Historia del Partido Comunista de España 1960

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Capítulo primero
El nacimiento del Partido Comunista y su lucha contra la Monarquía

Por la unidad ideológica

El Partido Comunista quedó integrado, después de la unificación, por hombres provenientes de la Federación de Juventudes Socialistas y del ala izquierda del Partido Socialista. Estos hombres no pudieron desprenderse automáticamente de sus concepciones, socialdemócratas, unos, de tendencias extremistas y sectarias, otros, ni corregir de la noche a la mañana su insuficiente conocimiento de los principios y de la táctica comunistas. A ello se añadía el confusionismo de grupos o individuos aislados que venían al Partido con una formación pequeño-burguesa y anarquizante, que se resistían al centralismo democrático y a la disciplina comunista, que no comprendían la necesidad de la unidad ideológica del Partido y, por lo tanto, la incompatibilidad de éste con la existencia de fracciones o grupos.

En esta situación, el joven Partido Comunista de España fue lanzado a la ilegalidad. Tal circunstancia haría más larga y laboriosa la obligada etapa de unificación ideológica y de consolidación del Partido como un auténtico Partido marxista de nuevo tipo. [44]

En cuanto inició sus primeros pasos y necesitó fijar su línea política, el Partido tuvo que enfrentarse con las tendencias izquierdistas que tan gráficamente calificara Lenin de «enfermedad infantil del comunismo».

En aquel período, el izquierdismo infantil, el sectarismo, era un serio peligro, ya que, en el esfuerzo por deslindarse del oportunismo socialdemócrata, era fácil caer en un extremismo vacuo, que podía aislar al Partido de las masas.

En los primeros tiempos, las manifestaciones más destacadas del sectarismo en el Partido Comunista de España podían resumirse así:

Los extremistas negaban la necesidad de permanecer en la UGT, so pretexto de que ésta se hallaba bajo la dirección de los reformistas, y se pronunciaban por el boicot a los sindicatos. En esencia, metían en el mismo saco a los líderes reformistas y a los trabajadores de la UGT, declarando que «no había nada que hacer con ellos». De esta suerte, renunciaban a la educación política de los trabajadores, aún engañados por sus dirigentes oportunistas, y distanciaban al Partido de las grandes masas no comunistas.

Los extremistas propugnaban el abstencionismo electoral y el boicot al Parlamento, frente a quienes defendían la posición leninista de utilizar las elecciones y el Parlamento para denunciar a la reacción, dar a conocer ampliamente el Programa y las soluciones del Partido Comunista y combatir no sólo «desde abajo», sino también «desde arriba», es decir, desde los órganos legislativos, por los intereses del proletariado y del pueblo en general, por la democracia y el socialismo.

Finalmente, los extremistas se oponían a la política de Frente Unico que preconizaba la Internacional Comunista.

Estas tendencias extremistas, sectarias, fueron combatidas por el Partido en el Primero y Segundo de sus Congresos, en los cuales se aprobaron decisiones de gran importancia, como la de reforzar la labor sindical en el seno de la UGT y la CNT; la de luchar por la fusión de estas dos grandes centrales sindicales para dotar a los trabajadores de una Central Sindica Unica; la de participar en las elecciones, y, en fin, la de aplicar la política del Frente Unico. [45]

El breve espacio de tiempo que separó al Primer Congreso del Segundo, fue rico en enseñanzas para los comunistas. Al aplicar la táctica de unidad de acción en las luchas obreras, ésta apareció como la única justa y eficaz.

Los resultados alentadores de la política del Frente Unico contribuyeron a que muchos de los camaradas que en el Primer Congreso se resistieron a la unidad de acción con los trabajadores socialistas, modificaran su opinión. Sin embargo, hubo un grupo aferrado a posiciones sectarias, que se lanzó a la lucha fraccional, y fue, por ello, excluido del Partido en el Segundo Congreso. Algunos de sus componentes rectificaron, más tarde, su posición errónea y se reincorporaron a las filas comunistas.

