad acrece.

Fueron más los observadores, más los estudiosos; progresó la ciencia, pero las observaciones de nuestros primeros padres fueron la base de la ciencia.

Y comenzaron las emulaciones, y con emulaciones la ambición y las disidencias de los hermanos en las familias. El padre castigó las faltas de sus hijos, y les impuso la ley de su razón, armonizándolos en la igualdad y en la fraternidad.

Por eso la familia fue la primera república, y nuestros primeros padres los primeros legisladores.

Con las familias se formaron los pueblos, y con los pueblos las naciones.

Las mismas causas produjeron las disidencias entre unos y otros; las leyes de la familia se extendieron a los pueblos, y las de los pueblos a las naciones. Los padres eran los jefes naturales en las familias; se establecieron jefes para los pueblos, y los pueblos dieron jefes a las naciones.

Así fue la primera federación, estableciéndose la unidad de la nación en la variedad de los pueblos; la unidad de los pueblos en la variedad de las familias, y la unidad de la familia en la variedad de los individuos.

Por eso el hombre es la primera unidad de la familia, la primera unidad del estado, la primera unidad de la nación, la primera unidad del mundo.

Por eso el hombre, que representa dentro del sistema federativo la unidad del estado, es autónomo, libre, soberano, como lo es el pueblo, como lo es la nación dentro de sí propia, y como soberano, dentro de sí, no puede ofender ni mermar la soberanía de los demás, que es igual a la suya.

Así el hombre no puede restringir ni legislar sobre los derechos naturales y propios de los demás, como España, por ejemplo, no puede imponer sus leyes ni su gobierno a otra nación libre.

Crecían las familias, y con las familias los pueblos, y con los pueblos las naciones, y al paso que se realizaba el progreso de la humanidad, sucedía el progreso de la civilización.

La patria de Ulises y de Sócrates fue la primera en buscar perfeccionamiento a este progreso.

La razón se proclamó señora de la culta Atenas, y ansiosa buscó la mejor forma de sociabilidad.

Allí se plantearon todos los sistemas políticos, filosóficos y económicos; pero en vano se buscó la fórmula de la perfectibilidad social, porque esta había de nacer después de las grandes catástrofes de los pueblos y del desprestigio de los poderes personales, porque en todas las instituciones, en todas las sociedades hay el bien y el mal, principios inherentes, no sólo a la humanidad, sino eternos en el universo.

El bien y el mal constituyen en sí la vida relativa de todos los seres, la lucha continua de los diversos elementos, la eterna fatiga de la composición y de la descomposición.

El ser luchando por conservar su existencia, y los centros de atracción que le rodean pugnando por destruírsela, es la causa del bien y del mal, de todas las pasiones, de todo el movimiento físico y moral del universo.

Por eso de los gobiernos primitivos, informes y sin ley, nació la monarquía de Grecia; la monarquía, desahuciada por su injusta existencia, entregó la corona a la aristocracia; la aristocracia perdió su cetro, porque el pueblo, en uso de su derecho y su soberanía, se lo arrebató, y pronto Pisistrato se hizo dueño del poder, abusando de la cándida inconsciencia de Solón.

La lucha entre el pueblo y los poderes personales no ha dejado de existir.

El primero ama la libertad por instinto, porque nace con la conciencia de sus derechos naturales.

Los reyes y sus adictos quieren la opresión, porque en todas las épocas, en todos los países, sólo por medio de la opresión han podido dominar.

Donde hay reyes hay esclavos, y donde estos existen no puede haber libertad civil.

El terror y el fanatismo sirven de pedestal a los tronos, y de ese foco de corrupción y de miseria brotan las sombras que trastornan la máquina del progreso en la civilización, y se consideran leyes y actos de justicia las violaciones del derecho público, y se pasa a cuchillo a los que se cogen con las armas en la mano en defensa de la libertad; se prende y se persigue, como se asesinaron a los embajadores de Jerjes y como Temístocles mandó cortar la cabeza de tres mancebos para vencer en Salemina; y se agarrota a Moreno y a Ruiz, porque eran enemigos del trono de Isabel de Borbón, y como el Papa decreta los asesinatos sagrados en Castelfilardo y San Gottiardo contra los que condenaban el poder de la teocracia, y como el gobierno, que abrazaba la esperanza de reclinarse sobre un trono lleno de podredumbre, consintió y apadrinó los asesinatos bandálicos de Guillen, Carvajal y Bohorguez, y ametralló a las ciudades libres, porque condenaban las crueldades e injusticias que servían de base a tan malévola esperanza.

Así hemos visto cómo los reyes y los emperadores han dispuesto a su antojo de la libertad y autonomía de los pueblos; vimos a Emerita Augusta, capital de la Lusitania, convertida hoy en la modesta ciudad de Mérida, conservando como prenda de sus tradicionales recuerdos los cimientos de sus acueductos, la forma de sus circos y las colosales muestras de sus arcos; a Roma, capital del mundo, en una provincia italiana; a Polonia, madre patria de la libertad, cuna de los héroes de la independencia y de la soberanía del pueblo, repartida en jirones entre los emperadores que la robaron con criminales conquistas, y a Portugal, parte integrante de España, como España lo es de Portugal, esclavizado bajo el yugo de una monarquía.

La sociedad es una, una es la familia; pero si los hombres que aman la libertad de su patria y la independencia de sus naciones no pueden consentir la división de ellas para disponer de los pueblos como una propiedad absoluta, menos podemos consentir que los pueblos que unió la misma naturaleza sean separados por la mano caprichosa del hombre.

En las 130 leguas de frontera que hay entre España y Portugal, no hay una montaña, ni un brazo de mar, ni un río que con su constante curso separe a las dos naciones.

Por un lado, una costa exterior de las riberas del Miño; por otros, la del humilde Caya; más allá las del Guadiana, y en su mayor parte una línea imaginaria de Norte a Sur, determinada en el mapa, pero que no sienten los pies humanos ni la divisa el ojo más perspicaz sobre el terreno: estas son las grandes barreras que separan a los dos reinos.

Las mismas costumbres, las mismas religiones, los mismos vicios de gobierno, el mismo carácter, el mismo idioma, el mismo cielo, la misma naturaleza, en fin, hay en Portugal que en España. La Iberia es una.

Pero Alfonso VI, rey, señor y dueño de Castilla, tuvo a bien regalar a Portugal a Enrique de Borgoña, príncipe francés, a título de condado, en premio de sus servicios.

¡Como si los pueblos fueran propiedad de los soberanos! ¡Como si Portugal hubiera sido un diamante de la corona de aquel rey pretencioso, que pudiera disponer de él para trasmitir su propiedad a otro hombre!

Desde entonces Portugal no dejó de ser juguete de los reyes, apoderándose de sus glorias y sus conquistas, y disponiendo de su propiedad.

Y para colmo de su desgracia, tuvo un Juan III, símil de nuestro Carlos II, que elevó el poder teocrático sobre su misma corona, introduciendo la Inquisición en 1526, quien, excusado es decirlo, desde aquella época fue el tirano y el pueblo su humilde esclavo.

Así es como pudo venir la corona de Portugal a manos del estúpido Felipe II de España, hasta que avergonzados los portugueses de tal abyección, se revolucionaron, proclamando su independencia y colocando en el trono a Juan IV, primer rey de la casa de Braganza, que hoy gobierna en aquel país.

Ya hemos conocido el resultado de la unidad ibérica bajo el peso de una corona.

La ambición y el despotismo de los reyes buscan, no la unión fraternal de los pueblos para darles libertad, sino la extensión de su dominio, la dilatación de su propiedad, más garantías de su corona, más firmeza en su despotismo, más campo a sus iniquidades y su orgullo.

Los españoles no podemos querer la unidad ibérica bajo la forma monárquica, como los portugueses no la desean mientras haya coronas.

En este país sabemos ya el defecto de las monarquías, y en el palacio de Oriente, como en el alcázar de Ajuda, se ha tratado al pueblo como esclavo de la corona.

Una serie no interrumpida de serviles palaciegos han dominado desde hace muchos años en las dos naciones. Todos han ofrecido libertad, y han producido esclavitud.

¡Narvaez! ¡O'Donnell! ¡González Bravo! ¡Prim! en España.

¡Loulé! ¡Fontes! ¡Vizeu! ¡Saldanha! en Portugal.

En España, desde Narvaez, que representaba el imperio personal, O'Donnell, el último golpe a las libertades y la deshonra de la nación en Santo Domingo, hasta el general Prim, que disponía a su arbitrio de las leyes y de las autoridades con el cinismo político más escandaloso.

En Portugal, desde Loulé, que representa el imperio personal hace quince años, y Saldanha la desmoralización, hasta Vizeu, deshonra de la nación en la expedición de Zambeia, y último dictador en el actual ministerio.

Iguales son nuestras antiguas glorias. Si hubo en España hombres que llevaran la bandera nacional a un Nuevo Mundo con Cristóbal Colón, Pizarro y Hernán Cortés, no faltó en Portugal quien llevara las naves portuguesas a Madera, las Azores, Congo y Buena Esperanza, y un Vasco de Gama que penetrara en las regiones desconocidas del Brasil, las Molucas y las Indias Orientales.

Si hubo un Miguel de Cervantes y un Lope de Vega en nuestra tierra, también hubo un Camoens y un Almeida en Portugal.

Son dos pueblos hermanos, dos pueblos que se aman mutuamente, que no pueden separarse; pero como los dos han venido sufriendo bajo la tiranía de sus respectivos tronos corrompidos, los dos quieren salvarse de la opresión, y no pueden consentir la unidad ibérica para que cualquiera de ellos se libre de un tirano, inclinando después su orgullosa cerviz a los pies de otro señor.

Portugal ama la libertad como España la ama; pero todo su anhelo consiste en desterrar para siempre la raza vivorezna de los reyes e implantar el gobierno del pueblo, la democracia en el poder, la salud de la nación con la república.

Portugal, como España, quiere ser autónomo, quiere ser independiente dentro de la unidad, quiere reconquistarse su soberanía, robusteciéndose la de la Iberia y respetándose mutuamente como cualquiera otro estado de la República ibérica.

No siendo así, ni España ni Portugal quieren la unidad. Portugal será un reino, España será otro; los pueblos seguirán amándose, los tronos seguirán aborreciéndose, hasta que llegue el día de la redención social y se verifique entre ambos el pacto de la federación fraternal, que ha de enlazar en los siglos venideros a todos los pueblos del universo.

La sociedad es una sola familia: la locomotora del progreso marcha sin cesar.

La China permanece inmóvil bajo la impresión de un estado que todo lo absorbe; la India bajo las inflexibles leyes de los Vedas; los turcos marchan errantes dentro del Asia; la Prusia ve recientemente convertirse en emperador orgulloso al que sólo fue rey de un humilde Estado; pero en cambio Roma y Grecia dieron libertad al pensamiento y la razón, y llevaron a las escuelas públicas la ciencia aprisionada de los templos.

La teocracia ha muerto al soplo vengador de la justicia por Mentana y Aspromonte; los cetros absolutos cayeron en Nápoles, en Querétaro, en Alcolea, en Sedán; los honrados obreros se abrazan desde las regiones más remotas en señal de alianza contra los tiranos; la fraternidad se extiende, las ideas fanáticas y el antagonismo de los pueblos concluyen, porque van concluyendo sus causas, y rota la barrera de las castas, el género humano se regenera, y desde Oriente hasta Occidente, y desde Sur a Septentrión, el mundo será algún día una sola sociedad y una sola familia, dentro del gran sistema moral de la fraternidad humana, en la república federal universal.

Jesús Lozano
Cárcel del Saladero, a 1° de diciembre de 1870

Anuario Republicano Federal (1870), páginas 221-231
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Eusebio Díaz
Bases fundamentales del sistema republicano federal

Mucho se ha escrito en periódicos, libros y folletos acerca de los principios cardinales que componen el credo del partido republicano federal, así como de la constitución y establecimiento de su gobierno. Sin embargo, hemos creído conveniente presentar reducidas a los más estrechos límites las bases de un Estado democrático-republicano-federal, a fin de que pueda en un momento, acaso no lejano, servir de enseñanza al pueblo, que por la clase de su trabajo tiene menos ilustración y puede entregarse con menos asiduidad a estudios profundos.

No nos detenemos a explicar con latitud los derechos individuales ni las consecuencias que de ellos se derivan, ora porque se ha hablado hasta la saciedad del asunto, ora porque tampoco nos lo permitirían los estrechos límites que nos hemos propuesto dar a este corto trabajo.

Tan luego como la Nación, de por medio sus juntas revolucionarias, proclame la república federal como forma de gobierno, se consignarán los DERECHOS DEL HOMBRE como consecuencia y deducción lógica del conjunto de doctrina que emana de la libertad absoluta y completa, sin limitación de ningún género, base fundamental de la personalidad humana, y que en política se conoce con el nombre de DERECHOS INDIVIDUALES.

Estos derechos o atributos son inherentes a la condición del hombre; no son concedidos u otorgados por el gobierno alguno, han sido colocados por la mano del Creador de la naturaleza sobre la frente del individuo, y nadie sin cometer un delito de lesa Humanidad tiene facultad para violarlos.

Es necesario que esta doctrina se impregne en el sentimiento público, que no nos dejemos arrebatar las condiciones que forman parte de nuestro ser y constituyen nuestra esencia.

La tabla de los derechos individuales en que se ha concretado la soberanía del pueblo, la forman:

El sufragio universal.
Libertad de la palabra hablada.
Libertad absoluta y completa de imprenta (palabra escrita).
Libertad de cultos.
Libertad de conciencia.
Libertad e inviolabilidad del domicilio conocido por el habeas corpus.
Libertad e inviolabilidad de la correspondencia.
Libertad de enseñanza gratuita.
Libertad de asociación.
Libertad de reunión.
Libertad de propiedad.
Abolición de quintas.
Jurado para toda clase de delitos.
Intervención del pueblo en los negocios públicos.

Al lado de la declaración de estos derechos, se asignarán penas severísimas para la autoridad que se atreva a poner su mano sobre ellos; es decir, que con pretexto de la salvación de la patria de peligros imaginarios o de conatos de rebelión, no pueda Gobierno alguno salirse de la legalidad, persiguiendo ni imponiendo penas sin auto judicial, siendo los jueces y magistrados responsables y justiciables por el uso y aplicación que hagan de las leyes encargadas de proteger la sociedad, y no de ayudar a los gobiernos, como por desgracia acontece en nuestros días.

Todo hombre es igual ante la ley y ante la sociedad.

Quedan abolidos los tratamientos, títulos nobiliarios y condecoraciones que tengan por objeto establecer diferencias y crear rivalidades entre los ciudadanos.

El hombre es ciudadano viril a los veinte años, y desde esa edad puede hacer uso de todos sus derechos.

Una vez expuestas y sentadas, aunque a grandes rasgos, las bases de un Estado democrático republicano federal, pasemos a la constitución de su administración o gobierno.

La República española se compone de doce estados soberanos, unidos entre sí por medio de un Código fundamental para los asuntos generales.

Cada Estado federal se formará de las provincias que componían los antiguos reinos de España.

