Historia del Partido Comunista de España 1960

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Capítulo cuarto
La dictadura franquista

Progresos unitarios

La segunda guerra mundial terminó con la capitulación de Alemania y el Japón en 1945.

La Unión Soviética llevó el peso fundamental de la sangrienta contienda. Ningún pueblo conoció padecimientos comparables a los del pueblo soviético ni sufrió tan terribles pérdidas y destrucciones. De la tremenda prueba de la guerra el régimen socialista salió más fuerte que antes. En la guerra como en la paz quedó demostrada la superioridad del régimen socialista sobre el capitalista.

La titánica lucha del pueblo y del ejército soviéticos salvó a la humanidad de caer bajo el yugo del fascismo y fue el factor decisivo, la clave de la victoria de las Naciones Unidas. El prestigio internacional de la URSS creció en gigantescas proporciones. Las victorias de la URSS contribuyeron a vigorizar las fuerzas democráticas y socialistas de todo el mundo y a debilitar el sistema capitalista mundial.

En 1943, había sido disuelta la Internacional Comunista, después de haber cumplido su gran misión histórica: contribuir a crear y forjar partidos verdaderamente marxistas-leninistas en casi todos los países de la tierra. El desarrollo y la madurez alcanzada por estos partidos hacían innecesario el mantenimiento de un centro dirigente internacional.

La autoridad y la influencia de los Partidos Comunistas, que fueron un ejemplo de firmeza y de patriotismo al frente de la lucha de sus pueblos contra los invasores fascistas, crecieron considerablemente durante la segunda guerra mundial.

En la posguerra una serie de Estados de Europa (Albania, Bulgaria, Checoslovaquia, Alemania Oriental, Hungría Polonia, Rumanía, Yugoeslavia) y más tarde países de Asia como la inmensa China, Corea y Viet-Nam del Norte se desgajaron del sistema capitalista y, dirigidos por la clase obrera, aliada a los campesinos y otras capas populares, establecieron regímenes de democracia popular. El triunfo de la revolución popular en China fue el acontecimiento histórico más importante después de la Revolución Socialista de Octubre, en la marcha de los pueblos hacia el socialismo. Como consecuencia [229] de estos cambios trascendentales se constituyó el campo mundial del socialismo, que abarca a cerca de 1.000 millones de seres y ocupa la tercera parte del universo, y cuya influencia penetra en toda la vida contemporánea.

La correlación de fuerzas, en el plano internacional, entre el socialismo y el capitalismo cambió radicalmente en favor del primero.

Los resultados de la segunda guerra mundial aceleraron el hundimiento del sistema colonial del imperialismo. Numerosos países como la India, Indonesia, Birmania y otros conquistaron la independencia nacional.

La guerra acentuó asimismo la desigualdad del desarrollo económico de los diferentes Estados imperialistas. Aumentó en particular la potencia económica y militar de los Estados Unidos. Estos, convertidos en el centro económico y militar del mundo capitalista, iniciaron muy pronto una política enfilada a establecer su dominación sobre el mundo. Con ese fin se orientaron a romper la coalición antihitleriana forjada en el curso de la guerra y a crear una coalición militar agresiva dirigida contra la URSS y los demás países socialistas.

Gracias a la política de la URSS y a la presión de la opinión pública internacional, en la Conferencia de Potsdam en 1945, y en las Naciones Unidas en 1946 la dictadura de Franco fue condenada como un régimen impuesto a España con la ayuda armada de las potencias fascistas y asociado a dichas potencias en el curso de la segunda guerra mundial. Pero los países imperialistas, y en particular los EE.UU., evitaron que esa condena moral se tradujese en medidas concretas, tales como la ruptura de relaciones diplomáticas y comerciales, y continuaron prestando al franquismo ayuda económica y política.

Al amparo de esta política de EE. UU. y de Inglaterra, se operó cierto reagrupamiento de las fuerzas reaccionarias españolas en torno a la dictadura de Franco. Ello se reflejó en la reorganización del Gobierno en el verano de 1945. La Iglesia desempeñó en este orden un papel muy importante: el dirigente de Acción Católica, Martín Artajo, fue nombrado ministro de Estado. Otros grupos reaccionarios se esforzaban, [230] entre tanto, en preparar una eventual solución de recambio, basada en la Monarquía, para el caso de que Franco no pudiera sostenerse en el Poder.

En diciembre de 1945 se celebró en Toulouse (Francia) un Pleno del PCE, el primero después de la guerra. El Pleno comprobó que la influencia y el prestigio del Partido habían aumentado considerablemente. Incluso gentes que no se distinguían por su simpatía hacia los comunistas, reconocían que, en España, mientras los otros partidos obreros y democráticos se habían disgregado, el PCE mantenía su organización clandestina y proseguía la lucha.

Fuera de España, el Partido Comunista había cumplido sus deberes internacionalistas y entregado una generosa contribución de sangre a la lucha general de los pueblos contra los agresores fascistas.

En Francia, nuestro Partido había sido el organizador de las unidades de guerrilleros españoles que tan gran papel desempeñaron, al lado del pueblo francés, en la lucha por liberar de invasores hitlerianos extensas regiones meridionales de ese país. Entre los camaradas que cayeron en esta lucha o víctimas del terror hitleriano figuran José Miret, Buitrago, Alfonso, Ríos, Barón. Muchos comunistas españoles –algunos de ellos fusilados o encarcelados posteriormente por Franco– recibieron altas condecoraciones del Gobierno francés por su contribución a la guerra contra el hitlerismo.

