Historia del Partido Comunista de España 1960

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Capítulo tercero
La guerra nacional revolucionaria

La victoria inicial del pueblo

El 18 de julio de 1936 España despertaba sobresaltada. Empezaba una sangrienta guerra civil que, rápidamente, iba a convertirse en guerra nacional revolucionaria de trascendencia internacional. Fuerzas del Ejército, en Marruecos y en la Península, apoyadas por la reacción terrateniente-burguesa y en estrecha connivencia con la Italia de Mussolini y la Alemania hitleriana, se sublevaron contra la República.

Dirigentes republicanos de alta responsabilidad trataron de pactar con los sublevados. Tal fue el significado del intento de Martínez Barrio de formar un nuevo Gobierno el 19 de julio, después de la dimisión de Casares Quiroga.

Pero ni la disposición capituladora de estos dirigentes ni el factor sorpresa con que contaban los sublevados influyeron, en la forma decisiva que éstos suponían en sus planes, en el desarrollo de los acontecimientos. Frente a unos y otros estaba el pueblo, estaban las masas trabajadoras. Estas no fueron totalmente sorprendidas por la sublevación a pesar de la perfidia con que algunos de los generales participantes en aquélla enmascararon su traición a la República, negando sus intenciones subversivas hasta el momento mismo del [124] alzamiento y haciendo declaraciones y protestas de lealtad al régimen.

Modelo de doblez fue la carta que el general Franco dirigió al ministro de la Guerra el 23 de junio de 1936, cuando ya la preparación del complot militar estaba en pleno apogeo. Aseguraba en ella Franco al ministro:

«Faltan a la verdad los que lo presentan al Ejército como desafecto a la República; le engañan quienes simulan complots a la medida de sus turbias pasiones...»

La constante actuación antifascista del Partido Comunista, sus reiteradas denuncias de las actividades subversivas de la reacción y los hechos criminales que realizaban a diario los fascistas, habían mantenido vigilantes a las masas, prestas a dar la respuesta a la agresión. Los trabajadores que habían derrotado a la reacción en las elecciones de febrero hicieron acto de presencia en la calle, orientados fundamentalmente por el Partido Comunista, para exigir de los dirigentes republicanos y del Presidente de la República que el pueblo fuera armado, que se constituyera un Gobierno dispuesto a defender la República, y que se organizara esta defensa. La movilización de las masas determinó que las fuerzas republicanas tomasen posición en pro de la unidad y de la lucha en defensa de la República y de las libertades populares. Quedó constituido un nuevo Gobierno, presidido por el dirigente de Izquierda Republicana, José Giral. Dicho Gobierno, formado por representantes de los partidos republicanos, facilitó el armamento del pueblo. Tal acto demostraba que una gran parte de la pequeña burguesía y sectores importantes de la burguesía media, ante el ataque brutal del fascismo y bajo la presión de las masas, se colocaban al lado de la clase obrera para defender la democracia. El Partido Comunista no puso ningún obstáculo a ese Gobierno y le prestó sin reservas su apoyo en la labor de organizar la lucha del pueblo contra el fascismo.

El 19 de julio la contienda estaba entablada en toda España. El pueblo español había hecho suya, frente a los rebeldes, la decisión que ese mismo día había expresado el Partido en su llamamiento a la resistencia: No pasarán.

La lucha en Madrid, sobre el cual se concentraron las miradas del mundo entero, se decidió en el Cuartel de la Montaña. Los militares leales habían hecho abortar la sublevación de los Regimientos de Infantería nº 6 y de Carros de Combate del Pacífico, apoderándose de sus cuarteles y del mando de las fuerzas. La audaz iniciativa de los dirigentes comunistas de entrar en el cuartel del Regimiento de Infantería nº 1 y hablar a los soldados decidió a éstos a ponerse al lado de la República. Las fuerzas de Aviación permanecieron leales al régimen y, con el apoyo de los Guardias de Asalto, de destacamentos de la Guardia Civil, que no se sublevó, y de algunos elementos populares, dominaron, tras breve lucha, a los sublevados del Regimiento de Artillería de Carabanchel. La labor que durante años había realizado el Partido entre los militares contribuyó en gran medida a la realización, en aquellos momentos, de las citadas acciones en defensa de la República. En algunas de esas luchas, y frente a los muros del Cuartel de la Montaña, cayeron los primeros héroes anónimos de la larga y heroica lucha que comenzaba con la agresión fascista. El combate por el Cuartel de la Montaña fue una expresión del heroísmo y de la decisión de las masas de defender la República y, con ella, sus derechos y libertades democráticos conquistados a costa de tantos sacrificios. Madrid había ganado la primera batalla a los asaltantes fascistas.

