| Hispania |
|
Selección de artículos del Anuario Republicano Federal Madrid 1870 |
>>> / fin Roque Barcia Con el deseo de complacer a mi amigo el Sr. Castro, editor de este Anuario, escribo estas cuatro palabras. El Anuario es un compendio de todos los descubrimientos, de todos los progresos y adelantos en artes, ciencias e industria. Estos libros, que ocupan en todos los países uno de los puestos más distinguidos en el campo de las letras, son poco conocidos en España, y el que hoy se anuncia merece que el público le preste su noble y generoso apoyo. El Anuario que hoy se ofrece al público, verdadera mesa revuelta, contiene importantes artículos sobre ciencias, literatura y política, de repúblicos eminentes; al lado de tan distinguidos escritores, figuran los nombres de varios jóvenes, esperanza y gloria de la prensa republicana federal. No es nuestro ánimo hacer la apología de una obra en que figura nuestro modesto nombre, ni sabríamos tampoco hacerlo; pero sí conviene fijar la atención del público sobre un libro que representa notables desembolsos y grandes sacrificios de una empresa editorial. La condición de los pueblos libres, su deber más sagrado e imprescindible, es la instrucción: desgraciadamente, a causa de los tiránicos gobiernos que por espacio de tantos años han dominado nuestro desventurado país, la instrucción del pueblo ha sido una ilusión, un verdadero fantasma, tan invisible como impalpable. Mil veces el rubor de la vergüenza ha coloreado nuestras mejillas al contemplar, con lágrimas en los ojos y dolor en el alma, el negro color con que aparece nuestra desdichada patria en el mapa de la instrucción de Europa. Sin instrucción, no es posible un pueblo verdaderamente libre; la instrucción es al alma lo que el pan al cuerpo, es decir, un alimento de primera, de absoluta necesidad. El muchacho que crece en los campos y gana el sustento con su escaso, pero honrado trabajo; el hijo del pueblo que presta sus servicios en los talleres de una industria o en los telares de una fábrica; el niño que pulula por las calles de las populosas ciudades; todas esas criaturas, en cuyas mentes infantiles germina quizás la dirección del globo, el descubrimiento del polo Norte, o la navegación submarina; estos niños que podrían ser la honra y la gloria de su patria, adquiriendo un nombre tan grande como el de Homero, Galileo, Copérnico, Colón, Cervantes, Newton o Franklin, se ven hoy perdidos en la oscuridad de su ignorancia, aprisionados en un terrible calabozo, por cuyas fuertes rejas no ha penetrado todavía un rayo de ese sol claro y purísimo que se llama la instrucción. El día en que el niño se instruya, y que al llegar a la mayor edad tenga la verdadera conciencia de su derecho y de su deber, ese día la humanidad habrá saltado la gran barrera que la tiranía ha levantado delante de ella; habrá rasgado la oscura venda con que el negro despotismo cubrió sus ojos, y podrá exclamar, como exclamó el sabio Guttenberg al descubrir esa invencible palanca que se llama la imprenta: Hágase la luz, y la luz fue hecha. En la conciencia de todos están impresas nuestras reflexiones, y no queremos insistir sobre este punto. El Anuario Republicano Federal merece las simpatías del público y el apoyo de nuestro gran partido; en él se encuentran firmas estimadas del público y nombres muy queridos de nuestros correligionarios todos: preciso es que el partido le preste su noble, aunque modesta ayuda. El pueblo español, sediento de instrucción, debe acoger este libro como a un amigo cariñoso; en sus páginas se ven mezcladas las ciencias con la poesía, la literatura con la política: será un verdadero libro de consulta, que no vacilo en recomendar al público en general, y a nuestros correligionarios en particular, en la seguridad de que viene a prestar un gran servicio, así en el campo literario como en el terreno político. Roque Barcia Anuario Republicano Federal (1870), páginas 5-8.inicio / <<< / >>> / fin Roque Barcia Se nos habla de libertad. Todo el mundo grita: ¡Viva la libertad! Esto es muy bueno; pero no basta cuando esa libertad no se aplica, cuando de esa libertad no se saca un sistema, cuando no se crean intereses a esa libertad, cuando la libertad no hace a los hombres cultos, buenos y ricos; cuando la libertad no hace a los hombres libres, la libertad es un agregado de sílabas, un nombre, un sonido, y sílaba por sílaba, sonido por sonido, nombre por nombre, tanto vale el nombre de libertad, como el nombre de esclavitud. La política de nuestro país ha llegado a un punto en que ciertas voces significan poco. No nos satisfacen las palabras. ¡Se nos han dado tantas palabras! No nos basta oír. ¡Hemos oído tanto! Nos sabe muy bien que todo el mundo diga: ¡Viva la libertad! pero queremos que se creen intereses liberales. Se nos habla también de moralidad y de rectitud. Esto es algo; pero no es mucho. Estamos convencidos de la rectitud y moralidad de las personas que invocan estos nombres; pero no tenemos bastante con la invocación. Martínez de la Rosa habló a España de paz, de orden y justicia, y con aquel orden hubo grandes desórdenes, con aquella justicia hubo injusticias escandalosas, con aquella paz hubo guerra civil; una guerra civil en que la sangre nos llegó a la garganta. Menos hablar y más hacer. Menos brindis y más reformas. Se nos habla también de soberanía nacional. Esto es mucho; pero no es todo. Bajo el imperio de la soberanía nacional fueron los hombres a presidio porque explotaban la sal y el tabaco. Bajo el imperio de la soberanía nacional fueron prohibidos muchos libros por la tiranía de un gobernador, privando a sus autores del derecho de parecer ante el jurado. Bajo el imperio de la soberanía nacional se restableció la contribución de consumos en 1854 y en 1868. Bajo el imperio de la soberanía nacional fueron bombardeadas Barcelona y Sevilla. Bajo el imperio de la soberanía nacional subieron muchos españoles las gradas infames del patíbulo. La nación era soberana, y el individuo nacional era ajusticiado. Era soberana la madre, y el hijo moría a manos del verdugo. No tenemos bastante con esa clase de soberanía; una soberanía que bombardea, que confisca, que infama, que ahorca. No tenemos bastante con la soberanía del bombardeo, del fisco y del garrote. Queremos y buscamos una soberanía más natural, más lógica, más sencilla, más fácil; una soberanía que es la ley de todas las leyes, la verdad de todas las verdades, la razón de todas las razones. Queremos y buscamos la soberanía de la creación humana, la soberanía del hombre; la soberanía de lo que ha hecho Dios, si de Dios venimos; la soberanía de la naturaleza, si de la naturaleza procedemos. Naturaleza o Dios: queremos y buscamos la soberanía de ese eterno misterio, que piensa y que siente en nuestra alma como quema en el fuego, como corre en el aire, como alumbra en los astros. Todo ha reinado en este mundo: el padre absoluto, el guerrero, el clérigo, el monarca, el noble, el rico, el fuerte. Todos han reinado, menos el hombre. Esa es la soberanía que buscamos, esa es la soberanía que queremos: la soberanía de la humanidad, la soberanía de la criatura, la soberanía del ser, la soberanía de todos. Ese es nuestro monarca, ese es nuestro rey: el hombre. ¿Hay quien nos presente un rey mejor? ¿Hay un rey mejor que la humanidad? ¿Hay un rey como la naturaleza, si de la naturaleza venimos? ¿Hay un rey como Dios, si de Dios originamos? ¡Soberanía nacional! ¿Qué me importa a mí que la nación sea soberana, si el verdugo me da garrote? ¿Qué me importa a mí que la nación viva en la gloria, cuando yo vivo en el infierno? ¿Qué me importa a mí que la nación sea libre, cuando yo llevo en mi corazón el dolor inmenso del esclavo? Sí, la nación puede estar o no estar en la gloria, pero haga de modo que yo no viva en el infierno. Sea menos libre, pero haga de modo que yo no sea esclavo. Sea menos soberana, pero haga de modo que a mí no me ahorquen. Decimos esto, porque nuestro país tiene la costumbre de contentarse con las apariencias, y no busca la realidad. Ve la forma, y ya no piensa en la sustancia. Mira el modo, y ya no se acuerda de la esencia. Se le presenta una criatura vestida, y viendo el vestido se olvida de la criatura. Mucho afán, mucho ímpetu, mucho entusiasmo en el primer momento; pero se volatiliza después como los licores espirituosos. Sufrimos años y más años de un despotismo insoportable; viene luego un discurso, una música,una bandera, un arco de triunfo, una inscripción, un banquete, un brindis, un himno de Riego, unos cuantos vivas a la libertad, y ya nos parece que hemos llegado al fin del viaje. No se entienda que llevamos a mal que un pueblo vitoree a sus hombres. No solamente hay jubileos religiosos, también hay jubileos políticos; también la política tiene sus festividades sagradas, y nada más justo ni más noble que solemnizar con nuestra alegría esas fiestas sagradas de un pueblo oprimido. Los pueblos gritan cuando ven un rayo de libertad, como las aves cantan cuando el día amanece. Alabamos la santa alegría que siente el cautivo cuando presume que va a ver la luz; pero no aplaudimos que todo se vaya en alegrías. Demos al corazón lo que le toque; pero no dejemos vacía la cabeza. Roque Barcia Anuario Republicano Federal (1870), páginas 89-93.inicio / <<< / >>> / fin Francisco Pí y Margall ¿Cómo, dirán algunos reaccionarios, han de traer la paz las revoluciones, que tienden a derribarlo todo? Que niegan las tradiciones más veneradas de la humanidad, y la remueve hasta en lo hondo de sus sólidos cimientos. La revolución es, sin embargo, la paz: lo repito y tenedlo por seguro. ¿Data acaso de ayer la revolución? La lucha entre la libertad y el poder es tan antigua como el origen de nuestras sociedades. Presenta diverso aspecto, según las formas que el poder reviste, según las evoluciones que la idea de libertad ha dado; mas en el fondo ha sido y es aun la misma. Examinémosla en su último período. Nació un hombre en el siglo XVI, y negó el principio de autoridad en que durante mil seiscientos años venía apoyándose la Iglesia. Una negación implica siempre una afirmación contraria. Al paso que negó la autoridad de concilios y pontífices, proclamó la soberanía de la razón humana. Sujetó a examen todas las creencias, y condenó sin vacilar las que desechaba su razón, mas que viniesen sancionadas por los siglos. Obsérvese ahora bien la ilación de las ideas. La autoridad, toda espiritual de la Iglesia, derivaba a los ojos del pueblo de una fuente eterna, de Dios, cuyo espíritu, decían, se manifiesta donde quiera que sus sacerdotes se reúnan. ¿De dónde emanaba la autoridad, toda temporal, de los monarcas? A los ojos del pueblo, de ese mismo Dios, por cuya gracia se suponían jefes supremos de su reino o de su imperio. En nombre de Dios imponía la Iglesia canones y dogmas; en nombre de Dios imponían leyes los príncipes y llevaban a sus súbditos al campo de batalla o al cadalso. Toda autoridad procedía, pues, de Dios, omnis potestas a Deo; negada, pues, la primera, estaba ya implícitamente negada la segunda. Así, no se hizo esperar mucho tiempo el Lutero de la política. Habría apenas transcurrido un siglo desde la reforma, cuando opuso Jurien a la soberanía de derecho divino la soberanía del pueblo, a la idea de gobierno el contrato, a la autoridad la voluntad, la razón de cada hombre. La autoridad, ¿está con todo destruida en lo civil ni en lo eclesiástico? He aquí por qué seguimos aun combatiendo; he aquí por qué Iglesia, monarquía, Constituciones, concordatos, están incesantemente vacilando. Todo descansa sobre una negación, y una negación no puede vivir sin base. Hoy, ¿qué ha de ser ya la autoridad separada de la idea de Dios, su único sostén posible? La razón le busca un principio, y cada vez que ha de reconocer que no le tiene, le niega con más energía. ¿Para cuándo creéis posible la paz? Transformad como queráis las cosas que están ya negadas; llevarán siempre consigo la discordia. Destruidlas, empero, en vez de transformarlas; sentad la sociedad sobre la afirmación contraria, y tendréis desde luego un nuevo derecho, un derecho que tarde o temprano se impondrá universalmente a la conciencia. La paz entonces florecerá pronto entre vosotros, porque la paz es el orden, y el orden sin derecho es imposible. Si todas las aspiraciones de la revolución se dirigen a destruir la autoridad y establecer el contrato como base de todas las instituciones políticas y sociales, ¿quién ha de negar que la revolución sea la paz entre las naciones? La revolución, como ha sucedido con la de 1868, partiendo de la soberanía del pueblo, tiene por objeto concentrar el poder en una Cámara elegida por el pueblo todo. Derriba así la monarquía, y con ella todo poder ejecutivo; el Senado, y con él todo privilegio y toda aristocracia. Trata de limitar