Historia del Partido Comunista de España 1960

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Capítulo primero
El nacimiento del Partido Comunista y su lucha contra la Monarquía

La caída de la Monarquía

Ante el temor de verse desbordado por las masas, el «Comité Revolucionario», salido del Pacto de San Sebastián, [57] decidió señalar la fecha de un golpe militar. Pero esta fecha iba sufriendo, por unas u otras razones, múltiples aplazamientos, lo que hacía desconfiar de la sinceridad revolucionaria del citado Comité.

El 12 de diciembre, en la pequeña guarnición de Jaca, se alzaron en armas dos heroicos capitanes, Fermín Galán y Angel García Hernández, proclamaron la República y marcharon con sus soldados y un puñado de paisanos hacia Zaragoza, donde debían sumárseles otras unidades comprometidas. Pero las esperadas asistencias no aparecieron. Para evitar inútiles derramamientos de sangre, los dos capitanes se rindieron. Cuarenta y ocho horas después eran fusilados. Alfonso XIII agregaba un nuevo crimen a su historia.

El «Comité Revolucionario» fijó, por fin, la fecha definitiva del golpe militar para el día 15 de diciembre, que había de coincidir con la declaración de la huelga general por parte del PSOE y de la UGT. Cuando amaneció ese día un grupo de aviadores, entre los que figuraba Ignacio Hidalgo de Cisneros, logró adueñarse por breves horas del aeródromo de Cuatro Vientos y volar sobre Madrid, lanzando proclamas republicanas. A las doce de la mañana, cercados por tropas del Campamento de Carabanchel, se vieron obligados a levantar bandera blanca porque, contra lo acordado, ni el 15 ni el 16 los dirigentes socialistas dieron la orden de huelga general a las organizaciones obreras que, impacientemente, esperaban instrucciones de sus dirigentes. Entre los dirigentes socialistas que habían colaborado con la dictadura existían dos corrientes muy acusadas. La de los que creían en la posibilidad de la revolución y la de los que no creían en ella y llegaban incluso a sabotear toda medida preparatoria. La orden de huelga no llegó porque, como se declaró en el XIII Congreso del PSOE, celebrado en 1932, esta orden fue saboteada por los dirigentes socialistas Trifón Gómez, Saborit, Muiño y otros.

A pesar del sabotaje de esos líderes socialistas, en muchas ciudades hubo huelga. En Santander, los obreros lograron apoderarse de algunas armas y sostuvieron luchas en la calle. El movimiento adquirió un carácter enérgico en Euzkadi y Andalucía, donde mayor era la influencia del [58] Partido Comunista. En Bilbao estalló una huelga general. En San Sebastián, los obreros asaltaron el Gobierno Civil. Sobre Sevilla, el Gobierno volcó literalmente todas las fuerzas represivas de la región para aplastar la anunciada huelga. En varios pueblos andaluces, los campesinos proclamaron la República. El Gobernador mandó contra ellos parte de las fuerzas que ocupaban la capital. El Comité Regional del Partido Comunista dio la orden de huelga general en Sevilla a fin de impedir el desplazamiento de las fuerzas represivas, encargadas de sofocar los movimientos campesinos.

El Partido Comunista hizo pública una declaración política en la que analizaba las causas del fracaso del movimiento revolucionario de diciembre. En ella señalaba que la intención de los jefes republicanos y socialistas era impedir las grandes luchas revolucionarias de las masas, en las cuales el proletariado había de desempeñar un papel decisivo.

«Los jefes republicanos –decía la declaración– sólo querían la abdicación del rey por medio de la intimidación y la presión de los militares... »
«Las dificultades para utilizar las luchas obreras, cada día más combativas, sin dejarlas adquirir un carácter de clase –agregaba– explican las vacilaciones en los medios republicanos, que anunciaban y aplazaban constantemente el movimiento».

El Partido Comunista declaraba que la revolución no podía hacerse con minorías activas, sino con las grandes masas populares, incorporadas a la lucha con consignas claras y encauzadas en el curso de los acontecimientos hacia objetivos revolucionarios. Consideraba, además, que en el Ejército faltó la labor de esclarecimiento político y de organización entre los soldados. Faltó, finalmente, la propia organización de las masas obreras y campesinas en Consejos o Comités de Lucha. Todo esto impidió que el movimiento de diciembre expresara el nivel real de radicalización de las masas y se convirtiera en una ola revolucionaria capaz de barrer a la Monarquía. [59]

Durante los acontecimientos de diciembre, los comunistas dirigieron huelgas y movimientos revolucionarios en el País Vasco, en Andalucía, en Madrid y en otros lugares. Pero la política sectaria del grupo que encabezaban Bullejos y Trilla impidió al Partido Comunista aparecer ante las masas como una fuerza dirigente nacional.

Esforzándose por diferenciarse de los líderes socialistas, que convertían a la clase obrera en fuerza auxiliar de la burguesía, el Comité Ejecutivo pretendió salvaguardar la independencia política del proletariado con la consigna: «El proletariado debe luchar para sí mismo.» Esta era una consigna izquierdista, errónea, pues para dirigir la revolución democrático-burguesa el proletariado no puede limitarse a luchar «para sí mismo». Debe, por el contrario, formular y defender, de la manera más resuelta, las aspiraciones y los intereses de todas las clases populares; sólo en este caso admitirán éstas su dirección política.