El Estado de Cataluña le compondrán las provincias de Barcelona, Lérida, Gerona y Tarragona.

El de Aragón: las de Zaragoza, Huesca y Teruel.

El de Valencia: Valencia, Castellón de la Plana, Alicante, Murcia y Albacete.

El de Andalucía: Sevilla, Cádiz, Málaga, Granada, Jaen, Córdoba y Huelva.

El de Extremadura: Cáceres y Badajoz.

El de Galicia: Coruña, Lugo, Pontevedra y Orense.

El de Asturias, Oviedo.

El de Castilla la Vieja: Valladolid, Burgos, Logroño, Soria, Segovia, Avila, León, Zamora, Salamanca y Palencia.

El de Castilla la Nueva: Toledo, Ciudad Real, Cuenca, Guadalajara y Madrid.

Baleares: Mayorca, Menorca e Ibiza.

Canarias: Tenerife, Gran Canaria y las Palmas.

Ultramar: Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

Cada uno de estos estados federales redactará una constitución, en la que se marcarán de una manera clara, y sin que dé lugar ni motivo a interpretaciones, los derechos y deberes de cada ciudadano, sin que artículo alguno de este Código pueda oponerse en poco ni en mucho a los principios fundamentales de la constitución general, que tendrá por base la autonomía del individuo.

En dichos códigos se establecerá el municipio con completa independencia y con amplias facultades.

Una Cámara o Congreso existirá en cada estado federal, la cual se ocupará de resolver los asuntos que tengan relación con la provincia, procurando como primer deber el desarrollo de los intereses materiales, o sea reconocer los obstáculos que se opongan a la terminación y construcción de las obras públicas.

EL presidente de esta Cámara desempeñará las funciones que hoy están a cargo de los gobernadores civiles, existiendo en cada una de las provincias que compongan el estado federado, un subgobernador. Estos destinos serán honoríficos y gratuitos, asignándose una pequeña cantidad para los gastos de representación.

El gobernador o presidente de la Cámara nombrará los empleados, siempre por medio de oposición, a fin de que desaparezca en lo posible el favoritismo y compadrazgo. Los empleados no podrán ser separados de sus destinos sino en virtud de sentencia del juez.

Quedan abolidas las cesantías y jubilaciones, o sean las llamadas clases pasivas.

El congreso o Asamblea general, se compondrá de la mitad de los representantes de cada estado federal.

Esta Asamblea se reunirá el primer día de Noviembre, y las elecciones se verificarán cada cuatro años, en los tres primeros días del mes de Octubre.

La Asamblea general no podrá ser disuelta por el Gobierno. Las cámaras o congresos federales solamente podrá disolverlas la Asamblea general, por motivos probados, principalmente en los casos en que se hayan puesto en oposición con la Constitución, y después de oído el tribunal Supremo de Justicia.

Corresponde a la Asamblea general la formación de la constitución en que se determinen las relaciones de los estados federales con el Gobierno supremo de la Nación; y hacer las leyes que aseguren los derechos y deberes de los ciudadanos y desarrollen la soberanía del pueblo, cuidando mucho de que esta soberanía no pueda ser perturbada por agente alguno de la autoridad.

El Gobierno supremo de la Nación será elegido por la Asamblea general, y se compondrá de un presidente y cinco ministros responsables, los cuales desempeñarán los negocios que corresponden a los respectivos ministerios, en la forma siguiente:

Hacienda
Fomento
Gobernación
Estado y Gracia y Justicia
Guerra y Marina

Queda suprimido el ministerio de Ultramar, porque no existiendo colonias, y siendo todos los estados iguales entre sí, los asuntos de las provincias ultramarinas se distribuirán entre los negociados a que correspondan de los demás ministerios.

Corresponde al Gobierno supremo de la Nación: conservar la integridad del territorio; declarar guerras y ajustar paces, tratados y alianzas con las naciones extranjeras; nombramiento, dentro de la ley, de los empleados generales, sin inmiscuirse para nada en los que sean de la administración de los estados federales; conservación de los museos y edificios públicos; enseñanza de los cuerpos y academias facultativas del Ejército; correos y telégrafos, recaudación de las rentas; obras públicas generales; y finalmente, la resolución de los muchísimos asuntos que entran en la gobernación de los estados.

En los quince primeros días de cada legislatura, presentará el Gobierno supremo a la Asamblea general los presupuestos de la Nación, los cuales estarán basados en la más completa economía, y procurando designar las cantidades que la situación del Tesoro permita para desarrollar la riqueza pública, ayudando a la acción individual.

Dichos presupuestos quedarán discutidos en los quince días siguientes a su presentación, y tendrán por base la descentralización más completa en todos los ramos administrativos, a fin de que el expedienteo de las oficinas no entorpezca, como viene sucediendo, la actividad humana.

En la constitución de los estados federados, se dictarán reglas para la propagación de la enseñanza primaria y secundaria, dentro siempre del principio de la libertad absoluta, establecimientos llamados benéficos, casas de corrección y penales, cobranza de las contribuciones del Estado federado, y además todos los asuntos que entrañen alguna relación con la administración de su Estado.

Estos son los puntos principales y ordinarios de que se ocupará la Cámara del Estado federado.

Cada Estado tendrá la fuerza pública que juzgue necesaria, únicamente para la persecución de criminales y el orden de las poblaciones.

No creemos necesario detenernos a indicar más doctrina para que nuestros lectores puedan formar juicio exacto de lo que debe ser un Estado democrático republicano federal.

Baste saber que su principal objeto es que todos los ciudadanos gocen de iguales derechos y deberes; que el pueblo deje de ser el medio de que se valen los gobiernos para ejercer la tiranía, y que sea imposible que la autoridad ejerza el predominio sobre las Cortes, la fuerza pública y la administración de justicia.

De propósito hemos pasado sin ocuparnos de las relaciones que deben existir entre la Iglesia y el Estado.

Un gobierno democrático no debe tener religión oficial. Cada ciudadano tiene el derecho de opinar con arreglo a su conciencia en materias religiosas. El estado democrático admite lo mismo al católico, al panteista y al protestante. Los ciudadanos que sean católicos pueden reunirse libremente, garantizados por el derecho de asociación, y sin que para ello se necesite licencia de la autoridad, y celebrar sus cultos, sostener iglesias y mantener a sus sacerdotes. Lo mismo pueden ejecutar los protestantes, los mahometanos y cuantos profesen cualquier religión.

El Gobierno, así federado como el Supremo, no consignará cantidad alguna en su presupuesto para el culto de ninguna religión.

Descartadas del presupuesto las cantidades que se señalan para el culto y clero, ejército y clases pasivas, y con la supresión de muchas oficinas que no tienen razón de ser, y únicamente existen por consecuencia de la absurda centralización administrativa que absorbe y esteriliza la vida de los pueblos, el presupuesto dejaría de ser tan oneroso como es hoy, que tiene destruido el comercio, aniquilada la propiedad, la industria sin poder levantar su cabeza y sin que en la circulación haya un real para emplearlo en las obras públicas, que desarrollarían un germen de riqueza, que dentro de pocos años harían variar completamente el aspecto de nuestra patria.

¿Quién no comprende que el día en que por consecuencia de un sistema moral de Hacienda, que no esté basado en los empréstitos y en las trampas, el interés del papel de la Deuda, o sea los títulos de efectos públicos, no exceda de un 3 por 100 anual, como sucede en Inglaterra, Bélgica, Holanda y otras naciones, la inmensa masa de millones que hoy está invertido en ese papel y que gana un interés fijo del 6 por 100 y hasta del 10 y 12, a consecuencia de los movimientos y jugadas de la Bolsa, no afluirá ese dinero a las obras públicas, ganoso de adquirir mayor interés, y con su medio se abrirán canales de riego que fertilicen la agricultura, primera riqueza de nuestro país, se abrirán calzadas y caminos vecinales, se sangrarán los ríos y saltos de agua para aprovechar sus corrientes, y sirvan de motor en molinos u artefactos de vapor?

¡Ah! los gobiernos doctrinarios tienen una gravísima responsabilidad. Ellos han conducido la patria al empobrecimiento y al atraso en que se halla.

En todo lo que va de siglo no han conseguido más que matar la riqueza pública con esa absurda centralización que ha hecho ricos y potentados a los gobernantes, mientras que los pueblos caminaban a la más espantosa miseria. El deseo de goces materiales ha hecho que Madrid consuma la vida de la provincia, y hombres que en su respectiva localidad hubieran producido grandes utilidades, aumentado su capital, y por consiguiente la riqueza de la nación, se han establecido en las grandes capitales, colocando sus fortunas en papel del Estado, en donde sin necesidad de administrador y sin pagar contribuciones les produce un interés crecido.

De aquí la ociosidad y la holganza, la molicie y el vicio, y el pueblo trabajador sin hallar en qué emplear su actividad o inteligencia, porque el gobierno abona al rentista más dinero que el que hubiera de producirle si empleara su capital en cualquiera obra pública y con el riesgo consiguiente a toda especulación.

Hoy, con la legislación absurda que rige, están cerradas las puertas a todo el que proyecta construir cualquiera obra pública que traiga consigo riqueza a los pueblos y a los ciudadanos. La tiranía del cuerpo de ingenieros exige tales dificultades, que sólo las comprende el que ha tenido necesidad de acercarse a las oficinas del gobierno para conseguir el despacho o resolución de un expediente de esa índole.

Un vecino cualquiera desea aprovechar las aguas de un río que pasa próximo a una tierra de su propiedad. Necesita primeramente solicitar del ministerio de Fomento la autorización para hacer los estudios de la obra que proyecta por el término de seis meses o un año. Esta solicitud, si se entrega en el gobierno de la provincia, al cabo de dos meses se cursa al ministerio de Fomento, el cual tarda por lo menos tres o cuatro meses en conceder la autorización pedida; total seis meses, y ha necesitado un agente en Madrid si no se ha valido del diputado ministerial. Se hacen los estudios por un ingeniero, y sabido es cuan caros son los trabajos de estos señores; pasan a la aprobación del ingeniero de la provincia, y después del gobierno, y en esta operación se tardan otros seis meses; si se tiene la suerte de que sean aprobados los estudios, se autoriza para practicar las obras, y si la obra es de alguna importancia pasa a informe de la junta consultiva de Caminos, Canales, Puertos y Faros, y allí se detiene tiempo y tiempo. Consecuencia de todo, que la persona que tenía dinero para practicar una obra cualquiera que había de aumentar los rendimientos de su fortuna, al cabo de dos años de luchar con oficinas, ingenieros y agentes, acaba por cansarse y aburrirse, no practica la obra, y se encuentra que el dinero que tenía preparado le ha consumido sin alcanzar el resultado, y por lo tanto, arruinada su familia.

Por el contrario, tenga influencia, haya votado al diputado ministerial, y todo ha cambiado; se le sirve en cuanto desea, y de aquí que los pueblos tienen precisión de ser cómplices en los actos de sus representantes, que estos vienen a apoyar en todo al gobierno, sin cuidarse para nada de la miseria y embrutecimiento de los pueblos.

¿Es, pues, extraño que España alcance tal grado de postración y decadencia?

Vuélvase la vista a Francia, y esa es la causa de las continuas derrotas que ha sufrido en la guerra que viene sosteniendo con Prusia. Un gobierno, parecido al nuestro, tenía en aquella nación embarazados sus sentidos, educados los ciudadanos en esperarlo todo del poder, y el poder consumiendo la vida del pueblo; ha sido necesario un llamamiento al espíritu nacional, y se le ha encontrado amortigado y empobrecidos los pueblos.

Es necesario, es urgente que España sacuda ese profundo letargo y reconquiste la virilidad y fuerza que la hizo célebre en los siglos anteriores.

Que el pueblo recoja su cetro de oro y se halle dispuesto a tener intervención directa en los negocios públicos; y esto no puede conseguirlo sin que la democracia impere en todas sus esferas, sin que desaparezca esa desigualdad irritante, sin que se concedan condiciones a todos para todo, y cesará el nepotismo e influencia de unos pocos intrigantes, que siendo los menos, han logrado imponerse para tener a los más sujetos al carro se su yugo.

El día próximo que el sol de la República democrática federal alumbre nuestra patria, cesarán para siempre todas esas ligaduras que nos oprimen, esa argolla de hierro que destruye el mecanismo social, ese cáncer que devora las entrañas de nuestra querida patria.

Los hombres abandonarán ese deseo de ser empleados, porque hallarán en su esfera ocasión para emplear su actividad y entendimiento; desaparecerá el vicio de consumir en Madrid, cuando esta población no produce nada; se despertará el espíritu de asociación por medio del cual se abrirán nuevos horizontes a la industria, adquiriendo vida el comercio, y todas las artes vivirán vida próspera y feliz; y sobre todo, el hombre trabajador gozará de completa independencia.

Todo esto puede practicarse con poquísimo trabajo y en muy corto tiempo; solamente con voluntad para resistir ciertas influencias y con deseo de hacer el bien propio y el de sus hermanos.

Por fortuna, el partido republicano cuenta en su seno con jóvenes de corazón y de talento, dispuestos a hacer frente a grandes sacrificios; no desmayemos, y contribuyendo todos y cada uno en la parte que nos corresponda, habremos logrado hacer la felicidad de la patria, al paso que aseguraremos nuestro bienestar y el de nuestros hijos.

Eusebio Díaz

Anuario Republicano Federal (1870), páginas 232-245.
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Teobaldo Nieva
La esclavitud de los negros

dedicado a la memoria imperecedera del redentor y mártir de la humanidad, Lincoln

Hay un libro que ha sido el rico manantial de donde ha sacado el poeta y el filósofo sus inspiraciones y sus sentencias, aunque erróneas; pero de él han salido también todas las crueldades, todos los grandes crímenes que han manchado con negros borrones a la humanidad. Este libro es la Biblia.

Abrid sus hojas, y veréis a los descendientes del segundo hijo de Noé, malditos por el crimen de su padre. Su cutis negro es el sello eterno de su condenación, la marca indeleble de su esclavitud.

En el Génesis, capítulo 9°, leeréis quizás sin estremeceros: «¡Maldito sea Canaan! Serán esclavos de los esclavos de sus hermanos.»

A ese libro le llaman «¡La Santa Biblia!»

No es extraño; al tribunal de la Inquisición también le llamaban el «Tribunal santo.»

He ahí los doctores, los teólogos, citando, argumentando, maldiciendo; he ahí las cadenas, la esclavitud, los mercados, la abyección de toda una raza, justificada por el pecado de Cham.

Sin embargo, con el libro de la Naturaleza, más santo aún que el de la Biblia, destruimos esta bárbara preocupación, desbaratamos esa maldición injusta.

No estáis condenados, no, pobres africanos: si esos teólogos infames os maldicen, la Naturaleza os bendice; si lamentables preocupaciones hacen de vosotros una excepción del linaje humano, la santa Naturaleza, cual tierna madre, os distingue con solícito cuidado.

Observando la Naturaleza, vemos que a medida que disminuyen las escarchas, las flores van tomando un color más oscuro, y en los calores del verano las vemos a todas vestidas de colores fuertes.

