Historia del Partido Comunista de España 1960

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Capítulo tercero
La guerra nacional revolucionaria

La traición

La pérdida de Cataluña constituía un golpe durísimo para la República. Pero esa pérdida no significaba la imposibilidad de continuar la resistencia.

Desde la pérdida de Barcelona el Partido propuso insistentemente a Negrín el traslado de armas y pertrechos militares a la zona Central. El Presidente prometió realizarlo pero no lo hizo. Así, al retirarse a Francia la parte del Ejército que había combatido en Cataluña, el Gobierno francés se incautó de todo el material de guerra. Mas pese a ello y a que las autoridades francesas tampoco autorizaron el transporte de los soldados a la zona Central y los encerró en campos de concentración, como si se tratase de enemigos, en esa zona existían fuerzas y medios suficientes para continuar la resistencia.

Bajo la autoridad del Gobierno quedaban aún diez provincias con unos diez millones de habitantes; muchas ciudades entre las que se contaba la capital del Estado; cuatro grandes puertos entre ellos el de Cartagena (la base naval más importante de España); un Ejército de unos 700.000 hombres y una escuadra que contaba todavía con tres cruceros, trece destructores, cinco torpederos, dos cañoneros y siete submarinos. Existía, sobre todo, un pueblo en el que, pese a la acción negativa del cansancio y a las enormes dificultades de la situación, aún no había sido quebrantada la voluntad de resistir y ésta podía ser reanimada. La resistencia era posible y su prolongación hubiera podido cambiar el final de la guerra dada la creciente tensión internacional existente en Europa. Cinco meses después de finalizar la resistencia española Hitler empezó la segunda guerra mundial.

Es indudable que el pueblo deseaba la paz, como la deseaban el Partido y todos los antifascistas. El Partido lo había declarado abiertamente y repetidas veces. ¿Pero cuál era la paz que el pueblo y los comunistas querían? No una paz por [196] medio de la rendición incondicional al franquismo que –como la realidad había de demostrarlo– sería para miles y miles de españoles «la paz de los sepulcros». Querían una paz que salvase tres cosas: la independencia del país, con la salida de él de todas las fuerzas extranjeras; la libertad interior para que el pueblo pudiera decidir acerca del régimen de gobernación de España; la seguridad de que no habría ninguna represalia, ninguna persecución después de terminar la guerra.

Ya desde bastante antes de la pérdida de Barcelona la situación en la zona Centro-Sur fue objeto de la preocupación de la Dirección del PCE. Muy particularmente fueron analizadas por el Buró Político las cuestiones de la unidad, el trabajo del Partido y la situación militar.

La inactividad militar de los otros frentes durante todo el período de la batalla del Ebro demostraba la influencia creciente del espíritu capitulador sobre algunos mandos importantes del Ejército en la zona Central; mostraba igualmente el trabajo sinuoso de los traidores. Incrustados algunos en los Estados Mayores habían impedido, con fútiles pretextos, que se realizasen operaciones como la de Motril; habían conseguido que se suspendiese la ofensiva del Ejército de Extremadura y se paralizase la operación de Brunete del Ejército del Centro.

El Partido insistió inútilmente cerca de Negrín para que efectuase algunos cambios de mandos que aparecían como poco seguros y al mismo tiempo tomó medidas tendentes a levantar la moral del Ejército y de la población.

El trabajo del Partido se orientó en este período a lograr los siguientes objetivos: Preparar tanto en sentido técnico como político a los Ejércitos de la zona Centro-Sur por considerar inminente la ofensiva contra ellos del enemigo, Dar un impulso enérgico a la creación de las reservas, vencer la oposición que existía a la movilización para lograrlas. Trabajar con tesón por mejorar la unidad de las organizaciones del Frente Popular.

El Gobierno, sin el Presidente de la República, llegó a Madrid el 11 de febrero de 1939. Azaña se negó a ir a la zona Central contribuyendo con su actitud a las maniobras de los capituladores. [197]

El Partido logró reunir en todas las provincias a los Frentes Populares, aunque no movilizarlos a todos en sentido combativo, y celebró Conferencias Provinciales en Jaén, Toledo y Cuenca, ya antes de la llegada del Gobierno. En ellas se examinaron los problemas de la situación del Ejército, de la movilización, de la unidad, y se tomaron resoluciones tendentes a resolverlos, todas en relación con la política de resistencia.