luego el poder mismo, y declara fuera del alcance de la Cámara la libertad de emitir y la de aplicar el pensamiento; los intereses del individuo, de la localidad y la provincia; la forma de expresión de la soberanía a que debe su existencia; todo cuanto no afecte de una manera ostensible y directa la seguridad o el progreso de la nación entera. ¿Qué se desprende ya de aquí? Que la libertad individual, sacrificada por la monarquía, sintiéndose segura, no verá en el gobierno un enemigo, y depondrá sus armas; que reducido el poder a su antigua unidad, no promoverá conflictos como los que se suscitaban a cada paso durante el ominoso reinado de Isabel de Borbón; que limitaba la acción de la autoridad a los intereses verdaderamente sociales, y emanados siempre del pueblo, será menos odiosa y dejará de sublevar los ánimos; que hallando toda idea en la libertad de emisión del pensamiento los medios posibles de propaganda, y en el sufragio un paso abierto para llegar a traducirse en hecho, no tendrá necesidad de apelar a la rebelión, y se realizará pacíficamente sin excitar alarmas, causa principal de las crisis industriales; que la senda del progreso no estará marcada, como ahora, por la sangre de los que la recorren; que la insurrección no será ya un derecho, sino un crimen; que la palabra moralidad y justicia tendrán una justificación más determinada, y el juicio del hombre sobre el hombre, apareciendo, ya que no más legítimo, más motivado, se impondrá más fuertemente a la conciencia; que las luchas políticas no se verificarán, finalmente, en el campo de batalla, sino en los círculos, en la prensa y en los colegios electorales, donde no se esgrimen otras armas que las de la palabra. La revolución, no lo dudéis, con sólo proclamar la universalidad del voto y la libertad absoluta, modifica profundamente la naturaleza del poder, y cambia la faz de las naciones. El individuo se siente aún oprimido por las mayorías, y ha de protestar, aunque no quiera, contra las repetidas violaciones de su voluntad soberana; pero abriga cuando menos la esperanza de vencer en las urnas a sus dominadores; tiene cuando menos el consuelo de manifestar bajo todo género de formas su nuevo pensamiento. ¿Y los partidos viejos? se me preguntará tal vez. ¿Creéis que esperan a que les llame al poder la voluntad del pueblo? Advertid que todos los partidos creen tener al pueblo de su parte; que los desaciertos de los vencedores dan armas e inspiran todos los días más confianza a los vencidos; que unos y otros consideran como ilusiones pasajeras las creencias de sus adversarios. La paz en España es tanto más inasequible, cuanto que apenas hay un sistema de administración, de economía, de hacienda, que no lastime los intereses y las opiniones de una localidad, aun cuando parece que ha de favorecerlas todas. Muchas de las antiguas provincias conservan todavía un carácter y una lengua que las distinguen de las demás del reino. Estas siguen viviendo a la sombra de sus viejos fueros; aquellas se rigen, aún en lo civil, por leyes especiales que alteran gravemente las condiciones de la propiedad y de la familia. Al paso que en una hay hábitos agrícolas e industriales, en otras hay hábitos puramente agrícolas. Cual pide a voz en grito el proteccionismo, cual el libre tráfico. Si no todas, las más tienen una historia y una literatura propias, donde no pocas veces hallan consignados sus recíprocos odios y combates; y hoy, a pesar de su unión de siglos, se miran aún como rivales. Intentad sujetarlas todas a un sólo tipo, y fomentáis otros motivos de discordia. Aumentáis el antagonismo queriendo disminuirlo, y favorecéis lo que tanto pretendéis evitar, la guerra. Pero la revolución salva estos escollos, porque la revolución ama más la unidad, y hasta aspira a ver realizada la de la gran familia humana; quiere la unidad de la variedad; rechaza esa uniformidad absurda por la que tanto claman los que hoy piden la abolición de los fueros vascongados. ¿Por qué? La unidad en la variedad es la ley del mundo. ¡Qué de fenómenos distintos bajo la bóveda del cielo! Una sola fuerza los produce. ¡Qué de seres diversos pueblan los espacios! Los anima un sólo espíritu. El universo entero, ¿qué es más que una sola idea en miriadas de miriadas de evoluciones sucesivas? Nuestra especie es una, y mil las razas a que pertenecemos; una la verdad y la belleza, y mil las formas bajo que se presentan a la inteligencia y a los sentidos. La diferencia de clima y de producciones une cada día a los hombres de distintos pueblos en más estrechos lazos; la de necesidades, funciones y talentos imposibilita la disolución y el aislamiento mutuo de las sociedades constituidas. Como la unidad engendra la variedad, la variedad lleva a su vez a la unidad, y hasta cierto punto la produce. La revolución es hoy tan social como política, y tiende tanto a la emancipación como a la paz de las naciones. Se propone reformar a los pueblos, no sólo en su organismo, sino también en lo que las constituyen esencialmente. He dicho antes que su objeto es destruir el poder y celebrar un contrato. Todo contrato es un acto de justicia conmutativa; la justicia conmutativa del dominio de la economía. La revolución se compromete, por lo tanto, a armonizar las fuerzas económicas, o lo que equivale a lo mismo, a resolver el difícil problema de redimir a los pueblos de la tiranía, al derecho del privilegio y a la inteligencia del error y del fanatismo. Francisco Pí y Margall Anuario Republicano Federal (1870), páginas 123-129. |
|
inicio / <<< / >>> / fin Ramón de Cala Las manifestaciones del hambre se repiten en España: dos se han hecho ya en Madrid solamente. Triste sobre manera y desconsolador hasta romper todas las fibras del sentimiento humano, es el espectáculo de la clase trabajadora, diciendo a la sociedad que tiene hambre. Porque juntamente con esos hombres pálidos, desfallecidos, que clamorean la miseria en numerosa comitiva, se vislumbran otros seres, también hambrientos, allá en el escondite del apagado hogar, y aparecen a nuestra consideración los padres, las esposas y los niños inocentes, que empiezan a conocer el mundo por sus horribles miserias y a la sociedad por su indisculpable y feroz egoísmo. Pero las manifestaciones del hambre no son en nuestros días la simple exposición de un hecho particular, no el descubrimiento de una miseria determinada que puede apreciarse y medirse, sino la expresión de un desorden económico permanente, que sale a la luz como una queja y como un remordimiento. Al decir un necesitado de la comitiva que tiene hambre, dice a la vez que la tiene la clase trabajadora; expresando que la padece en aquel momento, quiere decir que los trabajadores la sufren todos los días, más o menos inclemente, pero siempre cierta y mortificadora; buscando una solución a la miseria en aquel lugar, da a entender que la miseria tiene sus soluciones; y por último, si a la frase de tengo hambre agrega la palabra trabajo, significa claramente que la miseria se produce por falta de productos y que es una aberración terrible que no haya producción cuando están de sobra las fuerzas para el trabajo. En efecto: el desorden es extremado en las relaciones económicas del trabajo y del capital, que no viven armónica existencia de amigos, sino que riñen batallas interminables y trastornadas. Rigorosamente el hambre se ha convertido ¡parecerá inconcebible! en uno de los resortes de la producción. Ella determina las paradas, fija el precio de los jornales y sirve de hecho, que se analiza y estima, para arreglar la oferta y la demanda. El obrero huye de la ocupación que por darle poca utilidad lo sume en la miseria, e imagina para su hijo un oficio diferente, que elige entre muchos, guiado por la sola observación de que los que los ejercitan están soportando la situación o en la miseria. El negociante se hace cargo de que la especulación que trae entre manos es mala cuando experimenta grandes trastornos; y por este medio solamente conoce que en la sociedad sobra el trabajo a que se aplica. Se descubre que hay más albañiles, por ejemplo, que los que hacen falta cuando los obreros de este oficio paran frecuentemente, y vive en la miseria toda una generación de albañiles. En una palabra: la hambre en los trabajadores, la ruina en los negociantes, la miseria con mil caras son los reguladores de la producción y del consumo. Y a esto, sin embargo, se le llama un orden social; y los hombres claman contra las reformas, y sienten convulsiones cuando se les habla de otros sistemas más generosos, como si hubiera de perderse mucho, ensayando por cambiar de mecanismo que se mueve solamente por el hambre y la desesperación. La verdad de esta observación triste aparece con las mismas manifestaciones del hambre. Los ricos gozan, los poderes dormitan aletargados, la sociedad alegre se revuelca en el cenagal de los vicios, y todos, todos creen firmemente que el mundo marcha bien, que los negociantes prosperan, que los obreros trabajan felices y comen abundantemente; y no salen de su tranquila equivocación hasta que los hambrientos se echan a la calle y enseñan las irritadas heridas de la miseria. El hambre no es un dolor pasajero, sino una enfermedad social permanente de la sociedad. El desconcierto de los resortes económicos la produce y los vicios la irritan. No crean los optimistas que es un accidente de estos tiempos. Si algo hay accidental es el derecho de manifestarla; pero de todas maneras hambre es la callada, porque no deja de sentirse. ¿Se convencerán alguna vez los bien hallados de que es urgente el remedio para que la enfermedad no sea contagiosa y les inficione a ellos mismos, convertida quizás en otros males más terribles? Contesten los partidarios de la tradición y de la monarquía. ¿Es posible seguir así? Díganlo los adoradores del error. Ramón de Cala Anuario Republicano Federal (1870), páginas 130-133.inicio / <<< / >>> / fin Fernando Garrido El redentor ha venido; Vivimos en una época de crisis, de transición para la humanidad, a quien vemos navegar a ciegas y sin brújula en el piélago tortuoso de la historia. La generación actual asiste al espectáculo más animado, más sorprendente y grande que jamás produjeran los siglos. Es todo un mundo de ideas y de hechos, que sucumbe con todos los dolores, con todas las angustias, con todas las fluctuaciones y alternativas de una lenta agonía. Es todo un mundo nuevo, que nace con todas las dificultades, con todas las esperanzas y con toda la debilidad de un engendro y de un parto difíciles y largos. Es todo un mundo de ciencia y de ignorancia, de fe ciega y de profunda convicción; es toda una nueva edad, antítesis de la que, muriendo, le abre el paso a la vida; es, en fin, un nuevo templo que levanta en sus hombros titánicos la Humanidad, decrépita ayer, y que rejuvenece hoy bajo la benéfica influencia del nuevo sol que brilla en los horizontes del porvenir, y que se levanta radiante y majestuoso, esparciendo mayor claridad a medida que el hombre abandona sus babeles infectas, receptáculos de vicios, donde la vida excitada se apaga con rapidez, según va abandonando sus desaciertos estériles; donde el hombre, embrutecido por el aislamiento, degenera, se enerva y se asemeja a las bestias. ¿Cuándo brillará en el zénit el astro benéfico del nuevo día? ¿Cuándo la Humanidad entera habrá sentido penetrar en su corazón, marchito por tantos siglos de dolores, sus rayos vivificantes? Despierta, levántate, Humanidad; alégrate y bendice a la idea; sube a la alta región de la inteligencia, adonde tu espíritu te lleva, y mira y siente, y goza de esta sublime perspectiva que te ofrecen dos mundos, dos épocas palingenésicas, que mueren y nacen a tu vista y bajo tu planta, que mueren y nacen en tu corazón que siente, y en tu cerebro que juzga. ¡Desecha las dudas y los terrores que asedian y anonadan tu alma! No llores, no temas, no vaciles, joven Humanidad. Que el nuevo sol te ilumine; viéndote a su armónica luz tal como eres, te amarás a tí misma, desaparecerán las sombras y las dudas que te cercan, y todos tus individuos, miembros de un mismo cuerpo, hijos de un mismo padre, se abrazarán, y en la embriaguez de su dicha creerán y bendecirán a la causa hacedora con reconocimiento. Levanta, despierta, abre tu corazón a la esperanza, a la alegría, a la felicidad: marcha, mira las nubes de púrpura y zafiro del horizonte; mira las lontananzas del porvenir doradas por los rayos del astro benéfico del nuevo día; no te detengas, atraviesa esta tierra de Egipto, y no temas a los soldados de Faraón; que el mar Rojo, embravecido, sepultará en sus profundos abismos señor y vasallo, caballo y caballero... No temáis los caminos oscuros y desconocidos del desierto; no temáis las fatigas de la marcha; uníos, amaos, esperad; andad, y Moisés hará brotar de nuevo agua refrigerante