La derrota de la sublevación en la capital reafirmó ea las masas populares la confianza en sus propias fuerzas y su optimismo respecto al resultado final de la contienda. Pero el Partido Comunista previno inmediatamente a las masas contra la exageración de ese sentimiento; les hizo ver que ni la guerra estaba ganada con aquellas primeras acciones ni había desaparecido el peligro que se cernía sobre la capital. La mayoría de los militantes del Partido marchó a cerrar los caminos de acceso a Madrid a las fuerzas de los sublevados; el Partido realizó un ímprobo trabajo para incorporar a la lucha, encuadrándolos en los primeros batallones de milicias, a millares de valerosos combatientes antifascistas. [126]

Organizar y dirigir la acción; fortalecer a las milicias populares; unificar a los mandos políticos y militares: tal era la orientación que destacaba el llamamiento del Comité Provincial de Madrid al pueblo madrileño cuando aún resonaban los ecos de la lucha en el recinto de la capital.

Al igual que en Madrid, la clase obrera y fuerzas populares de Barcelona se lanzaron heroicamente contra los militares y fascistas que, en las primeras horas del día 19 de julio, se sublevaron en diferentes cuarteles y ocuparon las plazas y edificios principales de la ciudad.

La Guardia Civil, los Guardias de Asalto y los militares leales apoyaron al pueblo. En la mañana del día 20, después de sangrientos combates, los rebeldes habían perdido sus principales posiciones. A las seis de la tarde fue izada en la Capitanía General, donde el jefe de la sublevación, general Goded, había establecido su Estado Mayor, la bandera blanca. La derrota de la guarnición de Barcelona hizo abortar La sublevación en las otras guarniciones de Cataluña. Esta lucha aceleró la fusión de los cuatro partidos obreros que unos días después constituyeron el Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC).

En Asturias, el Coronel Aranda recurrió al engaño y a la felonía para asegurar el triunfo de la subversión. Pero los obreros y mineros de Asturias respondieron enérgicamente al ataque de los sublevados. Después de un mes de sangrienta lucha, Asturias, excepto Oviedo que quedó cercado por las fuerzas populares, permaneció en manos del pueblo.

En toda la zona industrial del País Vasco, en Guipúzcoa y Vizcaya, fue aplastada la sublevación y siguió ondeando victoriosa la bandera republicana.

Durante varios días pesó sobre Valencia la amenaza de la insurrección militar. La movilización de millares de obreros y de huertanos que se concentraron en la capital influyó en la actitud de muchos soldados y clases, que se pusieron a favor del pueblo. Los cuarteles quedaron, casi sin resistencia, en poder de las fuerzas populares. Todo Levante quedó en manos de la República.

Galicia fue dominada por las fuerzas militares de los generales sublevados. Pero no sin que el pueblo [127] gallego escribiese aquellos días páginas inmarcesibles de heroísmo, al resistir a los rebeldes en La Coruña, Vigo, El Ferrol y otros lugares. En la zona republicana, compuestas en parte por evadidos de Galicia, se crearon las Milicias Gallegas y el Batallón Galicia en Asturias, que participaron activamente en la guerra.

La resistencia popular en Sevilla, Cádiz, Granada y en numerosos pueblos andaluces se prolongó durante varios días, y sólo pudo ser vencida merced a los refuerzos de legionarios y tropas marroquíes enviados por Franco desde África. Esto no obstante, las fuerzas obreras y campesinas pasaron a la ofensiva y llegaron a las inmediaciones de Córdoba y Granada. Los mineros de Linares y de La Carolina conservaron en su poder las minas en las que trabajaban, lo mismo que hicieron los mineros de Río Tinto hasta finales de agosto de 1936. Formaron, además, columnas que ocuparon numerosos pueblos y extensas zonas de Andalucía. Málaga, Jaén y Almería siguieron en manos republicanas.