La Conferencia Provincial de Madrid, se realizó del 8 al 11 de febrero de 1939.

En ella estuvieron representados por numerosos delegados el Ejército, las fábricas de guerra, el campo. Muchos de los delegados eran mujeres. El entusiasmo que reinó en la reunión subió de punto cuando se anunció la llegada del Gobierno a Madrid. Pero en la Conferencia, a diferencia de lo ocurrido con otros actos anteriores del Partido, escasearon las adhesiones de otros partidos y organizaciones, lo que era índice del desarrollo del anticomunismo que utilizaban los capituladores y traidores como cobertura de sus propósitos de rendición.

En la Conferencia intervino enérgicamente Dolores Ibárruri, en nombre del Comité Central, para denunciar a aquéllos que utilizando el Decreto del Gobierno sobre el estado de guerra, tomaban medidas contra el pueblo y la resistencia. Tal hacía el coronel Casado que se dedicó a perseguir con la censura militar a «Mundo Obrero» al que llegó a suspender momentáneamente y a detener con falaces pretextos a decenas de comunistas que, más tarde, fueron entregados a Franco.

La Conferencia tomó la resolución de realizar una serie de medidas prácticas para desarrollar la línea trazada por el Partido en orden al fortalecimiento del Ejército y acordó, particularmente, pedir al ministro de Defensa la destitución inmediata de los mandos incapaces o enemigos del pueblo para poner al frente de las unidades y servicios importantes a hombres probados, entusiastas y dispuestos a luchar.

Repetidas veces insistió el Partido ante Negrín para que ordenase la realización de ésas y otras medidas que, a petición del propio Presidente, le presentó el Partido el 20 de febrero por escrito. El plan lo retuvo Negrín en sus manos, [198] diciendo, ante los apremios repetidos del Partido para que lo llevase a la práctica, que lo estaba estudiando, pero dando largas a su ejecución. Del Negrín partidario de la resistencia, en marzo de 1938 y período subsiguiente, al de este último período de la contienda mediaba una gran distancia. Aquél había mostrado confianza en el pueblo y en el triunfo y voluntad de conseguirlo, buscaba el apoyo de las masas y, por consiguiente, el del Partido. Este otro Negrín rehuía ese apoyo y se negaba a escuchar las propuestas comunistas. Negrín no se orientaba ya a continuar la lucha y dejaba las manos libres a los capituladores.

En este período, los capituladores y la Quinta Columna trabajaban ya descaradamente, la traición se palpaba por todas partes. A mediados de febrero se descubrió en la Zona de Levante y Cartagena un complot fascista en el que estaban comprometidos mandos del Regimiento Naval, del de Costas, de Asalto y de Carabineros. Negrín declaró que procedería sin contemplaciones contra los conjurados pero, en verdad, no fue tomada medida alguna contra ellos.

Los capituladores civiles y militares que ocupaban puestos de dirección del Estado y del Ejército, los trotskistas, los faístas y no pocos socialistas desarrollaban una intensa campaña de descrédito del Gobierno al que presentaban como único responsable de la pérdida de Cataluña, que ellos habían preparado con su actividad disgregadora.

La Quinta Columna tenía en ellos valiosos soportes y colaboradores. Blanco principal de sus ataques eran, naturalmente, los comunistas, primeros forjadores del arma que posibilitaba la resistencia y la victoria popular.

La corriente antiunitaria y capituladora en el Partido Socialista a la que en uno u otro período de la guerra se incorporaron Largo Caballero, Prieto y otros dirigentes tuvo desde su origen el exponente más destacado y constante en Julián Besteiro, cuyas posiciones reformistas habían pesado sobre el Partido Socialista durante varios lustros. Besteiro negaba con tenacidad toda colaboración, no ya sólo a los Gobiernos del Frente Popular, sino hasta a hasta a la propia Comisión Ejecutiva de su Partido. En la reunión celebrada por la Comisión Ejecutiva del Partido Socialista el 15 de noviembre [199] de 1938, Besteiro reconocía que «si los comunistas dejaban de intervenir, probablemente las posibilidades de continuar la guerra serían pequeñas». Pero, a juicio suyo, era mucho peor que el pueblo ganase la guerra porque entonces, decía, «España sería comunista». Él sólo veía salida a la situación en la intervención del extranjero, de Inglaterra, concretamente.