Así en todas partes el blanco está opuesto a las escarchas, el moderno, el rojo y el negro, al calor.

Esta ley general se perpetúa en el color de la raza humana; negro en las regiones tropicales bajo los ardientes rayos del sol, blanco en las regiones templadas.

Todas estas observaciones nos enseñan que los colores tienen la propiedad de retener, o de dejar pasar el calor, según su mayor o menos densidad: lo blanco retiene el calor, lo negro lo deja pasar libremente: luego el blanco es un vestido caliente, y el negro un vestido fresco; ambos dados por la Naturaleza, según la necesidad de las estaciones y de los climas, claro y magnífico testimonio de su sabia previsión. Según esto, si la Naturaleza no hubiera ennegrecido el cutis de esa raza que ha surgido bajo el sol abrasador del Africa, la habría condenado a un suplicio continuo que hubiera realizado la peregrina idea del infierno.

Ved aquí ya otra vez destruido con el libro de la Naturaleza el libro de la Biblia: «Esto matará a aquello,» como ha dicho Victor Hugo.

Pues bien; explotadores de la humanidad, mercaderes impíos de carne humana, han acallado el grito de su conciencia en ese libro, y han autorizado con él el robo, la crueldad, el crimen.

¿Qué es lo que se observa dentro de la bodega de ese buque que velero camina impasible, sin temer a la inconsciente cólera celeste, donde van hacinadas unas sobre otras, y aherrojadas con fuertes ligaduras, multitud de criaturas robadas de su tierra, arrancadas brutalmente de los brazos de sus padres, de sus esposos, tal vez de sus hijos que quedan desamparados en la mayor desolación, destinadas a morir la mayor parte en tan horrorosa navegación, donde solamente les dan de comer lo indispensable para que no perezcan, calculando con minuciosidad las ganancias?

Ese es un barco negrero, que hace el negocio de vender hombres. ¡Vender a sus semejantes! ¡Comerciar con su propia sangre! Hay crímenes que pesan sobre la humanidad como una mancha indeleble que alcanza a todos.

¿Qué bullicio reina en aquella plaza, qué sordo rumor es ese que se levanta, semejante al ruido de las olas del mar cuando rugen embravecidas desafiando la furia de los elementos? Penetrad entre esos grupos de gentes que van y vienen con actividad creciente, y presenciaréis un espectáculo horrible, un espectáculo que os hará agolpar toda la sangre de vuestras venas al rostro, y que oprimirá angustiosamente vuestro corazón si sois sensibles. Mirad aquel hombre que se levanta sobre todas aquellas cabezas animadas, en cuya mano está el martillo que decide la suerte de miles de criaturas. Observad esos grupos interesantes y conmovedores en que se ven seres humanos, aunque de distinto color, mirando con ansiedad a la multitud que los examina, con rostro frío y sereno, que los toca, que les hace levantar los brazos y estirar las piernas para juzgar de su utilidad. Mirad aquellas jóvenes con los ojos inyectados de lágrimas, que oprimidas unas contra otras, parece como que tratan de evitar miradas lascivas y provocadoras. Seres raquíticos y miserables las miran, las examinan, las palpan, contemplando para qué pueden hacerlas servir, juzgando únicamente el provecho que pueden sacar de ellas.

Tended la vista a aquellos inocentes niños, que juguetones y con la sonrisa en los labios reciben impasibles los cachetes de todos aquellos mercaderes que comercian con sus semejantes, con sus hermanos.

¿Mas qué alaridos han venido a turbar aquella réproba reunión? Volved, volved la cabeza, y veréis un cuadro desgarrador. El cruel martillo ha caído, y su agudo y metálico sonido acaba de herir el corazón de una madre que tiene encadenado en sus crispados brazos al hijo de sus entrañas, que un blanco vil pugna por arrancárselo. El niño llora asustado abrazando a su madre para que lo salve, la multitud se apiña en derredor y prorrumpe en horrible carcajada, y la ley, ¡oh! ¡la ley no favorece a aquella madre desventurada que le roban el hijo! la ley protege el derecho del mayor postor, porque aquel lugar de horrores y de crímenes es la Plaza del mercado humano, la pública subasta de los esclavos {1. Ya no existe, para bien de la humanidad, el mercado público; pero los compradores de carne humana van a repartirse su presa al desembarco, como lobos carnívoros.}.

Apartáos, apartáos de ese sitio infame, donde el cielo debía dirigir sus rayos vengadores; dirigíos a las campiñas, a aquellas inmensas arboledas donde se respiran auras más puras, donde el aire impregnado con los ayes del dolor y de la opresión, no dañe los pulmones de nuestro pecho honrado y libre.

Aquí reina la calma de la Naturaleza; aquí no se oye más que el canto de pintadas y galanas aves, que con sus diversos y extraños plumajes excitan la admiración del europeo que cruza el privilegiado país que descubrió Colón.

Pero nuevos alaridos y sollozos hieren vuestros oídos. Os acercáis, palpitantes de dolor, y veréis atada a uno de aquellos árboles corpulentos una infeliz joven de diez y ocho años, que desnuda de medio cuerpo arriba, descubre sus robustas y contorneadas formas, negras como el ébano, pero sombreada sus espaldas con manchas rojas. Un verdugo inhumano y fiero, de blanco color, azota sin compasión y cobardemente a aquella criatura que pertenece al sexo débil. Anhelante, suplicaréis a aquel tigre con rostro de hombre civilizado, que cese en su inhumana flagelación. Mas él os responderá con cínica crueldad que la Ley ordena que se castigue a aquella esclava. La desventurada ha tenido que cuidar a u padre enfermo, y ha llegado tarde a la plantación, mas tarde de la hora marcada para comenzar el trabajo. Este ha sido su grave delito. No le han escuchado las excusas que diera anegada en lágrimas, porque la explotación del hombre es bárbara y cruel, y el amo se perjudica si no trabajan todas las horas sus esclavos.

Huid, huid de aquel país que la civilización ha hecho maldito; allí no se albergan más que seres envilecidos que se enriquecen a costa de lágrimas, lamentos, sangre, muertes y crímenes.

Allí no se ve más que azúcar, café y tabaco; allí no se mira al hombre.

Esta es la civilización que han ido a llevar allí los europeos.

Esa civilización la hacen consistir en la prostitución de la mujer a vista de sus propios maridos o amantes, y de sus padres. Esa civilización está reducida a apoderarse de infelices criaturas, hacerlas trabajar sin descanso, y hacerse poderosos y magnates, vivir en el lujo y en la opulencia a costa de su sudor, sin pagarles siquiera un triste salario, y sin darles otra manutención que la necesaria para que no acabe su mísera existencia, para poderles sacar toda la ganancia que calculan de sus fuerzas productoras, cual si fuesen máquinas.

¡Cuándo llegará la hora de que la noble nación española, que proclama el derecho y la libertad, no permita ese escándalo del mundo, ese ultraje a la humanidad!

¡Abajo la esclavitud! ¡Libertad para los negros, nuestros hermanos, que tienen los mismos derechos que nosotros, y que han vivido tantos años en la desnudez, en el hambre, en un tormento siempre creciente bajo el duro látigo siempre, produciendo pingües riquezas, levantando soberbios edificios para la comodidad y el lujo de sus explotadores, de los blancos sus implacables verdugos! ¡Piedad para tantas víctimas!

No, mil veces no; decís que los negros son holgazanes y que es necesario el látigo, que son estúpidos y salvajes y que es precisa la fuerza, que son sanguinarios y crueles y que es necesaria la esclavitud.

Mentís vil y descaradamente, crueles verdugos de la humanidad; los holgazanes sois vosotros, que medrais con lo que ellos trabajan; los estúpidos sois vosotros, pues a ellos debéis el progreso en vuestras artes e industrias; vosotros sois los sanguinarios y los que lleváis vuestra atroz crueldad hasta marcar con un hierro candente en la frente coronada de martirio de vuestros iguales, de vuestros hermanos, de vuestros semejantes; mas ¡qué digo! de vuestros semejantes no, porque ellos son hombres dotados de razón y de gratitud, y vosotros sois peores que los tigres y las feroces panteras!

¡Que son holgazanes decís! mentira; el escaso momento que les dejáis de solaz y que debieran emplear en el descanso, lo consagran al trabajo para ganar el oro que ha de hacerlos libres!

¡Que son vengativos y feroces decís! mentira también; miles de esclavos viven oprimidos, impulsados al crimen por vuestras maldades, y gobernados sólo por cinco o seis blancos. ¿Cómo es que no los exterminan? ¿cómo es que no los destrozan en su justa ira?

Callad, impostores, que azotáis impunemente a la negra que cría vuestro hijo a sus pechos, y se lo entregáis acto continuo para que lo alimente, robándole los suyos. Esta madre desventurada, derrama, sin embargo, ardientes lágrimas sobre la cabeza de vuestro hijo, y lejos de ahogarlo en sus brazos, le prodiga miles de caricias, recordando las gracias infantiles de los suyos, de que vosotros la habéis separado por un acto despótico de egoísmo.

Y luego añadís que los negros están contentos con su esclavitud, porque con ella comen, ¡Malvados! ¿por qué se suicidan con tanta frecuencia, para concluir de una vez las penalidades de que sembráis su odiosa vida? ¡Vosotros sois sus asesinos! ¡Vosotros sois los responsables de su crimen!

Hombres de la «Junta Cubana», que en medio de los gritos de libertad lanzáis al mundo el aullido salvaje de «¡viva la esclavitud!» porque teméis perder el botín que os engrandece, la civilización y el progreso de la humanidad lanzan a vuestro manchado rostro la maldición y el anatema que es deshonra.

Basta de horrores, basta de atrocidades, basta de crueldad, basta de privilegios, no más explotaciones del hombre por el hombre, no más trabajadores de balde.

Pero era natural, la Revolución de España no ha venido, ni mucho menos, a completar el ser humano por la consagración de los derechos cimentados en la verdadera igualdad; por eso el negro borrón de la esclavitud continúa en aquellas Antillas.

La Revolución de España no ha sido impulsada más que por las ambiciones de unas pandillas de merodeadores políticos; por eso reflejan también allí las mismas injusticias, la misma idea de robo; de despojo, la más inicua y sangrienta usurpación, continuando esa atroz e inhumana explotación de la sangre, del sudor, de la vida del ser, que sólo en el color se diferencia de los demás.

Afortunadamente, si se establece la República social, Cuba será una federación de España, y los negros bendecirán la República democrática social española, que no quiere la esclavitud de sus hermanos de color, para escarnio de esa religión cristiana y baldón de esos católicos que consienten la esclavitud y repugnan la libertad de cultos.

Los intereses de la humanidad están por encima de los intereses de unos viles egoístas explotadores.

Nosotros no creemos justa la indemnización: ¿indemnización de qué? ¿de la expropiación? Es propiedad no es sagrada, no es legítima: es la propiedad del crimen. El hombre no es propiedad de otro hombre. En caso de indemnizar a alguien; la justicia reclama que se indemnice a los negros, a quienes se les ha robado impunemente tanto tiempo su salario.

¡Abajo la esclavitud! repetimos y clamaremos sin cesar. ¡Rómpanse todas las cadenas, remunérese con justicia al trabajador, que sean libres los hombres, que sea libre el trabajo, y entonces el hombre ensanchará el círculo de su inteligencia pensadora; el hombre no será máquina, y producirá más maravillas, elevará sus obras, esas obras y esas maravillas que aumentar el esplendor de la creación, y que lo elevan al rango de creador, porque su espíritu libre llega hasta dominar y perfeccionar la Naturaleza!

Teobaldo Nieva

Anuario Republicano Federal (1870), páginas 477-486.
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Meeting abolicionista

Cumpliendo con el objeto que nos hemos propuesto al publicar esta popular Enciclopedia, objeto que no es otro más que el de reunir en ella los trabajos de los hombres más importantes de nuestro partido, a fin de cooperar mejor de esta manera a la propaganda de las doctrinas filosóficas y políticas que entrañan en sí todas las cuestiones sociales, tenemos hoy una verdadera complacencia en dar a luz los primeros, en el Anuario, los siguientes notables discursos pronunciados en el gran meeting abolicionista celebrado en el teatro de la Alhambra, el día 15 de Febrero de este año, por nuestro querido amigo el joven e ilustrado literato D. José Luis Giner, y el distinguido escritor público y pastor de la iglesia evangelista, D. Antonio Carrasco.

Discurso de D. José Luis Giner

Triste es, señores, cuando se tienen pocos años y se tiene fe en las ideas, confianza en los hombres, espera en el tiempo, contemplar desde lo alto de las propias convicciones, esos escombros de quebrados caracteres, de apostasías sin cuento, de transacciones egoístas y de espantosas debilidades, que se llaman la revolución de Setiembre. (Prolongados aplausos.) Puedo aseguraros, con lealtad entera y completa franqueza, que nunca, en ningún tiempo, por ningún motivo, por ninguna razón, he sentido más honda impresión, ni impotencia más grande, que la impotencia y la impresión de hoy.

Y es que yo traigo de un lado el recuero de ilusiones y esperanzas amortajadas en la apostasía por amigos de ayer y adversarios de hoy, y de otro lado siento la necesidad del deber que me excita y me lanza a este debate. Y entre ambas corrientes, que por igual me solicitan y me arrastran, yo tengo suspenso el ánimo, oprimido el corazón, dividido el espíritu, aunque tranquila y serena la conciencia.

Pero es fuerza hablar, y yo vengo resuelto a decir en alta voz lo que siento; que en estas ocasiones no hay palabra que enmudezca, hombre de honor que vacile, ni interés alguno personal que pueda ni deba sellar nuestro pensamiento y nuestro labio.

Para algo vive el hombre en la patria, y para algo tiene en su naturaleza el escudo del derecho; y así, ha de serme permitido echar en la balanza de esta discusión solemne mi juicio, con toda la verdad que de cada hombre reclama su conciencia y de cada ciudadano su país.

Yo vengo contristado a este espectáculo, porque no se si los que débiles caen en la lucha, ahogan en la tierra que los recoge la savia de las ideas, y vengo contristado también, porque en esta edad viril y ardiente, nada hay de mayor pesadumbre, de más amargo desconsuelo, que la presencia de las grandes injusticias. (Bien, muy bien.)

No esperéis, sin embargo, que yo, a quien la cuestión e la esclavitud subleva y extravía, porque nacido en las altas sierras andaluzas, he llorado ante aquella naturaleza tan grande y tan libre, y aquellos labriegos tan chicos bajo la mano de hierro del feudalismo de la ignorancia y del orgullo, no esperéis, digo, amargas censuras ni duros ataques personales: que yo respeto las tumbas de los que amé, y no he de remover con mis dardos las cenizas de su inconsecuencia. (Muy bien.)

Yo no hablaré de Cuba; allí se está cometiendo por los unos y por los otros un crimen doloroso a la sombra de dos grandes virtudes: el sentimiento de la independencia y el sentimiento del patriotismo.