de la dura peña, y los peces volverán a multiplicarse bajo la mano de Dios. Despierta, levanta, camina, joven Humanidad; marcha, y no vuelvas la cara atrás, porque creerás ver siempre detrás de tí, como fatídicos fantasmas, las torres malditas de Sodoma con sus horcas, sus grillos y potros sangrientos, y con ellos los espectros de sus hijos malditos, viciosos, gastados, decrépitos y perdidos desde los vientres de sus madres. Verdugos, víctimas, pobres, ricos, patricios y siervos; ciegos todos, y empujándose, y chocando los unos con los otros en una algarabía infernal. Tápate los oídos, joven Humanidad, y corre a saludar al nuevo sol que sale para todos. Tápate los oídos, porque helará la sangre en tus venas y destrozará tu alma el satánico concierto de los soldados de Faraón, que blasfemando cayeron sepultados bajo las ondas del mar proceloso; la confusa algarabía de los sofistas y doctores, que disputan y ergotean como energúmenos; el desenfreno y las voces impúdicas de las saturnales, de los fariseos y patricios de la ciudad maldita, y los ayes lastimeros del pobre, montón de harapos, máquina doliente y viviente, que aúlla en los pórticos de los templos, profanados por los mercaderes, y en los umbrales de los palacios, que mina y socava la corrupción. Confiad, marchad y tapáos los oídos, y no volváis la cara atrás; con el corazón y la esperanza puestos en el cielo, y con la vista fija en el suelo que pisáis, id a saludar el nuevo sol que sale para todos. La redención se cumple, sí; porque la Humanidad no perece. De las ruinas de una civilización que degenera en la injusticia, que recae en la barbarie, nace y se levanta otra más vigorosa, más justa. ¿Y cuándo la Humanidad ha tenido más perdida la esperanza, ni más ardiente el deseo, ni medios más gigantescos para alcanzarle? ¿Cuándo ha estado animada de un entusiasmo más grande, de un soplo de vida más fecundo, de actividad tan prodigiosa, ni sus fuerzas más esparcidas ni homogéneas que hoy? Nunca, jamás, no. Por eso el imperio de la ignorancia, de la guerra, de las enfermedades, del egoísmo, del dolor, en fin, que han reinado seis mil años sobre la tierra, caen y se deshacen, y se extinguen ante la luz del nuevo día, contra el cual las sombras luchan; pero luchan en vano. Por eso yo, nuevo y hermoso día, esperado y comprendido por todas las almas que el mal no ha degradado, siento en mi corazón tu fuego vivificante, oigo la armonía de las mil voces acordes y sonoras de la naturaleza que despierta de su largo sueño de muerte, y se despierta risueña; y mezclando mi voz débil y oscura a su mágico concierto, me levanto y te saludo, y amo, creo y espero. Y tú, generación contemporánea, Humanidad de nuestro siglo, madre, hermana e hija nuestra, sal de una vez de debajo de las ruinas de este viejo mundo de iniquidad que degrada tu cuerpo y envilece tu alma; examina, reconoce, juzga, y verá que estamos en una de esas grandes épocas de crisis, de renovación, de evolución social, en que la Humanidad, como la oruga de los jardines, abandona su viejo sayo por las alas ligeras y brillantes de la mariposa. Oye la voz de los nuevos profetas que te anuncian la tierra prometida; nuestro deber, de acuerdo con las necesidades de nuestra existencia, es marchar y ocupar en la vanguardia nuestro puesto. El gran día se deja ver en el horizonte... Es el primero del reinado de la justicia que se va a empezar. Anuario Republicano Federal (1870), páginas 134-138.inicio / <<< / >>> / fin Roberto Robert Y va usted a ver cómo una misma idea, unas mismas palabras, pueden ser el ampo de la nieve o la viva llama; por ejemplo: «Dios hizo a los hombres iguales, les dotó de libre albedrío para que buscasen el bien, les dijo que se amasen unos a otros y que se perdonasen las ofensas.» Pues bien; esto, dicho en un púlpito, es blanco, es inocente, es sembrar buena semilla, es afirmar el verdadero cimiento de la moral. Pero dicho en un club, es rojo, es incendiario, es demagógico, es disolvente, es impío. En el púlpito, el ser los hombres iguales no excluye el privilegio del trono ni el del sacerdocio; el libre albedrío no significa libertad de examinar las cosas para elegir las que nos parezca mejor; el amarse los hombres unos a otros, no excluye el verdugo ni se opone a que una minoría privilegiada vea morir de hambre e ignorancia a la muchedumbre, y la tolerancia no significa que no se deba achicharrar al judío, al hereje, al protestante, al turco y al indiferente. En el púlpito, el ponderar la vida en común, citando a este propósito las órdenes religiosas y los actos de los primeros cristianos, es blanco, es nítido, es ascético, es casi divino. En el club, esto mismo es rojo, es brutal, es grosero, es diabólico. Si se trata de frailes, es comunismo, es poco menos que una continuación de aquella vida de cristianos perseguidos, que no tenían una piedra en que reclinar la cabeza. Si se trata de trabajadores, el comunismo es doctrina nacida del infierno, es aquelarre. En el púlpito, amenazar a los que poseen riquezas mal adquiridas, anunciarles que no les harán provecho, increparles porque no restituyen lo usurpado ni ejercitan la virtud de la caridad, es blanco, es diáfano, es moral, es estímulo para el mejoramiento de las almas piadosas. En el club, lamentarse del desequilibrio de los caudales, proponer un repartimiento equitativo en las cargas públicas, decir que la muchedumbre está expuesta de continuo a los horrores de la miseria, es rojo, es sombrío, es inmoral, es excitar los odios del pobre contra el rico. En el púlpito, compadecerse de los que huyan de las vanidades y negocios mundanos, sólo aspirar a la perfección de sí mismos y de sus semejantes para alcanzar las promesas de Jesucristo, es blanco, es seráfico, es divino. En el club, sostener idénticamente lo mismo, apartar de todo lo mundano, del poder de la riqueza, de los negocios a los que han ofrecido consagrarse exclusivamente a los bienes de otro mundo, es rojo, es perverso, es irreligioso. ¿Quiere usted que una mancha negra parezca blanca? Muéstrela desde el púlpito. ¿Quiere usted que se vea que es negra? Pues no la muestre en el club, porque parecerá roja. La Inquisición llevaba una cruz blanca. A las víctimas les ponía un aspa roja. Roberto Robert Anuario Republicano Federal (1870), páginas 143-145.inicio / <<< / >>> / fin José Joaquín Muñoz La justicia humana, sabido es, tiene grandes errores y grandes crímenes de que reprocharse; enormes son sus faltas todas, como hijas de su viciada constitución; pero entre todos estos lamentabilísimos errores descuella uno, que estremece, que anonada: la sentencia de muerte. Desde Caín hasta hoy, ¿cuántos seres han dejado de existir víctimas de una mano alevosa? Y alevosa decimos, porque alevosía y crimen es despojar a un semejante de la vida, ese don precioso, el mayor que poseemos. ¡La pena de muerte! ¿Sabéis lo que significa esta frase? ¿Comprendéis todo lo horrible que es esa sentencia? Porque no es la pena de muerte, como algunos dicen, la satisfacción de la vindicta pública, que por otra parte no existe; es el ensañamiento de la ley contra el criminal, es el robo hecho al ladrón, es la culpa castigando al culpable. Uno de los primeros derechos del hombre es el derecho a la vida, unido al cual va el deber de conservar la vida. El juez lo comprende, el legislador lo aplaude, lo sanciona; pero la ley varía de opinión. El asesino es juzgado por haber privado a un ser de la existencia, y la ley le arrebata la suya. La ley es más severa con el criminal cuanto más premeditado ha sido el crimen; y esa misma ley premedita, discute, sanciona ese crimen mismo. El asesino puede serlo por causas particulares. La deshonra de la persona querida, el ridículo ante la sociedad, el insulto; todo esto puede producir el asesinato, que en estos casos podríamos llamar legal, porque no es otra cosa que una venganza lógica. Y para castigar esta venganza se satisface la de la ley. ¡Lastimoso es que la sociedad admita tales crímenes en su seno! Pero la sociedad no medita, la sociedad no ve en la ejecución otra cosa que un espectáculo, y asiste a él como a otro cualquiera. La pena de muerte considerada como castigo es criminal; considerada como correctivo, es inútil. ¿Creen acaso que la muerte es castigo para el hombre que ha delinquido? ¡Cuánto se equivocan! El verdadero castigo es el moral, no el material. ¿Qué sufre el que es condenado a muerte? Unas cuantas horas. ¿Qué sufre el que es condenado a una pena temporal? Un número determinado de años, todo sufrimientos, todo llanto, todo horror; es la verdadera expiación, el sufrimiento continuo, el roedor del reconocimiento del crimen. Bajo ningún aspecto es admisible esa pena. Si bien es verdad que la vida es lo más grande que poseemos, que el hombre es lo más grande de la naturaleza, y que únicamente aquella vale tanto como el hombre, de que es esencia, también es cierto que la pena capital aplicada a un delincuente, agrava el daño causado a la sociedad en vez de remediarlo: existe un crimen, y se hace que existan dos. Los legistas comprenden esto perfectamente, y no son ellos los que escriben en los códigos esa ley. Esa ley está hecha por los grandes criminales, por los verdugos de los pueblos, por esos tiranos que llevan el nombre de reyes. Ellos necesitan de la pena de muerte para encubrir sus liviandades; necesitan que este castigo esté escrito, para escudarse con la ley, y quedar a salvo de la responsabilidad de su delito. Por eso existe desde muy antiguo, por eso subsiste hoy, para escarnio de la civilización. Sin esa ley no hubiera podido Fernando IV arrojar a los Carvajales desde la peña de Martos. Sin la pena de muerte, no hubiera condenado Carlos I a Padilla, Bravo, Maldonado, Caro, Gimeno, Morcillo, Ayala, Péris, Acuña, Merino, Sarabia, Sorolla, Blasco de Suara, y tantos otros ilustres defensores de las Comunidades; ni Carlos IX se hubiera ensañado con los hugonotes, ni Felipe II hubiera hecho rodar la cabeza de Lanuza, ni hubiera muerto Riego, Zurbano, Torrijos, Cayo Muro, Mariana Pineda, Juana de Arco, Lacy, el Empecinado... por último, sin esa ley, Isabel de Borbón no hubiera asesinado a militares como el capitán Espinosa y poetas como Plácido, y el papa no hubiera firmado la sentencia de Monti y de Tognetti. Pero estas víctimas eran necesarias para la tranquilidad de sus verdugos, y la pena de muerte les protegió de los cargos que pudieran hacérseles. Los Reyes Católicos crearon un tribunal con amplios poderes para sentenciar a muerte en nombre de la religión; es te tribunal era el Santo Oficio. En aquel tiempo se convirtieron las ejecuciones en verdaderas festividades. Ya no se redujo el acto a colgar al sentenciado o a dividirle la cabeza de un hachazo; había más ceremonia, y la justicia de Dios, como la llamaban, ofrecía a los curiosos el repugnante espectáculo de ver achicharrarse en la candente hoguera de seres desnudos, atados, que se revolvían luchando con el calor y la asfixia. Y cuando no era así, cuatro caballos tiraban de sus piernas y de sus brazos, que se desgajaban del cuerpo, entre los aterradores gritos de los infelices reos. La Inquisición inventó cuanto puede imaginarse para acabar con el hombre, y el pueblo, temiendo a la Inquisición, no protestaba de aquellos crímenes. Y la pena de muerte, modificada en la forma, se ha perpetuado hasta nuestros días, y se han inventado nuevos sistemas, que se han admitido y generalizado. La pena de muerte, bajo cualquier aspecto que se mire, es un crimen, y al que comete un crimen se le llama criminal. ¿Y qué se adelanta, en último caso, con arrebatar a un hombre la existencia? Sólo una cosa: robar a la sociedad uno de sus individuos. Coged al delincuente, encarceladle, instruidle si no lo está, dadle libros, que el libro es el gran juez. Si le dejáis reflexionar, si le recordáis su crimen todos los días, a todas horas, él, reconcentrado en sí propio, comprenderá lo que ha hecho, y su pensamiento, fijo en la idea del mal que ha cometido, será su mayor martirio. Aquel hombre podrá llegar a ser útil, porque los consejos, sus padecimientos, harán comprender a sus semejantes lo que es el delito. Legisladores, borrad de vuestros códigos la pena de muerte: el mundo os lo agradecerá y el criminal será más castigado. ¿Qué castigo es unas horas de sufrimiento para expiar el mal que causa aquel que asesina a un padre, que al morir deja abandonada a su familia? ¿Y qué es de la familia del ajusticiado? La vergüenza la rodea, la sociedad la repele, y falta de recursos perece, llevando tras de sí el sello de la infamia. ¿Es esto justo? ¿Acaso pueden ser responsables los hijos de las faltas de sus padres, o los padres de las faltas de los hijos? ¿Aceptaréis acaso el anatema aquel de que «Las culpas de los padres las pagarán los hijos hasta la cuarta y quinta