«No veo –explicaba Besteiro a sus compañeros– una solución a mi gusto, a menos que ocurran cosas que nos salven en el campo internacional».

Y para propiciar la buena voluntad del «campo británico», Julián Besteiro aconsejaba a sus colegas la «conveniencia de deslindar los campos», esto es, de romper con los comunistas, y de acabar con el Frente Popular, pues, agregaba textualmente:

«cuanto más se refuerce el mantenimiento del Frente Popular la opinión extranjera nos será más contraria... y es evidente que si se refuerza aquí el Frente Popular la opinión extraña pensará que avanza aquí el comunismo».

Estas manifestaciones antiunitarias y anticomunistas de Besteiro estaban ya inspiradas por el Gobierno inglés, que tan importante papel desempeñó en la creación de la Junta de capitulación presidida por Casado, y en la que Besteiro iba a ser la primera figura política. En el último periodo era notorio en Madrid el hecho de las estrechas relaciones del cónsul inglés con Besteiro y con Casado. En conversaciones que por entonces tuvo Casado con dirigentes del Partido y con miembros del Partido que ocupaban altos cargos militares, no ocultó el coronel la existencia de tales relaciones. Fueron los servicios del imperialismo anglo-francés los que impulsaron la preparación y ejecución del complot contra la República.

El 27 de febrero de 1939 el Gobierno inglés comunicó oficialmente al Gobierno Negrín que ese mismo día se presentaría a la Cámara de los Comunes la resolución que reconocía al Gobierno de Franco y que retiraba la representación [200] diplomática inglesa cerca del Gobierno legítimo de España. Al reconocimiento del Gobierno inglés se sumó con el suyo el Gobierno francés. Estos hechos contribuyeron a debilitar la moral de muchos hombres políticos y militares y a facilitar la labor de los capituladores.

El Partido conocía que los manejos de los entreguistas continuaban y se reforzaban, y exigía del Jefe del Gobierno que tomase medidas que los atajasen con energía. Al fin, el día 2 de marzo de 1939, Negrín se decidió a dictar disposiciones para fortalecer al Ejército de la zona Centro-Sur y ponerlo en condiciones de aplicar la política de resistencia. Los conspiradores decidieron entonces pasar a la realización de sus planes contra la República.

La Flota había realizado el 3 de marzo un primer intento de hacerse a la mar que fue cortado por la acción de los comunistas. Al amparo de la actitud rebelde de la Flota, los fascistas de Cartagena, que habían logrado en los últimos tiempos hacerse fuertes en las unidades de la Base Naval, se sumaron a la actitud de la Flota contra el Gobierno y, prácticamente, se hicieron dueños de Cartagena. Inmediatamente dieron a la sublevación un carácter netamente fascista, entablaron comunicación con Franco, le pidieron refuerzos e izaron la bandera monárquica en la base. A continuación conminaron a la Flota a que saliera inmediatamente de Cartagena. Después de muchos conciliábulos de sus mandos, la Flota salió de Cartagena hacia Túnez el día 5 a las doce de la mañana, después de haber apresado a los comunistas de los barcos. Al mismo tiempo, en el Cuartel General del Grupo de Ejércitos de la zona Centro-Sur, empezaron a tomarse una serie de medidas de acuartelamiento y se hicieron preparativos que indicaban una actitud contraria al Gobierno. Todo ello lo dirigía el teniente coronel Garijo, uno de los jefes del Cuartel General, agente de Franco, por el que fue ascendido después de terminada la guerra. Repetidas veces el PCE había denunciado a este militar como sospechoso de servil al enemigo sin obtener que fuera separado del importante, puesto que ocupaba.

Dentro de Cartagena el PCE hizo frente a la sublevación fascista, que fue rápidamente aplastada por fuerzas leales al [201] Gobierno mandadas por comunistas. Pero en la noche del 5 de marzo de 1939 el coronel Casado se sublevó en Madrid contra el Gobierno, constituyendo una Junta encabezada por Besteiro y por él, titulada «Consejo de Defensa». Los sublevados contaban con que la presión de las tropas franquistas que sitiaban Madrid impediría a los comunistas, y en general a los mandos fieles a la República, sacar del frente las fuerzas necesarias para reducir la sublevación, como efectivamente sucedió. No obstante algunas de las unidades de Madrid mandadas por comunistas hicieron frente a los sublevados en defensa del Gobierno legítimo de España. Los hombres del «Consejo de Defensa» enviaron contra las fuerzas que permanecieron fieles a la República a otras fuerzas armadas que ellos habían conseguido arrastrar con calumnias contra los comunistas y el Gobierno y con promesas falsas de lograr una «paz honrosa»; no vacilaron en desguarnecer el frente y desencadenar una odiosa guerra civil a unos kilómetros de las trincheras enemigas.