Yo no os diré tampoco nada sobre la esclavitud; esto no se discute, esto no se combate, de esto no se hace cuestión; porque sólo pueden discutirlo; sólo pueden cuestionarlo, los débiles o los perversos, los que en fuerza de miedo egoísta y de apartamiento criminal, tienen el alma de hielo, o los que en fuerza de crímenes y miserias han curtido su corazón ennegreciendo su conciencia.

Lo que es contrario al derecho, porque niega la vocación, borra el honor y hace del hombre un objeto apreciable;

Lo que es contrario a la moral, porque anula la dignidad, seca el pensamiento, mata la familia e imprime en el negro el reflejo de su rostro sobre el cristal de su conciencia;

Lo que es contrario a la utilidad verdadera, porque fuerza la actividad, niega la división de las aptitudes y borra el elemento libre, racional del trabajo;

Lo que es contrario, en suma, a las leyes de la razón y del sentimiento, a los principios de la justicia y de la conveniencia, no merece que ningún hombre honrado venga a admitir la posibilidad de que haya alguien de espíritu tan menguado, de corazón tan podrido, de inteligencia tan en sombras, que en pleno siglo XIX, en medio de tumulto que levantan los progresos de la industria, y entre el eco que lleva a todas las almas la imprenta y las nubes de vapor que surcan la tierra con la locomotora, purifican los sentimientos y los intereses de los hombres y de los pueblos; que haya alguien, digo, que se atreva a suponer que existen esclavistas. No y mil veces no, en nombre de la dignidad y la honra de mi patria. (Aplausos.)

En esta gran reunión, os lo dice la voz de todas las creencias religiosas, de todos los partidos políticos, de todas las escuelas científicas, de todos los intereses sociales, de todos los sexos y de todas las clases.

Por eso yo, que he escuchado la palabra del virtuoso sacerdote y sabio maestro que nos preside; yo, que he aplaudido la elocuencia del Sr. Carrasco; yo, que he admirado una vez más las dotes peregrinas del Sr. Revilla, y me he congratulado oyendo la palabra sentida del Sr. Serrano, debo rogar a mi digno amigo el bravo general Milans, no por él, cuyos sentimientos liberales conocemos y su historia escuda, pero si por la representación que tiene de una importante institución, debo rogarle tercie en este debate, echando el peso de su autoridad y de su significación en pro de la abolición inmediata de la esclavitud.

Y ahora permitidme que desde aquí condene en nombre mío, y en el de mis amigos y compañeros en la prensa, que para ello me autorizan, la conducta del ministro, que ha consentido quede sin vigor ni cumplimiento la ley, buena o mala, elaborada por las Constituyentes, y por la generosa y eficaz iniciativa de ese gran carácter que se llama Gabriel Rodríguez y el concurso ilustrado de los dignos representantes de Puerto Rico.

Y permitidme también que pida la anulación de os contratos celebrados, contra toda ley, por los amos de esclavos con estos, recurso último a que se ha apelado para perpetuar la esclavitud. (Bien, bien.)

Esos contratos son hechos con el objeto de que el negro siga esclavo de su dueño, obligándose a servirle incondicionalmente.

Y son nulos, primero, porque se estipula en ellos que el negro enajene su libertad, como si la libertad fuese enajenable a capricho y dependiera del hombre ser o no libre; segundo, porque se obliga al negro a ser traspasado a cualquiera otro señor; y tercero, porque se estipula que ha de servir al antojo del amo en las fincas, trabajos y faenas que éste designe, sean cuales fueren; cuarto y principalmente, porque se declara en la condición quinta que hipoteque el negro su libertad como prenda. ¿Habéis visto alguna forma más clara y más repugnante de la esclavitud?

Yo pido un jurado de hombres de todas clases y partidos, que lleve ante los tribunales esta cuestión ilegal y vergonzosa, y exija la responsabilidad civil y criminal a que haya lugar, y lo pido con urgencia, para que los 5.000 y tantos hombres de color emancipados recobren su libertad.

Voy a concluir, pero antes he de decir dos palabras acerca del carácter y fin que debe proponerse desde hoy la Sociedad Abolicionista en su nueva campaña.

Ya es hora de que las ideas vivan, ya es hora de que las teorías se practiquen, ya es hora de que las convicciones pasen desde el alma al hecho, y de que la división lamentable en que hasta aquí viene batallando la humanidad, concluya haciendo lo que se piensa, aleccionando con el ejemplo, obrando según el severo dictado de la conciencia. La hora de la propaganda y de la predicación ha pasado; lo que de nosotros exige el deber, lo que de nosotros reclama la abolición, lo que de todo hombre pide la patria, es consecuencia para el obrar, energía para el carácter, práctica para los ideales sostenidos. Que no son las doctrinas mero adorno de la educación, corona de vanidades personales, armas del ingenio y escalera de la fortuna, sino antes bien, ley de vida, norma de la conducta, pan del alma y sostén del organismo social. (Aplausos.) Para vivir creer, y para creer pensar.

Dejemos la predicación, dejemos las especulaciones, dejemos el campo de la propaganda, de la crítica, y en cambio con fe y valor dispongamos nuestra facultad para la acción, nuestras armas para la dura pelea de la indiferente realidad. Los pueblos viven de leyes justas, de instituciones libres, de costumbres puras; ¡haced, pues, derecho, moral y libertad!

Y así, mañana, cuando la historia inflexible acuse a la generación presente de ese horrendo crimen que llamamos esclavitud, nuestros hijos podrán con erguida frente y conciencia tranquila, reclamar el respeto de las generaciones venideras, señalando la tumba de los abolicionistas españoles.

Y vosotras, señoras, las que generosas venís a estas reuniones, oidme también en nombre del más sagrado de mis recuerdos y del más hondo de mis remordimientos. Si queréis que las flores de vuestra hermosura no se marchiten y la luz de vuestras pupilas no se apague, sustituid al sol de la juventud que os carmina las mejillas y os alumbra, la eterna mocedad del corazón. De otra suerte, apenas acariciéis vuestras trenzas al espejo de la fantasía, la severidad del tiempo nevará vuestras cabezas. No os quejéis del tornadizo amante, del hastiado esposo, del hijo libertino: que el solaz de los caprichos pasa, los lazos del egoísmo se desatan,los juegos del azar cambian y mudan, y no hay más llama eterna, más bien contante, más goce verdadero, que aquellos que prenden el alma con las cintas del respeto y del cariño, en el broche purísimo de la verdad. Dadle al amante ideas que engarzar en sus amores, al esposo dignidad en el carácter, comercio de pensamientos, y levantad en el hijo dentro del cuerpo, que vuestras entrañas labran, alma con vuestros consejos, escudo con vuestra cultura, ejemplo con vuestras enseñanzas.

Entonces y sólo entonces, reconstruiréis ese hacinado montón de elementos opuestos, de antagónicos caracteres, de creencias contrarias, que se llama la familia. He dicho. (Prolongados aplausos.)


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Discurso del Sr. D. Antonio Carrasco
Meeting abolicionista

Señores: En esa parte del mundo que se llama el Asia, en los lugares que ocuparon ciudades florecientes un día, hoy destruidas por completo, se descubren todos los años vestigios de una tan antigua como brillante civilización. Los hombres de ciencia estudian esas piedras, mudos testigos de lo pasado, y a fuerza de penosos trabajos van descifrando las inscripciones sobre las cuales han arrojado, al pasar una estúpida mirada el conquistador bárbaro, que sólo pensaba en la destrucción de sus enemigos, y el árabe fiero que sólo piensa en buscar una palmera para preservarse a su sombra de los rayos del sol que hiere su vista y agota sus fuerzas. Generaciones enteras han bajado al sepulcro sin conocer los secretos que esas piedras encerraban, y nosotros, hijos del siglo XIX, sabremos quizás por ellas antes de mucho lo que los hombres pensaban, esperaban y creían dos mil años antes de la venida del Cristo.

Otro tanto sucede con las verdades que el Evangelio encierra en sus páginas inspiradas. La solidaridad humana es la base de toda la teología de San Pablo, y hasta hace muy poco no se ha estudiado esa gran verdad, llamada a arrojar torrentes de luz, no sólo sobre los arduos problemas religiosos, sino que también sobre los políticos y sociales.

La solidaridad, señores, podrá ser un hecho misterioso, mas no por eso deja de ser una gran verdad que no se puede negar sin exponerse a negar la evidencia. Los hijos sufren las consecuencias de las faltas que sus padres cometieron, las naciones expían la culpa de los hombres que rigen sus destinos. ¿Qué explicación puede darse a esa especie de fatalidad que une el hombre al hombre, un pueblo a otro pueblo, la generación presente a las generaciones que la han precedido? No puede darse otra más que la de la solidaridad. Los hombres son solidarios unos de otros, porque la humanidad es una realidad, un cuerpo cuyos miembros son los individuos. Sin esta ley no puede concebirse la familia, ni es posible que la sociedad exista. Si el hombre aislado de sus semejantes no puede reproducirse ni subsistir, es porque el hombre aislado no es todo el hombre.

El individuo es más y menos de lo que vulgarmente se cree. No es un ejemplar de un tipo multiplicado con profusión; es un ser incompleto sin duda, pero universal sin embargo. Todo y parte a la vez, organismo y función, su vida es la vida del gran cuerpo, que no puede negar sin negarse a sí mismo. Las virtudes de todos son sus virtudes, los crímenes de todos son sus crímenes. Yo, en tanto que hombre, soy el heredero de sesenta siglos de luchas y sufrimientos heroicos. No disfruto de una sola libertad que no haya crecido en un suelo regado con sangre humana; no gozo de un derecho que no se haya conquistado a fuerza de sacrificios. Pero tampoco existe un crimen en el que no tenga mi parte de responsabilidad. (Aplausos.)

Esta es la idea que con tanta valentía ha expresado nuestro inmortal Espronceda en aquella inspirada y ardiente composición, en donde hablando el verdugo, dice:

Preside el verdugo los siglos aún:
Y cada gota
Que me ensangrienta,
Del hombre ostenta
Un crimen más.

Sí, señores; yo soy solidario de todos los crímenes que se han cometido en el mundo, y como la esclavitud es un crimen que se comete aún a despecho de todas las leyes divinas y humanas, la esclavitud es una losa de plomo que esa sobre mi conciencia y me oprime y me ahoga; losa que quisiera arrojar de sobre mí y convertirla en polvo más leve que el grano que se mueve en los rayos del sol. Como hombre, como cristiano, como español, no quiero ser cómplice en esa conjuración inicua, tramada al amparo de las leyes, contra pobres criaturas inocentes que no han cometido más delito que el de nacer con un carácter más dulce que el de sus opresores; no puedo permitir ni un año, ni un día, ni una hora, la explotación del negro por el blanco, porque el negro es un hombre y sus dolores son mis dolores, porque el blanco es hombre también y sus infamias son mis infamias; no quiero cargar con mi parte de responsabilidad en esa mutilación de la personalidad humana, y por eso denuncio a la faz de España, a la faz del mundo, y la denunciaré un día y otro día; a esa noble tarea consagraré mi palabra, mi pluma, mis fuerzas, mi vida, cuanto soy y cuanto valgo; llamaré constantemente a la puerta del templo de la justicia, y si cansado de llamar en vano tuviese que renunciar a la esperanza de verla que se abre, delante de esa puerta cerrada me sentaré con el corazón rebosando en amargura, para preguntar a todo poseedor de esclavos, a todo defensor de la esclavitud, a todo partidario de tan infame institución: «Caín, ¿qué haces de tu hermano Abel?» (Aplausos.)

Pero, señores, confieso que por mi parte creo que la puerta se abrirá; creo que se decretará la abolición inmediata y simultánea. ¿Cuándo? No lo sé. Lo que si sé es que un cuerpo grave en su caída no está sometido a leyes más fijas que la idea justa y humanitaria que brota en la mente de cualquier hombre y hace su aparición en la sociedad. Los principios llevan consigo todas sus consecuencias, como la planta encierra en su seno el árbol frondoso entre cuyas ramas buscan abrigo las aves del cielo. No existe nada que sea más tenaz que un principio verdadero: mil veces vencido, otras tantas vuelve a levantarse y a luchar, hasta que consigue dominar las inteligencias. Y ¡cosa digna de notarse! antes de haberlas dominado por completo, ya ha realizado la conquista de los hechos. En estas cuestiones, verdad y necesidad son sinónimos, un derecho reconocido es un derecho conquistado. Es en vano que se quiera enunciar una mitad de la verdad nada más: la verdad es fiera, y antes se retiraría, si fuera posible, que consentir que se la realice a medias. (Aplausos.)

Realizarla a medias es lo que ha pretendido nuestro gobierno en España, en la única nación civilizada en donde existen hombres esclavos. El gobierno ha deseado abolir la esclavitud gradualmente. Se ha inspirado exclusivamente en los intereses materiales, olvidando que no merece gobernar quien sólo se preocupa de la parte inferior de la naturaleza, y que no existe más política verdadera que la que cuenta con el ser moral del individuo. En la cuestión que nos ocupa, el gobierno ha puesto en un platillo de la balanza a todos los esclavos y en el otro los millones que los esclavos representan, y esos millones sin alma han pesado más que vosotros, pobres hijos de dolor. (Grandes aplausos.)

El gobierno español ha reconocido y confesado que la esclavitud es una iniquidad social. ¿Por qué, pues, entonces no acaba con ella de una vez y para siempre? ¿Qué desgracia pesa sobre ese pobre mártir de las Antillas, cuando los legisladores todos retroceden asustados al poner la mano sobre el arca santa que encierra las ardientes lágrimas del esclavo? ¿Qué teme el gobierno? ¿Que los negros se levanten en armas contra los blancos cuando se les conceda la libertad? Pero eso es casi imposible en nuestras colonias, en donde los últimos son los que predominan. ¡Ah! Si alguna vez se levantan, será ahora que se proclama injusticia la esclavitud y se la deja subsistir sin embargo; se levantará el negro de sesenta años, que no podrá menos que arrojar una mirada de horror sobre los sesenta meses que aun le quedan de luchas y sufrimientos; se levantará el joven esclavo a quien se le arranca la compañera de su vida para venderla públicamente a quien pagarla quiera; se levantarán los que comprendan que van a ser estrujados por sus dueños, para que den de sí en corto tiempo lo que hubiesen dado en toda la vida; se levantarán los esclavos del departamento Occidental de la isla al saber que son libre sus hermanos de la parte Oriental, y si la insurrección que destroza los fértiles campos de Cuba es vencida, se levantarán de nuevo todos los que por un tiempo han respirado el aire puro de la libertad, siquiera haya sido ante la perspectiva de una muerte probable y en medio del estruendo de las batallas. Vuestra abolición gradual puede dar nacimiento a luchas deplorables, de las que los negros harán responsables a la libertad, cuando toda la responsabilidad pertenece única y exclusivamente a vosotros, los que no habéis querido ser lógicos por una hora para romper esa cadena enmohecida con las lágrimas y la sangre del pobre negro. ¿Queréis evitar a toda costa una revolución? Pues hacedla vosotros mismos, y así la evitaréis. No hay otro modo de conjurar las tempestades populares. Los hombres no van más allá de sus verdaderas necesidades, y tampoco dispuestos se hallan a pedir más de lo que les conviene, que con frecuencia prefieren una tranquilidad desastrosa a las convulsiones sociales que mejorarían su suerte. Dad la libertad, que es la satisfacción de todos los legítimos derechos, y habréis hecho más por la tranquilidad de las colonias que todos los ejércitos que vais mandando para apoyar la causa de los que tienen mucho que ganar con el mantenimiento de la esclavitud. Consultad la historia, y veréis que si el nacimiento de una libertad va siempre acompañado de angustias y dolores, la libertad, una vez establecida, es la mejor y más segura garantía de la tranquilidad y bienestar de los pueblos.