No obstante el fracaso del movimiento de diciembre, los días de la Monarquía estaban contados. Al fusilar a Galán y García Hernández, Alfonso XIII había fusilado también las últimas ilusiones que pudiera albergar el pueblo en sus pretendidos propósitos de enmienda y deseos de concordia. La Monarquía concitó contra sí el odio de todo el país. Su aparente victoria sobre el movimiento de diciembre era tan solo el preludio de su derrota definitiva.

Para salir del atolladero, el gobierno Berenguer promulgó un decreto convocando elecciones legislativas para el 19 de marzo. Se trataba de un último intento de apuntalar y reforzar la Monarquía con un respaldo parlamentario y constitucional.

Pero el ambiente del país era tal que todas las fuerzas políticas, incluso los viejos políticos conservadores y liberales, rechazaron esa maniobra. La Monarquía quedó totalmente aislada. Berenguer tuvo que presentar su dimisión.

El 18 de febrero formaba Gobierno el almirante Aznar, que convocó elecciones municipales. El Partido Comunista decidió acudir a las urnas a fin de conquistar una tribuna legal, exponer las aspiraciones democráticas de las masas y explicar al pueblo su política. El Partido combatió las tendencias [60] abstencionistas que se manifestaban entre los republicanos.

Al mismo tiempo publicó un programa electoral, en el que definía su posición ante las tareas fundamentales de la revolución democrática e indicaba los objetivos por los que habría de luchar más tarde, en el período republicano.

Pero el Comité Ejecutivo del Partido Comunista, siguiendo la política errónea que le imprimía el grupo de Bullejos y Trilla, lanzó la consigna de «¡Ningún compromiso!». Esta consigna era una reacción crítica a la táctica de los socialistas, que habían concertado con los partidos republicanos compromisos sin principio, en interés exclusivo de la burguesía. Pero el marxismo revolucionario se diferencia del oportunismo, no por una actitud nihilista hacia todo compromiso, sino por el carácter de los compromisos que contrae con las demás fuerzas, sin exceptuar a los partidos burgueses. La cuestión reside en establecer compromisos que no enajenen la independencia política del Partido ni rebajen la energía y la combatividad revolucionaria de las masas. El proletariado sólo puede obtener la victoria sobre un enemigo poderoso utilizando las menores posibilidades de establecer pactos con otras fuerzas, a fin de obtener aliados de masas, aunque sean temporales e inestables.

Algunos Comités Regionales del Partido Comunista –entre ellos los de Euzkadi y Andalucía– estaban en desacuerdo con la táctica del Comité Ejecutivo. En Sevilla, Málaga y otros lugares, los comunistas llegaron a establecer pactos electorales con otras fuerzas.

Estos hechos demostraban que en el Partido se desarrollaban corrientes favorables a una táctica más flexible, más en consonancia con las enseñanzas leninistas y con la situación, frente a la postura de aislamiento del Comité Ejecutivo. Semejante aislamiento impidió al Partido recoger la adhesión de miles de trabajadores, que aun simpatizando abiertamente con los comunistas, votaron en fin de cuentas a republicanos y socialistas, para «no debilitar el bloque antidinástico».

La campaña electoral adquirió una gran amplitud y reveló la magnitud de la impopularidad de la Monarquía entre las masas populares. [61]

En la noche del 12 de abril llegaron las primeras noticias que anunciaban un clamoroso triunfo republicano. El día 13, la derrota de la Monarquía era ya evidente. El desconcierto se apoderó de las alturas, mientras el pueblo manifestaba ruidosamente su júbilo. El gobierno Aznar dimitió. El «Comité Revolucionario» publicó un manifiesto en el que exigía la abdicación del rey y su salida de España. Pero esto lo exigía, sobre todo, el pueblo, que se había adueñado de la calle. El día 13, en Eibar, se proclamaba la República. El 14, al mediodía, Maciá levantaba en Barcelona la bandera de la República Catalana. A las tres de la tarde del mismo día, una bandera tricolor ondeaba en lo alto del Palacio de Comunicaciones de Madrid. En el transcurso de unas horas, las masas habían proclamado la República a lo largo y a lo ancho del país. Todo el viejo aparato de opresión de la Monarquía estaba descompuesto y paralizado, las fuerzas armadas se sumaron al júbilo popular o se mantuvieron en una posición expectante, de no beligerancia.

Al atardecer, el «Comité Revolucionario» se erigía en Gobierno Provisional de la Segunda República Española.

La intensa lucha de la clase obrera y de las masas populares, sus sacrificios y su abnegación habían sido fructuosos.

Un régimen antipopular, con una larga cuenta de violencias y de felonías, era barrido de la escena histórica.

Comenzaba una nueva etapa.

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  Historia del Partido Comunista de España
París 1960, páginas 56-61