Para atraer a algunos militares a la sublevación contra el Gobierno, Casado había aireado la «promesa» que, según sus amigos ingleses, había hecho Franco de conservar las graduaciones militares a los mandos profesionales republicanos a condición de una inmediata capitulación.

El pronunciamiento de Casado contra el Gobierno de Unión Nacional, con el apoyo de los provocadores trotskistas y faístas y de ciertos elementos socialistas y republicanos; la ruptura de la legalidad republicana; la formación de la Junta; la brutal persecución contra el PCE y los mejores luchadores del pueblo; la oleada de calumnias anticomunistas con las que Besteiro y Casado intentaban engañar al pueblo; todo ello, como la realidad mostró trágicamente, sólo perseguía el propósito de poner fin a la resistencia republicana como deseaban el fascismo invasor y la reacción imperialista anglofrancesa.

La «paz honrosa», de que hablaba en sus proclamas la Junta, era la paz de los cementerios, la paz de los fusilamientos y las ejecuciones. La Junta de Casado había roto la unidad del pueblo, la unidad del Ejército; había desencadenado una nueva guerra civil y decapitado al Ejército de sus mejores mandos, [202] llevando a la masa de los soldados a la confusión y la desmoralización.

Mientras Casado y Besteiro hablaban de obtener del enemigo fascista una paz sin represalias y sin persecuciones, eran ellos mismos los que ponían a los comunistas fuera de la ley, los que saqueaban las casas del Partido, detenían a sus militantes y enviaban ante Consejos de Guerra, creados por ellos, a los militares que eran culpables del «delito» de ser leales al régimen republicano.

El Partido había hecho cuanto le había sido posible para mantener la resistencia y la unidad, por evitar el estallido del complot cuyas mallas se habían tejido en las cancillerías anglo-francesas. El Partido, después de la creación de la Junta Casado-Besteiro, propuso a Negrín que se dirigiera a la Junta para llegar a un acuerdo y salvaguardar la unidad e impedir la catástrofe. La Junta rechazó la proposición de Negrín. Fuera ya de España el Gobierno de la República, el PCE propuso a la Junta cesar el combate, evitar el ulterior derramamiento de sangre, volver a realizar frente al enemigo una política de unidad. Dos veces hicieron esas proposiciones a la Junta los comunistas de Madrid.

De palabra aceptó Casado las propuestas del Partido pero sólo para ganar tiempo, acumular nuevas fuerzas y continuar la lucha y las persecuciones contra los comunistas y otros demócratas. Por orden de la Junta fueron fusilados los comunistas coronel Barceló y comisario Conesa, y muchos otros comunistas se vieron encerrados en las cárceles donde poco después los hicieron prisioneros los fascistas para fusilarlos seguidamente. Entre esos camaradas entregados por la Junta a los franquistas se hallaban Domingo Girón, Guillermo Ascanio, Etelvino Vega, Daniel Ortega, el doctor Bolívar y decenas de millares de combatientes de la República que vivieron el horror del puerto de Alicante y del campo de concentración de Albatera.

La «paz honrosa» de Casado tuvo el desenlace lógico que los hombres de la Junta habían preparado artera y consecuentemente: la capitulación sin condiciones. «O nos salvamos todos o ninguno», habla dicho al pueblo demagógicamente Casado. Pero Casado abandonó España en barco inglés, [203] después de entregar el pueblo al enemigo. A las once de la mañana del día 21 de marzo de 1939, las fuerzas fascistas, entre las que se encontraban dos divisiones italianas y unidades marroquíes y de la Legión, hicieron su entrada en Madrid. Toda España quedó rápidamente en manos del franquismo. En sus proclamas iniciales había afirmado el coronel Casado:

«El pueblo español no abandonará las armas mientras no tenga la garantía de una paz sin crímenes».