El hombre, quien quiera que sea, es una esencia libre; la libertad es su carácter, el indestructible elemento de la naturaleza. Puede sin duda alguna abusar de su libertad; pero no puede subsistir sin ella. Disputársela, arrebatársela, es herirle en las fibras más delicadas de su alma, y todo lo tentará antes que consentir en la destrucción del bien más precioso que ha recibido de la mano del Creador. Vosotros habéis permitido esa destrucción y seguís permitiéndola... quiera el cielo que la medida que habéis adoptado, imprudente porque es incompleta, no acarree a nuestra amada patria desgracias inmensas, que seríais los primeros en lamentar. (Aplausos.)

Se alega también contra la abolición inmediata y simultánea que nosotros defendemos, que el negro, siendo perezoso por naturaleza, no trabajaría en cuanto supiera que se había decretado su libertad. El negro no ama el trabajo: hacedle libre, y los grandes tesoros de la riqueza colonial se agotarán por completo.

¡El negro, decís, no ama el trabajo! Lo extraño sería que lo amase cuando su trabajo no le produce, cuando las gotas de sudor y de sangre con que ablanda la tierra sirven sólo para sostener el lujo superfluo de su amo, y para darle oro, mucho oro con que entretenga sus vicios y se entregue a los placeres de la orgía. ¡Cómo! ¡le preparáis una existencia que apenas puede concebirse, y queréis que ame el trabajo! ¡Le tenéis tendido en monstruoso montón con otros muchos por la noche, sin hijos suyos, sin mujer verdadera, bestia más maltratada que las bestias, pedazo informe de carne entregado a ese escultor de la barbarie que tiene por todo cincel un látigo, y que los anales del crimen esclavitud llaman capataz, y queréis que ame el trabajo! ¿Le amaríais vosotros en idénticas condiciones? (Prolongados aplausos.)

Pero aun en este terreno, en donde parece que tenéis alguna razón, quedáis derrotados por la fuerza de los hechos y por vuestras confesiones propias.

El trabajo más insoportable para el negro es el cultivo de la caña de azúcar. El negro la cultiva bajo los rayos ardientes de un sol abrasador, metido en una especie de horno, en donde con dificultad respira su pecho robusto, que en poco tiempo ¡ay! deja de respirar (el negro que trabaja en el ingenio vive diez años por término medio), y a pesar de ese trabajo abrumador, cuando la noche tiende su negro velo, en vez de buscar en el sueño un reparo a sus fuerzas casi agotadas, se pone a trabajar a la pálida claridad de la luna ese pedazo de tierra que su dueño le cede, por que espera poseer un día a fuerza de sacrificios lo bastante para comprar su libertad. ¡Y luego se dirá que el negro no ama el trabajo!

¿Habéis leído, señores, los periódicos negreros de la isla de Cuba en donde se anuncia la venta de un negro, juntamente con la de un caballo o de un perro, como si todos fueran de la misma raza? En esos periódicos se anuncia alguna que otra vez que un negro se ha fugado de la casa de su dueño, y a renglón seguido se dan las señas del prófugo. Casi siempre se dice que tiene una cicatriz en el rostro, ¡horror! y siempre, «se supone que está trabajando en tal o cual sitio.» A confesión de parte, relevo de prueba. ¡Conque el negro es perezoso, y sin embargo, cuando recobra su libertad por medio de la fuga, trabaja en vez de permanecer en el ocio! ¿Y aún se atreven a sostener los defensores de la esclavitud que la abolición inmediata no puede decretarse, porque el trabajo se paralizaría? (Bien, bien.)

El trabajo se paralizaría, en efecto, un día, dos, veinte, porque sería necesario que el negro se persuadiese que es libre, y se persuadiría levantándose tarde una mañana, cruzándose de brazos para ver si es una realidad que ya no escucha en chasquido del látigo; se paralizaría, porque el negro necesita algún tiempo para curarse sus heridas; se paralizaría, porque aun la máquina de vapor que cruza la inmensidad de los mares tiene necesidad de descansar cuando llega al puerto; pero pasada la primera expansión de alegría, el negro trabajaría de nuevo, como en los Estados Unidos, como en todas partes, y su trabajo sería más productivo, más moral, más santo; sería el trabajo de un ser racional y libre, y no el trabajo de una bestia de carga.

Paso en silencio, señores, la grave cuestión de indemnización a los poseedores de esclavos, por la sencillísima razón de que otros oradores, distinguidos economistas, se han de ocupar de este punto; y si he de decir francamente toda la verdad, no me hago cargo de este argumento, porque encuentro muy oportuna la frase del distinguido abolicionista que decía: «al derecho de indemnización a los amos por la expropiación de sus esclavos, debe en buena lógica preceder el derecho de indemnización de los esclavos por la expropiación de su libertad.» Este lenguaje podrá no ser el del economista; pero es el del la conciencia, herida en sus más legítimas susceptibilidades. (Aplausos.)

Esclavo, caído en medio de la sociedad para no espumar de ella más que su vergüenza y su ignominia; alma perdida en las costas africanas y encontrada por un mercader de carne humana, que te convierte en montón de monedas; mártir de tantos siglos; criatura abortada en la desesperación del desierto y mantenida en la desesperación del látigo, yo te envío el saludo de mi ardiente simpatía, y te auguro que no pasarán muchas auroras sin que el rayo ardiente de la libertad, que abrasa el corazón de Europa y América, abrase tu propio corazón y consuma el látigo del negrero, cuyas cenizas yacerán siempre sepultadas bajo las eternas maldiciones de la historia. (Grandes y repetidos aplausos.)

Madres que amáis a vuestros hijos y palidecéis al primer asomo de peligro que amenaza la cabeza del ser a quien habéis dado vida, pensad en esas infelices, que con el dolor retratado en su semblante, porque tienen un corazón capaz de amar, ven castigar bárbaramente y vender a los infelices a quienes han dado el ser;esposos que os indignais sólo al pensar de que un hombre pudiera ofender a la compañera de vuestra vida, haced algo en favor del pobre negro, a quien se le arrebata su mujer para venderla y entregarla quizá a otro hombre; jóvenes que lloráis al primer vagido de cualquier dolor, al eclipse de cualquier estrella que se apaga, al pensar en la rosa que se deshoja en la primavera que pasa, en el céfiro que acaricia las mejillas de vuestra amada, guardad vuestras lágrimas para sufrimientos más desgarradores, para el dolor sin nombre del esclavo, que sólo ha recibido de sus hermanos vergüenza y oprobio; vosotros todos los que me escucháis, a todos os llamo y os presento confundidos en abrazo patético ante la muda desesperación del esclavo, y a todos pido que os juntéis con nosotros para acabar de una vez con esa afrenta escupida a la faz de la moral universal y eterna, con este ultraje inferido a la revolución que nos contempla desde su sepulcro de Setiembre, y al mundo civilizado que nos desdeña desde su sepulcro de París. He dicho. (Grandes aplausos.)

Anuario Republicano Federal (1870), páginas 532-550.
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Manuel de la Revilla
Los partidos populares

Hay en la historia de los partidos populares dos períodos esencialmente distintos. En el primero un período de espontáneo e irreflexivo entusiasmo en que el partido recientemente aparecido en el estadio de la política, lanza al aire su bandera ebrio de gozo y de esperanzas, sin atender a otra consideración que a la justicia de su causa, ni aspirar a otro fin que a su inmediato entronizamiento. En este período la razón calla y la pasión se agita; el cálculo político, la habilidad en el obrar, la mesura en el decir, son cualidades desconocidas por el partido, y la exageración de la idea, la energía de la palabra, el arrebato de la acción, constituyen sus caracteres y acaso su gloria. Nadie piensa entonces en exponer ni discutir los dogmas, sino en proclamarlos con alborozo; nadie en alegar razones, sino en aglomerar pintorescas imágenes e imprecaciones ardientes; nadie en seguir la marcha de los acontecimientos y a ellos arreglar la conducta del partido, ni en estudiar las condiciones del país y del tiempo en que se vive. Todos, por el contrario, prefieren a la razón que convence el discurso poético que arrebata, el arte político que salva, la conmoción revolucionaria que perturba, a la lucha del Parlamento o la prensa, el fragor del combate que se libra en las barricadas. ¡Período bello como la infancia, pero infecundo como ella; período heroico y verdaderamente épico, pero perturbador y peligroso; período de dramáticas peripecias, de sublimes episodios, pero también de sangriento y doloroso desenlace!

Sangriento y doloroso, con efecto, porque cuando el partido, cegado por su entusiasmo, enardecido por la fe, exaltado por la palabra mágica de sus tribunos, por las promesas olímpicas de sus ideólogos, y acaso por las provocaciones de sus adversarios juzga llegado el momento de aplicar como por sorpresa su ideal en un país que aún no lo comprende, y de transformar las condiciones todas de la vida como se cambia una decoración, acude a las armas, y tras titánica lucha en que de cada casa brota un héroe y de cada barricada un mártir, sucumbe vencido, no ante la fuerza bruta, sino ante la inflexible fuerza de la realidad de las cosas.

Y entonces, mientras los vencedores se gozan en el triunfo y los vencidos expían en lejano clima su noble ilusión y su generoso ardimiento, el partido vuelve sobre sí mismo, y meditando acerca de su propia desgracia, entra en un nuevo período de reflexión en que, aleccionado por la adversidad, comprende la necesidad de adoptar distinto camino y de descender de las alturas a que le llevó la fantasía, hasta la fría, pero ineludible realidad.

Llegado el partido a este segundo período de su vida, advierte con asombro que durante sus primeros pasos de todo cuidó menos de exponer clara y sencillamente sus ideas, ni menos de determinar la línea de conducta, que lejos de hacer una política de atracción con los adversarios o los indiferentes, hizo la repulsión merced a sus exageraciones, que en su afán de reclutar masas de partidarios, no reclamó si entre ellas habría más elementos dañosos que útiles, más enemigos disfrazados que amigos verdaderos; que antes que pensadores serios y hábiles políticos, buscó para su servicio utopistas extraviados, oradores retóricos y bullangeros de oficio; que, en suma, aquella línea de conducta que creyó le daría el triunfo, o cuando menos la general estimación, ha hecho imposible el primero y disminuido la segunda.

Tócale entonces al partido reorganizar y depurar sus huestes esparcidas, alejar de sí los elementos peligrosos, colocar a su frente hombres de valer y de energía, y sobre todo exponer de nuevo con extremada precisión y claridad y con exquisito arte político sus principios fundamentales, sus aspiraciones y los medios que piense emplear para conseguirlas. De esta manera, y cuando consigue el partido formar un credo conforme con las exigencias del ideal puro al par que con las necesidades de la práctica, y trazarse una línea de conducta inflexible sin tenacidad, tolerante sin transacciones, hábil sin intrigas, enérgica sin violencias, atractiva sin condescendencias; en una palabra, digna de un partido serio, puede aspirar a que llegue un día en que la fuerza misma de los hechos y la lenta pero segura transformación de la opinión pública,le otorguen un poder que, prematuramente alcanzado por la fuerza de las aras, sería el más pernicioso de los legados, y conseguido a su debido tiempo por la fuerza de la razón, es el más codiciable de los bienes.

Manuel de la Revilla

Anuario Republicano Federal (1870), páginas 577-580.
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Romualdo de Lafuente
El pasado, el presente y el porvenir

I. El primer grito

El mundo antiguo, el mundo idólatra,el mundo esclavo, aquel mundo salvaje e ignorante que sacrificaba víctimas humanas en las hogueras para aplacar la cólera de sus dioses, que empuñaba las armas para ir a pelear y morir contra otro pueblo hermano, obedeciendo las órdenes de un señor ambicioso y cruel, sin detenerse a averiguar si aquel tenía o no razón en la contienda; el mundo, en fin, que arrojaba criaturas humanas al Circo para que fuesen desgarradas por fieras, menos feroces que los magnates que divertían sus ocios viendo y aplaudiendo cómo el tigre o el león desgarraban las carnes y trituraban los huesos de la humana criatura condenada de antemano a tan bárbaro sacrificio; aquel mundo de la espada y del ídolo, del tirano y del esclavo, oyó la voz consoladora de un Redentor, que en nombre del Hacedor Supremo, padre del hombre, predicó la doctrina santa, sintetizada bajo estos lemas: Libertad, Igualdad, Fraternidad.

Aquel ser superior, de origen divino o humano; aquel hombre o Dios; aquel misterio viviente, se presentó bajo la humilde forma de un pobre hijo del pueblo, proclamando la regeneración de la humanidad, envilecida y humillada por los tiranos de la espada y por los hipócritas engañadores del altar; él dio el primer grito revolucionario, y a su grito despertaron los pueblos.

Los déspotas soberbios, engreídos con el poder de su fuerza, tuvieron por loco al redentor, y le despreciaron, primero sin inquietarse, pero viendo luego que el consecuente propagandista de la doctrina santa hacia muchos prosélitos en el pueblo, que se propagaban sus apóstoles, y temiendo un peligro contra sus fueros y privilegios, que descansaban sólo en la tradición, pero de ninguna manera en la justicia, acusaron de perturbador y demagogo al humilde Nazareno, y en nombre de la ley, como si las leyes fueran siempre el desideratum de la justicia, aprisionaron, escarnecieron y sacrificaron en el entonces infamante suplicio de la Cruz al Redentor de la Humanidad.

Murió Jesús el Nazareno; pero como antes de morir había esparcido por la tierra que pisó la semilla de su doctrina salvadora, el fruto brotó; la razón del hombre se alimentó y fortificó con él, los esclavos rompieron sus cadenas, derribaron los falsos ídolos de los profanos altares en que por espacio de muchos siglos habían sostenido la superstición y la ignorancia; los tiranos dominadores de la tierra se vieron obligados a modificar sus antiguas leyes, aunque sosteniendo siempre continuadas luchas con los pueblos.

Mil ochocientos setenta y un años hace que el Redentor del hombre derramó su sangre en el monte Calvario, y desde entonces ni un solo día ha cesado la guerra de los hombres libres contra los tiranos, de los pueblos contra los reyes, de la razón contra la fuerza, de la civilización contra la barbarie, de la igualdad contra el privilegio, de la justicia contra las leyes injustas de la tradición.

¿Pero ha sido acaso inútil esta cruenta y continuada guerra de diez y nueve siglos consecutivos, en que la Humanidad ha luchado heroicamente por su regeneración?

No: cada pueblo, en cada siglo, en cada año, en cada día de repetidos sacrificios, ha ido ganando una nueva conquista, y transformando su modo de ser, hasta aproximarse a la perfección.