generación»? No, esto es imposible, esto no puede ser hoy, porque no tiene razón de ser. De un padre malo puede nacer un buen hijo, como de un hombre ignorante nace un varón ilustre. Pero si el padre ha muerto en un patíbulo, el hijo no puede ser bueno. No puede menos de recordar que la sociedad insultó a su padre, y él odia a la sociedad, y tras el odio a la sociedad viene el odio a la familia; y tras esto, el odio a sí mismo, y después... después viene la despreocupación, la pérdida de las dotes morales, la perversión, la maldad, el crimen, a que añadís el patíbulo. Hora es ya de que desaparezca ese escarnio de la civilización que se llama pena de muerte. La sociedad lo manda, la razón lo exige, la justicia lo necesita. El criminal encarcelado se hace digno de la sociedad, porque el presidio hace que se medite. Silvio Pellico hizo una gran obra del relato de sus prisiones. Cervantes escribió en un calabozo parte de un gran libro. Galileo se afianzó en las prisiones en la verdad de su idea. El presidio es para el criminal la razón que ilumina. El patíbulo es la violencia, que mancha cuanto toca. La humanidad quiere la luz. Si no queréis ser criminales, no os opongáis a la marcha de la humanidad. La pena de muerte es una mancha social; la generación que la borre se inundará de gloria. ¿Por qué no ha de ser la presente? José Joaquín Muñoz Anuario Republicano Federal (1870), páginas 187-193.inicio / <<< / >>> / fin Jesús Lozano Desde el alto observatorio de la historia vemos las constantes conmociones de la sociedad, ese movimiento borrascoso de los pueblos en las luchas de la ambición, y ese flujo y reflujo de la ignorancia después de la ciencia, y de la ciencia después de la ignorancia. Las civilizaciones se suceden, y pasan unas tras otras con la bandera de su nacionalidad. En los tiempos de barbarie, el hombre se hacía dueño del hombre por la superioridad de la fuerza; más tarde, los pueblos se apoderan de los pueblos por el falso derecho de conquista; los ejércitos de diferentes razas, vestidos de distintos colores, luchan, se rozan, se confunden y se mezclan las nacionalidades, se cambian las costumbres, los vencidos toman de los vencedores lo que creen más conveniente, los vencedores de los vencidos lo que bien les parece, y en este incesante movimiento se cumple una ley precisa de la sociedad: la ley del progreso. La infancia de la sociedad, como la infancia del hombre, fue ignorante. Nace el primero con las condiciones propias al ser humano: encuéntrase rodeado por las grandes maravillas de la naturaleza; encima una bóveda celeste tachonada de brillantes luminares; a sus pies la verde alfombra matizada de flores; allá la inmensidad de las aguas; en otro lado las gélidas montañas de Siberia; acullá las soberbias llamaradas del Popokatepek; ve a la luz que nace y que después se esconde, y a los reptiles que se arrastran, a los peces que nadan, a las aves que vuelan; se sorprende ante esta marcha majestuosa del Universo, y piensa. Conserva en su memoria los fenómenos que pudo ver en aquella máquina grandiosa. Busca, como ser comunicativo, a quien hacer partícipe de sus observaciones, y lo encuentra al fin en los seres más inmediatos a él; en la familia. Su imaginación compara, y después discurre. El resultado de sus estudios lo enseña a sus hijos. Así los primeros padres fueron los primeros sabios y los primeros maestros. La familia se multiplica y la sociedad acrece. Fueron más los observadores, más los estudiosos; progresó la ciencia, pero las observaciones de nuestros primeros padres fueron la base de la ciencia. Y comenzaron las emulaciones, y con emulaciones la ambición y las disidencias de los hermanos en las familias. El padre castigó las faltas de sus hijos, y les impuso la ley de su razón, armonizándolos en la igualdad y en la fraternidad. Por eso la familia fue la primera república, y nuestros primeros padres los primeros legisladores. Con las familias se formaron los pueblos, y con los pueblos las naciones. Las mismas causas produjeron las disidencias entre unos y otros; las leyes de la familia se extendieron a los pueblos, y las de los pueblos a las naciones. Los padres eran los jefes naturales en las familias; se establecieron jefes para los pueblos, y los pueblos dieron jefes a las naciones. Así fue la primera federación, estableciéndose la unidad de la nación en la variedad de los pueblos; la unidad de los pueblos en la variedad de las familias, y la unidad de la familia en la variedad de los individuos. Por eso el hombre es la primera unidad de la familia, la primera unidad del estado, la primera unidad de la nación, la primera unidad del mundo. Por eso el hombre, que representa dentro del sistema federativo la unidad del estado, es autónomo, libre, soberano, como lo es el pueblo, como lo es la nación dentro de sí propia, y como soberano, dentro de sí, no puede ofender ni mermar la soberanía de los demás, que es igual a la suya. Así el hombre no puede restringir ni legislar sobre los derechos naturales y propios de los demás, como España, por ejemplo, no puede imponer sus leyes ni su gobierno a otra nación libre. Crecían las familias, y con las familias los pueblos, y con los pueblos las naciones, y al paso que se realizaba el progreso de la humanidad, sucedía el progreso de la civilización. La patria de Ulises y de Sócrates fue la primera en buscar perfeccionamiento a este progreso. La razón se proclamó señora de la culta Atenas, y ansiosa buscó la mejor forma de sociabilidad. Allí se plantearon todos los sistemas políticos, filosóficos y económicos; pero en vano se buscó la fórmula de la perfectibilidad social, porque esta había de nacer después de las grandes catástrofes de los pueblos y del desprestigio de los poderes personales, porque en todas las instituciones, en todas las sociedades hay el bien y el mal, principios inherentes, no sólo a la humanidad, sino eternos en el universo. El bien y el mal constituyen en sí la vida relativa de todos los seres, la lucha continua de los diversos elementos, la eterna fatiga de la composición y de la descomposición. El ser luchando por conservar su existencia, y los centros de atracción que le rodean pugnando por destruírsela, es la causa del bien y del mal, de todas las pasiones, de todo el movimiento físico y moral del universo. Por eso de los gobiernos primitivos, informes y sin ley, nació la monarquía de Grecia; la monarquía, desahuciada por su injusta existencia, entregó la corona a la aristocracia; la aristocracia perdió su cetro, porque el pueblo, en uso de su derecho y su soberanía, se lo arrebató, y pronto Pisistrato se hizo dueño del poder, abusando de la cándida inconsciencia de Solón. La lucha entre el pueblo y los poderes personales no ha dejado de existir. El primero ama la libertad por instinto, porque nace con la conciencia de sus derechos naturales. Los reyes y sus adictos quieren la opresión, porque en todas las épocas, en todos los países, sólo por medio de la opresión han podido dominar. Donde hay reyes hay esclavos, y donde estos existen no puede haber libertad civil. El terror y el fanatismo sirven de pedestal a los tronos, y de ese foco de corrupción y de miseria brotan las sombras que trastornan la máquina del progreso en la civilización, y se consideran leyes y actos de justicia las violaciones del derecho público, y se pasa a cuchillo a los que se cogen con las armas en la mano en defensa de la libertad; se prende y se persigue, como se asesinaron a los embajadores de Jerjes y como Temístocles mandó cortar la cabeza de tres mancebos para vencer en Salemina; y se agarrota a Moreno y a Ruiz, porque eran enemigos del trono de Isabel de Borbón, y como el Papa decreta los asesinatos sagrados en Castelfilardo y San Gottiardo contra los que condenaban el poder de la teocracia, y como el gobierno, que abrazaba la esperanza de reclinarse sobre un trono lleno de podredumbre, consintió y apadrinó los asesinatos bandálicos de Guillen, Carvajal y Bohorguez, y ametralló a las ciudades libres, porque condenaban las crueldades e injusticias que servían de base a tan malévola esperanza. Así hemos visto cómo los reyes y los emperadores han dispuesto a su antojo de la libertad y autonomía de los pueblos; vimos a Emerita Augusta, capital de la Lusitania, convertida hoy en la modesta ciudad de Mérida, conservando como prenda de sus tradicionales recuerdos los cimientos de sus acueductos, la forma de sus circos y las colosales muestras de sus arcos; a Roma, capital del mundo, en una provincia italiana; a Polonia, madre patria de la libertad, cuna de los héroes de la independencia y de la soberanía del pueblo, repartida en jirones entre los emperadores que la robaron con criminales conquistas, y a Portugal, parte integrante de España, como España lo es de Portugal, esclavizado bajo el yugo de una monarquía. La sociedad es una, una es la familia; pero si los hombres que aman la libertad de su patria y la independencia de sus naciones no pueden consentir la división de ellas para disponer de los pueblos como una propiedad absoluta, menos podemos consentir que los pueblos que unió la misma naturaleza sean separados por la mano caprichosa del hombre. En las 130 leguas de frontera que hay entre España y Portugal, no hay una montaña, ni un brazo de mar, ni un río que con su constante curso separe a las dos naciones. Por un lado, una costa exterior de las riberas del Miño; por otros, la del humilde Caya; más allá las del Guadiana, y en su mayor parte una línea imaginaria de Norte a Sur, determinada en el mapa, pero que no sienten los pies humanos ni la divisa el ojo más perspicaz sobre el terreno: estas son las grandes barreras que separan a los dos reinos. Las mismas costumbres, las mismas religiones, los mismos vicios de gobierno, el mismo carácter, el mismo idioma, el mismo cielo, la misma naturaleza, en fin, hay en Portugal que en España. La Iberia es una. Pero Alfonso VI, rey, señor y dueño de Castilla, tuvo a bien regalar a Portugal a Enrique de Borgoña, príncipe francés, a título de condado, en premio de sus servicios. ¡Como si los pueblos fueran propiedad de los soberanos! ¡Como si Portugal hubiera sido un diamante de la corona de aquel rey pretencioso, que pudiera disponer de él para trasmitir su propiedad a otro hombre! Desde entonces Portugal no dejó de ser juguete de los reyes, apoderándose de sus glorias y sus conquistas, y disponiendo de su propiedad. Y para colmo de su desgracia, tuvo un Juan III, símil de nuestro Carlos II, que elevó el poder teocrático sobre su misma corona, introduciendo la Inquisición en 1526, quien, excusado es decirlo, desde aquella época fue el tirano y el pueblo su humilde esclavo. Así es como pudo venir la corona de Portugal a manos del estúpido Felipe II de España, hasta que avergonzados los portugueses de tal abyección, se revolucionaron, proclamando su independencia y colocando en el trono a Juan IV, primer rey de la casa de Braganza, que hoy gobierna en aquel país. Ya hemos conocido el resultado de la unidad ibérica bajo el peso de una corona. La ambición y el despotismo de los reyes buscan, no la unión fraternal de los pueblos para darles libertad, sino la extensión de su dominio, la dilatación de su propiedad, más garantías de su corona, más firmeza en su despotismo, más campo a sus iniquidades y su orgullo. Los españoles no podemos querer la unidad ibérica bajo la forma monárquica, como los portugueses no la desean mientras haya coronas. En este país sabemos ya el defecto de las monarquías, y en el palacio de Oriente, como en el alcázar de Ajuda, se ha tratado al pueblo como esclavo de la corona. Una serie no interrumpida de serviles palaciegos han dominado desde hace muchos años en las dos naciones. Todos han ofrecido libertad, y han producido esclavitud. ¡Narvaez! ¡O'Donnell! ¡González Bravo! ¡Prim! en España. ¡Loulé! ¡Fontes! ¡Vizeu! ¡Saldanha! en Portugal. En España, desde Narvaez, que representaba el imperio personal, O'Donnell, el último golpe a las libertades y la deshonra de la nación en Santo Domingo, hasta el general Prim, que disponía a su arbitrio de las leyes y de las autoridades con el cinismo político más escandaloso. En Portugal, desde Loulé, que representa el imperio personal hace quince años, y Saldanha la desmoralización, hasta Vizeu, deshonra de la nación en la expedición de Zambeia, y último dictador en el actual ministerio. Iguales son nuestras antiguas glorias. Si hubo en España hombres que llevaran la bandera nacional a un Nuevo Mundo con Cristóbal Colón, Pizarro y Hernán Cortés, no faltó en Portugal quien llevara las naves portuguesas a Madera, las Azores, Congo y Buena Esperanza, y un Vasco de Gama que penetrara en las regiones desconocidas del Brasil, las Molucas y las Indias Orientales. Si hubo un Miguel de Cervantes y un Lope de Vega en nuestra