La brutal represión de la dictadura creó serias dificultades al Partido. Este, en su conjunto, siguió en la brecha, dando ejemplo de firmeza revolucionaria; pero no todos los que en los primeros momentos se alistaron bajo sus banderas fueron capaces de mantenerse en él ni de resistir la dura prueba.

La lucha contra las tendencias sectarias permitió al Partido vincularse a las masas socialistas y anarquistas, y encabezar grandes acciones reivindicativas y políticas. Sin embargo, en el curso de la lucha por corregir las tendencias sectarias se incrementó la influencia en la dirección del Partido de algunos hombres, procedentes del PSOE, que no habían logrado desprenderse del lastre oportunista. En la dirección elegida por el Segundo Congreso figuraban César R. González, Secretario General, Ramón Lamoneda y otros, quienes, ante las duras persecuciones primorriveristas, trataban de imponer al Partido una política oportunista de renuncia a la lucha.

En apoyo de su postura argüían que «había que conservar las fuerzas para el momento decisivo» y «esperar tiempos mejores». Es verdad que el Partido tiene que saber replegarse cuando las condiciones lo exigen. Pero el repliegue no es la espera pasiva de tiempos mejores, sino la continuación de la lucha con nuevas formas. En esa labor oscura y anónima, pero heroica, es cuando se pone a prueba el temple y la constancia revolucionaria de los comunistas. Y sin ese trabajo paciente para infundir a la clase obrera confianza en sus [46] fuerzas y prepararla a través de luchas y acciones parciales, el proletariado y el Partido no estarían en condiciones de cumplir con su misión de vanguardia cuando llegase el «momento decisivo».

Ante la justa crítica a la pasividad de la dirección elegida en el Segundo Congreso, la reacción de algunos de sus integrantes, como César R. González, Ramón Lamoneda, Rodríguez Vega y otros, fue dimitir sus cargos. Más tarde se reintegraron al regazo, sin duda más cómodo, del Partido Socialista.

En aquel período se produjo una crisis de dirección en el joven Partido Comunista de España. Las bajas causadas por la represión eran numerosas. Los mejores cuadros del Partido estaban en la cárcel. A ello se agregaban pérdidas tan dolorosas para el Partido y el movimiento obrero, como la muerte de Virginia González, en 1923, y de Antonio García Quejido, en 1927.

La incorporación de Maurín y de un grupo de sindicalistas de Barcelona, que podía haber supuesto el robustecimiento del Partido con fuerzas nuevas, vinculadas al proletariado catalán, contribuyó, bien al contrario, a multiplicar las dificultades. Maurín resultó ser un arribista político y no un militante revolucionario. En sus planes entraba tomar la dirección del Partido en sus manos para convertirlo en una organización nacionalista, pequeño-burguesa, al servicio de turbias causas.

La inestabilidad de la dirección del Partido en aquel tiempo contribuyó a debilitar la normal relación de los órganos directivos con las organizaciones locales, que fueron aislándose y encerrándose en sí mismas. Todo ello, sumado a la deserción de aquellos dirigentes que no supieron desprenderse del lastre oportunista ni arrostrar los sacrificios que comportaba la lucha en las filas comunistas, facilitó por reacción el triunfo de las tendencias sectarias.

Con la llegada a la dirección del Partido, en el año 1925, de José Bullejos y otros jóvenes militantes, que arrastraban consigo una carga considerable de izquierdismo, se inició una etapa de predominio de las tendencias sectarias, que sólo pudo ser remontada en 1932, después del IV Congreso Nacional, [47] con la formación de una nueva dirección del Partido encabezada por José Díaz, Dolores Ibárruri y otros camaradas.

A través de estas crisis de crecimiento; en la compleja lucha por la unidad ideológica interna, en la lucha cotidiana por las reivindicaciones de los trabajadores, en la resistencia a las persecuciones policíacas, en las cárceles y en el trabajo clandestino, fueron formándose comunistas fieles al marxismo, intransigentes frente al reformismo, indoblegables en las torturas y ante los tribunales, cimiento y base sobre los que se levantó el Partido Comunista de España.

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  Historia del Partido Comunista de España
París 1960, páginas 43-47