En el mundo civilizado no se conocen ya ilotas, ni esclavos, ni siervos, ni vasallos.

Ya no toleran los pueblos dignos el imperio absoluto de los reyes, ya se ocultan entre las oscuras nubes de la historia los antiguos señores feudales, con sus horcas, cuchillos y su derecho de pernada; ya se han derribado en todas partes la lóbregas y misteriosas cárceles de la Inquisición; ya no se temen las excomuniones del pontífice romano, ni se compran sus bulas e indulgencias; ya no monopoliza el clero, egoísta o ignorante, la enseñanza de la juventud; ya no se esclaviza la conciencia, ni se reprime el pensamiento; ya no existen reyes de derecho divino; ya el pueblo es soberano, y ciudadano libre el hombre.

La Humanidad no se ha desangrado inútilmente; cada uno de los pasados siglos ha cumplido bien su misión; el siglo XIX, agradecido a los sacrificios de los que le han precedido, y que le han colocado en situación de coronar la obra que empezó el hijo de Nazarte, la dará cima, acabando de echar por tierra hasta el último vestigio de los privilegios injustos que hoy nos quedan todavía, como reminiscencias del mundo antiguo, y antes de extinguirse habrá repetido y proclamado en medio de su completo triunfo, los lemas del gran filósofo hebreo: Libertad, Igualdad, Fraternidad.

II. La primera luz

Es ley de la Naturaleza, y por tanto incontrastable, que toda obra vieja se debilite, desmorone y se hunda, e inútil es la resistencia cuando el inflexible reloj del tiempo ha marcado su hora postrera.

El pasado siglo XVIII anunció a las monarquías su decrepitud y debilidad; el siglo XIX ha pronunciado su sentencia de muerte.

La voz de los filósofos resonó como oráculos fatídicos en los oídos de los reyes, en la segunda mitad del último pasado siglo, y bien pronto se cumplieron sus profecías.

Allá, en las apartadas regiones del Norte de América, una colonia inglesa, pobre, casi ignorada del mundo, se sublevó contra la autoridad de la Inglaterra, su dueña y señora, que inútilmente lucho contra los insurrectos colonos que habían roto con valor el humillante yugo de la servidumbre, proclamándose pueblo libre y soberano.

La colonia esclava se transformó de repente en una República libre, independiente y feliz, que desde su nacimiento sirvió de envidiable ejemplo a todos los pueblos del mundo, y que ningún rey de la tierra ha podido abatir, ni amenguar nunca su creciente prosperidad y poderío.

Los vientos potentes de la República modelo Norte Americana, cruzaron impetuosos los mares, y vinieron a estrellarse contra los tronos de Inglaterra y Francia, que vacilaron a su fuerte empuje.

La voz de los filósofos y los vientos de la nueva República agitaron el corazón de los pueblos, harto indignados ya contra las demasías de sus tiranos, y rotos los diques del sufrimiento, el pueblo inglés tomó la iniciativa, hundiendo el trono y decapitando a su rey Carlos I, como al último de los criminales vulgares.

Dado una vez el ejemplo de que un rey pueda y deba morir en un suplicio como otro cualquiera cuando la ley le condena, algunos años después, la Francia republicana, en uso de su derecho o de su poder, juzgó y condenó a morir en la guillotina a su rey Luis XVI, descendiente de cien reyes, entre ellos el soberbio Luis XIV, y el cínico, licencioso, dilapidador y tirano Luis XV.

Vencidos y humillados los reyes, triunfantes los pueblos y revestidos de la soberanía que les pertenece, aplican la piqueta revolucionaria contra los cimientos de las sociedades antiguas, caen derribados los viejos alcázares; y sepultados bajo sus escombros, se pierden o desfiguran, la fisonomía, el carácter y el privilegio de aquellas monarquías que se titulaban de derecho divino.

Este derecho se perdió, pulverizado entre las ruinas de los primeros tronos derribados, y de allí mismo surgieron los derechos del hombre, superiores y anteriores a toda otra legislación que pretenda menoscabarlos.

La Francia republicana dicta y sanciona las leyes democráticas en el seno de su Convención, y las esparce luego por toda Europa, su contraria, en las puntas de sus bayonetas o por las bocas de sus cañones.

Las armas de la República francesa y del imperio francés, acometiendo a todos los pueblos de Europa, llevan a un tiempo mismo dos misiones contrapuestas: una de exterminio y desolación, otra de consuelo y de esperanza.

Con su plomo desgarran la carne; son sus luces vivifican el aletargado espíritu.

El herido se cura, abre los ojos a la luz, y fijándolos en la bandera del contrario, compara los extraños lemas con los de su bandera. En la del enemigo lee: Libertad, igualdad, fraternidad. En la suya: Ley, patria y rey. Esta comparación le estremece, le aflige y le obliga a reflexionar, y entre sus reflexiones balbucea estas palabras inarticuladas que la razón le dicta, que el labio se niega a pronunciar:

«¡Ley!... hecha por la conveniencia de los poderosos... ¡Patria!... límite de una tierra fronteriza a la tierra que habitan otros hombres, mis hermanos... ¡Rey!... un hombre que se abroga la soberanía de todo un pueblo, y que se proclama amo y señor de todos los demás hombres...»

¡Libertad, igualdad, fraternidad!

¡Oh! lemas santos de la bandera redentora de la Humanidad, yo me humillo ante la doctrina que de vuestro espíritu se desprende.

Vosotros habéis conquistado mi alma.

Mi patria es el mundo, mi rey es el pueblo, mi ley es la fraternidad del género humano, que no quiero para mí lo que no quiero para mi prójimo.

He aquí un realista menos, un republicano más.

III. El pueblo y el rey

A principios del presente siglo, vivía el pueblo español ignorante, indolente, miserable y envilecido, esclavizado en vida y alma, bajo los poderes despóticos del altar y el trono, del rey, de la aristocracia y del clero, los tres enemigos declarados del alma y del cuerpo social.

El palacio de los reyes de España era un indecente lupanar; el jefe del Estado un hombre rebajado, sin talento, sin dignidad ni voluntad propia. Cazar, comer y rezar, eran las exclusivas ocupaciones del monarca español don Carlos IV.

Su esposa, la reina María Luisa, entregada a impúdicos devaneos con su favorito don Manuel Godoy, a quien elevó por servicios de gabinete desde simple guardia de corps a la alta jerarquía de capitán general de los ejércitos y príncipe de la Paz; aquella mujer inmoral, dueña absoluta de su esposo y esclava de su valido, había entregado en manos del aventurero Godoy las riendas del Estado y las llaves del Tesoro nacional.

El príncipe de Asturias, digno hijo de tales padres, conspiraba en secreto contra la vida del autor de sus días, para arrebatarle la corona que ambicionaba ceñir en sus sienes, y el valido de la reina conspiraba, en unión de Napoleón I, contra la independencia e integridad de la patria.

La mayor parte de la riqueza rústica y urbana de la nación estaba amortizada en poder del clero regular y secular, o de mayorazgos o vinculaciones.

Cada arzobispo u obispo era un rey en su diócesis, cada canónigo un potentado, cada clérigo un señor feudal, cada fraile un hulano de aquellos benditos tiempos, que merodeaban en su vecindad, cobrando el barato de la hacienda y de la honra de sus hermanos y hermanas devotas.

Los pobres menestrales o braceros, desposeídos de hacienda propia, no mostraban gran empeño en trabajar la hacienda ajena, por el jornal tan exiguo que les daban, ineficaz completamente para cubrir sus obligaciones domésticas; así es, que no ofreciendo noble estímulo el trabajo, una gran parte de ellos preferían vivir en la holganza, mendigando la limosna periódica, que públicamente repartían los hipócritas bienhechores, o acudiendo a recoger la sopa de los conventos.

Las ciencias, las artes, el comercio y la agricultura, vivían en el mayor abandono; sólo un oficio lograba preferencia sobre todos los demás: el de torero; sólo una industria lograba utilidad: la del robo.

España era, pues, al principio del presente siglo la patria de los holgazanes, en la que brillaban, gastaban y triunfaban los reyes, los nobles, el clero, los toreros y los ladrones en cuadrilla.

El resto del pueblo español se componía de siervos o mendigos.

Este cuerpo social, leproso y aletargado, estaba condenado a morir pronto o a volver de su desmayo; necesitaba una fuerte sangría que le sacara de su estado apoplético, y un ejercicio rápido que activara su vida y regenerara sus perdidas fuerzas.

Godoy vendió la independencia de la patria a Napoleón I, que se posesionó de sus principales ciudades y fuertes por medio de una traición infame.

Los reyes de España se constituyeron voluntariamente en prisioneros del invasor, y dejaron a la nación española huérfana de gobierno nacional, sin ejército, sin crédito, sin armas y sin caudales.

Pues bien: todas estas desgracias juntas fueron el origen de la alta gloria que el pueblo español supo alcanzar desde el primer momento en que sus reyes abandonaron el suelo de la patria, y el pueblo independiente se proclamó soberano, legislados y guerrero.

La Europa civilizada escribió desde aquel día el glorioso nombre de España en el catálogo de os pueblos dignos, concediéndola homenajes de su admiración y respeto.

Desde 1808 hasta 1814, principio y fin de la gloriosa Guerra de la Independencia, el pueblo español fue mártir, héroe y rey; los reyes de España fueron sumisos esclavos, viles aduladores e su tirano, traidores a la patria que vendieron y abandonaron.

Todos los españoles se consagraron en defensa de la patria, y mientras unos derramaban su sangre en las batallas, abatiendo el orgullo de las águilas francesas en Bailen, o en Arapiles, o en Zaragoza, o en Gerona, otros legislaban en San Fernando o en Cádiz, confeccionando el código constitucional de 1812 al compás del ronco cañón francés que disparaba sus gruesos proyectiles sobre los imperturbables legisladores, que proclamaron como principio inconcuso de las leyes patrias, el de la Soberanía Nacional y los derechos inenajenables del hombre.

La doctrina democrática de la República francesa se propagó en el suelo español, se regó con sangre de franceses y españoles; y aquella fructífera semilla echó en la tierra tan hondas y arraigadas raíces, que por más que luego los tiranos trataron de arrancarlas, nunca pudieron conseguirlo, ni lograrán jamás tan criminal profanación.

Bendita seas tú, ¡oh sabia Providencia! que con el decidido intento de hacer libre y feliz a España, supiste colocar en su suelo reyes tan indignos, estúpidos y malvados, al lado de un pueblo tan heroico, tan independiente y noble.

Bendita sea la nación francesa, que por medio de una agresión injusta vino a despertar al pueblo español de su torpe letargo, desangrando sus venas para infiltrar en ellas el virus de la libertad, el espíritu de la democracia, la esperanza de la República; a enaltecer el prestigio del pueblo español, a matar los vicios de las monarquías, enterrando en un abismo sin fondo las tradiciones de sus reyes, sus nobles y sus frailes.

Los franceses vinieron a cumplir a España una misión providencial; perdonémosles el daño físico que nos causaron, en cambio de los bienes morales que nos dejaron. ¡Sí, bendigamos a los emisarios de la Providencia!

Pero ¡ay! España no había purgado bastante hasta el año 14 su antiguo y torpe amor a los reyes, su idólatra adoración por los frailes, su vil humillación ante la nobleza, y para purificarse de sus pasados vicios y debilidades, para despejar por completo las negras nubes que se interponían entre su oscura razón y las luces civilizadoras que el siglo XIX derramaba desde los altos horizontes de la civilización moderna, estaba condenada a sufrir nuevas y penosas pruebas, y a pasar por el martirio de la ingratitud y la deslealtad de sus tiranos.

Arrojó el pueblo español con su valor heroico del suelo de la patria al enemigo generoso, y trajo en palmas al amigo pérfido y falaz.

El rey Fernando VII volvió a la patria que antes había abandonado y escarnecido desde su cautiverio de Valancey, ocupó el trono que sus padres dejaron manchado con el fango de sus crímenes, y que el pueblo español redimió y lavó con su sangre generosa, y desde aquel trono de maldito origen lanzó el ingrato monarca rayos de exterminio contra la vida de varones ilustres, de patricios esclarecidos, que con su talento y su valor habían sostenido y enaltecido por espacio de seis años consecutivos la honra, la independencia y la dignidad de la patria.

Rasgó con mano impía el Código constitucional que la nación, reunida en Cortes, confeccionó y promulgó en uso de su indisputable soberanía, y en las horcas o en los presidios hallaron la recompensa regia muchos de aquellos prudentes y sabios legisladores.

El rey volvió a ser rey; es decir: déspota, tirano, ingrato y perjuro.

El pueblo volvió a ser esclavo, y por consiguiente, supersticioso, holgazán, cobarde y servil.

De la regla general se apartaban, sin embargo, algunas excepciones, que cultivaban con religioso secreto y particular esmero la semilla democrática encerrada en la tierra, y alimentaban la esperanza de verla brotar florida y lozana algún día.

Desde el año de 1814 hasta la fecha en que escribimos, la semilla democrática, siempre combatida por los tiranos, por los egoístas y monopolizadores del pueblo, ha brotado y rebrotado varias veces bajo formas y matices diferentes; en la última cosecha dio frutos bastardos, porque bastardos fueron los trabajos que se emplearon para fecundarla, y la flor se agostó sin granazón ni fruto.

¡Trabajadores españoles: no desmayemos a la vista del último fracaso; aprovechemos las lecciones de la experiencia: mano firme a la herramienta, riego puro a la tierra, constancia y fe, que la primera vez que renazca la semilla democrática vendrá arrojando pingües y granados frutos de República democrática federal, que si el pueblo sabe aprovecharlos, espantando de sus parvas a la oruga roedora, que sin haber trabajado nunca se acerca siempre a comer el fruto del sudor ajeno; el pueblo honrado y trabajador ha de quedar esta vez recompensado y satisfecho de sus constantes fatigas y desvelos.

IV. ¿Por qué no se ha proclamado la República?

Con tintas rojas de rubor y sangre ha escrito España la historia de sus reyes.

María Luisa, Fernando VII, Isabel II, se disputaron el privilegio de la maldad; todos ellos fueron muy malos; pero es difícil decir cuál fue el peor.

Todos ellos, sin embargo, hicieron cuanto estuvo de su parte para desacreditar y hundir la institución monárquica, y lo han conseguido: ¡gratitud a los monstruos!

¿Pero en qué ha consistido que después de los escarmientos recibidos por la nación española, de sus pasados reyes, desacreditada, aborrecida la monarquía, derrumbado y hecho pedazos el trono por las manos del pueblo vencedor, ese pueblo no proclamó inmediatamente la república el día de su triunfo, en Setiembre de 1868?

Ha consistido en que la revolución de Setiembre no fue hecha por los republicanos; en que por más ilusiones que nos hagamos, en aquella fecha no había todavía en España bastante número de republicanos dignos de honrarse con este nombre, y en que los egoístas, los apóstatas, los traficantes políticos, que anteponen siempre su propio interés al bien de la patria, se abalanzaron como hircanos tigres sobre la presa para devorarla, y una vez dueños de la situación, temieron perder los altos e inmerecidos destinos adonde se encaramaron, en el caso de que un gobierno popular, justo y moral, llegara a regir los destinos de la nación.