tierra, también hubo un Camoens y un Almeida en Portugal. Son dos pueblos hermanos, dos pueblos que se aman mutuamente, que no pueden separarse; pero como los dos han venido sufriendo bajo la tiranía de sus respectivos tronos corrompidos, los dos quieren salvarse de la opresión, y no pueden consentir la unidad ibérica para que cualquiera de ellos se libre de un tirano, inclinando después su orgullosa cerviz a los pies de otro señor. Portugal ama la libertad como España la ama; pero todo su anhelo consiste en desterrar para siempre la raza vivorezna de los reyes e implantar el gobierno del pueblo, la democracia en el poder, la salud de la nación con la república. Portugal, como España, quiere ser autónomo, quiere ser independiente dentro de la unidad, quiere reconquistarse su soberanía, robusteciéndose la de la Iberia y respetándose mutuamente como cualquiera otro estado de la República ibérica. No siendo así, ni España ni Portugal quieren la unidad. Portugal será un reino, España será otro; los pueblos seguirán amándose, los tronos seguirán aborreciéndose, hasta que llegue el día de la redención social y se verifique entre ambos el pacto de la federación fraternal, que ha de enlazar en los siglos venideros a todos los pueblos del universo. La sociedad es una sola familia: la locomotora del progreso marcha sin cesar. La China permanece inmóvil bajo la impresión de un estado que todo lo absorbe; la India bajo las inflexibles leyes de los Vedas; los turcos marchan errantes dentro del Asia; la Prusia ve recientemente convertirse en emperador orgulloso al que sólo fue rey de un humilde Estado; pero en cambio Roma y Grecia dieron libertad al pensamiento y la razón, y llevaron a las escuelas públicas la ciencia aprisionada de los templos. La teocracia ha muerto al soplo vengador de la justicia por Mentana y Aspromonte; los cetros absolutos cayeron en Nápoles, en Querétaro, en Alcolea, en Sedán; los honrados obreros se abrazan desde las regiones más remotas en señal de alianza contra los tiranos; la fraternidad se extiende, las ideas fanáticas y el antagonismo de los pueblos concluyen, porque van concluyendo sus causas, y rota la barrera de las castas, el género humano se regenera, y desde Oriente hasta Occidente, y desde Sur a Septentrión, el mundo será algún día una sola sociedad y una sola familia, dentro del gran sistema moral de la fraternidad humana, en la república federal universal. Jesús Lozano inicio / <<< / >>> / fin Eusebio Díaz Mucho se ha escrito en periódicos, libros y folletos acerca de los principios cardinales que componen el credo del partido republicano federal, así como de la constitución y establecimiento de su gobierno. Sin embargo, hemos creído conveniente presentar reducidas a los más estrechos límites las bases de un Estado democrático-republicano-federal, a fin de que pueda en un momento, acaso no lejano, servir de enseñanza al pueblo, que por la clase de su trabajo tiene menos ilustración y puede entregarse con menos asiduidad a estudios profundos. No nos detenemos a explicar con latitud los derechos individuales ni las consecuencias que de ellos se derivan, ora porque se ha hablado hasta la saciedad del asunto, ora porque tampoco nos lo permitirían los estrechos límites que nos hemos propuesto dar a este corto trabajo. Tan luego como la Nación, de por medio sus juntas revolucionarias, proclame la república federal como forma de gobierno, se consignarán los DERECHOS DEL HOMBRE como consecuencia y deducción lógica del conjunto de doctrina que emana de la libertad absoluta y completa, sin limitación de ningún género, base fundamental de la personalidad humana, y que en política se conoce con el nombre de DERECHOS INDIVIDUALES. Estos derechos o atributos son inherentes a la condición del hombre; no son concedidos u otorgados por el gobierno alguno, han sido colocados por la mano del Creador de la naturaleza sobre la frente del individuo, y nadie sin cometer un delito de lesa Humanidad tiene facultad para violarlos. Es necesario que esta doctrina se impregne en el sentimiento público, que no nos dejemos arrebatar las condiciones que forman parte de nuestro ser y constituyen nuestra esencia. La tabla de los derechos individuales en que se ha concretado la soberanía del pueblo, la forman: Libertad de la palabra hablada. Libertad absoluta y completa de imprenta (palabra escrita). Libertad de cultos. Libertad de conciencia. Libertad e inviolabilidad del domicilio conocido por el habeas corpus. Libertad e inviolabilidad de la correspondencia. Libertad de enseñanza gratuita. Libertad de asociación. Libertad de reunión. Libertad de propiedad. Abolición de quintas. Jurado para toda clase de delitos. Intervención del pueblo en los negocios públicos. Al lado de la declaración de estos derechos, se asignarán penas severísimas para la autoridad que se atreva a poner su mano sobre ellos; es decir, que con pretexto de la salvación de la patria de peligros imaginarios o de conatos de rebelión, no pueda Gobierno alguno salirse de la legalidad, persiguiendo ni imponiendo penas sin auto judicial, siendo los jueces y magistrados responsables y justiciables por el uso y aplicación que hagan de las leyes encargadas de proteger la sociedad, y no de ayudar a los gobiernos, como por desgracia acontece en nuestros días. Todo hombre es igual ante la ley y ante la sociedad. Quedan abolidos los tratamientos, títulos nobiliarios y condecoraciones que tengan por objeto establecer diferencias y crear rivalidades entre los ciudadanos. El hombre es ciudadano viril a los veinte años, y desde esa edad puede hacer uso de todos sus derechos. Una vez expuestas y sentadas, aunque a grandes rasgos, las bases de un Estado democrático republicano federal, pasemos a la constitución de su administración o gobierno. La República española se compone de doce estados soberanos, unidos entre sí por medio de un Código fundamental para los asuntos generales. Cada Estado federal se formará de las provincias que componían los antiguos reinos de España. El Estado de Cataluña le compondrán las provincias de Barcelona, Lérida, Gerona y Tarragona. El de Aragón: las de Zaragoza, Huesca y Teruel. El de Valencia: Valencia, Castellón de la Plana, Alicante, Murcia y Albacete. El de Andalucía: Sevilla, Cádiz, Málaga, Granada, Jaen, Córdoba y Huelva. El de Extremadura: Cáceres y Badajoz. El de Galicia: Coruña, Lugo, Pontevedra y Orense. El de Asturias, Oviedo. El de Castilla la Vieja: Valladolid, Burgos, Logroño, Soria, Segovia, Avila, León, Zamora, Salamanca y Palencia. El de Castilla la Nueva: Toledo, Ciudad Real, Cuenca, Guadalajara y Madrid. Baleares: Mayorca, Menorca e Ibiza. Canarias: Tenerife, Gran Canaria y las Palmas. Ultramar: Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Cada uno de estos estados federales redactará una constitución, en la que se marcarán de una manera clara, y sin que dé lugar ni motivo a interpretaciones, los derechos y deberes de cada ciudadano, sin que artículo alguno de este Código pueda oponerse en poco ni en mucho a los principios fundamentales de la constitución general, que tendrá por base la autonomía del individuo. En dichos códigos se establecerá el municipio con completa independencia y con amplias facultades. Una Cámara o Congreso existirá en cada estado federal, la cual se ocupará de resolver los asuntos que tengan relación con la provincia, procurando como primer deber el desarrollo de los intereses materiales, o sea reconocer los obstáculos que se opongan a la terminación y construcción de las obras públicas. EL presidente de esta Cámara desempeñará las funciones que hoy están a cargo de los gobernadores civiles, existiendo en cada una de las provincias que compongan el estado federado, un subgobernador. Estos destinos serán honoríficos y gratuitos, asignándose una pequeña cantidad para los gastos de representación. El gobernador o presidente de la Cámara nombrará los empleados, siempre por medio de oposición, a fin de que desaparezca en lo posible el favoritismo y compadrazgo. Los empleados no podrán ser separados de sus destinos sino en virtud de sentencia del juez. Quedan abolidas las cesantías y jubilaciones, o sean las llamadas clases pasivas. El congreso o Asamblea general, se compondrá de la mitad de los representantes de cada estado federal. Esta Asamblea se reunirá el primer día de Noviembre, y las elecciones se verificarán cada cuatro años, en los tres primeros días del mes de Octubre. La Asamblea general no podrá ser disuelta por el Gobierno. Las cámaras o congresos federales solamente podrá disolverlas la Asamblea general, por motivos probados, principalmente en los casos en que se hayan puesto en oposición con la Constitución, y después de oído el tribunal Supremo de Justicia. Corresponde a la Asamblea general la formación de la constitución en que se determinen las relaciones de los estados federales con el Gobierno supremo de la Nación; y hacer las leyes que aseguren los derechos y deberes de los ciudadanos y desarrollen la soberanía del pueblo, cuidando mucho de que esta soberanía no pueda ser perturbada por agente alguno de la autoridad. El Gobierno supremo de la Nación será elegido por la Asamblea general, y se compondrá de un presidente y cinco ministros responsables, los cuales desempeñarán los negocios que corresponden a los respectivos ministerios, en la forma siguiente: Fomento Gobernación Estado y Gracia y Justicia Guerra y Marina Queda suprimido el ministerio de Ultramar, porque no existiendo colonias, y siendo todos los estados iguales entre sí, los asuntos de las provincias ultramarinas se distribuirán entre los negociados a que correspondan de los demás ministerios. Corresponde al Gobierno supremo de la Nación: conservar la integridad del territorio; declarar guerras y ajustar paces, tratados y alianzas con las naciones extranjeras; nombramiento, dentro de la ley, de los empleados generales, sin inmiscuirse para nada en los que sean de la administración de los estados federales; conservación de los museos y edificios públicos; enseñanza de los cuerpos y academias facultativas del Ejército; correos y telégrafos, recaudación de las rentas; obras públicas generales; y finalmente, la resolución de los muchísimos asuntos que entran en la gobernación de los estados. En los quince primeros días de cada legislatura, presentará el Gobierno supremo a la Asamblea general los presupuestos de la Nación, los cuales estarán basados en la más completa economía, y procurando designar las cantidades que la situación del Tesoro permita para desarrollar la riqueza pública, ayudando a la acción individual. Dichos presupuestos quedarán discutidos en los quince días siguientes a su presentación, y tendrán por base la descentralización más completa en todos los ramos administrativos, a fin de que el expedienteo de las oficinas no entorpezca, como viene sucediendo, la actividad humana. En la constitución de los estados federados, se dictarán reglas para la propagación de la enseñanza primaria y secundaria, dentro siempre del principio de la libertad absoluta, establecimientos llamados benéficos, casas de corrección y penales, cobranza de las contribuciones del Estado federado, y además todos los asuntos que entrañen alguna relación con la administración de su Estado. Estos son los puntos principales y ordinarios de que se ocupará la Cámara del Estado federado. Cada Estado tendrá la fuerza pública que juzgue necesaria, únicamente para la persecución de criminales y el orden de las poblaciones. No creemos necesario detenernos a indicar más doctrina para que nuestros lectores puedan formar juicio exacto de lo que debe ser un Estado democrático republicano federal. Baste saber que su principal objeto es que todos los ciudadanos gocen de iguales derechos y deberes; que el pueblo deje de ser el medio de que se valen los gobiernos para ejercer la tiranía, y que sea imposible que la autoridad ejerza el predominio sobre las Cortes, la fuerza pública y la administración de justicia. De propósito hemos pasado sin ocuparnos de las relaciones que deben existir entre la Iglesia y el Estado. Un gobierno democrático no debe tener religión oficial. Cada ciudadano tiene el derecho de opinar con arreglo a su conciencia en materias religiosas. El estado democrático admite lo mismo al católico, al panteista y al protestante. Los ciudadanos que sean católicos pueden reunirse libremente, garantizados por el derecho de asociación, y sin que para ello se necesite licencia de la autoridad, y celebrar sus cultos, sostener iglesias y mantener a sus sacerdotes. Lo mismo pueden ejecutar los protestantes, los mahometanos y cuantos profesen cualquier religión. El Gobierno, así federado como el Supremo, no consignará cantidad alguna en su presupuesto para el culto de ninguna religión. Descartadas