La historia empezó a decir, para continuar diciéndolo durante largos años, lo que significaba la paz «sin crímenes» con que la Junta ocultaba su traición al pueblo, la entrega de España al fascismo.

*

El pueblo español fue vencido. Pese a ello la guerra que durante cerca de tres años sostuvo contra el fascismo y la reacción en defensa de la independencia nacional, de la democracia y de la paz, ha tenido y tiene trascendencia y valor ejemplares e importancia revolucionaria, nacional e internacionalmente.

La derrota del pueblo fue debida a la acción conjunta de un complejo de factores externos e internos. Pero la historia de la guerra demuestra irrebatiblemente que la causa principal, determinante, de la derrota de la democracia española fue la intervención armada de Alemania e Italia, intervención que no fue accidental ni esporádica, sino la realización de un plan preparado de largo tiempo con objeto de asegurarse la retaguardia española en la segunda guerra mundial que Hilter preparaba a toda marcha.

Sin esta participación decisiva de Hitler y Mussolini en la guerra de España, la sublevación militar fascista encabezada por Franco hubiera sido aplastada en los primeros días de la lucha. Pero el pueblo español luchaba no sólo contra la sublevación de la reacción española, sino contra los ejércitos mejor pertrechados y preparados de la Europa capitalista cuyas armas se probaban en España, en preparación de la segunda guerra mundial que estalló poco después de haber [204] sido aplastada la resistencia española. Y, a pesar de todo, y éste es el gran mérito del pueblo español y de sus heroicos combatientes, las fuerzas fascistas nacionales y extranjeras fueron frenadas en su avance durante casi tres años y hubieran podido ser derrotadas sin la criminal política del Gobierno francés presidido por un socialista, por León Blum, y sin la perfidia de los gobernantes ingleses que, una vez más, aparecieron como los enemigos del pueblo español, como los enemigos de la libertad y de la independencia de España.

Gracias a los aviones de transporte suministrados a los rebeldes por Hitler y Mussolini, una parte de las fuerzas sublevadas y, sobre todo, las marroquíes y de la Legión pudieron ser llevadas con gran rapidez a la Península. Ellas permitieron a los rebeldes mantenerse las primeras semanas y dar tiempo a que la ayuda alemana e italiana en hombres y en material hiciera posible transformar el «pronunciamiento» militar fascista en guerra del fascismo internacional contra el pueblo español.

Después del triunfo popular en la batalla por Madrid, decía el embajador de Alemania cerca de Franco, en el primer despacho que envió a su Gobierno, el 24 de noviembre de 1936:

«La situación militar no es muy satisfactoria. De toda evidencia se subestiman las dificultades de la toma de Madrid... Hasta la fecha las operaciones las han realizado principalmente las fuerzas de choque marroquíes y los legionarios extranjeros».

Poco tiempo después, el 10 de diciembre de 1936, fue el nuevo encargado de Negocios de Alemania en la zona de Franco, general von Faupel, el que exponía a su Gobierno la duda de que Franco pudiera ganar la guerra. En su informe decía el general alemán:

«Franco me ha dado una explicación de la situación militar que ha durado hora y media y que se reduce a lo siguiente: tomaré Madrid y entonces toda España, incluso Cataluña, caerá en mis manos casi sin lucha. Esta apreciación es, a mi juicio, sencillamente frívola». [205]

Y Faupel agregaba que era necesario adoptar medidas que pusieran remedio a una situación en la que, decía,

«las perspectivas de éxito de los «rojos» son mayores que las de los nacionalistas y mejoran cada semana».

Para poner tal «remedio», Hitler y Mussolini redoblaron su intervención en España. Todavía a fines de 1938, en los tres últimos meses de ese año, consideraban los alemanes que la situación militar era favorable a la República. El 2 de octubre de 1938, decía el embajador alemán en un despacho oficial:

«Según los medios militares alemanes e italianos –y la opinión de los primeros en materias militares es para mí decisiva– no es de esperar que Franco gane la guerra por las armas en un porvenir más o menos próximo, a menos que Alemania e Italia tomen, una vez más, la decisión de hacer en España nuevos y grandes sacrificios en material y en hombres».