Pero no deploremos como una desgracia el hecho de que no saliera triunfante la República de la revolución de Setiembre, porque, al contrario, debemos celebrarlo como una fortuna inmensa.

Si la República hubiera triunfado después de la revolución, ¿quiénes hubieran sido sus primeros tutores? ¿Quiénes se hubieran erigido en dueños de aquella improvisada República?

Todos, menos los republicanos.

¿Qué republicanos había en aquella época en España de bastante talla para disputar el poder a los héroes de Alcolea, al general Prim, a Caballero de Rodas, y por fin, a todos aquellos farsantes, militares y civiles, procedentes de la unión liberal, que entraron en Madrid dándose aire de conquistadores, y a los que ¡oh vergüenza! el pueblo de Madrid saludaba con idólatra adoración, regando de flores su camino?

Los verdaderos republicanos, los que nos gloriamos de haber prestado muchos y desinteresados servicios a la causa de la República, los que siempre nos hemos presentado los primeros a la hora y en el sitio del peligro, no acudimos nunca a la hora ni al sitio donde se reparten gracias ni galardones.

Los buenos y verdaderos republicanos hubiéramos quedado postergados en la humildad de nuestro retiro, viendo apoderarse de la República a los camaleones políticos, a los farsantes, a los gritadores, a los que arrojaban flores a los pies de los caballos de los generales de Alcolea, de aquellos mismos generales que nos habían ametrallado en 1856 y en 1866.

La República de 1868 hubiera sido la República de Serrano y Prim, una República militar, la República del sable, una República, en fin, a lo Rosas o lo Iturbide.

Muy pronto aquella República hubiera muerto desacreditada, como ha muerto en espíritu la revolución de Setiembre, en tanto que ahora el espíritu republicano se conserva puro, sin menoscabo ni descrédito; nuestro partido se ha depurado de cierta corrupción que abrigaba en su seno, y el día de nuestro triunfo, que no puede estar lejano, la República se establecerá en España bajo bases tan firmes y seguras, que no habrá luego poder humano que logre destruirla.

Hay algunos incautos, que con buena o mala intención, nos repiten todos los días estas sandias reconvenciones: «vosotros, los federales, tenéis la culpa de que la República no esté ya establecida en España. Vuestra calaverada del mes de Octubre del 69 y vuestras exageraciones federales, han asustado a unos y apartado a muchos del camino de la República, hacia donde caminábamos todos los buenos liberales.»

En conversaciones familiares debemos contestar, como lo hacemos frecuentemente, con una carcajada homérica a estas sandeces progresistas; pero ahora aquí, con la pluma en la mano, les daremos más detenida y seria contestación, empezando con las preguntas siguientes:

¿No fuisteis vosotros, progresistas y cimbrios, los que, a la raíz de la revolución, en el mes de Noviembre de 1868, cuando todavía no os era lícito hacer semejante declaración oficial, os declarasteis monárquicos en una pública y célebre manifestación?

¿No fuisteis vosotros, progresistas y cimbrios, los que organizasteis la división, bajo el mando del general reaccionario Caballero de Rodas, dando a este proconsul la misión de desarmar a viva fuerza las milicias ciudadanas de Andalucía, legalmente organizadas, pacíficamente constituidas, solamente por el delito de ser republicanas aquellas fuerzas populares?

¿No fue uno de vuestros imprudentes servidores, el que con repetida insistencia y singular audacia, se empeñó en exasperar los ánimos de los ciudadanos de Tarragona, que llenos de júbilo, sin intención de incomodar a nadie ni sospecha de ser incomodados, salieron a recibir a uno de sus más ilustres correligionarios?

Si aquel, vuestro desgraciado agente, fue víctima de su celo indiscreto; si algunos hombres feroces o despechados cometieron un crimen, justa y repetidamente deplorado por los republicanos, vosotros, los provocadores, fuisteis los causantes de aquella catástrofe inesperada.

¿No fuisteis vosotros, hombres de la situación, los que sin motivo ni fundada razón ordenasteis el desarme de las milicias populares de Barcelona, Tarragona y otros varios puntos de Cataluña?

Y por fin, ¿no habéis oído, liberales hipócritas, como hemos oído todos en pública sesión de Cortes, decir a vuestro ministro de la Gobernación que él había impulsado y precipitado de propósito la insurrección federal, con el deliberado fin de exterminar a los insurrectos?

Pues si todo esto sabéis vosotros, progresistas y cimbrios, ¿por qué culpáis a los federales de calaveradas que, según decís, os han obligado a retroceder de la senda de la República?

¿Para cuándo aguardabais a concluir vuestra perezosa etapa?

¿No había transcurrido más de un año desde la revolución a esa que llamáis calaverada federal del mes de Octubre de 1869?...

¿Pies si hasta entonces no había tenido lugar la calaverada, y en el trascurso de un año de formalidad no se os ocurrió hacer la declaración de republicanos juiciosos, para cuándo esperabais a dar a luz vuestra mental resolución?

¿Esperabais acaso a que llegara un día en que el general Prim se viera acosado por la unión liberal, que su poder estuviera en peligro, y os gritara entonces: ¡Radicales, a la República!

Pues si esperabais eso, nos alegramos mucho de que no haya llegado ese caso ni ese día, porque, lo repetimos, no queremos República con uniforme militar ni republicanos condicionales que se sujeten a la voz de mando de su jefe.

Antes que una oligarquía militar establecida bajo la hipócrita enseña de la República unitaria, preferimos las monarquías de Isabel o de Amadeo, que estas no pueden hacer tanto daño como vuestro pastel republicano a la verdadera República, que el pueblo español desea ver triunfante, y que triunfará en España a pesar de todos los monárquicos de ocasión o republicanos vergonzantes.

Los verdaderos republicanos queremos y proclamaremos en su día la verdadera forma de gobierno democrático: La república democrática federal.

V. La nueva patria

¡República democrática federal! Yo te saludo con amor y respeto.

¡Tú, que bajo benéfica sombra fraternal has labrado, en poco más de un siglo, la grandeza y prepotencia de los Estados Unidos de América, pequeño, pobre y esclavo pueblo antes de que tu colosal poder se levantara en su suelo, y hoy, gracias a tí, se ha visto transformado en el pueblo más rico, más libre, más feliz, más respetable y respetado de todos los pueblos del universo!

¡Tú, que para merecer el respeto y consideración de las extrañas naciones, no necesitas establecerte en un país grande y fuerte, y para demostrar la fortaleza de tu condición, vives e imperas en la pequeña Suiza, tan inviolable, independiente y majestuosa, como en la anchurosa tierra Norte Americana; permite que presente un retrato de tu noble ser, que haga una definición de tus bellas cualidades, a la manera como yo te conozco, como yo te comprendo, como yo te amo, aquí en España, donde pocos te conocen bien, y sin embargo, tienes muchos enamorados y muchos enemigos inconscientes, puesto que te aman o te aborrecen antes de haberte conocido!

¿Qué es República? La cosa pública.

¿Qué es Democracia? Gobierno del pueblo.

¿Qué es federación? Reunión de varios Estados para la común defensa, sin abstracción de su independencia y autonomía en el gobierno, y administración de sus intereses particulares.

República democrática federal, es la cosa pública gobernada por el pueblo, con el asentimiento general de todas sus entidades y fracciones, desde el individuo hasta la nación.

El hombre es la base y origen de la patria.

El hombre crea la familia.

La familia forma el municipio.

El municipio es la escala de la instalación de la provincia.

La provincia, confederada a otra provincia, constituye un Estado.

Varios Estados reunidos, forman un cantón.

Todos los cantones federados forman el Estado nacional, la patria común.

Los fenicios, los romanos, los godos, los árabes, los visigodos y los reyes de España, desde Isabel I hasta Isabel II, construyeron, derrocaron y reconstruyeron la vieja España, con arreglo a las necesidades, caprichos, ambiciones o razones políticas de sus tiempos.

La moderna generación no puede ni quiere vivir sujeta a las prescripciones de sus caducos progenitores, y libre de hacer su voluntad, como otros la hicieron antes, la Humanidad viviente tiene el derecho de hundir el carcomido solar de la patria vieja, para reconstruir, desde el cimiento, una patria nueva, adecuada al gusto moderno, y que llene las necesidades de la civilización del siglo en que vivimos.

Empecemos, pues, por destruir la ruinosa patria de los guerreros, de los nobles, de los prebendados y de los reyes, y construyamos la patria del hombre libre, la patria del pueblo.

Destruir la obra vieja y edificar la nueva; esta es la gran misión de la España republicana democrática federal.

Creemos que con las declaraciones antecedentes, quedan contestados aquellos que nos preguntan, si en un pueblo que vive unido hay razón para formar federaciones. Si; hay razón y grande, porque para que la unión de los pueblos sea legítima y eterna, es preciso que la reunión sea hecha libre y espontáneamente bajo los pactos que se estipulen, unión formada por el lazo fraternal, de ninguna manera opresa por la argolla del galeote.

Entendimientos pacatos, ánimos asustadizos: no os sobresaltéis, ni hagáis aspavientos al oír decir que es indispensable para vivir en la sociedad moderna, destruir o anular por completo las antiguallas embarazosas o inútiles de las sociedades antiguas, que ni estas variaciones han de ser muy costosas, ni ha de ofrecer muchas dificultades la transformación.

Vamos a demostrarlo.

Viene, como al fin vendrá, un día de revolución; no sabemos por qué causa promovida, ni nos metemos a designar sus promovedores. Los republicanos contamos ya hoy, y contaremos entonces, con un número mucho mayor de prosélitos que el que contábamos en Setiembre de 1868.

Nuestras huestes se hallan perfectamente organizadas; formadas nuestras series, desde el individuo hasta el cantón.

Hombres de guerra no han de faltarnos cuando el clarín bélico nos llame a la lid, porque bien podéis calcular, que, si sorprendidos, sin un plan preconcebido, sin organización previa, en la desgraciada insurrección de Octubre, salieron espontáneamente al campo y se presentaron en pie de guerra 50.000 republicanos federales, en el primer día de revolución, promovida quizás por fuerzas extrañas a las nuestras, hallándonos en condiciones mucho más ventajosas, como nos hallaremos, bien podremos presentar en campaña, 100 o 150.000 hombres, fuerza bastante respetable para sobreponerse a las de los distintos partidos insurrectos.

Nuestra fuerza guerrera, nuestra organización social y política perfeccionadas, y más que todo eso, y sobre todas las otras ventajas, la justicia de la causa que proclamamos, nos darán pronto y completo triunfo.

Nuestras son ya de antemano las fuerzas populares de las principales ciudades de España; en los municipios y diputaciones provinciales imperará la voz de nuestros correligionarios; como elocuente y enérgica, se hará oír en el Congreso de Diputados.

No es, pues, una vana ilusión el creer y afirmar que en la primera revolución que estalle en el país el triunfo será de los republicanos, y que el grito de victoria será el de: Viva la República democrática federal.

Después de conseguida la victoria en la lucha guerrera, vamos a demostraros con cuánta facilidad y sencillez destruimos la obra vieja y reconstruimos la nueva sociedad en la moderna patria del hombre libre.

1° Cada ciudad, cada villa, cada aldea establecerá su junta de gobierno elegida por el sufragio universal de todos los ciudadanos de sus respectivas localidades.

2° De cada una de las juntas de los pueblos de la provincia se elegirá por el sufragio universal de todos los ciudadanos de la localidad un representante para la junta de la capital, que fusionada con los miembros de las otras juntas municipales, se constituirá en junta provincial.

3° La junta provincial proclamará en su provincia el triunfo de la República democrática federal, y hará juramento de sostener y defender con el nuevo sistema la integridad de la patria, todos los derechos inenajenables del hombre, y la autonomía individual, municipal, provincial del Estado y del cantón.

4° Después de aprobado y proclamado el anterior programa, que ha de servir de base a la ley fundamental del Estado nacional, como emanada de la doctrina republicana federal, cada una de las juntas provinciales elegirá dos individuos de su seno, revistiéndoles con el carácter de representantes de la provincia en la suprema junta nacional, que deberá reunirse en Madrid, no como capital preferida, sino como la más céntrica de la nación.

5° La junta suprema nacional, inmediatamente de haberse constituido legalmente, previa la revisión y aprobación de sus actas, nombrará de los individuos de su seno un gobierno provisional, y para cada uno de los diferentes ministerios una sección consultiva y cooperadora, compuesta de los miembros de la junta suprema.

6° El gobierno provisional, en nombre de la Nación que le ha nombrado y apoderado, ratificará la proclamación del gobierno republicano federal, la integridad e independencia de la nación española; religioso respeto a los derechos inenajenables del hombre y la autonomía individual, municipal, provincial, cantonal, &c.

7° El gobierno provisional convocará inmediatamente Cortes Constituyentes, elegidas por el sufragio universal de todos los ciudadanos, e interin se reúne el Congreso soberano, velará por la tranquilidad pública, gobernando la nación con patriótico afán y exquisito celo, con sujeción a la responsabilidad de sus actos.

8° Las juntas municipales y provinciales no abdicarán sus poderes de gobierno hasta que la nación haya quedado constituida, y su nueva constitución proclamada.

9° Las sesiones de las juntas de gobierno serán públicas, y publicadas en el Boletín respectivo de la provincia todas las deliberaciones y actos de su gobierno.

10° Las juntas de gobierno serán responsables de todos sus actos ante el tribunal del pueblo.

Ya tenemos destruida la antigua patria del privilegio, de la tiranía y del esclavo.

Formadas vemos ya las nuevas series de trabajadores, que ordenadamente y sin descanso van a reconstruir la moderna patria, la patria del hombre libre, la patria del derecho, la patria de la Humanidad, que es la patria de la civilización.

VI. Boceto de la patria del hombre libre

No se puede ser demócrata sin ser republicano, no es posible ser buen republicano sin ajustarse en todas sus leyes a los principios democráticos.

La Constitución republicana democrática federal está ya hoy impresa en la mente de todos los federales conscientes, y si no ha habido hasta ahora quien se haya atrevido a publicarla, habrá consistido, indudablemente, en que ningún republicano se ha creído con bastante autoridad personal para dictar, ni aun iniciar leyes a sus correligionarios.

Pero partiendo del principio de que los republicanos federales alcanzaron el triunfo en la revolución; que republicanas federales son las juntas de gobierno de provincia y el gobierno provisional de la Nación; ¿no es casi seguro e indudable que la mayoría de las Cortes Constituyentes ha de corresponder a la situación triunfante?

Sí, no hay que dudarlo: en el caso en que colocamos la cuestión, la gran mayoría de las Cortes Constituyentes sería republicana federal, y las leyes que se dictasen en aquel Congreso estarán conformes a la doctrina de los legisladores.

Constituirán una sola patria y un mismo derecho para todos los españoles.

Declararán los derechos inenajenables del hombre, ilegislables, imprescriptibles, superiores y anteriores a toda humana ley.