del presupuesto las cantidades que se señalan para el culto y clero, ejército y clases pasivas, y con la supresión de muchas oficinas que no tienen razón de ser, y únicamente existen por consecuencia de la absurda centralización administrativa que absorbe y esteriliza la vida de los pueblos, el presupuesto dejaría de ser tan oneroso como es hoy, que tiene destruido el comercio, aniquilada la propiedad, la industria sin poder levantar su cabeza y sin que en la circulación haya un real para emplearlo en las obras públicas, que desarrollarían un germen de riqueza, que dentro de pocos años harían variar completamente el aspecto de nuestra patria. ¿Quién no comprende que el día en que por consecuencia de un sistema moral de Hacienda, que no esté basado en los empréstitos y en las trampas, el interés del papel de la Deuda, o sea los títulos de efectos públicos, no exceda de un 3 por 100 anual, como sucede en Inglaterra, Bélgica, Holanda y otras naciones, la inmensa masa de millones que hoy está invertido en ese papel y que gana un interés fijo del 6 por 100 y hasta del 10 y 12, a consecuencia de los movimientos y jugadas de la Bolsa, no afluirá ese dinero a las obras públicas, ganoso de adquirir mayor interés, y con su medio se abrirán canales de riego que fertilicen la agricultura, primera riqueza de nuestro país, se abrirán calzadas y caminos vecinales, se sangrarán los ríos y saltos de agua para aprovechar sus corrientes, y sirvan de motor en molinos u artefactos de vapor? ¡Ah! los gobiernos doctrinarios tienen una gravísima responsabilidad. Ellos han conducido la patria al empobrecimiento y al atraso en que se halla. En todo lo que va de siglo no han conseguido más que matar la riqueza pública con esa absurda centralización que ha hecho ricos y potentados a los gobernantes, mientras que los pueblos caminaban a la más espantosa miseria. El deseo de goces materiales ha hecho que Madrid consuma la vida de la provincia, y hombres que en su respectiva localidad hubieran producido grandes utilidades, aumentado su capital, y por consiguiente la riqueza de la nación, se han establecido en las grandes capitales, colocando sus fortunas en papel del Estado, en donde sin necesidad de administrador y sin pagar contribuciones les produce un interés crecido. De aquí la ociosidad y la holganza, la molicie y el vicio, y el pueblo trabajador sin hallar en qué emplear su actividad o inteligencia, porque el gobierno abona al rentista más dinero que el que hubiera de producirle si empleara su capital en cualquiera obra pública y con el riesgo consiguiente a toda especulación. Hoy, con la legislación absurda que rige, están cerradas las puertas a todo el que proyecta construir cualquiera obra pública que traiga consigo riqueza a los pueblos y a los ciudadanos. La tiranía del cuerpo de ingenieros exige tales dificultades, que sólo las comprende el que ha tenido necesidad de acercarse a las oficinas del gobierno para conseguir el despacho o resolución de un expediente de esa índole. Un vecino cualquiera desea aprovechar las aguas de un río que pasa próximo a una tierra de su propiedad. Necesita primeramente solicitar del ministerio de Fomento la autorización para hacer los estudios de la obra que proyecta por el término de seis meses o un año. Esta solicitud, si se entrega en el gobierno de la provincia, al cabo de dos meses se cursa al ministerio de Fomento, el cual tarda por lo menos tres o cuatro meses en conceder la autorización pedida; total seis meses, y ha necesitado un agente en Madrid si no se ha valido del diputado ministerial. Se hacen los estudios por un ingeniero, y sabido es cuan caros son los trabajos de estos señores; pasan a la aprobación del ingeniero de la provincia, y después del gobierno, y en esta operación se tardan otros seis meses; si se tiene la suerte de que sean aprobados los estudios, se autoriza para practicar las obras, y si la obra es de alguna importancia pasa a informe de la junta consultiva de Caminos, Canales, Puertos y Faros, y allí se detiene tiempo y tiempo. Consecuencia de todo, que la persona que tenía dinero para practicar una obra cualquiera que había de aumentar los rendimientos de su fortuna, al cabo de dos años de luchar con oficinas, ingenieros y agentes, acaba por cansarse y aburrirse, no practica la obra, y se encuentra que el dinero que tenía preparado le ha consumido sin alcanzar el resultado, y por lo tanto, arruinada su familia. Por el contrario, tenga influencia, haya votado al diputado ministerial, y todo ha cambiado; se le sirve en cuanto desea, y de aquí que los pueblos tienen precisión de ser cómplices en los actos de sus representantes, que estos vienen a apoyar en todo al gobierno, sin cuidarse para nada de la miseria y embrutecimiento de los pueblos. ¿Es, pues, extraño que España alcance tal grado de postración y decadencia? Vuélvase la vista a Francia, y esa es la causa de las continuas derrotas que ha sufrido en la guerra que viene sosteniendo con Prusia. Un gobierno, parecido al nuestro, tenía en aquella nación embarazados sus sentidos, educados los ciudadanos en esperarlo todo del poder, y el poder consumiendo la vida del pueblo; ha sido necesario un llamamiento al espíritu nacional, y se le ha encontrado amortigado y empobrecidos los pueblos. Es necesario, es urgente que España sacuda ese profundo letargo y reconquiste la virilidad y fuerza que la hizo célebre en los siglos anteriores. Que el pueblo recoja su cetro de oro y se halle dispuesto a tener intervención directa en los negocios públicos; y esto no puede conseguirlo sin que la democracia impere en todas sus esferas, sin que desaparezca esa desigualdad irritante, sin que se concedan condiciones a todos para todo, y cesará el nepotismo e influencia de unos pocos intrigantes, que siendo los menos, han logrado imponerse para tener a los más sujetos al carro se su yugo. El día próximo que el sol de la República democrática federal alumbre nuestra patria, cesarán para siempre todas esas ligaduras que nos oprimen, esa argolla de hierro que destruye el mecanismo social, ese cáncer que devora las entrañas de nuestra querida patria. Los hombres abandonarán ese deseo de ser empleados, porque hallarán en su esfera ocasión para emplear su actividad y entendimiento; desaparecerá el vicio de consumir en Madrid, cuando esta población no produce nada; se despertará el espíritu de asociación por medio del cual se abrirán nuevos horizontes a la industria, adquiriendo vida el comercio, y todas las artes vivirán vida próspera y feliz; y sobre todo, el hombre trabajador gozará de completa independencia. Todo esto puede practicarse con poquísimo trabajo y en muy corto tiempo; solamente con voluntad para resistir ciertas influencias y con deseo de hacer el bien propio y el de sus hermanos. Por fortuna, el partido republicano cuenta en su seno con jóvenes de corazón y de talento, dispuestos a hacer frente a grandes sacrificios; no desmayemos, y contribuyendo todos y cada uno en la parte que nos corresponda, habremos logrado hacer la felicidad de la patria, al paso que aseguraremos nuestro bienestar y el de nuestros hijos. Eusebio Díaz Anuario Republicano Federal (1870), páginas 232-245.inicio / <<< / >>> / fin Teobaldo Nieva dedicado a la memoria imperecedera del redentor y mártir de la humanidad, Lincoln Hay un libro que ha sido el rico manantial de donde ha sacado el poeta y el filósofo sus inspiraciones y sus sentencias, aunque erróneas; pero de él han salido también todas las crueldades, todos los grandes crímenes que han manchado con negros borrones a la humanidad. Este libro es la Biblia. Abrid sus hojas, y veréis a los descendientes del segundo hijo de Noé, malditos por el crimen de su padre. Su cutis negro es el sello eterno de su condenación, la marca indeleble de su esclavitud. En el Génesis, capítulo 9°, leeréis quizás sin estremeceros: «¡Maldito sea Canaan! Serán esclavos de los esclavos de sus hermanos.» A ese libro le llaman «¡La Santa Biblia!» No es extraño; al tribunal de la Inquisición también le llamaban el «Tribunal santo.» He ahí los doctores, los teólogos, citando, argumentando, maldiciendo; he ahí las cadenas, la esclavitud, los mercados, la abyección de toda una raza, justificada por el pecado de Cham. Sin embargo, con el libro de la Naturaleza, más santo aún que el de la Biblia, destruimos esta bárbara preocupación, desbaratamos esa maldición injusta. No estáis condenados, no, pobres africanos: si esos teólogos infames os maldicen, la Naturaleza os bendice; si lamentables preocupaciones hacen de vosotros una excepción del linaje humano, la santa Naturaleza, cual tierna madre, os distingue con solícito cuidado. Observando la Naturaleza, vemos que a medida que disminuyen las escarchas, las flores van tomando un color más oscuro, y en los calores del verano las vemos a todas vestidas de colores fuertes. Así en todas partes el blanco está opuesto a las escarchas, el moderno, el rojo y el negro, al calor. Esta ley general se perpetúa en el color de la raza humana; negro en las regiones tropicales bajo los ardientes rayos del sol, blanco en las regiones templadas. Todas estas observaciones nos enseñan que los colores tienen la propiedad de retener, o de dejar pasar el calor, según su mayor o menos densidad: lo blanco retiene el calor, lo negro lo deja pasar libremente: luego el blanco es un vestido caliente, y el negro un vestido fresco; ambos dados por la Naturaleza, según la necesidad de las estaciones y de los climas, claro y magnífico testimonio de su sabia previsión. Según esto, si la Naturaleza no hubiera ennegrecido el cutis de esa raza que ha surgido bajo el sol abrasador del Africa, la habría condenado a un suplicio continuo que hubiera realizado la peregrina idea del infierno. Ved aquí ya otra vez destruido con el libro de la Naturaleza el libro de la Biblia: «Esto matará a aquello,» como ha dicho Victor Hugo. Pues bien; explotadores de la humanidad, mercaderes impíos de carne humana, han acallado el grito de su conciencia en ese libro, y han autorizado con él el robo, la crueldad, el crimen. ¿Qué es lo que se observa dentro de la bodega de ese buque que velero camina impasible, sin temer a la inconsciente cólera celeste, donde van hacinadas unas sobre otras, y aherrojadas con fuertes ligaduras, multitud de criaturas robadas de su tierra, arrancadas brutalmente de los brazos de sus padres, de sus esposos, tal vez de sus hijos que quedan desamparados en la mayor desolación, destinadas a morir la mayor parte en tan horrorosa navegación, donde solamente les dan de comer lo indispensable para que no perezcan, calculando con minuciosidad las ganancias? Ese es un barco negrero, que hace el negocio de vender hombres. ¡Vender a sus semejantes! ¡Comerciar con su propia sangre! Hay crímenes que pesan sobre la humanidad como una mancha indeleble que alcanza a todos. ¿Qué bullicio reina en aquella plaza, qué sordo rumor es ese que se levanta, semejante al ruido de las olas del mar cuando rugen embravecidas desafiando la furia de los elementos? Penetrad entre esos grupos de gentes que van y vienen con actividad creciente, y presenciaréis un espectáculo horrible, un espectáculo que os hará agolpar toda la sangre de vuestras venas al rostro, y que oprimirá angustiosamente vuestro corazón si sois sensibles. Mirad aquel hombre que se levanta sobre todas aquellas cabezas animadas, en cuya mano está el martillo que decide la suerte de miles de criaturas. Observad esos grupos interesantes y conmovedores en que se ven seres humanos, aunque de distinto color, mirando con ansiedad a la multitud que los examina, con rostro frío y sereno, que los toca, que les hace levantar los brazos y estirar las piernas para juzgar de su utilidad. Mirad aquellas jóvenes con los ojos inyectados de lágrimas, que oprimidas unas contra otras, parece como que tratan de evitar miradas lascivas y provocadoras. Seres raquíticos y miserables las miran, las examinan, las palpan, contemplando para qué pueden hacerlas servir, juzgando únicamente el provecho que pueden sacar de ellas. Tended la vista a aquellos inocentes niños, que juguetones y con la sonrisa en los labios reciben impasibles los cachetes de todos aquellos mercaderes que comercian con sus semejantes, con sus hermanos. ¿Mas qué alaridos han venido a turbar aquella réproba reunión? Volved, volved la cabeza, y veréis un cuadro desgarrador. El cruel martillo ha caído, y su agudo y metálico sonido acaba de herir el corazón de una madre que tiene encadenado en sus crispados brazos al hijo de sus entrañas, que un blanco vil pugna por arrancárselo. El niño llora asustado abrazando a su madre para que lo salve, la multitud se apiña en derredor y prorrumpe en horrible carcajada, y la ley, ¡oh! ¡la ley no favorece a aquella madre desventurada que le roban el hijo! la ley protege el derecho del mayor postor, porque aquel lugar de horrores y de crímenes es la Plaza del mercado humano, la pública subasta de los esclavos {1. Ya no existe, para bien de la humanidad, el mercado público; pero los compradores de carne humana van a repartirse su presa al desembarco, como lobos carnívoros.