El 22 de ese mes, al referirse al enorme pedido de material de guerra que había hecho Franco a Hitler para preparar la contraofensiva del Ebro, escribía en un memorándum el subsecretario de Estado alemán:

«¿Queremos tratar de ayudar a Franco hasta su victoria final? Entonces tendrá necesidad de una ayuda militar importante, superior, incluso, a la que ahora nos pide. ¿Se trata de mantener a Franco en igualdad de fuerzas con los rojos? En ese caso también será necesaria nuestra ayuda y el material que nos pide puede ser de utilidad. Si nuestra ayuda a Franco se va a limitar a la Legión Cóndor, no podrá pretender más que a un compromiso de cualquier clase con los rojos».

Evidente es que si ese mismo Ejército franquista, que sólo para mantenerse a la altura del de la República necesitaba una substancial ayuda germano- italiana, pudo [206] luego desarrollar la ofensiva en Cataluña fue por el apoyo decisivo de las fuerzas militares de las potencias fascistas, mientras el gobierno francés impedía con el cierre de la frontera que llegaran a los combatientes republicanos el material y las municiones necesarias. Alemania no sólo renovó todo el material de la Legión Cóndor (especialmente la artillería y la aviación) sino que, además, concedió a Franco todo lo que éste había pedido.

Los documentos de los archivos italianos aún no han sido publicados. Pero del volumen de la «ayuda» militar italiana permiten juzgar las notas de Ciano en su diario, del tenor de las siguientes, que corresponden ya al mes de enero de 1939:

«En España, avanzarnos a todo vapor. Gambara ha ejecutado una brillante maniobra, librándose de la amenaza en sus flancos y atacando los de los rojos». «15 de enero de 1939: Afortunadamente Gambara ha asumido el mando de todas las fuerzas españolas».

Descontada la jactancia que puede haber en esas declaraciones, ellas bastaban para probar la decisiva importancia que tuvo la participación de las fuerzas armadas italianas en la ofensiva franquista en Cataluña. El embajador alemán, telegrafiaba a su Gobierno, el 19 de febrero de 1939, declarando que esa ofensiva se había realizado, merced a la «cobertura de la vanguardia italiana».

A esa doble causa externa ha de unirse, entre las más importantes que actuaron en la derrota de la democracia española, la de orden interno que ha quedado ya suficientemente resaltada: la falta de unidad obrera en grado suficiente para haber dado a la unidad popular y nacional la firmeza y la extensión necesaria, la insuficiente solidez de la unidad del Frente Popular para hacer frente y vencer a la poderosa coalición de los enemigos de la causa popular.

*

El Partido Comunista de España hizo todo lo que humana y políticamente era posible hacer durante toda la guerra por, lograr que ésta terminase con la victoria del pueblo. El es el [207] único partido político español que no tiene responsabilidad alguna en la pérdida de la guerra. Así lo han reconocido todos los que han juzgado esos acontecimientos con un mínimo de objetividad y sinceridad. Numerosas obras históricas y, entre ellas, no pocas debidas a plumas nada simpatizantes con los comunistas, han resaltado la labor del Partido con respeto y hasta con admiración, más o menos explícita. «Sería completamente cierto decir que sin los comunistas, como factor unificador y dirigente, las fuerzas leales hubieran sido derrotadas mucho antes de 1939», escribe el historiador norteamericano Cattel en su obra «El Comunismo y la Guerra Civil Española». Y el inglés Brenan, en su libro «El laberinto español», juzga así la actuación de los comunistas:

«En ellos había un dinamismo que no poseía ningún otro partido de la España republicana. Con su disciplina, con su capacidad de organización, con su empuje... con su comprensión de la técnica contemporánea militar y política, ellos representaban algo nuevo en la Historia de España... Y con los medios relativamente débiles que tuvieron a su disposición, consiguieron éxitos muy grandes. Sacaron de la nada un gran Ejército y un Estado Mayor que ganaron grandes batallas. Su propaganda fue muy hábil. Durante dos años fueron el corazón y el espíritu de la resistencia antifranquista».

En la actividad del Partido Comunista hubo, no podía dejar de haberlos, errores e insuficiencias. Pero no eran de tal género y significación como para influir en el curso de la guerra y su desenlace. Los errores e insuficiencias del Partido no tuvieron ninguna relación directa con las causas que determinaron la derrota.