Consignarán en el Código constitucional de la nación:

La libre emisión del pensamiento.
El jurado del pueblo para toda clase de delitos.
El sufragio universal.
La libertad de conciencia.
La inviolabilidad del domicilio.
La Iglesia libre en el Estado libre.
La abolición de títulos nobiliarios, que llevan consigo un privilegio.
La abolición de quintas y matrículas de mar.
La abolición de la pena de muerte.

Pues bien; después de consideradas en el Código constitucional de la nación todas esas leyes esenciales y precisas para que sirvan de base a las demás, ¿qué temor pueden causar a nadie las constituciones federales de los Estados particulares? Ningún temor, ninguno.

Gobiernen y administren luego con independencia sus respectivos intereses; los nacionales, la nación; el Estado federal, los que le estén sometidos; el cantón, los cantonales; la provincia, los provinciales, y el municipio los de sus convecinos.

Hagan los Estados federales todas las leyes políticas, económicas y administrativas que les convengan, siempre que no estén en contradicción con las leyes de la Constitución nacional ni menoscaben los derechos del hombre.

¿Quiere un Estado pagar el culto y el clero de una religión determinada? Páguela en buen hora, siempre que no ejerza presión en la conciencia ajena.

¿Hay otro Estado ateo que no quiere pagar ninguna religión? Cúmplase su voluntad, con tal que no impida que el clero de todas las religiones gane la vida dentro del Estado, vendiendo sus oficios a todo el que quiera comprarlos.

Todos los españoles tendrán el deber de defender la patria con las armas en la mano cuando peligre su seguridad o independencia; pero en tiempos normales, los Estados serán libres de conservar su ejército permanente, o vivir sin él, considerando las necesidades que aconsejen estas medidas.

El gobierno Nacional cuidará de gobernar lo que sea de todos y para todos.

Cada Estado federal, cada cantón, cada provincia, cada municipio, gobernará y administrará los intereses morales y materiales de sus representados, desde las respectivas jerarquías en que se hallen colocados, y con sujeción a los previos pactos que se hayan consignado en sus constituciones.

He aquí como debe formarse, según nuestra razón, como se formará seguramente la nueva patria del hombre, con arreglo a los principios de libertad, de igualdad y de justicia.

El hombre libre dentro de la familia.
La familia libre dentro del municipio.
El municipio libre dentro de la provincia.
La provincia libre dentro del cantón.
El cantón libre dentro del Estado.
El Estado libre dentro de la Nación.
La Nación libre dentro de la patria común de los hombres.

¿Puede darse otra organización social más fraternal y justa que la que dejamos indicada?

En esta Nación, formada libre y espontáneamente por la voluntad y el asentimiento de todos los ciudadanos que la componen, ¿se advierte alguna injusticia, algún privilegio, alguna desigualdad, perjuicio alguno, para cualquiera de los federados en el pacto nacional?

¿Queda en lo más mínimo relajado el lazo patrio que forma la nacionalidad, indivisible, eterna, legal y democráticamente constituida?

No; en nada queda quebrantada la integridad de la nación española en esta reconstitución de la nueva patria.

Cualquiera que tratara de relajar estos vínculos sagrados, de faltar a los pactos celebrados, sería un demente o un malvado, a quien la nación sensata y las leyes darían el condigno castigo.

El gobierno supremo de la Nación no será otra cosa en el sistema republicano federal, que el gran ayuntamiento del pueblo español, y del mismo modo que en los municipios particulares cada vecino gobierna su casa y administra sus intereses propios como mejor le conviene, así también cada Estado federal, después de cumplir sus deberes con el Estado nacional, administrará y gobernará los intereses de su Estado con absoluta independencia.

Tal como lo dejamos definido, es como comprendemos nosotros y aceptamos el plano de la nueva patria que la moderna sociedad ha de levantar sobre los escombros de las caducas sociedades.

Para indicar las principales bases que se desprenden de los preceptos de nuestra doctrina democrática, nos consideramos con suficiente autoridad, como consideramos al último de nuestros correligionarios; para escribir la Constitución republicana, sólo concedemos autoridad a las Cortes Constituyentes investidas por el pueblo, con amplios poderes para perfeccionar la grande obra.

Nuestra misión queda cumplida con la presentación del boceto, y nos daremos por muy satisfechos, si el pueblo, después de examinarle, quiere concederle su aprobación.

Una vez que se establezca y arraigue en España el sistema republicano democrático federal, que con tanta facilidad puede establecerse y arraigarse, por más que algunos hipócritas, necios o malvados, finjan espantarse con la idea de esta innovación política, la libertad quedará para siempre asegurada, la civilización progresará rápidamente; las artes, la industria y el comercio, libres de las trabas que hoy se oponen a su rápido vuelo, llegarán al apogeo de su grandeza, y a seguida de la perfección política vendrán las reformas sociales, que una imperiosa necesidad está reclamando, porque el hombre no vive sólo con libertad y derechos políticos.

La libertad facilita la instrucción; esta labra la inteligencia, disipando las nubes de la ignorancia. El hombre instruido e inteligente, no puede ser esclavo, ni holgazán, ni pobre.

La libertad de asociación es fuente fecunda de riqueza para el trabajador activo e inteligente, y para demostrar sus beneficios con ejemplos prácticos, para aleccionar y estimular a las clases obreras a que despierten del torpe sueño en que, para su mal, han vivido en los tiempos en que los gobiernos tiranos aletargaban con bárbaras represiones su actividad e inteligencia, escribiremos a continuación del plan político que antecede, un plan de asociaciones obreras, de fácil iniciativa, de prodigioso desarrollo, no todo de nuestra invención, no enteramente nuevo, sino tomando de asociaciones realizadas, en las que los asociados han encontrado la recompensa que merece el trabajo.

VII. La asociación
VIII. Casino de recreo, de ilustración y de socorros mutuos
IX. De las sociedades cooperativas de producción y consumo
X. Banco económico de crédito colectivo y personal de trabajadores de la provincia de Sevilla

Madrid, 24 de febrero de 1871
Romualdo de Lafuente

Anuario Republicano Federal (1870), páginas 581-611 (sin transcribir los §VII-§X, páginas 611-645).
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Agustín Pujol
El socialismo

Pasa Europa por una de esas épocas de crisis que la historia llama de transición. Europa, en el siglo XIX, es teatro de la gran lucha que ha de decidir del porvenir del mundo.

No es una lucha titánica de dos Estados disputándose la supremacía política. No es una guerra como las púnicas. No son Roma y Cartago destruyéndose para hacer el mundo cartaginés o romano. No son Oriente y Occidente aspirando a que domine al otro uno de los dos imperios. No son Carlos I y Francisco I. No son Napoleón el Grande y las naciones confederadas. No son los Brandemburgos y Aupsburgos jugando a la suerte de las armas el imperio alemán. No son Francia y Prusia. No es, no, la futura y próxima lucha de la raza Latina y parte de la Sajona contra la Eslava.

No es una contienda militar.

Es una lucha más santa.

Es el choque del absolutismo decrépito y el joven progreso.

Es la lucha de la vieja y la nueva idea.

Es la lucha de la Monarquía y la República.

Es un combate constante, sin aparato, silencioso, duradero.

Es una batalla que se riñe en la conciencia universal.

¿Quién triunfará?

Indudablemente la idea nueva: la República.

La República, que se presenta como la regeneradora de los profundos males que han dejado al pueblo como única y funesta herencia las antiguas absolutas monarquías.

La República borrando las diferencias de las clases sociales.

La República estableciendo la igualdad.

Como en todas las Revoluciones por que ha pasado la humanidad a través de los siglos, en la que ahora está verificándose, sucede que a los más sinceros y ardientes partidarios de la nueva idea se debe que se retarde el triunfo, por la exageración a que llevan los principios.

A veces causan la derrota momentánea de la idea redentora.

No guía a los nuevos apóstoles la mala fe.

Sus exageraciones son efecto de la mucha adoración a su doctrina.

Los Sudras proclamando la igualdad predicada por Budda-Muni, quisieron ser señores de los Brahamanes, sus tiranos.

Cristo, enseñando los mismos principios, ha tenido sectarios, que bajo su bandera han llevado a cabo empresas que sólo un fanatismo ciego puede disculpar, y que han perjudicado su obra.

Las Cruzadas.

Los Países Bajos.

Los franceses del pasado siglo, llevados también por un exceso de amor a la República, la mataron, porque en vez de fundar escuelas alzaron guillotinas.

Yo sólo les culpo de demasiado amor, de fanatismo, de impremeditación.

Lo mismo sucede hoy.

La lucha entre la nueva y la vieja idea, entre la Monarquía y la República, entre el absolutismo y el progreso, entre el oscurantismo y la luz, encierra principios, problemas, que de su buena o mala comprensión puede depender el triunfo.

El Socialismo. He aquí uno.

El Socialismo, tan predicado por algunos sinceros y ardientes republicanos, sin saber que sin duda su planteamiento causaría la inmediata derrota de la República.

Los que defienden el Socialismo se creen ir más adelante que los demás, y se engañan.

La defensa de esta escuela es sin duda la mejor arma que se esgrime en contra de la República, en favor del absolutismo.

Voy a escribir sobre las relaciones que median entre dos partes, a las que a la una idolatro y a la otra odio, porque creo que es el más mortal enemigo de la primera.

Entre el pueblo y el Estado.

Por tanto, no extrañará que diga que soy individualista.

No admito al Estado para el porvenir.

Soy partidario del self governement de los ingleses. Esto es, el gobierno de cada uno por sí mismo.

Se deduce de esto que yo soy amante de la República, considerándola como un medio.

Como un transacción.

Como un puente salvador que conduce al fin.

El fin es el individualismo.

Vuelvo a mi tema.

He dicho que odiaba al Estado, que no le admitía para el porvenir.

Sin embargo, para mis estudios, para llegar al fin a que sin duda como yo aspiran muchos, me veo obligado a admitir el Estado.

No como es hoy, no como ha sido.

Le admito como nos le presenta la República en su acepción más libre.

Admito al Estado descentralizador, sin inmiscuirse para nada en los asuntos particulares.

Le admito sólo para que se ejecuten por su medio las leyes generales que se dicte el pueblo.

Creo que la muerte de la República romana, del protectorado de Cromwell en Inglaterra, y de la unitaria francesa del 48, fue causa de su sistema restrictivo, centralizador, reglamentario. Acabamos de ver la fatal caída del Imperio francés, debida a lo mismo.

Creo que por esta causa morirían todas las Repúblicas unitarias.

Ahora bien; siendo enemigo del Estado, debo serlo del socialismo.

Los socialistas se llaman así muchos, porque no comprenden bien lo que defienden con la mejor buena fe.

Ni es un socialista Proudhon con su principio: «La propiedad es un robo.»

Proudhon es un comunista.

>Los que se llaman socialistas son sin duda comunistas.

El socialismo es muy antiguo.

A él debemos la mayor parte de los males que hoy afligen al pueblo.

El Imperio y la República romana han sido Estados muy socialistas.

Socialista ha sido Grecia.

Socialistas, y no poco, son los modernos Estados.

El socialismo es la acaparación por el Estado de todo el poder y toda la riqueza de la Nación.

Con el socialismo no se destruye la propiedad.

Al contrario, se establece un GRAN PROPIETARIO-

El Estado.

Roma, la que escribió en las doce tablas los derechos del pueblo, la ciudad de los tribunos y de los procónsules, la señora del mundo, la reina de las demás naciones, a las que llamaba en su orgullo simples provincias, como hemos dicho, debió gran parte de su rápida caída al socialismo.

Roma tenía por cuenta del Estado una flota llamada Sagrada, que iba a buscar cereales a Egipto, Grecia, Ponto-Euxino, &c.; y luego por medio de una policía llamada Annoveriana, los distribuía entre el pueblo y satisfacía las necesidades de sus ciudadanos.

Recibía en cambio la vida de estos en los campos de batalla de las naciones que conquistaba.

Resultado de esto:

Sostener la aversión al trabajo: la vagancia.

Matar la agricultura en las provincias conquistadas, porque estos cereales, la mayor parte de las veces eran robados como derecho de conquista.

Y tener el Estado un poder omnímodo sobre el ciudadano a quien mantenía.

El Estado era el amo.

El pueblo el esclavo.

El socialismo el látigo.

En Esparta y Atenas sucedía lo mismo.

Cosa parecida, aunque en diferente forma, en todas las monarquías antiguas y contemporáneas.

El socialismo es el absolutismo más refinado.

Es el arma más poderosa en favor de los Estados absolutos.

Lo repito, lo repetiré siempre:

Odio al Estado como a opresor que ha sido siempre del pueblo.

Odio por tanto a la escuela socialista, como sostén de los Estados despóticos.

No es del socialismo el lema de Abajo la ley y viva la moral, ni el de Abajo el dinero y viva el trabajo.

Estos principios son de la escuela comunista.

Los admite la individualista.

El día en que el pueblo comprenda bien estos principios, el día que profundice estos sistemas, la libertad será eterna, nadie pensará más en la monarquía, su más constante y encarnizada enemiga.

He dicho que para llegar a ello admito y quiero la República federal, esto es, la Soberanía del pueblo.

Una República cuyo gobierno sólo sea el ejecutor de las leyes que se dicte el pueblo.

Una república en que el Estado esté supeditado al pueblo.

Una República sin mezcla alguna de socialismo.

Una República, en fin, como la defienden y nos enseñan los eminentes y sabios tribunos Pí Margall, el gran economista y filósofo; Castelar, el primer orador, el primer poeta del pueblo; y Figueras, el gran político, el primer parlamentario.

Concluiré, pues, exclamando a la par que ellos:

¡Viva la República democrática federal!

Y ¡abajo el socialismo!

Madrid, 6 de Marzo de 1871
Agustín Pujol

Anuario Republicano Federal (1870), páginas 670-676.

 

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[Nota del PFE] Transcripción íntegra de artículos publicados en el: Anuario Republicano Federal, Compendio de lo más útil e indispensable del saber humano en filosofía, ciencias, literatura, artes y política, con el Calendario Republicano para 1871, redactado por los distinguidos ciudadanos Emilio Castelar, Roque Barcia, Francisco Pí y Margall, Estanislao Figueras, Fernando Garrido, Francisco Suñer y Capdevilla, Roberto Robert, Juan Pablo Soler, José María Orense, José Paul y Angulo, Francisco García López, Ramón de Cala, Romualdo Lafuente, Eduardo Benot, Luis Blanc, Francisco Córdoba López, Federico Carlos Beltrán, Francisco Rispa Perpiñá, José Genaro Monti, Gonzalo Osorio y Pardo, Enrique Rodríguez Solís, Joaquín Cañete y Quesada, Francisco Flores y García, José Alvarez Sierra, Mariano Foncillas, Enrique Arredondo, Víctor Rodríguez Soler, Narcisa de Paz y Molín, Modesta Periú, y Carolina Pérez. J. Castro y Compañía, Editores. Administración. Plaza de la Cebada, número 11. Madrid 1870 (Imprenta de R. Labajos / Cabeza, 27 / Madrid), 1.631 páginas.


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