}. Apartáos, apartáos de ese sitio infame, donde el cielo debía dirigir sus rayos vengadores; dirigíos a las campiñas, a aquellas inmensas arboledas donde se respiran auras más puras, donde el aire impregnado con los ayes del dolor y de la opresión, no dañe los pulmones de nuestro pecho honrado y libre. Aquí reina la calma de la Naturaleza; aquí no se oye más que el canto de pintadas y galanas aves, que con sus diversos y extraños plumajes excitan la admiración del europeo que cruza el privilegiado país que descubrió Colón. Pero nuevos alaridos y sollozos hieren vuestros oídos. Os acercáis, palpitantes de dolor, y veréis atada a uno de aquellos árboles corpulentos una infeliz joven de diez y ocho años, que desnuda de medio cuerpo arriba, descubre sus robustas y contorneadas formas, negras como el ébano, pero sombreada sus espaldas con manchas rojas. Un verdugo inhumano y fiero, de blanco color, azota sin compasión y cobardemente a aquella criatura que pertenece al sexo débil. Anhelante, suplicaréis a aquel tigre con rostro de hombre civilizado, que cese en su inhumana flagelación. Mas él os responderá con cínica crueldad que la Ley ordena que se castigue a aquella esclava. La desventurada ha tenido que cuidar a u padre enfermo, y ha llegado tarde a la plantación, mas tarde de la hora marcada para comenzar el trabajo. Este ha sido su grave delito. No le han escuchado las excusas que diera anegada en lágrimas, porque la explotación del hombre es bárbara y cruel, y el amo se perjudica si no trabajan todas las horas sus esclavos. Huid, huid de aquel país que la civilización ha hecho maldito; allí no se albergan más que seres envilecidos que se enriquecen a costa de lágrimas, lamentos, sangre, muertes y crímenes. Allí no se ve más que azúcar, café y tabaco; allí no se mira al hombre. Esta es la civilización que han ido a llevar allí los europeos. Esa civilización la hacen consistir en la prostitución de la mujer a vista de sus propios maridos o amantes, y de sus padres. Esa civilización está reducida a apoderarse de infelices criaturas, hacerlas trabajar sin descanso, y hacerse poderosos y magnates, vivir en el lujo y en la opulencia a costa de su sudor, sin pagarles siquiera un triste salario, y sin darles otra manutención que la necesaria para que no acabe su mísera existencia, para poderles sacar toda la ganancia que calculan de sus fuerzas productoras, cual si fuesen máquinas. ¡Cuándo llegará la hora de que la noble nación española, que proclama el derecho y la libertad, no permita ese escándalo del mundo, ese ultraje a la humanidad! ¡Abajo la esclavitud! ¡Libertad para los negros, nuestros hermanos, que tienen los mismos derechos que nosotros, y que han vivido tantos años en la desnudez, en el hambre, en un tormento siempre creciente bajo el duro látigo siempre, produciendo pingües riquezas, levantando soberbios edificios para la comodidad y el lujo de sus explotadores, de los blancos sus implacables verdugos! ¡Piedad para tantas víctimas! No, mil veces no; decís que los negros son holgazanes y que es necesario el látigo, que son estúpidos y salvajes y que es precisa la fuerza, que son sanguinarios y crueles y que es necesaria la esclavitud. Mentís vil y descaradamente, crueles verdugos de la humanidad; los holgazanes sois vosotros, que medrais con lo que ellos trabajan; los estúpidos sois vosotros, pues a ellos debéis el progreso en vuestras artes e industrias; vosotros sois los sanguinarios y los que lleváis vuestra atroz crueldad hasta marcar con un hierro candente en la frente coronada de martirio de vuestros iguales, de vuestros hermanos, de vuestros semejantes; mas ¡qué digo! de vuestros semejantes no, porque ellos son hombres dotados de razón y de gratitud, y vosotros sois peores que los tigres y las feroces panteras! ¡Que son holgazanes decís! mentira; el escaso momento que les dejáis de solaz y que debieran emplear en el descanso, lo consagran al trabajo para ganar el oro que ha de hacerlos libres! ¡Que son vengativos y feroces decís! mentira también; miles de esclavos viven oprimidos, impulsados al crimen por vuestras maldades, y gobernados sólo por cinco o seis blancos. ¿Cómo es que no los exterminan? ¿cómo es que no los destrozan en su justa ira? Callad, impostores, que azotáis impunemente a la negra que cría vuestro hijo a sus pechos, y se lo entregáis acto continuo para que lo alimente, robándole los suyos. Esta madre desventurada, derrama, sin embargo, ardientes lágrimas sobre la cabeza de vuestro hijo, y lejos de ahogarlo en sus brazos, le prodiga miles de caricias, recordando las gracias infantiles de los suyos, de que vosotros la habéis separado por un acto despótico de egoísmo. Y luego añadís que los negros están contentos con su esclavitud, porque con ella comen, ¡Malvados! ¿por qué se suicidan con tanta frecuencia, para concluir de una vez las penalidades de que sembráis su odiosa vida? ¡Vosotros sois sus asesinos! ¡Vosotros sois los responsables de su crimen! Hombres de la «Junta Cubana», que en medio de los gritos de libertad lanzáis al mundo el aullido salvaje de «¡viva la esclavitud!» porque teméis perder el botín que os engrandece, la civilización y el progreso de la humanidad lanzan a vuestro manchado rostro la maldición y el anatema que es deshonra. Basta de horrores, basta de atrocidades, basta de crueldad, basta de privilegios, no más explotaciones del hombre por el hombre, no más trabajadores de balde. Pero era natural, la Revolución de España no ha venido, ni mucho menos, a completar el ser humano por la consagración de los derechos cimentados en la verdadera igualdad; por eso el negro borrón de la esclavitud continúa en aquellas Antillas. La Revolución de España no ha sido impulsada más que por las ambiciones de unas pandillas de merodeadores políticos; por eso reflejan también allí las mismas injusticias, la misma idea de robo; de despojo, la más inicua y sangrienta usurpación, continuando esa atroz e inhumana explotación de la sangre, del sudor, de la vida del ser, que sólo en el color se diferencia de los demás. Afortunadamente, si se establece la República social, Cuba será una federación de España, y los negros bendecirán la República democrática social española, que no quiere la esclavitud de sus hermanos de color, para escarnio de esa religión cristiana y baldón de esos católicos que consienten la esclavitud y repugnan la libertad de cultos. Los intereses de la humanidad están por encima de los intereses de unos viles egoístas explotadores. Nosotros no creemos justa la indemnización: ¿indemnización de qué? ¿de la expropiación? Es propiedad no es sagrada, no es legítima: es la propiedad del crimen. El hombre no es propiedad de otro hombre. En caso de indemnizar a alguien; la justicia reclama que se indemnice a los negros, a quienes se les ha robado impunemente tanto tiempo su salario. ¡Abajo la esclavitud! repetimos y clamaremos sin cesar. ¡Rómpanse todas las cadenas, remunérese con justicia al trabajador, que sean libres los hombres, que sea libre el trabajo, y entonces el hombre ensanchará el círculo de su inteligencia pensadora; el hombre no será máquina, y producirá más maravillas, elevará sus obras, esas obras y esas maravillas que aumentar el esplendor de la creación, y que lo elevan al rango de creador, porque su espíritu libre llega hasta dominar y perfeccionar la Naturaleza! Teobaldo Nieva Anuario Republicano Federal (1870), páginas 477-486.inicio / <<< / >>> / fin Meeting abolicionista Cumpliendo con el objeto que nos hemos propuesto al publicar esta popular Enciclopedia, objeto que no es otro más que el de reunir en ella los trabajos de los hombres más importantes de nuestro partido, a fin de cooperar mejor de esta manera a la propaganda de las doctrinas filosóficas y políticas que entrañan en sí todas las cuestiones sociales, tenemos hoy una verdadera complacencia en dar a luz los primeros, en el Anuario, los siguientes notables discursos pronunciados en el gran meeting abolicionista celebrado en el teatro de la Alhambra, el día 15 de Febrero de este año, por nuestro querido amigo el joven e ilustrado literato D. José Luis Giner, y el distinguido escritor público y pastor de la iglesia evangelista, D. Antonio Carrasco. Discurso de D. José Luis Giner Triste es, señores, cuando se tienen pocos años y se tiene fe en las ideas, confianza en los hombres, espera en el tiempo, contemplar desde lo alto de las propias convicciones, esos escombros de quebrados caracteres, de apostasías sin cuento, de transacciones egoístas y de espantosas debilidades, que se llaman la revolución de Setiembre. (Prolongados aplausos.) Puedo aseguraros, con lealtad entera y completa franqueza, que nunca, en ningún tiempo, por ningún motivo, por ninguna razón, he sentido más honda impresión, ni impotencia más grande, que la impotencia y la impresión de hoy. Y es que yo traigo de un lado el recuero de ilusiones y esperanzas amortajadas en la apostasía por amigos de ayer y adversarios de hoy, y de otro lado siento la necesidad del deber que me excita y me lanza a este debate. Y entre ambas corrientes, que por igual me solicitan y me arrastran, yo tengo suspenso el ánimo, oprimido el corazón, dividido el espíritu, aunque tranquila y serena la conciencia. Pero es fuerza hablar, y yo vengo resuelto a decir en alta voz lo que siento; que en estas ocasiones no hay palabra que enmudezca, hombre de honor que vacile, ni interés alguno personal que pueda ni deba sellar nuestro pensamiento y nuestro labio. Para algo vive el hombre en la patria, y para algo tiene en su naturaleza el escudo del derecho; y así, ha de serme permitido echar en la balanza de esta discusión solemne mi juicio, con toda la verdad que de cada hombre reclama su conciencia y de cada ciudadano su país. Yo vengo contristado a este espectáculo, porque no se si los que débiles caen en la lucha, ahogan en la tierra que los recoge la savia de las ideas, y vengo contristado también, porque en esta edad viril y ardiente, nada hay de mayor pesadumbre, de más amargo desconsuelo, que la presencia de las grandes injusticias. (Bien, muy bien.) No esperéis, sin embargo, que yo, a quien la cuestión e la esclavitud subleva y extravía, porque nacido en las altas sierras andaluzas, he llorado ante aquella naturaleza tan grande y tan libre, y aquellos labriegos tan chicos bajo la mano de hierro del feudalismo de la ignorancia y del orgullo, no esperéis, digo, amargas censuras ni duros ataques personales: que yo respeto las tumbas de los que amé, y no he de remover con mis dardos las cenizas de su inconsecuencia. (Muy bien.) Yo no hablaré de Cuba; allí se está cometiendo por los unos y por los otros un crimen doloroso a la sombra de dos grandes virtudes: el sentimiento de la independencia y el sentimiento del patriotismo. Yo no os diré tampoco nada sobre la esclavitud; esto no se discute, esto no se combate, de esto no se hace cuestión; porque sólo pueden discutirlo; sólo pueden cuestionarlo, los débiles o los perversos, los que en fuerza de miedo egoísta y de apartamiento criminal, tienen el alma de hielo, o los que en fuerza de crímenes y miserias han curtido su corazón ennegreciendo su conciencia. Lo que es contrario al derecho, porque niega la vocación, borra el honor y hace del hombre un objeto apreciable; Lo que es contrario a la moral, porque anula la dignidad, seca el pensamiento, mata la familia e imprime en el negro el reflejo de su rostro sobre el cristal de su conciencia; Lo que es contrario a la utilidad verdadera, porque fuerza la actividad, niega la división de las aptitudes y borra el elemento libre, racional del trabajo; Lo que es contrario, en suma, a las leyes de la razón y del sentimiento, a los principios de la justicia y de la conveniencia, no merece que ningún hombre honrado venga a admitir la posibilidad de que haya alguien de espíritu tan menguado, de corazón tan podrido, de inteligencia tan en sombras, que en pleno siglo XIX, en medio de tumulto que levantan los progresos de la industria, y entre el eco que lleva a todas las almas la imprenta y las nubes de vapor que surcan la tierra con la locomotora, purifican los sentimientos y los intereses de los hombres y de los pueblos; que haya alguien, digo, que se atreva a suponer que existen esclavistas. No y mil veces no, en nombre de la dignidad y la honra de mi patria. (Aplausos.) En esta gran reunión, os lo dice la voz de todas las creencias religiosas, de todos los partidos políticos, de todas las escuelas científicas, de