Para el Partido Comunista no hubo más que una preocupación a lo largo de toda la guerra: orientar y encauzar las actividades de las masas a la defensa de la República, al logro de la victoria, manteniendo la unidad del Frente Popular, sin la cual era difícil la continuación de la resistencia. El Partido realizó un esfuerzo constante por consolidar y extender la [208] unidad de la clase obrera como cimiento de la unidad popular y nacional.

La política de unidad del Partido estuvo siempre dirigida a hacer que participaran en el Poder todos los partidos y organizaciones antifascistas del país.

Cuando, con ignorancia del carácter verdadero de la guerra y de la situación española, los anarquistas y algunos socialistas querían eliminar del Poder a los republicanos burgueses, el Partido Comunista los defendió, lo mismo que defendió a los campesinos españoles de quienes los atropellaban en nombre del «comunismo libertario». Cuando hubo quien se oponía al ingreso en el Gobierno de una representación de la CNT, fue el Partido el que solicitó ese ingreso y el que trabajó hasta conseguirlo. Cuando, repetidas veces, algunos dirigentes anarquistas se dirigieron a la Dirección del Partido Comunista, con propuestas contrarias a las buenas relaciones con el Partido Socialista, nuestro Partido las rechazó. Ningún otro Partido luchó como el Partido Comunista por que el Gobierno fuese la representación de todo el pueblo español. No fue el Partido, ciertamente, responsable ni de las insuficiencias de la unidad durante la guerra ni de la ruptura de aquella al final de la contienda. El Partido Comunista se mantuvo fiel a los compromisos contraídos, pero no supeditó su actividad a la pasividad comodona de los otros partidos ni hipotecó su independencia política. Fidelidad a sus aliados y a los compromisos contraídos y actividad política independiente: tales fueron los principios que presidieron el trabajo político del Partido, durante toda la guerra.

Por esa preocupación consecuente de no romper el Frente Popular, de no debilitar la unidad, el Partido Comunista no denunció, en ocasiones, suficientemente ante las masas populares las posiciones capituladoras y derrotistas de muchas gentes.

Fueron los comunistas los que en defensa del pueblo dieron las pruebas más grandes de abnegación y sacrificio. La inmensa mayoría de sus miembros combatió en los frentes. Para reforzar éstos, el Partido sacaba de todas las direcciones locales y provinciales a los camaradas más capaces, a los mejores organizadores y dejaba un poco en cuadre la organización del Partido en la retaguardia mientras otras fuerzas políticas hacían lo contrario: mantenían a sus hombres en la retaguardia en puestos de responsabilidad seguros, desde los que no pocos de ellos laboraron contra la resistencia. Esa subestimación del trabajo en la retaguardia fue un error del Partido Comunista, error heroico con el que, sin duda, se reforzó la lucha, pero que debilitaba al Partido excesivamente en la retaguardia donde se condensaban y tomaban forma las maniobras de capitulación, disimuladas con el antiproselitismo y anticomunismo, bien vistos y mejor apreciados en Embajadas y Consulados de países extranjeros, cuyos Gobiernos iban apretando el cerco de la No-Intervención para ahogar a la República.

El Partido Comunista exigió (y contribuyó poderosamente con su acción a lograrlo) que fueran establecidos en todo el país, bajo la autoridad del Gobierno legítimo, el orden y la legalidad republicana y luchó contra los ensayos de aplicación de teorías con los que algunos iban contribuyendo a agotar las fuerzas del pueblo y a dividirlo. Los comunistas trabajaron abnegadamente en la reconstrucción de la sociedad española sobre bases democráticas.

Fueron los comunistas los que levantaron y defendieron en primer lugar la bandera de la independencia nacional, de la unión de todos los españoles para salvarla, los primeros en luchar para salvaguardar todo lo que constituía el tesoro artístico y cultural del pueblo y de la patria. El Partido Comunista dio en la guerra el mentís más rotundo a las calumnias fascistas que siempre han pretendido negarle su carácter nacional, su auténtico patriotismo.

A pesar del tiempo transcurrido, cuando la guerra es ya un hecho histórico, el papel desempeñado por el Partido Comunista en la lucha contra la sublevación fascista y la invasión del fascismo extranjero, continúa siendo estimado y valorizado por el pueblo español en toda su profundidad y trascendencia.

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  Historia del Partido Comunista de España
París 1960, páginas 195-209