También quedaron en poder del pueblo Badajoz y gran parte de Extremadura. Este territorio formaba una cuña que dividía las zonas dominadas por los facciosos al Norte y al Sur de España.

Fueron muchos los militares, mandos del Ejército, de los Guardias de Asalto y de la Guardia Civil, que no se sublevaron, y se pusieron luego al lado del pueblo. Todos los que en los lugares donde la sublevación triunfó se negaron sencillamente a participar en ella, fueron fusilados o asesinados por los facciosos. Así murieron, con otros muchos jefes y oficiales, los generales Villabrille, Núñez de Prado, Batet, Caridad Pita, Salcedo y Romerales.

La mayor parte de la pequeña aviación española se mantuvo fiel al Gobierno de la República.

La mayoría de las tripulaciones de los barcos de la Flota de Guerra que estaba navegando al estallar la sublevación fascista se alzaron contra los mandos, los cuales, salvo honrosas excepciones, estaban comprometidos en el complot; las tripulaciones hicieron prisioneros a algunos de los mandos y se apoderaron de los buques. [128]

La clase obrera y el pueblo habían respondido a la agresión con contragolpes tan potentes que, en su conjunto, constituyeron una gran victoria inicial sobre los facciosos.

En esa lucha, que se desarrollaba de un extremo a otro, del país, ocuparon desde el primer momento puestos de vanguardia los dirigentes comunistas que desde el primer día estuvieron ligados con los frentes. Allí estaban José Díaz, Dolores Ibárruri, Vicente Uribe, Pedro Checa y Antonio Mije. Junto a los comunistas, rivalizando en heroísmo, combatieron los dirigentes de la JSU: Santiago Carrillo, Medrano, Claudín, Cazorla, Melchor, Gallego, Andrés Martín y Lina Odena. Los dos últimos cayeron en esos primeros combates contra los enemigos del pueblo.

Durante el resto del mes de julio y los primeros días de agosto los combatientes populares obtuvieron nuevos triunfos. Era evidente que si la guerra se hubiera desarrollado dentro de los límites de lo que es una guerra civil habría sido pronto ganada por el pueblo. En aquellos primeros días, de las 32 respuestas que los cónsules de Inglaterra en España dieron a la consulta que les hizo su Gobierno respecto a las perspectivas de la lucha, 30 expresaban la seguridad en el triunfo de la República. En un telegrama dirigido a su Gobierno, decía, con fecha 25 de julio de 1936, el embajador de Alemania en Madrid:

«A menos de que ocurra algo imprevisto, es difícil esperar, en vista de la situación militar, que la rebelión pueda triunfar».

La gran victoria sobre los rebeldes había sido lograda fundamentalmente por la unidad combativa antifascista de los elementos que en aquellos momentos históricos constituían el pueblo: la clase obrera, los campesinos, la inmensa mayoría de la pequeña burguesía urbana, los intelectuales progresivos y algunos sectores de la burguesía media.

Esa amplia unidad, si bien expresaba la unánime voluntad de las masas de resistir a la agresión, no se había realizado casual ni espontáneamente. La lucha tenaz por la unidad de la clase obrera y de las fuerzas democráticas, sostenida sin [129] descanso por el Partido Comunista durante los años que precedieron a la guerra, había influido decisivamente en la realización de dicha unidad.

La formación del Frente Popular y la ampliación del mismo; la creación de las Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas (MAOC): las Alianzas Obreras y Campesinas; los progresos de la unidad de acción de los Partidos Socialista Comunista; la unidad sindical entre la UGT y la CGTU; la constitución de la JSU y de un partido único marxista-leninista del proletariado de Cataluña (el Partido Socialista Unificado), hechos todos en los que la actividad y la propaganda del Partido habían sido determinantes, constituyeron la base de la unidad obrera y popular que había actuado victoriosamente contra los militares facciosos como la más potente de las armas del pueblo.

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  Historia del Partido Comunista de España
París 1960, páginas 123-129