En la Unión Soviética, cientos de comunistas españoles combatieron en el frente y en la producción, al lado del heroico pueblo soviético. En los frentes de batalla de la guerra antihitleriana y en el movimiento guerrillero cayeron heroicamente en tierra soviética numerosos comunistas españoles como Rubén Ruiz Ibárruri, Justo Rodríguez, José Fusimaña, Francisco Gullón, Santiago de Paúl Nelken.

Los comunistas españoles emigrados en otros países de Europa, África y América participaron en la lucha contra el hitlerismo.

En el informe presentado al Pleno de Toulouse, la camarada Dolores Ibárruri salía al paso de las ilusiones, alimentadas en amplios sectores, de que el régimen franquista se iba a hundir «automáticamente». Insistía en que, [231] para terminar con la dictadura, era necesario «el entendimiento patriótico de todas las fuerzas nacionales», la conjunción de los esfuerzos de todos los antifranquistas en la lucha contra la dictadura.

Los debates y resoluciones del Pleno de Toulouse tuvieron como eje la organización y desarrollo de las acciones y luchas de las masas en el interior del país. El Partido valoraba la solidaridad internacional con la democracia española, pero insistía en que lo decisivo para terminar con la dictadura era la lucha del pueblo.

Era necesario que el Partido estrechase, sobreponiéndose a las duras condiciones de clandestinidad, sus vínculos con las masas, para ayudar a éstas a defender sus intereses e imprimir a sus protestas y a sus acciones un carácter cada vez más combativo.

El Pleno aprobó un Programa en el que se definían los objetivos de la lucha contra la dictadura y las medidas necesarias para la democratización de España.

El Partido tomó posición contra las maniobras reaccionarias, apoyadas por ciertos grupos anarquistas, socialistas y republicanos, que tendían a restaurar la Monarquía en caso de hundimiento de la dictadura franquista.

Frente a esos intentos de buscar soluciones a espaldas del pueblo, el Pleno del Partido reiteró su propuesta de organizar una consulta verdaderamente democrática al pueblo, previa la eliminación del franquismo, para lo cual sugirió la constitución de un Gobierno de coalición nacional.

Los esfuerzos unitarios del Partido obtuvieron, después del Pleno de Toulouse, algunos resultados positivos. Como consecuencia del crecimiento de la influencia del PCE, del prestigio ganado en el plano mundial por los Partidos Comunistas que participaban entonces en los Gobiernos de Francia, Italia, Bélgica y otros países, y también de la presión que ejercía la voluntad unitaria de las masas, en España y en la emigración, los partidos republicanos y el Partido Socialista comprendieron que era necesario establecer cierta forma de colaboración con el Partido Comunista.

En Méjico se habla constituido en 1945, después de la dimisión de Negrín. un nuevo Gobierno republicano en el [232] exilio presidido por José Giral. A comienzos de 1946, éste propuso al PCE la participación en dicho Gobierno. El Partido aceptó y designó al camarada Santiago Carrillo como ministro del mismo. Desde esa fecha hasta el verano de 1947, el Partido participó, al lado de los partidos republicanos, del PSOE, de un grupo cenetista, de los partidos nacionalistas de Euzkadi y Cataluña, en los gobiernos republicanos presididos en el exilio por Giral y Llopis. La unidad plasmada en esos gobiernos representó una ayuda importante para el desarrollo de la acción del pueblo español contra el franquismo.

Gracias a las orientaciones dadas por el Pleno de Toulouse, el Partido consiguió mejorar su trabajo en España y reforzar su organización.

En varias zonas, la simpatía de las masas campesinas por la causa antifascista se traducía en solidaridad concreta hacia los grupos guerrilleros.

En diversas regiones industriales las acciones obreras fueron adquiriendo mayor empuje.

En los primeros meses de 1947 tuvieron lugar movimientos reivindicativos en varias empresas metalúrgicas de Madrid, en fábricas textiles de Cataluña, en Guipúzcoa y en otros lugares.

La agitación obrera era particularmente intensa en los grandes centros de la industria pesada de Vizcaya, donde se desarrollaron varias huelgas parciales y plantes. Los pacientes esfuerzos del Partido Comunista facilitaron la coincidencia del conjunto de las fuerzas antifranquistas de Euzkadi, gracias a la cual fue posible la huelga general del Primero de Mayo de 1947 en Bilbao.

En el manifiesto llamando a la huelga, el Partido decía:

«Nada podrá impedir que nuestra valiente clase obrera celebre este Primero de Mayo de 1947 corno una jornada de intensificación de la unidad y de la lucha antifranquista... ¡Obreros! ¡Que nadie asista al trabajo ese día! Fábricas, minas y lugares de trabajo en general deben permanecer vacíos y silenciosos toda la jornada... En este Primero de Mayo, ni un solo obrero a trabajar.
Partido Comunista de Euzkadi». [233]

La huelga fue un éxito rotundo. En ella participaron más de 50.000 trabajadores. Fue la primera gran acción de masas del proletariado después de la implantación del fascismo en España.

La huelga de Bilbao confirmó las reiteradas declaraciones del Partido Comunista de que, pese al terror fascista, la clase obrera, el pueblo, podían luchar. La acción de los obreros vizcaínos, que se extendía a algunos sitios de Guipúzcoa y levantó el entusiasmo de los trabajadores y demócratas en toda España, tuvo un carácter esencialmente político y sembró el pánico en las esferas gobernantes. Era una prueba fehaciente de que por el camino de la unidad y de la lucha se podía acabar con la dictadura.

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  Historia del Partido Comunista de España
París 1960, páginas 228-233