todos los intereses sociales, de todos los sexos y de todas las clases. Por eso yo, que he escuchado la palabra del virtuoso sacerdote y sabio maestro que nos preside; yo, que he aplaudido la elocuencia del Sr. Carrasco; yo, que he admirado una vez más las dotes peregrinas del Sr. Revilla, y me he congratulado oyendo la palabra sentida del Sr. Serrano, debo rogar a mi digno amigo el bravo general Milans, no por él, cuyos sentimientos liberales conocemos y su historia escuda, pero si por la representación que tiene de una importante institución, debo rogarle tercie en este debate, echando el peso de su autoridad y de su significación en pro de la abolición inmediata de la esclavitud. Y ahora permitidme que desde aquí condene en nombre mío, y en el de mis amigos y compañeros en la prensa, que para ello me autorizan, la conducta del ministro, que ha consentido quede sin vigor ni cumplimiento la ley, buena o mala, elaborada por las Constituyentes, y por la generosa y eficaz iniciativa de ese gran carácter que se llama Gabriel Rodríguez y el concurso ilustrado de los dignos representantes de Puerto Rico. Y permitidme también que pida la anulación de os contratos celebrados, contra toda ley, por los amos de esclavos con estos, recurso último a que se ha apelado para perpetuar la esclavitud. (Bien, bien.) Esos contratos son hechos con el objeto de que el negro siga esclavo de su dueño, obligándose a servirle incondicionalmente. Y son nulos, primero, porque se estipula en ellos que el negro enajene su libertad, como si la libertad fuese enajenable a capricho y dependiera del hombre ser o no libre; segundo, porque se obliga al negro a ser traspasado a cualquiera otro señor; y tercero, porque se estipula que ha de servir al antojo del amo en las fincas, trabajos y faenas que éste designe, sean cuales fueren; cuarto y principalmente, porque se declara en la condición quinta que hipoteque el negro su libertad como prenda. ¿Habéis visto alguna forma más clara y más repugnante de la esclavitud? Yo pido un jurado de hombres de todas clases y partidos, que lleve ante los tribunales esta cuestión ilegal y vergonzosa, y exija la responsabilidad civil y criminal a que haya lugar, y lo pido con urgencia, para que los 5.000 y tantos hombres de color emancipados recobren su libertad. Voy a concluir, pero antes he de decir dos palabras acerca del carácter y fin que debe proponerse desde hoy la Sociedad Abolicionista en su nueva campaña. Ya es hora de que las ideas vivan, ya es hora de que las teorías se practiquen, ya es hora de que las convicciones pasen desde el alma al hecho, y de que la división lamentable en que hasta aquí viene batallando la humanidad, concluya haciendo lo que se piensa, aleccionando con el ejemplo, obrando según el severo dictado de la conciencia. La hora de la propaganda y de la predicación ha pasado; lo que de nosotros exige el deber, lo que de nosotros reclama la abolición, lo que de todo hombre pide la patria, es consecuencia para el obrar, energía para el carácter, práctica para los ideales sostenidos. Que no son las doctrinas mero adorno de la educación, corona de vanidades personales, armas del ingenio y escalera de la fortuna, sino antes bien, ley de vida, norma de la conducta, pan del alma y sostén del organismo social. (Aplausos.) Para vivir creer, y para creer pensar. Dejemos la predicación, dejemos las especulaciones, dejemos el campo de la propaganda, de la crítica, y en cambio con fe y valor dispongamos nuestra facultad para la acción, nuestras armas para la dura pelea de la indiferente realidad. Los pueblos viven de leyes justas, de instituciones libres, de costumbres puras; ¡haced, pues, derecho, moral y libertad! Y así, mañana, cuando la historia inflexible acuse a la generación presente de ese horrendo crimen que llamamos esclavitud, nuestros hijos podrán con erguida frente y conciencia tranquila, reclamar el respeto de las generaciones venideras, señalando la tumba de los abolicionistas españoles. Y vosotras, señoras, las que generosas venís a estas reuniones, oidme también en nombre del más sagrado de mis recuerdos y del más hondo de mis remordimientos. Si queréis que las flores de vuestra hermosura no se marchiten y la luz de vuestras pupilas no se apague, sustituid al sol de la juventud que os carmina las mejillas y os alumbra, la eterna mocedad del corazón. De otra suerte, apenas acariciéis vuestras trenzas al espejo de la fantasía, la severidad del tiempo nevará vuestras cabezas. No os quejéis del tornadizo amante, del hastiado esposo, del hijo libertino: que el solaz de los caprichos pasa, los lazos del egoísmo se desatan,los juegos del azar cambian y mudan, y no hay más llama eterna, más bien contante, más goce verdadero, que aquellos que prenden el alma con las cintas del respeto y del cariño, en el broche purísimo de la verdad. Dadle al amante ideas que engarzar en sus amores, al esposo dignidad en el carácter, comercio de pensamientos, y levantad en el hijo dentro del cuerpo, que vuestras entrañas labran, alma con vuestros consejos, escudo con vuestra cultura, ejemplo con vuestras enseñanzas. Entonces y sólo entonces, reconstruiréis ese hacinado montón de elementos opuestos, de antagónicos caracteres, de creencias contrarias, que se llama la familia. He dicho. (Prolongados aplausos.) inicio / <<< / >>> / fin Discurso del Sr. D. Antonio Carrasco Señores: En esa parte del mundo que se llama el Asia, en los lugares que ocuparon ciudades florecientes un día, hoy destruidas por completo, se descubren todos los años vestigios de una tan antigua como brillante civilización. Los hombres de ciencia estudian esas piedras, mudos testigos de lo pasado, y a fuerza de penosos trabajos van descifrando las inscripciones sobre las cuales han arrojado, al pasar una estúpida mirada el conquistador bárbaro, que sólo pensaba en la destrucción de sus enemigos, y el árabe fiero que sólo piensa en buscar una palmera para preservarse a su sombra de los rayos del sol que hiere su vista y agota sus fuerzas. Generaciones enteras han bajado al sepulcro sin conocer los secretos que esas piedras encerraban, y nosotros, hijos del siglo XIX, sabremos quizás por ellas antes de mucho lo que los hombres pensaban, esperaban y creían dos mil años antes de la venida del Cristo. Otro tanto sucede con las verdades que el Evangelio encierra en sus páginas inspiradas. La solidaridad humana es la base de toda la teología de San Pablo, y hasta hace muy poco no se ha estudiado esa gran verdad, llamada a arrojar torrentes de luz, no sólo sobre los arduos problemas religiosos, sino que también sobre los políticos y sociales. La solidaridad, señores, podrá ser un hecho misterioso, mas no por eso deja de ser una gran verdad que no se puede negar sin exponerse a negar la evidencia. Los hijos sufren las consecuencias de las faltas que sus padres cometieron, las naciones expían la culpa de los hombres que rigen sus destinos. ¿Qué explicación puede darse a esa especie de fatalidad que une el hombre al hombre, un pueblo a otro pueblo, la generación presente a las generaciones que la han precedido? No puede darse otra más que la de la solidaridad. Los hombres son solidarios unos de otros, porque la humanidad es una realidad, un cuerpo cuyos miembros son los individuos. Sin esta ley no puede concebirse la familia, ni es posible que la sociedad exista. Si el hombre aislado de sus semejantes no puede reproducirse ni subsistir, es porque el hombre aislado no es todo el hombre. El individuo es más y menos de lo que vulgarmente se cree. No es un ejemplar de un tipo multiplicado con profusión; es un ser incompleto sin duda, pero universal sin embargo. Todo y parte a la vez, organismo y función, su vida es la vida del gran cuerpo, que no puede negar sin negarse a sí mismo. Las virtudes de todos son sus virtudes, los crímenes de todos son sus crímenes. Yo, en tanto que hombre, soy el heredero de sesenta siglos de luchas y sufrimientos heroicos. No disfruto de una sola libertad que no haya crecido en un suelo regado con sangre humana; no gozo de un derecho que no se haya conquistado a fuerza de sacrificios. Pero tampoco existe un crimen en el que no tenga mi parte de responsabilidad. (Aplausos.) Esta es la idea que con tanta valentía ha expresado nuestro inmortal Espronceda en aquella inspirada y ardiente composición, en donde hablando el verdugo, dice: Y cada gota Que me ensangrienta, Del hombre ostenta Un crimen más. Sí, señores; yo soy solidario de todos los crímenes que se han cometido en el mundo, y como la esclavitud es un crimen que se comete aún a despecho de todas las leyes divinas y humanas, la esclavitud es una losa de plomo que esa sobre mi conciencia y me oprime y me ahoga; losa que quisiera arrojar de sobre mí y convertirla en polvo más leve que el grano que se mueve en los rayos del sol. Como hombre, como cristiano, como español, no quiero ser cómplice en esa conjuración inicua, tramada al amparo de las leyes, contra pobres criaturas inocentes que no han cometido más delito que el de nacer con un carácter más dulce que el de sus opresores; no puedo permitir ni un año, ni un día, ni una hora, la explotación del negro por el blanco, porque el negro es un hombre y sus dolores son mis dolores, porque el blanco es hombre también y sus infamias son mis infamias; no quiero cargar con mi parte de responsabilidad en esa mutilación de la personalidad humana, y por eso denuncio a la faz de España, a la faz del mundo, y la denunciaré un día y otro día; a esa noble tarea consagraré mi palabra, mi pluma, mis fuerzas, mi vida, cuanto soy y cuanto valgo; llamaré constantemente a la puerta del templo de la justicia, y si cansado de llamar en vano tuviese que renunciar a la esperanza de verla que se abre, delante de esa puerta cerrada me sentaré con el corazón rebosando en amargura, para preguntar a todo poseedor de esclavos, a todo defensor de la esclavitud, a todo partidario de tan infame institución: «Caín, ¿qué haces de tu hermano Abel?» (Aplausos.) Pero, señores, confieso que por mi parte creo que la puerta se abrirá; creo que se decretará la abolición inmediata y simultánea. ¿Cuándo? No lo sé. Lo que si sé es que un cuerpo grave en su caída no está sometido a leyes más fijas que la idea justa y humanitaria que brota en la mente de cualquier hombre y hace su aparición en la sociedad. Los principios llevan consigo todas sus consecuencias, como la planta encierra en su seno el árbol frondoso entre cuyas ramas buscan abrigo las aves del cielo. No existe nada que sea más tenaz que un principio verdadero: mil veces vencido, otras tantas vuelve a levantarse y a luchar, hasta que consigue dominar las inteligencias. Y ¡cosa digna de notarse! antes de haberlas dominado por completo, ya ha realizado la conquista de los hechos. En estas cuestiones, verdad y necesidad son sinónimos, un derecho reconocido es un derecho conquistado. Es en vano que se quiera enunciar una mitad de la verdad nada más: la verdad es fiera, y antes se retiraría, si fuera posible, que consentir que se la realice a medias. (Aplausos.) Realizarla a medias es lo que ha pretendido nuestro gobierno en España, en la única nación civilizada en donde existen hombres esclavos. El gobierno ha deseado abolir la esclavitud gradualmente. Se ha inspirado exclusivamente en los intereses materiales, olvidando que no merece gobernar quien sólo se preocupa de la parte inferior de la naturaleza, y que no existe más política verdadera que la que cuenta con el ser moral del individuo. En la cuestión que nos ocupa, el gobierno ha puesto en un platillo de la balanza a todos los esclavos y en el otro los millones que los esclavos representan, y esos millones sin alma han pesado más que vosotros, pobres hijos de dolor. (Grandes aplausos.) El gobierno español ha reconocido y confesado que la esclavitud es una iniquidad social. ¿Por qué, pues, entonces no acaba con ella de una vez y para siempre? ¿Qué desgracia pesa sobre ese pobre mártir de las Antillas, cuando los legisladores todos retroceden asustados al poner la mano sobre el arca santa que encierra las ardientes lágrimas del esclavo? ¿Qué teme el gobierno? ¿Que los negros se levanten en armas contra los blancos cuando se les conceda la libertad? Pero eso es casi imposible en nuestras colonias, en donde los últimos son los que predominan. ¡Ah! Si alguna vez se levantan, será ahora que se proclama injusticia la esclavitud y se la deja subsistir sin embargo; se levantará el negro de sesenta años, que no podrá menos que arrojar una mirada de horror sobre los sesenta meses que aun le quedan de luchas y sufrimientos; se levantará el joven esclavo a quien se le arranca la compañera de su vida para venderla públicamente a quien pagarla quiera; se levantarán los que comprendan que van a ser estrujados por sus dueños, para |